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Full text of "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"

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PRESENTED TO 

THE LIBRARY 

BY 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 
DEPARTMENT OF ITALIAX AND SPANISH 

1906-1946 



MIGUEL DE CERVANTES SAAVEORA 

líL ÍNGENIOSO HIDALGO 

iN OlllJOTE DE LA MANCHA 



LO\irNl\D.J i'iiK 



D. DIEGO CLEMENCÍN 

NUEVA EDICIÓN ANOTADA 

POR j:? / "ZL^ 
MIGUEL DE TORO GÓMEZ 



TOMO PRIMERO 



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ArtrnA^ni? TrrííCIONES LITERARIAS Y ARTÍSTICA 
Librería Paul Ollendorff 
sÉE ü'antin, 5u 



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EL INGENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



/ 



ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES. — DERECHOS RESERVADOS 



-II 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/elingenios01cerv 



L5 
C^isdCtejjiQUEL OE CERVANTES SAAVEDRA 



EL INGENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

COMENTADO POR 

D. DIEGO CLEMENCÍN 

NUEVA EDICIÓN ANOTADA 

POR 

MIGUEL DE TORO GÓMEZ 



TOMO I 



lo\ t 491022 



W- "o. 4-9 



parís 

SOCIEDAD DE EDICIONES LITERARIAS Y ARTÍSTICAS 
Librería Paul Ollendorff 

50, CHAUSSÉE d'aNTIN, 50 

igio 



PREFACIO DE Li PRESENTE EDICIÓN 



Cuando la Sociedad de- Ediciones Literarias y Artísticas soli- 
citó mi concurso i^ara anotar una nueva edición del Quijote 
vacilé en aceptar á causa de lo arduo de la empresa; pero 
cuando supe que se trataba de reproducir la famosa edición 
comentada por Clemencin^ desaparecieron mis vacilaciones y 
acepté con el mayor gusto. Dos razones principales influyeron 
en mi aceptación. 

1/ La de que, al reproducir en Madrid hace unos catorce 
años la imnortal novela de Cervantes con el ya citado comenta- 
rio., no se tuvo en cuenta que habían pasado dos tercios de siglo 
desde la primera publicación de la obra y que, en ese lapso de 
tiempo, fecundo para nuestras letras, se había creado en 
España y en los países de lengua española una riquísima lite- 
ratura cervantina, y se había desarrollado la afición á todo lo re- 
lativo á Cerva?ites, gracias á la activa y entusiasta propaganda 
de una pléyade de distinguidos cervantistas, entre los que 
figuran en primera linea Benjumea, Asensio, Urdaneta, Thebus- 
setn, Segovia, Cortejan, Cejador, el malagrodo Pérez Pastor, 
I rematur amenté arrancado á nuestra admiración y aplauso, y 
otros muchos que sería largo enumerar , sin contar los distin- 
guidos cervantistas extranjeros que han consagrado, en los 
últimos lustros del siglo XIX, su erudición y sus vigilias al prín- 
t ¡pe de los ingenios espmñoles. Esto, que causaría asombro en 
I nalquier país de Europa, no llamó la atención en España, y 
hasta recuerdo que la prensa tributó elogios á una edición tan 
pobre y atrasada en este punto de la obra. Verdad es que, 
£omo he dicho en mi reciente libro Por la cultura y por la 



i; don quijote de la mancha 

raza, con honrosas excepciones [qve afortunadamente empiezan 
á ser más frecuentes) los editores suelen desconocer el verda- 
dero arte de hacer libros y tienen en muy poco la colaboración 
intelectual de los autores. Recuerdo, á este propósito^ haber 
oído contar á mi distinguido y admirado amigo el ilustre filó- 
logo colombiano D. Rufino José Cuervo un caso sumamente 
curioso. Habiendo llegado á sus noticias que una importante 
casa editorial de España preparaba la reproducción de una obra 
literaria antigua, cuyo titulo no recuerdo en este momento, 
escribió al editor ofreciéndole su colaboración gratuita y el 
aporte de su valiosa erudición ; pero el editor, dando pruebas 
de su ig7iorancia^ y mal gusto, ni aun le dio las gracias por su 
ofrecimiento. Compárese seine jante conducta con la de los edi- 
tores ingleses, franceses, etc., cuando se trato de esta clase de 
obras. En este punto, casi nos dejan atrás hasta los portugueses. 

La segunda razón que me ha movido á asociar mi nombre á 
esta edición, es mi deseo de poner algún convectivo á los excesos 
del comentarista con 7'especto á Cervantes. Seguramente el 
Sr. Clemencin era hombre muy erudito, muy versado en libros 
de caballería y muy capaz de referimos al dedillo las cuitas y 
aventuras del más humilde caballero andante, las veces que 
tropezó el caballo de Amadis, el número de suspiros y jacula- 
torias amorosas que lanzó cada uno de los enamorados pala- 
dines á quienes se proponía imitar Don Quijote, y óticos detalles 
no menos interesantes ; era además profundamente versado en 
arqueología, indumeyítaria, armas, bibliografía y literatura [en 
todos estos conocimientos son sus notas un verdadero tesoro); 
pero desgraciadamente dejaba mucho que desear como escritor 
castizo y correcto, aunque él otra cosa se figurase ; y se empeñó 
no obstante en hallar faltas de lenguaje y descuidos en el 
Quijote, y en deslucir la parle meritoria de su obra erudita con 
sus intemperancias de dómine pedante y su constante afán de 
sacudir á cada instante rudos disciplinazos al gran maestro de 
la prosa castellana. 

Un hombre que, á pesar de su condición de académico y de 
haber compuesto una gramática [asi sería ella) empleaba el 
galicismo apercibirse de y ott'os que quedan consignados en las 



PHEFACIO ni; LA PnESENTE EDICIÓN C 

noías, f/ fjiic faltülia á las Iri/es de la sintaxis y á la propiedad 
del lenguaje, no era el llamado á criticar el lenguaje de Cer- 
vantes. Si Intlñera tenido en cuenta el ne sulor ultra crepidaní, 
es decir, si kuhiera concretado su labor de comentarista á 
lo (jue constituía su dominio propio, esto es, á la erudición litera- 
ria, histórica tj bibliogrcifica, sólo hubiera merecido elogios, 
aunque á veces peca de nimio y gasta la pólvora en salvas ; 
pero la vanidad le hizo perder la cabeza y quiso echárselas de 
lingüista y de gramático. Cuando le vemos hablar á cada paso 
con aire doctoral de los descuidos y negligencias de Cervantes^ 
de su desconocimiento de la lengua y de otras cosas análogas, 
se me figura ver á un gorrión que pretende enseñar á volar á 
un águila. 

Varios escritores, en particular el Sr. Cortejón en su magni- 
fica edición critica del Quijote, aun no terminada, han hecho 
notar la injusticia y pesadez de Clemencin en esta materia; 
pero lo han hecho de paso y refiriéndose cil comentario del 
mismo en determinados pasajes, que sólo pueden consultar 
algunos curiosos eruditos ; mientras que, por tratarse aquí dé 
una edición casi popular y al alcance de todos, convenía que 
el correctivo á las intemperancias del comentarista fuese al pie 
de las mismas notas del comentario. Para no alargar demasiado 
las nuevas notas que, sin embargo, pasan de mil, no he querido 
señalar sino las incorrecciones y galicismos de más bulto que 
se notan en el comentario. 

A fin de facilitar la consulta, he puesto las nuevas notas al 
pie de las primeras, en carácter más pequeño, y las he seña- 
lado con las letras del alfabeto griego. 

He aquí explicados brevemente el motivo de mi colaboración 
y el espíritu que me ha. guiado en ella. 

Creo haber curnpjlido un deber patriótico con el más ilustre 
de los escritores- españoles y estoy casi seguro de obtener bené- 
vola acogida entre los admiradores, españoles y sudamericanos, 
de aquel insigne manco que logró imponer su nombre, como 
timbre de gloria, á nuestra hermosa lengua. 

Miguel de Toro Gómez. 



CRÍTICA 
Uei COMENTAKIO QIE PliSO AL <( OIIJOIK » D. UIE60 CLFJEKCiltl 

non 

D. ALBERTO LISTA («) 



La amistad que me unía al señor Clemencín, uno de los mas sabios hu- 
manistas y más insignes filólogos de nuestra nación ; amistad cimentada 
por la identidad de aficiones y de estudios, por su carácter amabilísimo y 
por la circunstancia de ser compañeros en las Academias de la Lengua y 
de la Historia, hizo que me apresurase á dar cuenta en la Gaceta de 
Madrid del primer tomo de su edición del Quijote comentado por él, y 
del segundo y tercero, publicados ambos no con mucho intervalo de 
tiempo. Arrebatado este ilustre literato y excelente patriota por una muerte 
prematura á su familia, á sus amigos y á la república de las letras, sus 
hijos, cumpliendo á un mismo tiempo el deber de la piedad filial y la 
obligación de no dejar sepultado en el olvido el resto del Comentario, 
quizá la mejor obra de Filología que tenemos en nuestra lengua, conti- 
nuaron con suma laboriosidad la publicación de los tres últimos tomos. 
Pero como al mismo tiempo que fueron herederos de la ilustración y de 
las virtudes de su difunto padre, lo fueron también de la amistad y bene- 
volencia con que me honró, quisieron que yo fuese quien anunciase al 
público en el ya citado periódico los tomos que sucesivamente salieron á 
luz. Yo cumplí este encargo lo mejor que me fué posible, y con todo el 
celo que exigía de un amigo el nombre respetable del autor. 

Sus hijos han querido que mis anuncios, esparcidos en varios números, 
apareciesen en este último tomo, destinado á completar cuanto sea inte- 
resante al público acerca del Comentario y del comentador. Yo no me 
podía negar á una solicitud que me halagaba : porque ¿. quién no asociará 
su nombre con sumo placer á los de Cervantes y de Clemencín? Pero 
habiéndome parecido más conveniente reunir en un discurso, con cierto 
orden, los juicios que hice en los anuncios ya citados, que imprimirlos 
seguidos y sin conexión, he emprendido este trabajo, no para aumentar la 
gloria de mi perdido amigo, sino para probar á mis contemporáneos cuánto 
me complazco en la que tan justamente ha adquirido. 

(a) La critica del insigne Lista á la obra ciasáia reproducción de la obra de Clemen- 
de Cleniencin había permanecido inédita, cín por la casa Hernando, de Madrid. 
hasta que se hizo del dominio público gra- (M. de T.) 



II DON yL'IJOTE DE LA MANCHA 

Faltaba en nuestra literatura el homenaje debido ¡1 la inmortal olira 
del (Jumóte, el de ser comentada, siendo así que se había tributado á los de- 
lirios de (lúiiííoraí.'j). I.as eruditas notas de Pellicer no merecen el nombre 
de comentario, porque no siguen ceñidamente al original ; y las de Bowle, 
aunque muy apreciabir-s jiur ser de un extranjero, se limitan á evacuar 
las citas del lexo y á aclarar algunas locuciones exóticas para sus com- 
patriotas. 

Un escritor conocida ya en la literatura española por su vasta erudición, 
lina crítica y sana filosofía, ha emprendido á comentar la más célebre de 
nuestras producciones, el primer libro de nuestro idioma, y se somete 
con entera docilidad alas leyes severas del Comentario. El señor Clemencín 
no abandona un punto á su autor. Examina la fábula y los caracteres; 
nota los descuidos y anacronismos que la precipitación con que trabajaba < 
hizo cometer á Cervantes; manifiesta el mérito de la invención, la maes- j 
tría del pincel más rico y variado que ha conocido el Parnaso, las gracia- 
del estilo, la perfecciim del plan, la habilidad de la ejecución, la coordi 
nación oportuna de lo.s incidentes, y, en fin, el objeto constante que se 
propuso en su obra, de desterrar del mundo los libros de caballería. 

Otras notas se dirigen á probar con numerosas citas, tomadas de estos 
libros, cuan justa es la sátira que de ellos hace el autor del Quijote. El se- 
ñor Clemencín multiplica las citas de los libros de caballería, con el objeto j 
de satisfacer la curiosidad que promueve el Ingenioso Hidalgo en los que 
lo leen, acerca de las historias y personajes caballerescos, tanto mayor 
cuando siendo antes muy comunes los libros en que están escritas sus 
aventuras, se encuentran ahora con mucha dificultad y costa (y). El mismo 
Quijote, que sepultó en el olvido, cuando se publicó, esta clase de obras, 
excita en los lectores de nuestros tiempos el deseo de conocerlas, mucho 
más cuando Cervantes ha parodiado en su libro gran número de las fábulas 
que en ellas se refieren. ¿ Quién no desea eji el día conocer á los Ama- 
dises, Febos y Urianas, modelos de D. Quijote y de Dulcinea? Además, 
es imposible á veces entender los delirios del héroe de la Mancha, sin 
previo conocimiento del lenguaje é invención desatinada de aquellos 
libros. 

Otras notas pertenecen á la crítica y filosofía de las humanidades. En 
ellas se señalan las imitaciones de los poetas clásicos de la antigüedad 
y de la Edad Moderna que hizo el inmortal autor del Quijote; se examinan 
las bellezas de su estilo, los defectos de sus versos (en los cuales, como 
nadie ignora, fué infelicísiinoi, y, en fin, se analizan los juicios de este 
célebre escritor, que, á semejanza de Homero, vertió en su libro todo lo 
que sabía acerca de los autores y obras que cita, señaladamente en el 



(i) Meiiéndez Pelayo, en su Historia ríe clásicos. La Biblioteca Universal de autores 

las ideas estéticas, lomo II, pág. :i'i'¿ y si- españoles (qae ya. publicó un tomo de Libros 

guíenles, da curiosas noticias acerca de Éapí- de Caballerías ordenado por Gayan^-osj conti- 

nosa, García Coronel y otroi comentadores nuada hoy, bajo la dirección 'de Meaéndez 

de Góngora. " iM. de T.) Pelayo, ha publicado otros tres volúmenes 

''-') La moderna crítica literaria está reme- de Libros de Caballerías, ilustrados por el 

diaudo, eu lo posible, esta penuria de libros señor Bonilla de Sau Martin. (M. de T.) 



cnmcA in 

famoso escrutinio de la librcri.i, y acerca de las vaiias cuestiones que 
toca en materia de poesía, ret(')rica y moral. 

I,as notas pertenecientes al lenguaje han merecido un cuidado parti- 
cular al comentador ; corrige ó advierle las locuciones viciosas de las 
anteriores ediciones; explica los pasajes absurdos ; da noticia de las alu- 
siones á usos y costumbres poco conocidos ya, y que es preciso saber 
para la inteligencia del texio ; y, en fin, señala las incorreccienes y defec- 
tos en que á veces incurre Cervantes (o), y que parecen en su obra como 
nubes imperceptibles en el cielo claro y despejado de un hermoso día. 
Por lo mismo que el autor del Ingenioso Hidalgo es uno de los modelos 
más clásicos de elocución castellana, por lo mismo es más conveniente 
notar estas pequefias advertencias para que las eviten los imitadores, más 
dispuestos en general, porque así lo quiere la debilidad del entendimiento 
humano, á imitar los yíjrros que las bellezas. 

El señor Clemencín atribuyelas incorrecciones del lenguaje de Cervantes 
á la precipitación con que escribió, que le hizo además cometer antilogías 
y anacronismos en el cuerpo mismo de la fábula; y también á la impe- 
ricia de los que hicieron las primeras ediciones y dejaron en ellas yerros 
que se han repetido en las siguientes, hasta nuestros días. Nosotros tene- 
mos por verdaderas ambas causas; pero también creemos que muchas de 
las que hoy son tenidas justamente por incorrecciones, y deben tenerse 
como tales, no lo eran en tiempo de Cervantes. 

Este inimitable escritor halló el idioma formado ya en cuanto á sus 
principales construcciones, mas no estaba aún enteramente fijado. Por 
la naturaleza de los asuntos graves á que se hablan dedicado los más 
célebres de los escritores que le precedieron, faltaban á la lengua, ya 
sonora y majestuosa, aquella fluidez y gracia, aquella abundancia festiva, 
aquella flexibilidad admirable para tratar todas las materias y géneros 
que él le comunicó, recorriéndolos todos en su Quijote con igual feli- 
cidad. Esto no pudo hacerlo sin que su imaginación viva y lozana le sugi- 
riese nuevas voces y giros, nuevos modos y formas de decir, ya para hacer 
más sonoros los períodos, ya para acelerar su movimiento, ya para retar- 
darlo ó interrumpirlo, ya, en fin, para dar á las imágenes el conveniente 
colorido. Cervantes no se limitó á ser un buen hablista del idioma patrio ; 
creó también en materia de elocuci('jt), como había creado en la invención 
y disposición de la fábula, y si algunas de sus innovaciones no han sido 
admitidas en el uso común, y por consiguiente no pertenecen á la lengua, 
es imposible negar que otras muchas, y en mayor número, han sido 
adoptadas con gratitud ; han enriquecido el idioma y contribuido á lijar 
su índole, haciéndole más flexible de lo que antes era para expresar 
convenientemente toda clase de ideas. 

(S) No hay que olvidar que los escritores Manco, taloneado por la necesidad y sin 

españoles, en general, por falta de disci- tiempo sobrado para la corrección de las 

plina.se han mostrado en todo tiempo re- pruebas. Por otra parte, Clemencín le buscó 

beldes á los preceptos de la gramática y poco á veces pelos al huevo. Él señor Cortejón ha 

respetuosos con las reglas de la ortografía. defendido muy bien á Cmvanles de la nota 

Ténganse además en cuenta las condiciones de desaliño y "descuido. (M- de T.) 

en que debió escribir sus obras el iusigne 



IV DON QUIJOTE DE lA MANCHA 

Al texto y á las notas antecede el prólogo del comentador, en que 
forma un cuadro excelonte dul origen y progresos de la caballería, de las 
causas de su decadencia, de la literatura á que dio lugar y de los delirios 
que se introdujeron en esta misma literatura, para recaer después en el 
objeto moral que Cervantes se propuso en su obra. Este prólogo es modelo 
de los trozos mejor esciitos de la historia filosófica, y está lleno de selecta 
y bien manejada erudición. 

En cuanto al inmenso número de notas que forman el Comentario, 
bastará decir que todos los pasajes del Quijote que merecen ilustración, 
ya histórica ó mitológica, ya de literatura caballeresca, ya relativa á la 
fábula, ya al lenguaje, la tienen copiosa y bien escrita. Acaso no serán 
siempre todos los lectores déla opinión del comentador; pero á lómenos 
siempre hallarán cuantos datos se necesitan para resolver con acierto 
esta clase de cuestiones, que es todo lo que razonablemente puede exi- 
girse de un Comentario. 

Sólo nos resta ya que designemos, en confirmación de nuestra opinión 
sobre la obra, aquellas notas más dignas de observarse, ya por la impor- 
tancia de la materia que contienen, ya por la erudición no común de 
que están llenas; y para hacerlo con algún orden, pues ninguno era 
posible en el Comentario, las distribuiremos en diferentes clases. 



DE USOS Y COSTUMBRES 

Parte I, capítulo XVI, nota 16. — Contiene una disertación muy curiosa 
sobre la profesión de la arriería, preferida á otras por los moriscos de 
España; tanto, que las Cortes del reino se quejaron á Felipe l\ de la espe- 
cie de monopolio que ejercían en este ramo; y cuí^ndo fixeron expelidos, 
se encarecieron los portes por falta de arrieros. 

Parte I, capítulo XVI, nota 50. — Habla de las vicisitudes que ha tenido 
la costumbre de dejar crecer la barba y los cabellos. 

Parte I, capítulo XXI, pota 39. — Explica muy á la larga el papel fabu- 
loso que hicieron los enanos en las historias caballerescas y la verdadera 
introducción de estos monstruos en los palacios de los reyes y grandes. 

Parte I, capítulo XXII, nota 57. — Cita muchos pasajes de nuestros anti- 
guos escritores y libros de caballería, que demuestran el usoantifrásticodela 
palabra don, que, siendo por su naturaleza voz de honor y respeto, se hace 
frecuentemente de vituperio é ignominia, como en Don traidor, Don hijo 
de p... 

Parte I, capítuloXXX, notas 51 y52. — Trata muy circunstanciadamente 
del traje y lengua de los gitanos, casta singular que aun no ha llegado 
entre nosotros á incorporarse con la masa común de la sociedad. 

Parle II, capítulo XI, notas 9, 10, 11, 12, 13, 14y 15.— Con motivo de la 
aventura del carro de la muerte, da el señor Cleniencín noticias relativas á 
los cómicos más célebres de los siglos xvi y xvii ; al origen y progresos 
de las composiciones dramáticas, llamadas autos sacramentales; á las 



CRITICA V 

diferentes especies de compañías de actores que entonces se usaban y ai 
l'.ivor no siempre merecido de que gozaban ios cómicos por la grande 
.ilición de los espafioles á los espectáculos teatrales. 

Parte II, capítulo XVII, nota d(5. — Da noticia de las espadas y famosos 
es|)aderos de Toledo. En general, tiene gran cuidado de no omitir nada 
relativo !l los trajes y armas usados en tiempo de Cervantes, y aun en los 
siglóis anteriores. 

Parte II, capituló XVII, notas 28 y 30. — Hay dos notas muy interesantes, 
relativas, la primera á las fifestas de toros y la segunda ;'i las de las justas 
y torneos. Antiguamente, la suerte principal de la tauromaquia era la lan- 
zada, y los lidiatlores de toros eran caballeros ; distinguióse entre ellos 
por suerte y destreza D. Pedro Ponce de León, hermano del duque de 
Arcos. El mismo emperador Carlos V, hallándose en una fiesta de toros 
en Patencia, quebró su lanza en uno de ellos, que le hirió el caballo; y 
otra vez en Valladolid quiso hacer la misma suerte, pero no le entró ei 
toro (e). 

En aquellos tiempos, si se hadecreer á D. Luis Zapata en su Miscelánea, 
el peligro de estas funciones era muy poco; pero cuando las lanzas se 
convirtieron en garrochas, se multiplicaron las desgracias, por confesión 
del mismo autor, hasta tal punto, que el padre Pedro de Guzmán, jesuíta, 
en su obra titulada Bienes del honesto trabajo, aseguraba que en un año 
con otro morían en esta clase de funciones de doscientas á trescientas 
personas. La nobleza abandonó ei coso en el siglo xvli ; pero esta diver- 
sión fué siempre popular en España, señaladamente en las funciones de 
los santos patronos de los pueblos, y se introdujo la superstición, dice el 
padre Guzmán, de creer que las carnes de toro muerto en e>.tas fiestas de 
santo, guardadas como reliquias, son contra calenturas y otras enfermedades, 
y remedio contra los nublados. Los de sus entendimientos, añade, remedie 
el Sa)ito por su clemencia. 

Parte II, capítulo XXIV, nota 7. — La ridicula consecuencia que el primo 
de Basilio sacó de las palabras de Durandarte, paciencia y barajar, damotivo 
al señor Clemeucín para entraren la discusión acerca del juego de naipes, 
cuya invención atribuyó Juan de la Cuesta, en su poema De los inventores 
de las cosas, á un barcelonés llamado Vilhan, de cuyo nombre fornió Cer- 
vantes el adjetivo vilhanesca en la novela Rinconete y Cortadillo, en la 
cual llama también /toreo de villano (desfigurando el nombre) á las trampas 
en el juego. Después de estas citas y otras, indaga el origen, á la verdad 
bastante probable, que pudo tener esta diversión en la de los dados, cono- 
cida de los antiguos (iT). 

Parte II, capítulo XXVI, nota 4. — No es menos sabia y erudita la nota 
acerca del ajedrez y de las tablas. Ei señor Clemencín prueba que esté 
último juego fué el que hoy se conoce con el nombre de chaquete. 

(í) Moratin, padre, escribió una muy eru- (Q Recientemente ha publicado en Fran- 

dila é interesante carta sobre ei Origen y cia el esoitur señor Alleniagne una niiiy 

Progresos íÍk Ins fiestas de toros en España, notable obra, en dos voiúnieues profusa- 

que se encuentra al tinal de sus poesías. mente iluatrados, acerca de los naipes v su 

(M. de T.) historia. yU. de T.) 



VI nON QUIJOTE DE I,A MANCHA 

Parle II, capítulo XXXIII, nota 20. — Traenolicias muy curiosas acerca 
del .juego de los (Indoa. 

Parte II, capitulo XXXVI, nota 40. — La notaacerrade los coches, mani- 
fiesta el espíritu de los españoles en el siglo xvi y á principios del xvu. 
Este ramo de comodidad y de lujo, introducido en el reinado de Carlos V, 
halló grande oposición en la opinión pública, ya porque encarecía el 
precio de las muías, ya porque afeminaba á los hombres y los desacos- 
tumbraba del uso del caballo, tan necesario para la guerra. Klsefior Cle- 
niencín cita las peticiones di' varias Cortes para restringir su uso, y las 
pragmáticas expedidas al mismo efecto bástala Real cédula de 1019, última 
que se publicó con el mismo espíritu. 

En el reinado de Felipe IV cesi') la persecución, excepto en el teatro, 
donde Calder('»n y otros poelas motejaron frecuentemente el ansia de las 
mujeres por andar en coche. 

Parte II, capítulo XI., nota ü6, y capítulo XEV, nota 16. — Las notas sobre 
los tratamientos de Vos y de Don contienen noticias, casi olvidadas ya, 
acerca de nuestras costumbres domésticas (r¡). 

Parte II, capitulo XLI, nota 13. — Refiere las costumbres de los romeros 
^palmeros en la Edad Media, y aun en los tiempos posteriores. 

Parte II, capítuloXLVI, nota 17. — Demuestra que fué real y verdadero 
en la Edad Media el uso de que las damas asistiesen y curasen á los caba- 
lleros heridos. 

Parte II, capítulo XLVII, nota32. — Con motivo de estas palabras del 
texto : ac leer y escribir y soy vizcaíno, cita todos los secretarios naturales de 
Vizcaya que tuvieron los monarcas de la dinastía austríaca. 

Parte II, capítulo XLIX, nota 3~; cap. L, nota 12; cap. L. nota 44. — 
Acerca de los trajes, así de hombres como de mujeres, no desaprovecha 
el comentador ninguna oportunidad que le ofrezcan los pasajes de Cer- 
vantes en que se hace mencitJn de los vestidos. Es muy notable la nota 37 
del capítulo XLIX, porque en ella se ve el lujo en el vestir propio del 
siglo XVI, comparado con la sencillez y llam-za de los tiempos anteriores. 
En la nota 44, capítulo L, y en otras, cita las varias precauciones que en 
diversas épocas tomó la ley en España para contener el lujo y aun la 
indecencia en el vestir. Sin embargo, la misma ley que prohibía á las 
mujeres el uso de los verdugados, sin llevar chapín de cinco dedos de 
alto, permitía el castigo indecente de cortar las faldas á las rameras : de 
cuya costumbre se encuentran vestigios entre los antiguos españoles, los 
italianos y aun los pueblos de la tierra de Canaán, como puede verse en 
la nota 12 del capítulo L. 

Parte II, capítulo Lli, notas 10 y I;!; cap. LVI, nota 21 ; cap. LVIII, 
notaGl. — Contiene muy á la larga la historia de los desafíos en España y 
la explicación de las principales ceremonias que en ellos se observaban. 
Entre los famosos duelos de la más remota antigüedad castellana, cita 

(r,) El erudito Doctor Thebiis^em ( señor pág. 121, consagra un largo v ameno artí- 
Pardo de Figueroa) en su curioso é inte- culo á los tratamientos Don, Vos, etc. 
resante libro frimera ración de artículos, (M. de T.) 



cnÍTic.v vil 

el señor Clcmencín el lelo de Zamora por Dieíjo Ordófiez de l.ara, y el 
de los Infantes de Carri(')n por el Cid, y pasa en silencio el que algunos 
documentos 6 historiadons catalanes, citados por el señor liofarull en 
su ol)ra Los Condes <le liarcclona, relieren á la misma «'poca, á sal»(!r : del 
conde D. Rerensíuel, por sobrenombre el fratricida, que fué vencido en 
el desafío. 

Kste duelo merecía, sin embargo, particular mencit'm, tanto porque 
recaía sobre un juicio, como porque siendo juez el mismo rey de Castilla 
Alonso VI, era muy glorioso para él y para la nación que el soberano de 
un pueblo extranjero, y poco antes enemigo suyo, se sometiese á su 
tribunal. El erudito y laborioso Clemencín, qué tantas pruebas tiene 
dadas de su vasta lectura, no halló, pues, en nuestras memorias, vestigios 
de semejante desafío ; y este silencio es un argumento muy fuerte contra 
la realidad del hecho que no hubieran omitido los cronistas coetá- 
neos, tanto por la atrocidad del crimen como por la celebridad del tri- 
bunal. 

En las citadas notas explica la costumbre de dejar un guante por prenda 
del desafío, la de partir el sol y medir las armas á los combatientes, y 
otras varias. Recuerda también los libros y pasajes caballerescos en que 
se mencionan semejantes duelos, y principalmente la historia de los 
pasos honrosos que se han celebrado en Castilla. El señor Clemencín 
juzga esta galantería del siglo xv con toda la severidad filosófica del xix, 
en lo cual, ciertamente, no le imitaremos. Una nación belicosa, por nece- 
sidad debió, aun en sus diversiones, manejar el acero. Algo más honrosos, 
algo más útiles eran á Castilla aquellos pasos que los que desgraciada- 
mente sostiene nuestra juventud entre los desfiladeros que forman los 
naipes en el juego del monte. 

Parte H, capítulo LIX, nota b8. — La nota sobre las justas y torneos de 
Zaragoza, y sobre la Cofradía de San Jorge, que tenía á su cargo cele- 
brarlos, es muy interesante, ya se considere históricamente, ya como 
relativa á las costumbres antiguas de Aragón. En ella se ve claramente 
el carácter de las instituciones, á un mismo tiempo políticas, religiosas y 
militares, de un pueblo que debió su existencia como nación indepen- 
diente á su lanza y á su creencia. Es verdad que estas instituciones no 
son propias del siglo ni de la civilización actual ; mas no puede negarse 
que satisfacían completamente las necesidades sociales de aquellos siglos, 
y ridiculizarlas ahora sería un anacronismo tan pedantesco, como pre- 
sentar á la irrisión pública el censo y las lustraciones de Roma, ó la salsa 
negra de los espartanos, ^'ada de lo que ha contribuido á inspirar á los 
hombres sentimientos dt; honor y de virtud es despreciable ni indigno de 
la consideracii'm del filósofo. 

Parte II, capítulo LX, notas "24 y íiO. — No podemos decir otro tanto de los 
bandos, comunes en Cataluña y en otras provincias y ciudades de España 
entre las familias nobles, y de las cuales se habla en las notas citadas. 
Esta costumbre bárbara de abanderizarse trajo quizá su origen de los 
güelfos y gibelinos, facciones que de Alemania pasaron á Italia, y bien 
que en las ciudades de Castilla pueden atribuirse con más razón á la 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



anibiciüu de los nobles que solicitaban los oficios municipales, cuando 
éstos empezaron á dar influencia en el poder. 

Parte II, capítulo LXII, nota 2. Contiene muy buena y escogida erudi- 
ción acerca de las fiestas que todas las naciones hacen en la noche y 
mañana de San Juan, tan celebradas en nuestros libros caballerescos, 
rouiances y comedias. Refiere también las funciones que se hicieron en 
los jardines del Prado de .Madrid en obsequio del rey Felipe IV, la noche 
de San Juan del año 1631. 



MORAL 

Parte I, capítulo XVIII, nota 13. — Trata del cfelo religioso que los 
autores de libros de caballería atribuyeron á sus héroes, y cita numerosos 
pasajes que lo demuestran. 

Parte II, Prólogo, nota 6. — Habla en ella Cervantes de la ocupación 
continua y virtuoaa de Lope de Vega, que, en sentir del comentador, era 
la de escribir para el teatro. Con este motivo observa que los más célebres 
dramaturgos y los fundadores del teatro español pertenecen al clero 
secular ó regular, Juan de la Encina, Torres Naharro, Bermúdez, Lope 
de Vega, Miguel Sánchez, llamado el Divino, Mirademescua, Calderón, 
Solís y otros de menos nombi'adía que cita, fueron sacerdotes. Añade á 
estas noticias la de las discusiones frecuentes sobre los vicios del teatro, 
y de las disposiciones gubernativas para corregirlos, concluyendo con las 
reflexiones del elocuente Jovellanos sobre esta materia. 

Parte II, capítulo LVIII, notas 24 y siguientes. — Habla de los agüeros 
y copia un hermoso pasaje de la Crónica de D. Pedro ]\iño, lleno de 
reflexiones juiciosas y filosóficas, superiores á las luces del siglo en que 
se escribieron. A la misma clase pertenece la superstición de las varillas 
de virtudes, mencionadas en la nota 30 del capítulo LXII. Estas varillas han 
sido muy célebres desde la de Circe, ó por mejor decir, desde la de Mer- 
curio, que parece haber sido el tipo de las demás. Ya en la nota 13 del 
capítulo LXII había dado noticia de los que eran tenidos en tiempo del 
autor del Quijote por grandes mágicos y nigromantes. 

Parte II, capítulo LXIX, nota 9. — Con motivo de la fingida muerte de 
Altisidora, cita un gran número de personas de uno y otro sexo muertas 
sin violencia ni suicidio, por la misma fuerza de la pasión amorosa. Cita 
también á Quevedo, que vio junto al trono de la muerte á muchos que 
estaban ya paraacahar de amor... y á puros milagros de interés resucitaban. 



LITERATURA 

Parte I, capítulo XX, nota 39. — Se explica el origen del cuento de la 
pastora Torralba. Las investigaciones del señor Clemencín lo hacen subir 
á la literatura oriental. La primera vez que apareció en la europea esta 



I 



r.uíiicv IX 

conseja, fué en un;i obra latina iiililulada l'roreibioihm scu clericalis 
(iiscipliiix libii tres, su autor Pedro Allbnso, judío converso de Hliesca (0). 

Parte I, capítulo XXI, nota 3. — Hahla de las colecciones de refranes 
caálellanos. 1.a más conocida es la de llernán Nuñez Pinciano, llamado 
el Cumcndador yricijo, (\\ie murió en l.')i)3(i). 

Parte 1, capítulo XXIII, nota 32. — Cilade los héroes andantescos, los que 
se celebran en sus historias como buenos poetas y músicos; y maniüestd. 
cuánto aprecio tuvieron entrambas profesiones en la corte de Castilla 
desde San Fernando, que gustaba de los trovadores, y entendía quién lo 
hacia bien y quién no, como dice su hijo Ü. Alonso el Sabio. 

Parte I, capítulo XXVÍII, nota 29. — Enumera los libros de invención y 
entretenimiento que precedieron en España al Quijotk. 

Parte II, ca[)ítulo III, nota 10. — Es bien conocida en nuestra historia 
literaria la tradición del Biiscnpié, papel que se supone escrito por Cer- 
vantes para excitar la malignidad del público y buscar compradores del 
Quijote, diciéndoleque los personajes de e^ta novela no efan imaginarios, 
sino verdaderos é históricos, con nombres fingidos, y que en ella se sati- 
rizaban las empresas y galanterías del emperador Carlos V y de otros 
hombres célebres de su época. El señor Clemencín, en la nota citada, 
desmiente la hablilla del Buscapié, por la falsedad de la causa que se le 
atribuye, que es el mal despacho del Quliote en sus principios ; pues sólo 
en el primer año de la publicaci<')n de la primera parte se hicieron cuatro 
ediciones de ella, y el mismo Cervantes dice en la segunda que su libro 
había salido al mundo con unixicrsal aplauso de las gentes [■/.). 

Parte II, capitulo XVIII, nota 3:3. — Dase noticia dé las Academias poé- 
ticas privadas más célebres que hubo en España después del renacimiento 
de las letras ; y fueron la Imitatoria, fundada en Madrid en 1586, de la 
cual fué individuo, con el título de Bárbaro, el famoso poeta aragonés 
Lupercio Leonardo de Argensola; la Se/i'a^'e, también déla corte, en 1612, 
á que perteneció Lope de Vega : la de los Nocturnos, fundada en Valencia 
en 1591, y la délos Anhelantes de Zaragoza. 

Parte II, capítulo XXIII, nota 48. — Es una nota de crítica literaria muy 
apreciable. El Comendador hace elogios merecidos del episodio de la 
Cueva de Montesinos. En esta parte de la fábula quiso imitar Cervantes el 
descendimiento al Averno de Clises y de Eneas, y las aventuras caballe- 
rescas de castillos y personas encantadas ; pero no teniendo á su disposi- 
ción ni los dioses de Grecia y tloma, ni ios nigrománticos de la Edad 

(6) El libro Disciplina clericalis se publicó dio mucho que hablar la superchería del 

en el siglo xii (su autor se convirtió en llUtí) escritor gaditano señor Castro que dio, como 

Esta inspirado en gran parte en Kalila y hallazgo curioso de bibliófilo, un Buscapié 

iJimna, veisión árabe del libro Pantcha Tan- de su invención, atribuido al inimitable au- 

tra (los cinco capítulos), publicada en el tor del Quijote. A pesar del ingenio del Sr. 

siglo VIII y traducida en castellano en el Castro, no engañó á los buenos cervantistas 

siglo XIII. (M. de T.) y dio lugar a muy acaloradas polémicas. 

(:) Existe una colección moderna de re- Los esi)aíioles han sido dados siempre á esta 

franes : l¿l Refranero español, obra premiada clase de sujíerchorías, como lo prueban El 

en concurso público y debida al erudito Centón epistolariu. Los Falsos Cronicones, 

pareiniólogo señor Sbarbi. (M. de T.) el fragmento de Petronio, fingido i>or Mar- 

(x) En la segunda rnitad del pasado siglo chena, etc., etc. (M. de T.) 



X DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

Media, se vali<j del sueño de un loco para hacer verosímil la narración, 
más poética, más copiosa en imágenes de toda clase, más rica en elocución 
que se halla enloda su admirable obra. « Se aprovechó (dice el señor Cle- 
mencín) de las antiguas hallullas, creídas en el país de su héroe ; las 
amalgamó con las noticias de los romances, también antiguos, que anda- 
ban en boca de lodos, sobre Montesinos, sobre Durandarte, y los amores 
de éste con Belerina ; combimí estas circunstancias del errory delcapricho 
con las reales y físicas del nacimiento del Guadiana, de las lagunas en 
donde nace, de su desaparición y de su segundo nacimiento, de la calidad 
de sus aguas y pesca ; añadió de la f(''rtil y florida vena de su ingenio la 
existencia, no mencionada en los romances y consejas populares, del 
escudero (Guadiana, de la dueña Ruidera,de sus sobrinas é hijas; la trans- 
formaci('in de aquel en río y de éstas en lagunas ; hizo intervenir en estos 
sucesos á Merlín, reputado padre de la magia en la opinión del mundo 
europeo, y de todos estos elementos, aglomerando lo natural, lo alegórico, 
lo ridículo y lo caballeresco, formó la aventura más feliz y más poética 
del QuMOTE. )) 

Parte II, capitulo XXV, nota 28. — Trata de los errores populares, no 
sólo en España, sino también en el resto de Europa, acerca de la astrología 
judiciaria. 

Parte II, capiluloXXIX, nota tl.~ Cita las palabras de AbrahamOrtelio, 
que dieron algiín crt'>dito á la fábula vulgar de que todos los insectos que 
se alimentan del cuerpo humano, perecen al pasar el meridiano de las 
Azores; bien que el autor del Quijote, que i[u¡so ridiculizar esta necedad, 
colocó en el Ecuador el término de la vida de estos insectos. 

Parte II, capítulo LXII, ñola 7o. — Es muy singular y apreciable esta nota. 
Hablase en ella de una adicic'm manuscrita, hecha en Alemania, del Qui- 
jote, con el título de Capituloa de mi Don Quijote de la Mancha, no podidoa 
publicar en España ; palabras que ya por sí maniUestan el poco conocimiento 
de su autor en el idioma castellano. El señor Clemencín se abstuvo de 
calificar esta falsiíicación, y se contentó con indicar las aventuras conte- 
nidas en dichos capítulos ; pero basta tan leve noticia para convencernos 
de cuan disparatada empresa ha sido y será en todos tiempos tocar á la 
péñola que dejó Cervantes colgada en la espetera (a). 

Parle II, capítulo LIX, notas 36, 37, .38 et 56. — No se contentó tan fácil- 
menle nuestro sabio comentador en las notas relativas al rival de Cer- 
vantes, que tan ridiculamente celebró Avellaneda. Censura el mal len- 
guaje, el pésimo gusto, la falta de urbanidad, de gracia y de decencia en 
el ])Si'udo-conlinuador del Quijote, y se admira, como nosotros, del elogio 
que hace de él, en la aprobaciiui de la moderna ediciiui suya, D. Agustín 
Monliano y Luyando, que llegó hasta decir : no es frío y sin (gracejo, como 
Cervantes. Esto decía el que creyó haber regenerado el teatro español 



(■/.) Hasta los más notables ingenios han en su libro: Capítulos que se le olvidaron ni 

fracasado en tan ardua empresa, como lo autor del Quijote, que no es de lo mejor que 

demostró, en época muy reciente, el castizo y produjo su pluma. (M. efe T.) 

elegante escritor ecuatoriano Juan Montalvó 



CRÍTICA XI 

con sus dos traíjodias Ataúlfo y Vtrginin. Tales son ellas. En las bellas 
letras lodo está enlazado, y no era posible que hiciese buenas tragedias el 
(|uo tan depravado gusto tenía. 

Parte II, capitulo LXXIlI,nota 15. — También es interesante la enumera- 
ción de niiestros poetas, por la mayor [)arte bucólicos, que celebraron á 
sus amadas bajo nombres fingidos. La especie de desdén con que se mira 
en la actualidad la poesía pastoral, tan cultivada por nuestros mejores 
poetas y novelistas, es una moda de Francia introducida en la literatura 
española. Pero los franceses tienen justo motivo para desacreditar un 
género en que nada sobresaliente han ¡iroducido ; nosotros, imitándolo 
ridiculamente, condenamos al olvido y al desprecio unagran parte délas 
riquezas de nuestro Parnaso. Otrotantose liizo ámediados del siglo pasado, 
y también por seguir la moda francesa, con nuestro tesoro dramático del 

siglo XVH (¡i.). 

Hemos reservado para el (in de este artículo las notas relativas á la 
célebre conversación entre el cura y el canónigo, y del canónigo con 
D. Quijote, que recayeron en parte sobre la literatura novelesca y en 
parte sobre la teatral. En cuanto al juicio de los libros de caballería, el 
señor Clemencín cita al pie de los discursos de los dos cuerdos y delloco, 
todos los desatinos á que se refieren, compulsando para ello la literatura 
andantesca, tan común en tiempo de Cervantes y tan rara en el nuestro, 
que el laborioso esmero del señor Clemencín en sus notas es de absoluta 
necesidad; pues sin ellas parecería mayor la locura de Cervantes en im- 
pugnar desvarios desconocidos ya de nosotros, que la de su héroe en aco- 
meter los molinos de viento. 

En cuanto á la literatura dramática, confesamos con el señor Clemencín 
que las reflexiones de Cervantes sobre los defectos de las comedias de su 
tiempo son todas juiciosas y prueban su buen gusto y extenso conoci- 
miento de los modelos de la antigüedad; nos admiramos también con el 
mismo docto comentador y con otros eruditos que le precedieron, de que 
un hombre tan instruido como el autor del Quijote hubiese escrito, contra 
su misma doctrina, dramas tan monstruosos, y lo que es peor, tan insí- 
pidos, como los que produjo al teatro. 

No es tan cierto que en la crítica que hizo tuviese por principal objeto 
satirizará Lope de Vega, á quien tanto elogia, á pesar de sus defectos ; y 
mucho menosque la emulación ó el despecho hubiesen dirigido su pluma. 
En la censura que hace, ni es irónico ni cáustico, contra su estilo natural. 
Ni se hallan sólo en las comedias de Lope los defectos que critica. Eran 
generales en todos los dramáticos de su siglo. Para encontrarlos, bastá- 
bale á Cervantes leer sus pi'opias comediiis. Si estaba instruido en las 
reglas del arte y las despreci(3 cuando componía, hizo lo mismo que 

(y.) Lo mismo sucedió con nuestros incom- algunos eruditos alemanes, como Bohl de 

paiables romanceros, que nmchos literatos Faber, padrede nuestra sin par novelistai^er- 

españoles imbuidos en las estrechas doctri- nán Caballero, tenían que defender nuestros 

ñas del clasicismo francés (entre otros Her- tesoros literarios contra los mismos espa- 

mosilla) consideraban poco menos que ñoles. 
como las coplas de Calaínos, mientras que (M. de T.) 



XII DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

Lope, que encerraba los preceptos con seis //aies, sojuzgados uno y otro por 
el gusto del público. 

Debe hacerse otra roíbíxiím. Lope no debió su celebridad d suá fcome- 
dias históricas, ni á las divinas, eU las cuales se notan la mayor jiarte de 
los desatinos censurados ]jor Cervantes; sino á las que entonces se lla- 
maron de capa !j espada, como La Esclava de su galán. La Moza de cántaro, 
De Corsario á corsario, y otras mil de este género, de las cuales unas han 
sido imitadas por los dramáticos franceses (v) de más nota, y otras Se re- 
presentan aun en nuestros leatros con aplausos no desmentidos. 

La verdad es que ni Cervantes, ni el mismo Lope conocieron él ritiévd 
sendero de Kl poesía dramática que abrió este felicísirtio ingenio, guiado 
solamente por su instinto y por el del público para quien componía. Nó 
es aquí oportuno tratar una cuestión tan larga y delicada ; baste decir 
que casi á un mismo tiempo crearon Lope de Vega y Shakespeare los tea- 
tros de sus naciones, y dieron cada uno al suyo un carácter propio y original. 

Citaremos aquí otras notas de literatura teatral que se hallan en el 
tomo IV, Una de ellas es sobre los bobos y graciosos de nuestras comedias; 
Los primeros divertían al público con sus patochadas y necedades, riiuy 
semejantes á las de los arlequines italianos, de que hubo un teatro en 
tiempo de Felipe 11. Este príncipe gustaba mucho de sus gracias. En la 
nota 24 del capítulo VII, parte 11, se hace memoria de Trasíu/o, personaje 
de dicho teatro italiano, establecido en la corte de España. El gracioso, 
llamado al principio donaire, fué introducido por Lope do Vega en su co- 
media la Francesilla ; en este papel empleaban los autores dramáticos 
todas las sales de la elocución festiva y familiar y de la sátira picaresca. 
Últimamente, en la nota 22 del capítulo XXI, parte II, recuérdalas dife- 
rentes composiciones dramáticas en que se ha introducido el personaje 
de D. Quijote, siendo la primera que se cita Las Bodas de Camacho el rico, 
de Meléndez Valdés, y observa que ninguna de las que se conocen, y lo 
mismo se puede inferir probablemente de las que se han perdido, es tole- 
rable. Luchar con Cervantes no es dado ni álos prosistas ni á los poetas. 



HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 

Parte I, capítulo XXX, nota 51. — Es un compendio de la historia de los 
gitanos ; casta extraordinaria y errante, que no aparece en nuestra histo- 
ria hasta fines del siglo xv. 

(v) En mi traducción de la Historia de ríales de España. Linguet, uno de los me- 

la Literatura francesa, de Leo Claretie, pu- jores traductores de nuestros clásicos eu el 

blicada recientemente (1908) por la librería siglo xviii, atirma que, en riquezas dramá- 

P. Ollendoríf, pongo la siguiente nota, al ha- ticas, Francia debe más á Es|iaña que á to- 

blar del poeta Quinaull (tomo I, páj;. tj3s) : das las demás naciones del mundo. Merecen 

« Quinault, como sus contemporáneos y consultarse acerca de este punto Le Tkéatre 

antecesores, mcrmicó ampliamente en la espuynol por tíassier; La Comedir pspaynote 

dramática española. Sería tarea intermí- en Fmnce y Moliere et ie TItéátre espaynoi^ 

nable indicar todos los arreglos y plagios. del seuor Éruesto Wartinenche. » 
Según ciassier, desde lüuo hasta 1'ií:í'), todo* (M. de T.) 

los dramáticos franceses tomaron sus mate- 



f:H rn CA \ui 

Parte I, capítulo XXXIX. — Todas las notas que se relieieu á la historia 
ilel Cautivo son de la mayor importancia. l£n ellas se da amplia noticia 
de los sucesos y hazañas de los españoles contra los turcos y hnrhoriscos; 
de las aventuras did mismo Orvanl.es, consifínadas hasta cierto punto en 
aquella novela liist(')rica ; de las costumbres de los moros y de la crueldad 
conque trataban á los cristianos que caían en su pod<!r; en lin.de cuanto 
pl mismo autor del Quijote quiso que fuese conocido é inmortalizado en 
aquel episodio, que, aun(|ue deslif^ado del asunto principal de la obra, 
interesaba nuicho á la nación para quien se escribía. 

Parte H, capítulo XL,nota4. — Es muy digna de observación la nota sobre 
las reflexiones del Cautivo acerca de la Goleta, cuya conservación traía á 
España más gasto que provecho. El señor Clemencín cita un monumento 
muy curioso, y es una carta de I). Diego Hurtado de Mendoza al rey 
Felipe II, en la cual coincide el juicio de aquel célebre estadista con el 
de Cervantes. Añade el comentador que este mismo dictamen fué seguido 
en tiempos posteriores por otros que aconsejaron abandonar los demás 
presidios de la costa de África. Habla después de la conquista de Argel por 
los franceses, hecha en nuestros días ; del sistema de colonización de 
aquella regencia y de las dificultades que encontrara, con mucho tino y 
solidez. 

Nosotros creemos que uno de los grandes males que produjo á España 
la dinastía austríaca, fué haber separado el espíritu belicoso de nuestra 
nación de la dirección que di(') á sus conquistas Fernando el Católico. 
África era entonces el teatro natural de lagloria española; áél, y no á Ale- 
mania ni á Flandes, nos llamaba la justa venganza, el entusiasmo reli- 
gioso, la defensa de nuestras costas contra los piratas berberiscos, y, en 
fin, los intereses generales de la civilización. Mientras ganábamos la 
batalla de Mulberg en el Elba y la de San Quintín en el Soma, á costa de 
nuestra sangre y tesoros, eran afligidas las plazas de la Península por los 
corsarios de Berbería, é innumerables españoles gemían en las mazmorras 
de aquellos bárbaros. Añádase á esto que las costas del Mediterráneo eran 
el punto natural de nuestro engrandecimiento terrestre y marítimo; pues 
tocando este mar por una parte á la Penínsulay por otraá nuestras con- 
quistas en Italia, la posesión de Berbería hubiera hecho invulnerable la 
nación en el centro de su poder. De este plan sensato y útilísimo de 
engrandecimiento nos separaron los intereses de la casa de Austria, y 
empleamos nuestras fuerzas en guerras de más gloria que provecho con- 
tra pueblos cuyos nombres apenas conocíamos (?). 

Parte I, capítulo XLIII, nota 8. — El señor Clemencín habla muy á la 
larga, y á la verdad con sobrada razón, del problema político que se 
resolvió en tiempo de Felipe III sobre cuál debía ser la residencia de la 

(;) Tenía mucha razón el insigne Lista. <á la mayor decadencia y casi estuvimos á 
Por abandonar la política de Isabel la Cató- punto dé perder uuestra'nacionalidad. Esto 
lipa y de Cisneros, volviendo la espalda al nos ha traído el desquiciamiento completo 
Mediterráneo é internámlonos en el conti- de nuestra vida política y económica, la per- 
néate europeo, salimos, si con alguna glo- dida de todo poderío naval y militar y otras 
ria, con las manos en la cabeza ; llegamos muchas cosas más. " (M. de T.) 



XIV DON (jUIJOTIi DE LA MANCHA 

corte de España. La disputa entre Madrid y Valencia, dice con donaire el 
comentador, era más bien una quimera entre dos viejas que una cuestión 
de interés general. Lamenta justísimamente que no se hubiese preferido 
á Lisboa; la suerte de la monarquía estaba ligada á aquella discusión, sin 
saberlo los mismos que la entablaron y decidieron. 

Parle II, capítulo I, nota 42. — St> da noticia de hombres cuya estatura 
era desmesurada. D. Pedro de Portugal, hijo bastardo del rey D. Dionis, 
y autor del primer nobiliario de nuestra bibliografía, tenía once palmos 
y medio de largo. D. José Pellicer de Salas, comentador del Polifemo, de 
Góngora, vio y midió en Sevilla un hombre que, tendido en el suelo, 
tenía cuatro varas y dos tercias de largo. El mismo Pellicer cita un ala- 
bardero de Felipe II cuyo retrato estaba pintado en el Pardo, y á cuyo 
pecho no llegaba un hombre de mediana estatura. Bernardo Gilli, natu- 
ral de Verona, tenía once pies de altura; y Antonio Cano, de Nueva Gra- 
nada, que murió en 1804, ocho pies menos una pulgada. 

Parte II, capítulo II, nota 14. — Explícase la distinción entre hidalgos, 
caballeros y ricos-hombres. Los primeros, como indica su mismo nombre, 
eran los que heredaban de sus familias bienes con que mantenerse. Los 
caballeros podían, además, servir en la guerra á caballo, y formaban un 
orden semejante al ecuestre de los romanos. Los ricos-hombres sobresa- 
lían entre los caballeros, no sólo por sus riquezas, sino también por 
el favor del príncipe, por sus dignidades en el palacio y en el gobierno, 
y por su influencia en el Estado. Estos tres grados de nobleza se reco- 
nocían en España; el Don afectó primero sólo á los ricos-hombres; se 
extendió después á los caballeros, y en tiempo de Cervantes se quejaban 
éstos de que los moros hidalgos empezaban á usui'parlo. 

Parte II, capítulo XIV, notas 5 y siguientes. — Las notas que ilustran 
las antigüedades de España son muy curiosas é interesantes. La relativa ala 
Giralda de Sevilla, citada por el bachiller Sansón Carrasco, alias el caba- 
llero de los Espejos, contiene el origen de aquel nombre, dado primero á 
la estatua de la Fe, que corona la torre, y después á todo el edificio. Con 
este motivo se cita la descripción que de él hace la Crónica general de 
España. Inmediatamente después describe los toros de Guisando y otros 
monumentos de la misma especie que se encuentran en varias partes de 
España; también habla de los esfuerzos inútiles de nuestros arqueólogos 
para descubrir el objeto de aquellas antiguallas. 

Trátase después de la sima de Cabra, y se cita el hecho curioso del 
hombre que baja á ella pendiente de cuerdas, por disposición oficial, 
para buscar un cadáver que los asesinos habían arrojado allí. Con este 
motivo habla también del pozo Ayrón de Granada, que está en el Albayzín, 
y de otro que hay con el mismo nombre en el castillo de Garci-Muñoz, en 
la provincia de Cuenca. 

Parte II, capítulo XVIII, nota 23. — Se habladelpeje Nicolás, hombre 
extraordinario que vivía la mayor parte del tiempo en el mar, atravesaba 
á nado con frecuencia el estrecho de Sicilia y llevaba noticias y recados 
de la isla al continente, y al contrario. Estos hechos parecerían increíbles 
si su posibilidad no se hallasj comprobada con el del hombre de Liér- 



CIÚTICA XV 

yanes, contemporáneo del Padrii Feijoo, que fué cogido en una red en la 
bahía de Cádiz. 

Parte lI,cupítuloXIX, nota 20. — Da noticiadelasobras escritas acerca de 
la esgrima por el comendador Jerónimo de Carranza, i)or D. Luis Pacheco 
de Narváez, maestro de esgrima de Felipe IV, y por el manjués de las 
Torres de Rada, que floreció á principios del siglo xviii. 

Parte II, capítulo XXIIF, nota 43. — E.x^plícase el origen de laexpresión pro- 
verbial española es un Fúcar, para denotar á un hombre muy rico. I.a 
familia de los Fúcares, cuyo verdadero nombre es Fugger, originaria de 
Suiza y establecida en Ausburgo al principio del siglo xv, debió al comer- 
cio, como la de los Médicis, sus riquezas y su engrandecimiento. El señor 
Clemencín reíiere todas las noticias y memorias que han quedado de ella 
señaladamente en España, donde tuvo á su cargo por muchos años y con 
grandes fueros y privilegios las minas de plata de Hornachos y de Gua- 
dalcanal, y la de azogue del Almadén. Las Cortes de Valladolid de 1552 
reclamaron contra el arrendamiento que habían hecho los Fúcares de las 
dehesas de los maestrazgos de Santiago y de Alcántara. Un ladrón, fin- 
giéndose alguacil de la Inquisición, robó la casa del administrador de los 
Fúcares en Almagro, de cuyo hecho lomó el autor del Gil Blas uno de los 
episodios de su novela. En fin, subsiste en la corte un testimonio de la 
influencia y consideración que esta familia tuvo en aquellos tiempos en el 
nombre del Fúcar dado á una de las calles du Madrid. 

Parle II, capítulo XXIV, nota 30. — Dice el texto : «Yase va dando orden 
para que se entretengan los soldados viejos y estropeados. » El señor 
Clemencín sospecha que esto lo dijo Cervantes irónicamente; porque no 
ha hallado en ninguna de las memorias de aquel tiempo vestigios de 
disposiciones legislativas sobre esta materia, á pesar de los escritos del 
doctor Herrera, proto-médico de las galeras de España, acerca de la nece- 
sidad de socorrer los soldados inválidos. El señor Clemencín cita y ana- 
liza estos escritos, que son de fines del siglo xvi, con el tino que acos- 
tumbra. 

Parte II, capítulo XXXII, nota 38. — Estanotaesapreciable, porque mues- 
tra la laboriosidad del comentador en buscar todo lo que pudiese ilustrar 
el texto. Prueba por una información que Felipe II mandó hacer en 1376, 
que en Toboso no había nobles, caballeros ni hijosdalgo, y que el único 
que gozaba entonces de las libertades de los hijosdalgo era el doctor 
Esteban Zarco de Morales, por haberse graduado en el colegio de los 
españoles de Bolonia. Una hermana de este doctor, llamada Ana, fué 
probablemente, según Clemencín, la que inmortalizó Cervantes con el 
nombre de Dulcinea. Esta noticia le sirve también para demostrar que la 
expresión del texto : Dulcinea es principal y bien nacida y de los hidalgos 
linajes que hay en el Toboso, es maligna é irónica. 

Parte II, capítulo L, nota 7. — Es relativa á Aranjuez, y contiene 
muchos pasajes de nuestros escritores, así prosistas como poetas, que 
prueban cuan célebre fué en aquella época este real sitio, mandado for- 
mar por Felipe II. 
Parte II, capitulo LIV, notas 31 y 3-*. — Hablase de la expulsión de los 



XVI nON QUIJOTK I)R I, A MANCHA 

moriscos, ordenada por Felipe III. Ambas notas, y señaladamente la 
segunda, son de los trozos más filosóficos y al mismo tiempo más elocuen- 
tes que han salido de la pluma del señor Clemencín. Atribuye, con mucha 
razón, al ilotismo político y civil á que se sometió á los moros converti- 
dos al cristianismo, y á las leyes opresivas é inicuas que contra ellos se 
pidieron y dictaron en las Cortes de Castilla, el odio atroz é inextinguible 
que ardía en sus pechos contra una nación que los aborrecía y vilipen- 
diaba, y contra un gobierno que los atormentaba de todos modos. De 
aquí procedió la imposibilidad de incorporarse y confundirse con los 
españoles; de aquí sus comunicaciones secretas con los turcos y piratas 
de África; de aquí las esperanzas de salvación que tenían fundadas en las 
victorias de los musulmanes; de aquí, en fin, la necesidad de la expul- 
sión. No podían ya vivir en la misma patria con los cristianos viejos ; así 
la injusticia sólo puedo producir maldad y desventura (o). 

Parte II, capítulo LV, nota 23. — Esta nota es curiosa y menos triste. En 
ella se refieren todas las fábulas de las historias andantescas acerca de 
los pa/rtc¿os de Galiana, cuyas ruinas existen en Toledo. 



DE LOS LIBROS DE CABALLERÍA 

La noticia de las fábulas y libros caballerescos, como ya hemos dicho, 
es más importante en el día, así para los lectores nacionales como para 
los extranjeros, que en el tiempo mismo en que se escribió el Quijote. 
Entonces eran conocidas y vulgares dichas obras, y nadie podía desco- 
nocer el espíritu del libro que acabó con ellas. Así apenas se encuentran 
sino en la biblioteca de algún curioso; y como son muy pocas las que 
merecen el honor de la reimpresión, es verosímil que desaparezcan ente- 
ramente, en cuyo caso no sería muy fácil formar idea del monstruo que 
aterró Cervantes, á no conservarse tantas señales y circunstancias de él 
en las notas de su erudito comentador. En ellas se da un completo cono- 
cimiento de la literatura calialleresca; se manifiesta el genio satírico del 
autor del Quijote, que transformó en sucesos triviales y visibles los 
portentos de aquellos libros, y se compone el trofeo de la vicloria de 
Cervantes, contando los enemigos que venció. 

Parte I, capítulo XXV, nota 24. — Las demás notas del señor Clemencín 
probaron la vasta lecturay exquisito discernimiento de este sabio escritor; 
pero ésta, publicada en Noviembre de 18.33, y que trata de la Peña Pobre 
en que hizo penitencia Amadís de Gaula, prueba la bondad de su alma y 
la generosidad de sus sentimientos. Después de haber mostrado, á favor 

(o) Acabo de leer en La Jieme (n» del 15 sas, á pesar de los siglos transcurridos y de 

de marzo de i'MH) un iñleiesante articulo los progresos de la civilización. Para dictar 

sobre la: vida social en Constantinopla y en tin fallo dptiniíivo acerca de ciertos hechos 

él hace notar el autor el iníranqiipable históricos haci.- falta tener en cuenta el espí- 

abisnio que establece entre turcos y cris- ritu de la época. (M. de T.) 

tianos la diferencia de sus creencias religio- 




CRÍTICA XVII 

de conjeturas muy felices, que la Peña Pobre de Rellonebros estaba 
situada en Francia en la playa del mar, hacia los confines de Bretaña y 
Normandia, añado : « Cuando esto so escribe se hallan haciendo penitencia 
por las inmediaciones de la Peña Pobre algunos desgraciados aventureros, 
desdeñados de su señora : ¿se conciliarán con ella, como Amadis con Uriana? » 
Parte ií, capitulo XXV, nota 22. — Se hace menci(')n de las gigantas y 
jayanas (¡ue tiguran en la mitología andantesca. 

Parte II, capítulo XXVI, nota .<. — Se refiere la historia de D. Gaiferos 
y Melisendra, representada en el retablo de Maese Pedro. El señor Cle- 
mencín contiesa con ingenuidad que no puede satisfacer la curiosidad de 
los lectores (curiosidad que también he tenido yo, aunque inútilmente) 
acerca del origen del nombre Sansiteña, con que se designa á Zaragoza en 
este pasaje del Quijote, y se contenta con hacer una observación muy 
oportuna, y es que los libros de caballería, aunque suponen que Sansueña 
estaba en tierra de moros, no traen seña alguna de la cual se deduzca 
que esta ciudad fué la misma que Zaragoza. ¿Sería quizá Sangüesa, con 
cuyo nombre tiene más analogía que con el de la capital de Aragón? 

Parte II, capítulo XXVI, nota 7. — Con ocasión del mismo retablo hace 
la historia de la famosa espada de Roldan, llamada Durindana; de la 
Joyosa de Garlo-Magno, y de otras muchas célebres en los libros de caba- 
llería. 

Parte II, capítulo XXIX, notas 2 y .3. — Refiérese en gran número de 
fábulas andantescas, en las cuales reciben los caballeros auxilios en sus 
cuitas, socorriéndolos otro caballero arrebatado en una nube ó llevado 
en un buque. Ambas notas son relativas á la aventura del barco encan- 
tado. 

Parte II, captíulo XXIX, nota 22. — En el final de dicha aventura, con 
motivo de la teoría de D. Quijote acerca de la pugna y encuentro de los 
encantadores, refiere el comentador varios pasajes de estos certámenes 
nigrománticos. 

Parte II, capítulo XXX, nota 18, y capítulo XXXVIII, nota 22. — Expli- 
can las fórmulas y pormenores de la urbanidad entre los caballeros 
andantes, los príncipes y las damas, descritos con suma pesadez en los 
libros de caballería, y que Cervantes ridiculiza imitándolos festivamente. 
Parte II, capítulo XXX, nota 23; capítulo XXXII, nota 55; capítulo 
XXXIV, notas 35 y 38; capítulo XL, nota 28; capítulo XLI, nota 38; 
capítulo XLV, nota 7, y capítulo XLVI, nota 17. — Desde que D. Quijote 
entró en el castillo del Duque, establecida la hipótesis de que este 
magnate y su esposa quisieron divertirse á costa del loco remedando las 
escenas de los caballeros andantes, es indudable que pudieron imitarlas, 
merced á su opulencia, con la verosimilitud necesaria para que las 
creyese ciertas un loco. El comentador explica estas imitaciones por 
pasajes semejantes de la andante caballería. Así quedan completamente 
ilustradas la aventura del bosque después de la caza, la del caballo 
Clavileño, la de las ínsulas citadas en la geografía caballeresca. El señor 
Clemencín habla del empeño de muchos eruditos en fijar el lugar donde 
estuvo la Barataría; empeño que prueba el grande interés que inspira el 



XVIII DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

libro del Ingenioso Hidalgo, pues se ha querido averiguar hasta el sitio 
que señaló por escena á sus* ficciones, y en que quizá no pensó el misiuo 
autor. 

DEL LENGUAJE 



El señor Clemencín, comparando la lengua castellana como se halla en 
el día, con lo que era en tiempo de Cervantes, hace observaciones muy 
útiles y señala todas las locuciones del Quijotk que ya no admite el 
idioma. Este trabajo me parece muy importante y de sumo mérito; pero 
ha de tenerse presente que no f¡e puede ni debe juzgar á Cenantes en mate- 
ria de elocución como se juzgaría á un escritor de nuestro siglo, cuando está 
ya la lengua completamente formada. 

En efecto; las observaciones del comentador, lo más que prueban es 
que ciertas locuciones del autor del Quijote no pueden usarse en el día; 
mas no que Cervantes hizo mal en usarlas en su tiempo (;:). Es un privilegio 
del genio enriquecer el idioma que le sirve de instrumento para sus pro- 
ducciones, y Cervantes usó ampliamente de este fuero. Pocos escritores 
han dado más giros y locuciones nuevas á su lengua, y él fué quien la dotó 
del carácter de flexibilidad que la distingue. 

De las frases inventadas por Cervantes en una época en que era lícito 
hacerlo, por no haberse aún fijado filosóficamente las reglas ni los límites 
de la sintaxis figurada, muchas han sido recibidas en el tesoro de la len- 
gua; otras no. Y el uso, que es la suprema ley de los idiomas, ha hecho 
que estas últimas no se puedan ya introducir. Pero el mismo uso pudo ya 
haberlas introducido, y en este caso fueran en la actualidad castizas. Bajo 
este aspecto deben considerarse los modismos que se hallan en el Quijote 
y que la lengua no ha querido conservar. 

Parte I, capitulo XXXIII. nota .31. — Habla del género neutro, y prueba 
su existencia en nuestro idioma con numerosos ejemplos. 

Parte I, capítulo XLIII, nota 3. — Explica la naturaleza del asonante, 
cadencia exclusiva de nuestra poesía, y sus diferentes especies, según 
intervienen en las últimas sílabas vocales simples, esdrújulas ó diptongos. 

Parte II, capítulo XXXI, nota 11. — El gracioso diálogo entre Sancho Panza 
y la dueña Doña Rodríguez proporciona al señor Clemencín oportuna 
ocasión de explicar lo que nuestros antepasados entendían por dar una 
higa; resto de la antigua superstición del falo egipcio, que se miraba como 
preservativo contra el aojo. 

Parte II, capítulo XXXVIII, nota 48. — Trata de la redondilla, de la décima, 
de las glosas y de otras composiciones en verso de ocho sílabas, que era 
el más general entre nuestros poetas antes de la introducción del ende- 

(t.) Esta libertad y este privilegio, que que no eran dignos de desatar al ilustre 

ciertos severos aristarcos han querido negar Manco la correa de su zapato. V hasta hay 

al inmortal ingenio que ha logrado imponer quienes se vanaglorian de no haberle leído, 
su nombre á nuestra hermosa lengua, los (M. de T.) 

fjprcen hoy sin trabas muchos escritores 



CRÍTICA XIX 

cnsílabo y eptasílabo italianos. Toca tnmbión, aunque de paso, la cOlebre 
disputa entre los defonsoies y los enemigos del metro toscano, y la decide 
como en nuestro entender debe decidirse; pues el verso de odio sílabas 
ni tiene lu cesura ni el movimiento, ya rápido, ya majestuoso, del ende- 
casílaiio para las composiciones graves y sublimes. 

Parte II, capítulo XIJV,nota 47. — Estañóla sobre el romance es una de 
las más eruditas y bien trabajadas. Dejando indecisa la cuestión acerca 
del origen del romance español, aunque parece que se inclinaá la opinión 
de los señores Conde y Moratín, que miraron el verso castellano de ocho 
sílabas como hijo del hemistiquio árabe, pasa el señor Clemencín á exa- 
minar la época en que se escribieron los más antiguos que hoy conoce- 
mos, y la tija con suma sagacidad, deduciéndola ya del lenguaje y estilo 
con que están escritos, ya de los sucesos á que en ellos se hace alusión. 
Esta parte de la nota es en la que campea más la crítica y erudición del 
comentador. 

En esta misma parte hay dos frases de Cervantes (capítulo XXIV, párrafos.»), 
palabras y razones le dijo Sancho que merecían molerle á palos, y doy por 
bien empleadisima la jornada, que prueban lo que ya hemos dicho acerca 
de los giros inventados por el autor del Quijote. La lengua ha rechazado 
estas dos locuciones, la primera por sobradamente elíptica y la segunda 
porque el grado superlativo recae sobre el epíteto y no sobre el adverbio ; 
mas si hubiesen sido admitidas, como pudo suceder, porque las ¡deas 
están muy claramente expresadas, no hay duda que no nos atreveríamoshoy 
á censurarlas. 

Parte II, capítulo LVIII, nota 37. — Trata déla declinación del pronombre 
personal castellano de tercera persona él, ella, (?//o.El señor Clemencín cita 
ejemplos de los padres de la lengua, en los cuales se encuentran anoma- 
lías más raras que la duplicidad del acusativo masculino le, lo, y la del 
dativo femenino la, le, las, les, pues se encuentra el por lo, lo por la y lo 
por el en nominativo; los por les en dativo, /e por lo en acusativo. Aunque 
estas irregularidades van desapareciendo, quedan todavía las primeras; y 
sólo se puede señalar como uso de los mejores escritores el pronombre 
lo en acusativo masculino cuando se trata de cosas inanimadas, y el 
empleo promiscuo del le y del lo cuando se trata de animadas. En cosas 
relativas al uso, mientras éste no se fije, es imposible establecer una ley, 
como han emprendido algunos, si bien con más presunción que buen 
éxito (p). 

Parte II, capítulo LIX, nota 3. — Establece el principio de que, en nuestro 
idioma, dos negaciones, en lugar de afirmar, confirman la negación ; y lo 
prueban con numerosos ejemplos de Cervantes y de otros escritores y con 
la autoridad del autor del Diálogo de las lenfjuas. Mas no por eso deja de 

(?) La Academia indica, en su Gramática, torizar ciertos solecismos. Lo más gracioso 

que se reserve el le para el acusativo de per- es tjue muchos abominan de la Academia 

sona y el lo para el de cosa. Sin embargo por lo que tiene de autoridad, y siguen á cie- 

reina.en este asunto de los pronombres, ver- gas al primer cabecilla literario que se pre- 

dadera anarquía, y hasta algunos acadé- senta. (M. de T.) 

micos contribuyen "con su mal ejemplo á au- 



XX nON QUIJOTE DE I,A MANCHA 

citar ejemplos en contrario, y hacer curiosas observaciones sobre el uso 
de las partículas negativas. Muchas veces las usa Cervantes en frases afir- 
mativas como t'ístas : más locoa fueran que no él ; con el miedo de no ser ha- 
Hados ; falló poco para no salirmc por las calles. En fin, otras veces omite la 
negación de las frases negativas : en toda su vida ha visto letra mía (;). 

Partell, capítulo LXII. notas GO y siguientes. — Censura el poco aprecio 
que manifiesta Cervantes á las traducciones hechas de idiomas f.iciles, 
coutra'liciéndolo los elogios que él mismo da . i la traducción de la Aminta 
y del l'astor Fido, por Jáuregui y Suárez de Figueroa. Todas las notas 
relativas á esta materia contienen muy escogida erudición, y prueban el 
gusto correcto del señor Clemencín en literatura. 

Parte II, capítulo LXIX, nota20. — Se enumeran las transposiciones que 
hay en el Quijote, y que ya no admite el uso común de la lengua. 

Muchas notas he citado del Comentario, pero se engañaría mucho el 
que creyese que he podido comprender en este breve escrito todas las que 
merecen particular atención; porque para esto hubiera sido necesario 
citar quizá el Comentario entero. Me he contentado, pues, con recordar 
las que, ofreciendo mayor interés, ó histórico ó literario, ó de curiosidad, 
me han parecido más á propósito para que se forme idea exacta de la 
inmensa y bien digerida erudición, de la crítica y del buen gusto del 
comentador del Qcijote. 

Me atrevo á decir que así como Cervantes procuró ingerir en su novela 
satírica cuanto sabía en moral y literatura, así el señor Clemencín en su 
comentario ha hecho alarde, y siempre oportunamente, á imitación del 
autor que comenta, del inmenso tesoro filológico que poseía, distribuyén- 
dolo en sus notas con filosofía y en excelente lenguaje; concluiré, pues, 
asegurando que, en mi entender, el Comentario del Quijote no sólo es 
una obra escogida de erudición y de literatura, sino el mejor monumento 
que ha podido erigirse á la gloria inmortal de Cervantes. 

{;) Lope dijo también en su célebre so- Un soneto me manda hacer Violante, 

neto : Y en mi vida me he visto en tal aprieto. 

(M. de T.) 



PROLO&O DEL COIVIENTARIO 



La relación de las aventuras de D. Quijote de la Mancha, escrita por 
Miguel de Cervantes Saavedra, en la que no ven los lectores vulgares más 
que un asunto de entrelenimiento y de risa, es un libro moral de los 
más notables que ha producido el ingenio humano. En él, bajo el velo 
de una ficción alegre y festiva, se propuso su autor ridiculizar y co- 
rregir, entre otros defectos comunes, la desmedida y perjudicial aíición 
á la lectura de libros caballerescos, que en su tiempo era general en 
España (a). 

La época en que se supone que florecieron los caballeros andantes, y 
cuyas costumbres se pintan en sus historias, fué la que medió entre la 
extinción y la restauración de las letras ; y para juzgar rectamente de la 
naturaleza de este argumento, conviene transportarse a aquellos siglos 
de obscuridad y barbarie, en que, olvidada la civilización antigua y gene- 
ralizada en Europa la dominación de los pueblos del Norte, apenas se dis- 
frutaba la seguridad y el sosiego, que son el objeto primario déla sociedad 
humana. Introducida con el régimen feudal la anarquía, quedó la auto- 
ridad pública sin centro ni fuerza ; los particulares y vasallos más pode- 
rosos se encastillaban en sus rocas y fortalezas, se miraban como inde- 
pendientes de los príncipes, y no reconociendo más derecho que el de la 
fuerza ni más ley que la de su espada, se hacían la guerra unos á otros, 
oprimían á los habitantes de los contornos, exigían contribuciones y ser- 
vicios arbitrarios de los pasajeros, y todo era violencias, ruinas y crímenes. 
Después de un largo período de confusión, fué menester al fin que la 
autoridad eclesiástica acudiese al socorro de la civil, y tomase á su cargo 
conservar los escasos restos de la civilización que iba á extinguirse en 
Europa. Entrado ya el siglo xi, los obispos reunidos en los Concilios pro- 
mulgaron la que se llamó Tregua de Dios para poner algún freno á los 
excesos y fuerzas que por todas partes perturbaban la tranquilidad y el 
orden. En los principios, no pudiendo lisonjearse de conseguirla enmienda 
total de una vez, se contentaron con prohibir las violencias en los domingos, 

(a) Fundándose en que, en la época de nos transcendentales, en que de seguro ne 

Cervantes, iban ya muy de capa caída los pensó el autor, el cual no ha dejado indicios 

libros de caballería y eñ que aquel moro, ya bastantes para poder rastrear el objeto que 

harto decaído y moribundo, no necesitaija se propuso. Como escritor se propuso de se- 

tan i/1-an lanzada, muchos admiradores de guro encantar á sus lectores v lo consiguió. 
Cervantes han desechado esta suposición, ' (M. de T.) 

y se han lanzado a imaginar fines más ó me- 



XXII DON yUIJOTE DK LA MANCHA 

después extendieron la prohibición á otros días de la semana, y progresi- 
vamente, con la experiencia del buen resultado, se fué estableciendo la 
Tregua de Dios en ciertos períodos del año por vaiios Concilios, hasta el 
general de Letrún, celebrado el año de 1179, que confirmó los decretos de 
otros anteriores. En el trastorno general de las cosas se creyó que no se 
hacía poco en regularizar y poner límites al desorden, admitiendo el 
derecho, entre otras pruebas legales más ó menos ridiculas, la del duelo 
en que la fuerza ola ventura del campeón decidía el fallo de los jueces. 
Así se examinó en Toledo, corriendo el siglo xi, la cuestión sobre la 
preferencia entre los ritos romano y muzárabe ^ Estas ideas, tan poco 
conformes á los rectos principios de la justicia, se fueron modificando 
después sucesivamente á proporción de los progresos que hacían las 
luces: y las famosas Partidas del rey D. Alfonso el Sabio, compuestas en 
la declinación del siglo xui, reprobaron ya y excluyeron la prueba 
del duelo. Las Cruzadas contribuyeron también á la disminución 
de los males, dando ocupación lejos de sus hogares á una nobleza 
inquieta y belicosa, y reuniendo contra los infieles las fuerzas que 
los cristianos empleaban antes en destruirse mutuamente. Entretanto, 
los principios de cultura que á su vuelta traían las expediciones de Ultra- 
mar, la formación de fueros y cuerpos municipales, la fundación de uni- 
versidades y otras escuelas, la invención del papel, de la pólvora, de la 
brújula y de la imprenta produjeron efectos favorables en las costumbres, 
facilitáronla multiplicación de las relaciones y vínculos sociales, y alla- 
naron el camino para la consolidación de la autoridad pública y el esta- 
blecimiento de la actual civilización europea. 

Fijando, pues, nuestra consideración en aquella época primitiva, en 
que la inocencia y la debilidad, privadas de la protección del Gobierno, 
no podían recibirla sino de los particulares, presenta sin duda una ima- 
gen halagüeña y recomendable la persona que, impelida de su generosi- 
dad, se consagi'a sin limitación al socorro y amparo de los oprimidos; 
una persona que, embrazando su escudo y empuñando su lanza, se dedica 
á correr el mundo buscando ocasiones en que ofrecer su esfuerzo y su 
sangre en defensa del menesteroso y del débil. Tal es el fundamento del 
interés de que es capaz el género de los libros caballerescos ; fundamento 
sólido, porque se apoya en sentimientos virtuosos, que son los únicos 
que pueden inspirar interés duradero y constante. El sexo hermoso debía 
experimentar más los beneficios de la protección caballeresca por más 
débil, y, de consiguiente, más expuesto á la injuria, á que se añadía el 
mayor aprecio y consideración que se le profesaba generalmente en la 
Edad Media, y que los pueblos descendientes del Norte habían heredado 
de los antiguos germanos, cuales los pintó Tácito. Si el éxito corona los 
esfuerzos y noble intento del caballero; si vence y destruye á los malan- 
drines que infestan los caminos, á los gigantes que tiranizan desde las 
fortalezas, á los vestiglos que hacen peligrosos los campos ó atemorizan 



1. El arzobispo D. Rodrigo, Üe Rebus Hispanise, lib. VI, cap. XXV. 



PHÓLOGO DLL COMLNTAKIO XXIM 

en las cavernas; si liberta del deshonor á las doncellas, del suplicio no 
merecido al inocente, de las cadenas al mísero cautivo; si restituye .i sus 
tronos las princesas y príncipes despojados injustamente; si castiga á 
los usurpadores y llena el orhe de la fama de sus proezas, entonces la 
reunión de la lelicidati y de la valentía contribuye á realzar más y más la 
importancia del preciado caballero. Añádanse al valor y fortuna del cam- 
peón las demás virtudes, el celo ardiente de la justicia, la generosidad, el 
desinterés; agregúense á estas prendas del ánimo la gallardía, lobustez y 
belleza del cuerpo; únanseles la sensibilidad y ternura de corazón, la 
lealtad á su dama, el amor de la gloria, el desprecio de la muerte, y se 
tendrá el bello ideal, del caballero andante que debiera haber servido de 
tipo á los cronistas. 

Pero el desempeño de este argumento, que no era ciertamente inacce- 
sible á la hermosura y adornos de la invención y del estilo, se resintió 
del mal gusto de los tiempos y de la ignorancia de los autores. Pudieran 
haber aprovechado los datos que les suministraba la historia de la real y 
verdadera caballería en la Edad Media; pudieran haber puesto en sus 
héroes las prendas de los caballeros sin pavor ni tacha, los rasgos de 
valor, magnanimidad, desinterés y ternura que se vieron en aquel tiempo; 
pudieran haber ajustado á él sus composiciones en la descripción de las 
tiestas, armas, trajes y costumbres; matizar la pintura délas virtudes con 
la de los vicios ásperos y groseros que dominaban entonces, y ahora 
repugnan á nuestra cultura; fundir y hermosear las ideas que los arrestos 
y las cortes de amor, la profesión y ejercicio de los trovadores, las em- 
presas de valor y galantería, las peregrinaciones religiosas ó guerreras 
á Tierra Santa, los climas antes poco conocidos del Oriente, prestaban á 
la imaginación é inventiva de los escritores. Pero nada de esto supieron 
hacer : tampoco supieron ceñir convenientemente la duración de sus fábulas, 
ni subordinar á una acción los sucesos, ni variarlos agradablemente, ni 
siquiera dar á sus relaciones los atractivos propios del curso tranquilo y 
apacible déla historia. Lanzadas y más lanzadas, cuchilladas y más cuchi- 
lladas, descripciones repetidas hasta el fastidio de unos mismos torneos, 
justas, batallas y aventuras con diferentes nombres; errores groseros en 
la historia, en la geografía, en las costumbres de las naciones y edades 
respectivas; golpes desaforados, hazañas increíbles, sucesos no prepara- 
dos, inconexos, inverosímiles; ternura á un mismo tiempo y ferocidad, 
dureza y molicie, inmoralidad y superstición ; tal es la confusa mezcla, el 
caos que ofrecen los libros caballerescos, escritos casi todos en los 
siglos XV y XVI, época ya en que los adelantamientos de la civilización y 
los beneficios de la autoridad pública, sólidamente establecida por todas 
partes, presentaban más claramente con su contraste lo inverosímil y lo 
ridículo de la profesión de los caballeros andantes. Los autores de sus 
historias no alcanzaron esta verdad, siquiera para asignar los sucesos á 
tiempos en que fueran posibles ; por mejor decir, escribieron unas histo- 
rias imposibles en todos tiempos. Agitados los más de ellos de un furor 
insensato, no contentos con lo extraordinario, echaron también mano de 
lo portentoso, y amontonaron encantamentos y encantadores, rivalidades 



V .IV DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

y guerras de nigromantes, aventuras y empresas absurdas, prodigando 
lo maravilloso de suerte que llegaron á hacerlo insípido, á la manera que 
hí uso excesivo de los manjares y sabores fuertes llega á entorpecer el 
I' iladar y á embotarlo. De aquí nacía que la juventud, acostumbiada á 
i.is lecturas caballerescas, concebía un tedio insuperable al importante 
■ itudio de la historia, donde el orden y tenor ordinario de las cosas 
humanas no presentaba estímulos suíicientes á su estragada curiosidad. 
Llenábase al mismo tiempo su fantasía de los ejemplos é ideas que en- 
contraba en aquellas inmorales novelas; amores adúlteros, competencias 
de mozuelos que trastornaban el mundo, obediencia ciega á caprichos 
femeniles, venganzas atroces de pequeñas injurias, desprecio del orden 
social, máximas de violencia, fiestas de un lujo desbaratado y loco, pinturas 
y descripciones de escenas lúbricas ; y los libros de caballerías llegaron á 
ser tan perjudiciales á las costumbres, como insufribles á la razón y al 
buen gusto. 

Estas consideraciones excitaron el celo y las quejas de varones sensa- 
tos y piadosos. Luis Vives', Alejo Vanegas-, Diego Gracián-*, Melchor 
Cano '', Fray Luis de Granada"^ y Benito Arias Montano ", entre otros 
sabios de menor nombre, declamaron contra los males que la lectura de 
tales libros producía, lamentándose alguno de ellos de que en España 
abundaba más esta peste que en otros reinos. El emperador D. Carlos, en 
una ley del año 1343, mandaba á los virreyes. Audiencias y gobernadores 
de Indias que no los consintiesen imprimir, vender, tener ni llevar á sus 
distritos, proveyendo que ningún español ni indio los leyese en aquellos 
dominios^. Igual prohibición reclamaban para la Península las Cortes 
del reino celebradas en Valladolid el año de 1555, ponderando los daños 
que su lectura ocasionaba, especialmente en la juventud de ambos sexos, 
y pidiendo que no sólo se prohibiese imprimirlos en adelante, sino tam- 
bién que se recogiesen los impresos hasta entonces y se quemasen 8. 



i. Lih. II De cor rup lis discipli7tis. por su ociosidad principalmente se 

2. Ortografía, parte II, cap. III. ocupan en aquello, desvanécense y afició- 

3. Prólogo de la traducción de Jeno- nanse en cierta manera á los casos que 
fonte. leen en aquellos libros haber aconte- 

4. L'ih. XI De locis theologicis, cap. \l. cido, ansí de amores como de armas y 

5. Símbolo de la Fe, parte II, otras vanidades; y aficionados, cuando 
cap. XVII. se ofrece algún caso semejante, danse 

6. H/ietoric, lib. III, párr. 43. á él más á rienda suelta que si no lo 

7. Hecopilación de Leyes de Indias, oviesen leído ; y muchas veces la 
lib. I,tít. XXIV, ley IV. madre deja encerrada la hija en casa, 

8. Petición 107 : « Otrosí decimos creyendo la deja recogida, y queda 
que está muy notorio el daño que en leyendo en estos semejantes libros, que 
estos reinos ha hecho y hace á hom- valdría más la llevase consigo : y esto 
bres mozos y doncellas é á otros gene- no solamente redunda en daño y afrenta 
ros de gentes leer libros de mentiras y en las personas, pero en gran detri- 
vanidades, como son Amadis y todos mentó de las conciencias, porque 
los libros que después del se han fin- cuanto más se aficionan á estas vani- 
gido de su calidad y lotura, y coplas y dades, tanto más se apartan y desgus- 
farsas de amores y otras vanidades ; tan de la doctrina sancta. verdadera y 
porque como los mancebos y doncellas cristiana, y quedan embelesados en 



PKÓLOGO Di;i, COMENTARIO XXV 

Mas á pesar de las declamaciones de los sabios, de los deseos solemne- 
mente declarados de las Coites y de las disposiciones de las leyes, con- 
tinuaba siendo general la afición á los libros caballerescos. Un historiógrafo 
de Santa Teresa de Jesús nos ha conservado la noticia de que escribió uno 
de ellos esta insigne mujer durante su primera juventud, en que gustó 
mucho de semejante clase de lecturas y devaneos. Las hazañas que ilus- 
traron la vida de 1). Fernando de Avalos, marqués de Pescara, célebre 
capitán del reinado de Garlos V, se atribuían, bien ó mal, al noble ardor 
y estímulos de la gloria que había criado en su pecho la lección frecuente 
de historias de caballerías en sus juveniles años^ Las dedicatorias de 
muchos libros castellanos de esta clase nos ensenan que el gusto y la pro- 
tección de aquellas composiciones se extendía no sólo á proceres y 
grandes, no sólo á personas constituidas en altas dignidades eclesiásticasy 
en los puestos supremos de la Magistratura, sino también al palacio y á la 
familia de los reyes. Por una contradicción, que no es rara entre los 
preceptos y la conducta de los que mandan, el emperador D. Carlos pro- 
hibía, como se dijo arriba, ¿i sus vasallos la lectura de historias caballe- 
rescas, y se deleitaba en la de D. Bclianis de Grecia, una de las más dispa- 
ratadas y monstruosas de la fantástica biblioteca ([:). Queriendo obsequiarle 
en Flandes su hermana la reina de Hungría, no halló medio más adecuado 
para ello que darle en las famosas tiestas de Bins, celebradas el año 
de 1549-, el espectáculo de las aventuras andantescas, representadas al 
vivo por los principales caballeros de la corte. El grave y austero Felipe II, 
bien que entonces joven todavía, no se desdeñó de concurrir personal- 
mente aellas, de vestir el traje y hacer el papel de caballero andante. 
Esta conduela del Emperador y de su hijo daba pretextos á la sátira, y 
acaso prestó apoyo á la opinión, que hubo entre algunos, de que Cervantes 
quiso ridiculizarla en su Quijote. 

aquellas maneras de hablar, é aficio- seate en los Estados de Flandes. La 

nados, como dicho es, a aquellos casos. respuesta á la referida petición 107 fué 

Y para el remedio de lo susodicho, la siguiente : 

suplicamos á V. M. mande que uingúQ « A esto vos respondemos que tene- 

libro destos ni otros semejantes se lea mos fecha ley y pragmática aueva- 

ni imprima, sobre graves penas ; y los mente, por la cual se pone remedio 

que agora hay los mande recoger y cerca de lo contenido en esta petición 

quemar, y que de aquí adelante nin- y otras cosas que convienen al servi- 

guno pueda imprimir libro ninguno, ció de nuestro Señor, la cual se publi- 

ni copla ni farsas sin c|ue primero sean cara brevemente. » 

vistos y examinados por los de vuestro 1. D. Nicolás Antonio, prólogo de la 

Real Consejo de Justicia ; porque en Biblioteca moderna española. 

hacer esto ansí V. M. har;i gran servi- 2. De ellas escribió Juan Calvete de 

ció á Dios, quitando las gentes destas Estrella una relaciim muy circunstan- 

lecciones de libros de vanidades, é redu- ciada, que se imprimió el año de 1S52. 
ciéndolas á leer libros religiosos y que 

edifiquen las ánimas y relormen los (?) Aun en tiempos más cercanos á nuestra 
cuerpos, y á estos reinos gran bien y época no han faltado hombres notables que 
merced ». se deleitasen con la lectura de esta clase de 
El emperador no conteste") á las peti- V'^''°s- Según Ticknor {Historia de la litera- 
í-innps flp psta<! Portpt; • hí-/nln p1 nñn '"'"" ^^P^'^^'"-- ^0'"^ L Pag- -'o2) el celebre 
, ?^.?o , cortes , ni/oio el ano escritor inglés Johnson pasó un verano en- 
de I008 la pnncesa Dona Juana, a noai- tero saboreando la lectura de FAixma>-te. de 
bre del rey D. Felipe, que estaba au- üircania. (M. de T.) 



XXVI nON QUIJOTK DE I.A MANCHA 

Así que no fué extraño que la afición á leer y componer libros de caba- 
llerías se mantuviese en España á la sombra de tan ilustres y, por consi- 
guiente, tan contagiosos ejemplos. Su publicacióü y lectura continua- 
ban libres y exentas de nota, mientras que la censura trataba con rigor y 
tildaba las producciones de Fray Luis de Granada y otras igualmente piado- 
sas. Ni se ceñía sólo á escritores frivolos y proletarios la manía de escribir 
las licciones' caballerescas, sino que alcanzaba también á personas de 
carácter y profesión grave, y de la más elevada jerarquía. Jerónimo de 
Huerta, traductor de la Historia natural de IMinio y médico de los reyes, 
había escrito su poema andantesco de Florando de Castilla; y D. Juan de 
Silva y Toledo, señor de Cañadahermosa, imprimía el año de i 602 la 
Crónica del principe D. Policisne de Boecía, cuyos disparates pueden com- 
petir con los de cualquiera de las de su clase que le habían precedido. 
¿ Qué más? El contagio de las ideas vulgares había cundido y penetrado 
hasta los claustros. Fray Gabriel de Mata, fraile observante, publicó en los 
años de 1587 y 1589 la primera y segunda parte del Poema de San Francisco 
y otros Santos de su Orden; y para realzar su mérito, discurrió darle el 
título andantesco de Caballero Asisio, y puso al frente la imagen del Santo 
puesto á caballo y armado de todas armas, á semejanza délas que se ven en 
los más de los libros de este género, el caballo encubertado y con magnifico 
plumaje, en la cimera del yelmo una cruz con los clavos y corona de 
espinas, grabadas en el escudo las cinco llagas, y en el pendón de la lanza 
pintada la Fe con la cruz y el cáliz, y una letra que dice : En esta no fal- 
taré. Imprimióse libro tan singular en Bilbao y en Logroño, dedicado al 
Condestable de Castilla, y con muchos elogios y aprobaciones, entre ellas 
la de D. Alonso de Ercillo, autor de La Araucana. 

Tal era el estado de las cosas, cuando Miguel de Cervantes concibió el 
proyecto de desterrar la lectura de los libros caballerescos. Un hombre 
obscuro y desvalido, sin más medios ni auxilios que su ingenio y su pluma, 
se atrevió á acometer una empresa á que no habían podido dar cabo los 
esfuerzos de los sabios ni de las leyes. Pero no debemos disimular las 
circunstancias que favorecían el buen éxito del arduo designio. 

Desde la mitad ó antes del siglo xvi, la ocupación de los lectores ociosos 
había empezado á dividirse entre las obras prosaicas y métricas de caba- 
llería. Las guerras y viajes de los españoles en Italia les había comunicado 
el gusto y aprecio de la literatura de aquella culta península, y hecho cono- 
cer las producciones de la épica caballeresca, que fundaron y acreditaron 
Pulci, Boyardo y el Ariosto. Especialmente el Orlando furioso de este 
último se trasladó una y otra vez á nuestro idioma en prosa y en verso, y 
á, su imitación intentaron algunos escritores aplicar los atractivos de la 
poesía á las historias de los aventureros andantes, procurando engalanar 
así y hacer tolerables las absurdas relaciones de los sucesos. Esto produjo 
los poemas del Satreyano, del Celidón de Iberia y del Florando de Castilla. 
Oíros poetas, manifestando más á las claras lo que daba ocasión á sus 
composiciones, cíjntiuuaron el argumento del Ariosto, como Nicolás de 
Espinosa en su Orlando, Luis Barahona en Las Lágrimas, y Lope de Vega 
en La Hermosura de Angélica. Unos y otros aspiraron á emular la gloria 



pnÓLOGo i)i:l ccímentahIo xxvil 

del poeta ferrares; pero, como suele sucedet* en casos semejantes, copia- 
ron los defectos y no las bellezas de su maestro, y todos, aunque en muy 
diferentes grados, quedaron inferiores á su original. Andando el tiempo, 
las musas castellanas, fastidiadas de tanto cantar al paladín francés, for- 
jaron linahnente en la varia y festiva imaginación de Ü. Francisco de 
Quevedo el Orlando burlesco, (\ne se estampí'» entre sus numerosas obras. 

Pero antes de esto había precedido en Italia otra novedad todavía rtirás 
adversa al crédito de las crónicas de los caballeros andantes. Cuando 
depuesta la rusticidad y aspereza de la Edad Media y restablecidas las 
letras, fueron visibles los progresos de la cultura, las personas delicadas 
empezaron á disgustarse de las duras y sangrientas escenas de los libros 
de caballerías, y á preferir lecturas más apacibles y más acomodadas á 
las nuevas costumbres. Cansadas de batallas y acontecimientos esti-epito- 
sos y sangrientos, quisieron pasar de los emperadores y reyes á los aldea- 
nos, del arnés al pellico, de las justas y torneos á las danzas y fiestas 
pastoriles, de los palacios y castillos encantados á las cabanas y á las 
chozas. A las descripciones de tormentas, ruinas y destrozos prefirieron 
las pinturas risueñas de la vida y ejercicios campestres; á las cuevas de 
hadas y nigromantes las márgenes umbrosas de los ríos, los floridos pra- 
dos, las frescas fuentes, ordinarios descansos y mansión de los pastores. 
Los. escritores de libros de entretenimiento, sin salir de los asuntos 
del ailior, pasión la más general de los mortales, la que presta más 
variedad á la pluma y más interés al corazón, y ayudándose con las 
galas de la poesía, que se había restaurado también con los demás 
ramos de las letras humanas, se dedicaron á describir los amores ino- 
centes y candorosos, las tiernas y sencillas aventuras de los habitantes 
del campo y de las selvas. Véase aquí el origen de los libros bucólicos, 
mezclados de prosa y verso, que aparecieron á principios del siglo s:vi 
en el teatro de la literatura europea. Jacobo Sanazaro dio ejemplo en su 
Arcadia á los italianos. Imitóle después en España Jorge de Montemayor, 
escribiendo su Diana, en que, sin abandonar del todo la relación de 
encantamentos y episodios guerreros, introdujo, aunque portugués, este 
gusto en Castilla. Continuaron el argumento de la Diana Alonso Pérez y 
Gaspar Gil Polo; por igual estilo escribió Miguel de Cervantes la Galaica, 
Luis Gálvez de Montalvo el Pastor de Filida, Suárez de Figueroa la Cons- 
tante Amarili, Valbuena el Siglo de Oro, Lope de Vega su Arcadia, en cuyO 
mismo título, igual al del libro de Sanazaro, indicó el origen italiano de 
este linaje de composiciones. 

Empezaba también por entonces á acreditarse otra especie de libros de 
invención y de ingenio, en que no tenían parte ni los pastores ni las armas ; 
género de literatura á que dio impulso en la voluptuosa Italia el Decame- 
rón de Boccaccio, colección de cuentos y novelas que, traducida ya desde 
antiguo al castellano, había sido quizá el (y) que había dado ocasión en 
España á otras composiciones de apacible entretenimiento que se escribie- 

(v) Indudablemente debe leerseaquí:/ai'/u<', Quandoque bonus dormitat Bonierus. 
pues se refiere á colección y no á genero. (M. de T.) 



XXVIll DON yUlJOTE DE LA MANCHA 

ron en el siglo xvi, unas amorosas, como el Patrañuelo de Juan de Timo- 
neda y la Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras, otras alegres y 
picarescas, como el Lazarillo deTormesy Giizmán de A//'aroc/tc. Varios escri- 
tores, entre ellos el mismo Corvantes, iban dando forma á las novelas 
castellanas (o) ; algunas traducciones de igual clase, hechas del toscano 
y aun del latín y del griego, como la del Amo de Oro y de los Amores de 
Teágenes y Cariclca, ocupaban también las horas ociosas de los españoles, 
y todos eran otros tantos portillos hechos en la cerca que defendía la 
envejecida allción á los libros de caballerías. 

Para acelerar y consumar la empresa de derrocarla enteramente, Cer- 
vantes tomó un camino muy distinto del que habían tomado los moralis- 
tas ylas leyes, y se valió de un arma más eficaz que las prohibiciones y los 
raciocinios. Pintó en D. Quijote de la Mancha lo ridículo del caballero 
andante, y en su escudero Sancho lo ridículo délos queapreciaban y daban 
valor á las monstruosidades caballerescas. Presentó á uno y otro en varias 
situaciones en que, siendo el objeto de laburlayrisa de los lectores, la refle- 
jan sóbrelos paladines aventurerosy los apreciadores de sus historias. El 
lector olvida lo que pudo haber de benéfico, generoso y recomendable en 
la institución primitiva de la caballería andante, y sólo ve sus imperti- 
nentes exageraciones de amor y de valentía, lo repugnante y los inconve- 
nientes de su ejercicio, su incompatibilidad con la civilización y el orden. 
Con esta disposición le ofenden más los desaforados desatinos de sus rela- 
ciones, lo absurdo de sus transformaciones y milagros, la fealdad de sus 
errores históricos, cronológicos y geográficos, la cansada repetición de 
aventuras, encantos y torneos; y acabará por despreciar los libros caba- 
llerescos, cobrarles hastío y abandonar su lectura. Tal fué en general el 
plan de Cervantes. El tiempo ha puesto de manifiesto sus resultados; y 
aun no ha faltado quien diga que lo fuerte del remedio produjo ya el 
exceso contrario, y que la irrisión que hizo nuestro autor de los libros 
comunes de la caballería andante contribuyó á debilitar las ideas y máxi- 
mas del antiguo pundonor castellano. 

Como quiera, el triunfo del Quijote fué el máscompleto que cabe en la 
materia. La historia caballeresca de D. Policisne de Boecia, impresa en 
el año de 1602, fué el último libro de su clase que se compuso en España. 
El Ingenioso Hidalgo se imprimió el año de 1605, y después de esta época 
no se publicó de nuevo libro alguno de caballerías, y dejaron de reimpri- 
mirse los anteriores. Todos ellos se han hecho alhajas raras en las 
bibliotecas de los curiosos; de algunos no queda más que la memoria, y 
quizá se ha perdido absolutamente la de otros. 

Mas á pesar del singular mérito del libro que obró este prodigio, no se 
eximió de las alternativas de la varia fortuna. En sus principios fué mirado 
con desdén por algunos literatos, que, no alcanzando sus primores, 

(S) El erudito escritor y académico señor se encuentran muy interesantes noticias en 

Cotareio y Mori, á quien tanto debe ya núes- el muy notable libro consagrado á Las No- 

tra literatura, lia empezado á ¡lubiicar en velas ejemplares de Cervantes por el meji- 

Madrid ediciones criticas de las novelas espa- cano señur Icaza, y pieniiado por el Alteneo 

ñola» deaquella época. A cerca délas mismas de Madrid. ' (M. de T.) 



PRÓLOGO DEI- COMENTARIO XXIX 

aunque lestipos de su popuUuidad y de la aceptación universal, calificaban 
á su autor de iní,'enio lego y plebeyo. Repetíanse sin cesar las ediciones 
del QuMoiE, no había español que no lo leyese y volviese á leerlo ; pero 
no excitaba su particular entusiasmo ni sus elogios. Gozaba España del 
placer que le proporcionaba la lectura de esta admirable fábula, como los 
campos gozan de las benétícas inlluencias del sol, sin dar muestras de 
agradecerlas. Las señalesextraordinarias con que las naciones extranjeras, 
y señaladamente la inglesa, entrado ya el siglo xviii, manifestaron el 
aprecio que hacían del Quijote (e), sacaron por fin á los españoles de su 
indiferencia, y á ésta sucedió una exagerada admiración que ya rayaba en 
idolatría. D. Vicente de los liíos, escritor cultísimo, se mostró jefe y 
cabeza de esta escuela de adoradores del Quuotií, en el Análisis que dis- 
puso para que se publicase al frente de la ediciim hecha por la Academia 
Española el año de 1780. Lo vehemente y apasionado de sus elogios ha 
dado motivo á críticas y disputas más ó menos acaloradas, y en esta diver- 
sidad y contradicción de opiniones es menester mucho pulso y cuidado 
para caminar con pie firme, y seguir lo justo sin declinar á uno ni otro 
extremo. 

¡ Desgraciado de aquel á quien no suspendan y arrebaten las gracias y 
bellezas admirables, originales, únicas del Quijote! Mas sin embargo de 
este testimonio de aprecio y veneración, homenaje debido de justicia al 
inmortal Cervantes, no puede menosde reconocerse que escribió su fábula 
con una negligencia y desaliño que parece inexplicable iX,). La escribió 
dejando correr la vena de su ingenio, sin seguir regla ni imponerse 
sujeción alguna; y así como su héroe erraba por llanos y por montes 
sin llevar camino cierto, en busca de las aventuras que la casualidad le 
deparase, del propio modo el pintor de sus hazañas iba copiando al 
acaso y sin premeditación lo que le dictaba su lozana y regocijada fan- 
tasía. La misma fábula ofrece repetidas pruebas de que su autor no.volvía 
á leer lo que había escrito. Cervantes ignoraba el precio y valor del 
Quijote, y daba al parecer la preferencia á su novela de los Trabajos de 
Pérsiles y Sigismunda. Así se compuso un libro de tanto mérito, y que, 
no obstante sus defectos, ocupará siempre un lugar distinguido entre las 
producciones magistrales del entendimiento humano. 

Cervantes, ai escribir su Quijote, entraba en una carrera enteramente 
nueva y desconocida. Halló el molde de su héroe en la naturaleza hermo- 
seada por su fecunda y feliz imaginación; creó un nuevo género de com- 
posición para el que no había reglas establecidas, y no siguió otras que 
las que le sugería naturalmente y sin esfuerzo su propio discurso. De 

(«) Es digno de notarse que los españoles que le admiraran los extranjeros para que 

hemos sido coa frecuencia despreciadores reconociésemos su mérito. (M. de T.i 

del méritu de nuestros propios genios, cuando (;; Kespecto á este punto veáse ia nota S, 

estos no se recomendaban por lo encum- liág- IH- l.^o extraño es que, en estas mismas 

brado de su fortuna o de bU posición. Kl palabras, en que el autor extrema su censura 

mismo Kamon y Cajal, mientras luchó tita- comete una ¡alta de sintaxis. Puesto que ha- 

nicarnente con la obscuridad y la pobreza, bla de negiicjuncia y desatirió, debía, agregar : 

se vió desconocido eu su patria. Fue preciso que parecen inexplicables. (M. iie i.) 



:!ÍXX DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

Cervantes puede decirse lo mismo que Veleyo Fatérculo dijo de Homero: 
ni iuvo^ntcs á quien copiar, ni después ha tenido quien le copi^ ; y ^í^te es 
pl úpico paralplo que cabe entrp el poeta griego y el fabulista (tj) caste- 
llano. 

Los que con más aparato de reflexiones y arguinenlos han elogiado el 
QuijOTB de Cervantes, han solido empeñarse en rnostrar que eq tal ó tal 
punió imitó ó superó á los antiguos; pero en ello estrecharon demasia- 
dan^enle la esfera de su asunto y el camino que debieran seguir en sus 
especulaciones. Olvidaron, al parecer, que las obras de ingenio más 
célebres de la antigüedad precedieron al arte; que los preceptos de Aris- 
tóteles fueron posteriores á Homero, y las instituciones dp Qviintiliano á 
Cicerón. Los h()mbres instruidos á quienes embelesaba la lectura de los 
modelos primitivos, se detuvieron en los pasajes que cautivaron más sy 
atenci()n y les produjeron impresiones más profundas de interésy placer; 
examinaron lo que para ello habían hecho sus autores, lo redujeron á 
máximas generales, y he aquí las reglas. Esta consideración persuade que 
las coinposicion*'s de gánero nuevo más deben juzgarse porel efecto que 
produce su lectura que por su comparación con otras de géneros ante- 
riores, cuyas reglas no son enteramente aplicables al nuevo. Enhorabuena 
que el juicio formado por las primeras impresiones se traiga después al 
exa^nen circunspecto y severo déla filosofía; que se ascienda á conside- 
raciones sóbrelas fuentes de lo bello en las artes de imitación ; que se 
esplique la doctrina de las unida^ps ; q\|e se traigan á colación los ejem- 
plos de antiguos y modernos ; el resultado será siempre el mismo, y los 
fallos del lector atento y juicioso, tanto sobre las bellezas como sobre 
los defectos de la obra, se hallarán constantemente conformes con la 
razón. 

En todas las composiciones de invención y de ingenio hay un principio 
general é invariable ; el intento debe ser uno para no debilitar la aten- 
ción y el interés; pero en los diversos géneros son también diversos los 
medios, y, por consiguiente, las reglas para conseguir el intento. Una 
composición lírica presenta el arrebato de una imaginación fogosa y agi- 
tada, que abandonándose al estro que le inspira, se desahoga en expre- 
siones sublimes y ofrece en un cuadro reducido ideas exageradas y fuerte?; 
esta situación, como violenta, no puede ser larga, y, por lo tanto, la oda 
debe ser breve ; corno apasionada, po puede ser serena; ha de presentar 
tipias de ohscuridad y desorden, envolver el enlace dp las ideas, preci- 
pitarlas, dar á entender tqdavía más de lo que dice. El género bucólico 
describe las fuentes, los prados, los bosques, y las pasiones y afecl-os 4? 
sus habitantes; el estilo y las imágenes han de corresponder á su objeto : 
el lenguaje sea sencillo como la naturaleza, llano é ingenuo como los 
pastores, tierno y sentido como las zagalas. El drama ofrece á los espec- 
tadores un suceso que los enseña ó los escarmienta, y para ello trata de 
hacerla imitación completa en lo posible ; de aquí la necesidad de que 



(r.) 14ás propio sería : noveliatn. (M. de T. 



PROLOGO DEI. COMENTARIO XXXI 

no se canibie de sitio, ni la duración se extienda á más de lo quelavero- 
siinilitud permito. La r'pica pinta una acciim noble y extraordinaria, ador- 
nada con tuda la pompa y atavíos que prestan la historia, la fábula, las 
tradiciones populares y la inventiva del poeta ; la iinidad del lugar, que 
es necesaria en el drama, sería absurda en la epopeya; su duración debe 
ser proporcionada al tamaño y naturaleza dd argumento ; pero concen- 
trándose en el espacio conveniente como los rayos del sol en un foco, para 
que sea más vivo el caloré interesen el ánimo de los lectores. 

Supuestos estos principios, que no pueden menos de reconocerse como 
ciertos, ¿cuáles deberán ser las reglas que rijan en un argumento de la 
naturaleza del Quijote? ¿ Cuáles son lo? canopes de la fábula satírico-fes- 
tiva que, para el entretenimiento y enseñanza de quien la lee, dicta la 
esencia de su objeto? Desde luego se ve que no exige ni la sublimidad 
de laura, ni la ilusión teatral del drama, ni la maravillosa ostentación 
de la epopeya ; tampoco le conviene el sesgo tenor de la historia, el cual 
la privaría de muchas ventajas y la reduciría á la condición de una 
novela ordinaria, masó menos recomendable. Es cierto que cuando lasno- 
velas son breves y sus asuntos sencillos, apenas admiten otro artificio ni 
otros adornos que el orden, la claridad, la pureza del lenguaje 
y la conveniencia del estilo ; pero también es indudable que cuando 
tienen mayor extensión y abrazan mayor círculo de sucesos, pueden 
recibir grandes mejoras de su disposición, ciñéndose aun cuadro de pro- 
porcionada magnitud en que los incidentes de menor bulto se subordinen 
á una acción principal, y reforzando su importancia, mantengan la curio- 
sidad y el placer. Por falta de esto suelen fatigar las novelas largas, como 
El Gil Blas de Saiitillatia, El Escudero Marcos de Obregón, Los Picaros Guz- 
mán y Justina, k pesar del mérito de sus pormenores y de su lenguaje. 
En ellas no domina ni campea una acción principal ; todos son aconteci- 
mientos é incidentes ensartados unos tras otros, sin unidad ni término 
conocido ; y como la atención y el interés del lector caminan á la par 
en estas materias, cuando el camino es largo y no se presiente su fin, la 
atención se cansa y el interés se pierde. El prudente escritor de compo- 
siciones de esta clase tratará con mucho cuidado de evitar semejante 
escollo. Si escoge un objeto primario á que se dirijan las partes subal- 
ternas de su obra; si limita la duración por medio de una exposición 
oportuna que excuse largos preámbulos; si esfuerza y realza el intento 
principal con los episodios, y si después de excitar el interés hasta donde 
permita la naturaleza del asunto sabe poner fin verosímil y oportuno á la 
acción, este tal ha llenado todos los números, y merece un puesto de 
honor entre los fabulistas. 

Así lo pi'acticó Cervantes en su Quijote. Estoy muy lejos de creer que 
su conducta fué efecto de largas y profundas meditaciones ; antes al 
contrario, todo muestra que no procedió con sujeción á plan alguno for- 
mado de antemano, y que el Quijote se fundió como por sí mismo en la 
oficina de un feliz y bien organizado entendimiento. Cervantes óbremenos 
por reflexión que por instinto; apenas daba importancia y atención á lo 



XXXII DON QUIJOTE DE I.A MANCHA 

que escribía ; que sólo así puede explicarse la reunión de tantas bellezas 
con tanta incorrección y tantas distracciones (0). 

El argumento de la fábula es la empresa de un hidalgo manchego que, 
infatuado con la lectura de los libros caballerescos, se propone renovar 
el ejercicio y profesión de la caballería andante, como necesaria para el 
bien y felicidad del mundo. La acción empieza en el [¡unto en que se 
exíilta y llega á su colmo la locura del hidalgo; y éste es el principio que 
convino á la fábula para abreviar su duración y reducirl.i á menor espacio. 
El desenlace hubo de ser el fin de la locura, que se verificí'i poco antes 
de la muerte del héroe. Cervantes llenó el intermedio con incidentes y 
episodios variados y divertidos, que empeñaban más y más en su loco 
propósito al protagonista ; entretejió con los sucesos los inimitables 
diálogos del amo y el escudero ; á las dificultades y trámites de las em- 
presas en la épica sustituyó los trabajos y los palos de D. Quijote, y el 
manteamiento y azotes de Sancho; remedó y ridiculizó lo maravilloso de 
la historia caballeresca en el encantamiento de D. Quijote y su encierro 
en la jaula, en el viaje de Clavileño, en la resurrección de Altisidora, en la 
cueva de Montesinos, en el encanto y desencanto de Dulcinea; y ofre- 
ciendo así tantos motivos de placer á sus lectores, consiguió el objeto 
moral de su libro, que era hacer despreciables y desterrar los de la caba- 
llería andante. 

Si á la sencillez del argumento hubiera acompañado más estudio y 
esmero en los pormenores relativos á la disposición de la fábula, y mayor 
corrección y lima en el lenguaje, el Quijote sin duda hubiera alcanzado 
mayores quilates de perfección. Hubiera debido preferirse que fuese una 
sola la salida de D. Quijote en lugar de las tres que hizo, y que pudieran 
parecer tres acciones diferentes. Échase de menos la trabazón y enlace 
que sería de desear entre las dos partes en que se divide la fábula ; todos 
los incidentes de la primera quedan concluidos con ella, nada queda pen- 
diente que excite la curiosidad y el deseo de la continuación. Estos son 
dos de los más notables defectos del Quijote. Entre los episodios hay algu- 
nos que no tienen la conexión conveniente con la acción principal ; lacen- 
sura pública obligó á nuestro autor á corregirse de este lujo de invención 
en la segunda parte, que imprimió diez años después de la primera; pero 
las mismas excusas que alega en su defensa, manifiestan que no tenía 
ideas científicas del arte de escribir, ni había meditado mucho sobre el 
asunto '^ij. El ingenio de Cervantes, á semejanza de un prado sin cultivo y 
abandonado á sí mismo, producía las flores que la bondad y feracidad 
del terreno llevaba espontáneamente, sin estudio ni esfuerzo alguno. 

(6) La atenta lectura del Quijote hace ver, como la descripción de la edad de oro. el dis- 

al contrario, que fué obra profundamente curso de las armas y las letras y otros mi 

estudiada. Por lo que hace a las distrac- no se escriben á vuela pluma. Kl mismo Cle- 

ciones, no son tantas ni tan extraordinarias mencin.que escribía con el mayor reposo y 

como pretende Glemencin, tratan<lose de sin las preocupaciones que asediaron a Ccr- 

obra tan extensa. Por lo que se refiere á in- vantes. presenta con frecuencia incorrec- 

correcciones, cualquiera de los contempó- ciones y descuidos de lenguaje. (M. de T.) 

ráneos de Cervantes las presenta en mayor (;) Glemencin se hace eco, en estas lineas 

número. Trozos tan admirables y melodiosos y en las siguientes, de todas las criticas ram- 



PROLOGO OEL COMENTARIO XXXIÍI 

Igual negligencia se advierte en el cómputo del tiempo.; Cuánto no 
hubiera sorprendido á Cervantes, cuando escribía el Ingenioso Hidalgo, la 
noticia de que llegaría un tiempo en que con el calendario en la mano se 
seguiría paso á paso la serie de los de su héroe para lijarlo que había du- 
rado el período de su locura, y que habría quien lo ciñese al espacio nimás 
ni menos de ciento sesenta y cinco días! ¡ Cuan lejos estuvo de pensar en 
esto Cervantes! Bien que, según puede observarse en su abono, el tiempo 
necesario para los sucesos que se cuentan no excede del término que 
convi(Mie para evitar la languidez de la narración, y evitar el fastidio de 
los que la escuchan ó leen. 

Pero son inexcusables las faltas que se observan en el Quijote contra la 
cronología (x).Un libro que refiere como coetáneos sucesos de los reinados de 
los dos Felipes II y 111 ; que menciona la expulsión de los moriscos verifi- 
cada en 1610, y la publicación del Quijote de Avellaneda, que fué en 1614, 
este mismo libro se asegura que es traducción de un original arábigo, con- 
tenido en cartapacios y papeles viejos que ya se consideraban aniquilados 
á manos del tiempo, dcvoradory consumidor de todas las cosas; y se supone 
que se sacó de memorias y tradiciones populares, y de pergaminos encon- 
trados en una caja de plomo descubierta entre las ruinas de antiguos edi- 
licios. Los anacronismos destruyen la verdad en ¡as historias y la verosi- 
militud en las fábulas; donde, como discretamente dijo el mismo 
Cervantes, tanto la mentira es mejor, cuanto más parece verdadera, siendo 
imposible que admire y agrade el escritor de obras de ingenio que huyere 
de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que 
se escribe[K). Cervantes se juzgó y condenó en este pasaje. Sólo la verdad es 
hermosa, y la verdad en los libros de invención no es más que la verosi- 
militud. 

En defensa de los anacronismos de Cervantes se ha alegado el de Dido 
en la Eneida, como si los del Quijote fuesen uno solo, como si tuvieran 
con el fondo y esencia de la fábula la relación que el de Dido con la fun- 
dación de Roma y su rivalidad con Cartago, como si la inversión del 
tiempo en épocas remotas é ignoradas pudiese ofender al lector tanto 



pionas y de bajo vuelo dirigidas en todas las ria? Por lo que hace al cargo fundado en las 

épocas por los pedantes y los dómines á las palabras de Cervantes acerca de los nianus- 

obras del genio. Estos graves y pedestres cri tos de que sacó su histuria, no puede darse 

aristarcos pretenden acomodar el impetuoso nada más candido y falto de substancia, 
vuelo del águila al lento y desgarbado andar " (M. de T.) 

de una palniípeda. Lo qiie más debe mará- (/.) Estas palabras no hacen mucho honor 

villarlos es (jue. con tanta ignorancia y tantos al criterio estético de Clemencín. La 

defectos, haya loi,'rado el inmortal Manco admiración de todas las generaciones y de 

dar eterna vida á nuestro idioma. todas los países, los variados esfuerzos de 

Nocedal, en su discurso de Recepción en la los artistas más afamados por reproducir, 

Academia, dice de nuestra lengua, que : es con toda la vida que su autor les comunicó, 

imperecedeía " pues cuenta con inmortal se- las grandes figuras de la inmortal historia 

gura desde que se titula lengu.\ i»e Cer- (D. Quijote. Sancho, el ventero, bulcinea, etc.) 

VANTEs». ÍM. de T.) y la verdad que respiran las admirables 

(x)¿Qué culpa tiene Cervantes de que descripciones en que abunda el (/«íjoíe, son 

haya en el mundo tantos chiflados ¡¡areci- la mejor prueba de que Cervantes llegó 

doíí á su héroe, que crean en doncellas y adonde muy pocos han llegado en punto a 

castillos encantados y sometan una obra de verosimilitud é imitación, (M. de T.j 

pura imaginación á'los cánones de la histo- 



i 



XXXIV nON QTI.TOTE DE I..\ MANCHA 

como on otras cercanas y conocidas. No son los anacronismos de Ctr- 
vantes de la naturaleza del de Virgilio. 

Más indulgencia merece el Quijote en la parte geográfica. Los reparos 
que pudieran oponérsele en este punto son de corta importancia, y des- 
aparecen entre los resplandores de mayores bellezas. 

l>os caracteres de las personas subalternas de la fábula están trazados 
magistralmente. I.a bellaquería del ventero que armó á D. Quijote, la 
discreción de Dorotea, la conducta villana de los galeotes, el despejo 
apicarado de Ginés de Pasamonte, la ingenuidad pueril de Doña Clara, la 
indulgencia é instrucción del Canónigo de Toledo, el lenguaje rústico y 
zabareño de las labradoras del Toboso, el reposado aseo de la casa de 
Ü. Diego de Miranda, la atolondrada afición de los duques á divertirse, 
las sandeces deDoña Uodríguez, la burlesca prosopopeya del Doctor Pedro 
Recio, la saladísima escena del labrador, pintor y socarrón de Migueltu- 
rra, sin entrar en cuenta las personas del Cura, del Barbero ydel BaclüUer, 
suministran una porción de cuadros tan agradables por su variedad, como 
por la destreza con que están delineados. 

Si hablamos de los dos personajes principales, el carácter deD. Quijote 
se conserva con igualdad desde el principio hasta el fin ; honrado, bon- 
dadoso, desinteresado, discreto y juicioso, si no en el punto de la caba- 
llería; en éste, exaltado y loco. Si divierte y hace reir por los extravíos 
de su cerebro, interesa al mismo tiempo por las inclinaciones y bondad 
de su corazi3n. Cervantes reunió hábilmente las dos circunstancias en su 
protagonista. Un héroe solamente ridículo hubiera podido divertir, pero 
no interesar; Cervantes logró uno y otro, juntando en un mismo sujeto 
las extravagancias del caballero de la Trifste Figura con las honradas y vir- 
tuosas prendas de Alonso Quijano el Bueno; se ríen las ocurrencias del 
primero, y no se puede menos de amar al segundo. El carácter de Sancho 
vacila algún tanto; pero el lector, embelesado con las inimitables 
gracias y sales de este personaje, no eiha de ver la inconstancia, ó la 
perdona fácilmente. 

La invención es admirable, tan original en sí como oportuna en su 
aplicaci(3n y proporcionada á su objeto: el estilo variado conveniente- 
mente y acomodado á las circunstancias de tiempo, lugar y personas; el 
lenguaje á veces descuidado(a), pero con pocas excepciones puro y castizo. 
Las ideas no siempre están bien coordinadas entre sí ; hay olvidos, dis- 
tracciones, inconsecuencias. La moral, buena en lo general, aunque con 
algunas sombras, raras á la v(;rilad, de una ú otra imagen ó expresión 
menos decente ; en el tiempo que se escribió el Quijote, pudo su autor 
pasar por austero. Sátira delicada de vicios y errores comunes, gracejo 
frecuentemente urbanísimo, pero que alguna vez declina á vulgar ; jui- 
cio recto y desenfadado ; mas no exento enteramente y en todas ocasiones 
de las preocupaciones 'le su siglo. 

(•^) Además de lo ya armntado acerca de moral y económica de Cervantes al escribii' 
sete punto en notas anteriores, es muy digno y publicar Jil fjuijote. en las primeras líneas 
de leerse el conciso v valiente cuadro que déla Advertencia á su edición de las 1633 no- 
traza Hartzenbusch de la situación física tas á la edición de Fabra. (M. de T.) 



PRÓLOr.O DEL COMENTARIO XXXV 

De estos indicados elementos de tantas prendas recoinendaljles mez- 
cladas con algunas imperfecciones y muchos descuidos, se compone un 
lodo que el lector no sabe dejar de las manos ; un libro que ha sido, es 
y será siempre el encanto y embeleso de los españoles, y aun de los 
extranjeros, á pesar de que el menor conocimiento de nuestros usos y 
costumbres, de nuestro lenguaje familiar, de nuestras tradiciones y 
cuentos populares les esconde gran parte de sus primores. ¡ Cuánto debe 
ser el exceso de éstos sobre los defectos! Autorcillos obscuros y poco 
estimables se atrevieron en estos últimos tiempos á despr(;ciar lo que no 
merecían entender ; imprimieron dentro y fuera del reino observa- 
ciones y críticas contra el Quijote; pero la opiniíín y consentimiento 
universal los ha reducido al silencio y sepultado en el olvido, y el Quijote 
ha quedado en posesión del crédito y aceptación que le corresponde 
como al libro más original que ha producido la moderna literatura. 

Bueno será examinarlo menudamente, y hacer, digámoslo así, anato- 
mía de obra tan singular; reducirá su debido valorías hipérboles y ciega 
admiración de los unos, y las acriminaciones y censuras de los otros. 
Esto es lo que se ha procurado hacer en el presente Comentario, notando 
con imparcialidad los rasgos admirables y las imperfecciones, el artificio 
de la fábula y las negligencias del autor, las bellezas y los defectos que 
suele ofrecer mezclados el Ingenioso Hidalgo. Acaso se me tildará de ni- 
miamente severo en lo que me parece reprensible; acaso los amantes 
indiscretos de la gloria nacional, en que tiene tanta parte la de Cervantes, 
me acusarán de indiferente y aun de contrario á ella; pero serán injus- 
tos. La verdad sincera y serena debe distribuir los elogios y las censu- 
ras. El Quijote tiene lunares, y tratándose de un libro que anda en manos 
de todos, y que es uno de los que principalmente se proponen para mo- 
delos del gusto y del idioma, conviene por lo mismo indicar con más 
particularidad y especificación sus defectos; á la manera que en las car- 
tas de marear se deben señalar con cuidado mayor los escollos en que 
pueden peligrar los navegantes. 

A este examen crítico del Ingenioso Hidalgo acompañarán las observa- 
ciones á que den lugar sus indicaciones, sus noticias históricas, sus alu- 
siones á las crónicas de los caballeros andantes. Libro de tanto valor y 
reputación como el Quijote, es sin duda acreedor á que se le comente é 
ilustre como lo lograron libros de mediano mérito entre los antiguos, y 
entre los nuestros las obras do Juan de Mena, de D. Luis de Góngora y 
otras de menor importancia. Es verdad que el mismo Cervantes, al 
principio de la segunda parte parece que se anticipa á desaprobar el 
intento de comentar la historia del héroe manchego : es tan clara, dice, 
que no hay cosa que dificultar en ella : los niños la manosean, los hombres la 
entienden, y los viejos la celebran. Cervantes, suponiendo con demasiada 
facilidad que sus lectores sabían lo que él, y que tenían preséntelo que 
él al escribir su libro, creyó que no necesitaba de comento ; mas, no se 
juzgó del mismo modo en el inundo literario. El célebre benedictino F.Mar- 
tín Sarmiento, en las Noticias de la verdadera patria de Miguel de Cervantes, 
esforzaba con gran copia, de razones la necesidad de comentar el Quijote 



XXXVI DON Ol.IJOTE DE I.A MANCHA 

para entenderlo y leerlo con fruto. Anteriormente ü. Gregorio Mayans 
había ilustrado, aunque con más erudición que crítica, varios puntos re- 
lativos al I.NGKNioso Hidal(jO níi la vida que escribió de Cervantes para 
ponerla al frente de la magnífica t;dición de I.ondres de 1738. Años des- 
pués, D Vicente de los Hios escribió el análisis que la Academia Española 
publicó con la suya, no menos magnífica, del año 1780; pero bajo el 
nombre de análisis, era más ijien un elogio i). Juan IJowle, distinguido 
literato inglés, imprimió el año 1781 una nueva edición del Quijote con 
un tomo de índices y otro de anotaciones, en queseñab'i las referencias, 
á los autores latinos, italianos y caballerescos, y procuró explicar las 
voces que podían ser obscuras para sus compatriotas. Su trabajo, fruto, 
como él mismo cuenta, de catorce años de lecturas y aplicación, es muy 
digno de alabanza, y muy de admirar en un extranjero el conocimiento 
de libros castellanos con que enriquece y autoi iza sus notas (v). Pero éstas 
no alcanzan á auxiliar á los españoles en los puntos peculiares de sus cos- 
tumbres y del idioma familiar, cuya perfecta inteligencia en todas len- 
guas, y singularmente en la castellana, es imposible que adquieran los 
extraños ; y por otra parte, entusiasta ciego de Cervantes, á quien llama 
honor y gloria no solamente fie su patria, pero de todo el género humano, no 
trató jamás de hacer ninguna observación crítica ni de juzgar del mérito 
ni demérito de la fábula. Sus anotaciones presentan el aspecto de una 
erudición laboriosa, pero seca y descarnada ; son como un almacén donde 
se hallan bacinadas mercancías de todas clases, unas de mayor y otras de 
menor precio...; mas no se trate de relevar (;) los defectos de un extran- 
jero (|ue ya experimentó los tiros de la crítica en su país, y que sólo debe 
hallar estimación y gratitud en el nuestro, D. Juan Antonio Pellicer pu- 
blicó en Madrid el año 1797 una nueva edición del Quijote ; hizo é 
indicó algunas correcciones felices en el texto, y añadií) notas en que á 
veces disfrutó más de lo justo el trabajo de Bowle, sin nombrarle : en 
otras, según su genio y la especie que cultivó de literatura, insertó noti- 
cias menudas y sueltas, no todas igualmente apreciables. Sus observa- 
ciones son como apuntamientos aislados sin conexión ni plan conocido, y 
están muy lejos de merecer el nombre de Comentario ; en ellas no se 
examina ni lo bueno ni lo malo de la fábula ; de todo suele hablarse 
menos del Quijote. Mayans, no obstante los elogios que daba al Lncenioso 
Hidalgo, lo posponía á los Trabajos de Pérdlcs y Sigismundo. Pellicer 
salió por otro registro, todavía, si cabe, más extravagante, y se persuadió á 
que Cervantes se propuso imitar á Apuleyo. Ambos literatos, aunque 
amantes y beneméritos del Quijote, manifestaron que no le entendían. 
No conozco las obras de algunos otros autores extranjeros que escribie- 

(v) Es muy de notar que log extranjeros y otros; de los franceses Merimée.Morel F»- 

han sido v siguen siendo más celosos culti- tio, Fouctié DelLosch, Latour, Maitínenche, 

vadores de nuestra herniosa lit'>ratura que Tannenberg : y de los italianos üorra, 

los espaiinles misinos. Basta recordar los Mooaci, D'Ovidio, etc. {M. de T.) 

nombres de los americanos Ticknor y Hun- {,-) p:i galicismo relevar es algo fuerte, 

tington, de los austríacos y alemanes Woif, tratándose de un académico que jiretendía 

FáLer, Grimm. Schack. ' Keller, Fanste- ajustar tan estrechas cuentas á Cervantes eu 

rath, etc.; de lus ingleses Fitzinaiuice- Hume materia de incorrecciüiies. ÍM. de T.) 



PRÓr.OCO DEL COMENTARIO XXXVIl 

ron notas ú observaciones sobre el Ingenioso Hidalgo ; pero mo inclino 
mucho á creer (lUc no conlribuiíán líian cosa ásu ilustración é intelii:en- 
cia. La Academia Kspafiola, en su última e{iici(')n del año 1819, afiadiú al 
fin de los tomos algunas notas propias de su exquisito juicio y sabiduría; 
pero tan cortas en número y extensión, que no hacen sino irritar la 
curiosidad y aumentar el deseo de mayores y más extensas explica- 
ciones. 

En resolución, el I.ngknioso Hidalgo D. Quijotk dk la Mancha carece 
hasta ahora de un Comentario seguido y completo, como lo reclama 
su calidad de libro clásico, reconocido como tal en la república de las 
letras, apreciado por todas las naciones cultas, y traducido en todos 
sus idiomas. 

Yo me he propuesto llenar este vacío de nuestra literatura ; empresa 
difícil, que he acometido quizá con sobrada temeridad, y en que no sé si 
saldré como D. Quijote en la suya. El presente prólogo es ya el prin- 
cipio del Comentario ; las notas que acompañan al texto deben ser 
las pruebas de lo que se dice en el prólogo. Figúrese el lector del Inge- 
nioso Hidalgo que le acompaño en su tarea, y que le voy diciendo lo que 
me ocurrió cuando yo lo leía. Si le sirvo de algún provecho para enten- 
derlo mejor; para dirigir y fijar su juicio acerca de las perfecciones é 
imperfecciones de la fábula ; para satisfacer su curiosidad sobre los pun- 
tos históricos y literarios que se tocan, ó los pasajes caballerescos á que 
se alude; para hacer las advertencias que ocasione el tenor del discurso, 
tanto sobre la gramática y filosofía del idioma, como sobre los usos, cos- 
tumbres é ideas de la época de la caballería y la de Cervantes, el lector 
debe estarme agradecido, y yo debo estar contento. Encontrará tal vez 
repeticiones, porque se repetirán las ocasiones de hacerlas; hallará cosas 
que otros han dicho, porque las hay que se ofrecen naturalmente á todos, 
y es forzoso decirlas ; echará quizá de menos observaciones que á él le ocu- 
rran, y no le ocurrieron al comentador (esto es muy fácil) ; según su 
humor, inclinaciones y estudios, unas notas le parecerán superficiales y 
demasiado breves, otras demasiado largas y minuciosas. Todo esto podrá 
suceder; pero en lo que otros hayan pensado ó adelantado, el comenta- 
dor los hará justicia, y no los defraudará de la loa que merezcan ; y en 
lo demás, así como él será justo con otros, así también tiene derecho á 
que los otros sean con él indulgentes. 

Tales son las consideraciones que me ha parecido anticipar como pre- 
liminares convenientes en la materia. — Una cárcel dio nacimiento al 
Quijote (o), y un retiro forzadu, efecto de trastornos y de infortunios, lo 
ha dado á su Comentario. En ésta, como en otras ocasiones, se ha verificado 
lo que un antiguo dijo de las leti'as ; que sirven de adorno en la prospe- 

(o) La moderna crítica ha demostrado, durante su permanencia en Sevilla. Por su 

que Cervantes no escribió su obra en la su- parteel cervantista señorCortejón,autordela 

puesta|irisiónde Arganiasilla. Según elseñor muy notiibie edición critica del Quijote, en 

Carrillo de Albornoz, autor del Romancero curso de publicación, cree que Cervantes con- 

diil Quijote (tomo I, pág. 473) el ilustre cuanto cibió el plan de su obra y la empezó á escri- 

desdichado Manco debió escribir la 1» Parte bir en la cárcel de ¡Sevilla. (M. de T.) 



XXXVIU DON OUIJOTK DE I-A MANCHA 

ridad, y de refugio y consuelo en la desgracia. Si el presente trabajo 
no corresponde dignamente á su objeto y al mérito y celebridad de 
Cervantes, por lo menos ha proporcionado á su autor muchos ratos de 
ocupacif'm grata y muchos motivos de distracción en medio de pesares no 
merecidos. 



EL INGENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



AL DUQUE DE BÉJAR' 

MARQUÉS DK GIBRALEÓN, CONDE DK BENALCAZAR Y BANARIÍS, VIZCONDE DE 
LA PUEBLA DE ALCOCER, SEÍSni>, DE LAS VILLAS DE CAl'ILLA, CURIEL Y 
BURGUILL03. 



En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia á toda 
suerte de libros como principe tan inclinado á favorecer las buenas artes, 
mayormente las que por su nobleza no se abalen al servicio y tjranjerias del 
vulgo '^, he determinado de sacar á luz El Ingenioso Hidalgo D. Quijo ie de 
LA Mancha 3 al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, á quien, 



1. D. Alonso Diego López de Zi'iñiga, 
séptimo duque de Béjar, lo fué desde 
el año de 601 (a), en que heredó á su 
padre D. Francisco, hasta el de 1619, 
en que falleció. 

Sobresalió en Miguel de Cervantes la 
prenda de agradecido, de lo que dio 
pruehas hasta en el punto de su muerte, 
como se ve por la dedicatoria de los 
Trabajos de Pérsiles y Sígismundu, que 
dirigió á su protector el conde de 
Lemos, después de haber recibido la 
Extrema-Unción. Supuesto lo cual, es 
muy notable que siendo el duque de 
Béjar tan amante de las letras comn 
aquí se pondera, y habiéndose recibido 
la primera parte del Quijote con tanta 
aceptación y aplauso del público, que 
en un año se hicieron tres ediciones, 
dosenMadridyuaaen Vaiencia,es muy 
notable, digo, que Cervantes no le de- 
dicase también la segunda parte, ni le 
volviese á nombrar en sus obras. 

2. Pudiera creerse que estas palabras 
aludían tí la tradición de que habló 
D. Vicente de los Ríos, sobre la dedi- 
catoria de la primera parte del Quijote. 
Dícese que el duque de Béjar, solicitado 
por Cervantes é informado del asunto 

(a) Muy eruditos cervantistas, entre ellofs 
el doctor Thebussem, suponen que el desvío 
del duque fué debido á la influencia de un 
capellán de su casa, y ven como un reflejo de 
ello en la disputa que tuvo Don Quijote con 
el capellán de los duques en la '?.» parte del 
Quijote. (M. de T.) 



del libro, no quiso al pronto que se le 
dedicase; pero que habiendo ceñido 
Cervantes su solicitud ú que oyese leer 
un capitulo, fué tanto lo que le agradó 
su lectura, que depuso su preocupa- 
ción, colmó de elogios al autor y admi- 
tió gustoso la dedicatoria. Dado que la 
tradición fuese cierta, me parece muy 
aventurada la conjetura de Ríos sobre 
que el motivo de la repugnancia del 
duque sería el temor de exponer su 
reputación, si permitía que se leyese 
su nombre al frente de un libro que 
sonaba ser de caballerías. Más verosí- 
mil fué que el duque, noticioso del 
objeto del Quijote, no quisiese mos- 
trarse fautor de la empresa de desterrar 
la lectura de las historias caballeres- 
cas, cuya aüción era entonces tan 
común entre los grandes señores, como 
se ve por repelidos ejemplos, incluso 
el de la misma casa de los duques de 
Béjar. 

3. Se ha dudado de la propiedad y 
conveniencia de este titulo que Cer- 
vantes puso á su obra. Entre sus con- 
temporáneos no faltó quien lo tachase 
de abultado y hueco. D. Juan Antonio 
Pellicer opinó que la calidad de Í7ic/e- 
nioso se aplicaba, no á la persona del 
hidalgo, sino á la obra, para denotar 
el ingenio con que estaba escrita ; pero 
el mismo Cervantes refutó esta opinión 
en el epígrafe del capitulo II, que trata 
de la primera salida que de su tierra 
hizo el ingenioso D. Quijote. Lo mismo 



XLII 



DON QlIJOTE DE I.A MANCHA 



con el acatamiento que debo á tanta (¡landeza, suplico le reciba agrada- 
blemente en su protección, para (¡ue á su sombra, aunque desnudo de aquel 
precioso ornamento de elcijancia y erudición de que suelen andar i^estidas las 
obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer 
seguramente en el juicio de algunos, que no conteniéndose en los limites de su 
ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos 
ajenos ; que poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen 
deseo, fio que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio. 

Miguel de Ck-hvantes Saavedra. 



se repite en el título del capitulo XVI ; 
y al concluirse la segunda parte, des- 
pués de contar el fallecimiento de 
D. Quijote, se dice : este fin tuvo el 
Inyenioso iiidahjo de la Mancha. Pfir 
cuyos (p) pasajes es claro que Cervantes 
calificó de ingenioso, no ;i su libro, sino 
á su héroe. Más plausible que la opi- 
nión de Pellicer pudiera parecer la de 
que se llamó ingenioso al Quijotk por 
pertenecer á la clase de libros de in- 
venci('in y de ingenio, al modo que 
diríamos el Incietúoso Lazarillo, de 
D. Diego de Mendoza, la Ingeniosa 
República literaria, de Ü. Diego de 
Saavedra; pero no deja esle arbitrio 

(?) Este empleo del posesivo cuyos es con- 
trario a lo preceptuado por la Academia. 
Esto demuestra el poco respeto que han 
guardado en todo tiempo los mismos acadé- 
micos á las reglas de la Academia, lo cual 
explica á su vez, los desacatos del resto del 
público con la misma. (M. de T.) 



Cervantes, aplicando exclusivamente, 
como acaba de verse, la calidad de in- 
genioso a la persona de su Hidalgo. 
Así que todas las explicaciones ofrecen 
inconvenientes. Si lo ingenioso se dice 
por la persona, recae mal sobre un 
loco : si por el ingenio con que está 
escrito el libro, es vanidad y jactancia 
del autor; si por ser la obra de la clase 
de las de ingenio y entretenimiento, el 
mismo Cervantes lo contradice. Lo que 
no admite duda, como resulta de todo 
lo precedenle, es que el título de Inge- 
nioso Hidalgo es obscuro y, por consi- 
guiente, poco feliz (y). 

(v) El epíteto ingenioso, aplicado por Cer- 
vantes á su héroe, me parece, al revés, muy 
claro y altamente adecuado. Respecto á s"i 
un loco puede ser ingenioso, sólo puede du- 
darlo en España el que no haya saboreado 
la deliciosa historia del Licenciado Vidriera, 
obra del mismo Cervantes. Precisamente si 
de algo pecan lo.s españoles es de sobra de 
ingenio. (M. de T.) 



PROLOGO 



Desocupado lector; sin juramento me podrás creer que quisiera que este 
libro, ^omo liijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más ga- 
llardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo con- 
travenir la orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su seme- 
jante. Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, 
sino la historia de un hijo seco, avellanado i, antojadizo, y lleno de pen- 
samientos varios y nunca imaginados de otro alguno; bien como quien 
se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, y 
donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, 
la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de 
las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas 
más estériles se muestren f(;cundas, y ofrezcan partos al mundo que le 
colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo 
y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los 
ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas, 
y las cuenta á sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que aunque 
parezco padre, soy padrastro de D. Quijote, no quiero irme con la corriente 
del uso, ni suplicarte casi con lágrimas en los ojos, como otros hacen, 
lector carísimo, que perdones ó disimules las faltas que en este mi hijo 
vieres, pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu 
cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde 
eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que conmún- 
raente se dice, que debajo de mi manto al rey mato. Todo lo cual te 
exenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de 
la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por 
el mal ni te premien por el bien que dijeres della. 

1. Siguiendo el hilo de la metálora flrmú el que con el nombre supuesto de 

debió decirse : ¿ qué podía engencb-ar Alonso Fernández de Avellaneda escri- 

el estéril y mal cullivado itigenio mío bi('i la continuación del Quijote que se 

sino un hijo seco, avellanado, antoja- imprinii(j en Tarragona el año de 1614. 

dizo... bien como quien se enge7idró en Tildando en su próloo;o á Cervantes, 

tina cárcel. Diciéndose la historia del ilice que disculpa los i/erros de su pri- 

hijo, y más llamándose á éste seco y mera parte el haberse escrito entre los 

avellanado, ocurre que el hijo esD.Qui- de una cárcel, y asi no pudo dejar de 

JOTE, y lo engendrado en la cárcel no salir tiznada de ellos, ni salir menos 

fué D. Quijote, sino su historia. qrie quejosa, murmuradora, impaciente 

La especie de que Cervantes ideó el y colérica, cual lo están los encarce- 

plan del Quijote estando preso, la coa- lados. 



XLIV DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo ni de 
la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas 
y elogios * que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé 
decir que, aunque me costó algún trabajo componoila, ninguno tuve por 
mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la 
pluma para escribilla, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; 
y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el 
codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró á 
deshora ^ un amigo mío gracioso y bien entendido, el cual, viéndome 
tan imaginativo, me preguntó la causa, y no encubriéndosela yo, le dije 
que pensaba en el prólogo que había de hacer á la historia de D. Quijote, 
y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar á luz las 
hazañas de tan noble caballero. Porque ¿ cómo queréis vos que no me 
tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo, cuando vea 
que al cabo de tantos años como baque duermo en el silencio del olvido 3, 
salgo ahora con todos mis años acuestas con una leyenda seca como un 
esparto, ajena de invención '', menguada de estilo, pobre de conceptos y 
falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin 
anotaciones en el lindel libro, como veo que están otros libros aunque sean 
fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón 



1. La vanidad de los escritores del 
tiempo de Cervantes hacia preceder de 
ordinario en las impresiones de sus 
libros los elogios que mendigaban de 
sus aficionados. Estos elogios eran por 
lo regular composiciones poéticas 
breves, como sonetos, redondillas y 
epigramas, según aquí se dice. Lo sin- 
gular es que Cervantes, que moteja y 
ridiculiza este abuso, habia incurrido 
en él en su Galntea, y contribuyó tam- 
biu-n muchas veces con sus composi- 
ciones á elogiar varios libros impresos 
de sus conocidos y amigos, según lo 
muestran las noticias que se leen en 
su I'¿í/o, escrita con suma erudición y 
diligemia por D. Martin Fernández de 
Navarrete. Así lo tiizo en la Aiistriada 
de Juan l-luío, en el Romancero y otras 
obras de Pedro de Padilla, en el Ccm- 
cionevo de López baldonado, en la 
Filosofía cortesana de Alonso de Ba- 
rros, etc. 

2. Significa comúnmente lo mismo 
que á horas desusadas y extraordina- 
rias, indicando las más avanzadas de 
la noche : aqui equivale á inespera- 
damente, cuando no se ar/iiarda. 

3. Cervantes publicó su Galafea en el 
a.io de 1584, y desde entonces no había 
dado á luz cosa alguna hasta el de 160o, 
en que se imprimió la primera parte 



del QuuoTE. Eran veintiún años los 
que habia estado durmiendo para el 
público en el f-ilencio del olvido. — 
Esta expresión, usando de rigor, pu- 
diera tildarse, porque el olvido ni calla 
ni habla ; y acaso en el original se diría 
que había dormido en el silencio ij el 
olvido, callando Cervantes y olvidando 
el público (a). 

4. Moderación que por excesiva pu- 
diera parecer afectada. La inventiva 
fué la prenda en que sobresalió emi- 
nentemente Cervantes, y de que él 
mismo hizo gala en el Viaje al l'ar- 
naso, donde le dice Mercurio (o) : 

Y sé que aquel instinto sobrehumano 
Que de raro inventor lu pecho encierra, 
No te le ha dado el padre Apolo en vano... 
Pasa, raro inventor, pasa adelante 
Con tu sotil disinio, y prusta avuda 
.. Apolo, que la tuya" es iniporlanle. 



(a) Cap. 1. 

(a) La crítica de Cleniencín no puede ser 
más pueril y además es impropia de un 
escritor, cada paso hablan poetas y escri- 
tores del silencio de la iioc/ie, del silencio de 
In tinnhn, etc. Kn este pa-:aje cila el señor 
Cortüjón una crítica muy acertada del vene- 
zolano señor Urdaneta a la observación de 
Clcmcncin. (M. de T.) 



PRÓLOGO 



XLV 



y de toda la caterva de filósofos, que admiran ú los leyentes y tienen á sus 
autores por hoinhres leiMos, eruditos y elocuentes' ? ¡ l'u<;s qué, cuando 
citan la Divina liscritur.i ! No dinin sino que son unos Santos Tomases y 
otros doctores de la li;lesia, guardando en esto un decoro tan ingenioso, 
que en un renglón lian pintado un enamorado distraído, y en otro hacen 
un sernioncico cristiano, que es un contento y un regalo oirle ó leelle. De 
todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo que acotar en el margen, 
ni quéanotar en el fin, ni menos só quó autores sigo en él, para ponerlos 
al princi[)io, como hachen todos, por las letras del ABC, comenzando en 
Aristót^es y acabando en Xenol'onte y en Zoilo ó Zeuxis, aunque fué mal- 
diciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos 
al principio, á lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, mar- 
queses ■•', condes, obispos, damas ó poetas celebérrimos. Aunque si yo 



1. Según el régimen, parece que los 
libros son los que tienen á sus autores 
por hombres leídos, eruditos y elo- 
cuentes, á no ser que deba leerse los 
leyentes que tienen á sus autores. El 
Quijote se imprimió con tanta negli- 
gencia, que hay fundado motivo para 
sospechar que muchos de sus delectes 
son de la imprenta, más bien que del 
original. 

Leyentes., elocuentes: cacofonía que 
se hubiera evitado con sólo poner lec- 
tores en vez de leyentes. 

2. Se habló antes de la costumbre 
de poner en las obras sonetos y otras 
composiciones poéticas en su elogio. 
Los libros , especialmente siendo de 
entretenimiento, se imprimían por lo 
común con esta circunstancia, que 
también suele encontrarse en obras de 
otro carácter, como la Biblioteca Espa- 
ñola de D. Nicolás Antonio, á la que, á 
estilo de su siglo, preceden veintiuna 
composiciones laudatorias en caste- 
llano, italiano, latín y griego En la 
Mosquea de D. José de Viliaviciosa. se 
leen once composiciones que la elogian 
en latín, italiano y castellano : ocho en 
líi Angélica de Luis Barahona ; seis en La 
Araucana de Ü.Alonso de Ercilla: doce 
en el Cancionero de López Maldonado ; 
ocho en el Tesoro de varias poesías de 
Pedro de Padilla; y diez y seis en el 
poema de Los Amantes de Teruel por 
Juan Yagiíe. En el Viaje entretenido 
de Agustín de Rojas se hallan veinti- 
cuatro elogios compuestos por autores 
de todas clases, entre ellos damas, 
doctores, caballeros del hábito, un 
marqués y un alguacil. Pudieran ale- 
garse infinitos ejemplos; pero sólo se 



añadirá, por ser más del caso, el de las 
obras del famoso Lope de Vega, las 
cuales se publicaban siempre coa nu- 
merosos encomios, como sucedió en el 
Peref/rino, el Isidro y La A rcadia ; pero 
señaladamente en Las liimas, que se 
imprimieron en Barcelona en 16ü4,año 
inmediatamente anterior al de la publi- 
cación de la primera parte del Quijote, 
y salieron acompañadas nada menos 
que de veintiocho composiciones mé- 
tricas en loor suyo ; entre sus autores 
se cuentan el príncipe de Fez, el duque 
de Osuna, el marqués de la Adrada, los 
condes de Villamor y Adacuaz, el co- 
mendador mayor de Alontesa, tres poe- 
tisas y varios poetas conocidos de aquel 
tiempo, entre ellos el mismo Cervantes. 
Si esta demostración de amistad por 
parte de nuestro autor no fué muy 
espontánea, y si la exigieron con algún 
rigor las circunstancias, esto quizá 
acabó de mover su bilis en el presente 
pasaje de su prólogo, donde tantas 
señas hay de que están indicados los 
escritos de Lope. Sospechas que se 
confirman con el cargo que hace á Cer- 
vantes Alonso Fernández de Avella- 
neda en el prólogo de su Quijote con- 
trahecho, porque reprendiendo el uso 
de poner sonetos en alabanza de los 
libros, bajan los suyos en los principios 
de los libros del autor de quien murmura. 
En general no puede dudarse de que á 
Cervantes le mortificaba la celebridad 
de Lope de Vega, y que no fueron del 
todo sinceras las protestas con que en 
el prólogo de la segunda parte del 
Quijote procuró satisfacer á la recon- 
vención de Avellaneda. 



XLVI 



nON QLUOTK DK LA MANCHA 



los pidiese á dos A tres oliciales amigos, yo sé que me los darían, y tales, 
que DO les igualasen los <le a<iuollos que t¡<'nen más nombre en nuestra 
España. 

En fin, señor y amigo mío, proseguí, yo determino que el señor Don 
Quijote se quede seiiullado en sus archivos en la Mancha, hasta (jue el 
cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo 
me hallo incajia/ de remediarlas * por mi insuliciencia y pocas letras, y 
porque, naturalmente, soy poltrón y perezoso de andarme buscando au- 
tores que digan lo auc yo me sé decir sin ellos. De aíjuí nace la suspen- 
sión y elevamiento en que me liallastes; bastante causa para ponerme 
en ella - la que de mí habéis oído. Oyendo lo cual mi amigo, dándose una 
palmada en la trente y disparando en una larga risa (¡3), me dijo : Por Dios, 
hermano, que ahora me acabo de desengañar de un engaño en que he 
estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre 
os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras acciones. Pero 
ahora veo que estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. 

¿ Cómo que es posible que cosas de tan poco momento y tan fáciles de 
remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar •* uu ingenio 
tan maduro como el vuestro, y tan hecho á romper y atropcllar por otras 
dificultades mayores ? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de 
sobra de pereza y penuria de discurso. ¿ Queréis ver si es verdad lo que 
digo ? Pues estadme atento, y veréis cómo en un abrir y cerrar de ojos 
confundo todas vuestras dificultades, y remedio todas las faltas que 
decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar á la luz del 
mundo la historia de vuestro famoso D. Quijote, luz y espejo de toda 
la caballería andante. « Decid, le repliqué yo, oyendo lo que me decía: 



i. No se dice remediar las cosas que 
faltan, sino remediar la falla de las 
cosas. Las faltas y no las cosas son las 
que se remedian. En el progreso del 
pn'Aogo se dice con mayor corrección : 
pues estadme atento, y veréis como... 
remedio todas las faltas cj^ue decís. 

2. Expresión algo runíusa, que deja- 
ría de serlo si se expresase el verbo 
sustantivo : Denqui nace la suspensión 
en que me hallaslcs : siendo balitante 
causa para ponerme en ella la que de 
mi habéis oído. 

3. Ahora diríamos para siispender ;j 
absortar: pero asi se habl.iba y escri- 
bía en tiempo de nuestros mayores, 
usando á veces de la partícula de en 
vez de pura. Poderoso es Dios de hacer 
de los corazones empedei'nidos hijos 
C7'«ye/i/es, dijo Alejo Venegas^a). Yon la 
Gatatea decía Silerio, el amigo de Tirn- 
brio : ó tantas fuerzas juntas no fué 

(a) Agonía del tránsito de la muerte, 
punto 2, cap. VIII. 



poderosa la sola mía de resistirlas {a}. 
— Absortar es palabra nueva que no me 
acuerdo haber visto en otros escritores. 
Cervantes introdujo ésta y otras en su 
Quijote, y no siempre con felicidad, 
por no liaberlas adoptado todas el uso 
común (■;'). 

(n) Lil) II. 

(3) Contra la lección propuesta por Har- 
tzenbusch : disparando C(.n una carga de risa, 
aduce el señor Cortejóii varios pasajes de 
Cervantes que demuestran la legitimidad de 
la frase : disparar en una larga i-isa. 

(M. de T.) 

{■;) Aunque no se haya seguido usando el 
verbo atjsortar, está pei'fectaniente formado 
V no lo usó únicamente Cervantes, como 
pretende Clemencín. Recuerdo, entre otros, 
el siguiente pasaje de Jacinto Polo de Me- 
dina : 

¿ .\ quién no admira y absorta 
Ver un piélago de dii-nas... '.' 

^M. de T.) 



IMíOr.OGO 



XLVII 



/, Deque modo pensáis llenar el vacío de mi temor, y reducii' .'i eliiridad 
el caos do mi confusión ? » A lo cual él dijo : <( l,o primero en que repa- 
ráis de los sonetos, epigramas ó elogios que os faltan para el principio, y 
que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos 
mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar 
y poner el nombre ([ue quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las 
Indias ('» al emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que 
fueron famosos potólas; y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos 
pedantes ' y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de 
esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque ya que os averigüen la 
mentira, no os han de corlar la mano con que lo escribistes. 

En lo de citar en las márgenes los libros y autores 2 de donde sacá- 
redes las sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay 
más sino hacer de manera que vengan á pelo algunas sentencias ó latines 
que vos sepáis de memoria, ó á lo menos que os cuesten poco trabajo el 
buscallos 3, como será poner, tratando de libertad y cautiverio : 

Non bene pro loto libertas venditur auro ■*. 



1. Voz de origen griego, usada ya 
de los italianos viviendo el autor oel 
Diálogo (le las li ngiias, quien deseaba 
se introdujese en el idioma castellano. 
Cumplióse este deseo en el tiem|)0 que 
medió hasta Cervantes, haciéndose co- 
nuin entre nuestros escritores. D. Se- 
bastián de Covarrubias la inserti'i en 
su Tesoro ele la lengua castellana, im- 
preso en 1611. 

2. Otro indicio de que Cervantes 
quiso motejar (y en esto con mucha 
razón) á Lope de Vega, quien en su 
poema El Isidro, publicado por pri- 
mera vez el año de 1590, incurrió en la 
redundante y fastidiosa erudición que 
aqui se nota, atestando las m.írgenes 
de citas y acotaciones, tomadas indis- 
tintamente de lo sagrado y de lo pro- 
fano, mezclando lo humano con lo 
divino, todo revuelto, con el desorden 
que ya se dijo y censuró anteriormente. 
Se encuentran citas del Apocalipsis y 
de Arislóteles, del Breviario Toledano 
y de los Bracmanes, de la Crónica del 
Cid y del Cántico de los Cánticos, de 
Merlin y de bis Trenos de Jeremías. 

'A. Que y los son pronombres de un 
mismo nombre, y por consiguiente hay 
repetición viciosa. Pudiera también 
excusarse, sin perjuicio de la claridad, 
el artículo. 

Cuesten está mal en plural, porque 
el huscallos, que es el sujeto ó supuesto 
de la oración, está en singular. Queda- 



ría remediado todo con poner latines 
que os cuesten poco trabajo de buscar ; 
ó latines que os cueste poco trabajo 
buscar. 

4. No fué Horacio quien lo dijo, 
sino el autor ammimo de las fábulas 
llamadas Esópicas, libro III, fábula 14 
del Can y el Lobo, donde se lee : 

Non bene pro toto libertas venditur auro ; 
Uoc caleste bonum pr,vterit orbis opes. 

Juan Ruiz. Arcipreste de Hita, poeta 
castellano que vivió á principios del 
siglo XIV, tradujo esta sentencia en la 
fábula de las lianas pidiendo rey : 



Libertad é soltura non es 



por oro com- 
[prado (a). 



Y dos siglos después. D. Diego López 
de Haro concluía así uno de sus ro- 
mances : 

El bien de la libertad 

Por ningún oro es comprado (6). 

De Horacio son los versos que siguen 
en el pnMogo : 

Paluda raors, etc. (c). 

(a) Colt'cción de poetas anteriores al si- 
glo XV. t. IV, pág. 39. — (6) Romancero de 
Leipsic del año 1S17, pág. 194. — (c) Carm., 
lib. L od. 4. 



XLVm DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

T luego en el margen citar á Horacio, ó á quien lo dijo (o). Si tratáredes 
del poder de la muerte, acudir luego con : 

Fallida mors xquo pulsat pede pauperiim tabernas, 
Refiumqnc turres. 

Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, 
entraos ^ luego al punto por la Escritura divina, que lo podéis 
hacer con tantico de curiosidad, y decir las palabras por lo menos del 
mismo Dios: Eijo atitem dico vobis : dilifjete inimicos vestros. Si tratáredes 
de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: De corde exeiint cogita- 
tiones malx '^. Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón 3 que 
os dará su dístico : 

Doñee eris felix, mullos nvmerabis amicos, 
Témpora si fuerint nubila, sohts eris. 

Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático, 
que el serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy. En lo que 
toca al poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo podéis hacer 
de esta manera. Si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacedle que 
sea el gigante Golías, y con sólo esto, que os costará casi nada, tenéis 
una grande anotación, pues podéis poner : El gigante Golias ó Goliat fué 
un filisteo á quien el pastor David mató de una gran pedrada en el valle de 
Terebinto'', según se cuenta en el libro de los Reyes, en el capitulo que vos 
halláredes que se escribe. 



1. Entraros dicen las ediciones an- 
teriores; flescuiílo de que no fué capa/. 
Cervantes, y que debió atribuirse al 
impresor, y enmendarse (s). 

2. Son palabras de San Mateo al ca- 
pítulo XV. y no de San Marcos, A quien 
las atribuye Howle, aunque repite 
substancialmente la misma sentencia 
al capítulo Vil : ah iníus de carde ho- 
minum mals> cof/ilaliones prucedunl. 

Lo de Dilif/ite inimicos veslros es 
también de San .Mateo, capítulo V. 

3. Cervantes fué desgraciado en 
citas; apenas hace alguna con puntua- 
lidad. El presente dístico Doñee eris 
felix, etc.. es de Ovidio en el libro 1 de 
los Tristes, elegía 6. Cervantes, que 
escribía con negligencia, lo hubo de 

(í) Entraos. — El señor Cortejón, en su 
hermosa edición critica, restituye : entraros. 
Hav que advertir que este uso del infiuilivo 
por el imperativo se halla muy arraifiado 
entre nosotros. Uno de los más elocuentes 
oradores contemporáneos decía no hace mu- 
cho : « ¡ Fijaruii, sefíores diputados! También 
io acabo de leer en un manualito de orto^rra- 
fia dado á luz recientemente por un maestro 
(le las escuelas de Madrid. (M. de T.) 



equivocar con los Dísticos llamados de 
Catón, ú quien vulgar y malamente su 
atribuyeron ; obra muy posterior a 
Catón, dividida en cuatro lioros en que 
se dan reglas y máximas de moral, 
comprendida cada una en un distico. 
Era libro nmy conocido y común en 
tiempo de Cervantes ; lo había comen- 
tado el célebre Erasmo y traducido al 
castellano Martín García de Loaisa, 
canónigo de Zaragoza. 

4. Los libros de los Reyes son cua- 
tro, y el suceso de Goliat se cuenta eti 
el primero, al capítulo XVII. — En vez 
de valle de Terebinto {:^},dehiú decirse 

(S) Para el caso presente no tiene impor- 
tancia la crítica de Clemencin ; pues Cer- 
vantes sólo pensó en fustigar con su incom- 
parable donaire á los que pretendían pasar 
por doctos acumulando citas. (M. de T.) 

(;) Valle de Terebinto. — Clemencin co- 
rrige del Terebinto; pero algún crítico in- 
dica que tal vez alude Cervantes irónica- 
mente al famoso poeta canario, Cairasco de 
Kigueroa. que tenía la pretensión de haber 
iniroducido en nuestra poesía el endeca- 
nilabo esdrújulo v que dijo Val de Terebinto. 
(M. de T.) 



i'H()i,or.o xi.ix 

Tras esto, para mostrarus lioinhiíí erudito en l(;lias humanas y cosmcj- 
i;rafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y 
veréisos luego con otra famosa anotación, poniendo : El rio Tajo fué asi 
dicho por un Rct/ de laa Eí^pnñas ; tiene su nacimiento en tal lugar ^ y mucre 
en el mar Océano bemndo loa muros de la famom ciudad de Lisboa, y es opi- 
nión que tiene las arenas de oro, etc. Si tratáredes de ladrones, yo os 
daré la historia de Caco, que la sé de coro ; si de mujeres rameras, ahí 
está el obispo de Mondoñedo ^ : que os prestará á Lamia, Laida y Flora, 
cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará á 
Medea '^; si de encantadoras y hechiceras, Homero tiene á Calipso y 
Virgilio á Circe •* ; si de capitanes valerosos, el mismo Julio César os 
prestará á sí mismo en sus comentarios, y Plutarco os dará mil Alejan- 
dros ''. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua 



valle del Terebinto, porque Terebinto 
no es nombre ile lugar, sino de un 
ñrbol propio de países meridionales. 

1. D. Antonio de Guevara, fraile me- 
nor, obispo de Mondoñedo, predicador 
y cronista del emperador Carlos V, 
fué uno de los escritores castellanos de 
mayor reputacicjn dentro y fuera de 
España ; sus cartas se tradujeron al 
latín, y se imprimieron en Colonia el 
año de 1614. Pero tuvo la extravagante 
manía de fingir ó alterar los hechos 
históricos de la antigüedad, revistién- 
dolos con circunstancias de su inven- 
ción que daba por verdaderas. Así lo 
hizo en una carta dirigida á D. Enrique 
Enríque'z, refiriendo con muchas aña- 
diduras forjadas á su antojo las histo- 
rias de tres célebres rameras antiguas. 
Lamia, Laida y Flora, amadas, la pri- 
mera del rey Demetrio, hijo de 
Antigono, y laVütima del Gran Pom- 
peyo, y citando para ello autores que 
no han existido. El sabio D. Antonio 
Agustín, arzobispo de Tarragona, en 
sus Diálogos de las Medallas, reprendió 
vehementemente esta conducta, tan 
ajena de la profesión de Guevara. Cer- 
vantes la tachó aquí también por su 
estilo, diciendo en tono irónico, que el 
citarlo daría gran crédito á quien lo 
hiciese. 

2. Medea, insigne hechicera segiin 
la fábula, fué hija de Etas, rey de 
Coicos, y ejemplo de mujeres crueles. 
Enamorada de Jasón, huyó con él de la 
casa paterna, y perseguida por su padre, 
en la fuga, mató y despedazó á su her- 
mano Absirto, sembrando sus miem- 
bros sangrientos por el camino, para 
que la vista de tan horrible objeto 



retardase la velocidad de Etns. Celosa 
después de Jasón por los amores de 
Creusa, hija de Creonte, rey de Co- 
rinto, abrasó vivos á su competidora 
y á su padre, y á vista de JasiJn mató 
los dos hijos que había tenido de él, 
le arrojó sus cuerpos de lo alto de una 
torre, y valiéndose de sus artes, huyó 
por los aires en un carro tirado de dra- 
gones. 

Tal es la descripción de la crueldad 
de Medea, que en la tragedia que lleva 
su nombre hace Séneca, ó quien quiera 
que fuese su autor. Ovidio, en el 
libro Vil de las Metamorfosis, habla 
largamente de Medea; pero no exclusi- 
vamente de su crueldad, como Séneca; 
y por consiguiente, parece m;is natural 
que éste sea el que aquí cita Cervantes. 
No sería extraño que habiendo puesto 
poco antes ;í Catón por Ovidio, pusiese 
ahora á Ovidio por Séneca. 

3. Calipso no fué encantadora ni 
hechicera {-i]), que es de lo que aquí se 
trata. Virgilio habló de Circe, pero sólo 
de paso, en el libro VII de la Eneida. 
Homero lo hizo á la larga en el X de 
la Odisea. 

4. Plutarco, escritor griego, contem- 
poráneo, según se cree, de Trajano, 
escribió varías obras, siendo la más 
voluminosa é importante las Vidas pa- 



(o) Con mucha razón censura el señor Cor- 
tejón la intransigente y menuda crítica de 
Clernencín, y cita los "pasajes de la Jliada 
en que se aplica á Calipso él calificativo de 
hechicera. Si no hacía conjuros ni realizaba 
ceremonias mágicas, sabía encadenar á los 
hombres con sus encantos. 

(M. de T.) 



d 



L DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

toscana toparéis con León Hebreo ', (|ue os hincha las medidas ; y si no 
queréis andaros por fierras extrafias, en vuestra casa tenéis á Fonseca 
Del amor de Dioa-, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso 
acertare ;'i d<'sear en tal materia. En resolución, no hay más sino que 
vos procuréis nombrar estos nombres, ó tocar estas historias en la vuestra 
que aquí he dicho, y dejadme á mí el cargo de poner las anotaciones y 
acotaciones, que yo os voló á tal de llenaros los márgenes y de gastar 
cuatro pliegos en el íin del libro. 

Vengamos ahora á la citacii'tn de los autores que los otros libros tienen, 
que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque 
no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, 
desde la A hasta la Z 3, como vos decís. Pues ese mismo abecedario 
pondréis vos en vuestro libro ; que puesto que á la clara se vea la mentira, 
por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos de ellos, no 
importa nada : y quizá alguno habrá tan simple que crea que de todos os 
habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra. Y cuando no 
sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores 4 
dar de improviso autoridad al libro '. Y más, que no habrá quien se 



mielas de personas ilustres griegas y 
romanas, entre ellas las de muchos afa- 
mados capitanes de la antigüedad, que 
es lo que aqui se indica. 

1. León Hebreo, judio natural de 
Lisboa, vivía en Castilla el afio de 1492, 
en que la expulsión de los judíos, hecha 
por orden de los Reyes Católicos, le 
obligó á volverá su patria. L)e allí pasó 
á Ñapóles y después á Genova, donde 
vivió ejerciendo la medicina. Escribió 
los Diálogos de amoi\ de que según 
D. José Rodríguez de Castro en su 
Biblioteca de Habinos espaaolefi. se 
hicieron tres versiones al castellano, 
una por Guedella Jahia, impresa en 
Véncela, año de 1568, otra por Garcilaso 
Inga de la Vega en Madrid el de to90, 
y otra por Micer Carlos Montesa, que 
se publicó en Zaragoza, año de 1584; 
las dos primeras se dedicaion al rey 
D. Felipe 11. D. Nicolás Antonio, en su 
Bibliuteca Española, cita otra versión 
hecha por Juan Costa, aragonés lü;. 

2. Fr. Cristóbal de Fonseca, del 
orden de San Agustín, escribió un tra- 
tado del Amor de Dios, dividido en dos 

(»') El señor Menéndez Pelayo.en su nota- 
bilísimo libro tíixtoria de las idea-i esUHicas 
en España (tomo II. cap. vi) dedica un e.\ce- 
lentc estudio á León Hebreo, cunocido tam- 
bién por el nombre de Judas Abarbanel. 
(M. de T.) 



partes, que se imprimió en Barcelona, 
año de 1594, repitiéndose después otras 
ediciones. 

3. Nuevo indicio de que en el pre- 
sente prólogo Cervantes había tomado 
por su cuenta censurar á Lope de Vega. 
Este, en su libro intitulado El Pere- 
grino, puso una tabla por el orden del 
A li Ca, de los autores citados en su 
obra, que llegan á ciento cincuenta y 
cinco: y lo mismo hizo en El Isidro, 
poema nombrado también en las notas 
precedentes, donde la tabla alfabética 
de autores llega á doscientos sesenta 
y siete. Esta afectada muestra de eru- 
dición se encuentra en varios libros de 
aquel tiempo y aun del siguiente, en 
que se repitió, á pesar del rasgo satí- 
rico de Cervantes. Dio ejemplo singu- 
lar lie ello D. José Pellicer de Salas en 
sus Lecciones solemnes ó las obras de 
D. Luis de Góniíora, poniendo al prin- 
cipio el índice (le los autores que cita 
en ellas, divididos en sesenta y cuatro 
clases, que comprenden alfabéticamente 
dos mil ciento sesenta y cinco artícu- 
los. Imprimiéronse las Lecciones el 
año de 1G30. 

4. .VI verbo servir en la acepción 
que aquí tiene, no le corresponde el 
régimen i¡, sino pr óde, como está 
al principio de la cláusula ; Y cuando 
no sirva de otra cosa, por lo meios 
servirá, etc. 



i 



k 



iMlÓLOnO 1,1 

ponga h averiguar si los sopuistes 6 no los seguisles (i), no yéndole Dada 
en ello. (Cuanto más, (jue si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no 
tiene nt-cesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le faltan, 
porque todo (H es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien 
nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cice- 
rón' : ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos dis[)arates las 
puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la Astrología, ni 
le son de importancia las medidas geométricas; ni la confutación de 
los argumentos de quien se sirve la Retórica; ni tiene para qué predicar 
á ninguno, mezclando lo bumano con lo divino, que es un género de 
mezcla de quien no se lia de vestir ningún cristiano entendimiento. 
Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, 
que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y 
pues esta vuestra escritura no mira á más que á deshacer la autoridad y 
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no 
hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la 
Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de 
santos, sino procurar que á la llana {■/.), con palabras significantes, hones- 
tas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pin- 
tando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible vuestra intención, dando 
á entender vuestros conceptos, sin intrincarlos y escurecerlos. Procurad 
también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva á risa, el 
risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la 
invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En 
efecto ; llevad la mira puesta á derribar la máquina mal fundada de estos 
caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más(X); 
que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco. 

Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y 
de tal manera se imprimieron en mí sus razones, que sin ponerlas en dis- 
puta, las aprobé por buenas, y de ellas mismas quise hacer este prólogo ; 
en el cual verás, lector suave, la discreciétn de mi amigo, la buena ven- 
tura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo 
en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso D. Qui- 

1. Otro indicio de que la intención de escribir, sobretodo tratándose de obras 

de Cervantes era lealmente tüdar á de pura imaginación. (M. de T.) 

Lope de Vega; porque Aristóteles, San (■A)Yabe hablado en la nota. «pág. xxide la 

Basilio y Marco Tulio son tres de los finalidad del Quijote. Si sólo hubiera servido 

autores que se citan en el catálogo de pai'a « deshacer la autoridad y cabida que 

ellos que está ai fin del Isidro de Lope, ^n el mundo y en el vulgo tienen los libros 

.i- ' j„ „ . j... ,r j -1 „i de caballerías 11 hubiera seguido la suerte 

puhhcado segua dijimos, en \iadrid, el ^^^^^^ ¿^ ,^^^.^. libros de igual índole, según 

auo ae l.oJ9. ■ observa el señor Cortejón. Pero ha llegado á 

adquirir fama inmortal y á formar parte del 

(t) Seguistes. — Al^nnoñ corrigen spfjuifitfii.'s. patrimonio intelectual de todos los pueblos 

pero es corrección inútil. En aquella época por la admirable síntesis de idealismo y de 

era común el uso de esta forma de plural, realidad que nos ofrecen sus páginas. Desde 

como se ve en el P. Granada y en otros escri- los primeros albores del progreso la huma- 

tores. Aun hoy mismo dice el pueblo : nidad ha asistido constantemente á la eterna 

amns/es, ríiji.ili'.f:, etc. (M. de T.) lucha éntrelos paladinesdel ideal, los soña- 

(z) En estas breves líneas consigna Cer- dores, y los representantes de la vulgaridad 

Yantes el fundamento y la esencia del arte y del interés prosaico. (M. de T.) 



LII DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

jote de la Mancha, de qui en hay opinión por todos los habitadores del dis- 
trito del campo de Montiel. que fué el más casto enamorado y el más 
valiente caballero que de muchos años á esta parte se vio en aquellos 
contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte á 
conocer tan notable y tan honrado caballero ; pero quiero que me agradez- 
cas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza su escudero, 
en quien á mi parecer te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en 
la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas. Y con esto, 
Dios te dé salud, y á mi no olvide. Vale. 



AL LIBRO DE D. QULTOTE DE LÁ MANCHA 



URGANDA ' I. A DKSGONOCIDA 



S de llegarte á los bue-^ 
libro, fueres con letu-"' 
no le dirá el boijuirru- 
que no pones bien los de- 
Mas si el pan no se te cue- 
por ir á manos de idio- 
verás de manos á bo- 
aun no dar una en el cla- 
si bien se comen las lua- 



por mostrar que son curio- 

Y pues la experiencia ense- 
que el que á buen árbol se arri- 
buena sombra le cobi- 
en Béj.ar tu buena estre- 
Un árbol real te ofre- * 
que dapríncipes por fru- 
en el cual florece un Du- 
que es nuevo Alejandro Ma- 



1. La encantadora Urganda fué sin- 
gularmente amiga de Amadis de (Jaula. 
El motivo de llamarse desconocida se 
explica en el capitulo XI del libro de 
Amadis, donde el gigante Gandaiac, que 
había educado á Galaor y le llevaba á 
armarse caballero, le dijo, hablando 
de Urganda, que se llamaba la desco- 
nocida porque mxichas veces se ti'ans- 
formaha y desconocía. Y en el discurso 
de la historia se refieren los disfraces 
que tomó en diferentes ocasiones, apa- 
reciendo y ocultándose según quería, 
como cuando después de la junta de 
Reyes y caballeros que tuvo en la 
ínsula firme se metió en una fusta (> 
nave que tenía hechura de una gran 
serpiente ; y luego el huyno fue tan 
negro, rjue por más de cuatro días 
nunca pudieron ver ninguna cosa de lo 
gue en él estaba ; mas en cabo de ellos 
se quitó, y vieron la serpiente como de 
antes; de Urganda no supieron qué se 
hizo (a). 

2. iPcllicer afirma que Cervantes fué 
el inventor de estos versos cortados en 
los finales (a), y que le imitó después 
el autor de la Pícara Justina. Publi- 
cóse este libro en Bruselas el auo 1608, 
tres años después que la primera parte 
del Qliiote, bajo el nombre de Fran- 
cisco de Ubeda; pero su verdadero au- 
tor fué Fr. Andrés Pérez, religioso 
dominico, natural de Lei'm. En el 

(a) Amadis de Caula, cap. CXXVÍ. 

í'j) La invención de los versos cortados 
al final, ó de cabo roto se debe. según Fernán- 
dez Guerra, al picaresco coplero sevillano 
Alonzo Alvarez de Soria. (M. de T.) 



libro IT, número 3.° del capítulo último, 
se leen los versos siguientes : 

Yo soy Due- 
Que todas las aguas be- 
Soy la Rain de Picardi- 
Mas que la rud conoci- 
Más fanio que Doña Oli- 
Qiie Don Quijo y Lazari- 
Que Alfarach y Celesti- 
Si no me conoces, cue- 
Yo soy Due- 
Que todas las aguas be- 
Lope de Vega puso en su entremés 
del Poeta un soneto en versos cortados, 
que empieza así : 

Hermosa cara, no os vendáis barat- 
Ni vuestra linda estrella lo perniit- 
Ni recibáis de balde la visit- 
Mi os troquéis, nina, de oro en plat- 

Góngora hizo también versos de 
esta clase, que sean de quien fueren, 
no son m.ís que un juguete sin belleza 
ni mérito particular. 

3. Ir con letura üigniñca. ir con inten- 
ción ó propósito : expresión del len- 
guaje bajo y vulgar, como lo dijo el 
mismo (Cervantes al principio de su 
Viaje al Parnaso. 

Vayan pues los leyentes con letura. 
Cual dice el vulgo nial limado y bronco, 
Que yo soy un poeta de esta hechura. 

4. Alude al origen de la Casa Real 
de Navarra, que se atribuían los Zúfii- 
gas, segi'm Fernán Pérez de Guzmán en 
las Generaciones y Semblanzas, y á la 
dedicatoria de esta primera parte del 
Quijote, dirigida á ü. Alonso Diego 
Li'ipez de Zúñiga, duque de Béjar, á 
quien se trata de obsequiar en estos 
versos. 



LIV 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



Llega á su sombra, que á osa- 
favorece lafortu-' 
De un noble hidalfío manche- 
contarás las aventu- ^ 
á quien ociosas letu- 
Irastornaion la cabe- 
Damas, armas, caballe- 
le provocaron de mo- 
que cual Orlando furio-" 



templado á lo enamora — 
alcanzó á fuerza de bra-* 
;'i Dulcinea del Tobo- 
No indiscretos hierogli-'' 
estampes en el escu- 
que, cuando es todo figu- 
con ruines puntos se embi- 

Si en la direccii'm te humi- 
no dirá mofante algu- 



\. Audenles fortuna juval, dijo Vir- 
"ilio en el libro X de la Eneida^ y Ce- 
lestina lo citó en el acto primero de su 
tragicomedia : mas di, como Marón, 
que la fortuna ayuda ú los oaados. Fué 
uno de los versos que Virgilio se dejó 
sin acabar en su poema ; después se 
concluyó, añadiéndole el hemistiquio 
timidosque repellit. 

2. Un libro prosaico fque es á quien 
se dirige esta composición de Urganda 
la Descunocidaj más bien cuenta que 
canta, y asi juzgo preferible la lección 
contarás que pusieron las dos ediciones 
primitivas del año Í6Ü5, á la de crm- 
Larás qne. puso la de lü08. — En el verso 
siguiente han leído ociosa todas las 
ediciones anteriores ; pero era conoci- 
damente errata por ociosas, según lo 
demuestra el verbo plural Iraslornaron. 

3. El célebre poema del Orlando 
furioso, escrito por Ludovico Ariosto, 
empieza asi : 

Le dotine, i cavalier, l'arme, glí aniori, 
Le corlesie, laudad imprese io canto. 

Y repitiendo algunas de estas palabras, 
decía ürganda de D. Quijote ; 

Damas, armas, caballe- 
Le provocaron de mo- 
Que cual Orlando furio- etc. (?) 

Por la repeticiim de dichas palabras 
y la mención expresa de Orlando fu- 
rioso, es claro que en estos versos de 
ürganda indica Cervantes lo que la 
lectura del Ariosto iniluyó en la (le- 
ía) Recuérdese también el principio de 
la Araucana, inspirado igualnieute en el 
mismo poema : 

Nu las damas, amor, no freolili^zas 
Ve cüballeros canto enamoradus, etc. 
(M. de T.) 



mencia del hidalgo manchego. No lo 
tenia menos leído el de Alcalá, como 
se ve por las frecuentes alusiones del 
Quijote : el Orlando furioso y el libro 
de Amadís de Gaula fueron dos de los 
principales textos de Cervantes. 

4. No llegó á verificarse : D. Quijote 
se murió sin ver desencantada á Dulci- 
nea, y la maga Lrganda, á pesar de su 
mucho saber y de su don de profecía, 
anduvo desalumbrada en este pasaje. 
— El verso 

á Dulcinea del Tobo- 
es largo, á nO Ser que se pronuncie 
Dulcinea, acabando en diptongo. 

o. Intenta Pellicer aclarar la obscu- 
ridad de la presente estrofa por las 
figuras de D. Quijote, Dulcinea, San- 
cho y otras, y la alusión que, según 
supone, envuelve esto á las figuras en 
el juego de la Primera, muy usado en 
tiempo de Cervantes ; y cree que Ür- 
ganda aconseja al libro que escar- 
miente en los ejemplos que alega de 
personajes ilustres que fueron desgra- 
ciados. Para mí la estrofa es ininteli- 
gible, y la explicación de Pellicer ente- 
ramente arbitraria, sin fundamento ni 
apoyo en el texto. Por lo demás, son 
bien conocidas las historias del Condes- 
table D. Alvaro de Luna, privado del 
rey D. Juan el 11, que. después de haber 
nmndado mucho años el reino, muri(> 
degollado en Valladolid el 2 de Junio 
del año 14.52; de Aníbal, capitán car- 
taginés, vencedor muchas veces de los 
romanos, á quien últimamente sus 
desgracias llevaron al punto de tomar 
un veneno y m;ttarse en Bitinia, no en 
Italia, como Pellicer dice; v del rey 
Francisco 1 de Francia, que, hecho pri- 
sionero eu la batalla de Pavía el 
año 1535, estuvo detenido en Madrid 



AI, I.IBItO DE D. OUIJOTI': DE LA MANCHA 



LV 



f|ue I). Alvaro de l.u- (y) 
qiid Aníbal el de Carta- 
que el Uey Fraru-isco en Espa- 
se qiu'jii de la forlii- 

Pues al cielo no le j>lu- 
que salieses tan l;uii- 
coiiio el ne^'ro Juan Lati- ' 
liablar latines rehu- 

No me despuntes de a^'U-- 
ni me alejíues con filo- 
porque torciendo la bo- 
dirá el que entiende la le- 
ño un palmo de las ore- 
Para qué conmigo tlo- 

No te metas en düm- 
ni en saber vidas aje- 
que en lo que no va ni vie- 



pasar de laríío es cordu- 
Qne suelen en íajicru- 
darles á los que f;rai ce- 
nias til qn{':niale las ce- 
sólo en cobrar buena Ta- 
que el ijue imprime neceda- 
dalas ;i censo perpe- 

Advierte que es desati- 
siendo de vidrio el teja- 
tomar piedras en la ma- 
para tirar al veci- 

Deja que el hombre de jui- 
en las obras, que compo- 
se vaya con pies de plo- 
que el que saca ;í luz pape- 
para entretener donce- 
escribe á tontas y á lo- 3 



hasta que concertó los pactos de su 
libertad con el emperador Garlos V (■;). 
1. D. Francisco Bermúdez de Pe- 
draza, en la Anlic/üedad y excelencias 
de Granada («), cuenta que el ne^ro 
Juan Latino « fué traído siendo niño 
cautivo con su madre á España, donde 
se crió en casa de la duquesa de Terra- 
nova, viuda del Gran Capitán, con la 
doctrina de su nieto el duque de Sesa, 
al cual servía de llevar los libros al 
estudio... Siendo ya hombre, se casó 
por amores con Doña Ana Carlevai, 
hija del Licenciado Gurleval, gober- 
nador del Estado del duque ; porque 
dando lección ;i esta dama, la aficionó 
de tal suerte con sus donaires y gra- 
ciosos dichos, que le dii'i palabra de 
casamiento ; y pedida ante el juez 
eclesiástico, se ratificó en ello, y caso 
con él. Estudió artes, y fué maestro ea 
ellas... Se aplicó á leer gramática, y 
tuvo la cátedra desta ciudad [Granada ' 
más de sesenta años. Fué tan esti- 
mado de los duques de Sesa, arzobis- 
pos y gente principal, que todos le 
daban su mesa y silla, porque demás 

(a) Lib. III, cap. XXXIII. 

{■() Elseñor. Gortejón, con razones muy aten- 
dibles, escribe este y los tres versos si- 
guientes en este forma : 

¡ Qué D. Alvaro de Lu — 
Qué Aníbal el de i!;arta 
Qué rey Francisco en Espa — 
Se queja de la fortu — . 

Supone ([ue éstos son una sátira contra las 
lamentaciones de Lope en la dedicatoria del 
Peregrino, (M. de T.) 



de ser gran retórico y poeta latino, era 
gracioso decidor y buen músico de 
vihuela. Vivió noventa años, dejando 
hijas y nietos que boy viven. Cegó á la 
vejez, y no obstaiite esto, leía en las 
escuelas y poi' l.is calles andando. Est.i 
enterrado en la iglesia de Señora Santa 
Ana desta ciudad ». 

Ambrosio de Salazar. en el libro que 
imprimió en Rúan el año 1636 con el 
título de Espejo f/eneral de la gramá- 
tica, dice que conoció á Juan Latino y 
á cuatro de sus hijas, y que puso 
escuela de rniísica, latín y griego. 
Añade otras particularidades, ea que 
no siempre va de acuerdo con Pedraza. 

Juan Latino recibió la libertad ríe 
mano del duque de Sesa, con quien se 
había educado ; fué muy favorecido dé 
D. Pedro Guerrero, arzobispo de Gra- 
nada, y tuvo el apellido de Latino por 
su conocimiento en la lengua romana, 
en la que escribió é imprimió algunas 
poesías. 

2. Parece errata por No te despuntes 
de agu- 

3. No ha faltado quien diga que en 
esta composición, puesta í nombre de 
Urganda, quiso Cervantes motejar al 
duque de Lerma, ministro favorecido 
del rey D. Felipe III. Pero nada hay 
en ella que lo indique. No ha faltado 
tampoco quien la alabe de discreta; á 
mi, con perdón de Cervantes, no me lo 
parece. Tampoco encuentro la seme- 
janza (|ue dice Pellicer con la carta 
que dirigió Horacio á su libro, ni la 
ocasión de poner en boca de Urganda 
esta alocución al Quijote; ni entiendo 



LVI 



DON OLlIOTí: DK LA MANCHA 



AMADÍS J)i; (iAlI.A * Á I). OUIJOTE Di: LA MANCHA 

SONETO 

Tú, que imitaste la llorosa vida 
que luve ausente y des(iei"iado sobre(í) 
el gran ribazo de la Peña Pobre, 
de alegre ú penitencia reducida. 

Tú, á quien los ojos dieron la bebida 
de abundante licor, aunque salobre, 
y alzándote la plata, estaño y cobre, 
te diú la tierra en tierra la comida. 

Vive seguro de que eternamente, 
en tanto al menos que en la cuarta esfera 
sus caballos aguije el rubio Apolo, 

Tendrás claro renombre de valiente, 
tu patria será en todas la primera, 
tu sabio autor al mundo único y sólo -*. 

D. BELL\NÍS DE GRECL\ \ D. QUIJOTE DE LA MANCHA 

80XET0 

Rompí, corté, abollé, y dije, y hice 
más que en el orbe caballero andante ; 
fui diestro, fui valiente y (í) arrogante ; 
mil agravios vengué, cien mil deshice. 

Hazañas di á la fama que eternice ; 



sus pensamientos, ni hallo otra cosa 
en ella que obscuridad, confusión y 
tinieblas (cj. 

1. No hay que extrañar que Amadis 
de Gaula compusiese el presente so- 
neto, puesto que, según su historia (a), 
era poeta, y según la de su nieto 
Lisuarte de Grecia (h) sabia bien el cas- 
tellano. Y nótese, á propósito de esto 
(a) Cap. LL — (6) Cap. LXVÍIL 
(e) Conioseve,lanuevaescuela modernista 
tuvo de quien aprender el arte de construir 
versos descoyuntados. Kn una composición 
muy elof^iada del Góngora de dicha escuela, 
Ruiíén Darío, se lee : 

r.oo las piedra» que en la costa 
Recog-í, 

Cazaba uguílas al vuelo 
Lobos y 

En la guerra iba á la guerra 
Contra mil. 
(;) Y arroyante. — El señor. Cortejón trae: 
Fu! diestro, fui valiente, fui arrogante. 

(M. de T.) 



Último, que Amadis, según su historia, 
vivió muchos años antes que hubiese 
Castilla, y aun hubo de ser contempo- 
ráneo de'Poncio Pilatos, puesto que su 
tercero ó cuarto nieto, el principe 
Anaxartes, nació el año il5 de Jesu- 
cristo, según la historia de D. Florisel 
de Niqueaía). 

2. Alabanza que se da á sí mismo 
Cervantes ; especie de candor que 
suele verse en los grandes ingenios, en 
quienes más bien que como arrogan- 
cia puede pasar como ingenuidad y 
como conciencia del propio mérito. 

(íi) Lil). I, cap. L 

(S) No tiene la culpa Cervantes de que 
haya críticos que quieran ver en todo obscu- 
ridad y tinieblas. Según confiesa el mismo 
Cleiiie'ncín.en otras notas del prólogo, el au- 
tor se propuso seguramente censurar con su 
habitual donaire ciertos prólogos de Lope de 
Vega V otros autores contemporáneos suvos. 
(M. de f.) 



Al. I.lllHO DK I). QinJOTK DIO f.A MANCHA 

fui comedido y regalado amante; 

fuó enano para mi todo gigante, 

y al duelo en cualijuier punto satisfice. 

Tuve ;i mis pií^s [jostrada la fortuna, 
y trajo del copete mi cordura 
á la calva uciisión al estricote. 

Mas aunque sobre el cuerno de la luna 
siempre se vio encumbrada mi ventura, 
tus proezas envidio, i oh gran Quijote ! 



LYII 



LA SEÑORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO 



¡Oh quién tuviera, hermosa Dulcinea, 
por más comodidad y más reposo, 
á Miratlores ' puesto en el Toboso, 
y trocara su Londres 2 con tu aldea ! 

¡ Oh, quién de tus deseos y librea 
alma y cuerpo adornara, y del famoso 
caballero que hiciste venturoso, 
mirara alguna desigual pelea ! 

¡ Oh, quién tan castamente se escapara 
del señor Amadís, como tú heciste 
del comedido hidalgo D. Quijote! 

Que así envidiada fuera, y no envidiara, 
y fuera alegre el tiempo que fué triste, 
y gozara los gustos sin escote 3, 



1. Era un castillo ó casa de placer, 
donde solía residir la sin par Oriana, 
hija del rey Lisuarte y de la reina 
Brisena, señora de Amadís de Gaula y 
archiprincesa de las princesas caballe- 
rescas. « Este castillo de Miraflores es- 
taba á dos leguas de Londres y era 
pequeño; mas la más sabrosa morada 
era que en toda aquella tierra había ; 
que su asiento era en una floresta á un 
cabo de la montaña, y cercada de huer- 
tas que muchas frutas llevaban, y de 
otras grandes arboledas, en las cuales 
había hierbas y flores de muchas gui- 
sas. Y era muy bien labrado á maravilla ; 
y dentro había salas, y cámaras de 
rica labor, y en los patios muchas 
fuentes de agua muy sabrosa, cubiertas 
de árboles que todo el año traían flores 
yfrutas. E un día fué allí el rey á cazar, 
y llevó consigo á la reina é á su hija ; 
é porque vio que su hija mucho se pa- 
gaba de aquel castillo por ser tan fer- 



moso, di(3selo por suyo. E ante la 
puerta del había, un trecho de ballesta, 
un monasterio de monjas, que Oriana 
mandó hacer después que suyo fué, en 
que había mujeres de buena vida {a). » 

2. Las primeras ediciones dicen sus 
Londres. La Academia Española lo co- 
rrigió poniendo su Londres, como forzo- 
samente diría el original. 

3. Los afectos de Amadís no fueron 
tan puros y platónicos como los de 
D. Quijote. Alúdese en el fin del soneto 
á los pasos, no muy decentes, del ga- 
lanteo de Amadís, á la soledad y en- 
cierro que de resultas de ellos y para 
salvar su honor tuvo que guardar 
Oriana, y á la necesidad en que se vio 
de poner en un cajón y echar al Táme- 
sis al niño Esplandián, fruto de sus 
amores. 

la) Amadís de Gaula, cap. Lili. 



LVIII 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



GANDAMN, ESCUDEflO DE AMADIS DE GALLA 

Á SANCHO TANZA, ESCL'DEHO l>t, D. QUIJOTE 

80SET0 

Salvé, varón famoso, á quien fortuna, 
cuando en el trato escuderil te puso, 
tan blanda y cuerdamente lo dispuso, 
que lo pasaste sin desgracia alguna. 

Ya la azada ó la hoz poco repuna 
al andante ejercicio, ya está en uso 
la llaneza escudera con que acuso ' 
al soberbio que intenta hollar la luna. 

Envidio á tu jumento y á tu nombre, 
y á tus alforjas igualmente envidio, 
que mostraron tu cuerda providencia. 

Salve otra vez, ¡ oh Sancho, tan buen hombre, 
que á solo tú nuestro español Ovidio ^ 
con buzcorona te hace reverencia^ 



i. La voz escudera está usada como 
adjetivo, y no lo es. Hubiera podido 
decirse : 

La escuderil llaneza con que acuso. 

2. A solo tú, combinacitJh intole- 
rable, porque lo es el régimen d tú: y 
tanto más, cuanto más fácil era ha- 
berlo evitado, diciendo : 

Que solo áti nuestro Cipañol Ovidio. 

Cervantes se dio á sí mismo el nombre 
de Ovidio español, porque á la manera 
que el latino describió las transforma- 
ciones de los héroes y personajes de la 
fábula, él describió las que se forjaron 
en la desvariada imaginación de D. Qui- 
jote, como las de ventas y aceñas en cas- 
tillos, de molinos de viento en gigantes 
y de rebaños en ejércitos. Este pen- 
samiento es de Pellicer; y el mismo 
Cervantes introduce en la segunda parte 
del Quijote un escritor (pie estaba 
componiendo un libro con el titulo de 
Metamorfoseos ú Ovidio español, porque 
en él, imitando á Ovidio á lo burlesco, 
se pintaba quién habla sido la Giralda 
de Sevilla, el Ángel de la Magilalena, 
la fuente de la Priora y del Piojo, 
dando origen elevado y misterioso á 
objetos vulgares, (r,) 

3. Dice D. Sebastián de Covarrubias 
ea su Tesoro de la lengua castellana., 



que el Buz es el beso de reverencia y 
reconocimiento que da uno á otro, y 
e7itre otras monerías que la mona hace 
es el buz. lomando la mano y besándola 
con mucho tiento... y luego poniéndola 
sobre la cabeza. 

//ííce>-e¿ />«í equivale á obsequiar ó 
festejar, y asi decia un andaluz a una 
dama en el Romancero general de 
Pedro de Flores (a) : 

Adiós, que es pran molimiento 
Vivir haciéndole el buz. 

En una composición de D. Antonio de 
Solís dice la Luna á Apolo, disputando 
sobre el patronazgo délos poetas : 

Aquellos rayos, señor. 
Con que me hacías el buz. 
Ya no son rayos de luz. 
Sino rayos de dolor. 

Y Villaviciosa, en el prólogo de la 
Mosquea, hablando con el lector, le 
dice: 

Y bien sé que el día de hoy 

Es grave y pesada cruz 

Hacerte, íector, el buz. 

(a) Parte 5.', fol. 12Í. 

(t|) Esla frraciosa burla de Cervantes puede 
aplicarse a ciertos fervorosos cervautistri» 
que, como el seüorBenju mea y otros ciento. han 
querido hallar en las páginas del Quijote toda 
clase de símbolos y misteriosas representa- 
ciones. (M. de T.) 



M, I.llUH) HK I), lUnJOTK DK I..\ MANCHA 



LIX 



DliL donoso', rOICTA KNTREVEHADO^ 
A SAriCllO PANZA Y IKICINANTE 

Soy Sancho Panza escude- 
dc.l Manrlicgo Don Quijo- 
puse pies en polvoro- 
por vivir á lo discre- 

Que el Tácito Villiidie- 
toda su razón de csta- 
cifró en una retira- 
según siente Celesti- 
libro en mi opiniíui divi- 2 
si encubriera tnás lo huma- '* 



Pero señalndaniente el buz se aplica á 
las monas, como se ve en la cotnedia 
del Hufián dichoso (de Cervantes), 
donde encarda Fr. Antonio ;i uno (¡ue 
partía de Méjico para España que salu- 
dase a cierta persona : 

Encájele un besapiés 
De mi pai'te y otros diis 
Buces, á modo de mona. 

En la Gran Conquista de Ultramar ia) 
sé ciienta que junto á la corte del rey 
Gorval.ín, un lobo se llevó atravesado 
eti la boca á un infante, sobrino dfel 
rey, y huyó por montes y barrancos. 
Perseguíale el conde Ilarpín á caballo : 
pero ho pudiera quitalde el niño, ni 
aun alcanzarlo, si no hubiera salido de 
través un jjimio muy grande y viejo, 
que, agradado del niño, se lo quitó) al 
lobo. E desque tovo al niño, dice la 
historia, pzo del buz al lobo por eacar- 
7iio, como el gimió sabe facer, é fuese 
huyendo por el monte uniy alegre. 
Siendo esto así, no es de extrañar que 
el buz lleve también alguna mezcla de 
burla, como indica Onndalín en su 
soneto. La añadidura de corona al buz, 
puede tener conexión con lo que dice 
Covarrubias de tomar las monas la 
riaano, besarla y ponerla sobre la co- 
rona ó coronilla de la cabeza. Por esta 
adición sfibrentendida de corona se con- 
vertiría el buz ma'^culiho en btiz feme- 
nino, cuando despidiéndose Estebanillo 
González de una daifa, le decía (b) : 

(a) Lib. 2, cap. CCLV. — (6) Parte 2.', 
cap. IV, 



1. Si fueron obscuros los vtei*sos de 
Urganda, no lo son menos los del 
Donoso. Se da á entender, según pa- 
rece, que Sancho, siguiendo la autori- 
dad del gran político Villadiego y de la 
madre Celestina, se retiró discreta- 
mente del servicio de D. Quijote; pero 
no fué así (0). Lejos de abandonarle eu 
vida, al tiempo de su muerte le exhor- 
taba á salir al campo, ofreciéndole su 
compañía para la vida pastoril que 
había proyectado. Prescindo de la im- 
propiedad con que se pone eü boca de 
Sancho la mención de Tácito, la opi- 
nión que había formado de la Celestina 
y la raz'jn en que la fundaba. 

Dice Sancho que puso pies eh polvo- 
rosa, que es lá calle en el idioma ger- 
manesco de los rufianes. Poner pies 
en polvorosa equivale á escapar, huir, 
y se hall'i ya en la colección anónima 
de refranes que se imprimió en Zara- 
goza el año de 1.^)49. Én la misma se 
halla también lo de coger \a.'^ calzas de 
Villadiego, y aun antes, en la antigua 
tragicomedia de la Celestina. A esto 
aluden los versos del Donoso. 



Sólo estoy arrepentido 
be que te íiice la buz. 



(0) Clemencín no tuvo presente que entre 
la publicación de la I'' y '2' parte del Quijoie 
mediaron muchos años y que casj sfes:úra- 
ramente debió cambiai- Cervantes de idea en 
Olíanlo al desenlace de la obra. A esto ?e 
agrega que otros críticos interpretan de dis- 
tinto modo los citados versos. 



(M. de T.) 



LX 



DON QUIJOTE DE I,A MANCHA 



2. La Celestina ó Tragicomedia de 
Calixto y Melibea es un iJrauí.i pro- 
saico (t) escrito en el siglo xv, cuyo ar- 
gumento es ia seducción de Melibea por 
Calixto, auxiliado por la vieja hechi- 
cera y alcahueta Celestina, que finaliza 
en que Melibea se arroja despechada de 
una lorre .i vista de su padre. El prin- 
cipio del drama se atribuye á Rodrigo 
Cota, toledano, y lo siguiente lo escri- 
bió Fernando de Hojas, natural de la 
Puebla de Montalván. El autor del Diá- 
logo de las lenguas, critico sabio que 
üoreció en el reinado de Carlos V; 
dijo de la Celestina, que ningún liljro 
había escrito en castellano, donde la 
lengtia estuviese más nal lira I, mus propia 
nimás elegante. Se imprimió por prime- 
ra vez en Salamanca el año de 1500 (x), y 
en todo el siglo xvi y principios del xvii 
se reimprimió muchas veces dentro y 
fuera de España. D. Leandro Moratiu 
en sus Orígenes del teatro espanol da 
noticia de ventiuna ediciones hechas 
en aquel tiempo, y probablemente no 
las conoció todas. En la misma centu- 
ria XVI se hicieron tres traducciones 
francesas de la Celestina: una de ellas, 
que es anónima y se imprimió en 
París el año 1527, se hizo, no del texto 
español, sino de otra traducción ita- 
liana. D. Pedro Manuel de L'rrea, hijo 
de los condes de Aramia, su pariente 
D. Jerónimo Jiménez de Urrea y Juan 
Sedeño, la pusieron en verso, y Feli- 
ciano de Silva escribió la Segunda 
Celestina ó la Resurrección de Celes- 
tina, impresa, según Pellicer(a), en 
Venecia el año de 1536. D. Tomás Ta- 
mayo de Vargas, en su Biblioteca espa- 
ñola (manuscrito que existe en la 
Biblioteca Real de Madrid) citó la ter- 
cera parte de la tragicomedia de la 
Ce/es/íHa,compuest;i por Caspnr Gómez 
de Toledo é impresa en esta ciudad el 
año de 1339. La lectura de la Celestina 

(a) Bistrionismo, t. I. 

(i) Tragedia prosaica es impropio. Debió 
decir Traifedia en prosa. Clemencín tan quis- 
quilloso en materia de lengua para censurar 
a Cervantes, no suele ser muy esmerado en 
la elección de sus términos. ' (M. de T.) 

(x) Según las eruditas investigaciones de 
Menéndez Pelayo y otros críticos, 1 1 edición 
príncipe (de la "que no exi.ste ningún ejem- 
plar) fué anterior á esta fecha y debió impri- 
mirse en Toledo. Kn cuanto a sus autores, 
sólo consta de un modo cierto la paternidad 
de Rojas para la 2.* parte de la olira. 

(M. de T.) 



era entonces tan general, como lo fué 
después la del QtuoTK del que puede 
decirse que le sucedió en el principado 
de la popularidad; puesto que después 
de su publicación apenas se imprimió 
una ú otra muy rara vez la Celestina. 

3. El objeto moral de la tragicome- 
dia Ae Celestina es precaver á la juven- 
tud de los artificios y engaños de las 
malas mujeres. El mismo objeto se 
había propuesto el Hachiller Alfonso 
Martínez, arcipreste de Talavera y 
capellán del rey D. Ju.in el I! de Cas- 
tilla, en su obra intitulada Tratado 
contraías mujeres, á la que se dio pos- 
teriormente el nombre de Corbachcpor 
la semejanza de su asunto con otra 
anterior del célebre italiano Juan Boca- 
cio, que lleva este titulo. De la del 
arcipreste se hicieron tres ediciones, 
una en Burgos el año de 149'J, otra en 
Toledo el de 1518, y otra en Sevilla el 
de 1547. 

Dice Cervantes que la tragicomedia 
de \ii Celestina seria, un libro divino si 
encubriera más lo humano, esto es, 
si no pusiera á la vista y tan á las cla- 
ras las escenas que realmente pasan en 
el mundo; pero cuya pintura, siendo 
tan viva y desnuda, puede perjudicar á 
las costumbres de los lectores. AUi se 
ven los extravíos de la juventud y los 
medios de corromper la inocencia con 
el auxilio de una mala vieja, que em- 
plea toda clase de artificios, inclusos los 
supersticiosos de la hechicería, para 
conseguir su depravado intento, por lo 
que, no sin oportunidad y gracia, el 
maestro Alejo Vanegas. lamentando 
los males que producía semejante lec- 
tura, en vez de Celestina la llama Sce- 
lestina \a). Quedaron en proverbio los 
Pairos de la Muiré Celestina (aJ. y se 
profanó el respetable y dulce nombre de 
Madre, que se dio en adelante á las 
alcahuetas, como la .Wat/re Labrusca en 
el Gran Tacaño de Quevedo (6), donde 
también se citan como famosas la 
Madre Guía en .Madrid, la Vidaña en 
Alcalá y la Planosaen Burgos. Quevedo, 
con su chocarrería ordinaria, decía que 
hay madres de putas como hay padres 
de locos. 

(a) Tratado de ortog., parí 2.', cap. III. 
(6) Cap. XV. 

().) La popularidad de esta obra ha sido 
tal que la palabra celestina figura hoy en el 
Diccionario de la Academia como sinónimo 
de alca/iuela. (M. de T.) 



AL LIBRO DK I). QII.IOIE DE LA MANCHA LXI 

Á KOCINANTE 

Soy Rocinante el famo- 
biznielo del gran Habie- 
por pecados dn llaqiie- 
fui á poder de Don Quijo- 
Parejas corrí á lo lio- 
rnas por uña de caba- 
no se me escapó ceba- 
que esto saqué á Lazari- 
cuando para hurtar el vi- 
al ciego le di la pa- ^ 

ORLANDO FURIOSO Á D. OUJJOTE DE LA MANCHA 



Si no eres Par, tampoco le has tenido, 2 
que Par pudieras ser entre mil Pares, 
ni puede haberle donde tú te hallares, 
invicto vencedor, jamás vencido. 

Orlando soj'. Quijote, que perdido 
por Angélica vi remotos mares, 
ofreciendo á la fama en sus altares 
aquel valor que respetó el olvido. 

No puedo ser tu igual, que este decoro 
se debe á tus proezas y ú tu fama, 
puesto que, como yo, perdiste el seso. 

Mas serlo has mío, si al soberbio Moro 
y Cita fiero domas, que hoy nos llama 
iguales en amor con mal suceso. 

EL CABALLERO DEL FEBO Á D. QUIJOTE DE LA MANCHA 

SONETO 

A vuestra espada no igualó la mía, 
Febo español, curioso cortesano, 
ni á la alta gloria de valor mi mano, 
que rayo fué do nace y muere el día. 

1. Alusión al pasaje del Lazarillo de amo el ciego que tenía nsido el jarro, 

Tormes (fx), cuando hurtó di vino á su chupándolo por medio de una paja lar- 
ga. Por lo dem.is, esta redondilla es tan 

(n) Estos versos demuestran la gran po- obscura y tan mal compaginada como 

pularidad que gozaban las Are/iíi/raíde¿¿a;a- la anterior. Parece que liocinante se 

rillo de Tormes. cn^B. primera edición se hizo jacta de que tomo para si la cebada y 

en Burgos por Juan Junta en l.w.. El eru- fiejó para otros la paja. Es menester 

ditohispanofiloseuorMoielFatio.en su libro confesar míe el nnpta pntrpvprndn nn 

Et>ides nur rEspanne (ISüü;, consagra intere- coniesar que ei poeta enireveraao no 

sanies estudios a esta novela, atribuida á sobresalía por el don de la claridad. 

Hurtado de Mendoza. De este trabajo sol se 2. Juega con el doble sentido de la 

deduce que el libro en cuestión debió ser palabra Pai\ que unas veces significa 

escrito por alguno de los escritores que mili- iqual, otras se da á los Pares de Fran- 

taron en el campo de los hermanos Valdes. ¿^^ _ £1 soneto es inintelieible y malo 

La palabra ¿ararií/o se ha incorporado, como Hp vpras 

celestina, al caudal de nuestra lengua. "'^ veid&. 
(Al. de T.) 



LXIl 



noN QIMJOTK DK I. A MANCHA 

Imperios despreció, y la iponarquia 
(|iie me ofreció el Oriente rojo en vano, 
dejé, por ver el rostro soberano 
de Claridiana '. aurora liermosa mía. 

Amela por niilaj^ro único y raro, 
y ausente en su desgracia, el propio infierno 
temió mi brazo, que domo su rabia. 

Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro, 
por Dulcinea sois al mundo eterno, 
y ella por vos famosa, honesta y sabia. 



I)E SOLISDAN - A D. QUIJOTE DE LA MANCHA 
SONETO 



Maguer, señor Quijote, que sandeces 
vos tengan el cerbelo derrumbado, 
nunca seréis de alguno reprochado 
por hombre de obras viles y soeces. 

Serán vuesas l'azañas los jueces, 
pues tuertos desfaciendo habéis andado, 
siendo vegadas mil apaleado 
por follones cautivos y raheces. 

Y si la vuesa Uncía Dulcinea 
desaguisado contra vos comete, 
ni á vuesas cuitas iDuestra buen talante, 
en tal desmán vueso conorte sea 
que Sancho Panza fué mal alcahuete, 
necio él, dura ella, y vos no auiante. 



l.La princesa Claridiana, hija del em- 
perador de Trapisonda y de la reina de 
las Amazonas, personaje principal de 
la historia del Caballero del Febo. 

2. No encuentro semejante nombre 
en los libros caballerescos (v), y asi lo 

(v) Mas afortunado que Clemencín y que 
todos los cervantistas y cervantótilos liábidos 
hasta el día, ha resuelto este difícil pro- 
blema el señor Pablo Groussac, hombre de 
profundo entendimiento y vasto saber, a 
quien los azares de la vida llevaron en su 
mocedad, desde su país natal Francia, á la 
República Argentina, donde es muy estimado 
y donde desempeña el carjio de jefe de la 
Biblioteca nacional. Después de estudiar en 
8U trabajo Un Énigni't íiíít'í-a/rf el paralelismo 
que existe entre ios personajes que tirman 
las composiciones laudatorias aquí insertas, 
deduce que Solisdán es siuiplemente .ana- 
grama de Lassindo, escudero de Bruneo de 
Bonamar. (M. de T.) 



considero invención de Cervantes, que 
quiso poner en su boca este soueto de 
lenguaje viejo y anticuado. La palabra 
ratieces que en él se encuentra, se usa 
en el Fuero juzgo y otros libros anti- 
guos, y significa despreciables, de poco 
valor. Caliíicación que puede aplicarse 
á las composiciones poéticas puestas al 
principio del Qlijotk, las cuales, por 
lo cautivan y raheces pudieran sugerir, 
no sin algún fundamento, la sospecha 
de que Cervantes quiso remedar en 
ellas al vivo los elogios métricos de los 
amigos del autor impresos con los 
libros, como arriba se dijo, indicando 
que generalmente eran exagorados, 
obscuros y malos. — A ío mismo pa- 
rece que se dirige el siguiente diálogo 
entre Babieca y Rocinante; no pudo 
ridiculizarse más la manía de poner al 
frente de los libros esl^ clase de elogios, 
que suponiendo bestias á sus autores. 



At. I, limo di: d. oii.khI': i>i: i. a maní. ha 



I)lAt,()GO ENTHi: B.MílKCA Y HOCINANTK 



n. ;.C¡('imo osláis, Rocinante, tan delfíado? 
/(. Porque nunca so come y se trabaja. 
/}. ¿Pues qué es de la cebada y de la puja? 
/{. Ño me deja mi amo ni un bocado. 
Ji. Anda, señor, que estáis muy mal criado, 

pues vuestra lengua de asno ai amo ultraja. 
H. .\sno sé (p) es de la cuna á la mortaja. 

/.Queróislo ver? jMiradio enamorado. 
¡i. ;,Es necedad amar? — /í. No es gran prudencia. 
li. Metaiísico estáis. — /í. Es ([ue no como. 
H. Quejaos de) escudero. — /í. No es bastante. 
¿ Cómo me be de quejar en mi dolencia, 

si el amo y escudero ó mayordomo, 

son tan rocines como Rocinante? 



(o) Es un error acentuar, como lo hace Debe escribirse ■i'- es. del mismo modo que 
Clemencín siguiendo á la Academia, el pro- se escribe, se cuenta, se uive, etc. 
nombre se, como si fuera persona de saber. (M. de T.) 



PRIMERA PARTE 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



CAPITULO PRIMERO 



QUE TRATA DE LA CONDICIÓN Y EJERCICIO DEL FAMOSO HIDALGO 
D. OUUOTE DE LA MANCHA 



En un lugar de la Mancha de cuyo nombre ^ no quiero acor- 
darme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza 



1. Cervantes no nombró este lugar 
pero no se duda que es Argamasilla de 
Alba, pueblo del priorato de San Juan, 
en la Mancha, cuatro leguas á poniente 
de Manzanares. Asi lo prueban la cons- 
tante creencia del país, el testimonio 
de Alonso Fernández de Avellaneda, 
émulo de Cervantes, autor de la su- 
puesta continuación del Quijote, y los 
versos burlescos con que al fin de la 
primera parte se ridiculizó, bajo nom- 
bres fingidos, á los académicos de Ar- 
gamasilla. Según las tradiciones popu- 
lares, de que hacen mención D. Juan 
Antonio Pellicer y D. Martín Fernández 
Navarrete en las vidas que escribieron 
de nuestro autor, éste pasó comisio- 
nado judicialmente para ciertas cobran- 
zas á Argamasilla, y la justicia, lejos 
de auxiliarle para el cumplimiento de 
su encargo, lo puso en la cárcel pú- 



blica (a), donde concibió la idea de su 
libro. Véase por lo que no quería Cer- 
vantes acordarse del nombre del lugar, 
y por lo que dijo en el prólogo que 
su Quijote se había engendrado en una 
cárcel; cuya ociosidad, junto con el 
despecho producido por este y otros 
maloc tratamientos que experimentó 
Cervantes de parte de los manchegos, 
hubo de sugerirle la ingeniosa venganza 
á que se debe la inmortal fábula del 

QUUOTK. 

Había y hay otra Argamasilla, ape- 

(a) Ya queda dicho en la nota que la 
leyenda de Argamasilla no tiene funda- 
mento. Sólo añadiré que en dicho pueblo 
no hubo cárcel en vida de Cervantes. Como 
dijo el señor Asensio. la biografía de Cer- 
vantes e.itn por escribir; pues la crítica va 
reconstruyendo las nebulosas etapas de su 
agitada existencia. (M. de T.j 

1 



2 DON QUI.IOTE DE I.\ MANCHA 

en astillero', adarga antigua, rocín ílcico y galgo corredor-. 
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, 
duelos y quebrantos los sábados 3, lentejas los viernes, algún 
palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes de 
su hacienda''. El resto della concluían sayo de belarte, calzas de 



nidada de Calatrava. La de Alba se 
llamó así, porque la fundó, por los 
años de 1530 D. Diego de Toledo, Gran 
Prior de San Juan, de la familia y casa 
de los Duques de Alba, quien trasladó 
la población á aquel sitio por la insa- 
lubridad del que antes tenia. Sin em- 
bargo, continuaron haciéndola enfer- 
miza las inundaciones del Guadiana, 
que pasa por su término, y los vapores 
de un caz lomado del río, que atrave- 
saba el pueblo. 

Argamasilla de Alba y el Toboso 
fueron las patrias de los principales 
personajes de la fábula, y los objetos 
del festivo humor de Cervantes. A su 
tiempo diremos los motivos que pu- 
dieron influir en la elección del To- 
boso, asi como aqui se han indicado 
los relativos á la de Argamasilla. 

1. Ya desde tiempo de los Reyes Ca- 
tólicos reinábala máxima de que abun- 
dasen por todas partes las armas ; y 
esto de tenerlas á la vista y en los por- 
tales de las casas debió ser usanza 
común, puesto que el obispo de Mondo- 
ñedo, D. Antonio de Guevara, cro- 
nista y predicador de Carlos V, en su 
libro del Menosprecio ele la Cor-te (a), 
describiendo el ajuar de un hidalgo de 
aldea, cuenta una lanza tras de la 
puerta, un rocín en el establo y una 
adarga en la cámara. Las tres cir- 
cunstancias que se verificaban en Don 
Quijote. 

Astillero viene del latino hasta o 
lanza, porque era una armazón ó per- 
cha de madera en que se colocaban las 
lanzas, y solía servir de adorno y au- 
toridad en los portales de las casas. 
Ahora se usa para colocar los fusiles 
en las casas donde asisten soldados de 
guardia. 

2. Los llanos de la Mancha propor- 
cionan á sus naturales la diversión de 
correr liebres, género de caza á (lue son 
muy inclinados, y en que el rocín y el 
galgo son requisitos esenciales. Dicen 
que los latinos llamaron á los galgos 

(«) Cap. VII. 



perros gálicos ó de las Gallas, y de 
aquí les vino, al parecer, el nombre de 
galgos. 

3. Nota Cervantes la mezquindad 
con que los hidalgos manchegos, apro- 
vechando los restos de la carne de la 
comida, los convertían en salpicón para 
la cena. Salpicón se dijo, como carne 
picada con sal. Asimismo, cuando se 
morían ó desgraciaban por cualquier 
accidente las ovejas, acecinaban la 
carne para los usos domésticos, y 
aprovechaban las extremidades y aun 
los huesos quebrantados, de lo cual 
hacían olla, llamándola, segi'm Pellicer, 
duelos y quebrantos ; duelos, por el que 
indicaban del dueño del ganado, y que- 
brantos, por el de los huesos de las 
reses(fi). 

Esta clase de olla, como menos sus- 
tanciosa y agradable, se permitía comer 
ios sábados en España, donde con mo- 
tivo de la victoria de las Navas, ganada 
por el Rey Don Alonso el VIH contra los 
moros el año de 1212, se instituyó la 
fiesta del Triunfo de la Santa Cruz, y 
se hizo voto de abstinencia de carnes 
los sábados. Así lo refiere Diego Ro- 
dríguez de .\lmela, capellán de los 
Reyes Católicos, en el Valerio de las 
/listorias escolásticas (a;. Duró esta 
costumbre hasta mediados del si- 
glo XVIII, en que la abolió el Papa Bene- 
dicto XIV. 

4. Son las tres cuartas partes, aun- 
que familiarmente suele no expre- 
sarse. 

(a)Lib.I, tit. iv.cap. VII. 

(3) Mucho se ha escrito acerca de los fa- 
mosos (luidos y t/uebrantos ; pero á pesar de 
ias ingeniosas suposiciones de Pellicer, 
aceptadas por la Academia y Clemencin, 
venimos á parar en que 

de lo dicho no bay nada. 

El señor Corlejón, que estudia el asunto 
en erudita nota, dice en resumen : « Queda, 
pues, sub.'istente la duda de lo que deba 
entenderse por duelos y ¡¡uebranloi. » 

M. de T.) 



i-iiiMi:n\ i'Airn:. — caimtiií^o pniMF.no é( 

belludo pnrn las lioslns ron sus pantuflos (1<; lo mismo, y los días 
(le caire s(Miiana se hoiu-aha con su belloií ' de lo más (¡no. 'i'enía 
en su casa una ama tío pasaba de los cuarenta, y una sobrina 
que no llegaba á los veinte, y un mozo de campo y plaza -, 
que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la 
edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años : era de com- 
ple.viÓD recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador 
y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre 
de Quijada ó Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los 
autores que dcste caso escriben)-', aunque por conjeturas vero- 
símiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto im- 
porta poco á nuestro cuento : basta que en la narración del no 
se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobre- 
dicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del 
año), .se daba á leer libros de caballería con tanta afición y gusto, 
que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la 
administración de su hacienda ; y llegó á tanto su curiosidad y de- 
satino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembra- 



1. El sayo de D. Quijote era del 
mismo paño que usaba en sus sobre- 
todos el condestable D. xilvarode Luna. 
El bachiller Fernán Gómez de Cibdad 
Ueal escribía al Rey tí. Juan el 11, que 
estando tí. Alvaro sobre Alburquerque, 
dio á un mensajero que le trajo una noti- 
cia agradable, el snbrecapote que tenía, 
que era de fino helarle con seis tiras 
de belludo pardo (a). En otros pasajes 
de las cartas del mismo bachiller (y) 
se hace mención, entre otras telas, del 
medio belludo y del helarle morisco. 
Andando el tiempo, las mujeres usaban 
todavía de helarte para bus mantos á 
principios del reinado de Felipe 11, se- 
s.\in Luis Cabrera en la historia de este 
ÍP*ríncipe (6) ; pero ya en los días de 
Cervantes, después de introducidos los 
limistes y veintecuatrenos de Segovia, 
estaba reducido el helarte al uso de 
los hidalgos de pueblos cortos. 

(a) Centón epistolar, epístola XXXVII. — 
(6) Lib. I, cap. IX. 

(r) Desgraciadamente para los eruditos 
que hacían gran caudal del Centón episto- 
lario, el ilustre colombiano don Rufino José 
Cuervo, en el prólogo de su monumental 
lliccionario de construcción y ré(/imen y el 
erudito acadóniico señor Cotarelo y Morí han 
demostrado que no existió tal BachílliM- y 
que el tal Centón es una superchería. 

(M. do T.'i 



Las calzas eran lo que ahora llama- 
mos calzón largo ó pantalones, como 
llamamos también medias á las medias 
calzas, las cuales cubríanlas piernas sin 
el muslo : las calzas hacían el olido de 
calzones y medias. El nombre de bellu- 
do se daJja al terciopelo y á la felpa, 
aparentemente, por el vello que tienen 
estas telas. Pantuflos, calzado hol- 
gado, propio de gente anciana y grave, 
dice D. Sebastián de Covarrubias en su 
Tesoro de la lengua castellana. El be- 
llori era paño entrefino de color de la 
lana, pero de calidad inferior á la del 
helarte. 

2. Nunca vuelve á mencionarse este 
mozo, y, por consiguiente, es un ver- 
dadero ripio en la fábula, como lo sería 
entre los personajes de la comedia el 
que ningún papel hiciese en ella. 

3. Empieza Cervantes á dar afectada 
antigüedad á las cosas de D Quijote, 
hablando de ellas como si el progreso 
de los tiempos y la variedad de los 
escritores hubieran podido dar lugar 
á dudas y opiniones diversas. Mas esto 
no viene bien con los sucesos modernos 
y aun coetáneos de Cervantes, de que 
se hace mención en el Ixcknioso Hi- 
dalgo; punto que dará materia á otras 
observaciones en el discurso de estas 
notas. 



4 DON QUIJOTE DE I.A MANCHA 

dura para comprar libros de caballerías que leer, y así llevó á su 
casa todos cuantos pudo haber dellos : y de todos ningunos le pa- 
recían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de 
Silva ; porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas ra- 
zones suyas le parecían de perlas : y más cuando llegaba á leer 
aquellos requiebros y cartas de desafíos donde en muchas partes 
hallaba escrito : la razón de la sinrazón que á mi razón se hace ', 



1. El célebre Don Die^'O Hurtado de 
Mendoza, autor de la Guerra de loa mo- 
riscos de Granada, había precedido á 
Cervantes en la censura clel estilo de 
Feliciano de Silva. En las cartas del 
bachiller de Arcadia, papel que anda 
manuscrito en manos de los curiosos, 
« ¿ Pareceos, amigo, dice, hablando con 
Pedro de Sala/ar, autor de una Historia 
de la guerra que el Emperador Carlos V 
hizo á los protestantes de Alemania; 
pareceos, amigo, que sadré yo hacer un 
medio libro de D. Florisel de Niquea, y 
que sabría ir por aquel estilo de alfor- 
jas que parece, este es el gato que mató 
al rato, y que sabría decir : la razón de 
la razón que es sinrazón, que por razón 
de ser vuestro, tengo para alabar vues- 
tro libro ? ^Wía /"e, hermano Salazar, todo 
está en ventura... ¿ Veis ahí ú Feliciano 
de Silva, que en toda su vida salió más 
lejos que de Ciudad-Rodrigo rí Valla- 
dolid, y ha andado siempre entre Da- 
raya y Garaya metido, é la Torre del 
Universo, donde tuvo encantado, se- 
gún dice .s!¿ libro, diez y siete años á 
Dios Padre '! Con lodo eso tuvo de comer 
y aun de cenar : y vos que habéis an- 
dado, visto y peleado, servido, escripia 
y hablado más que todo el ejército junto 
que envii'i el Emperador á esa guerra, 
no tenéis ni aun de almorzar. » 

Keliciano de Silva, natural de Ciudad- 
Rodrigo, escribii» la Crónica de lostnuy 
valientes caballeros D. Florisel de 
Siquea y el fuerte Anaxartes, que, según 
se deduce de las expresiones de D. Diego 
de Mendoza, hubo de producir .1 su 
autor utilidades de consideración, ;í 
pesar de sus disparates. Cervantes en 
el presente pasaje aludió á varios de 
la tercera parte de la Crónica de D. Flo- 
risel, como el del capítulo 1 1, donde 
dice la Reina Sidonia, hablando con su 
rival Elena : .' Oh amor! ¿para qué me 
quejo de tus sinrazones, pues más fuerza 
en ti la sinrazón tiene que la razón ?... 
; 0/í Elena! ¿ y qué fué la razón que 
gozases tú de mi gloria sino la poca que 



en amores hay ? ¡ Oh ! que quiero dar 
fin á mis razones por la sinrazón que 
hago de que jarme .En el capítulo VI, decía 
la Princesa Elena á la Emperatriz Ni- 
quea : por la misma razón .ñntiera la 
vuestra grandeza la sinr&zón qite de 7ni 
parte no conocéis. Y más abajo: Jio se 
hable más de esto, dijo el Emperador, 
pues que en la razón de amor, las sinra- 
zones. se toman por más razón(í). En otro 
lugar, congratulándose Amadísde Gre- 
cia por la vista de Niquea, á quien juz- 
gaba nuierta, contesta Niquea entre 
otras lindezas: / Oh mi señor! ¿ Cómo 
demandáis respuesta á vuestras razones, 
pues la razón con que ellas salen, os dan 
la razi'm de quien las dice C«)? 

Este ovillejo de razón y sinrazón, que 
ridiculizaron Mendoza y Cervantes, es 
un ejemplo de los infinitos que ofrece 
del mismo género la Crónica de D. Flo- 
risel. — / Ay ! que veo tanto, que con lo 
mucho que veo no me veo: asi decía Da- 
raidahablando con la Princesa Diana (6). 
¿ Estáis cansado? dijo ella. De pensar 
como no canso, dijo él ; mas no hay can- 
sancio, que con el cansancio de tal 
pensamiento notóme descanso (c). Y en 
otro lugnr Id] : el fuego de Lúcela me 
abrasa, templando su fuerza con la 
fuerza de mayor fuerza que lo muerte 
de mi Xiquea me hace. ¡ Oh muerte ! 
decía otra vez Daraida [e). ;, y para qué 
me tornas la vida '! ¡ Oh vula ! ;. por 
qué me niegas la muerte! ¡ Oh amor! 
;, por qué usas de desa mor ? ¡Oh desamor ! 
¿por qué te llamas amor"!... ¡ Ay de 
mi ! que cosa no quiero, que no me la 
niegue el quererlo : cosa no quiero, que 
el querer no me la otorgue. .Mofándose 
Fraudador de los Ardides íun encan- 

(o) Cap. LXXVIII. — (6) Cap. XX. — 
(c) Cap. XXVII. — (rf) Cap. XLIII. — 
(e) Cap. CVII. 

(S) Eslo trae á la memoria la hermosa y 
conocida frase de Pascal : • Le canir a de» 
raisons que la raison ne connutt pos ». 

(M. do T.) 



I>HlMKn\ l'ARTE. CAPITULO PRIMERO 5 

de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me qvt'jo de la 
vuestra fi'rniosnrn. \ laiiil)i(''ii cujiucIü k'í;i : los altos cielos que de 
vuestra dioinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os 
hacen merecedora del merecitniento que merce la vuestra grandeza. 
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase 
por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni 
las entendiera el mismo Arist(')teles, si resucitara [)ara sólo ello. No 
estaba muy bien con las licridas que D. lielianís daba y i-ecibía. 
porque se imag^inaba (jue por grandes maestros que le hubiesen 
curado ^ no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de 



tador) de dos doncellas que por ení,'año 
suyo quedaron atolladas al pasar un 
rio, les decía (aV- d la frescura de la ri- 
bera podéis cherriar cuando venga la 
7nañana... E si non quisierdes seriir de 
aves de campo, serviréis de aves de río, 
y tan de rio, que me rio. 

Estos juguetes de mal gusto no eran 
sólo de Keliciano de Silva, sino también 
de otros autores de su tiempo, y espe- 
cialm> nte de los poetas. En la comyío- 
sición de Francisco de la Fuente, que 
se incluyó en el Cancionero general de 
Sevilla del año 1540 (1)., se lee: 

/■.4¡ que no hai amor sin ai.' 
¡Ai que el ai tanto me duele, 
que muero por ver si hai 
algún (ti que mi ahi encele ! 

En un romance morisco de la Colec- 
ción de Pedro de Flores (c) : 

A un balcón de un chapitel 
el más alto de su torre... 
estaban dos damas moras 
en suma beldad conformes : 
suma que es suma en quien suma 
mil sumas (le corazones. 

Muestra es de lo mismo el pasaje del 
moro Arbolan enlapropiaCoZecc¿07i(d) : 

Busca el gallardo Arbolan 
su bella mora Guahala. 
mora que en su pecho mora, 
mora que enamora y mata. 
Viola con su mora Álcida 
de pedios á una ventana, 
pedios á quien paga pecho 
el que los pec/io.s abrasa. 
Conoce eii ella de lejos 
Serena frente y bonanza. 
friiiile que puertas enfrente 
no es mucho afrente mil almas. 
El moro se regocija 
con vista tan dulce y grata, 
vista que vista condena 
en vista y revista el alma, (e) 

ín) Cap. LXXXIX. - (h) Fol. 103. — (c) 
Parte III, f. ü4. — [d] Parte II, f. 57. 



Es circunstancia reparable que Feli- 
ciano de Silva dedici'i su Crónico de 
L>. Florisel iX) al Duque de Bcjar. bisa- 
buelo del otro Duque de Béjar, á quir-n 
Cervantes dedicó su Qluoie. 

1. Tanto en los libros de caballerías 
como en nuestras antiguas crónicas, es 
frecuente dar el nombre de maestros á 
los cirujanos y médicos, en cuya sig- 
nificación usó de esta palabra Juan 
Lorenzo, autor del antiguo Poema de Ale- 
jandro, escrito, según conjeturas vero- 
símiles, á mediados del siíílo xiu '(i\. 
Lo mismo significaba maestro en la 
lengua antigua francesa 'b^. En la 
relación t'jl Paso honroso de Suero de 
Quiñones, función cn_balleresca que se 
celebró á orillas del Úrbigoel año 1434, 

(a) Copla leot. — {b) Ducangc, art. Magister. 

(t) En las notas de mi traducción de la 
Historia de la literatura frnncexa de Clare- 
tie, publicada por la casa OUendorf (tomo I, 
pág. 270). digo acerca de esto : 

« También en España reinó por largo 
tiempo esta plaga poética que tantos estra- 
gos produjo en el gusto literario. Para con- 
vencerse de ello basta echar una ojeada al 
Arte poética española de Diaz Rengifo. publi- 
cada con fenomenales aumentos, á principios 
del siglo xvni, por el catalán Jo~eph Vicens 
y mencionada por Menéndez Pelayo en su 
'Historia de las irleas estéticas. En dicha obra, 
" se discurre sobre los romances en ecos, los 
anagramas, los sonetos en tres lenr/uas, los 
acrósticos, las ensaladas, los laberintos, que 
se leen de cincuenta maneras, el poema mwio, 
el poema cúhico y otras composiciones rarcLs 
y dificultosas, pero de mucho contento». Cn 
escritor contemporáneo, el señor Carbonero 
y Sol. ha publicado hace pocos años un cu- 
rioso libro en que se hallan recopilados todos 
estos esfuerzos del ingenio. » (M. de T.) 

{;) El lib:o á que se refiere Clemencin es 
la tercera parte de la Crónica de don Florisel, 
impresa en Salamanca v Sevilla en el año 
de 1.^.51. ■ (M. de T.) 



') DON yriJOTí; de la mancha 

cicatrices y señales^. Pero con todo, alababa en su autor aquel 
acabar su libro "■'con la promesa de aquella inacabable aventura, 
y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin^^al pie 
de la letra,") como allí se promete : y sin duda alguna lo hiciera y 
aun saliera con ello, si oíros mayores y continuos pensamientos no 
se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de 
su lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza) ^, sobre 



se dice que asistieron allí de cirujanos 
el Maestre Al funsoéel Maestre lioíírigo, 
vecinos de León é el Maestre Manuel, 
vecino de Acuitar ; et de físico en Medi- 
cina saliiilor el Maestre Salomón Seteni, 
nied'Cu de los jxid'-es de Suero, el capitán 
de las Justas (r/;. Ejcuiplos de li> mismo 
se encuentran á cada paseen las histo- 
rias de los calialleros andantes. 

1. D. Heliauis ni ora encantado, y 
por lo tanto invulnerable conio Orlando, 
ni tenía armas encantadas, como otros 
caballeros andantes; lo que, jimtocon 
su car.ícter, sobremanera fojíoso y pen- 
denciero, produjo aquel número ex- 
traordinario de heridas que recibió, 
scfrún cuenta su histuria. Sólo en los 
dos primeros libros, de los cuatro de 
que consta, se cuentnn ciento y una 
heriilas graves, y probablemente son 
m.ís las (le los dos libros que si^fuen : 
pero no me ha alcanzado la paciencia 
para contarlas, y no ha sido menester 
poca pai'a hacerlo en los dos primeros. 

2. Jerónimo Fernández, autor de la 
HistoriaXiie BeUanis de Grecia, dice al 
concluirá, que bien quisiera referir los 
sucesos que dejaba pendientes: mas el 
saliio Prisión autor del original, según 
se supone), pasr/nr/oí^/e Grecia en \uljia.. 
juró liabia perdido la historia, y asi la 
tornó ü buscar. Ko, continúa Feniiández, 
le he esperarlo, y no viene: y suplir yo 
con finf/imientos á historia tan esti- 
mada, seiia af/rario : y así la dejaré en 
esta parte, dando licencia o cualquiera 
á cuyo poder viniere la otra parte, la 
ponya junio con ésta, porque yo quedo 
con haría, pena y deseo de verla. Esta 
indicación eqiñvalia á ima verdadera 
promesa de continuar la historia que 
quedaba pendiente. 

3. El cura del lugar de D. Quijote se 
llamaba F^ero Pérez, y su grado era el 
de Licenciado, como se expresa des- 
pués en el capitulo V. La parroquia sería 

(»i) Veáse cuan anticuo .abolengo (iene la 
costumbre de que asistan á los duelos médi- 
cos y cirujanos. (M. de T.) 



la de San Juan, única que había en 
Arcamasilla. según las relaciones topo- 
gráficas liechas en tiempo y de orden 
de Felipe 11, donde se dice que el 
curato valía 30U ducados. Cervantes 
tuvo aquí, al parecer, intención de_ 
ridiculizar al cura de .\rgamasilla (0],' 
como alumno de una de las Universi- 
dades que llamaban menores, y solían 
ser el objeto del humor chistoso y 
oleante de nuestros escritores. Cervantes 
lo hizo aquí con la de Sigüenza. y en la 
segundaparte lorepitiócon lade Osuna, 
donde se graduó el Dr. Pedro Kecio de 
Tirteafuera, médico insulano y goher- 
nadoresco. Graduado soy en artes por 
Siyüenza, decía el estudiantón que, 
según reQere Quevedo en el Gran 
Tacaño (a), iba en Madrid á la sopa 
del convento de San Jerónimo ; y Lojie 
de Vega, disfrazado bajo el nombre de 
Tomé de Rurguillí)S. en los tercetos 
burlescos presentados en la iusta poé- 
tica para las fiestas de la - ai.C'^azación 
de San Isidro, se calificaba de 

Maestro por Oüate graduado. 

El mismo sello de mofa lleva el nombre 
vulgarísimo é ignoble de l'er-o Pérez; 
y uno y otro indica bastantemente que 
lo de homtire docto es irónico. Sin em- 
bargo, en todo el discurso de la fábula 
el cura se muestra constantemente 
instruido y docto de veras, corno en el 
escrutinio de la librería de D O'iijote, 
en la conversación con el canónigo de 
Toledo, y en otras ocasiones en que. 
según las muestras de su discreción, 
ninguna escuela debió afrentarse de ha- 
berle producido. 

(a) Cap. XV. 

(0) Cervantes, que no se graduó en uni- 
versidad alguna mayor ni menor y que, por 
no llevar la rftarnp<¡la univarxitarin. fué 
victima dp la malevolencia y el desdén do 
mucho- de sus conlempoiánpos. no tuvo in- 
tención de burlarse, en este pasaje ni en lo" 
demás en que interviene el cura, el cuni 
aparece siempre como una de las figuras 
más simpáticas de la obra. (M. de T.) 



piüMiíiiA p.MiTi:. — CAPrrií.o phimero / 

('u{\\ había sido mejor caballero, Palmcrín de Ingalalorra, ó Ama- 
dís do Gaula ' : mas maoso Nicolás 2, barbero del mismo pueblo, 
decía que niñísimo llegaba al Caballero del Febo^, y que si alguno 
se le podía comparar era D. (ialaor, hermano de Amadís de Gaula ', 
porque lenía muy acomododa condición para todo ; que no era 
caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo 
de la valentía no le iba en zaga. En resolución, él se enfrascó tanto 
en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en 
claro, y los días de turbio en turbio : y asi del poco dormir y del 
mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino á perder el 
juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, 
así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafios, heri- 
' das, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles. Y asen- 
lósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella 
máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no 
había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Rui 
Díaz^ había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver 



1. Con razón se escogieron estos dos 
ejemplos entre la numerosa caterva de 
caballeros andantes, por ser sus libros 
de los más antiguos y que más se leían 
en España. La Academia Española 
advirtió que en las tres primeras edi- 
ciones hechas en vida de Cervantes se 
puso Infjalaierra : supuesto lo cual, no 
se ve la razón de haber enmendado y 
puesto Inglaterra, que es como ahora 
decimos. Ingalaterra se decía y escri- 
bía comúnmente entonces, como se ve 
á cada paso en nuestros escritores. 
Siguióse la costumbre gereral en el 
Quijote, y debió seguirse en las edi- 
ciones posteriores, no habiendo arbi- 
trio para dejar de hacerlo en aquel verso 
del romance de Altisidora que se inserta 
en el capitulo LVII de la segunda parte : 

De Londres á Ingalaterra. 

2. También se llama Maese Nicolás 
el barbero que introduce Cervantes en 
el entremés de la Cueva, de Salamanca. 
Tendría quizá alusión á persona deter- 
minada. 

3. Llamabas" Alfebo: era hijo del 
Emperador de Constantinopla Trebacio, 
y su historia, obra y producción de 
varios ingenios, es una de las más 
pesadas y fastidiosas entre las caballe- 
rescas. 

4. .\mbos eran hijos de Perión, Rey 



de Gaula, y de Elisena, bija de Garinter, 
Rey de Bretaña. Siendo Galaor niño de 
dos años y medio, le robó el gigante 
Gondalac, y lo dio á criar á un ermi- 
taño de santa vida. Su hermano Amadís. 
que era el mayor, le armó caballero sin 
«conocerle. Después hizo grandes haza- 
ñas, unas veces junto con su hermano 
y otras sin él. Se parecían tanto, que 
solíanequivocarse, salvo que Don Galaor 
era algo más alto y menos grueso. 
Finalmente fué Rey de Sobradisa. por 
su matrimonio con la hermosa Brio- 
lanja, hija del Rey Tagadán, y heredera 
de aquel estado.' — EÍ Barbero tachaba 
á Amadís de llorón (>.) : los apasionados 
de Amadís pudieran responderle que 
también lo fué Eneas. 

5. Famoso caballero castellano que 
floreció á fines del siglo xi. Habiendo 
perdido lagraciadel Rey Don Alonso VI, 
salió desterrado de sus dominios con 
una considerable comitiva de parientes 
y allegados, y pasó su vida haciendo 
ia guerra á los moros. Las hazañas del 
Cid andan mezcladas con exageraciones 

([) El señor Cortejón. en su magnífica edi- 
ción del Quijote, ya citada (tomo I, pág. 57) 
aduce varios pasajes del Amadis para confir- 
mar la justicia con que Maese Xicolás adju- 
dicaba á dicho héroe la nota de Uoi-ón. Di- 
chos pasajes se hallan : en el libro I, cap. xii 
V xvH ; en el libro II, cap. ni, y en el li- 
bro IV, cap. xxvni. (M. de T.) 



8 



DON yLlJOTK DK r,.\ MANCHA 



con el Caballero de la Ardiente Espada ^ que de solo un revés 
había partido por medio dos íieros y descomunales gigantes. Mejor 
estaba con Bernardo del Carpió -, porque en Roncesvalles había 
muerto á Roldan el encantado^, valiéndose de la industria de 



y rumores populares; pero consta que 
llegó á conijuistar á Valencia, cuyo 
seüorío mantuvo hasta su muerte. 
Después de ésta, evacuaron la ciudail 
los cristianos y se retiraron á Castilla, 
llevándose las riquezas, mujer, hijas y 
cadáver del Cid. 

1. Asi se llamaba Amadís de Grecia, 
según refiere su historia, porque tenia 
estampada en el pecho una espada 
bermeja á manera de brasa, y como tal 
quemaba, hasta que el sabio Alquile le 
curó de esta incomodidad. Su coronista 
le hace unas veces nieto y otras bi /.nielo 
de Amadís de Caula. No encuentro en 
la historia de Amadís de Grecia pasaje 
donde se cuente haber partido por 
medio de un solo revf'x dos fieros y 
descomunales gif/unl es ; pero D. Quijote 
solía leer en su acalorada fantasía lo 
que no había en sus libros : así lo hizo 
más de una vez. como lo veremos en 
el discurso de estas notas. 

2. Bernardo del Carpió es uno de los 
héroes m.is celebrados en nuestras 
crónicas y romances, á pesar de que 
no ha faltado crítico que ponga en duda 
su existencia. De sus hazaiJas hizo y 
publicó un poema Agustín Alonso en 
Tnledo, el año de 1.58.'5. Se cuenta que 
Bernardo fué hijo de D. Sancho Díaz, 
Conde de Saldaña, quien lo hubo á 
hurto en Doña .limeña, hermana del 
Rey D. Alonso el Casto. A Bernardo se 
atribuye en los antiguos cantares cas- 
tellanos el honor y prez de la victoria 
de Uoncesvalles, donde al paso de los 
Pirineos fué desbaratado el ejército del 
Emperador Carlomagno. 

3. En el romance viejo de Gaiferos, 
decía el Rey moro de Sansueña, vién- 
dole desde lejos pelear con singular 
denuedo : 

Del)e ser el encnnlado 
Ese paladín Roldan : 

tal era la fama y nombradía de Roldan, 
Rotolando ú Orlando, uno de los doce 
Pares, que dio con sus proezas, verda- 
deras ó supuesta.'^, tanta materia á los 
poetas y fabulistas. Sus hazañas eran 
conocidas va muv de antisuo en Cas- 



tilla, puesto que Gonzalo de Berceo, 
•pie floreció á principios del siglo xiii, 
hablando de D. Ramiro, Rey de León, 
en la vida de S. Millán (a), dice : 

El Rey D. Ramiro, un noble caballero. 
Que no) venzrien de esfuerzo Roldan ni 01: 

'vero 

Murió, finalmente. Roldan, según se 
refiere á manos de Bernardo del ('arpio, 
en Roncesvalles : y no pudienilo ser 
herido, porque era encantado, murió 
como cuenta la fábula que muri<'> á 
manos de Hércules el gigante Anteón, 
hijo de la Tierra. Cuantas veces era 
derribado Anteón, recibía nuevas fuerzas 
y vigor de su madre; y echándolo de 
ver Alcides, tomó el medio de sofocarlo 
entre los brazos, teniéndolo suspendido 
en el aire. 

Nicolás de Espinosa, poeta castellano, 
que se atrevió á continuar el Orlando 
furioso de Ariosto. describe así la 
muerte de Roldan al fin del canto 35 : 

Bernaldo aprieta el cuerpo valeroso 
Con la furia mayor que allí ha podido, 
Faltando l'espiritu congojoso 
De los moi-lales golpes que ha sufrido. 
Desmaya el brazo que fué sanguinoso, 
Sobrado del del Carpió fué vencido, 
L alma del gran Orlando sube al cielo, 
Que tan temido fué por todo el suelo. 

Espinosa quiso remedar á Ariosto, é 
hizo lo que la rana ion el buey de la 
fábula. Su obra se imprimió en Amberes 
el año de 15.%. y después se reimpri- 
mió en Alcalá de Henares (x). 

[fi) Copla 412. 

(y.) Influido sin duda por la pedestre é 
implacable critica de Ilermosilla contra Jil 
fíernardo, de nuestro poeta Balbuena, no lo 
menciona Clemencín en este pasaje, y sin 
embargo bien merecía ser mencionado. Como 
dice uno de sus biógrafos. » la crítica más 
exigente no i)'idrá menos de celebrar las mu- 
chas y gi'andes bellezas en él derramadas, 
viéndose obligada á reciUTir al fíernardo, 
siempre f|ue haya que presentar modelos de 
magníficas y fastuosas descripciones donde 
resalte el tono elevado y majestuoso de la 
trompa épica ». ' (M. de T.) 



l'l(lMi:i(\ l'AlilK. 



CAI>m I.O IMIIMKIIO 



9 



Hércules cuando ahogó á Anteo (>), el hijo de la Tierra, entre los 
brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante', porque con ser 
de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y desco- 
medidos^, él solo era afalile y bien criado. Pero sobre lodos estaba 
bien con Reinaldos de Monialbán •', y más cuando le veía salir de 



1. Morgante, Pasamonte y Alabastro, 
tres ñeros ^'¡gantes ó jayanes que hacían 
cruda guerra ;l los monjes de una aba- 
día situada en los contines de país de 
paganos. Iloldí'ui mató á los dos últi- 
mos, y convirti(') á la fe de Cristo al 
primero : el cual, de allí en adelante, 
lué compañero de Roldan en sus aven- 
turas, como más largamente cantó 
Ludovico l'uKiensu historia. Jerónimo 
Auner, valenciano, tradujo por man- 
dado de una dama, según él mismo 
refiere en su prólogo, el libro de Mor- 
gante, y lo publicó en Valencia el año 
de 1.J.15. Caso semejante al de Morgante 
y Roldan (uéel de Fierabrás y Oliveros 
en la historia de Carlomagno, y el de 
Matroco y Esplandián en las Sergas. 
Los vencidos se convirtieron, y abraza- 
ron la fe de sus vencedores. 

2. Tales los pintan, con pocas excep- 
ciones, los libros caballerescos, como 
se ve por infinitos pasajes, y la misma 
ideadlo de ellos la mitología gentílica, 
empezando por los Titanes. Amadís de 
Grecia, hablando con el eigante Man- 
droco, le manifiesta su afecto, po?- la 
cortesía, dice, que tu hermano y tú 
conmigo habéis usado, lo que muy pocas 
veces en los de vuestro linnje acaescio : 
así se cuenta en la tercera parte de 
D. Florisel de Niquea. En la Historia 
del Caballero de la Cruz (a), el Caba- 
llero de Cupido responde .1 un gigante 
que le preguntaba si era él quien mató 
á su cormano Argofeo : gigante, y o soy 
el que mató á ese gigante Argofeo, mas 
no á traición, como tú dices : antes tú 
y los de tu generación sois traidores. 
informando un caballero á Amadís de 
Gaula acerca de las calidades del gi- 
gante Balan, señor de la ínsula de 
Torrebermeja, le decía : su condición y 
manera... es mny dioersa y contrai-ia 
rí la de otros gigantes, que de natura 
son soberbios ]i follones, y éste no lo es, 
antes muy sosegado é inuy verdadero 
en todas sus cosas, tanto, que es mara- 
villa que hombre que de tal linaje 

¡a) Lib. II, caí). XXXI. 



venga, pueda ser tan apartado de la 
co7idición de los otros (a). Morgante y 
.Matroco, arriba nombrados, se aparta- 
ron también de la regla general, mas 
no fueron solos. El gigante Trasilcón, 
después de haber peleado con el Caba- 
llero de la Cruz, fué su grande y fiel 
amigo, como se ve por su historia (A). 
Puede agregárseles asimismo el gigante 
Argamonte, señor de la ínsula de la 
Hojablanca, que vencido por Cuadra- 
gante, señor de Sansueña. se preseutó 
al Emperador de Constantinopla con su 
mujer Almatrafa y su nieto Arrladil 
Canileo, convertidos ya todos á la fe de 
Cristo, y le sirvió en la defensa de su 
capital contra el Rey Armato [c). Mas 
á pesar de estas excepciones, la raza de 
los gigantes hace generalmente mala 
figura en las crónicas caballerescas, y 
conforme á éstas, dice después Dox 
Quijote en el capítulo VIH, que era gran 
servicio de Dios quitar tan mala si- 
miente de soljre ¡a haz de la tierra. 

:5. Uno de los doce Pares de Francia, 
rival de D. Rold;in, que hace uno de 
los principales papeles en Ariosto, en 
ios romances y en otros libros de en- 
tretenimiento, y que, sin embargo de 
ésto, ni siquiera se nombra en la his- 
toria vulgar de Carlomagno, publicada 
por Nicolás de Piamonte. que todos 
hemos leído en nuestra niñez. 



(n) Amadís de Gaula, cap. CXXVIII. — 
ib) Caps. LXXXVIII y LXXXIX. — ¡c] Li- 
siiarte de Grecia, cap. XII, XXI y XXII. 



(>.) Con excelente acuerdo restablece el se- 
ñor Cortejen el nombre de Anten, que, á no 
dudar, empleó Cervantes, y lamenta el error 
en que incurrieron los primeros editores al 
poner Acteón, personaje mitológico, conver- 
tido en ciervo por haber sorprendido invo- 
luntariamente á Diana en el baño, y despe- 
dazaiio por sus mismos perros. Lo más triste 
es que Clemencín repite una y otra vez el 
error en su comentario. El mismo Cervantes, 
en la parte II del Quijote, cap. lviii, alude 
al indicado suceso, y allí también ponen los 
editores Acteón; peí o Clemencín lo rectifica. 
.(.VL de T.) 



10 



DON QLlJüTK ni: :.A MANCHA 



SU castillo, y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel 
Ídolo de Mahoma \ que cvn lodo de oro, según dice su historia. 
Diera él, por dar una mano do coces al traidor de rialalón'-^, al ama 
que tenía y aun á su sobrina de añadidura. En efecto ; rematado 
ya su juicio, vino á dar en el más extraño pensamiento que jamás 
dio loco en el mundo, y fué que le pareció convenible y necesario, 
asi para el aumento de su honra como para el servicio de su repú- 
blica, iiacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus 
armas y caballo á buscar las aventuras, y á ejercitarse en todo 
aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercita- 
ban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones 
y peligros, donde acabándolos cobrase eterno nombre y fama. Ima- 
ginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo 
menos del imperio de Trapisonda^; y así, con estos tan agradables 



1. Allende, en nuestros libros anti- 
guos, es equivalente de Ultramar ó de 
allende el mar, como se dice otras 
veces. El Hey D. Alonso el Sabio, diri- 
giendo el libro de las Querellas ;í un 
vasallo y amigo suyo, le decía : 

A ti, Diego Prrez Sarmiento, leal 
Coiinano éamif,") é firme vasallo. 
Lo que á míos homes de mita les callo. 
Entiendo decir, plaiumdo mi mal. 
A ti. que quitaste la tierra é cabdal 
Por las mis faciendas en Roma é Allende, 
Mi péndola vuela, escóchala dende, 
Ca p-ita doliente con fabla mortal (;i). 

ídolo de Malioma. Entre los maho- 
metanos no hay ídolos, antes al con- 
trario, está prohibida toda clase de 
iiu.igenes, como li.» estaba á los hebreos 
por la ley de Moisés : y ios pocos 
Califas que acuñaron moneda con sus 
bustos, están reputados por hetero- 
doxos entre los musulmanes. Sin em- 
bargo, en los libros de caballerías suele 
mencionarse el uso de id oíos de Mahoma. 
En una batalla que refiere la lUs/oria 
de Tirante el ñlanco (a), el Rey de 
Túnez llevaba un Mahoma de oro sobre 
su almete. La Ilislorin de Carlomagno, 
describiendo la habitación de Floripes, 
dice (6), que en el sobrado de la cámara 

(;i; I.a crítica moderna ha puesto en claro 
que el libro de Ijih Qxierellas fué una ficción 
de Pellicer y que los versos aquí citados son 
una superchería del mismo Pellicer. inven- 
tada con un fin interesado. Así se desprende 
de los trabajos del seiJor Cotarelo. va citado. 
(M". de T.) 

{o) Parle IV. — (A) Cap. XXVII. 



estaba pintado el cielo de mano de un 
muy gran maestro con los planetas ij 
signos : y en medio estaba la imagen de 
Mahomet, maciza, de oro fino, tan 
grande como un hombre. Los que a^ 
escribieron fie los mahometanos, no 
los conocían Con igual ignorancia so- 
lían nuestros romancistas y otros es- 
critores llamar paganos á los moros, si 
pac/ano equivale ;i idólatra, como se 
deduce de varios documentos históri- 
cos, ün es'Titor respetable observa que 
del clero latino esparcido en el Oriente 
durante los dos siglos de las Cruzadas, 
no hubo « casi nadie que se aplicase á 
estudiar las lenguas orientales, tan ne- 
cesarias para conocer la religión, leyes 
é historia de los musulmanes, y para 
no incurrir en errores groseros, diciendo, 
como hicieron algunos de ellos, que 
adoraban ;l Mahoma y tenían ídolos 
suyos » (a). 

2. El Conde Galalón de Maganza, 
por cuya traición se refiere que murie- 
ron en Houcesvalles los doce Pares de 
Francia. Se hace larga memoria de él 
en muchos libros de caballerías, y 
señaladamente en las historias de Gar- 
lomagno y Morgante. 

3. Trapisonda, ciudad situada en la 
costa meridional del Mar Negro, y 
capital del imperio de este nombre, que 
fué una de las cuatro partes en que se 
dividió el imperio griego por los años 
de 1220. á saber : Constantinopla, Tesa- 
lónica, Trapisonda y Nicea. La familia 

[n] Fleurn, disc. V sobre la Hist. Ecl. n. •"■. 



IMtlMKIi.V PAUIK. — CAPÍTl r.d IMllMKliO H 

|)(íns;uiiienlos, lloviitio del exlraño gusto (\ue en ellos sentía, se dio 
piicsa ú poner en electo lo (|ii(> deseaba. \ lo priiiKM-o que hizo fué 
l¡ni|)iai- unas ai mas (|n(í habían sido de sus bisabuelos', que torna- 
das de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban 
puestas y olvidabas en un rincón Limpiólas y aderezólas lo mejor 
que pudo; pero vio (jue tenían una gran falta, y era que no tenían 
celada de encaje, sino morrión simple: masa esto suplió su industria, 
porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada 
con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad 
que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchi- 
llada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un 
punto deshizo- lo que había hecho en una semana : y no dejó de 



de los Coninenos fué la que reinó en 
Trapisonda hasta el año de 14G1, en 
que se entregó á Mahomet 11. el mismo 
que ya había tomado á Constanlinopla 
el de 1453. Estuvieron de paso en Tra- 
pisonda los enihajaiiores (pie el Rey de 
.Castilla D. Enrique el Enfermo envió 
con regalos ;í Tamerkin el año de t4ü;i, 
según el Ilinerario de fíui (r¡mzález de 
Clavija, uno de ellos, donde se refieren 
los obsequios que les hicieron el Em- 
perador y su hijo, cuyos nombres, 
aunque desfigurados en el Itinerario, 
parece que fueron Basilio 1 y Alejo II. 
(Jomo los más de los libros caballeres- 
cos se refieren á los siglos de la Edad 
Media, no es extraño que pn ellos se 
haga tan frecuente mención del imperio 
de Trapisonda. Según la Historia de 
D. Belianis, su Emperador concurrió 
en ayuda del Gran Tártaro al asedio de 
Babilonia : Amadís de Grecia fué Em- 
perador de Trapisonda ; hija de Teo- 
doro, Emperador de Trapisonda, fué la 
princesa Claridiana. con (juien vino á 
casar el Caballero del Febo. Así que 
tampoco fué extraño que D. Quijote, 
infatuado conln lectura de tales libros, 
se figurase coronado Emperador de 
Trapisonda. En la Historia de los Tro- 
vadores se refiere que Pedro Vid-d, que 
lo fué en el siglo xii, hnbiendo pasado 
á Palestina, se llenó la cabeza de fan- 
tasmas de caballerías y grandezas, y 
perdió el juicio. Mis enemir/os. decía en 
una de sus composiciones, liemlilan al 
oir mi nombre como la codorniz ante 
el milano... (.a tierra tiembla cuando 
me ri<:fo el nrncs y ciño la espada, (lasó 
en Chipre coa una griega, de quien se 
le hizo creer que era sobrina del Em- 



perador de Oriente : tomó el título de 
Emperador, hizo tomar á su mujer el 
de Emperatriz, se revistió de U<s orna- 
mentos de esta dignidad, hacía llevar 
un trono delante de sí, y ahorraba 
cuanto podía para conquista reí imperio 
que miraba t:omo herencia propia. 
Murió el año de 1229. De otro loco por 
este estilo, llamado .Menécrates, hay 
memoria en la historia de la antigua 
Grecia: y ambos pertenecieron á la 
misma cofradía qup D. Quijote. 

1. En las actas ilel capítulo que ce- 
lebró la orden de Calatrava en Madrid 
el año de 1532, se acordó que la Orden 
mantuviese 300 lanzas, y que las armas 
fuesen celada horaoTiona. (jola, coraza 
con .fu ristre y escarelas laryas, bra- 
zales, fjuardabrazos y gttari teleles y 
lanza de armas con hierro de punta de 
diamante. La coraza comprendía peto 
y espaldar ; la celada borgoñona dejaba 
descubierto el rostro: la visera le de- 
fendía, pero sin impedir la vista: el 
morrión, yelmo c) almete cubría lo res- 
tante de "la cabeza: el morrión conla 
babera ó encaje formaba la celada en- 
tera, cuya parte inferior faltaba á la de 
D. Quijote. Por lo que sigue á la aven- 
tura del vizcaíno, se ve que llevaba 
loriffa: y grevas v) por lo que se refiere 
en la de los galeotes. 

2. Si con el primer golpe deshizo lo 
hecho, ,: dónde dio el segundo ? Pero 
Cervantes no pensaba mucho en estas 
cosas. 



(v) La Academia escribe grcba, aunque le 
asigna etimología equivocada, pues es indu- 
dable que viene del francés grere, que tiene 
origen germánico. (M. de T.) 



12 



DON QL'IJOTF. DL I.A MANCHA 



parecerle mal la facilidad con que la bahía hecho pedazos', y por 
asegurarse desle peligro, la tornó á hacer de nuevo poniéndole unas 
barras de hierro por de denlro, de tal manera, que ól quedó satis- 
fecho de su fortaleza, y sin querer hacer nueva experiencia della, la 
diputó y tuvo por celada finísima de encaje. Fué luego á ver á su 
rocín, y aunque tenia más cuartos que un reaP, y más tachas que 
el caballo de Gonela, (|ue lantum pellis el ossa fnit, le pareció que 
ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igua- 
laban^. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pon- 
dría; porque ísegún se decía él á sí mismo) no era razón que caballo 
de caballero tan famoso '', y tan bueno él por sí, estuviese sin nom- 



1. Todo lo contrario; no dejó de pa- 
recerle bien. Para conservar la palahra 
7uaZ, era menester decir : y no le pare- 
ció malla facilidad, etc. Por lo demás, 
la idea es graciosa y oportuna. 

2. Citarlos significa una moneda de 
corto valor, de que en algún tiempo, 
según indica el mismo nombre, hubie- 
ron de entrar cuatro yahoraentranorbo 
y medio en un real : y también significa 
una enfermedad larga é impertinente 
que las caballerías suelen padecer en los 
cascos de pies y manos. De esta doble 
significación nace el equívoco y lagracia 
del presente pasaje. Pedro Gonela fué 
aibardánó bu ton de un marqués ó duque 
de Ferrara en el siglo xv. cuyo caba- 
llo (í), por su flaqueza y extenuación, 
dio motivo (i chistes, que se lefieren en 
la colección de los de aquel juglar, im- 
presa el año de lo68, y de que hacen 
mención D. Juan Bowle y D. Juan Anto- 
nio Pellicer. El primero observó ya que 
el pellis ef ossa. que se aplicó al caballo 
de Gonela, viene de Plauto, que en su 
comedia /1í<^m/'í/-ící usó de esta e-xpresión 
para ponderar lo flaco que estabaun cor- 
dero, y aun añadió que se le clareaba 
la piel y se le veían las tripas. El ca- 
ballo de Gonela es un quid pro quo de 
la jaca de Velasquillo, otro truhán 
español, posterior á Cervantes, cuya 
jaca quedó también en proverbio Go- 
nela. á pesar de su profesión de buen 
bunior. murió de pasión de ánimo, sin 
herida ni calentura. 

3. A la mención de las jacas de 
Gonela y de Velasquillo sucede la délos 

(;) Ctnjo caballo se refiere al duque y no á 
Goneln.El niaestm incurre ácnda momonto 
en estos (.ieslices de sintaxis. (M. de T.) 



bridones de .AJejandro Magno y del Cid 
El de Alejandro se llamó Bucéfalo, que 
significa Cabeza de Bue>/, ó porque ósta 
era su marca, propia de una de las razas 
más apreciadas de Tesalia, ó por la an- 
chura de su frente, semejante en esto 
á la de un toro, .\seguran que sólo se 
dejaba montar de Alejandro. Matáron- 
selo en la batalla contra Poro, y Ale- 
jandro edificó en su honor una ciudad, 
ü que puso el nombre de Bucefalia, 
como dice Plutarco. 

Del Babieca se cuenta que, siendo 
potro, lo eligi('iel Cidá pesar de súmala 
tra/a ; que en adelante se hizo famoso 
y sirvióásu dueño enlodas sus guerras, 
y que después del fallecimiento de Rui 
Díaz, condujo su cadáver desde ^^■^lcncia 
á Cárdena. El Poema anlirjno del Cid 
refiere de otro modo los principios de 
Baliieca : dice que lo ganó de los moros 
el Campeador estando en Valencia ; que 
lo probó el día que salió de aquella 
ciudadárecibirásu mujer Doña Jimena, 
que venía de Castilla a buscarle; que 
en estas pruebas quedaron todos mara- 
villados de su bondad, y que 

Des' día se preció Babieca en cuant grant 
[fué España (a). 

Según la primera relación. Babieca 
fué castellano : según la segunda, an- 
daluz, ó acaso árabe. 

4. Esta anticipación de la fama futura 
en la mollera del pobre D. Quijote es 
pincelada magistral en el retrato del 
héroe, y pertenece á aquel ridiculo, de- 
licado y exquisito que tanto resplandece 
en infinitos pasajes del Ingenioso Hi- 
dalgo. 

'a) v. LV.in. 



IMtlMKHA PAUTE. 



cAPÍTír.n pniMERO 



13 



hre conocido, y íisí ftrociiiviha acomodársele de manera que d(;cla- 
rase «juií'n liabía sido antes (|ue fuese del caballero andante, y lo 
(jue era entonces : pues estaba mny puesto en razón que mudando 
su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso 
y de estruendo, como convenía á la nueva orden y al nuevo ejer- 
cicio que ya [)rofesaba * : y así, después de muchos nombres que 
formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó á hacer en su memo- 
ria é imaginación, al fin le vino á llamar Rocinante^ nombre á su 
parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fué 
rocín (»), antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos 
los rocines del mundo -. Puesto nombre y tan á su gusto á su ca- 
ballo, quiso ponérsele así mismo, y en este pensamiento duró otros 
ocho días ^, y al cabo se vino á llamar D, Quijote (o) : de donde, como 
queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera his- 
toria, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada'', como 
otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no 
sólo se había contentado con llamar-e Amadis á secas, sino que 
añadió el nombre de su reino y patria por hacerla famosa, y se 
llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al 
suyo el nombre de la suya, y llamarse Z). Quijote de la Mancha'^, 



1. Adviértase que aquí se habla de 
Rocinante ; y la profesión de la Orden 
de Caballería, aplicada al rocín de Don 
Quijote, participa también eminente- 
mente del ridículo general de la fábula 
y del humor festivo de su autor. 

2. Quiere decir que el nombre de 
RocÍ7iante, puesto por D. Quijote á su 
caballo, indicaba que había sido rocín 
antes, y que continuaba siendo el ante- 
rocín ó primero y mayor rocín de todos 
los rocines del mundo. Ya se sabe que 
la palabra rocín significa comúnmente 
un caballo ñaco, de mala figura y poco 
valor. 

3. El verbo durar se dice ordinaria- 
mente de lascosas,yno délas personas. 
De éíítas se dice que perseveran ; voz 
más general que se aplica también á 
las cosas. 

4. Falta algo : tomnron ocasión de 
afirmar los autores, etcétera, y pudo ser 
omisión de la imprenta. Lo mejor hu- 
biera sido suprimir todo este período, 
que ni es necesario ni está en armonía 
con lo que se dijo sobre este punto al 
principio del capítulo. 

5. Quijote es la parte de la armadura 
que cubría el muslo, y pudo venir del 
francés cuisse. Cervantes escogió con 



oportunidad el nombre de su protago- 
nista entre los de las piezas propias de 
la profesión caballeresca ; y entre éstos 
dio la preferencia al de la terminación 
en ote, que en castellano se aplica ordi- 

(=) Cuando fué rocín. — La frase está en- 
maiañada, aunque el sentido se comprende. 
El señor Cortejen cree darle mayor claridad 
con po'ner punto y coma después del primer 
antes, en esta forma : « nombre d su parecer 
alto, sonoro y siíjmficalivo de lo que había 
sido cuando fué rocín antes; de lo que ahora 
era, etc. ». Me parece el remedio peor que 
la enfermedad, como vulgarmente se dice. 
(M. de T.) 

(o) Quijote. — Hace notar el señor Cortejón 
que no solamente ha entrado esta palabra en 
el caudal de nuestra lengua sino que ha 
dado lugar á los derivados : quijotada, qui- 
joleria, quijote-ico y quijotismo; y hasta pro- 
pone, con la autoridad del cervantista señor 
Pi y Molist. la adoiición del verbo quijotear. 
Las" ideas encarnadas por los nombres de 
l3. Quijote y Sancho son ya del dominio ge- 
neral. Cuando yo estudiaba retórica recuerdo 
que mi excelente maestro el sabio Escolapio 
P. Pedro Al varez decía, hablando de los hom- 
bres de nuestra generación, que eran : 
Unos Sanchos en el alma 
Y Quijotes en el cuerpo. 

(M. de T.) 



li 



DON QUIJOTE DE \.\ MANCHA 



con que á su parecer declaraba muy al vivo su linaje y potria, y 
la honraba con tornar el sobrenombre della. Limpias, pues, sus 
armas, hecho del morrión celada, puesto nombre á su rocín y con- 
firmádose (p) á si mismo \ se dio á entender que no le faltaba otra 
cosa sino buscar una dama de quien enamorarse ; porque el caballero 
andante sin amores^ era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin 
alma. Decíase él : si yo por malos de mis pecados, ó por mi buena 
suerte^ me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordi- 
üario les acohtece á los caballeros andantes, y le derribo de un en- 
cuentro, ó le parto por mitad del cuerpo ', ó íinalmenle le venzo y 
le rindo, ¿ no será bien tener á quien enviarle presentado, y que 
entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz 
humilde y rendida : Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, se- 



nariamente á cosas ridiculas y despre- 
ciables, como libróle, moniyote, muza- 
cole. 

En lo de tomar el apellido del nombre 
de algún país, procedió Don Quijote muy 
confíiruie á la práctica comúnmente 
observada en los libros de caballerías, 
donde además de los ejemplos de 
Aujadis oe Gaula, Belianís de «jrecia y 
otros más conocidos, halló lusdel). Po- 
licisne de Boecia, Gelidón de Iberia, 
Florando de Castilla, D. Fénix deCorinto, 
D. Frisel de Arcadia, D. Lucidán de 
Nuinidia. Braborante de Escitia, Poli- 
dolfo de Croacia, Brufaldoro de Mauri- 
tania, Astorildo de Galidunia, ü. Con- 
tumeliano de Fenicia, D. Artibel de 
Mesopotamia, y otros de ifíual calaña. 
Pero no es cierto que Amadís añadió el 
nombre de su reino ]/ patria por hacerla 
famosa y se llamó Amadis de Gaula, 
porque Gaula fué su reino, mas no su 
patria (í^), como se ve por su historia. 
Amadís nació en Francia y reinó en 
Inglaterra. 

1. El confirmarse por mudar de 
nombre y ponerse otro nuevo, es alu- 
sivo á la costumbre (auuque poco fre- 
cuente) de hacerlo al recibir el Sacra- 
mento de la Confirmación. 

2. Perdí oyni cavalier ch'e senza amare, 
Sen vista é vivo, é vivo senza cor». 

Asi lo dijo el Conde Mateo Boyardo 

(5) Filé su reino. — Hav en e«to una con- 
liauicción ó un simiile descuido, pues debe 
decir : « fué su patria, mas no su reino «. 



en su Orlando Innamoralo, y lo copió 
Bowle sobre el presente pasaje. De este 
asunto se tratará con extensión en el 
capítulo XIII. 

á. Por vtalus de mis pecados : modo 
adverbial de rara construcción, como 
otros que en el estilo familiar tiene el 
idioma castellano, sin que sea fácil se- 
ñalar su origen. En el capitulo 111 del 
Lazarillo de 'formes, obra de D. Diego 
Hurtado de .Mendoza (t),o<;o dia. se dice, 
fuirne á un luriar que llaman Muqueda, 
adonde me toparon mis pecados con un 
clérigo, etc. La frase de D. Quijote en- 
vuelve, con algún énfasis irímico, el 
mismo sentido que por mi desgracia, y 
así lo indican las palabras siguientes : 
ó por mi buena suerte; y todH.la.ex^resi6ñ 
viene á ser como si se dijera por mi 
mala 6 por 7ni buena suerte. 

i. Esta y las siguientes expresiones 
manifiestan bieu á las claras el descon- 
cierto del cerebro de nuestro hidalgo, 
que llega á punto de figurarse un 
gigante partido por el medio, que entra 
y se arrodilla y dice : dulce señora, tra- 
tamiento oportuno hablándose de Dul- 
cinea. Los nombres del gigante y déla 
Ínsula son caballerescos y forjados con 
propiedad en la oficina risueña de Cer- 
vantes. 

(f) Conflirmádose. — El señor Cortejón res- 
tablece, según el te.xto antiguo : confirmán- 
dose. (M. de T.) 

(t) Obra de D. Dieno Hurlado de JJendora. 
— F« un orrnr. segiui i)Uede verse en la no- 
ta, \yd-¿. LX!, (M. de T.) 



I'RIMIMIA PAItlIC, — r.M'lTI I.O IMIIMKRO 



I.S 



ñor do la ínsula Malindiania, A (jnicn venció o.n sin^'nlar batalla el 
jamás como se dohe alaba<lo caballero D. (Juijol.e d(í la Mancha, el 
cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced para que 
la vuestra grandeza disponga de mí á su talante^ ? ¡ Oh, cómo se 
holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este disQurso, y 
más cuando halb) á quien dar nombre de su dama ! Y l'ué, á lo que 
se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora 
de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, 
aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata dello. 
Llamábase Aldonza Lorenzo-, y á ésta le pareció ser bien darle 
título de señora de sus pensamientos : y buscándole nombre que 
no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de 
Princesa y gran señora, vino á llamarla Dulcinea del Toboso, 
porque era natural del Toboso : nombre á su parecer músico y 
peregrino y significativo, como todos los demás que á él y á sus 
cosas había puesto ^. 



1. Á su talante, esto es, á su volun- 
tad. De estas presentaciones de los 
vencidos á las señoras de los vence- 
dores hay infinitos ejemplos en la 
historia andantesca. El gigante Cinofal, 
llamado asi porque tenía cabeza de 
perro, vencido por Aniadís de Grecia y 
enviado á la Princesa Lúcela, fincando 
los fino jos ante ella, le dijo : Soberana 
Princesa de Galaor, aquel caballero de 
la Ardiente Espada quepar en el mundo 
no tiene, me envía á la tu merced para 
gue hagas de miaquelloque tu voluntad 
fuere : yo me pongo en tu poder como 
se lo prometí [a). 

2. La fórmula á lo que se cree indica 
que no hay certidumbre ni seguridad 
de lo que se cuenta: y aquí no sucede 
así, pues en repetidos parajes de la 
fábula se expresa que esta moza labra- 
dora, adornada de mil gracias en la 
exaltada fantasía de D. Quijote, era la 
verdadera dama á quien creía servir 
bajo el nombre de Dulcinea. No es 
muy exacto decir que el lugar de la 
dama estaba cerca del de nuestro hi- 
dalgo, puesto que Argamasilla de Alba 
dista de ocho á diez leguas del Toboso. 
Aldonza 6 Dulce es nombre de mujer, 
común antiguamente en Castilla, del 
cual formó i). Quijote el de Dulcinea. 
El apellido Lorenzo es patronímico, y 
tiene la misma formación que Alfonso, 

Iri) Ainadi» d<t Grecia, parte II, cap. LT 



Galindo y otros de su clase. Significa 
hija de Lorenzo, y Dulcinea lo era con 
efecto de Lorenzo Gorchuelo, como se 
expresa en el capítulo XXV de esta pri- 
mera parte. Oyese con frecuencia este 
apellido en España, y á no ser por 
ciertas malicias que se expondrán á su 
tiempo, los que lo llevan pudieran coa 
algún fundamento aspirar al honor de 
ser y nombrarse parientes de nuestra 
heroína. 

No ha faltado quien diga que la pri- 
sión donde nuestro autor concibió el 
plan de su obra fué en el Toboso. Pero 
este nombre suena infinitas veces en el 
Quijote, y de consiguiente, no fué el 
pueblo de cuyo nombre no quiso acor- 
darse Cervantes, como se dijo expre- 
samente al principio. 

El Toboso es villa antigua de la 
¡Mancha, de la Orden de Santiago, 
situada entre las de Miguel Esteban y 
Mota del Cuervo. En una relación que 
sus vecinos dieron el año de 1577 de 
orden del Rey D. Felipe II, dijeron que 
el nombre le venía de las muchas tobas 
ó piedras ligeras y como esponjosas 
que se encuentran en su territorio. Su 
principal industria era entonces, y aún 
continúa siéndolo, la de hacer tinajas, 
y de esto se hará mérito oportuna- 
mente en el Quijote. 

3. Parece que se habla de otra per- 
sona distinta diciéndose ú él, en vez de 
decir ásr, que es como debiera ponerse. 



16 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



La opinión común ha confirmado el 
concepto de significativos, que aqui se 
da á los nombres puestos por nuestro 
hidalgo, y que con el uso han adquirido 
la calidad de proverbiales : Quijote 
para denotar un liouibrc infatuado y 
vano : Dulcinea una nmjer amada me- 
losa y almibaradamente (v) : liocinaiile 
un caballo magro y largo, prllis lam- 
tum et ossa. 



{•)) Amada melosa 1/ almibaradamente. — Son 
dos adverl)ios calific.ilivos tan cur»i» y rani- 
¡)lones como inútil'ts, pues no suele nadie 
amar avitiai/radatiii-nlr. a no ser el diablo. ísin 
duda por eso se ha dicho : Tanto quiso el 
diablo (i su hijo i/ue le xalló uu ojo. Por lo 
demás, es admirable el fíeniode Cervantes al 
dar nombre á sui persi majes tan signiüca- 
tivos, propios y armoniosos que no es po- 
sible creer, corno supusieron La liarrera, 
Benjuniea y otros críticos, que son simples 
anagramas de personajes históricos. 

(M. de T.) 



CAPITULO II 



OUK TRATA DE LA PRIMERA SALIDA QUE DE SU TIERRA HIZO 
EL INGENIOSO D. QUIJOTE 

Hechas, pues, estas prevenciones', no quiso aguardar más 
tiempo á poner en efecto su pensamiento, apretándole á ello la 
falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza-, según 
eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar^, 
sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar'', y deudas que 



1. Aquí es donde empieza la acción 
de la fábula. El capítulo primero con- 
tiene sólo su exposición : presenta las 
circunstancias y carácter del personaje 
principal ; anuncia su proyecto de resu- 
citar el ejercicio de la andante caballe- 
ria, y bosqueja con pinceladas ligeras 

Í fáciles algunos de los personajes que 
an de ocupar el segundo término del 
cuadro. La relación de las causas que 
produjeron el extravio de la razón de 
D. Quijote y de los trámites por donde 
vino á consumarse su locura, está 
hecha con propiedad y gracia. El lector 
se entera de todo sin fatiga, y al fin 
del capítulo se encuentra con cuanto 
necesita para pasar á la accii'ia. No trató 
Cervantes de referir desde sus princi- 
pios la historia de D. Quijote, según se 
acostumbra en los libros caballerescos, 
y según indica el título de Vida y 
hechos de U. Quijote, que editores vul- 
gares é indoctos dieron al IxoExMOSO 
Hidalgo; sino que, con arreglo á lo que 
se debe en toda obra de invención, 
anticipó sólo lo preciso para que, co- 
nocido suficientemente el héroe, se 
pasase á describir una acción suya, la 
cual, por única, concentrase la atención 
y el interés del lector, que por su pro- 
porcionada duración no le fatigase, y 
que por la variedad de sus incidentes y 
episodios alimentase su placer y lo 
mantuviese hasta el desenlace ó fin de 
la fábula. 



2. Se dijo al revés. Lo que D. Quijote 
pensaba que hacía falta en el mundo, 
era su pronta presencia, no su tardanza. 
Otro defecto de esta clase se notó en 
el capítulo anterior : empieza á dormi- 
tar Cervantes (a). 

3. Tuerto se opone á derecho en su 
significación primitiva, en la cual uno 
y otro son adjetivos. De aquí nació su 
acepción moral, en la que pasaron á 
ser sustantivos, significando derecho,, 
justicia; y tuerto, agravio. Y de aquí 
vino también la expresión de enderezar 
tuertos por deshacer agravios, porque 
el remedio de lo torcido es enderezarlo. 
La palabra tuerto es la misma que el 
tort francés. 

4. Sobra la conjunción. Los abusos 
no se mejoran, sino que se corrigen : 
los que se mejoran son los usos. 

(«) Empieza á dormitar Cervantes. — Quien 
da grandes cabezadas es el comentarista, en 
su afán de buscarle pelos al huevo, ó de 
therc/ier lapelite béte, como dicen los fran- 
ceses. El señor Cortejón, ateniéndose al uso de 
la época de Cervantes, demuestra que hacer 
falta la tardanza está bien, pues hacer falta 
es lo mismo que causar, producir falta, y lo 
confirma con otro pasaje del texto v con la 
autoridad de Urdaneta. Y condenando la 
correción de Clemencín, añade : « ; Malha- 
dada la férula empeñada en substituir la 
ingenuidad y dulce abandono por la mono- 
tonía V mezquindad. ! » 

(M. de T.) 

2 



18 



DON Oll.KJTK DE I.A MANCHA 



salislaccr. Y asi, sin (Jar parle á persona alguna de su intención, y 
sin que nadie le viese, una mañana antes del dia (que era uno de 
los calurosos del mes de Julio) ', se armó de todas sus armas, subió 
sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su 
adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral ^ salió al 
campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta faci- 
lidad había dado principio á su buen deseo. Mas apenas se vio en 
el campo cuiíndo le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por 
poco le hiciera dejar la comenzada empresa, y fué que le vino á la 
memoria que no era armado caballero, y que conforme á ley de 
caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero : y 
puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas ^ como novel 
caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la 
ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito ; 
mas pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de 
hacerse armar caballero del primero que topase, á imitación de 
otros muchos que asilo hicieron'', según él había leído en los 



1. Si la cronología de una fábula 
fuese digna de un examen tan severo 
como la de un diploma ó documento 
histórico, debieran tenerse presentes 
las circunstancias de pertenecer este 
dia al mes de Julio, de ser viernes, 
como se dice adelante en este mismo 
capítulo, y de cerrar la noche con toda 
la claridad déla kiua, según se expresa 
en el siguiente, para fijar de un modo 
puntual y seguro el principio de la 
carrera caballeresca de D. Quijote. Pero 
Cervantes no se curó de esto más que 
de las nubes de antaño: y D. Vicente 
de los Ríos empleó en balde las fuerzas 
de su florido ingenio, cuando se pro- 
puso formar un plan cronológico de 
una obra llena de anacronismos. Hartas 
pruebas ocurrirán de ello en el pro- 
greso de estas notas. 

2. El corral seria el de la casa de 
D. Quijote, y en tal caso está mal dicho 
un corral. Acaso es errata, y debió 
leerse del corral, ó de su corral : esto 
es lo más verosímil. Puerta falsa se 
dice por oposición á otra que no lo es. y 
en un corral no suele haber dos puer- 
tas. Puerta falsa de una casa se dice 
con alusión á la pi'incipal y pública. 
Parece que el nombre de puerta falsa 
lleva consigo la idea de que es pequeña 
disimulada, que apenas se eche de ver: 
y D. Quijote salió por ella armado y 
puesto á caballo. Seria forzosamente la 



única de su corral, la que en los lu- 
gares, y singularmente en los de la 
Mancha, es anchurosa, como que por 
ella entran y salen los carros. 

3. Eran, según aquí se indica, las que 
no llevaban empresa ni insigniaalguna; 
y se daban á los que se armaban de 
caballeros, llamados por esta razón 
caballeros noveles, hasta tanto que 
hacían alguna proeza notable, que 
solían indicar en la empresa y adornos 
del escudo, tomando de ellos el nombre. 
A su imitaciim, Ü. Quijote se puso el de 
Caballero de la Triste Fic/ura primero, 
y después, de tos Leones. 

4. Tal fué D. Galaor, que habiéndose 
encontrado casualmente con su her- 
mano Amadís de Gaula. recibió de él 
la orden de caballería, sin que se cono- 
ciese uno á otro, como se cuenta en el 
capítulo 11 de su liistoria Esta necesi- 
dad de recibir la calidad de caballero 
de manos de otro caballero, se fundaba 
nada menos que en el principio esco- 
lástico Semo daf quodnon hahet, según. 
se lee en las Partidas : Fechos non 
pueden seer los caballeros por mano de 
home que cuballero non sea, ca los 
sabios antiguos... non tovieron que era 
cosa con guisa, nin que podiese seer con 
derecho, dar un home á otro lo que non 
hoviese (a). Lo mismo al pie de la letra 

(n) Partida 11. lít. 21. lev 11. 



i'i(iMi:ii.\ i'Mtri;. 



CAi'ii ri.f) II 



19 



libros f[U(^ lal le lf>ui;ui. liln lo de las armas blancas, píMisaba lim- 
piarlas (1(! manera ' en leniendo lug'ar, (pie lo fuesen más que un 
armiño : y con esto se quietó y j)rosijj;uió su camino, sin llevar 
otro (pie aquel que su caballo quería 2, creyendo que en aquello 
tonsisLía la fuerza de las aventuras. Yendo, pues, caminando 
nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo y 
diciendo: ¿quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando 
salg'a á luz la víírdadera historia de mis famosos hechos, que el 
sabio que ios escribiere, no ponga, cuando llegue á {;ontar esta mi 
primera salida tan de mañana, desta manera? Apenas había el 
rubicundo Apolo-' tendido por la faz de la ancha y espaciosa fierra 



repitió el Doctrinal de Caballeros, reco- 
pilado por el célebre Obispo de Burgos 
D. Alonso (le Cartagena [a). Nota el 
mismo Doctrinal que de esta regla 
exceptuaba la costumbre á los Rej'es 
de España, que podían hacer caballeros 
sin serlo. Extendióse alguna ve/ el 
mismo privilegio en obsequio del bello 
sexo, .1 las Princesas de sangre real, 
armando las damas á caballeros, como 
lo hizo Cecilia, hija de P'elipe 1, Rey do 
Francia, y viuda de Tancredo, Principe 
de Antioquía, con algún otro ejemplo 
que reüere Ducange en la diserta- 
ción XXII sóbrela historia de San Luis. 
Hubo tauíbién gigante descomedido y 
soberbio que rehusó someterse á la ley 
general, á título de que no había en el 
mundo caballero digno de ponerle las 
armas. Así lo refiere del gigante Bravo- 
rante la historia del Caballero del 
Febo (/)). 

1. Las armas de los caballeros no- 
veles, como acabadiis de estrenar, 
estaban tersas y bruñidas. Cervantes 
jugó con la equívoca significación de 
blancas: y D. Quijote, como loco, se 
aquietó con lo que á los demás no podía 
producir otro efecto que el de la risa. 

2. Cosa que sucedía frecuentemente 
ú los caballeros andantes, según refieren 
sus historias, y de que volverá á ha- 
blarse en otros lugares de la nuestra. 

3. Pellicer dice sobre este pasaje 
que en él quiso Cervantes ridiculizar 
las afectadas y pomposas descripciones 
que se leen frecuentemente en los libros 
de caballerías. Capmani le propone 
como un modelo en su Teatro de la 



elocuencia española. ¿ A cuál de los 
dos creeremos?... Pellicer tenía razón : 
eso era visiblemente el propósito de 
Cervantes, y eso persuade también la 
semejanza que se halla entre esta des- 
cripción y otras de los libros caballe- 
rescos. Con expresiones muy poco di- 
ferentes se pinta el amanecer en el 
libro 11 de D. Belianís (a). Cuando tí la 
asomada de Oriente el lúcido Febo su 
cara nosrnuestra. y los músicos pajari tos 
las muy frescas arboledas suavemente 
cantando festejan, mostrando la muy 
gran diversidad y dulzura y suavidad 
de sus tan arpadas lenguas, etc. A esta 
descripción del amanecer puede jun- 
tarse la del anochecer en el mismo 
Belianís {h) : Venidas eran las tinieblas 
de la noche, y las nocturnas dehesas se 
regocijaban con la ausencia del flamí- 
gero Apolo : las brutas animalias co- 
menzaban á gozar de alguna trancjuiH- 
dad, ü los más racionales negada, pues 
es justo que en ningún tiempo nadiegoce 
del descanso en este miserable mundo 
prohibido, como en venta puesta en el 
camino de la eternal morada, en la 
cual no puede haber descanso sin zozo- 
bra, ni placer sin angustia, ni, final- 
mente, cosa deseada que no sea mayor 
pérdida; cuando el Principe D. Belianís 
de Grecia salió de Colonia, etc. Los 
libros caballerescos suministran abun- 
dantes muestras de otras pinturas, 
igualmente pedantescas y fastidiosas. 
Mas este propósito de Cervantes no 
excluye el mérito mayor ó menor de su 
descripción en orden á la armonía y 
belleza del lenguaje, y de esta suerte 



(a) Lib. I, tít. 3. — (h) Parte IV, lib. T, 
cap. I. 



(«) Cap. XXXXIII. 
cap. X. 



(é) Libro III, 



i^O 1>0N QLlJOTí: DE lA MANCHA 

las doradas hebras de sus hermosos Qabellos, y apenas los peque- 
ños y pintados |)aiarillos con sus arpadas lenguas habían saludado 
con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que 
dejando la blanda cama del celoso marido', por las puertas y 
balcones del mancliego horizonte á los mortales se mostraba, 
cuando el famoso caballero Ü. Quijote de la Mancha, dejando las 
ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y 
comenzó á caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel ^ 
(y era la verdad que por él caminaba^; y añadió diciendo : dichosa 
edad y siglo dichoso aquel á donde saldrán á luz las famosas 
hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en már- 
moles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio 
encantador^, quien quiera que seas, á quien ha de tocar el ser 
coronista desta peregrina historia, ruégote que no le olvides de mi 



pudieron tener razún Pellicer y Cap- 
mani (é). 

1. Titi'm ó Titono, marido de la 
Aurora, obtuvo por mediación de su 
líiujer el don de la inmorlali'lad, 
según refiere la fábula; pero no ha- 
biendo recibido el de la juvenlucí, 
llegó á tan extrema y molesta vejez, 
que recibió como un favor del cielo 
el ser convertido en cigarra. Desde 
entonces hubieron de ser los viejos 
habladores per[)etuos y gárrulos. No 
encuentro en los poetas (jue llamasen 
celoso á Tití'm á pesar de que los descui- 
dos de la Aurora con Céfalo y el gigante 
Astreo le dieron sobrado motivo para 
serlo. Pero así lo llamó aqui Cervantes, 
y también su contemporáneo y amigo 
López Maldonado en la égloga 2.^ de 
su Cancionero, donde dice el pastor 
Ersilio : 

Ya veis que queda en el usado lecho 
El celoso Titón, y que la aurora 
Alumbra el celestial doiado techo. 

A la cuenta le llamarían celoso por 
marido viejo de mujer joren, como en 

(6) Parece en efecto burlarse Cervantes 
de ciertas descripciones análogas de los li- 
bros de caballería; pero ¡ qué diferencia entre 
las pongorinas y enrevesadas frases de di- 
chos libros y el 'armonioso, rico y brillante 
estilo de nuestro insijjne novelista! No tiene 
nada de extraño que Gapmany. Lista y otros 
se hallan equivocado en ocasiones sobre el 
verdadero sentido de ciertas descripciones. 
En mi libro A7 Arte de escribir cito ejemplos 
de esto (lección XVín, pág. 246). (M. de T.) 



las Novelas se lo llamó Cervantes á 
Felipe de Cañizares. 

2. Distrito de la Mancha que com- 
prendía muchos pueblos. Su capital, 
Montiel, está sobre el río Jabalón, que 
va á morir al Guadiana. Allí sucedió 
la muerte del Rey Don Pedro de Castilla 
á manos do su hermano D. Enrique, el 
año de 1369. 

3. Es común en los libros caballe- 
rescos que los caballeros tengan encan- 
tadores por amigos y coronistas. Los 
sabios Artemidoro y Lirgandeolo fueron 
del Caballero del Kebo y de su hermano 
Rosicler la); Alquife, de Amadís de 
Grecia; Fristón, de D. lielianís ; el 
sabio Licanor el Temeroso escribió en 
griego la historia del príncipe D. Contu- 
meliano de Fenicia (b). No siempre 
desempeñaron este oficio los encanta- 
dores : alguna vez lo hicieron también 
las encantadoras, como Cirfea, Kcina 
de Argines, gran má:.'ica, que escribió 
la crónica de D. Florisel de Niquea. 

Continuando el estro caballeresco 
que inspiraba á Don Quijote tiiienlras 
caminaba por el campo de Montiel, 
anuncia proféticamente el dichoso siglo 
en que han de salir á luz sus futuras 
hazañas, y aun llega su delirio á hablar 
de ellas como de cosas ya pasadas, y 
•¿ UaLma.r peregrina la historia que aun 
no existía, como ni tampoco Iof hechos 
que en ella habían de referirse. 

(a) Espejo de Principes, parte I, lib. II, 
cap. XX. — (6) Beliauis, lib. II. cap. LI. 



PniMERA PAUTE. — f.APlTtí.O II 



21 



buen Rocinante ', compañero eterno mío en todos mis caminos y 
carreras. Lne^o volvía diciendo, como si verdadecnmcnte fuera 
enamorado: ¡01) j)rinc('sa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! 
nuiclio a^n-avio me habedes iVclio en despedirme y rej)r()cliarme 
con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la 
vuestra l'ermosura". Plegaos, señora, de niembraros deste vuestro 
sujeto cora/.ón, que tantas cuitas por vuestro amor padece. Con estos 
iba eusarlaiido oíros disparates, todos al modo de los que sus 
libros le lialtían (Misoñado, imitando en cuanto podía su leng-uaje : 
y con esto caminaba tan de es|)acio, y el sol entraba tan apriesa 
y con tanto ardor, que fuera bastante á derretirle los sesos (7), 
si algunos tuviera '^ Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa 
que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera 
topar luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerle brazo. 
Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fué la 
del puerto Lapice '', otros dicen que la de los molinos de viento; 
pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado 
escrito en los anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, 
y al anochecer su rocín y él se hallaron cansados y muertos de 
hambre ' ; y que mirando á todas partes por ver si descubriría 
algún castillo ó alguna majada de pastores donde recogerse, y 
adonde pudiese remediar su mucha necesidad, vio no lejos del 



1. Caída inesperada, y tanto más 
graciosa, cuanto mayor ha sido el apa- 
rato y grandilocuencia de las expre- 
siones que preceden. 

2. Prosipue D. Quijote hablando de 
cosas que se imagina como ya sucedi- 
das, y se considera en el mismo caso 
que Áiuadís de Gaula cuando su señora 
Oriana le mandó no parecer más en su 
presencia, que es uno de los incidentes 
principales de su historia. 

3. E.xpresióri jocosa y propia del 
estilo familiar, que Cervantes manejó 
con suma maestría. 

4. Las dos aventuras que aquí se 
mencionan como pertenecientes á la 
primera salida de D. Quijote, á saber, 
la de los molinos de viento y la del 
vizcaíno, que es la de Puerto Lapice, 
se refieren después en el capítulo VIH, 
y pertenecen sin duda á la segunda 
salida. Es inexcusable la distracción con 
que Cervantes confunde los sucesos de 
ambas. 

5. Frialdad que no carece de gracia; 
y nótese, como ya se observó en el ca- 
pítulo pasado, la manía que tuvo de dar 



antigüedad á los sucesos de su hidalgo, 
quizá con la intención de remedar en 
esto á los escritores andantescos, pero 
incurriendo en frecuentes anacronismos 
por la mención de otros sucesos re- 
cientes ó coetáneos. 



(•[) Derretirle los sesos, si algunos tuviera ; 
gracioso equívoco ó juego de palabras. Sesos, 
en plural, designa generalmente la masa en- 
cefálica; asi se dice romperle á uno tos sesos. 
Recuérdense además las expiesiones co- 
munes : sesos de ternera, sesos (ó -lesada) de 
camero, etc. En singular, seso es sinónimo de 
juicio. En El Examen de los maridos de Alar- 
cón, dice Beltrán, hablando de un aspirante 
á la mano de Inés : 

Maduro en seso y en años. 
Y responde Inés : 

Apruebo el seso maduro, 
Maduros años no apruebo. 

Sin embargo se usa el plural, en sentido 
metafórico, en las frases : Devanarse '.os se- 
sos; tentr los sesos en los calcañales, y tenerle 
á uno sorbidos los sesos (ó sorbido el seso¡. 
(M. de T.) 



22 



DON QUIJOTF. DE LA MANCHA 



camino por donde ibn una venta, que fué como si viera una estrella 
que á los portales, si no á los alcázares, de su redencicm le enca- 
minaba * . Dióse priesa á caminar, y llegó á ella á tiempo que anoche- 
cía. Estaban acaso á la puerta dos mujeres mozas, destas que 
llaman del parli'/o-, las cuales iban á Sevilla con unos arrieros 
que en la venta aquella noche acertaron á hacer jornada : y como á 
nuestro aventurero todo cuanto pensalia, veía ó imaginaba le pare- 
cía ser hecho, y pasar al modo de lo ipie había leído, luego que vii) 
la venta, se le representó que era un castillo con sus cuatro torres 
y chapiteles de luciente plata', sin faltarle su puente levadiza y 
honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos 
se pintan. Fuese llegando á la venia (que á él le parecía castillo), 
y á poco trecho della detuvo las riendas á Bocinante, esperando 
que algún enano se pusiese entre las almenas á dar señal con alguna 
trom{>eta de que llegaba caballero al castillo'*. Pero como vio que 



1. Alusión ú la estrella que guió los 
Reyes Magos al portal de ÍJeléii. Falta 
al parecer la partícula ;?'>, y debiera 
decir: que no á los paríales, sino á los 
alcázares de su redención le encami- 
naha{o). 

2. Este nombre dio ya ;i las mujeres 

ftúblicas el arcipreste de Talavera Al- 
onso Martínez de Toledo, capellán del 
Rey D. Juan el II en un libro que es- 
cribió contra los engaños de las malas 
mujeres. Con el mismo dictado del 
partido se denotan estas escorias de la 
sociedad en muchos documentos anti- 
guos castellanos. 

3. Los castillos que se mencionan en 
el libro 111 de D. Belianís de Greciana) 
tenían lautas torres y dorados cliapi- 
leles. que ilaljan qran sabor á quien los 
miraba. El castillo del mago Atlante, en 
el Pirineo, que describe Ariosto (6), no 
era tan rico como se le figuró á D. Qui- 
jote la venta, porque sólo era de acero. 
De las puentes levadizas, cavas y otros 
adberentespropios de los castillos, hay 
contiima mencit'm en las historias de la 
Caballería andante. 

4. Con trompeta, cuerno ó campana, 
que de todo hay en los anales de la 

(a) Cap. Vni. - (6 Cant. IV. 

(S) Siguiendo el parecer del notable cer- 
vantista y «raniático ü..Juan Calderón, el se- 
ñor Cortéjón pone una r.oma después de nlcd- 
care.s, para evitar confusión en el texto. No 
tiene razón ninguna la interpielación de 
Clemencín. (M. de T.) 



Caballería. Habiendo aportado á la ín- 
sula Silanchia Amadís de Grecia en 
couipañía del Rey de Sicilia, vieron un 
fuerte castillo con dos cercas... Como 
allí salieron, vieron encima del castillo 
sonar vn cuerno por una guarda, <¡ue 
en él pmesta estaba para que viendo al- 
guna gente extraña hiciese alguna 
señal (o). Al presentarse Lisuarte de 
Grecia con sus compañeros á vista del 
gran castillo de la Hoja hlanrH., oyeron 
.sonar un cuerno no mng reciamente por 
una guarda que estaba encima de la 
torre, que los gigantes tenían para que 
así lo hiciese viendo caballeros armados 
extraños 'b). En la isla de Cardería se 
entraba por una puente guardada por 
tres torres: en una de ellas había de 
continuo un enano muy feo para ver 
los que venían, y cuando el caballero 
que defendía la entrada era malandante, 
el enano tocaba im cuerno, y cobraba 
alientos el caballero (c). En la historia 
de D. Policisne de Boecia se lee de seis 
enanos que, colocados de noche con 
sendas antorchas, avisaban con sus 
cornetas de la llegada de los caballeros 
(jueseprcsentahan 'd). Para solenmizar 
la coronación de Florineo y su boda con 
la Infanta Heladina. se celebró en Es- 
cocia, en la corte de Lucea, un paso 
defendido por cuatro Reyes : cada uno 
de éstos guardaba un arco, y encima de 

(a) Amadis de Grecia, cap. XIV. (6) Zi*uar/e, 
cap. IV. — (c) Primaleón, cap. V. — {d) 
Cap. LHI. 



iMUMV.nA i'Miii;. cspínu.o II 2.'{ 

se lardabiin, y (|tie noriiinnUí si^ daba priesa por llegar ;í la caha- 
lleri/a ', se llegó á l;i puerta de la venta, y vio á las dos distiaidas 
ino/as (jue allí eslahan, (pie á ('I 1(\ parecieron dos liei-niosas don- 
cellas (') dos graciosas damas, (pie delanUí de la |)iierla del castillo 
s(i estallan sola/ando-. Kn esto sucedió acaso que un ponjuero ^\^n' 
andaba i'ecogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que 
sin perdón así se llaman)-' tocó un cuerno, á cuya señal ellos se 
recogen, y al inslante se le re|)resenló á D. Quijote lo que deseaba, 
que era tpie algún enano hacia señal de su venida. Y así con extraño 
contento lleg(') á la venta y á las damas ''; las cuales, como vieron 
venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, 
llenas de miedo se iban á entrar en la venta; pero D. Quijote, coli- 
giendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón, y 
descidíriendo su seco y polvoroso rostro"', con gentil talante y voz 
reposada les dijo : Non fuyan las vuestras mercedes'', nin teman 
desaguisado alguno", ca á la orden de caballería que profeso non 



cada arco hahía mía campana y ti» 
enano para la. tocar cuando alunn ca- 
ballera aventurero viniese («). 

1. Graciosa oposición y couti'asle 
entre la expectación y pausa del jinete 
y la priesa del caballo, entre las ideas 
hinchadas y pomposas de castillos, 
torres y cha'^piteles de plata, y la nntu- 
ralisinia del hambre de un caballo (pie 
no había comido en todo el dia. 

2. Solazavfie, palabra noble y her- 
mosa, hija del latino solatium, de que 
un uso iujusío ha privado á jmestro 
idioma, ó desterrándola entre las anti- 
cuadas, ó envileciéndola (lo que es aun 
peor) con una significación baja y pi- 
caresca. 

3. La gente de poca cultura suele 
pedir pei'dón cuandoticneque nombrar 
este clase de animales, que con una 
expresión judaica ó mahomética llama- 
mos inmundos. Cervantes se mofa aqvu' 
de semejnnte costumbre, asi como la 
remeda en la segunda parle (I/), donde 
dice el ganadero : J'^sla mañana salía 
deste lugar de vender {am perdón sea 
dicho) cuatro puercos. 

4. Algunos renglones antes había 
dichoya, que nuestro caballero se llegó 
(i la puerta de la venta y rió o las dos 
distraídas mozas que allí estatúan. De 
estos descuidos son muchos los que se 
hallan en el Quijote (?). 



(a) Floriwo de Lucen, lil 
(6) Cap. XLV. 



V, cap. VI. 



V). No viene bien con lo que poco des- 
pués se refiere : mirábanle las mozas (á 
D. Quijote) y andaban con los ojos bus- 
cándole el rostro que la mala visera le 
encubría. Si ya habían visto antes el 
rostro ¿ cómo ni para qué lo buscaban 
ahora? 

6. lisa D. Quijote de un idioma an- 
ticuado, lleno de las frases que había 
leído en los libros que tal le tenían, 
imitando cuanto podía su lenguaje, 
como antes se dijo. El estilo de nuestro 
hidalgo es por lo común llano y co- 
rriente; pero en las ocasiones en que se 
exaltaba especialmente su fantasía, era 
natural que se presentasen á su memoria 
con más viveza las expresiones de sus 
modelos en casos semejantes. Asi se 
explica, esta diferencia de estilos en el 
héroe de la fábula ; diferencia que sería 
viciosa en otro caso, y que aquí es na- 
tural, y un nuevo manantial de donaires 
y chistes. 

7. Diego de San Pedro, escritor del 
siglo XV,' entre las quince razones que 
alega en su Cárcel de amor para que 
no se hable mal de las mujeres, pone 

(í) El afán de abultar su comentario lleva 
á CJeniencíu á hallar descuidos y lunares en 
todo, hasta tal punto que Ion' dedo.^ se le 
fiquran liuéspedes, ó descuidos. Entre los innu- 
n'ierable-s lectores que ha tenido el Quijote, 
Clcmencín pertenece al escaso número de 
los que se hallaron en la imposibilidad de 
fíustar todo el deleite que procur;in sus ini- 
mitables páginas. (M- de T.) 



C>í 



DON QUIJOTE DE I.A MANCHA 



toca ni atañe facerle á ninpfuno, cuanto más á tan altas doncellas 
como vuestras presencias demuestran. ¡Mirábanle las mozas, y anda- 
ban con los ojos buscándole el rostro que la mala visera le encu- 
bría : mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su 
profesión', no pudieron tener la risa, y fué de manera que D. Qui- 
jote vmo á correrse, y á decirles : bien parece la mesura en las fer- 
mosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa pro- 
cede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal 
talante, que el mío non es de al que de serviros 2. El lenguaje no 
entendido de las señoras y el mal talle de nuestro caballero acre- 
centaban en ellas la risa y en él el enojo-'', y pasara muy adelante, 
si á aquel punto no saliera el ventero, hombre que por ser muy 



la siguionle : la séptima es porque 
cuando se eslableció lo caballería, entre 
las otras cosas que era tenido rí (juardar 
el que se armaba caballero^ era una que 
á fas mujeres guardase toda reverencia 
y honestidad. 

1. Expresión decente para significar 
lo que no lo es, como sucede aquí y en 
otros diferentes pasajes del Quijote. 
Antiguamente la palabra /Jí'o/'es/oVí sig- 
nificaba sólo la relif/iosa.í^cgúne\ autor 
del Diáloqo de las lenguas, quien decía 
con gracia («), que íc habían alzado 
con ella los frailes : y ileseaba se admi- 
tiese también en la ácepciíjn general de 
oficio ú ejercicio, como lo usa, dice, el 
latín ji el toscano. Los deseos del autor 
del Dio logo se cumplieron en el tiempo 
que medió hasta Cervantes, según se 
vé por el Tesoro de la lengua castellana 
de D. Sebastián de Covarrubias, exten- 
diéndose el sentido de la voz profesióri 
desde la de las monjas hasta la de las 
rameras {t¡). 

2. Al es el aliud latino, y se en- 
cuentra ya usado en los monumentos 
más antiguos del lenguaje castellano 
desde el Fuero Juzgo. En el Conde Lu- 
cflwo/', obra del Infante D. Juan Manuel, 
que murió el año de 13+7, se leealcapí- 

(a) Pág. 126. 

(r,) Tan fuera de su profesión. — Ninguno 
de nuestros escritores antiguos ó modernos 
puede com[)etir con Cervantes en la origi- 
nalidad, abundancia y gracia inimitable de 
estas que los franceses llaman trouvailles 
(hallazgos) y que esmaltan á cada paso su 
regocijada historia. Puede decirse con toda 
justicia que es el rev de los ingenios espa- 
ñoles. * (M. de T.) 



tulo XIII: Al Deán pesó mucho conestas 
nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, 
lo al por rezelo que habrían ü dejar su 
estudio El autor mencionado poco ha 
del Diálogo de las lenguas cita aquel 
adagio contra los hipócritas so el sayal 
hni al. En las cédulas y órdenes <le ios 
Reyes llegó á ser fórmula ordinaria con- 
cluir diciendoálosquese encaminaban: 
et non faredes ende al. Esta palabra 
ocurre una ú otra vez en el Quijotk, y 
es lástima que se haya anticuado como 
el ende y el hi, especie de abreviaturas 
sumamente útiles y significativas, usa- 
das de nuestros primitivos escritores, 
(]ue hemos arrinconado como trastos 
viejos, y que los franceses, con más 
juicio (i quién lo dijera ?) (6) que noso- 
tros, han conservado. 

3. El lenguaje y talle de D. Quijote 
no era lo que acrecentaba en él el enojo, 
como dice malamente el texto : la risa 
de las seúoras era la (jue producía este 
efecto. Debió escribirse: el lenguaje y 
talle aumentaban en ellas la risa, y 
ésta en él el enojo. Así diría probable- 
mente el original: la omisión de la pa- 
labra ésta hubo de ser descuido del 
impresor. 

(0) ,; Quién lo dijera '.' Causa verdadero 
asombro la admiración de Cleraencín. pues 
los franceses, no obstante su fama de lige- 
reza y veisatilidad, han mostrado siemjjre 
más juicio que nosotros en conservar sus tra- 
diciones literarias y su amor al orden y á la 
disciplina en las cosas del esyn'rilu. Por eso 
resulta a veces que un furibundo radical 
francés como Anatole France, aparece como 
esencialmente tradicionalista en materias 
literarias. Léase en prueba de ello su último 
y hermoso libro Historia de Juana de Arco 
y su Vie Litléraire. (M. de T.) 



l-IUMKriA PAIMC. CAPITULO II 



2.S 



gordo (M'íi muy pacíüco, el cunl, viendo aquella figura conlralifcha, 
armada de armas lan desiguales como eran la brida, lanza, adarga 
y coselete', no estuvo en nada en acompafiar- á las doncellas en 
las muestras de su contenió. Mas en efeclo, temiendo la máquina 
de tantos |)ertreclios, determliKi de hablarlo comedidamente, y así 
le dijo : Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén 
del lecho ^ (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás 
se hallará en ella en mucha abundancia. Viendo D. Quijote la humil- 
dad del alcaide de la fortaleza (que tal le pareció á él el ventero y 
la venta), respondió : Para mi, señor castellano, cualquiera cosa 
basta, porque mis arreos son las armas ', mi descanso el pelear, etc. 
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por 
haberle parecido de los sanos de Castilla ■^ aunque él era andaluz 
y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni 



1. Armas desiguales se llaman las 
que pertenecen á dilerenles géneros de 
armadura. La brida era manera de 
montar propiadelos hombres de armas 
ó caballería pesada, á diferencia de la 
jineta, que era propia de la caballería 
ligera, y muy usada por los moros. En 
la brida, se llevaban los estribos largos 
y las piernas tendidas : el jinete pare- 
cía estar en pie, las camas del freno 
eran largas. En la jineta, los frenos 
eran recogidos, los estribos cortos : el 
caballero parecía ir sentado, y sus 
piernas no bajaban de la barriga del 
caballo. Coselete era armadura ligera. 
Los caballeros andantes montaban á la 
brida, como los hombres de armas, 
según se ve por sus historias en la des- 
cripción de combales, justas y torneos. 
Usaban de escudos fuertes de hierro, 
(¡ue llevaban sus escuderos. Brida y 
adarga se contradicen. La adarga era 
hecha de cuero, y arma propia de los 
que jiiontaban á la jineta. Las más pre- 
ciadas se fabricaban en Fez, y por eso 
decía el gallardo moro al salir á pelear 
con el valiente castellano : 

Ensillenme el potro rucio 
Del alcaide de los Vélez, 
Denme la adarga de Fez 
Y la jacerina fuerte (a). 

2. Régimen defectuoso. La frase no 
estuvo en nada no pudo estar regida 
por el ventero. Sustituyase en su lugar 

(a) Guerra civil de Granada, cap. VIII. 



esta otra : no estuvo en nada que acom- 
pañase. 

3 Es lo contrario : quiso decir fuera 
ó á excepción del lecho (v). 

4. D. Quijote tomaba la palabra á 
aquel caballero que, hablando con su 
señora, decía en un antiguo romance 
que se insertó en el Romancero de Am- 
heres de 1555 la) : 

Mis arreos son las armas, 
Mi descanso el pelear. 
Mi cama las duras peñas. 
Mi dormir siempre velar. 

La contestación del ventero á D. Qui- 
jote manifiesta que él también sabía el 
romance. 

3. Huésped viene del latino hospes, 
que significaba tanto al hospedado 
como al que hospedaba. Así la usaron 
también nuestros antiguos libros, el de 
Amadís de Gaula y otros. La primera 
acepción es la más común en el uso 
actual, en el cual se llama asimismo 
huésped al mesonero ó ventero que 
hospeda á otros por interés. 

Castellano significa el natural de 
Castilla, y tamtiién el alcaide ó gober- 
nador del castillo. Mas para entender 
el texto, es menester saber que en el 
idioma de la Germanía, según el Voca- 
bulario de Juan Hidalgo, sano de Cas- 
tilla significa ladrón disimulado. 

[a] Fol. 2Ü7 

(v) Amén significó tambipn, en lo antigno, 
fuera de, excepto. (M. de T). 



26 



DON ÍXIJOTF, nr, I.A MANCHA 



menos maleanlc que estudiante ó paje'. Y así, le respondió: 
Según eso, las camas de vuestra merced serón duras peñas, y su 
dormir siempre velar : y siendo así, bien se puede apear con segu- 
ridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir 
en todo un año, cuanto más en una noche. Y diciendo esto fué á 
tener del estribo á D. Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad 
y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayu- 
nado. Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su 
caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo-. 
Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como D. Quijote decía, 
ni aun la mitad : y acomodándole en la caballeriza, volvió á ver lo 
que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas 
(que ya se habían reconciliado con él), las cuales, aunque le habían 
quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desen- 
cajarle la gola, ni quitarle la contrahecha celada^, que traía atada 
con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse 
quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera; 
y así se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la 
más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar : y al desar- 



1. Playa de Sanlúcar : uno de los 
parajes de España que en tiempo de 
Cervantes eran más concurridos de va- 
gabundos y gente perdida, como se ve 
por la reración que de estos parajes 
hace el mismo ventero en el capítulo 
siguiente. 

Caco, hijo de Vulcano, segi'in la fábula, 
infestabaconsus robos el iLacio, cuando 
Hércules volvió de España con sus 
ganados. Caco le robó sus vacas, lle- 
vándolas á su cueva por las colas para 
que no las encontrasen por el rastro; 
pero sus bramidos las descubrieron, y 
Caco murió á uianosde Hércules. Caco 
en griego signiGca malo, perverso {■/.). 

Maleante, voz de la Germania, que 
significa burlador, cliaaqueador matifj- 
no, y que puede derivarse del latín male 
ar/ens (a). Solían serio con frecuencia 

(x) Caco es hoy palabra del vocabulario 
usual y designa aun ratero diestro en el arte 
de robar. Suele emplearse la frase : más la- 
drón que Caco. También trae la Academia 
esta palabra con el sentido de hornhre timido, 
cobarde, aunque se dice más un aalliim, ó 
un cagón. 

(M. de T.) 

(a) Male agena. — La palabra mnluante es 
participio de mulear, y se aplicó en el spntiilo 
de : persona que ne malea o se hace picara. Kn 



los pajes por su carácter juvenil y 
alegre ; y de sus travesuras y burlas, 
tanto entre sí como con los truhanes 
que asistían antiguamente en las casas 
de los magnates, se refieren y celebran 
cuentos y pasos graciosos. Lo mismo 
solía suceder entre los esludianíes, 
según se pinta en el raca^TodeQuevedo 
y en nuestras florestas y colecciones de 
chistes ; y aun han liega<io vestigios de 
esta costumbre hasta nuestros días. 

"■1. Se hablaba de un mal rocín 
calidad que junto con la de comer pan, 
como los racionales, que se le atribuyo 
excita la risa del lector, y acaba de 
exaltarla el aire de sinceridad que da á 
la expresión el estado delentendimiento 
de D. Quijote. 

3. Piezas todas del arnés, cuyos 
nombres indican las partes que defen- 
dían, menos la última, que por encu- 
brir lo principal, que es la cabeza, se 
llnmaba así por excelencia, de celar 
por cii/irir. 



tiempos de Clenicncín corría todavía el fa- 
moso sistema de etimologías que hacía deri- 
varse cadáver de las tres palabras latinas : 
caro data vermibus, y admitía Otros esper- 
pentos por el estilo. 

(M. de T.) 



PRiMRnA PAnrr.. — capítiti.o it 



27 



mnrlo, como él se ¡inaginuba que aijucllas traídas y llevadas' que 
le dosarmal)an eran algunas principales señoras y damas de aquel 
castillo, les dijo con mucho donaire : 

Nunca fuera caballero^ 
de damas t;iii bien servido, 
como fuera 1). Quijote 
cuando de su aldea vino ; 
doncellas curaban dél, 
princesas de su rocino, 

ó Rocinante, que este es el nombre, señoras mías, de mi caballo, 
y D. Quijote de la Mancha el mío: que puesto que no quisiera 
descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro 
me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este 
romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre 
antes de toda sazón : pero tiempo vendrá en que las vuestras seño- 
rías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra oí 
deseo que tengo de serviros. Las mozas, que no estaban hechas á 
oir semejantes retóricas, no respondían palabra ; sólo le pregunta- 
ron si quería comer alguna cosa, (kialquiera yantaría yo^, respon- 
dió D. Quijote, porque á lo que entiendo me haría mucho al caso. 
Á dicha acertó á ser viernes aquel día^, y no había en toda la venta 
sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo. 



\. En la novela de Rinconete y Cor- 
tadillo dijo Cervantes de unos alpar- 
gates viejos que estaban tan traídos 
corno llevados : y lo mismo suele de- 
cirse en sfiueral de ropas que están ya 
deslucidas y deterioradas por el uso. 
Cervantes lo aplicó con propiedad a 
objetos manoseados y puercos, en 
quienes concurría además la circuns- 
tancia de traídos y llevados por los 
arrieros ú Sevilla, como antes se dijo. 
La riqueza y opulencia de aquella ciu- 
dad, mayor en aquella época que en 
otra alguna, ocasionaba la afluencia de 
este género de podridas y pestíferas 
mercancías. 

2. Contrahizo aquí nuestro bidalgo 
y aplicó á su persona el romance an- 
tiguo de Lanzarote, que dice : 

Nunca fuera caballero 
De damas tan bien servido, 
Como fuera Lanzarote 
Cuando de Bietuña vino: 
Que dueñas cuidaban dél. 
Doncellas de su rocino (a). 

(«) íiomancero de Anibercs do 1.-)55,fol. 24?. 



3. Yantar es comer; y al mismo 
tiempo es nombre, y significa con es- 
pecialidad cierta contribución que an- 
tiguamente se pagaba á los Reyes por 
razón de provisiones para sus viajes. 
Como verbo y como nombre ocurre con 
frecuencia en nuestras crónicas, códigos 
y poesías primitivas. Propiamente sig- 
nificaba desayuno, ientaculum, como 
dice Covarrubias : y aquí bien podía 
usarlo con oportunidad D. Quijote, 
como aquel que en iodo el día no se 
había desayiinado (¡j,). 

4. D. Vicente de los Ríos, arneno y 
culto escritor del Análisis del Quijote 
que se publicó en las ediciones de la 
Academia Española, fijó con arreglo ;i 

((i) Yantar. — Según su etimología signi- 
fica desayuno. Con abundantes citas clásicas 
demuestra el señor Cortejón que el yantar era 
la comida del medio día y no el almuerzo. 
Pudo citar el refrán : Quien es/jera á mano 
ajena, mal yanta y peor cena. Sin endiargo el 
verbo yantar se usaba en el sentido general 
de comer, como lo demuestran los refranes : 
El ahad de lo que canta yanta; y. con la mala 
yanta, y con la buena ten baraja. (M. de T.) 



28 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras 
truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su merced tru- 
chuela, que no había otro pescado que darle á comer. Como haya 
muchas truchuelas, res[)ondió D. Quijote, podrán servir de una 
trucha ; porque eso se me da que me den ocho reales sencillos, que 
una pieza de á ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas 
truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito 
(pie el cabrón. Pero sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo 
y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas. 
Pusiéronle la mesa á la puerta de la venta por el fresco, y trujóle 
el huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, 
y un pan tan negro y mugriento como sus armas ; pero era mate- 
ria de grande risa verle comer*, porque como tenía puesta la 
celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus 
manos, si otro no se lo daba y ponía, y así una de aquellas señoras 
servía deste menester. Mas el darle de beber no fué posible, ni lo 
fuera, si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en 
la boca, por el otro le iba echando el vino : y todo esto lo recebía 
en paciencia á trueco de no romper las cintas de la celada ^. 
Estando en esto, llegó acaso á la venta un castrador de puercos, y 
así como llegó, sonó su silbato de cañas ^ cuatro ó cinco veces : 

sus cálculos el día de la saudade D.Qui- cuándo ni cómo sequilaron estas cin- 

jote en 24 de .lulio de 1604 ; pero ese tas; sólo se dice antes, que toda aquella 

día fué miércoles, según lo cual, la noche estuvo L). Quijote con la celada 

salida, si fué en U;04 y en viernes, hubo puesta. Según esta expresión, no 3e 

de ser el 2, 9, 16, 23 ó 3ü de Julio; }■ si desataron ó cortaron las cintas hasta 

fué en 28 de Julio, hubo de ser el año otro día al salir de la venta, que fué á 

de 1600, en que el 2b de aquel mes fué la hora del alba, como se contará en el 

viernes, ó el año de 1SJ95 ó el de 1389 ú capítulo IV. 

otro anterior en que concurriese igual 3. Llámase este instrumento castra- 

circunstancia. ¡ Cuánto no se reiría puercos ó pito de capador (v). Se com- 

Cervantes si leyese esta nota! pone de varios cañutos unidos, cuyas 

1. Se usa inoportunamente la con- bocas están en línea, y que suenan 
junción pero, purque ninguna contra- sucesivamente, cumo la flautilla con 
posición hay entre lo que sigue y lo que suele pintarse al Dios Pan, su in- 
que antecede. Y disuena tanto uiás, ventor : 

cuanto el período siguiente empieza 

con otra conjunciim de igual signifi- Pan primus calamos cera coniungere plures 

cación y fuerza : mas el darle de beber Instituit («). 

no fué posible. Las ediciones anteriores 

del Quijote decían al darle : era errata ün pito de capador solemnizó la 

clara, y fué poquedad dé ánimo no comida de D. Quijote, como un cuerno 

corregirla. de porquero había solemnizado su He- 

2. A trueco de miraros, f?'^'*^ ^^ '^«^^'l'^- 

Aunque me aborrezcáis, tengo de „,.,,„ 

[amaros. (a) Vtrgilw, égloga ?.'. 

Así Pedro Padilla en el Tesoro de (.,) £„ Francia esta c\ise de pitos sólo los 
varias poesías : huy se dice á Irjieqiie. usan los cahreros de tos Pirineos. 
No se ve en el progreso de la relación (M. de T.) 



PRIMKItA PAini:. — r.M'ílTI.O II 20 

con lo cual acabó de confirmar D. Quijote que estaba en algún 
famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo 
eran truchas, el pan candeal, y las rameras damas, y el ventero 
castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su deter- 
minación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse 
armado caballero, por ()arecerle que no se podría poner legítima- 
mente en aventura alguna sin recibir la orden de caballería. 



CAPITULO III 

DONDE SE CUENTA LA GRACIOSA MANERA QUE TUVO D. QUIJOTE 
EN ARMARSE CABALLERO. 



Y así latigado deste pensamiento abrevió su venteril y limitada 
cena, la cual acabada, llamó al ventero, y encerrándose con él en 
la caballeriza', se hincó de rodillas ante éP, diciéndole : No me 
levantaré-^ jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la 
vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual 
redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano. El 
ventero, que vio á su huésped á sus pies, y oyó semejantes razones, 
estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y por- 
fiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de 
decir que él le otorgaba el don^ que le pedía. No esperaba yo 



1. La elección de sitio para la pre- 
sente escena realza en gran manera su 
argumento, y muestra hasta qué punto 
puseíaCervantcsel instinto del ridículo. 
iQué constraste entre el lenguaje cam- 
panudo y grandioso de D. Quijote, y 
una caballeriza! 

2. La misma petición y en la misma 
postura hizo Enil á Amadís de Gaula, 
encubierto ;i la sazón bajo el nombre 
deBeltenebrós.Apartóleporti?iajjuerta, 
é hincando los hinojos ante él, le dijo : 
Como quiera cpte yo, señor, no os haya 
servido, atrevinidome d vuestra gran 
virtud, quiero demandaros merced : y 
ruéqovos por Dios que me lo otorguéis. 
Beltenehrús lo levantó suso, é dijo : 
demanda lo que quisieres, que yo hacer 
pueda. Enil le quiso besar las manos; 
mas él no quiso, ¿dijo : Señor, demán- 
dovos que me hagáis caballero [a). 

3. Perión de Gaula, uno de los hijos 
de Amadís, después de desembarcar 
en una costa con otros donceles, vio 
venir una barca, que dos grandes jimios 
con cuatro remos traían. De la barca 
salió una doncella, y llegada á ellos, y 

(a) Amadis de Caula, cap. LVIII. 



/tincando las rodillas en tierra ante 
Per ion, dijo : Buen doncel, de aquí no 
me levantaré hasta que me otorguéis un 
don. Él le respondió, viéndola tan 
apuesta y hermosa : Doncella, pedid lo 
que quisiéredes. que yo os lo otorgo. 
Ella, levantándose, le dijo... Loque me 
habéis prometido, señor, es qut vais 
conmigo donde yo os llevare en esta 
barca, luego sin ninguna dilación, vos 
solosÍ7i otra compañía. Perlón, obligado 
por su promesa, se entró en la barca 
con la doncella, y remando fuertemente 
los jimios, se perdieron de vista (a). La 
doncella era AlquiTa, hija del sabio 
Alquife, marido de Urganda la Desco- 
nocida, de quien se hace algunas veces 
mención en el Qumote. Lus expresiones 
de Alquila á Perlón son muy semejantes 
á las de D. Quijote al ventero. 

4. La buena gramática pediría que 
los verbos porfiaba, quiso y hubo. 
correspondiesen á una misma persona 
ó sujeto. No sucede así, y resulta al- 
guna obscuridad, que se hubiera corre- 
gido poniendo, en vez de jainás quiso, 
jamás lo consiguió. 

(a) Liíuarte de Grecia, cap. i. 



l'HIMi;ii.\ l'AHIK. 



(.Al'llLLO III 



:í\ 



inonos ' (le la <íraii iiiaf^uiíicencia vuestra, señor mío, respondió 
D. Quijote ; y así os di^o que el don que os he pedido y de vuestra 
liberalidad me ha sido otorgado '^ es que mañana, en aquel día ^, me 



\. El Einper.idoi' Arquelao üloi'fíó 
cierta merced al Duque de Calés, y 
éste besó las manos al Km/ierador, di- 
ciendo : No se esperaba menos de lan 
crecida virtud romo la que en Vuestra 
Majestad resplandece {a). Habiendo la 
doncella Gradalilea pedido un don á la 
Princesa Onoloria, y otorgádolo ésta, 
la doncella le besó las manos, aunque 
no quiso, y le dijo : No esperaba yo de 
vos menos (b). 

2. Cervantes salpicó todos estos pa- 
rajes de expresiones tomadas del voca- 
bulario caballeresco. 

En ocasión que Perianeo, Príncipe de 
Persia, había desafiado al Emperador 
D. Belanio, un caballero desconocido, 
entrando por la sala, llegó hasLa hincar 
las rodillas ante el Emperador, y dijo : 
Alto y muy poderoso señor : yo soy un 
caballero venido de lejas tierras á te 
servir... Por ende te suplico que... ten- 
f)as por lúen de me otorgar un don, de 
que ningún daño ñ ti ni á tu corte ven- 
drá. Yo os lo otorgo, respondió el Em- 
perador... Pues el don que me hahéis 
otorgado, dijo el caballero, es de me 
dejar hacer la batalla con ese tan 
arrogante caballero... Mucho me pesa, 
respondió el Emperador, de lo qiie vos 
he otorgado...: mas púa asi es, yo no 
lo puedo excusar (c). 

Él Príncipe Aí^esilao, disfrazado con 
el nombre de üaraida, dijo á Sidonia, 
Keina de (lUindaya : Mi señora., supli- 
cóos un don me otorguéis... ¡Ay Da- 
raidal dijo la Reina, piide lo que qui- 
sieres, que 1/0 lelo otorgo... Y ella dijo: 
Sabed, mi señora Sidonia, que me 
habéis otorgado que mañana, recibiendo 
la Orden de Caballería por mano del 
Caballero del Fénix... haga yo la 
batalla en lugar del tercero {d). El 
Caballero del Fénix era D. Florarían 
de Tracia. 

Allí mismo (e) se cuenta que la don- 
cella Galtacira pidió que le otorgase un 
don la Reina Sidonia. Otorgado el don 
por la Reina, le dijo Galtacira : Pues 
mi señora, el don que me habéis otor- 

(a) Olivante de Laura, lib. I, cap. XXXIV. 
— (A) Lisuarte de Grecia, cap. Vil. — (c) Bo- 
lianis, lib. II, cap. XXX. — (d) Florisd, 
parte III, cap. L. — («) Gap. Lili. 



gado es que mandéis á la. vuestra Daraida 
que luego mañana se pana conmigo á 
remediar mi necesidad. De esto pesó á 
la Reina. 

Semejante especie de compromisos, 
obtenidos artificiosamente por medio 
de promesas anticipadas, venía ya de 
los libros primitivos de Caballería. El 
Rey Artús había pedido un don á 
Tristán, y otorgado por éste á instancia 
de la Reina Ginebra y «le Lanzarote, 
declaró Artús que el don otorgado era 
ser para siempre Caballero de su corte 
y de la Tabla redonda. 

.3. Yendo Urbín el Lozano con su 
escudero Carpín, á petición de la dueña 
Ardenia, á libertar una doncella, hija 
suya, que el gigante Llaro había robado 
y tenía en una torre, le dijeron desde 
las almenas : Esa loca dueña que aquí 
te envía, su hija mañana verá en aquel 
día lo que con los caballeros andantes 
tan locos como tú ha ganado (a). 

Esta añadidura, en aquel día para 
expresar el de mañana, no es exclusi- 
vamente de los libros de Caballería; 
es también de otros desde la fecha 
m;ís antigua de nuestro idioma. En el 
Poema del Cid, escrito en la declinación 
del siglo XII, por el mismo tiempo ó 
poco después que los primitivos libros 
bretones de Caballería, se refiere que 
estando el Cid cerrado por los moros 
en el castillo de Alcocer, Alvar Fúñez, 
uno de sus capitanes, proponía que se 
hiciese una salida contra los sitiadores, 
y decía : 

Víivamos lüó ferir en aquel día de oras (¿). 

En el romance viejo de la Infantina (c) 
se lee : 

Hija soy yo del buen Rey 

Y la Reina de Castilla 

Hoy se cumplen los siete años 

O mañana, en aquel día 

Esperéisme vos, señora, 

Hasta mañana aquel día. 

En el romance del conde Alarcbs, dice 
á éste el Rey : 

Cijnvidaros quiero, Conde, 
Por mañana, en aquel día, 

(n) Polici.ine de Boecia. cap. XXITI. — 

{bi Romancero de Amberes de 1Ó.55, fol. 203. 
— (c) Verso b84. 



32 



DON QUIJOTE DE I.A MANCHA 



habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla desle vuestro 
castillo velaré las armase y mafiana, como tengo dicho, se cum- 
plirá lo que tanto deseo, para poder como se debe ir por todas las 
cuatro partes del mundo buscando las aventuras en pro de los 
menesterosos, como está á cargo de la caballería y de los caba- 
lleros andantes como yo soy, cuyo deseo á semejantes fazaflas es 
inclinado. El ventero, que como está dicho ei'a un poco socarrón 
y ya tenía algunos barruntos de la íalta de juicio de su huésped, 
acabó de creerlo cuando acabó de oír semejantes razones, y por 
tener que reir aquella noche, determinó de seguirle el humor; y 
así le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba, y que tal 
prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales 
como él parecía y como su gallarda presencia mostraba ; y que él 



Que queráis comer conmigo 
Por me tener cumpaüia. 

Usando de este modismo antiguo, cuenta 
Cervantes en la segunda parle del Qui- 
jote (a) que decía el Duque á Sancho : 
Advertid que mañana^ en ese mismo 
día, habéis de ir al (jobierno de la ín- 
sula (a). 

1. Conforme al espíritu general del 
tiempo y de los países en que ílureciú 
la caballería, su profesión estaba ligada 
intimamente con la del Cristianismo. 
Por su ley y por su dama em la divisa 
del caballero. Üe aquí, junto con la 
ignorancia y poca cultura de dicha 
época, nacía aquella mezcla de magna- 
nimidad y de venganza, de violencia y 
de ternura, de devoción y de amoríos, 
cuya reunicm tiene también su color 
poético y es capaz de recibir los ador- 
nos de la imaginación y del estilo. Este 
carácter se exageró en las historias de 
los caballeros andantes, donde ;i cada 
paso se encuentran las pr.icticas reli- 
giosas mezcladas con otras de ferocidad 
grosera, contradicciones entre ¡acreen- 
cia y la conducta, profesión sincera de 
la fe y violación perpetua de las máxi- 
mas del Evangelio. Los estatutos de la 
Orden de la Banda, fundada por el 
Rey D. Alfonso el XI de Castilla, pres- 
cribían que todo Caballero déla Banda 
faf/a ynue/io por oir misa en la mañana, 
pudiéndola haber, porque lo ayude 
Dios en su caballería {b}. Pues he 

'a) Cap. XLII. — (6) Doctrinal de Cabal- 
leros, lib. III, tit. V. 

fa) En confirmación de este uso aduce el 
señor Cortejen pasajes de Berceo, Calderón 
y Alarcón. {^l. de T.) 



aquí que esta costumbre era ordinaria 
también en los caballeros andantes, 
como se cuenta, v. gr., del caballero 
del Febo y del Rey Liseo en el Espejo 
de Príncipes {a). Estándose para dar 
una gran batalla entre el Emperador de 
Roma y el Rey de Gaula, refiere la his- 
toria de Amadís [b] que venida el alba 
las trompetas sonaron, y tan claro se 
oían los unos á los otros como si juntos 
estuvieran. La yente se comenzó á ar- 
mar é ú ensillar sus caballos, é por las 
tiendas ú oir misas é cabalyar todos é 
se ir para sus señas. Cuando Godofre <^) 
de Bullón lidió con Guí de .Montefalcón 
en desagravio de una doncella despo- 
seída de su estado por este último, 
después de armados oyeron amos ú dos 
misa en la mayor iglesia de la ciudad ; 
y luego cabalgaron, y se fueron á rom- 
per las cabezas. La noche anterior al 
día en que habían de pelear el caba- 
llero del Cisne y el duque Rainer de 
Sajonia, tovieron amos los cab Uleros 
vegilia en la mayor iglesia de la villa, 
el uno al altar de Sant Ramiro, é el 
otro al de Sant Pedro. E otro día oyeron 
misa, é ofrecieron amos sus ofrendas 
muy grandes é muy ricas. É después 

(a) Parte I, lib. 11, cap. XLIV. 
(h) Cap. CIX. 



(>) Godofre. — Ni esta palabra ni Guí 
son formas castellanas. Se dice Go'lofredo y 
Guido. También tenemos la forma Vito, muy 
usada eu la frase : baile de San Vito, y como 
designación de un baile andaluz. 

(M. de T.) 



i'HiMi;ti.\ i'akh;. 

uniidrinise tnjii/ /lieii, é salieron en .sus 
calta I los, (' fueron al campo do liabiaii 
li lií/iar (u). Kl Infante Kloraiiior y 
Lenndro el Uel, aninritcs amitos áe lii 
Princesa Ciipidua, se; dusafiaroii sin 
saber que eran hermanos. Llegado el 
plazo de la batalla, la noche antes se 
confesaron de sus pecados... // venida 
la mañana, recibieron el San/isimo 
Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo : el 
caballero de Cupido (Leandro) e?i la 
capilla del Emperador, y el de las 
Doucellas (Floraínor) en un tnoneslerio. 
Veriliciise después la batalla, que duró 
con el mayor encarnizamiento hasta la 
noche !/;). La víspera de la batalla de 
Lisuarte con Ainadis de (¡recia, tuvo 
vigilia en la capilla de la Emperatriz... 
Antes que amaneciese, fué confesado de 
todos sus pecados é con f/ran devoción 
tomó el cuerpo de nuestro Redentor (c;. 
Lo mismo hizo Amadis de (jaula antes 
de combatirse con Ardan Calineo (r/) : y 
lo mismo hicieron el Emperador D. Bela- 
nio y sus tres hijos Belianis, Clarineo 
y Lucidaner para enlrar en el desafío 
con los Príncipes troyanos (e). 

Consiguiente á estas máximas y cos- 
tumbres, fué que en el acto de armarse 
los caballeros interviniesen también 
ceremonias reliíiiosas, y que D. Quijote 
tratase de seguir puntnnlmenie los 
ejemplos que le daban. Amadis de Gaula, 
cuando quiso armarse caballero por 
mano del Rey Perión, su padre, hizo 
llevar porlanoche sus armas á la capilla 
de la Reina, donde armado de todas 
armas, salvo lacabeza y las manos, h?zo 
la oración ante el altar, rogando d Dios 
que así en las armas como en aquellos 
mortales deseos que por su señora tenía, 
le diese victoria. Venido el Rej' Perión 
;'í la mañana, le dijo Oriana : Yo vos 
quiero pedirun don. De grado, dijo el 
Rey. lo haré. Pues fiacedme esemi doncel 
caballero ; y tnoslr úselo, que de rodillas 
anteelallar estaba. El Rey vióeldoncel 
tan hermoso, que muclio fué maravi- 
llado, y llegándose ú el, dijo : ? Queréis 
recibir orden de caballería '.' Quiero, dijo 
él. En el nombre de Dios: y él mande 
que tan bien empleada en vos sea y tan 
crecida en honra, como él os crescio en 
hermosura; y poniéndole la espuela 
diestra, le dijo: agora sois caballero, y 

(a) fíistorin del Ccbnllero del Cisne, Ub. I, 
caps. LXXVIII V CLVII. — Ib) Caballero de 
la Cruz, lib. lí, caps. XXV y XXVI. — 

(c) Amadis de Grecia, parte II, cap. LXI. — 

(d) Cap. LXI. — {e) Belianis, lib. II, cap. LII. 



— CAI'ITI I.O Jll 33 

la espada pjodéis tomar. El Rey la tomó 
é diósela,y el doncel la ciñó muy apues- 
lumcnte (a). Fl Rey Minandro decía á 
la doncella que le pedía armase caba- 
llero á Policisne : Ninguno puede por ley 
de caballería ser armado, sin antes velar 
en una iglesia sus armas (b). La noche 
que Florambel de Lucea veló sus armas 
para recibirse caballero á otro día, se 
confesó con el santo sacerdote Ci- 
priano (c). Cuando Lisuarte se armó 
caballero en Gonstantinopla, tuvo vi- 
gilia la noche antes, y se confesó con 
un Obispo de lodos sus pecados [d). 
Leandro el Bel y cinco donceles que 
le acompañaban, recibieron la orden 
de caballería de mano del Emperador 
de Constantinopla, y la noche antes, 
que era la de San Juan, la pasaron en 
oración en la capilla imperial, rogando 
d Dios los hiciese tales que pudiesen 
adelantar sus lionras y ensalzar su 
santa fe: despuésde confesados, oyeron 
misa solemne y comulgaron los seis 
donceles. Semejante fué el caso de 
Florineo,, hijo de Aquilano. Rey de 
Esiocia. Él y otros cincuenta y dos ca- 
balleros, después de media noche se 
confesaron de todos sus pecados y 
recibieron el cuerpo del Señor, rogán- 
dole les diese gracia que le pudiesen 
seriñr en aquella orden que recibían... 
Y el alba venida, vino el Rey á la iglesia, 
adonde el arzobispo de Lucea dijo con 
gran solemnidad la misa, y después el 
Rey armó caballero á Florineo : y ciñén- 
dule una muy buena espada que fuera 
del Rey Guidelo, su abuelo, le dio paz 
en el rostro, y le dijo: Dios le haga tal, 
cual lodo el mundo piensa (e). 

Esta intervención religiosa en la re- 
cepción del orden de caballería no fué 
invención de los fabulistas caballeres- 
cos, ni era solamente práctica de ca- 
balleros particulares, sino también de 
Reyes y Príncipes. Caminando Don 
Juan el II, Rey de Castilla, para hacer 
la guerra á los moros, pasó por Toledo, 
y allí veló las armas en la iglesia cate- 
dral toda una noche, como refiere su 
crónica (f). Los escritores de libros de 
caballería copiaron en esta parte las 
costumbres y usanza general de su 
tiempo, descrita ya menudamente en el 

(a) Amadix de Gaula. cap. IV. — (b) Poli- 
cisne de Beoda, cap. XXXVIll. — (c) Flo- 
rambel de Lucea, lib. II. cap. XVI. — (d) 
Lisuarte de Grecia, cap, XXVI. — (c) Flo- 
rnnibel de Lucea, lib. I. cap. IV. — (') Cap. 
CCI. 



34 



DON Ol IJOIT-: DK LA MANCHA 



ansimisrno en los años de su mocedad se había dado á aquel hon- 
roso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando 
sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málag^a \ 



Código fie las Purlidas, obra del Hcy 
Don Alonso el Sabio, en el siglo xm {a¡. 
Los mistaos usos duraban en el siglo xv. 
como se ve por el ejemplu mencionado 
del Rey D. Juan, y por el Doctrinal cíe 
Cahalleros dirigido al Conde de Castro 
por el Obispo de Buryos, donde se 
msertaron literalmente las disposi- 
ciones de las Partidas. Describiéndose 
allí la forma en que debe armarse el 
caballero, se manda que la noihe anles 
vele en la iglesia, haciendo oración ; 
venido el día oiga misa, y armado de 
todas armas, menos la cabe/.a, que 
tenga descubierta, proteste ante el que 
leba de armar, que quiere reci!)ir orden 
de caballería, y que la mantendrá como 
se debe mantener. El que le armaba ú 
otro caballero por su mandado, le cal- 
zaba las espuelas, y luei/o le ceñía la 
espada. Sacábala el' novel caballero, y 
con ella en la mano juraba morir, si 
menester fuese, por su ley, por su señor 
y por su tierra. Hecho esto, el que lo 
armaba laclaba la pescozada porque no 
se le olvidase su juramento, y lo besaba 
en señal de paz. Los estatutos hechos 
posteriormente para las órdenes mili- 
tares de España confirmaron estas dis- 
posiciones, y expresaron la de que 
comulgase el caballero. 

Los pormenores de estas ceremonias 
se encuentran observados unos en una 
parte, otros en otra, en innumerables 
pasajes de los libros caballerescos. Cer- 
vantes, en la armadura (y) de D. Quijote 
remedo las que hacían buenamente á 
su intento: omitió las religiosas, cuya 
intervención, ni ira verosímil ni podía 
verificarse sin profanarlas : halló el 
medio de indicarlas por no faltar á la 
verosimilitud, y de omitirlas por no 
faltar al respeto. Pero ya que de esta 
suerte se puso á cubierto Cervantes de 
la nota de irreligiosidad, no eviti) por 
otro lado la censura de algunos que 
creyeron que en este lugar de su Quijote 

(a) Part. II, tit. XXI. 

(y) A¡tnadura no es el término propio: en 
este caso sería mejor emplear la palabra : 
armazón, qué precisaineute usa más adelante 
el mismo Corvantes en este sentido. 

(M. de T.) 



contribuyó á la rlccadencia de cierto 
pundonor caballeresco que antes era 
común entre los Españoles, y cuyo es- 
píritu se hallaba expresado en las cere- 
monias de larccepcum de la caballería. 
Cervantes, remedándolas del modo que 
aquí se ve en el discurso de la relación 
presente, haciendo del corral capilla, 
de la pila del pozo, altar, del libro de 
paja y cebada, manual, del ventero, 
maestre, de las rameras, i^aballeros asis- 
tentes y de las bestias de los arrieros, 
capítulo, imprimii) á todo un sello de 
ridiculez que, sin duda alguna, estuvo 
muy lejos de su intención. 

1. Especie de mapa picaresco de Es- 
paña, donde se marcan los principales 
parajes á que solía concurrir la gente 
perdida y vagabunda. 

Perc/i'fies de Malaya. Islas de Riaráii. 
— A principio.s del siglo xv, el Hey 
D. Enrique el Enfermo envió una em- 
bajada al famoso Tamerlán, que había 
extendido sus conquistas por las re- 
giones interiores del Oriente, y llenado 
el mundo de su renombre. Ruy González 
de Clavijo, uno de los enviados, en el 
itinerario que escribió de la embajada, 
hablando de Málaga, di<e : entre elmnr 
if la cerca de la rilla esldn unas pocas 
de casas que son lonjas de mercaderes. 
Este sitio le ocupaba un grande arrabal 
en que había muchas huertas y casas 
caídas, cuando sitiaron á Málaga los 
Reyes Católicos aw los cuales, después 
de tomada aquella ciudad, heredaron 
en aquel arrabal á Garci Lóipez de 
Arriarán, caballero vizcaíno, capitán 
de la Arniada. que concurrii'> á la em- 
presa, de donde tomó la manzana de 
casas que le formaban el nombre de 
Isla de Hiaron. Después déla conquista, 
por razones de salubridad y de aseo se 
estableció allí, como en paraje aislado, 
el adobo, salazón y tráfico d« los pes- 
cados, y por l.is perchas en que se col- 
gaban á orear los ceciales, dicen que se 
aló al barrio el nombre de los Per- 
cheles. Eii este período fué cuando 
adquirió el crédito que le dié) tan hon- 
rado tugaren la relación del ventero, y 

{a) Crónicade Pulgar, parte III, Cap. T..XXV. 



fniMKItA l'AUl't;. — C.APÍTI I.O III 



mK 



en qiio,;! semejanza tlentras pesqucrirts 
de las costas ile I^spiíñii, servia de es- 
cuela y palestra <i los vusíos (|iie 
citncurriaii (l(! todas i)iirLes ;i ejei'i'itar 
sus lualas mañas. La circunst.iiicia <l(! 
ser par.ije separado de la ciudad, hizo 
que se le destinase ;i lazareto en la i)este 
(¡ue atlifíii) a(iuella costa el año IriSá, 
seiriui las noticias recogidas y |)ul)licadas 
pcu- Pellicer ; y alii se ediliiMi después 
la aduana, entrailo ya el síí;1o xviii. De 
los bravos de los l'rrc/ieles se liace 
uienciúii en la historia de Kstehanillo 
González, truhán de mediados del 
siglo XVII (fi); pero esta fama era ya 
antigua, ponjue el lacayo espadachín 
Vallejo,enla comedia ViV/emíí/, de Lope 
de Itneda, decía á su amo : }' coi'lé el 
brazo á Vicente Arenoso riñenr/o con él 
de Inieno á bueno en los Percheles de 
Mr'dar/a [b). 

Compás de Sevilla. — Cervantes, en 
el \'iaje al Parnaso, describiendo la 
tormenta que corría un buque cargado 
de malos poetas, dice : 

T sé yo bien que la fatal cuadrilla 
Antes que allí, holgara de hallaise 
En el Couipás famoso de Sevilla. 

Dióse el nombre de Cow//7i'/'.s-á un barrio 
de aquella ciudad que está al entrar por 
la puerta del Arenal, á laizijuierda á lo 
largo de la muralla, donde estuvo anti- 
guamente la mancebía con otras casas 
de vecindad, habitadas de gentedemal 
vivir. Hubo en él una laguna, de donde 
recibii'i el nombre una calle que ahora 
lo tiene. A este barrio hubo de perte- 
necer la casa de Monipodio, que tan 
saladamente describir) Cervantes en la 
novela de Rinconete y Cortadillo. 

Azoquejo de Segoria. — Plazuela del 
arrabal de Segovia, por donde pasa el 
famoso acueducto romano de aquella 
ciudad, que en ella es donde tiene su 
mayor elevación. Azoguejo es duninu- 
tivo de azogue, palabra anticuada de 
origen árabe, que significa plaza. Pa- 
réceme que azogue era equivalente de 
ioco, que significa lo mismo : Zocodover 
es diminutivo de zoco, y según esto, 
sftn sinónimos Azoguejo y Zocodover, 
plazuelas, aquélla de Segovia y ésta de 
Toledo. Cuando Segovia era Segovia, y 
sus fábricas y riquezas atraían y ali- 
mentaban una población numerosa, el 
-Vzoguejo era el sitio donde solía con- 
currir la gente apicarada que aquí se 



indica, y (jue frecuentarían los pelaires 
de aquella ciudad, de quienes se habla 
después en el capítulo XVII como de 
gente aleare, nialeanle y juguelona. 

Olivera de Valencia. — Hace medio 
siglo que junlíj á la parrorpiia de San 
Miguel de Valencia había un olivo an- 
tiguo enunsilio despejado yespacioso, 
que hoy ocupan algunas casas y la 
plazuela de la Olivereta Los callejones 
tortuosos de alrededor, entre ellos el 
llamado del Hoch.i ó del Verdugo y el 
de Malcuinal ó Malguisado, eran al- 
bergue de mala gente y lupanares que 
frecuentemente daban que hacer á la 
justicia. Según las noticias que D. Ca- 
siano Pellicer recogió en la parte II del 
liis/rionismo, parece que hubo en la 
Olivera corral de comedias á mediados 
del siglo XVII. Míicese mención del mismo 
sitio en la comedia El bobo del Colegio, 
escrita por Lope de Vega, donde el 
lacayo de Garcerán, que había venido 
con su amo de Valencia á Salamanca, 
dice : 

¡ Ay Valencia de mis ojos! 
¡Ay jilaza de la Olivera ! 
; Quién pm- el aire te viera 
Para templar ?us enojos 1 

Uondilla de Granada. — Xo ha que- 
dado vestigio en esta ciudad del sitio 
designado en el presente- pasaje. Pre- 
guntadas personas ancianas, alguna 
de ellas casi centenaria, no se acuerdan 
de haber oído semejante nombre, que 
taiüpuco se encuentra en las memorias 
históricas del país. 

Plaga de Sanlúcar. — Estahabíasido 
la escuela del honrado ventero, según 
lo ([ue se dijo en el capítulo anterior; y 
era digna de serlo por la clase de gente 
que la frecuentaba con motivo del co- 
mercio marítimo de Sevilla, que se 
hacía por Sanlúcar, y por la concurren- 
cia de las Ilotas de Indias. 

Potro de Córdoba. — D. Antonio de 
Guevara, obispo de Mondoñedo, que 
lloreciú á principios de Carlos V, pin- 
tando un baladrón, que cuenta á sus 
vecinos en la aldea sus campañas y las 
batallas en que se ha hallado, dicefft) : 
// si á mano viene, en todos aquellos 
tiempos se estaba él en Zocodover de 
Toledo, ó en el Potro de Córdoba. En 
una comedia de Lope de Rueda intitu- 
lada Los Engaños, contestando Julieta 
á lo que creía eran burlas de Fabricio, 



(a) Gap. IV. — (6) Acto III, esc. I. 



(ü) Menosprecio de la corle, cap. XIV. 



36 



DON QWJOTt: DE LA MANCHA 



le decía: para mi, que, como dicen, soij 
de Cárdoha i/nasci en el Potro. Esto de 
nacer en cU'olro causaba al parecer eje- 
cutoria, según aquella letrilla del Ho- 
niancer o general de Pedro de Flores (a), 
cuyo estribillo es : 

Busquen otro, 
Que soy nacido en el Potro. 

Todo indica la clase de reputación que 
gozaba aquel b.irriu. y manifiesta con 
cuánta oportiiniílad invocábalas ninfas 
de su fuente D. Diego Hurtado de .Men- 
doza en la composición poética que 
intituló la Vida del Picaro : 

Ninfas de Esgiieva y del famoso Potro 
]>e Córdoba la llana, "que gradúa 
Con borla picaril y no con otro. 

El barrio del Potro era y es la parte de la 
ciudad que está más al .Mediodía, for- 
mando de Oriente á Poniente la calle 
que llaman del Potro, desde el puente 
hasta la puerta de Haeza. Hay en dicha 
calle una plaza y en medio de ella una 
fuente de cuatro caños, en cuyo centro 
se ve sobre un globo un potro de piedra 
de 4 á o pies de largo, descansando 
sólo en los dos pies de atrás, en actitud 
de saltar. De aquí les vino el nombre 
á la fuente, á la calle y al barrio. Debió 
haber en él fábricas de agujas, como se 
indica después en el capítulo XVU, 
donde se mencionan los agujeros del 
Potro de Córdoba, como individuos de 
la Congregación picaresca. Continuaba 
la misma fama del Potro de Ci'irdoba 
después de los tiempos de Cervantes, 
cuando á mediados del siglo xvii es- 
cribía Estebanillo González ib) : Llegué 
á Córdoba á confirmarme por angélico 
de ¡a calle de la feria >/ ó re finarme en 
el agua de su Poiro : porque después de 
Itaher sido estudiante, paje y soldado, 
sólo este grado y caravana me faltaba 
para doctorarme en tas leyes que pro- 
feso. 

Venidlas de Toledo. — Debieron ser 
las que había fuera de la población, en 
sus inmediaciones. En la comedia de 
Lope de Vega intitulada La Doncella 
Teodor, se cuentan las ventillas entre 
los parajes adonde solían salir las 
gentes de Toledo á pasear y divertirse, 
puesel gracioso, suponiendo que Teodor 
había llegado á aquellaciudad, dice (c) : 

(o) Parte XII, fol. 4-29. — (6) Cap. V. — 
(c) Acto II. 



Pero ella debe de estar 
En la Vepa o las ventillas. 
En la liuerta ó las Vistillas 
Tratando de merendar. 

Y que á ellas solía concurrir gente 
devota de Baco y pendenciera, lo cuenta 
Cervantes en la comedia del Rufián 
dichoso, donde, hablando de éste y de 
sus valentías, dice Fr. Antonio, alias 
Lagartija : 

En Toledo, en las ventillas, 
Con siete tercio|)eleros, 
VA hecho zaque, ellos cueros, 
L(í vide hacer maravillas. 

En las mismas ventillas ó figones 
aprendió á jugar al rentoi Carriazü,uno 
de los principales personajes de la no- 
vela la Ilustre Fregona. El concurso 
seria mnyor en los tiempos de la 
opulencia y florecientes i.ibricas de 
Toledo, y, por consiguiente, mayor la 
ocasión de campar en ellas la gente 
viciosa y baladi (,o). 

El sitio donde empieza la novela Los 
Cigarrales de Toledo, escrita por el 
maestro Tirso de Molina, fué en el ca- 
mino que viene de Madrid al emparejar 
con sus conocidas ventas y descubrir la 
dorada pifia de sus casas. La primera 
de aquellas ventas, según allí se ex- 
presa, se llamaba de las Patas. Estas 
fueron verosímilmente las designadas 
en el pasaje presente del Quijotk. 

Y otras diversas partes. — .Agustín 
de Rojas, en la alocución al vulgo con 
íiue concluye su Viaje entretenido, 
dando cuenta de su patria, padres y 
oficios, habla asi : no digo que nací en 
ei Potro de Córdoba, ni me crié en el 
Zocodover de Toledo, ni aprendí en el 
coitíUo de Valladolid, ni me refiné en 
el Azoguejo de Segovia. Cervantes 
nombra también, entre los parajes de 
esta clase, las Rnrharanas de Sevilla ; 
pero entre todas estas dignísimas es- 
cuelas y gimnasios, daba la preferencia 
y la palma á las nbnadrabas de Zafia- 
?a (i). Hablando en ln Ilustre Fregona 
de D. Diego Carriazo, joven prófugo de 



(S) Baladi, se dice en eeneral de las cosas 
y asuntos de poca monta. No anduvo Cle- 
inencíu muy acertado en aplicar el caliti- 
cativo á individuos que eran más bien paja- 
ro.^ de cuenta. (M. de T.) 

(í) Almadrabas deZahara. — El doctor The- 
bussem, en su curioso libro Ser/unda nación 
de artrculos da interesantes y amplias noti- 
cias acerca de dichas almadrabas. 

(M. de T.) 



PRIMERA partí:. — CAPH t I.O III .i i 

Islíis de HiiUí'm, Comp.is de Sevilla, Azof^uejo de Segovia, la Oli- 
vera de Valencia, liondilla de íiranada, playa de Sanlúcar, r*otro 
de (líu-doha y las venlillas de Toledo, y otras diversas parles, donde 
liahía ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, 
haciendo muchos tuertos', recuestando muchas viudas, desha- 
ciendo algunas doncellas y engañando á algunos pupilos, y, final- 
mente, díhidose á conocer por cuantas audiencias y tribunales hay 
casi en toda España; y que á lo último se había venido á recogerá 
aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, 
recogiendo en élá todos los caballeros andant(;s de cualquiera cali- 
dad y condiciíSn que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenia, 
y porque partiesen con él de sus haberes en pago de su buen deseo, 
üíjole también (pie en aquel su castillo no había capilla alguna 
donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla 
de nuevo; pero (¡ue en caso de necesidad él sabía que se podían 
velar donde quiera, y que aquella noche las podría velar en un patio 
del castillo; que á la mañana, siendo Dios servido, se harían las 
debidas ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, 
y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo. Preguntóle si 
traía dineros : respondió D. Quijote que no traía blanca, porque 
él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes 
que ninguno los hubiese traído ^. A esto dijo el ventero que 



la casa paterna, dice que pasó por 
todos los grados de picaro hasta que se 
graduó de maestro en las almadrahus 
de Zallara, donde es el finibusterre de 
la picaresca. ¡ Oh picaros, continúa, 
/ oh picaros de cocina, sticios, gordos y 
lucios; pobres fingidos, tullidos falsos, 
cicateruelos de Zocúdover, de la plaza 
de Madrid, vistosos oracioneros, espor- 
tilleros de Sevilla, tnandilejos de la 
hampa, con toda la caterva innume- 
rable que se encierra debajo deste 
nombre ¡ PICARO I bajad el toldo, 
amainad el brío, no os llaméis picaros 
si no habéis cursado dos cursos en la 
academia de la pesca de los alunes! 

1. ¡Qué bien delineado está el ca- 
rácter socarrón y taimado del ven- 
tero ! El oficio de los caballeros an- 
dantes era deshacer tuertos y amparar 
las viudas, doncellas, pupilos, y, en 
general, á los que por sí solos no po- 
dían defenderse de las violencias de 
los demás. El ventero hace aquí una 
reseña de todo lo contrario, que era lo 
que él había practicado antes de reti- 
rarse á su venta ó castillo, donde 



vivía de lo suyo y de lo ajeno, parti- 
cipando, en cuanto le era dable, de 
los haberes de los pasajeros. La úl- 
tima expresión del ventero recuerda 
lo que se refiere en la historia de Don 
Olivante de Laura (a) de un caballero 
llamado Arlistar, señor de un cas- 
tillo, el cual, aunque muy buen caba- 
llero fuese, como no tuviese otra cosa 
que este castillo de que mantenerse, 
empleaba su bondad en aprovecharse de 
los caballeros y otras personas que 
por estos caminos pasaban, haciendo 
que partiesen co7i él de lo que tenían. 
Olivante lo venció y mató, poniendo 
en libertad á muchos caballeros y escu- 
deros que tenía presos en el castillo. 

2. D. Quijote, diciendo que no 
había leído en las historias de los 
caballeros andantes que ninguno de 
ellos hubiese traído dineros, no estaba 
en lo cierto ó lo había olvidado. 
Cuando Amadis de Gaula, á quien el 
mismo Don Quijote calificó de uno de 
los más perfectos caballeros andantes, 

(a) Lib. II, cap. II. 



:{.s 



DON OIIJOIK DK I.A MANCHA 



se engañaba, que puesto caso que en las historias no se escri- 
bía, por haberles pareciólo á los autores dellas que no era me- 
nester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse, 
como eran dineros y camisas limpias', no por eso se había de 
creer que no los Irujeron ; y así tuviese por cierto y averiguado 
(|uc todos los caballeros andantes (de que tantos libros están llenos 
y atestados) llevaban bien herradas las bolsas^ por lo que pudiese 
sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pe- 
queña llena de ungüentos para curar las heridas que recebían, por- 
que no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían 
y salían heridos había quien los curase, si ya no era que tenían 
algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría trayendo 
por el aire en alguna nube alguna doncella ó enano con alguna 
redoma de agua de tal virtud, que en gustando alguna gota della, 
luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal 
alguno no hubiesen tenido^ : masque en tanto que esto no hubiese. 



añadiendo que fué el norte, el lucero, 
el sol de los valienlen y enanioraduH 
caballeros, á quien debían iniUar lodos 
aquellos que debajo de la bandera de 
amor ;/ de la caballería mili f aban (a) ; 
cuando Amadís, di^o, volvió de ia 
Peñaijobre, después de su Penitencia á 
Miraflores, se proveyó del dinero que 
para armas >/ caballo é cosas de vestir 
necesario era [b,. Otro ejemplo de lo 
mismo suministra la historia de Oli- 
veros de Castilla, que al salirse ocul- 
tamente de la corte del Hey su padre, 
puso una barjuleta con tres mil doblas 
de oro en el arzc'm de la silla de su 
caballo [c). En el progreso de estas 
notas habrá ocasiones repelidas de 
advertir que D. Quijote, en fuerza del 
desarreglo de su cerebro, olvidaba lal 
vez ó equivocaría y confundía las es- 
pecies que había leído en los libros 
caballerescos. 

1. Los dineros y las camisas limpias 
no se escriben. :í). Quedara corriente 

(í) ; Qup manía de corregir y qué estre- 
chez de criterio '. Escribir se ve claramente 
que está empleado [>or mencionar, consignax. 
Calderón, en su inmortal drama La Vida es 
sueño, dice 

Lo quf está determinado 
Del cielo, y en azul tabla 
Dios cou el dedo escribió. 



(a) Cap. XXV de la primera parte. 
Amádis, cap. LII. — (c) Gap. XH. 



{¿) 



el discurso si se suprimiesen las pala- 
bras y lan necesaria de traerse, como 
eran dineros y camisas limpias. 

2. Bien herradas es tiien provistas de 
dinero, no de hierro, como suena la ex- 
presi<')ü, acaso por los candados y cerra- 
duras que suelen acompañar á las arcas, 
sacos 1) bolsas donde se lleva la moneda. 
Asi lo muestra el reirán del Comenda- 
dor griego la hortelana trae la bolsa 
herrada, y el otro de Juan de iMalara 
herradas llevan las bolsas los que de 
Sevilla salen. D. Juan Bowle citó am- 
bos refranes en sus anotaciones sobre 
este lugar del Quuotk. 

3. La. Historia de D. ¡ielianis abunda 
de curaciones prodiiiiosas de esta clase. 
Aquel Principe y su primo y compa- 
ñero Aríileo estaban malaujente he- 
ridos en el Bosque peligroso. A deshora 
se vio venir por ei aire un carro de 
cristal tirado de s'.is grifos, en el cual 
venían dos pequeños enanos enviados 
pnr la sabia Belonia, señora de las 
Montañas desiertas, para llevarse, como 
lo hicieron, los dos heridos caballeros 
á los palacios de Belonia, donde fueron 



Por su parte, dice Rodrigo Caro, en la 
oda : A la* ruinas de Itálica, dice : 

¡ Casas, palacios, Césares murieron, 
Y auD las piedras que de ellos se escribieron. 
(M. de T.) 



nuMiiHA i'AHri:. — cM'írrr.o iii '>,'.) 

luvicroii los pasados cahalloros por cosa acorladj» (pic sus escu- 
deros l'ucsen proveídos úo. dineros y do otras rosas necesarias, 
ionio eran hilas v ungiu'nlos para curarse : y cuando sucedía que 
los tales caballeros no tenían escuderos (que eran pocas y raras 
\eces), ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, 
(pie casi no se parecían, á las ancas del caballo, como que era otra 
cosa de más im|i(>rtancia ' : porque no siendo por ocasión seme- 



ciirados de sus heridas (a). VA Empe- 
rador n. Uclaiiin había quedado nior- 
Ifilmente herido en la batalla ron el 
Principe Y), (ialanio de Antioquía, y 
:'staba ya á puuto de expirar, cunndo 
■!C presentó en forma de doncella la 
;abia Helonia : la cual, sacando una 
vedomica que dentro una caja traía, 
sacó della una confección tan ohrosa, 
que el Emperador // cvanlos uUi liubia 
fueron miiy conhortados: y tomándola 
de la mano, sin ningún recelo la fjebió 
toda, y á la hora se sintió tan sano 
como si mal ni herida alguna hubiese 
tenido [b). Habiéndose combatido sin 
conocerse D. Belianis y su padre, por 
artificio y dolo del aiago Fristón, y 
herido gravemente uno á otro, se les 
apareció la sabia Belonia acompasada 
de cuatro gigantes, y comiendo de lo 
que ésta les di<'>, quedaron lan sanos 
como si mal alguno por ellos no hu- 
biera pasado (c). 

Añadiré otros posajes semejantes to- 
mados de diferentes libros caballe- 
rescos. 

Del de Amadis de Grecia. — Urganda 
lo trabó de su brazo, diciendo ¡ ay 
Amadis .' no ofend"s más al señor que 
te engendró, que tu padre es ese que 
tienes delante de ti .. Covw esto ella 
acabó de decir, súpita)nenfe Amadis de 
Grecia, de la espada que en los pechos 
tenia figurada sintió tal calor, quepa- 
recia quemarle en vivas llamas : 7nas 
luego se hizo una nube que los cubrió 
á todos tres (Urganda, Amadis y Li- 
suarte. á quien iba á matar Amadis), 
la cual en un punto fué deshecha, y 
quedaron cercados de veinticuatro don- 
cellas, todas con arpas y otros instru- 
mentos, y en medio deltas aquel hon- 
rado viejo Alquife, el cual en la mano 
traía una redoma de agua, y dando 



(a) Lib. I, cap. vm. — (6) Ih., cap. IX. 
- lr^ Ih., cnp. XXXVII. 



con ella en el yelmo de Amadis de 
Greda, fue quebrada y el agua por él 
derramada, que luego le quitó el ardor 
de tu espada : el cual ÍAmadis)... se 
hincó de hinojos, llorando de placer 
ante Lisuarte [a\. 

Üe la Historia de D. Olivante de 
Laura. — El Bey. con el Príncipe Oli- 
vante y todos los altos hombres y ca- 
bitlleros, con el ungüento que la sabia 
Ipermea les habia jmesto, se hallaron 
tan .lanos como si ninguna herida hu~ 
liieran tenido (6). 

De Florambel de Lucea. — La fada 
Morgaina puso en la boca de Flo- 
rambel, mortalmente herido y ya con 
las ansias de la muerte, la fruta del 
Árbol saludable. Él, aunque apenas 
podía abrir la boca, esforzóse cuanto 
pudo: y con el deseo de guarescer... 
comió ya cuanto pudo della, y en aca- 
llándola de tragar, fué tan sano como 
si nunca fuese ferido (c). 

Del Caballei-o de la Cruz. — Es- 
tando el caballero Floramor muy lla- 
gado, se sentó cnuna peña á orilla del 
}nar, y vio venir un gran delfín cuyas 
escamas parecían de fino oro. Sobre él 
venía una hermosa doncella, cantando 
dulcemente y accomppñándose con su 
laú<l. Llegarla al caballero, le saludí» 
cortésmente. y sacó de la manga un 
barrilete de oro con cierto licor que le 
enviaba el sabio Artidoro, el cual be- 
bido, se halló tan bueno y sano como 
si jamás hulñese tenido mal alguno {d}. 

1. Parecía natural decir de menos 
importancia ; y en todo caso, hubiera 
sido mejor suprimir la expresión. No 
le ocurrii') al ventero que todo podría 
llevarse en ima maleta, que seria más 
decente que las alforjas : á no ser que 
Cervantes quisiese hacer resa'tar lo 



ífñ Paite II. cap. LXI. — f¿>) Lib. II. cap. 
XIV. — (f) Lib. III, cap. IX. ~ (t/) Lib. II. 
cap, J.XIV. 



¥) DON ni I.IOTK I)K I. A MANf.HA 

jante, esto de llevar alforjas no fué muy admitido entre los caba- 
lleros andantes, y por esto le daba por consejo 'pues aun se lo podía 
mandar como á su ahijado «pjc tan jjresto lo había de ser) * que 
no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones 
referidas^, y que vería cuan bien se hallaba con ellas, cuando 
menos se pensase. Prometióle D. Quijote de hacer lo que se 
le aconsejaba con toda puntualidad ; y así se dio luego orden 
como velase las armas en un corral grande que á un lado 
de la venta estaba, y recogiéndolas D. Ouijote todas ^, las puso 
sobre una pila que junto á un pozo estaba, y embrazando su 
adarga asió de su lanza, y con gentil continente se comenzó á 



ridículo (le las alforjas en un caballero 
andante, como se indica en las pala- 
bras inmediatas. En el capitulo VI se 
repiten otra vez las palabras ile más 
importancia en ocasión que también 
debiera, al parecer, decir de únenos 
importancia : y quede dicho de ahora 
para entonces (r,). 

1. De las obligaciones de los que se 
armaban caballeros para con sus pa- 
drinos habla con e.xtensión el Doc- 
trinal de Caballeros, en el libro I, 
capítulo 111. Ahijado, dice, relación á 
padrino, cuyo nombre se daba al que 
conferia la orden de caballería, según 
se ve por aquel romance antiguo : 

El hijo fie Arias Gonzalo, 
el uiaiicebito Pedrarias, 
para responder á un reto 
velando estaba sus armas. 
Era su padre el padrino, 
la madrina Doña Urraca, 
y el Obispo de Zamora 
es el que la misa canta... 
Al armarle caballero, 
sacó el padrino la espada ; 
dándole con ella un ko'P^i 
le dice aque.^tas palabras : 
Caballero eres, mi hijo, 
hidalgo y de noble casta... 
Á Zamora te encomiendo 
contra D. Dietjo de Lara... 
Y en el libro de la misa 
le tomó jura y palabra. 
Pedrarias dice : Sí otorgo 
por aquestas letras santas. 

Pero la denominación de padrino no 
se ceñía sólo al que armaba al ca- 
ballero novel, sino también á los que 

(f.) .Se parecían (por se veían ó se notaian) 
es expresión muy castiza. Los señores Cal- 



Los señores Cal 
aeron y uoriejon aan un palmetazo mere 
á Clpniencín con motivo de este reparo. 
lU. de T 



es expresión muy casiiza. Liüs suui 

derón y Corlejón dan un palmetazo merecido 



(M. de T.) 



concurrían á la ceremonia, como se 
muestra por las leyes 15 y 16 del 
til. X.Xl de la partida 2". La última 
dice : bebdo lian los caballeros noveles 
non tan so lamiente con aquellos que 
los facen, mas aun con los padrinos 
que les ciñen las espadas : ca bien asi 
como son tenudos de obedescer et de 
fionrar á los que les dan la orden de 
caballería, otrosí lo sun n los padrinos 
que son confirmadores della. 

2. Hecebidas se puso en la edición 
primitia del Qlmote, hecha en el año 
de 16Ü.J (0) ; pero fué evidentemente 
error de imprenta por referidas, que es 
como se puso en otra edición del mismo 
año de ItíuS. Sin embargo, el error se 
repitió en la de 1608, y la Academia 
Española, que lo advirtió asi en una 
nota, conservó el pasaje viciado por 
una nimia escrupulosidad en seguir el 
texto que se había propuesto para 
su última ediciiin del año 1819. 

:i. Se entiende ú excepción de la 
celada, pues como se dijo en el capí- 
tulo precedente, se quedó con ella 
puesta toda la noche, por no cortarlas 
cintas verdes con que la traía atada. 
Es de notar la excesiva repetición de 
la partícula y en el presente período : 
Y así se dio luef/o orden como velase las 
armas... y recoyiéndolas D. Quijote 
todas, las puso sobre vna pila... y em- 
brazando su adarya asió de su lanza, 
y con gentil continente se comenzó d 
pasear... y cuando comenzó el paseo, 
comenzaba á cerrar la noche. Tanta 
repetición hace lánguido y pesado el 
discurso. 

(9) Es un error, pues la 1.' edición de 
Cuesta, de KXij, tiene referidas, según con- 
signa el señor Cortejón. (.\d. de T.; 



I'KIMKIIA l'AllTi;, 



flAPITiri.O III 



41 



j);isonr dclaiilc de I;i pila ; y ciiando cmiicii/íí rl pasco, comenzaba 
á cerrar la noche. Coníó el ventero á lodos cuanlos estaban en la 
venia la locura de su huésped, la vela de las arnuis y la armazón 
de caballería ' que esperaba. Admirándose de tan extraño género 
de locura, fuéronselo á mirar desde lejos, y vieron que con sose- 
«íado ailemán unas veces se paseaba, otras arrimado á su lanza 
|)onía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio de 
ellas. Acabó de cerrar la noche ^ con tanta claridad de la luna, 
que podía competir con el que se la prestaba,) de manera (pae 
cuanto el novel caballero hacía era bien viste de todos. Antojósele 
en esto á uno de los arrieros f|ue estaban en la venta ir A dar agua 
á su recua, y fué menester quitar las armas de D. Quijote, que 
estaban sobre la pila, el cual viéndole llegar, en voz alta le dijo : 
Oh tú, (piien (juiera que seas, atrevido caballero, que llegas á tocar 
las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada, 
mira lo (¡ue haces, y no las toques si no quieres dejar la vida en 
pago de tu atrevimiento. No se curó el arriero de estas razones (y 
fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud ^) ; 
antes trabando de las correas las arrojó gran trecho de sí. Lo cual 
visto por D. Quijote, alzó los ojos al cielo, y puesto el pensamiento 
(á lo que pareció) en su señora Dulcinea ', dijo : Acorredme, 
señora mía, en esta primera afrenta que á este vuestro a\-asallado 



l.Esel acto de armarse caballero, á 
que se din el nombre de armazón para 
ridiculizarlo. Armazón (i) significa el 
conjunto de piezas de madera ú otra ma- 
teria sobre que se arma ó forja alguna 
cosa, como las costillas del navio ó las 
vigas del tejado. 

2. Cuando llegó D. Quijote á la venta, 
era á tiempo que anochecía, como se 
expreso en el capitulo anterior. Pasó 
después la conversacir'm con las dos 
mozas, otra luego con el ventero, en 
seguida se desaiimi con gran dificultad, 
ceñó con mucho trabajo, siguió el se- 
gundo coloquio con el huésped en la 
caballeriza, se di(i orden para la vela 
de las armas, iba ya un buen espacio 

(i) Armazón significa además el acto de 
armar, según consta en la i'.',." edición de la 
Academia y en la 7.'' que pudo consultar Cle- 
mencín, y en la S.' (de 1837) en cuya prepa- 
ración debió tomar parte. Pero entonces, 
como ahora, con raras excepciones, los aca- 
démicos eran los primeros en transgredir ó 
desdeñar los preceptos de la Academia. Véase 
además la nota (v. ¡)ag. ;¡4). {M. de T.j 



de ella : y ahora se dice que acabó de 
cerrar la noche. ¡ Qué poco tiempo para 
tantas cosas ! 

3. Nótese el uso del verbo curarse 
en sus dos distintas acepciones. Cer- 
vantes usó ordinariamente de esta 
clase de equívocos con oportunidad y 
discreción, sin el abuso que otros inge- 
nios inmediatos á su tiempo hicieron 
de este medio de amenizar el discurso. 

4. El paréntesis es impertinente, 
porque ¿cuáles fueron las señales que 
hubo para que así pareciese? Fuera de 
que no las necesitan los sabios encan- 
tadores, coronistas de los caballeros 
andantes, porque á los tales no se les 
encubre nada de lo que quieren escri- 
bir. Así decía D. Quijote á Sancho en 
el capítulo II de la segunda parte, 
cuando Sancho se espantaba de que en 
la primera se contasen cosas que habían 
pasado entre ellos á solas. 

Sobre la costumbre de invocar los 
caballeros á sus damas en ocasiones 
de peligro, habrá lugar de hablar exten- 
samente en adelante. 



-42 



DON orijor;: di-: i. a mancha 



pecho se le ofrece : no me desfallezca en este primero trance 
vuestro favor v amparo : y diciendo estas y otras semejantes 
razones, soltando la adarga alzó la lanza á dos manos, y dio con 
ella tan j^ran golpe al arj-iero en la cabeza, que le derribó en el 
suelo tan mal Ireelio, (pie si segundara con olro, no tuviera n(!ce- 
sidad (le maestro que le cui-ara *. Hecho esto, recogió sus armas 
y tornó á pasearse con el mismo reposo que primero. Desde alÜ 
á poco, sin saberse lo que había pasado fporque aun estaba 
aturdido el arriero), llegó otro con la misma intención de dar agua 
á sus mulos, y llegando á quitar las armas para desembarazar la 
pila, sin hablar D. Quijote palabra, y sin pedir favor á nadie, 
soltó otra vez la adarga, y alzó otra vez la lanza, y sin hacerla 
pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se 
la abrió por cuatro -. Al ruido acudió toda la gente de la venia, y 
entre ellos el ventero. Viendo esto D. Quijote, embrazó su adarga, 
y puesta mano á su espada, dijo : Oh señora de la fermosiu'a, 
esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío, ahora es tiempo que 
vuelvas los ojos de tu grandeza á este tu cauiivo caballero, que 
tamaña aventura está atendiendo^. Con esto cobró á su parecer 
tanto ánimo ', que si le acometieran todos los a neros del mundo 



1. Maestro significa cirujano, y los 
muertos ya no lo necesitan. El uso ile 
esta expreslñn es frecuente para deno- 
tar la muerte de los heridos en las his- 
torias caballerescas. El Caballero del 
Cisne, derribado del caballo, .se levunló 
luego i'f pie, é metió mano á la espada, 
é comenzó d se defender muy fiera- 
mente, é dábales tamañas feridas, que 
al que alcanzaba bien no hatña me- 
nester maestro [a). Pahnerin de Oliva, 
encontrándose con un falso y traidor 
caballero, alzó la espada é díale tal 
herida encima de la cabeza, que no 
hubo m"nester maestro (/;,. Priraaleón, 
acometido de tres caballeros, hiric') tan 

fioderosamente á uno de ellos con la 
anza, que no hubo menester 7naestro, 
Y dio con él muerto en tierra (cj. Pe- 
leando Lisuarte de Grecia con los hom- 
bres de un castillo, los hería con su 
espada de tan crueles palpes, que al 
que derecho alcanzaba nn habia me- 
nester maeslrii id). El Caballero de la 
extraña Barca (asi se llamaba entonces 
Leandro el Bel) peleó en la isla Verde 
con seis caballeros, y al que encontró, 

(o) Lib. I. cap. CXIV. — (6) Cap. I.XV. 
— (c) Cap. LXXXV. - ((/) Cap. LIV. 



no hubomenester maestro que lo curase, 
que muerto cayó en el suelo (a). Omito 
otros ejemplos. 

2. Las palabras y sin hacerla pe- 
dazos inílican al parecer que ante- 
riormente se ha hablado de al^'ima otra 
cosa semejante hedía pedazos {•/.) : pero 
no es asi. ni hay mención de ello en lo 
que precede. Añádese que Don Quijote 
le abrió al arriero la cabeza /)<»• cuatro, 
y no se dice qué cuatro; debió ser 
parles. 

3. Atender, verbo usado frecuente- 
mente por nuestro.s antiguos escritores 
en la significaciiin de esperar, délo que 
pudieran traerse muchos ejemplos, aun 
sin salir del (Quijote. 

4. Yendo Lisuarte de Grecia ú pelean 
con un caballero encantado, decía entre 
si :;0/í mi señora.' Vos me dad esfuerzo 

(a) Caballero de la Cruz, Hb. II, cap. LXXIX. 

íx) Pedazos. — La frase es clara y correcta y 
no lia á entender lo que pietendt; Clenieiicía. 
cuyo afán de criticar sin medida trae á la 
me'inoria ei conocido epigrama del español : 



Que se murió estando bueoo 
Por querer estar mejor. 



(leT.) 



i'Hi\ii:ii\ í'Aini-: 



CAIMII I.O III 



4a 



no volviorn el pie atnís. Los compañeros de los heridos, que tales 
los vieron, comenzaron desde lejos á llover piedras sobre 1). Oui- 
jole, el cual lo mejor (jue podía se reparaba con su adarf^a, y no 
se osaba aparlar de la pila ¡lor no desamparar las armas. I']l ventero 
daba voces (¡ue b; diíjasen, porque ya les había dicho como era 
loco ', y (jue por loco se libraría aunque los matase á todos. 
También Ü. Quijote las daba mayores - llamándolos de alevosos 
y traidores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido 
caballero, pues de tal manera consentía (jue se tratasen los 
andantes caballeros •', y que si él hubicia recebi<lo la orden de 
caballería, (pie él le diera á entender su alevosía; pero de vosotros, 
soez y baja canalla '', no hago caso alguno : tirad, llegad, venid, 
y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago 
que lleváis de vuestra sandez y demasía. Decía esto con tanto brío 
y denuedo, que inrundi() un terrible temor en los que le aco- 
metían •' : y así por esto como por las persuasiones del ventero le 
dejaron de tirar, y él dejó retirar á los heridos, y tornó á la vela 
de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero. No le 
parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó 
abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que 



y poder para acabar eslo, que con vues- 
tra aijucía tiinf/unacosa temo. Diciendo 
estas palabras crecióle tanto el corazón^ 
que le pareció romper los pechos («i. 
Amatlis de Gaula, ea el tiempo que se 
llamaba Beltenebros, ai ir á combatirse 
con el gigante Famongomadán, dirigic'> 
la vista hacia donde caía Miraflores, é 
dijo : ¡Oh mi señor-a Oriatia.' minea 
comencé yo cjran hecho en mi esfuerzo 
donde quiera que me /tallase, sino en 
el vuestro : y agora, mi buena señoi^a, 
me acorred, pws que me es tanto me- 
nester. Con esto le paresció que le vino 
tan gran esfuerzo, que perder le hizo 
todo pavor (hj. Cervantes tenía sin duda 
presente este pasaje de Amadís, cuyas 
palabras copió en parte. 

1. Ejemplo de la partícula como usada 
en vez de que, según se acostumbra en 
el estilo familiar. 

2. No hay armonía entre también y 
mayores : uno ú otro hubo de su- 

firimirse para que quedase bien el 
enguaje. También indica igualdad; 
mayores aumento, y se contradicen. 

3. Falta un verbo : y decía que el 
Sr. del cusidlo, etcétera. La expresión 

(o) Cap. LXXIX. - [h] Cap. LV. 



que se tratasen [\) los caballeros an- 
dantes tampoco está bien : sería mejor 
que se tratase á los caballeros an- 
dantes. 

4. Hasta aquí hablaba y refería ei 
fabulista: mas ahora toma de repente 
la palabra D. Quijote, y continúa ha- 
blando en propia persona, y apostro- 
fando á la soez y baja chusma de la 
venta, que le apedreaba desde lejos. 
Este tránsito es rápido y elegante : 
indica el furor que en aquel momento 
agitaba al héroe manchego. 

r\. Tenihle temor {p.) es como gozo 
alegre, terremoto de tierra, manejo de 
mano, y otros pleonasmos de este jaez. 
Se hubiera evitado IVirilmente escri- 
biendo grande ó indecilile temor. 

{'i.) Se tratasen, por fvesen tratados, e=tá 
perfectamente, según la doctrina acailéniica. 
(M. de T.) 

(¡i) Terrible temor. — El comentarista des- 
conoce ei valor de las palabras. Cervantes no 
dice terror, sino temor, y éste, la mayor parte 
de las veces, no tiene nada de terrible, como 
el temor de no hacer bien algo, de llei/ar tarde, 
y 'd temor que abrigo de molestar al lector 
multiplicando estas notas, sin embargo de 
que no pongo todas las que exigiría el co- 
mentario. (M. de T.) 



44 DON OUI.IOTE DK lA MANCHA 

otra desgracia sucediese : y así llegándose á él, se desculpó de la 
insolencia ^ que aquella gente baja con él había usado, sin que 
él supiese cosa alguna ; pero que bien castigados quedaban '■* de 
su atrevimiento. Dijole, como ya le había dicho, que en aquel 
castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco 
era necesaria : que todo el toque de quedar armado caballero 
consistía en la pescozada y en el espaldarazo ^, según él tenía 
noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un 
campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba 
al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía *, 
cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó 
D. Quijote, y dijo que él estaba allí pronto para obedecerle, y que 
concluyese con la mayor brevedad que pudiese ; porque si fuese 
otra vez acometido, y se viese armado caballero, no pensaba dejar 
persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase, a 
quien por su respeto dejaría. Advertido y medroso desto el caste- 
llano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada "' que 
daba á los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, 
y con las dos ya dichas doncellas se vino adonde D. Quijote 
estaba, al cual mandó hincar de rodillas, y leyendo en su manual 
como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda 
alzó la mano, y dióle sobre el cuello un gran golpe, y tras él con 

1. Ahora decimos disculpó. La par- misma puerta de la liza, sin otra diii- 
tícula des ó dis es privativa, y sólo se gencia más que darle con la expada 
usa en composición, lo mismo que la desnuda subre el almete, diciéndole : 
negativa in. El uso varia entre des y Dios te faga buen caballero, et te deje 
dis, diciéndose unas veces desfif/urar, complir las buenas condiciones que 
deshacer, desdecir, deco)npouer,y oItixs todo buen caballero debe tener. Con lo 
(que sonlñs menos) discjustar, dis/'aror, cual quedó armado caballero, ¡^ entró 
disparidad, disforme. Suele también al punto en la liza contra Ped7-ü de los 
suprimirse la s de ambas partículas, Ríos, defensor del fionrasu Paso (a). 
como en degollar, degradar, difamar, 4. De la misma opinión que el ven- 
difícil. tero era en esle punto D. Olivante de 

2. Falta lo que llaman verbo deler- Laura, como se cuenta en su histo- 
minante; pero añadió que bien castiga- ria (6). expresando que asi era de dere- 
dos quedaban, etc. Otra falta igual se cho, aunque la costumbre solía estar en 
notó poco ha. contrario. 

3. Asi el Emperador Carlos V, du- 5. No se le escapó á Cervantes cir- 
rante la ceremonia de su coronaci.m cunstancia alguna que pudiese realzarlo 
en Aquisgrán el año de 1521, armó ridiculo de esta primera aventura de 
varios caballeros, sin más que darles su fábula. Al libro de paja y cebada lo 
tres golpes enlos hombros con la espada llarai'i poco después Manual, palabra 
de Carlomagno (a). En el si"lo anterior que entre otras acepciones tiene lam- 
Suero de Quiñones, sostenedor del paso bien la de libro de preces ó ritual, y 
honroso á orillas del Orbigo. armó ca- esta alusión esfuerza todavía más lo 
ballero á Vasco de Barrionuevo en la burlesco de la presente escena. 

(a) Sandoval, historia del Emperador en (a) Relación del Paso, núm. ?6. — (¿) Lib. 

diclioaño. I. cap. IX. 



PRIMERA PARTE. — CAPITULO III íí» 

SU iiiisina espada un gentil espaldarazo ^ siíimprc iminiiuiando 
entre dientes como que rezaba. Hecho esto, mandó á una de 
aquellas tlamas (|ut; le ciñese la espada ^, la cual lo hizo con 
mucha desenvoltura y discreción, porque no fué menester poca 
para no reventar de risa (\ cada punto de las ceremonias; pero las 
proezas que ya habían visto del novel caballero les tenían la risa 
á raya. Al ceñirle la espada dijo la buena señora : Dios haga 
á vuestra merced muy venturoso caballero ■* y le dé ventura 
en lides. D. Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque 
él supiese de allí adelante á quién quedaba obligado por la merced 
recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que 
alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha 
humildad, que se llamaba laTolosa, y que era hija de un remendón 
natural de 'J'oledo, que vivía á las tendillas de Sancho Bienaya ^, 
y que donde quiera que ella estuviese, le serviría y le tendría por 



1. Gentil es gallardo, brioso. El 
golpe dado con la espada sobre la 
cabeza inclinada, espalda i'i hombro 
del caballero novel, es lo que se llamaba 
la pescozuda ó esijaldarazo. La imposi- 
ción de la espada sobre la cabeza y 
hombros del nuevo caballero, que se 
conserva entre las ceremonias de la 
armadura solemne en nuestras Ordenes 
militares, es una imagen y recuerdo de 
lo antiguo. 

2. Aludióse en este pasaje ;i muchos 
de los que se refieren en los libros 
caballerescos. Cuando AmadisdeGaula, 
Rey ya de la Gran Bretaña, hizo caba- 
lleros en la villa de Fenusa á los 
tres principes Olorius, Adariol y Eli- 
nio, hijos de los Reyes de España, de 
Ñapóles y de la Montaña defendida, el 
primero recibió la espada de mano de 
la Reina Oriana ; el segundo de la In- 
fanta Brisena, y el tercero de la Empe- 
ratriz de Roma («). Uriana fué también 
la que puso la espada á Bravarte, so- 
brino del mismo Amadís, cuando le 
armó su tio. La infanta Lucencia ladii'i 
al doncel Lucencio al armarle el Empe- 
rador Esplandiáa (6). Al tiempo de 
conferir el Emperador D. Belanio la 
orden de Caballería á su hijo Belianis, 
le ciñó la espada la Infanta Aurora (c) : 
y cuando el mismo D. Belanio armó 
á su nieto Belflorán, hijo de Belianis, 

(a) Lisuarte de Grecia, cap. LXIX. — (6) 
Amadia de Grecia, parte I, cap. XIV. — [c) 
Belianis, lib. 1, cap. V. 



se la ciñó la Infanta Belianisa (a). 
Ciñi'isela en igual ocasirm la Princesa 
Cupidea á Leandro el Bel (6), y la her- 
mosa Infanta Polinarda á Palmerín de 
Inglaterra (c). 

3. Al armarse caballero Perlón de 
Gaula, le ciñó la espádala Infanta Gri- 
cileria, diciendo : Mi caballero, plegué 
ú Dios de os hacer con ella bienaventu- 
¡vdo : y Perlón le besó las manos á 
pesar de su resistencia (d). En el ro- 
mance antes citado de Pedrarias, hijo 
de Arias Gonzalo el de Zamora, le dice 
el padrino al darle el espaldarazo : 

Hágate Dios tal, que seas 
como yo deseo que salgas : 
en los trabajos sufrido, 
esforzado en las batallas, 
espanto de tus contrarios, 
venturoso con la espada. 

4. Según el doctor Pisa en su Histo- 
ria de Toledo, hubo en aquella ciudad 
una plaza muy antigua de tiendas, que 
se nombraba de Sancho Minaya ó Bie- 
naya. Es sumamente verosímil que este 
apellido es el patronímico ;íraÍ3e Ben- 
haya ó Ben Yahia, hijo de Yahia, que 
pudo conservarse entre los muzárabes; 
y con efecto, el doctor Salazar de Men- 
doza, en su libro del Origen de las 
dignidades de Castilla, hace mención 

(a) Belianis. lib. IV, cap. XXVII. — (6) Caba- 
llero de la Cruz, lib. IV, cap. XXII. — (d Pal- 
merin de Inglaterra, lib. I, cap. II. — {d) Li- 
suarte de Grecia, cap. II. 



\(\ 



l><>\ Ol IJOTF, DE LA MANCtiA 



üeñor. D. QuijoLe le replicó que por su amor le hiciese merced que 
de allí adelante se |)us¡e5e Don, y se llamase Doña Tolosa. Ella se 
lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le ])a8Ó casi 
el mismo coloquio que con la de la espada *. Preguntóle su 
nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un 
honrado molinero de Antequera : á la cual tum!>ién rogó Don 
Quijote que se pusiese Don, y se llamase Doña Molinera -, ofre- 



de la faiiiilia de los Bcnhayas de To- 
ledo (a). Pellicer discurre que acaso dló 
nombre á aquella plazuela Saucho 
Renhaya, que, coa otros toledanos, 
sirvió de testigo en un privilegio des- 
pachado en Madrid por el Rey Don 
Alonso VIII el año il\i'A, á favor de 
diferentes vecinos de Juuiella. 

1. No parece sino que el coloquio 
pasó con la espuela : hubiera sido de 
<lesear que se evitase esta especie de 
anfibología. 

Solían las damas de alta guisa con- 
currir al acto de armarse los caballeros, 
y tomar parte en las ceremonias. 

La Reina Doña Berenguela asistii'> á 
la ceremonia de armarse caballero en 
el Monasterio de las Huelgas, cerca de 
Burgos, su hijo San Fernando, y le 
desciñó el cintiirón de la espala, como 
refiere el arzobispo 0. Rodriijo (/'). De 
lo mismo da testimonio un romance 
antiguo, entre otros del Cid, en que 
reconviniéndole la Inf.inta doña Urraca 
desde el adarve de Zamora, le dice : 

Afuera, afuera Rodrigo, 
el soberbio castellano : 
acordársete debiera 
de aquel tiein()0 ya pasado, 
cuaivio fuiste caballero 
en el altar de Santiago, 
cu:ini]o el rey foé tu pidriuo 
y tú, Rodrigo, el aiiljado. 
>Ii padre te dio las armas, 
lili madre te dio el caballo, 
yo te calcé las espuelas, 
|)orque fueses más honrado. 

De la asistencia de la misma Doña 
Urraca á la armadura del doncel Pedra- 
das, hace memoria su romance : 

£1 padrino le dio paz 

y eí fuerte escudo le embraza, 

y Doña Urraca le ciñe 

al lado izquierdo la espada. 

(a) Lib. II, cap. IX. — {b¡ De rebus Hispan., 
lib. IX, cap. X. 



Iguales usos se encuentran en Iob 
libros caballerescos. Urganda, í«olisa 
y Julianda asistieron ú Esplandián en 
la ceremonia de armarse caballero, y 
le pusieron la loriga, el yelmo y el 
escudo, según se refiere al <in del libro 
de Amadís de Gaula. En el mismo libro 
se cuenta (a) que el Rey Lisuarte, al 
hacer caballero al hermoso doncel No- 
randel, que después conoció ser su 
hijo, mandó á Uriana que le diese la 
espada, y asi fué cumplida enleramenle 
szi caballería. En la solemnidad de 
armarse el Infante Plumedoro le calzi'> 
la espuela la Reina de Gocia, que de 
oculto era su amante [h). Fué singuhir 
la ceremonia con que Tirante el Blanco 
recibió la Orden de Caballería. Después 
de prestar los juramentos de costumbre, 
el Rey de Inglaterra, poniéndole la 
espada sobre la cabeza, le dijo : Dios >j 
nuestro seTior San Jorr/e le ka[¡an buen 
caballero: besiMe después en la boca ; 
ciñéronle la espada siete doncellas, que 
representaban los siete gozos de la 
Virgen, y le calzaron las espuelas cuatro 
caballeros que representaban los cuatro 
Evangelistas [c). 

2. « Vuelve Cervantes á reprender 
en estas dos mujeres comunes el abuso 
del Don. El P. Guardiola, contempo- 
ráneo de nuestro autor írf), dice que 
este abuso empezó en tiempo de En- 
rique IV, y que continuó en el de los 
Reyes Católicos. Añade que ios jndios 
eran los que más afectaban el Don. '/ 
que en su tiempo le usaba la fjenle baja, 
y h'ista las rameras públicas, especial- 
mente en .Andalucía, y no se ha corre- 
gido en el siglo xviii. Al fin de la novela 
de Virgilio Cordato, intitulada El Hijo 
de Málaga, impresa en Orihuela el 
año 163Í), se dice : Estas dos tenderas 
que están pesando en esta puerta del 

in) Cap. LXVI. — {h\ Polieisne de Bofima, 
cap. LXXIV. — (c) Tirante, paite I, cap. 
XIX. — {'ij Tratado de JVobkza, p. 110. 



iMtIMKIIA l'Aíili;. — ■ (Mm'tLI.O III 47 

ciéndolc nuevos servicios y incrcrdes ^ Hechas, pues, (1<; ^mIoj»! y 
n|)riesa las hasta allí nunca vistas ceremonias '', no vio la hora 
Don Ouijotc (lo verse á caballo y salir liuscando las aventuras ; y 
ensillando luc^jfo á Rocinante, subió en él, y abrazando ¿i su 
huésped le dijo cosas tan oxIraAas, agradeciéndole la inerctMÍ de 
lial)erle armado caballero, que no es posible acertar á referirlas. 
El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, 
aunque con más breves palabras, respondió á las suyas, y sin 
pedirle la costa de la posada, le dejó ir á la buena hora"*. 



mar fruta >/ ¡nonrlongo, los días pasa- 
líoü se lirahan las infamias como las 
pesas, y se arañaban las honras como 
las caras, y dijo una : ¿ Pues tú con- 
miyo. Doña Teudosia, snlnendo que yo 
soy conocida en Malaya, y que soy 
hija de ¡Joña Briyida de tal, y del me- 
sonero de tal parte, que fué ventero 
veintiún años y medio ? (Nota de Pe- 
llicer.) 

1. Hay alguna coatradicción eatre 
estas dos expresiones. O/'/'ece*' se/7' Jc¿oA', 
es propio de persona inferior ; ofrecer 
mercedes, de superior. Quien ofrece 
servicios no puede ofrecer mercedes ; 
quien ofrece mercedes no está en el 
caso de ofrecer servicios. 

2. Quien tenga curiosidad de saber 
el ceremonial con que antiguamente se 
armaban los caballeros, puede leerlo 
en las Partidas del Rey D. Alfonso el 
Sabio [a), de donde se copio en el 
lib. I, tít. 3." del Doctrinal de Caballe- 
ros, escrito en el siglo xv, reinando 
D. Juan el II de Castilla. No siempre se 
observaban puntualmente todas aque- 
llas formaliaades : la necesidad ó la 
urgencia, VI otras circunstancias dispen- 
saban frecuentemente de muchas de 
ellas, de lo que hay ejemplo en las 
historias. Lo mismo se ve practicado 
también en los libros caballerescos. 
Cuando Amadis de Gaula armó ca- 
ballero á D. Galaor, todo el ceremonial 
se redujo á calzarle la espuela diestra, 
besarle y ceñirle la espada (b) ; pues 
baltiéndóse hablado de la vigilia, que 
debía anteceder en la iglesia, dijo 
Galaor : Ya lioy he oido misa, y vi el 

(aj Parle II, tít. XXI. — (¿) Cap. II. 



verdadero cuerpo de Dios. Esto basta, 
dijo el de los Leones (Amadis). 

En la armadura (i) de Don Quijote, 
Cervantes tomi) y deji'i, según le vino á 
cuento, salvo la pescozada y espalda- 
razo, en que, como el ventero declaró 
magistral y legislativamente, consistía 
todo el toque de quedar armado ca- 
ballero. Pero las circunstancias de 
tiempo, lugar y personas dieron á las 
ceremonias toda la originalidad nece- 
saria para que se las pudiese calificar 
de nunca vistas^ 

Francisco de .Vvila, natural de Madrid, 
remedó los pasajes de la venta y arma- 
dura de D. Quijote en un entremés 
intitulado Los Invencddes Hechos de 
D. Quijote de laMancha. Se imprimió al 
fin déla octava parte de las comedias 
de Lope de Vega, en Barcelona, el 
año de 1617. 

3. Este primer suceso ói aventura 
del QuuoTE, comprendido en los capítu- 
los 11 y 111, donde se refiere el modo con 
(|ue se armó caballero nuestro hidalgo, 
está en su lugar, y era necesariamente 
el primero de la fábula. ,-, Qué cosa más 
natural que empezar por armarse ca- 
ballero el que sin esta circunstancia no 
podía ejercitar la caballería ? En la 
relación estuvo felicísimo Cervantes. 
La transformación de la venta en capí- 
tulo, la pintura de las damas y del 
ventero, el coloquio y escena de la 
caballeriza, la batalla de los arrieros; 
en suma, todos los incidentes contri- 
buyen á hacer esta aventura una de las 
más agradables y divertidas del Inge- 

•MOSO Hlü.\LG0. 

(;) Armadura. —Véanse las notas, pág. o4 
V 41. (M. de T.) 



CAPITULO IV 



DE LO QUE SUCEDIÓ Á NUESTRO CABALLERO CUANDO SALIÓ 
^^ DE LA VENTA 

La del alba sería ^ cuando D. Quijote salió de la venta tan con- 
tento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, 
que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo ^. Mas vinién- 
dole á la memoria los consejos de su huésped cerca de las preven- 
ciones tan necesarias que habla de llevar consigo, en especial la 
de los dineros y camisas ^, determinó volverá su casa y acomo- 
darse de todo y de un escudero, haciendo cuenta de recebir '' á un 



1. Si el capitulo no tuviera epigrafe. 
sería más claro que se habla de la 
hora del alha, porque la última palabra 
del capitulo anterior es fiora. El capi- 
tulo VI empieza de una manera seme- 
jante á ésta, y allí, como aquí, el titulo 
del capitulo interrumpe y obscurece el 
sentido. 

2. ¡ Terrible ponderación ! Gomo si (a) 
el gozo fuese tal y tan grande que rebo- 
sando del jinete liinchase también al 
caballo y se le saliese por donde le 
apretaban las cinchas. 

3. Cerca en el uso actual tiene otra 
siguificación distinta que acerca : abora 
diriamos acerca de las prevenciones. 
Cerca es adverbio, j- acerca preposi- 
ción; cerca sigue al verbo, y acerca 
precede al nombre ó al verbo sustan- 
tivado. 

Las ediciones anteriores decían sólo 
especial {&) la de los dineros y camisas; 

(a) ... Las cinchas del caballo. — Dado el 
caráct^er festivo del relato, nada tiene de 
extraña esta ponderación, tan propia, por 
otra parte, del carácter meridional. 

(M. de T.) 

(s) Especial. — Garcés no andaba desacer- 
tado, y i)udo citar otras varias autoridades, 
que aduce, además de la citada, el señor Gor- 
tejón. (M. de T.) 



y D. Gregorio Garcés en su obra sobre 
el Orinen de la elegancia de la lenqua 
castellana, alegó el presente pasaje 
para probar la existencia del adverbio 
es/3ec¿aZ. Entiendo que no tuvo razón, y 
que el impresor omitió por descuido la 
partícula en, que debió preceder, dicién- 
dose en especial, y formándose un modo 
adverbial, como lo es en particular. Este 
equivale á particularmente, y el otro 
á especialmente. 

4. Ahora decimos recibir, y así es 
más conforme al recipere latino de 
donde viene. De esta mutación de la i 
(le las voces latinas en la e de sus deri- 
vados castellanos, trae varios ejemplos 
el canónigo Bernardo Aldrete en su 
Origen de la leiiqna castellana (a). La 
misma sustitución de i por e y al con- 
trario se verifica entre las voces cas- 
tellanas antiguas y modernas; pero, 
generalmente hablando, el uso actual 
en este y en otros puntos es más arre- 
glado á la etimología. Quien quiera 
ejemplos de todo, puede buscarlos en 
los glosarios del Fuero Juzgo, de las An- 
tigüedades de Berganza, de las Poesías 
castellanas anteriores al siglo xv, y 
otros. 

(a) Lib. II, cap. X. 



rniMRRA PARTE. — cvi'i.i I.O IV 10 

labrador vecino suyo que era pobre y con liijos, pero inuy á pro- 
j)ósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensa- 
iai(Milo guió ú Rocinante liacia .su aldea, el cual, casi conociendo 
la {[ucrcncia ', con lauta gana ccnienzó á caminar, que parecía 
que no |>onía los pies en el suelo. No había andado mucho cuando 
le pareció que á su diestra mano, de la espesura de un bosque que 
allí estaba, salían unas voces delicadas como de pefsona que se 
cpiejaba, y apenas las hubo oído, cuando dijo : Gracias doy al 
cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone oca- 
siones delante donde yo pueda cum[)lir con lo que debo á mi 
profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos : 
estas voces sin duda son de algún menesteroso ó menestorosa que 
ha menester mi favor y ayuda : y volviendo las riendas, encaminó 
•A Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían ^. Y á 
pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua á una 
encina, y atado en otra un muchacho^ desnudo de medio cuerpo 
arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces 
daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina 
muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompa- 
ñaba con una reprensión y consejo, porque decía : La lengua 
queda, y los ojos listos. Y el muchacho respondía : No lo haré otra 
vez, señor mío ; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y 
yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato. Y 
viendo D. Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo : Descortés 
caballero, mal parece lomaros con quien defender no se puede : 
subid sobre vuestro caballo, y tomad vuestra lanza (que también 
tenía una lanza arrimada á la encina ^ adonde estaba arrendada la 



1. Querencia es el paraje adonde de las partes del discurso pide que se 
acostumbra y gusta acogerse un ani- diga y atado d otra un muchacho. 
mal. Es voz que ocurre frecuentemente 4. Ál que ignore las costumbres del 
en los libros castellanos de caza, desde país y del tiempo de que se trata, podrá 
el de la Montería del Bey D. Alfonao parecer inverosímil que Juan Haldudo 
el XI, publicado por Gonzalo Argote de anduviese en el campo con lanza, y 
Molina, donde se halla al capitulo XVllI quizá le ocurrirá que fué circunstancia 
del libro 1. inventada únicamente para que juzgán- 

2. El Emperador D. Belanio, hallan- dolé D. Quijoie caballero andante, 
dose en una floresta, oyó grandes c/ri- hubiese ocasión y fundamento para el 
tos... pareciendo ser de personas que desafío. Pero estas eran las costumbres 
en gran necesidad estuviesen... Y to- de entonces, y el mismo Cervantes, en 
mando la lanza, se metió por el bosque la novela del Coloqrdo de los perros 
adelante en siguimiento de las voces Cipión y Berganza, hace mención de 
que oía (a). un hacendado que iba por e! campo á 

3. Aunque no lo exija precisamente ver sus ovejas solare una yegua tí la 
el régimen, la correspondencia mutua jineta con lanza y adarga q^ie más pa- 
recía atajador de la costa que señor de 

la) neliaiiis de fír»nu, lib. I. cap. IV. ganado. Más adelante, en el capí- 



50 



DON QUI.IOTI: DE I.A MANCHA 



yegua '), que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis 
haciendo. El labrador, (|ue vio sobre sí aquella figura llena de 
armas, blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y 
con buenas palabras respondió : Señor caballero, este muchacho 
que estoy castigando es un mi criado que me sirve de guardar 
una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es 
tan descuidado que cada día me falta una, y porque castigo su 
descuido ó bellaquería, dice que lo hago de miserable por no 
pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que 
miente. ¿Miente delante de mí, ruin villano^? dijo D. Quijote. 
Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte á parte 
con esta lanza : pagadle luego sin más réplica ; si no, por el Dios 
que nos rige que os concluya y aniquile en este punto : desatadlo 
luego. El labrador bajó la cabeza, y sin responder palabra 
desató á su criado, al cual preguntó D. Quijote que cuánto le 
debía su amo. Él dijo que nueve meses á siete reales cada mes. 
Hizo la cuenta D. Quijote, y halló que montaba sesenta y tres 



tulo XXXVI de esta primera parte, 
veremos cuatro caminantes que iban 
tí caballo d la jineta con tanzas y 
adargas; y luego en el capítulo XLIll 
otros cuatro caminantes á caballo con 
sus escopetas sofjre los arzones : modo 
de caminar que después se ha hecho 
general y ordinario, no siendo extraño 
que desde antiguo se llevasen a¡'mas 
en despoblado, cuando se llevaban de 
ordinario aun dentro de los pueblos. 
En tiempo de los Heves Católicos fo- 
mentaron las disposiciones del go- 
bierno la afición á las armas. A peti- 
ción de las Cortes de Palencia de 1523, 
se peruiitii'i que toda clase de personas 
puniese traer espada : usanza que lleg<') 
á ser tan general, que sin salir de las 
obras de Cervantes, donde ciertamente 
se describieron las costumbres de su 
siglo, Carriazo y .Vvendario, cuando 
iban á estudiar ¡i la universidad, lle- 
vaban espadas, como se cutnt a en la 
novela de la Ilustre Fregona : la llevaba 
también Rinconete en su viaje á Se- 
villa, á pesar de su traje roto y andra- 
joso : la llevaba, finalmente, como 
parte del traje usual y dentro de casa 
el rufián .Monipodio. Hasta hace pocos 
años ha, la hemos visto llevar común- 
mente á visita, á los bailes y aun á la 
iglesia. 

1. Arrendada es ntn'lit por la 



rienda : significado muy diverso del 
que comúnmente tiene la palabra 
arrendar^ que es dar á renta alguna 
finca. En el primero se usó ya en el 
antiquísimo poema del Cid (a), y en el 
romance de N'uño Vero, uno de los 
más rancios que se conocen en nuestro 
idioma : 

Nuüo Vero, Ñuño Vero, 
buen caballero probado, 
hínquedes la lanza en tierra, 
y arrendedes el caballo. 

Después, en el romance del moro 
Abindarráez, se conti'i que yendo á ver 
á su Jarifa, 

Dio tres golpes á la puerta, 
que es la seüal concertada : 
en ella arrendó el caballo, 
y ya sube por la escala. 

2. D. Quijote, lleno de la impor- 
tancia y dignidad de su profesión, mira 
como desacato el que se desmienta á 
otro en su presencia. D. Quijote trata 
ahora ;i Juan Haldudo de ruin villano. 
y poco antes le desafiaba como ;i ca- 
ballero; y aun más abajo le e.\ige jura- 
mento por lii ley de caballería que 
había recibido (el Haldudo). Inconse- 
cuencias de un loco, ó distracciones de 
Cervantes : más bien lo primero. 

"n V. -2789. 



PIUMEnA PARTE. — CAPITULO IV 



51 



reales, y «lijóle al labrador que al momento los desembolsase, si 
no (|ii(M-ia morir por ello. Respondió el medroso villano que por el 
paso en (pie (oslaba y juramento que había hecho (y aun no había 
jurado nada') (pie no eran lautos; poríjue se le habían d(í des- 
contar y recebir en cuenta tres pares de zapatos (pie le había dado, 
y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo. 
Bien está todo eso, replicó D. Quijote; pero quédense los zapatos 
y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado, que si 
él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis 
rom[)ido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando 
enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado : así que por esta 
parte no os debe nada. El daño está, señor caballero, en que no 
tengo aquí dineros : véngase Andrés conmigo á mi casa, que yo 
se ios pagaré un real sobre otro. ¿ Irme yo con él, dijo el muchacho, 
más? ¡Mal año^! No, señor, ni por pienso; porque en viéndose 
solo, me desollará^ como á un San Bartolomé. No hará tal, replicó 
D. Quijote; basta que yo se lo mande para que me tenga respeto ', 
y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido"*, 
le dejaré ir libre y aseguraré la paga. Mire vuestra merced, señor, 
lo que dice, dijo el muchacho, que éste mi amo no es caballero ni 



1. Pincelada como de Cervantes, 
para pintar la turbación del medroso 
villano. 

2. Interjección enfática, especie de 
imprecación contra quien haga ó diga 
lo que se desaprueba. Aquí la dirigía 
Andrés contra sí mismo, maldiciéndose 
si volvía á ir con su amo (y). 

3. Hay al parecer errata en el texto. 
El original diría : viéndome solo ó vién- 
dose solo conmigo : lo último es lo 
más verosímil. 

4. Quiso decir : hasta que yo se lo 
mande para que lo haga por mi respeto. 
Este es el concepto. 

5. Juramento muy usado entre ca- 
balleros, y uno de los que se entendía 
que ligaban más fuertemente, como se 
ve, no sólo por las historias caballe- 
rescas, sino también por las verdaderas. 
En aquéllas decía D. Belianís de Grecia 
á la princesa Florishella (a) : Desde 
aquí vos prometo por la Orden de Ca- 

[a] Lib. II, cap. XXXVIII. 

{■;) ¡ Malaíío.'es expresión elíptica, equiva- 
lente á / mal año haya ! ¡ mal año para m .'etc 

(M. (le T.) 



ballería que recibí, de en pago det 
enojo que os di, jamás parecer donde 
gentes algunas me puedan ver. — Oli- 
veros le respondió (á Fierabrás) : Pa- 
gano, 710 le cures de tanta platica y 
dilación, que si no te levantas, haga 
juramento tí la Orden de Caballería 
que, aunque me sea feo, he de herirte 
y hacer levantar mal de tu grado (a). 
U. Quijote, imitando estos y otros 
muchos ejemplos, jura por la Orden 
de Caballería que recibió de servir y 
ayudar á Cárdenlo en el capítulo XXIY. 
Y al fin del XLIY, hablando del baci- 
yelmo de Mambrino, dice : Y juro por 
la Orden de Caballería que profeso que 
este yelmo es el mismo que yo le quité, 
sin haber añadido ni quitado en él 
cosa alguna. 

En el pasaje presente, nuestro hi- 
dalgo suponía que el labrador había 
recibido la Orden de Caballería, porque 
viendo la yegua y la lanza, y lleno de 
la lectura de sus libros, cualquier indi- 
cio le bastaba para creer que era caso 
de Caballería andante. 



{a) Carlomagno, cap. XVII. 



52 DON QUIJOTE DE I, A MANC.IIV 

ha recebido orden de caballería alguna, (jiie es Juan llaldudo el 
rico, el vecino drl ÍJiiintanar '. Importa poco eso, respondió 
D. Quijote, que Haldudos pu<;de haber caballeros, cuanto más que 
cada uno es hijo de sus obras ^. Así es verdad, dijo Andrés; pero 
este mi amo, ¿deque obras es hijo, pues me niega mi soldada y 
mi sudor y trabajo? No niego, hermano Andrés, respondió el 
labrador, y hacednie placer de veniros conmigo, que yo juro por 
todas las Órdenes que de caballerías hay en el mundo ^, de 
pagaros como tengo dicho un real sobre otro, y aun sahumados. 
Del sahumerio os hago gracia', dijo D. Quijote; dádselos en 
reales ', que con eso me contonto ; y mirad que lo cumpláis como 
lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver 
á buscaros * y á castigaros, y os tengo de hallar, aunque os 
escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os 
manda esto, para quedar con más veras obligado á cumplirlo, 
sabed que yo soy el valeroso D. Quijote' de la .vlancha, el desfa- 
cedor de agravios y sinrazones; y á Dios quedad, y no se os parla 
de las mientes lo prometido y jurado, sopeña de la pena pronun- 



1. Esto pudiera argüir que el suceso 
pasaba en el término del Quintinar, 
tanto más que, exhortando Juan llal- 
dudo á su criado Andrés á que fuese á 
su casa por la soldada, se da á enten- 
der que la casa estaba cerca. Mas para 
esto se tropieza con la dificultad que 
nace de la distancia de Quintaaar á la 
Argamasilla, de donde el teatro de la 
aventura distaba menos de una jor- 
nada. 

2. Refrán antiguo castellano. En 
Europa los hijos reciben de sus padres 
la nobleza : en la China dicen que los 
padres la adquieren por las hazañas y 
virtudes de sus hijos. La con lucta de 
los chinos es más conforme al refrán 
que la de los europeos. 

3. Más natur.il y más claro seria : 
por todas las Ordenes de Caballería 
que hay en el mundo. 

4. Contando Guzmán de Alfarache 
su vida picaresca de mendigo en com- 

[)añía de otros como él, y hablando de 
as prendas y efectos que les daban 
de limosna y después vendían, dice (a) : 
temarnos marchantes para cada cosa 
que nos ponían la moneda sobre la 
labia, sahumada y lavada con agua de 
úngeles. Sahumada quiere decir perfu- 



mada, en demostración de que se daba 
cm a!e''r¡a y buena volunl;id. En la 
novela de Rinconele y Corladillo, ha- 
biendo éste salteado la bolsa de un 
sacristán, le consolaba diciendo que 
con el tiempo podría ser que el ladrón 
se arrepintiese, y se la volviese sahu- 
mada. El sahumerio le perdonaríamos, 
respondió el esludianle. 

5. Esto es, en buena moneda, y no 
en chanflones, tarjas ú otra uioneda 
menuda en que pudiera haber que- 
branto. 

tj. Amenaza muy parecida á la que 
dirigía D. Olivante <1e Laura á Tain- 
brino, cuando le enviaba con el mons- 
truo Buialón á Gonslantinopla á pre- 
sentarse á la Princesa Lucenda. Y no 
dejes, le decía, de cumplir lodo esto 
que le mundo, porque cuando supiere 
que no lo haces, en ninguna parte del 
mundo estarás tan escondido que yo 
no ptieda hallarte para acabar de qui- 
tarte la vida [u). 

1. Arrogante declaración ó intima- 
ción, de que hay inrmuierables ejem- 
plos en los libros de Caballería. D. Qui- 
jote la repitió en la aventura del 
Vizcaíno, al capitulo VIH de esta pri- 
mera parte. 



ía) Parte I, ¡ib. 111, cnp. 111. 



[a) Olivanie. lib. Til, cap. III 



PHIMKIIA PAIITK. — CAPITUÍ.O IV 



3;í 



ciada. Y (MI ili(!Í('iulo cslo, picó i^ su Hocinanlc, y cu breve espacio 
se apartó dellos. Siguióle oí labrador con los ojos ', y cuando vio 
que había traspuesto del bosípie y que ya no parecía, volvióse á su 
criado Audrcs, y díjole : Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar 
\o (pie os debo, como aípiel deshacedor de agravios me dejó man- 
dado. ICso juro yo, dijo Andr(''s, y como que andará vuestra merced 
acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, 
que milanos viva, que según es de valeroso y de buen juez, vive 
Hocpie, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo"^. 



1. Fuera mejor dejar asi la aven- 
tura, corlaiulo la relación en este 
punto y reservando el íiu de ella para 
el capitulo XXXI, en que el muchacho 
Andi'ós, eiu;ontr;'uidosc casualmente 
con ü. (Juijt)te, relirió en presencia de 
otras varias personas el resultado que 
tuvo tau desgraciado pura él, como 
vergonzoso para nuestro hidalgo. No se 
hubiera contado una misma cosa dos 
veces, como ahora sucede; y entonces 
el éxito del suceso hiciera mayor y más 
agradable electo en el ánimo del lec- 
tor, no hallándole prevenido de ante- 
mano con la prematui'a relación y 
noticia del presente capitulo. 

2. Hay en castellano (oj. y lo mismo en 
los demás dialectos de la lengua latina, 
dos monosílabos que ocurren á cada 
paso : fjue y de. No se puede abrir un 
libro, no se pueden poner los ojos en 
nada escrito, sin que se presenten estas 
dos palabras, que son como dos mule- 
tas necesarias para que camine el dis- 
curso, ú como goznes sin los cuales no 
pueden combinar su movimiento y 
enlazarse las demás partes de la oración. 
Xi rumiarse las lenguas modernas, se 
perdió la flexibilidad y concisión de la 

(5) Bien podía aplicársele á Clemencín el 
nunc non eral hic iocii.i de Horacio. Dice en 
efecto muy excelentes cosas á propósilo del 
enipit'O de qiíe y ile, con uiolivo de la excla- 
mación de AndVesillo, / Vire noque! que. etc. 
Cuando más puede censurarse una alitera- 
eión inevitable. Kl ./we. no puede suprimirse 
en estas exclamaciones porque da mayor 
energía a la frase. Kl misino Cervantes en 
el famoso soneto al túmulo de Felipe !I dice: 
; Vive Uios! que me espanta esta griiudeza, etc. 

A sil vez. dice Baltasar de Alcázar : 

Si es ó lio inveiii'ióii riiodenia 
; Vive Dios ! que iio lo sé... 

(M. de T.) 



romana. Perdióse el uso de casi todos 
sus participios, y éstos hubieron de 
explicarse con rodeos, guiados por el 
relativo '^in' como por un lazarillo. 
Dijose.por rtm«/iíri/.f,elquc hade amar; 
por amundas, el que ha de ser amado. 
Perdii'ise también el uso de la voz pa- 
siva y de los tiempos del iníiniíivo, y 
las más veces hubo de suplirse la falta 
á fuerza de circunloquios amasados, 
digámoslo así, de verbales, verbos auxi- 
liares y la molesta particular/e. Kl sub- 
juntivo apenas se pudo usar ya sin 
que le precediese el que., y este mono- 
silabo, unas veces como relativo y 
otras como conjunción, se hizo un hués- 
ped perpetuo y por lo tanto, impor- 
tuno. El otro monosílabo de entró en 
el lenguaje con el mismo oücio y si- 
gnificación que tenia en la lengua 
primordial, y en esto nada se perdía; 
pero se extendió también á significar 
posesii'in y á suplir varios casos que los 
nombres tenían en la lengua tuadre y no 
en las hijas, y se multiplicó prodigio- 
samente su uso. Esto, y el empleo de 
otras partículas para suplir los demás 
casos y el uso excesivo de los artícu- 
los, convirtió nuestro idioma en un 
agregado de palabras menudas, en 
(jue tropieza y se embaraza de conti- 
nuo el discurso sin poder andar á pasos 
largos, cual sucede á los que caminan 
por un terreno formado de grava y 
piedrezuelas. Los participios de las 
lenguas antiguas eran usos verbales, 
(jue, reiinieuao la fuerza y acción del 
verbo á las flexibles, formas de los 
nombres, encerraban en una palabra 
una frase. Lo que junto con las varia- 
ciones del significado, producidas en 
los nombres por una leve mudán/.a en 
su terminación, y en los verbos por el 
mayor número de sus tiempos, ayu- 



54 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

También lo juro yo, dijo el labrador; pero por lo mucho que os 
quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga. Y 
asiéndole del brazo, le tornó á alar á la encina, donde le dio 
tantos azotes que le dejó p(jr muerto. Llamad, Sr. Andrés, ahora, 
decía el labrador, al desl'accdor de agravios ; veréis como no 
deslace aíjueste, aunque creo que no está acabado de hacer, 
porque me viene gana de desollaros vivo, como vos lemíades : 
pero al fin le desató, y le dio licencia que fuese á buscar á su 
juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se 
partió algo mohino, jurando de ir á buscar al valeroso D. Quijote 
de la Mancha y contarle punto por punto lo (jue bahía pasado, y 
que se lo había de pagar con las setenas * ; pero con todo esto, él 



dado todo con la libertad de la trans- 
posición, hacía singularmente rápido y 
valiente el lenguaje. En ios idiomas 
modernos es menester suplir estas 
ventnjas multiplicando las palabras y 
haí'iendo, por consiguiente, lánguido 
y flojo el discurso. La conslrucciñn de 
la lengua entre los romanos era como 
la de sus edificios : sus participios, 
sus verbos, sus nombres, eran si- 
liares grandiosos, en cuya comparaciún 
nuestras partículas y monosílabos 
Sun fragmentos mezquinos é irregu- 
lan.'s, con los ((ue sólo se puede cons- 
truir á fuerza de tiempo y de mortero. 
Pero, en fin, la constitución ([ue las 
lenguas han recibido deluso no puede 
variarse, y es preciso contar con estos 
defectos como necesarios : lo peor 
es que voluntariamente se haga mayor 
el daño, y que se empleen el fjue y el 
de aun cuando la necesidad y la clari- 
dad no lo exigen. El autor del Diá- 
lof/o de ¡as len()uas. reprendiendo este 
abuso, que ya era muy común en su 
tiempo, ponderaba que muchos ponían 
un que superDuo tan continuamente, 
quede doce hojas pudiera quitarse una 
de rjuees superfinos. Notaba también 
que se usaíja en demasía y con inopor- 
tunidad de la partícula de, diciéndose 
esperando de enviar, por esperando 
enviar : prefiere el último modo de 
e.xplicarse, y concluye : Creedme que 
estas siijterfluida <es no proceden sino 
del mucho descuido que tenemos en el 
escribir en romance. 

Este descuido venía ya muy desde 
atrás, como se ve en nuestras rr<')nicas 
y demás libros primitivos, como por 
ejemplo en el del Conde de Lucanor, 
uno de los más limados y mejor escri- 



tos para el tiempo en que se escribió, 
que fué el siglo xiv, donde ocurre el 
que á cada momento. Diéronle, se 
dice en el capitulo Xill, una carta que 
le enviaba el Arzobispo su lio, en qne 
le facía saber que estaba muif mal do- 
liente, et que le ettviaba á roc/ar que, si 
le quería ver vivo, que se fuese lueyo 
para él. Por cualquier parle que se 
abra el libro sucede lo mismo. Los 
demás escritos de aquellos tiempos 
ofrecen continuos ejemplos de estas 
superfluidades en que incurrii'i tam- 
bién Cervantes, como los demás escri- 
tores coetáneos suyos. El presente 
pasaje del texto es uno de ellos. En 
menos de un renglc'm. y sin contar la 
repeticit'm desagradable del Roque que , 
se halla este monosílabo tres veces : 
la penúltima sobra evidentemente para 
el sentido de la oración. En este mismo 
capítulo hay ejemplos del de super- 
fino : juro de volver d buscaros, dice 
D. Onijote : .Andrés se furúñ juranífo 
de ir i¡ buscar á su protector. En el 
capitulo precedente se dice del ventero 
(jue determinó de sequir el humor á 
D. Quijote, y de Don Quijote (¡ue pro- 
metió de hacer lo que se le aconsejaba. 
En todi» el discurso del Qiijote hay 
innumerables ejemplos de la misma 
clase, tanto respecto al que como al 
de; pero seria molesto repetir la adver- 
tencia cada y cuando ocurra el mismo 
caso, y bastará recordarla alguna ve/.. 
1. La voz setena no ignifica séptima 
parte, sino al revés, el siete tantos. Es 
voz propia de nuestra Jurisprudencia, 
donde á veces se condena al qne hizo 
el daño ñ la restitución del valor del 
daño multiplicado por siete. Esta pena 
se encuentra ya aplicada en las leyes 



l'lllMi;i!.\ l'AniK. — CAPITULO IV 



So 



se p;irl¡<'t IIoimihIo, v su ¡uno s(í quedó riendo : y dosla manera 
dcslii/o (>1 agravio el valeroso D. Quijote. El cual, conlrulísiino 
(l(^ lo sucedido, pareciéudole íjuíí había dado lelicnsiino y alio 
principio á sus caballerías, con gran satisfacción de sí mismo iba 
caminando hacia su aldea, diciendo á media voz : Bien te puedes 
llamar dichosa * sobre cuantas hoy viven sobre (C) la tierra, ó sobre 
las l)ellas bella Dulcinea del Toboso, pues t(^ cupo en suerte tener 
sujeto y i'endido á loda tu voluntad é talante á un tan valiente y 
laii nombrado caballero como lo es y será D. Quijote de la Mancha, 
el cual, como todo el mundo sabe, ayer recibió la orden de caba- 
llería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto^ y agravio que formó 
la sinrazón y cometió la crueldad : hoy quitó el látigo de la mano 
á aquel desapiadado enemigo, que tan sin ocasión vapulaba á 
aquel delicado infante. En esto llegó á un camino que en cuatro 
se dividía-', y luego se le vino á la imaginación las encruci- 



del Fuero Juzfjo, donde suele dársele el 
nombre de siete duplo, que eíiuivale .1, 
séptuplo. Pagar con las setenas aquí y 
en el uso común es expresión metafó- 
rica tomada de lo judicial, y significa 
pagar superabundantemente el perjuicio 
ó agravio que se hizo. 

1. Gracioso soliloquio, en que Cer- 
vantes esfuerza, al parecer excesiva- 
mente, el ridículo con aquella expre- 
si(')n como todo el mundo sabe, cuando 
la cosa acaba de suceder, y en un 
desierto : bien que puede excusarse 
por el estado de locura de quien habla, 
y considerado así, mirarse como nueva 
y mayor belleza. Por la misma razi'm, 
y por la calidad de afectado y retum- 
bante, que, con arreglo al intento con- 
venía dar aquí al estilo de D. Quijote, 
puede defenderse la palabra vapula- 
ba (y)), que dudo mucho tenga carta de 
naturaleza en Castilla, y que no corres- 
ponde al origen que trae de la lengua 
latina, donde signilJca todo lo contra- 
rio, y se dice no del que da, sino de 
quien recibe los azotes. 

2. No fué asi : ambas cosas suce- 
dieron en un mismo día. D. Quijote 
había recibido la Orden de Caballería 
por la madrugada, según se refirii» en 

'/,) Vapulaba. — Lo que no hubiera tenido 
defensa en nuestra lengua hubiera sido el 
emplear el verbo vapular con el sentido la- 
tino. Aunque no hubiera otras autoridades 
en apoyo de este exprpsivrt verbo, la de Cer- 
vantes "es más que suficiente. Hoy se dice <le 
preferencia ; vapulear. (M. de T.) 



el capítulo precedente; salió de la 
venta á la hora del alba, y no había 
andado muclto cuando encontró la aven- 
tura de Andrés, y deshizo en la manera 
que acaba de verse el tuerto y agravio 
que se hacía .i aquel delicado infante. 

3. El presente capítulo contiene dos 
aventuras : la primera es la da Andrés 
azotado por Juan Haldudo y prote- 
gido por D. Quijote, la cual recuerda, 
entre otras, la de Amadís de Grecia 
cuando libertri al enano Busendo del 
poder de un caballero que hacía azo- 
tarle crudamente, como se refiere en 
su crónica {a\. La segunda es el en- 
cuentro de D. Quijote con los merca- 
deres toledanos. En ambas mostró 
D. Quijote el extremo de su locura; 
pero el éxito de la primera fué sólo 
ridículo ; el de la segunda fué algo peor 
que ridículo, y molido á palos el pobre 
caballero por manos villanas, hubo 
que llevarlo á su rasa atravesado, como 
costal de basura, en un burro. 

(a) Parte II, cap. XXII. 

(í) Sobre. — El señor Cortejon restablece 
pn, en lugar de soéí-e, pero deja el resto de la 
frase tal comn está aquí, ó peor. i)ue5 pone 
una coma después de bellas. Sin embargo pa- 
rece, á todas luces, gue la o no es preposi- 
ción sino exclamación, la cual antes se so- 
lía escribir sin /i. La frase pues quedará 
completamente clara en la forma siguiente, 
que fué, de seguro, la empleada por Cer- 
vantes ; cn'intas lioy viven en la tierra, ; olí 
sobre las bellas bella, Dulcinea del Toboso .' 
En todo caso la o interjección nunca lleva 
acento. (M. de T.) 



56 DON Qi;i.íOTK DE LA MANCHA 

jadas * donde los caballeros andantes se ponían á pensar cuál camino 
de aquellos tomarían : y por imitarlos estuvo un rato quedo ; y al 
cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda á Rocinante, 
dejando á la voluntad del rocín la suya, el cual siguió ^ su primer 
intento, que fué el irse camino de su caballeriza'*. Y habiendo 
andado como dos millas, descubrió D. Quijote un grande tropel 
de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes tole- 
danos que iban á comprar seda á Murcia^. Eran seis, y venían 
con sus quitasoles, con otros cuatro criados á caballo, y tres 
mozos de muías á pie. Apenas los divisó D. Quijote, cuando se 
imaginó ser cosa de nueva aventura, y por imitar en todo cuanto 
á él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le 
pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer "^ : y así con 



1. Vino poT vÍ7iiero7i. — Encrucijada 
se llama el sitio donde se cortan dos 
caminos y se dividen en cuatro rama- 
les : llámase asi porque hacen cruz, y 
se dice también por la misma seme- 
janza de las calles que se cruzan de las 
poblaciones. 

La situación de D. Quijote en la en- 
cinicijada es verdaderamente caballe- 
resca, propia de quien sin propi'isito 
cierto y determinado busca las aven- 
turas que le depare la suerte, y muy 
parecida ó igual á la de muchos caba- 
lleros andantes, según se refiere en 
sus historias. Bowle ciUy los ejemplos 
de D. Galaor y Roldan, y algún otro 
que no era |an del caso : pudieran 
agregarse varios. 

2. .\lejor fuera poner : dejando la 
elección i¡ la voluntad del rocín. i'> en 
caso de conservar la misma frase, 
corregir el orden de las palabras y 
decir : dejando su voluntad ó la del 
rocin, el cual sifjuió, etc. 

3. Asi se dice elegantemente en vez 
de seguir el camino de su caballeriza. 
La palabra (Yí»/í¿7io tiene aquí fuerza de 
preposiciim, como si se dijera : /lacia 
su caballeriza. 

4. Aquel como después se supo, es 
an ripio que debiera omitirse, porque 
no hacia falta para la claridad ni para 
la verosimilitud ; y no sólo por esto, 
sino tnmbién porque en la fábula no 
debieron quedar cabos sueltos, ni de- 
cirse, como después 6e supo, sin refe- 
rirse (/esp//tí'A- el modo como se supo. 

El licenciado Francisco de Cáscales, 
contemporáneo de Cervantes, en los 
Diicursos hislÓ7-icos de Murcia y su 



reino (a), dice : Murcia da y repart 
seda á los más cudiciosos y más opu- 
lentos mercaderes de Toledo, Córdoba, 
Serilla y Paslrana y de otros lugares 
que tratan desla materia... Toda la 
huerta de Murcia tiene hoy (año 1621) 
:{5o.ü00 moreras, lo cual consta por los 
libros de los diezmos de lias. Con la hoja 
destas moreras se crian poco más ó 
menos en la huerta de Murcia cada 
año 40.000 onzas de simiente. Será la 
cosecha destas orizas, considerando un 
año con otro, 210.000 libras de seda 
joyante y redonda... Para la compra 
de la seda que en Murcia se cria, entra 
cada año en ella más de un millón, 
que es el esquilmo mayor que en el 
mundo se sabe. En nuestro tiempo este 
ramo se halla en decadencia : y á pesar 
de lo que se ha perfeccionado el arte 
de fabricar la seda y de aprovechar el 
capullo, el año de (830 no ha llegado 
la cosecha de la huerla de Murcia á 
120.000 libras de seda, según noticias 
fidedignas. 

.j. Éstáu trastrocados los verbos 
parecer y pensar. Debi(') decirse : por 
imitar los pasos que había leído en su;- 
libros, pensó hacer uno que le pareció 
venir allí de molde. Xo parece que 
viene bien un paso porque se quiere 
imitiirlo. sino que se quiere imitarlo 
porque parece que viene bien (6). 

[a) Disc. XVI, cap. I. 

(0) El señor Calderón justifica la frase de 
Cervantes diciendo que la locura de Don 
Quijote « le hacia ver que venía bien todo 
aquello que quería Imitar, porque lo quería 
imilar ». (M. de T.) 



IMIIMKH-V l'AHIK. 



CAPITin.O IV 



g(Mil¡l t(»iiliiu'iil(' y cleiiuodo se afirmó bien en los estribos ^ 
ai>rel('> la lan/.a, llegó la adaii^a al pecho, y puesto en la niilad del 
camino, estuvo espin'ando (pie aípiellos caballeros andantes llegasen 
(que ya ól por tales los tenía y juzgaba); y cuando llegaron á 
trecho qtie se pudieron ver y oir, levantó D. Quijote la voz, y con 
ademán arrogante dijo : Todo el mundo se tenga, si todo el mundo 
nocontiesa^ nue no hay en el mundo todo doncella más hermosa 
que la Emperatriz (!<' la Mancha, la sin par Dulcinea-' del Toboso. 
Parái-onse los mercaderes al son de estas razones, y á verla extraña 
figura del que las decía ; y por la figura y por ellas luego echaron 
de ver la locura de su dueño : mas quisieron ver despacio en qué 
paraba aquella confesión que se les pedía ; y uno de ellos, que era 
un poco burlón y muy muclio discreto, le dijo : Señor caballero, 
nosotros no conocemos quién es esa buena señora que decís ; 
mostrádnosla, que si ella fuere de tanta hermosura como signi- 
ficáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad 
que por parte vuestra nos es pedida. Si os la mostrara, replicó 
D. (Juijote».¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan 
notoria ? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, 
confesar, afirmar, jurar y defender ' : donde no, conmigo sois en 
batalla, gente descomunal y soberbia ' ; que ahora vengáis uno á 



Venir de molde, expresión totnada 
de la fundición de los metales, que se 
aplica ;i las cosas que se ajustan y 
acomodan perfectamente entre si, ;i la 
manera que el metal derretido llena 
los huecos y toma la figura del molde 
en que se infunde. Molde parece ser la 
mistua palaijra que modelo, y una y 
otra .vienen de modulas, que tienen la 
misma significación. 

Fasos no son aquí pasajes ói sucesos, 
sino las justas ó funciones solemnes 
de caballería, de que con este nombre 
se hace mención en las crónicas é his- 
torias, tanto verdaderas como fabulo- 
sas. Volverá ¡i hablarse de este punto 
á su tiempo. 

1. Bella descripción de los movi- 
mientos y actitud de D. Quijote, que 
no parece sino que se le está viendo. 

tí. Estas repeticiones son propias 
del lenguaje arrogante y fanfarniu que 
convenía aquí á D. Quijote, y usadas 
oportunamente añaden gracia y orna- 
mento al estilo. 

3. Sin par es dictado que dab:m 
frecuentemente á sus damas los ca- 
balleros andantes en sus hislo:'ius. 



líízose con particularidad en la de 
Amadis de Gaula, donde se dice que 
el Rey Lisuar/e traía consigo á Brisena 
su mujer y una hija que en ella hobo, 
cuando en Denamarca inoraba, que 
Oriana había nombre, la más hermosa 
criatura que nunca se vio; tanto, que 
ésta fué la que sin par se llamó, 
porque e« su tiempo ninguna hobo que 
igual le fuese (a). Los demás autores 
caballerescos imitaron al del libro de 
Amadis, y Cervantes remedó á todos. 

4. Gradación feliz y perfecta de las 
ideas del valeroso paladín de la Man- 
cha, y de lo que exigía de los merca- 
deres. Se empieza por creer: se puede 
después confesar, aunque sea de mala 
gana : afirmar ya es acto positivo y 
espontáneo : jura el que afirma con 
calor y energía : defender es querer 
que los demás crean y confiesen, y lo 
último que puede hacerse en la materia 
de que se trata. 

5. Por estas palabras y las si- 
guientes, en que se trata á ios merca- 
deres viajeros de gente de mala ralea, 

la) Cap. IV. 



o8 



nON 01-I.I0TK HE I. A MANCHA 



uno, como pide la orden de caljallería, ora todos juntos, como es 
costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo 
y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo. Señor 
caballero, replicó el mercader, suplico á vuestra merced en 
nombre de todos estos Principes que aquí estamos*, que porque 
no encarguemos nuestras conciencias'"* confesando una cosa por 
nosotros jamás visla^ ni oída, y más siendo tan en perjuicio de 
las Emperatrices y Reinas del Alcarria ' y Extremadura, que 
vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa 
señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo, (jue por el 
hilo se sacará el ovillo', y quedaremos con esto satisfechos y 
seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado. Y aun creo 



parece que D. Quijute los consideraba 
como gigantes ó malandrines, más bien 
que como caballeros andantes, que es lo 
que anteriormente le habían parecido. 
De esta inconsecuencia no puede ha- 
cerse cargo ;i Cervantes. (|uien siempre 
tiene á la mano la disculpa del des- 
concierto del juicio (le su héroe. 

1. Alusinn satírica ;í los pasajes de 
los libros caballerescos en quefrecuentí- 
simamente se hallan por los campos y 
yermos reuniones y juntas de Reyes, 
Emperadores y Príncipes, como llo- 
vidos. 

2. Mejor : porque no carguemos 
nuestras conciencias. Carf/ar l/i con- 
ciencia es cosa distinta que encargarla. 
La carc/a el delincuente que la grava y 
oprime con el peso del delito y de los 
remordimientos : la encarga el que al 
decir á otro lo que debe ejecutar, le 
advierte que asi debe proceder por mo- 
tivos de conciencia, y lo hace respon- 
sable. El mercader representa aquí 
muy bien el papel de burlón discreto, 
que le asigm'i Cervantes. 

3. El Caballero de la Cruz, habiendo 
llegado desde Egipto á Calés, al ir á 
pasar por un puente que había en el 
camino real, se encontri'> con im caba- 
llero bien .-irmado; su nombre el 
Fuerte BorgoFión, que le dijo : Caba- 
llero, tornaos por donde vefíistes. si 
no olorijríis que la más lierinosa dama 
del mundo es la que yo sirvo. Dijo el 
Caballero de la C7-uz : '.Yo lo puedo yo 
otorgar eso, porque no la conozco : y 
puesto que la hubiese visto, yo no he 
visto todas las otras del mundo para 
juzgar que ella sea la más hermosa. 
Basta, dijo el Caballero de la Puente, 



que os conviene de otorgarlo asi, ó 
dejar una señal vuestra por vencido, ó 
sois en la batalla (a). El mercader 
toledano adolecía de la misma clase de 
escrúpulos, y era tan concienzudo 
como el Gabailero de la Cruz. 

4. Sigue el mercader desempeñando 
su carácter burlón y dis reto. D. Qui- 
jote, sosteniendo la primacía de la 
iiermosura de Dulcinea, la había apelli- 
dado Emperatriz de la Mancha; el 
mercader contrapone el agravio que en 
esto podría hacerse á las PLmperatrices 
de la .\icarria. En la elecciim de esta 
provincia hay también algo de festivo 
y oportuno, porque tanto la Mancha 
como la Alcarria son provinci.is ima- 
ginarias, como las monedas de este 
nombre, y en calidad de tales, más 
apropiadas para figurar en la región de 
bis fábulas caballerescas. La Alcarria 
es nn distrito de Castilla la Nueva, 
cuyos límites no son fáciles de definir 
con exactitud, pero que está situado á 
la izquierda del rio Henares. La Hioja 
y otros partidos menos importantes 
son también divisiones de territorio 
conocidas en el uso é idioma común, y 
desconocidas en el orden eslcablecido 
por la niitoridad. 

o. Expresión proverbial. Da á en- 
tender que por los indicios, muestras 
y principios se viene al descubrimiento 
de las cosas, así como, siguiendo el 
hilo, se llega al ovillo de donde pro- 
cede. Ovillo es el diminutivo de huevo. 
por la semejanza cpie con él tiene el 
de hilo. 



(a) Caballero de la Cruz, lib. I, cap 

cxv. 



PRIMERA PARTE. 



TAPITULO IV 



59 



que eslniíios ya tan de su parlo, quo aimqiio su retrato nos muestre 
que es ttUM'ta de un ojo, y que (l(;l otro le mana bermellón y piedra 
a/ulVe, con lodo eso, por complacer á vuestra merced diremos en 
su l'avor lodo lo que quisiere. No le mana, canalla infame, res- 
pondió I). Ouijote encendido on cólera, no le mana, digo, (¡so que 
decís, sino ámbar y alíi;alia^ entre algodones, y no es tuerta 
ni corcovada, sino más derecha (jue un huso de Guadarrama^; 
pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho 
contra tamaña beldad como es la de mi señora. Y en diciendo 
esto, ariemelió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con 
tanla furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la 
mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasaia mal el 
atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fué rodando su amo una 
buena pieza ^ por el campo; y queriéndose levantar, jamás pudo : 



1. Substancias de que en tiempo de 
Cervantes se confeccionaban las po- 
madas y perfumes. El ámbar es una 
especie de betún transparente que 
suele arrojar el mar, y que, destilado 
ó desleído, servía en las confecciones 
olorosas. También se usaba para ado- 
bar las pieles, como el coleto de rlmhcir 
de Cardenio. que se menciona en el 
capitulo XXllI de esta primera parte, y 
la bolsa del sacristán de Sevilla que 
hurtó Cortadillo, y mostraba bnber 
sido de ámbar en los pasados tiempos. 
La alf/alia es un ungüento odorífero 
que cria, en una bolsita situada entre 
las dos vías, la civeta ó gato de algalia, 
animal que habita las regiones cálidas 
de Asia y África Ambas substancias 
se contaban ya desde antiguo entre 
las aromáticas agradables, como se ve 
por la historia inserta en el Conde Lu- 
canov{a) de un Rey moro, que teniendo 
su mujer !a Reina Romaquia el nntojo 
de hacer adobes, mando henclúv de 
agua de rosas aquella albuhera de 
Córdoba en htgar de agua, et en lugar 
de lodo fizóla henchir de azúcar y de 
caiiela, et de agengibre etes par, é 
alambor el algalia... Et desque destas 
cosas fué llena la alberca, el de tal 
lodo cual podedes entender... dijo el 
¡ieg á la Romaquia que se descalzase é 
hollase aquel lodo, et ficie.se adobes del 
cuanto quisiese. 

2. Ilácense comúnmente los husos (t) 
de madera de haya, árbol que se cría 

(a) Cap. XIV. 



en las sierras de Guadarrama, de donde 
suelen traerse á la corte, como sucedía 
también, según esta expresión, en 
tiempo de Cervantes. De la misma ma- 
dera se hacen molinillos de chocolate, 
hormas, cucharas y otros semejantes 
utensilios, labor ordinaiüa de los ha- 
bitantes de las sierras donde se crían 
maderas á prop/)sito para ella. 

3. Pieza viene de spntiiim, como (■/.) 
su correspondiente castellano espacio, y 
se dice tanto del lugar como del tiempo. 
Aqui es de lugar; de tiempo es en el ca- 
pítulo VII de esta primera parte, donde 
se dice del Mago que se suponía haber- 
se llevado los libros de D. Quijote : á 



{•.) Mucho han dado que hablar, ó mejor 
dicho quü escribir, á. Bowle, Asensio, Corte- 
jóii, Clemencín y otros los husos del Guada- 
riiima. Asensio supone, con más ingenio que 
fundamento, que estos husos son las ar/tijas 
ijiie -11' forman en los picos del Guadarrama . 
en la época del dea/iielo. La explicación de 
Clemencín se acerca más á la verdad. 1.a cos- 
tumbre, madre de la tradición, hace que en 
todas las poldaciones de Es|iaña haya nom- 
bres especiales y consagrados para ciertos 
objetos ó iiroductos de determinadas comar- 
cas. Así se dice : miel de Alcarria, melindres 
de Yepes, polvorones de Secilln, chorizos de 
Candelario, pucheros de Alcorcón, velones de 
Suena, etc., etc. (M. de T. ) 

(x) Pieza no viene de spaHum. Según Diez 
se deriva del giiego peza. Otros, como Stap- 
pers. la derivan del bajn latín petinm. con- 
tracción de petnlium (de dmide se formó /¡e- 
dazo).Petuiltnn hace en \>\\n-,\\peiatia. Ahora 
bien, del plural contraído petia se formó 
pieza, de igual modo que, del plural mira- 
hi¡fa<a,\\Ó maravilla. (M. de T.) 



60 



noN on.jOTí: de la mancha 



tal embarazo le cnusaban la lanza, adarga, espuelas y relacJa con 
el peso de las anüguas armas. Y entre tanto que pugnaba por 
levantarse y no podía, estaba diciendo: Non luyáis, gente cobarde, 
gente cautiva; atended', que no por culpa mía, sino de mi 
caballo^ estoy aquí tendido^JUn mozo de muías de los que allí 
venían, que no debía de ser muy bien intenciona<lo, oyendo decir 
al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle 
la respuesta en las costillas, Y llegándose á él, tomó la lanza, y 
después de haberla hecho pedazos, con uno dcllos comenzó á dar 
¿nuestro D. Quijote tantos palos, que á despecho y pesar de sus 
armas le molió como cibera^. Dábanle voces sus amos que no 
le diese tanto, y que le dejase ; pero estaba ya el mozo picado, y 
no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera ; 
y acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de des- 
hacer sobre el miserable caído, que con toda aquella tempestad 



Cdho de poca pieza ¡tníió volando por el 
l.cjddo. Kn lii iiiistiiíi significación lo 
US ■> el antiguo ronitince del marqués 
de Mantua : 

Al cabo de una sjran pieza, 
en pie se fué á levantar. 

1. Ya se notó en el capítulo II la pro- 
pieddil con que se pone en boca de 
ú Quijote este lenguaje sembrado de 
arcaismos. Al paso se aprovecha Cer- 
vantes de esta circunstancia para 
poner en ridiculo, conforme al propó- 
sito general de su obra, ios libros de 
caballcria, los cuales, unos, por ser 
realmente antiguos, usaban dellenguaje 
del siglo en que se escribieron, y otros 
afectaban imitarlos. Ya lo había til- 
dado 1). Diego de Mendoza, cuando en 
boca del capitán Salazar decía al r>a- 
chiller de Arcadia: Vos. señor Bachiller, 
debéis de ser muy ami[/o de lihros de 
caballerías, que usan de vocablos inwj 
viejos. 

i. D. Quijote disculpaba su caída 
atribuyéndola á su caballo, al modo 
que angélica '-'.) en Ariosto disculpaba la 
de Sacripante derribado por un caba- 
llero desconocido : 

(>■) Es lástima que Cleniencín tiaya em- 
pleado tanta erudición en comentar pasajes 
como el presente, que no nucesilan comen- 
tario. Como esta nota hay muchísimas, en 
que el comentarista gastó, como vulgarmente 
se dice, la pólvora en salvas. (M. de T.) 



En el capitulo siguiente repite D. Qui- 
jote la misma excusa: Téti(/anse todos, 
decía, que veiif/o mal ferido por la 
culpa de mi caballo. liowie, en sus 
anotaciones, trae ejemplos de caba- 
lleros derribados que alegaban haberlo 
sido por culpa de sus caballos y alfa- 
nas : y con efecto, en los lances de 
caballería solía entrar en cuenta la 
consideración de si la culpa hahia sido 
del caballo más bien que del caballero. 
Y asi. entre las reglas que da para las 
justas el Doctrinal de Caballeros, se 
encuentra lo siguiente : Si un cafjullcro 
derribase ú otro é rí su calta lio; si ésle 
que cayó derribare al otro »i« su 
caballo, decimos que haya mejoría el 
caballero que ayo el caballo con él: 
porque parece que fué la culpa del ca- 
ballo é non del ctiballero [a]. 

3. Se deriva del latín cihus. y signi- 
fica propiamente las granzas ú restos 
gruesos que quedan después de uioli- 
dos los granus que se destinan á ali- 
mento : también significa el trigo que 
pasa de la tolva á la rueda del molino 
para convertirse en harina. 



Dell, disse rlln, Su/iior. non i'i rincresca. 
Che del cnder non e la c^ípa roslra. 
Ha del caballo, a cui ri¡io.io ed esca 
ilcglio ni convrnia che nova giostra{b). 



(Vi) I.ili. III. til. V. 
(6j Canto I, est. ()7 



'KIMKIU l'AKIK. 



CAIMTUI.O IV 



f)l 



de palos (\\ic sobre ól Uovia', no cerraba la l)Oca, amenazando al 
cielo y í'i la lierra y á los malandrines, qno tal le [)arecían. 
Cansóse el mozo, y los mercadísres si{j;uieron su camino, llevan- 
do (|né contar en todo ¿I del pobre apaleado, el cual, después 
(jue se vio solo, tornó á probar si podía levantarse; pero si no lo 
pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi 
deshecho? Y aun se tenía j)or dichoso, pareciéndole que aquella 
era ])i'0[)ia desgracia de caballeros andantes-, y toda la atribuía 
A la falta de su caballo; y no era posible levantarse, según tenía 
brumado todo el cuerpo-*. 



1. Las primeras ediciones dicen : 
toda uquellu teinpeslad de palos que 
sob7'e él vía La. de Loudres de 1738 lo 
corrifíió con verosimilitud, y á mi 
entender coa acierto, poniendo Hacia 
en vez de via. 

•2. Mejor : era desgracia propia de 
caballeros andantes. Kn las lenguas 
modernas el orden de las palabras no 
es tan libre como en otras antiguas, é 
influye á veces esencialmente en la 
significación. 

'i. Estas palabras ni ligan bien con 
lo que las ntec-ede, ni hacen otra cosa 
que repc-tir lo que se dijo pocos ren- 
glones antes : lomó (D. Quijote) á 



probar si podía levantarse ; pero si no 
Lo piulo hacer cuando sano y bueno, 
(\ cómo lo haría molido y casi deshecho '.' 
Lo mismo vuelve á decirse en las pri- 
meras palabras del siguiente capitulo; 
de suerte que no seria temeridad sos- 
pechar que la presente expresión fué 
'ñadida al texto por el imperito im- 
presor, como lo hicieron también 
alguna vez los copiantes, intercalando 
palabras y expresiones suyas, ó halla- 
das en las m.írgenes de los manuscritos 
que trasladaban, de lo que no faltan 
ejemplos en los libros clásicos de la 
antigüedad. 



CAPITULO V 



DONDE SE PROSIGUE LA NARRAf.IOX DE T.A DESGRACIA 
DE NUESTRO CABALLERO. 



Viendo, pues, que en efecto no podía menearse, acordó de 
acogerse á su ordinario remedio', que era pensar en algún paso 
de sus libros, y trujóle su locura á la memoria 'aquel de Baldo- 
vinos y del Marqués de Mantua-, cuando Cariólo le dejó herido en 
lamonliña^ : historia sabida de los niños \ no ignorada de los 



1. Los antiguos hubieron de creer 
que la memoria residía en el corazim, 
y de aquí el verbo decorar y la expre- 
sión lomar de coro, común á las lenguas 
francesa y castellana, y los verbos 
recordar y acordarse, este último reci- 
proco, que significa renovar la memoria 
pe alguna cosa. Cuando no es reci- 
droco, como sucede en el presente pa- 
saje del texto, es lo mismo que resolver, 
y en este sentido se usa ordinariamente 
cuando la resolucii'm es de muchos. 

2. Es el antiguo romance del Marqués 
de Mantua, que contiene la relacií'm de 
la traidora muerte que dio á Baldo- 
vinos el Infante Carloto, hijo del Em- 
perador Carlon)agno, de la acusación 
que contra él hi/o el Marqués de 
Mantua, tío de Baldovinos,y del castigo 
de Carloto. Baldovinos es lo mismo que 
Balduino, nombre común en la Edad 
Media, con la terminación en os. que 
en los principios de la lengua castellana 
se daba á los nombres latinos acabados 
en t(s. .\s¡ se foruiaron los nombres de 
Oliveros, Gaiferos y Montesinos, héroes 
de nuestros romances primitivos; Ale- 
jos, .\lbertos, Troilos, Pablos, Mateos, 
fueron nombres de personas usados en 
Castilla, y todavía conservan en el uso 
común la misma terminación los nom- 
bres de .Marcos, Carlos. Pilatos y Lon- 
ginos. El origen del romance del 
Marqués de Mantua, como el de otros 
romances viejos castellanos, es difícil. >'> 



por mejor decir imposible, de averiguar. 
En la Crónica general de España (a), 
escrita en el siglo xiii, se citan ya los 
cantares de las hazañas de Bernardo 
del Carpió, y en la Gran conquista de 
Ultramar, escTúii por el mismo tiempo, 
se cita y aun se extracta una historia 
de Carlos Mainete ó Carlomagno que 
no ha llegado á nosotros (a). En la'des- 
cripción que allí se hace de dicha 
historia, hay algún indicio de que so 
tomó (le ella el asunto del romance 
de Baldovinos. 

3. Así decían las primeras ediciones: 
las posteriores corrigieron malamente 
monfaña. El romance ('• historia del 
Marqués de .Mantua, que es la que aquí 
se cita, no dice ni uno ni otro, sino 
monte y bosque y floresta: pero, tratán- 
dose de romanices antiguos, no fué 
extraño que Cervantes usase de la 
palabra montiña, que en ellos suena 
en la misma significación que montaña .- 
fuese porque se equivocó citando de 
memoria, como solía, sin consultar ej 
original; fuese y esto es lo más vero- 
símil) porque prefirió la palabra anti- 

(a) Lib. II, cap. XLIII. 

(a) Crónica general de Espaiia. — La notable 
Biblioteca fundada por Rivadeueira y conti- 
nuada al presente bajo la dirección del señor 
Menéndez Pelayo, ha juiblicado reciente- 
mente una edición de esta obra. 

(M. de T.) 



piii.MKiiA p\r<Ti:. 



CAPITULO V 



03 



mozos, celebrada y aun citúda de los viejos, y con todo esto no 
más vcrdadíM-a que los milagros dcMahoma. Esta, pues, le pareció 
á él que le venía de molde para el paso en que se hallaba ; y así 
con muestras de grande sentimiento se comenzó á volcar por la 
tierra ', y i\ decir con debilitado aliento lo mismo que dicen decía 
el herido caballei'o d(d bosque : 

¿Dónde estás, señora mía 2, 
que no te duele mi mal? 
ó no lo sabes, señora, 
ó eres falsa y desleal. 



cuada como propia y peculiar de ellos, 
uno del Conde Claros (a) empieza así : 

A caza va el Kmperante 
á Sant Juan do la Montiña; 
con él iba el Ccinde Claros 
por le tenei conipañía. 

Es evidente que la ley del ason;i,nle 
excluía á ynonlaria y exigía que se leyese 
montiña. Lo mismo se ve en el otro 
romance antiguo de la Infantin;. {!>) : 

Sieste fadas me fadaron 
en brazos de un ama mía 
que ándase los siete años 
sola en aquesta montiña. 
Hoy se cumplían los años 
desde aquel amargo día : 
por Dios ruego, caballero, 
llévesme en tu compañía... 

1 se va á tomar consejo. 
y ella queda en la montiña... 
Cuando volvió el caballero 
no la hallara en la montiña. 

4. Excusado era decir que los muzos 
no ignoraban una cosa que ya sabían 
desde niños y que los viejos la creían, 
después de haber dicho que la celebra- 
ban. La exactitud y la gradación pedían 
con mejor derecho que se dijese, yendo 
de lo menos á lo más : no ignorada de 
los niños, sabida de los mozos, creída y 
aun celebrada de los viejos. Todavía 
parece mayor la inadvertencia de 
Cervantes en desmentir los milagros 
de Mahoma (a), sin acordarse de que el 
autor original del Int.enioso Hidalgo se 
suponía ser mahometano. Pero pre- 
gunto yo : cuando Cervantes escribía 
el capítulo V de su fábula, ¿ tenía pen- 
sado ya hacer autor de ella á Cide 

(a) Cancionero de romances de Amberes, 
15:0. fol. 2'.)l. — (Ij) ídem, fol. 2U3. 



Hamete ? La primera mención que se 
hace de éste es en el capítulo IX : pro- 
bablemente entonces fué cuando le 
ocurrió por piümera vez ;í Cervantes 
dar origen arábigo á su obra ; y como 
no leía lo que anteriormente llevaba 
escrito, no tropezó con la inconse- 
cuencia, ni pensó en corregirla. Así se 
escribió uno de los libros de mayor mé- 
rito de la literatura moderna. 

1. Volcarse por revolcarse. Haj' gran 
diferencia entre ambos vocablos. Volcar 
se dice de las cosas inanimadas ; revol- 
carse sólo puede decirse de los vi- 
vientes : el primero es caer en tierra lo 
que se mueve., el segundo es volverse 
repetidas veces el caído de un lado á 
otro; el primero es verbo de estado y 
á las veces también activo ; el segundo 
no es uno ni otro, sino recíproco. Acaso 
la supresión de la partícula re fué error 
de imprenta, como en éste y en otros 
c sos semejantes puede sospecharse. 

2. El romance del Marqués de Mantua, 
impreso entre otros del Cancionero de 
Amberes, del año 1555, dice [a] : 

i Dónde estás, señora mía, 
que no te pena mi male ? 
De mis pequeñas heridas 
compasión solías tomare; 
agora de las mortales 
no tienes ningún pesare. 

(a) Fo!. 32. 

(a) Causa pesadumbre el ver el apasiona- 
miento y la inconsistencia de muchas de las 
críticas de Clemencín. ; Y se las echaba 
de amigo y admirador de Cervantes ! Estas 
admiraci'ines traen á la memoria la ingeniosa 
jaculaton:i de Voltaire./5e/7o)/ ¡libradme de 
mis amigo-i ! Respecto á la popularidad de los 
romances en nuestra época, véase lo que digo 
en mi reciente liliro : Por In cultura y por la 
raza. pág. lOíl. ÍM. de T.) 



04 



DON QL'I.JÜTE 1)K LA MANCHA 



Y desta manera fué prosiguiendo el romance hasta aquellos versos 

que dicen : 

¡ Oh noble Marques de Mantua, 
Hii lío y se ñor carnal 1 

Y quiso la sueiie que, cuando llegó i\ este verso, acertó á pasar por 
allí un labrador de su mismo lugar y vecino suyo, (|ue venía de 
llevar una carga de trigo al molino ' ; el cual, viendo aíiuel hombre 
allí tendido, se llegó á él y le preguntó que quién era, y qué mal 
sentía que tan tristemente se quejaba. D. Quijote creyó sin duda 
que aquel era el Marqués de Mantua su tío, y asi no le respondió 
otra cosa sino fué proseguir en su romance, donde le daba cuenta 
de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su 
esposa, todo de la misma manei-a que el romance lo canta. El 
labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates ; y quitándole 
la visera, que ya eftaba hecha pedazos de los palos, le limpió el 
rostro, que lo tenía lleno de polvo : y apenas le hubo limpiado-, 



En el Romancero general, enmendado 
y añadido por Pedro de Flores, é im- 
preso el año l6iü, encuentro un romance 
(le Tirsi, contrahecho sobre el del 
Marques de Mantua, en que lamentán- 
dose Tirsi de su señora, le dirigía estas 
quejas (a) : 

¿ Dónde estás, señora mía, 
que no te duele mi mal ? 
/ no lo sabes, señora, 
ó eres falsa y desleal. 

De este romance, que ciertamente es 
anterior á la edición de Pedro de Flores, 
tomó Cervantes los cuatro versos, y 
como citaba de memoria y sin consultar 
los originales, según ya notamos, con- 
fundió las especies y atribuyó los 
versos al romance del Marqués (le Man- 
tua. Consiguiente á esta equivocación, 
dice Cervantes que D. Quijote pro- 
siguió el romance hasta aquellas pala- 
bras : 

¡ Oh noble Marqués de Mantua, 
mi tío y señor carnal ! 

palabras que no se hallan ni pueden 
hallarse en el romance de Tirsi, que no 
pasa de treinta y dos versos, siendo asi 
que median ochenta y seis entre los 
dos pasajes del verdadero romance del 
Marqués de Mantua. 

Es de admirar que un erudito como 
D. Juan Antonio Pellicer diga en sus 

(a) Fol. 34. 



notas al presente capítulo del Quijote, 
que el autor de este romance fué Jeró- 
nimo Treviño y que se imprimió en 
.\lcal.í. año de l."i98. El estilo y expre- 
siones del rouiance, sin otros indicios, 
demuestran mayor antigüedad; y por 
de contado se ve que Pellicer no tuvo 
presente que había sido incluido en el 
Cancionero de Amberes. La fecha de 
dicho romance, segi'm arguye su len- 
guaje, no puede ser posterior al 
siglo XIV ; pero el examen de esto nos 
llevaría muy lejos del Quijote. 

1. Luego el molino no estaba lejos 
del pueblo : y con efecto, por las rela- 
ciones topogr.íGcas hechas de orden de 
Felipe II, que se citaron anteriormente. 
se ve que la villa de Argamasilla de 
.VIba tenía varios mrdínos con once 
piedras en el Guadiana, que pasa por 
su inmediación. Por las mismas rela- 
ciones consta que la otra Argamasilla 
de Calatrava no tenia molino alguno: 
nueva prueba de que la Argamasilla de 
Alba y no la de Calatrava era la patria 
de i). Quijote. 

2. Lo mismo cuenta el romance que 
hizo el .Marqués de Mantua con Baldo- 
vinos . 

Con un paño que traía 
la cara le fué á limpiare: 
desque lo hubo limpiado, 
luego conocido lo hae. 

Cervantes copiaba sus reminiscen- 
cias. 



l'HIMKHA l\MiTi:. — CAIMTUI.O V 



i\n 



ciiiindo le conoció y le dijo : Señor ()uijada (que así se debía de 
llairKir cuando el lenia juicio y no había f)asado de hidalj^o sose- 
t^ailo ;í cal)allej'() andanle), ¿quií'm ha puesto á vuestra merced 
desta suerte? Pero él seguía con su romance á cuanto le pregun- 
taba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el 
peto y espaldar para ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre 
ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con [)oco tra- 
]>ajo le subió sobre su jumento, por parecerle caballería más 
sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas 
sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda y del cabestro al asno, 
y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oir los disparates 
que D. Quijote decía; y no menos iba D. Quijote, que de puro 
molido y quebrantado no se podía tener sobre el borrico, y de 
cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo, 
de modo tpie de nuevo obligó á que el labrador le preguntase le 
dijese que mal sentía ^ : y no parece sino que el diablo le traía á 
la memoria los cuentos acomodados á sus sucesos, porque en aquel 
punto, olvidándose de Baldovinos, se acordó del moro Abindarráez, 
cuando el Alcaide de Antequera (,ñ), Rodrigo de Narváez -, le prendió 
y llevó preso á su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le 
volvió á preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las 
mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje ^ respondía 



{. Sobra uno délos dos verbos pre- 
yuntase ó dijese (a). Este último fué el 
que debió borrarse; pero se le olvidó á 
Cervantes hacerlo. 

2. El Infante D. Fernando, que fué 
después Rey de Aragón, mientras fué 
tutor de su sobrino el Rey D. Juan 
el 11 de Castilla, ganó de los moros la 
ciudad de Antequera el año de 1410, y 
puso por Alcaide en el casfillo é la villa 
á Rodrigo de NarL'üez, su doncel, que 
había criado desde niTw en su cámara, 
¡I era caballero mancebo esforzado, de 
buen seso é buenas costumbres (a). 

3. El que dirigii) l,i magnífica edición 
del Quijote que se hizo en Londres el año 
de 1138, creyendo que Abencerraje era 
errata, le sustituyó Abindarníez. No lo 
hiciera si hubiera leído la relación del 

(a) Crónicade D.Juan II, 'díiO 10,cap.CXVlI. 

(«) Dijese. — Atendiendo al verdadero y pri- 
mitivo sentido de preguntar, no sobra nin'f;iino 
delosdns verbos. Lo que hay es que ha variado 
el uso desde la época de Cervantes hasta la 
fecha. íM. de T.) 



suceso en la Diana de Jorge de Monte- 
mayor, donde el mismo Abindarráez 
cuenta que era de la familia de los 
Abencerrajes: familia de lasmiis ilustres 
entre las granadinas, que, perseguida 
por el Rey.Mohamad el Pequeño, se pasó 
á Castilla el año de 1428, según se refiere 
en la crónica del Rey D. Juan el 11 (a). 
Según ella, fueron treinta los Abence- 
rrajes refugiados que se presentaron al 
Ty.e\ en Illescas. 

La substancia del suceso de que aquí 
se trata, y que se cuenta en la Diana 
de Jorge de Montemayor (b), se reduce 
á que Abindarráez, como individuo de 
una familia proscrita, se crió de orden 
del Rey fuera de Granada, en poder del 
Alcaiile de Cártama, y en compañía de 
una hija de éste, llamada Jarifa. Enamo- 

(a) Año 28, cap. CIX. — (6) Lib. IV. 

(?) En mi pueblo natal. Leja, patria del 
general Narváez, se conservaba hasta hace 
algunos años (ignoro si todavía se conserva) 
el retrato del famoso alcaide de Antequera, 
asc<jiidientc del duque de Valencia. 

(.M. de T.) 



00 



DON 01 IJOTí: 1)L I.A MANCHA 



á Rodrigo do Narváoz, del misitio modo qm? 61 había leído la 
hisloria en la Diana de Jorge de Monlemayor, donde se escribe ; 
aprovechi'nidose delhi tan de propósito, que el labrador se iba 
dando al diablo de oir lanía máquina de necedades : por don<le 
conoció (pie su vecino eslaba loco, y dábase priesa á llegar al 
pueblo por excusar el enfado que D. Quijole le causaba con su 
larga arenga. Al cabo de la cual, dijo : Sepa vuestra merced, señor 
D. Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho, es 
ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago 
y haré los más famosos hechos de caballería que se han visto, 
vean ni verán en el mundo'. Á esto respondió el labrador : Miie 



ráronse uno de olru, y habiendo dis- 
puesto el Rey de Granada que ci Al- 
caide pas'se á serlo de Coin, y que 
Abindarráez continuase en Cártania, 
qued('> concertado entre ios dos amantes 
que Jarifa avisaría cuando hubiese oca- 
siiui de ir á verla y celebrar su enlace. 
Húbola dealli aijíún tiempo porau.scn- 
cia del Alcaide, (lue habla si(lo llamado 
por el Rey á (irauada, y avisado Abin- 
darráez, caminó una noche de verano á 
Coin, y cayó en una emboscada que 
tenia puesta Roilrigo de Narváez. iNoló 
éste la tristeza y suspiros de su cautivo, 
y preguntándole la causa, supo de su 
boca toda la historia. Esta es la pregunta 
y respuesta de que habla el texto (í). En 
ia Duina de Montemayor se continúa 
la relación del suceso, según la cual no 
ilev(') Narváez al moro á su Alcaidía, 
como dice Cervantes con su inexactitud 
ordinaria en las citas, sino que, compa- 
decido de la aflicción del gallardo moro, 
le permitió continuar desde el mismo 
camino su viaje á Coin, bajo palabra 
de presentársele á tercero día, y asi lo 
cumplió Abindarráez en Alora, acompa- 
ñado de Jarifa, (|ue quiso seguir la 
suerte de su amante. Narvápz, prendado 
de la noble y leal conducta del moro, 
dio generosamente libertad á los dos 
esposos, haciéndoles (r,; escoltar hasta 
que llegaron á paraje seguro. 

(ü) El señor Corlejón, fniiJarrtiise en que 
no citan «sla avíMitura ni Hernanilo riel Pul- 
gar ni Fprrant Mexia, pone en duda la auten- 
tifiíJad do está levenda, tan popular en An- 
dalucía. ■ (M. de T.) 

(/•,) Hnci^iiilolt'x es un liarbarismo censu- 
rado por la Academia en su gramática. Xm 
es dativo ó complemento indirecto. Debe de- 
cir : liaciéiiilolos. Algo más grave es esto en 
un académico que las distracciones de Cer- 
vantes." (M. de T.) 



Esta historia, engalanada conalgunas 
circunstancias por Jorge de Monte- 
mayor, conviene con la que publicó 
Antonio de Villegas en la colección de 
sus opúsculos, que con titulo de Inven- 
tario publicó en .Medina del Campo el 
año de 1.^6.t. El fundo del suceso fué 
cierto. Asi lo te.«tifica en su llintoria de 
los árabes de España D. José Antonio 
Conde, expresando que esta aventura, 
el amor de la doncella y el granadino, 
y mds aún la generosidad del Alcaide 
Narváez, fué ?//»// celebrada de los 
buenos caballeros de (Jranada, y can- 
tada en los versos de los mejores in- 
ijenios de entonces. 

También se cantó el suceso en Cas- 
tilla, como se ve por el romance que se 
insertí'i en el Romancero yeneml [aj, y 
modernamente en el de Üepping, im- 
preso en Leipzic el año (le 1817, el 
cual empieza así : 

Ya llegaba Abindarráez 
á vista de la muralla, 
donde la bella Jarifa 
retirada le esperaba. 

Esta uiisma aventura sirvió después 
de argumento á lacomediaque escribió 
Lope de Vega con el titulo de El Remedio 
de la desdicha, dedicándola ;i su hija 
I)oña Marcela del Carpió. Se halla en la 
parte XII de las comedias de Lope. 

1. Para que estuviese más acorde el 
periodo, convino poner: los mÚJi famosos 
hechos de caballería que se han visto, 
ven y verán en el mundo. La partícula 
tii supone negación anterior, y uo la 
hay. 

(al Parle IX, l'ol. 355. 



I'UIMEUA i'AItTIi. 



CM'lTULü V 



67 



vucsliji merced, sorior, ¡ ()eeaü()r de mí ! qUe yo no soy D. Rodrigo 
de Narvácz ni el Martjiiés de Mantua, síik^ l*edro Alonso su vecino, 
ni vuestra nícired es lialdovinos ni Abindarráez, sino el honrado 
hidalgo del señor Quijada. Yo sé quien soy, respondió D. Quijote, 
y sé que puedo ser no sólo los (jue he dicho, sino lodos los doce 
Pares de Francia ' y aun todos los nueve de la Fama -, pues á 



1. Kst.'is piUahras de D. Quijole pa- 
recen suponer que Baldovinos era uno 
de los doce Pares de Francia : y con 
efecto, en el citado roniancedel Marqués 
de ¡Mantua, dando Baldoviaos cuenta 
de quién era, á su lio, le dice : 

A mí dicen Baldoviaos 
que el Franco solían llamare. 
Hijo soy del Rey de Üacia, 
hijo soy suyo caVnale, 
uno de los doce Pares 
que á la mesa comen pane. 

Los doce Pares, como dirá en adelante 
el Canónigo de Toledo en el capi- 
tulo XLIX, fueron caballeros escor/ic/os 
por lo.t Rei/es ele Francia, á quien lla- 
maron Pares por ser todos igi/ales en 
valor, en calidad y en valentía. Otros 
dan otro origen al nombre de Pares. La 
opinión vulgar, repetida en los romances 
antiguos, refiere la institución de los 
doce Pares de Francia al Emperador 
Carlomagno ; pero los criticos la ¡uzgan 
posterior al reinado de Hugo Capeto. 
Sea de esto lo que l'uere. nuestros ro- 
mances dan á entender que el Colegio 
de los doce Pares, fundado por Carlo- 
magno, tenía semejanza con el de los 
Caballeros déla .Mesa ó Tabla redonda, 
fundado por el Rey Artús, cuando suelen 
designarlos por la circunstancia de que 
comianpon ú una mesa, que alguna vez 
Uiman redonda. .\sí sucede en el ro- 
mance del Marqués de Mantua, y en los 
de D. üaiferos, del Conde Dirlos, del 
Conde Claros y del Palmero. En el de 
la embajada d'^l Marqués de Mantua se 
dice del Conde Dirlos y del Duque 
Sansón, que eran los que la llevaban: 

Caballeros son d'estima, 
de iírande estado y linaje, 
de los doce que á "la mesa 
redonda comían pane. 

Lus más nombrados de los doce Pares 
fueron Roldan, Oliveros, Güi de Bor- 
goña, Ricarte de Normandia. Reinaldos 
de Montalbán y otros cuyos nombres 



son difíciles de señalar con puntualidad, 
por la variedad con que se leen en las 
historias, romances y libros caballe- 
rescos. 

Acaso tuvieron algún influjo en la 
designacii'm que se nizo en tiempo del 
Emperador D. Carlos de las Doce Casas 
de Grandes de Españalas ideas vulgares 
sobre los doce Pares de Carlomagno ; 
ideas que eran coiiujnes desde anti- 
guo en Castilla; pueslo que se halla ya 
mención de ellas en la Gran conquista 
de Ultramar, libro escrito de orden del 
Rey D. Alonsoel Sabio (a): yaun antes 
de esto, en el poema del Conde Fernán 
González, compuesto, según puede 
conjeturarse, por los años de 1200, en 
que, animando el Conde á sus varones 
á la guerra contra los Moros, les decía: 

Non cuentan de Alejandro las noches nín los 

[días, 
Cuentan sus buenos fechos é sus caballerías: 
Cuentan del Reí Davit el que mató á Golías, 
De Judas Macabeo, fijo de Matatías. 
Carlos, Baldovinos. Roldan é Don Ogero, 
Terin é Galdabucí é Bernal é Olivero. 
Torpín é Don Ribaldus é el gascón Angelero, 
Ercol et Salomón é el otro su compañero, 
Estos é otros muchos que non vos he nom- 
brados. 
Sí tan buenos non fueran, hoy verníen olvi- 

[dadoá. 

•2. Fueron tres judíos, Josué, David 
V Judas Macabeo : tres gentiles, .ale- 
jandro, Héctor V Julio César: y tres cris- 
tianos, el rey Artús, Carlomagno y 
God.-fre de Bullón. 

Antonio Rodríguez Portugal, Rey de 
armas del Rey don Juan el III. tradujo 
del francés, dedicó á dicho Principe y 
publicó en Lisboa el año de 1530 la 
Crónica llamada elTriun/'o de los nueve 
miís preciados varones de la Fama. 
Volvió á imprimirse en Alcalá de He- 
nares el año de 18.5.1. dedicada á D.Juan 
Pacheco Girón, conde de la Puebla de 

{a¡ Lib. I, cap. CXXVII. 



68 



DON (¿riJO'lE DK LA MANCHA 



todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, 
se aventajarán las mías. En estas pláticas y en otras semejantes 
llegaron al lu^nv á la hora que anochecía ; pero el labrador 
aguardó á que fuese algo más de noche, porque no viesen al 
molido hidalgo tan mal caballero ^ Llegada, pues, la hora que le 
pareció, enlró en el pueblo y en casa de D. Quijote, la cual halló 
toda alborotada, y estaban en ella el Cura y el Barbero del lugar, 
que eran grandes amigos de D. Quijote, que estaba diciéndoles su 
Ama á voces ^ : ¿ Qué le parece á vuestra merced, señor licen- 
ciado Pero Pérez (que así se llamaba el Cura) de la desgracia de 
mi señor? Seis días ha que no parecen él ni el rocín ^, ni la 
adarga, ni la lanza, ni las armas. ¡Desventurada de mí! Queme 



Montalbán. Tiene esta edición la parti- 
cularidad de que la censuró y retocó su 
estilo el Maestro Lope? de Hoyos, que 
lo fué de Miguel de Cervantes. En la 
censura se califica Hoyos de capellán, 
y tiene la fecha de 9 de Julio de 1831. 

D. Leandro Moratín.en los Orígenes 
del teatro español., puso en la lista de 
los libros de caballería la Crónica de 
los nueve de la Fama. Dificilinente 
pudiera ocurrirque JosuéyDavid fueron 
caballeros andantes. 

1. Caballero es aquí lo mismo que 
jinete ó persona puesta ;i caballo. Y 
en efecto, era mal visto que las personas 
de respeto montasen asnalmente, y 
por eso, según dice el Obispo de Burgos 
en el Doctrinal de caballeros (a) : los 
antiguos sabios ordenaron que cuando 
hubiesen de cabalgar por villa, que no 
cabalgasen sino en caballos, quien los 
pudiere haber. Haciéndose cargo de 
esto D. Quijote en el capítulo XV, des- 
pués de la aventura de los yangüeses, 
trata de excusar con ejemplos antiguos 
su conducción y transporte en el Rucio 
de Sancho : Xo tendré', dice, á deshonra 
la tal caballería, porque me acuerdo 
haber leído que aquel buenvifjo Sileno, 
ayo y pedagogo del alegre dios de la 
risa, cuando entró en la ciudad de las 
cien puertas, iba muy á su placer ca- 
ballero sobre un muy hermoso asno. No 
supo más D. Quijote; hubiera podido 
citar los jueces delsraei,Jairy Abdón,y 
otros ejemplos y razones alegadas en el 
elosio del Asno 6) que el cronista Pedro 
Mejia insertó en la segunda parle de su 

(a) Lib. I, tit. lil. 



Coloquio del Porfiado. De Jair se refiere 
que sus treinta hijos, que eran señores 
de otras tantas ciudades, cabalgaban en 
sendos pollinos ; y de Alidi'm, que tenia 
cuarenta hijos y treinta nietos, que 
montaban sobre setenta asnos. Las per- 
sonas principales cabalgaban entonces 
en asnos gordos y lucios, como se lee en 
el cántico de Débora. ElcélebreD. Alonso 
de Madrigal, el Tostado, Obispo ae 
Ávila, en su Comento ó exposición de 
las crónicas de Ensebio (a) refutó á Jo- 
sefo, que dijo que los hijos de Jair y 
Abdón montaban en caballos, atri- 
buyéndolo á que Josefo hubo de tener 
á caso de menos valer que los Príncipes 
de su nación montasen en burro. 

2. Mejor : á quienes estaba diciendo 
su ama á i'oce.s..V.caso diría el original : 
« los que estaba, etc. 

3. Hay contradiccii'm entre lo que 
dice el Ama y los lapitulos anteriores. 
Segi'm éstos. D. Quijote nohabia pasado 
más que una noche fuera de su casa : 
salió de ella un día de julio por la ma- 
drugada, pasó la noche siguiente en la 
venta, partió á la hora del alba, á corta 
distancia dio con la aventura de .\ndrés, 
á las dos millas se encontró con los 
mercaderes, cayó, fué ap.ileado. le re- 
cogió Pedro .\lonso. y llegaron al lugar 
al anochecer. No llega todo á dos dias. 

(a) Parte lU. cap. LXIII y LXXI. 

(0) Hace algunos añns leí con asombro en 
el Almanaque de la Ilustración, el citndo elo- 
gio del asno, casi tal como lo escribió Mejía, 
pero llevaba ;U pie el nombre de un escritor 
y profesor que gozaba entonces de bastante 
popularidad. (M. de T.) 



PniMERA PARTE. — CAPÍTUr.O V 69 

doy :i onhMulor, y así es olio la verdad romo nací para morir, que 
eslos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de 
oi'diiKuic), le lian vuelto el juieio, que ahora me acuerdo haberle 
oído decir muchas veces hablando enlrcí sí, que quería hacerse 
caballero andante é irse á buscar las aventuras por esos mundos. 
Encomendados sean á Satanás y á Barrabás tales libros, que así 
han echado á perder el más delicado entendimiento que había en 
toda la Mancha. La Sobrina decía lo mismo, y aun decía más : 
Sepa, señor maese Nicolás (que este era el nombre del Barbero), 
(pie muchas veces le aconteció á mi señor tío estarse leyendo en 
estos desalmados libros de desventuras ' dos días con sus noches, 
al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano 
á la espada, y andaba á cuchilladas con las paredes, y cuando 
estaba muy cansado, decía que había muerto á cuatro gigantes 
como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que 
era sangre de las feridas que había recibido en la batalla, y 
bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sose- 
gado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que 
le había traído el sabio Esquife-, un grande encantador y amigo 



1. Apodo con que la Sobrina moteja 
in<¡;eniosau]ente los libros de aventuras 
caballerescas. Con éstas y otras expre- 
siones de la Sobrina y del Ama, va Cer- 
vantes preparando el escrutinio y quema 
de los libros de D. Quijote, de que se 
trata en el capítulo siguiente. 

2. La Sobrina equivocó el nombre 
de Alquife (t), marido de ürganda la 
desconocida, sabio i'i encantador célebre 
en los anales andantescos, y nutor que 
se supone ser de la historia de Amadis 
de Grecia, por otro nombre el Caballero 
de la Ardiente Espada. 

Encantador es lo mismo que hechi- 
cero, mágico ó nigromántico ; y las 
l)SL[a.hri\sencanlo, encantar, enca7itador, 
encantamento, todas vienen de canto, 
por la idea que tenían los antiguos de 

(i.) Alquife. — Este trastueque de nombres 
se observa constantemente en el vulgo y en 
muchos ricos improvisados. Todo el mundo 
conoció en Madrid al famoso marqués, con- 
sejero del Banco, que hablaba de la luz 
genital, y al general famoso de la lela de Pen- 
tecostés (por telii de Penélope)}' á otros por el 
estilo. Hoy mismo hay en Madrid un editor 
y no de los menos importantes, á quien oí 
decir, aquí en París, que había editado la 
célebre novela : Las Catatumbas. 

ÍM. de T.) 



que los mágicos hacían sus prodigios 
cantando coplas, de donde llamaron 
también carmina á los encantos y ma- 
leficios. Y asi decía UQ mágico en Vir- 
gilio (a): 

Ducite ab urbe domum, mea carmina, diicite 

[Daplinim. 
Carmina vel co^lo possunt deducere lunam; 
Carminibus Circe socios mutavit Ulyssei ; 
Frifiidus in pratis cantando rumpitur anyuis. 

Ovidio, en el libro Vil de las. Ve^amo?'- 
fosis. hablando de las promesas que 
hizo Jasón á Medea para moverla á que 
con sus artes le librase de los peligros 
que le amenazaban, dice : 

Creditus acccpit cantatas pro tinus herbas. 

He aquí las hierbas encantadas. Y 
después pondera así Medea su poder : 

Stantia concutio cantu freta, nubila pello 
Nubiluque induco, ventos abigoque vocoque ; 
Vipéreas rumpo et verbis et carmine fauces. 

Y luego dice de Medea el poeta : 

Effúgit illa necem nebulis per carmina motis. 

Lo mismo se ve por otros escritores 
antiguos, Tácito, Juvenal, PlinioyApu- 
kyo. 

(a) Égloga VIII. 



70 



DON QUIJOTE DE L\ MANCHA 



suyo. Mas yo rae tengo la culjja de todo, que no avisé á vuestras 
mercedes de Los dispárales de mi señor tío, para que lo remediaran 
antes de lle<?ar á lo que ha llegado, y quemaran todos estos desco- 
mulg^ados libros (que tiene muchos), que bicni merecen ser abra- 
sados como si luesen de herejes. Esto dif^o yo también, dijo el 
Cura, y á le que no se {¡ase el día de mañana sin que dellos no se 
llaga auto público', y sean condenados al fueg-o, pcjrípie no den 
ocasión á quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de 
haber hecho. Todo esto estaban oyendo el labrador y D. Quijote, 
con que acabó de entender^ el labrador la enfermedad de su 
vecino, y asi comen/ó á decir á voces : Abran vuestras mercedes 
al señor Baldovinos y al señor Marqués de Mantua, que viene 
malferido-^, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el 
valeroso Rodrigo' de Narváez, Alcaide de Antequera. A estas 
voces salieron todos, y como conocieron los unos á su amigo, las 
otras á su amo y tío, que aun no se habla apeado del jumento 
porque no podía, corrieron á abrazarle. El dijo : Ténganse todos ; 
vengo malferido por la culpa de mi caballo : llévenme á mi le, ho. 
y llámese si iuere posible á la sabia Urggnda que cure y cate 
mis feridas"'. Mira, en hora mala, dijo á este punto el Ama ^, si 



1. Sin que dellos se haga auto pú- 
liUco, es como debió decirse : sobra el 
710. Las ediciones anteriores ponen acto 
público : en ésta se ha corregido uvfo 
publico, y así debió ponerse, aludiendo 
á los del Santo Uficio. seiiiin lo indica 
claramente la pena de fuego con que 
en las siguientes palabras se amenaza á 
los libros. Conl\)rme á esto, se dice 
despiiésencl capitulo XXVllqueel (>ura 
y el Barbero hablan hecho escniliniu // 
auto f/pnerui de fus libros de Ü. Quijote. 

2. Se oniili('i el articulo lo : con lo 
que acabó de entender, etc. Asi solian 
hacerlo nuestros antiguos escritores, en 
los cuales se encuentra también muchas 
veces escrito porque enlugarde jDor lo 
que. 

.3. El bueno de Pedro Alonso equi- 
vocaba la historia y los personajes, 
porque el mal ferido no fué el .Mar(|ués, 
sino su sobrino. Para hablar con exac- 
titud, debiera deiir con las mismas 
palabras, pero endistinto orden .abran 
vuestras mercedes al sefior Marqués de 
Mantua ;/ alseñur Baldovinos. que viene 
malferidí). 

4. Mejor : a quien trae cautivo el 
valeroso Rodriyo de Narváez, Alcaide 



de Anlequera; porque como está, no se 
sabe si el moro trae preso al Alcaide, ó 
el Alcaide al moro. 

5. Primero es catar y luego curar: 
y asi debiera haberse escrito : que cate 
y cure mis fe>'idas. D. Quijote implora 
los auxilios de la sabia Lrganda par ■ 
que lo cure, como curi') en varias oca- 
siones á .Vmadis de (jaula y á otras 
personas de su familia. Los mismos 
oficios hizo la sabia Hclonia con Ama- 
dís de Grecia, Ipermea cnn Olivante, y 
la lada Morgaina y la dueña del Fondo- 
valle con otros caballeros, según se 
refiere por menor en sus historias. 

6. El Ama hablaba con muchos, y 
así no pudo decir mira en singular. 
Debió ponerse miní. con acento en la 
últimíi, segi'in se halla en las ediciones 
primitivas. Pellicer, quehizo oportuna- 
mente esta observacii'tn, añadiendo que 
entonces se escribía asi la segunda per- 
sona de plural del imperativo, no se 
atrevió, sin embargo, á corregirlo en su 
edición, y prefirió poner mirad, como 
ahora decimos; Pero debió tener pre- 
sente, no sólo que ya desde muy anti- 
guo solía ponerse tomó por tomad, 
come por comed, segí'm testifica el au- 



PUINFiUA PArtTK. 



CAP I TI?. O V 



71 



me (locía JÍ mí bien mi coinzón fiel pie que cojeaba mi señor. Suba 
vuestra merced en buenhoia, í[ue sin que venga e§a Ur^^ada ' le 
sabremos aquí curar. iMaUlitos, dig^o, sean otra vez y oirás ciento 
estos Hlíros de caballerías que tal han parado á vuestra merced. 
Lleváronle luego á la cama, y catándole las feridas, no le hallaron 
ninguna, y él ilijo que todo era molimiento por haber dado uiui 
gran caída con Rocinante su caballo, combatiéndose con diez 
jayanes, los niás desalorados y atrevidos que se pudieran fallar en 
gran parte de la tierra. Ta, ta, dijo el cura : ¿jayanes hay en la 
danza? Para mi santiguada- que yo los (jueme mañana antes 



Inr del Diálof/o de las lenguas, sino que 
iiii siempre era libre de liiicer la en- 
iiiiend;!, que él hace añadiendo la </, 
porque niuclias veces no lo permite el 
metro, como en aquel romance del 
Cid («) : 

Elvira, soltá el puñal, 
Doña Sol, tirailvos fuera (x) 
non me tengades el brazo, 
dejadme, Doüa Jiniena. 

Lo propio sucede en el romance mo- 
risco de Azarque [h] : 

Azarque dio una gran voz, 
diciendo, abrí esas ventanas : 
los que me lloráis, oidme. 
Abrieron, y así les halila. 

Son frecuentes los ejemplos en el 
Cancionero r/eneraly en los poetas an- 
tiguos y modernos, de los que se toman 
pruebas más concluyenles que de los 
autores prosaicos, porque la lectura se 
afianza en la medida de los versos, que 
de otro modo no constarían. P^n el 
tiempo de Cervantes se encuentra repe- 
tido lo mismo á cada paso. En la 
Enemir/a. favorable, comedia del canó- 
nigo tarraga, dice el Rey á la Reina : 

Venid, Reina, al aposento, 
entretené al Duque un rato. 

(a) Núm. 70 de la Colección de Juan Esco- 
bar. — (6) Hoinancero //eneral de Pedro de 
J'lores, parte III, fol. 81'. 

(x) Mira. — Este empleo del imperativo era 
Renera) en España y todavía lo conserva 
el pueblo en las Repúblicas hispanoameri- 
canas, especialmente en la Ar-íentina, Uru- 
guay, etc., corno recuerdo de la lengua de 
los primeros colonizadores. (M. de T.) 



Lope de Vega hizo lo mismo en mu- 
chos pasajes de sus compüsiciones 
dranicilicas. Para hablar también de 
libros caballerescos, en Don Policisne 
de Boecia es muy común la supresión 
de la d ünal del imperativo, como e?i- 
frn, lañé, por entrad, lañed. En el 
Ef:pej() (le Principes y caballeros (a) se 
cuenta que la Princesa Briana se retiró 
á parir ocultamente, siendo sabidora de 
ello su doncella Clandestria : que parió 
dos gemelos, que fueron el Caballero 
del Febo y Rosicler; y que lamentán- 
dose Briana de haberlos de dar á criar 
fuera de su vista. le dijo Clandestria : 
Miró, señora, que agradecéis muy poco 
á Dios las (¡r andes mercedes que os lia 
/techo. He aquí el 7nirrí del Ama de 
D. Quijote. 

1. En las ediciones primitivas del 
ano 1605 se lee Urrjada y no Urrianda, 
como pusieron otras posteriores, sin 
advertir que la equivocación añadía 
gracia al discurso, y era muy verosímil 
en boca del .\ma, quien, como mujer 
ignorante, no fué extraño que estro- 
pease los nombres, sustituyendo en esta 
ocasión al de Urganda otro de signifi- 
cación y uso común, y por consiguiente 
más n.itural para ella. Lo mismo había 
hecho antes la Sobrina con el nombre 
de Alquile, y lo mismo vuelve á hacer 
el .Vma en el capitulo Vil, llamando 
Fritan ó Muñatóti al sabio Fristi'in. 

2. Expresión familiar anticuada, 
fórmula de juramento que se repite en 
otros pasnjes del Quijote, y que se 
halla ya usada en el acto primero de la 
tragicomedia de Celestina. Santiguada 
es el acto de santiguarse, y para equi- 
vale á por; de suerte que para mi san- 
ia) P:u-le I.lib.I, cap. XII. 



7^2 



DON QLIJOTK DE I..\ MANCHA 



que llegue la noche. Hiciéronle á D. Quijote mil preguntas, y á 
ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y 
le dejasen dormir, que era lo (pie más le importaba. Hízose así, 
y el Cura se informó muy á la larga del labrador del modo que 
había hallado á D. Quijote. Él se lo conl<3 todo con los disparates 
que al hallarle y al traerle había dicho, que fué poner más deseo 
en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fué llamar á su 
amigo el barbero ' maese Nicolás, con el cual se vino á casa de 
D. Quijote. 



Hguo(la{\) es lo mismo que ])nr la cruz 
con que 7ne snvtif/uo. En otro tiempo 
solían usarse promiscuamente las par- 
tículas po)- y para. En la citada tragi- 
comeiliii de Celes/ina, al acto séptimo, 
se dice : para la muerte que a Dios 
debo, en vez de por la viuerle que á 
Dios debo. En la carta de la esclava que 
copió Guznián de Alfarache en su parte 
segunda («;, se lee : para eata cara de 
muíala, que se ha de acordar de lax 
lííc/rimas que me ha. hecho verter. En la 
tercera parte de D. Floriselde Niquea (b) 
dice D. Florarían : para Santa María, 
que aunque la vida me cueste, he de 
saber esta aventura. Y más abajo -.para 
Santa María, más donosa aventura 
minea oí. 

En los ejemplos citados se usa el 
para en vez de por. Otras veces se usa 
en nuestros antiguos libros, y en el 
mismo Qui.iOTE, el por en lugar depara, 
como se observar.i en su lugar. En el 
uso actual, para denota el fin ú objeto ; 
por, la causa ó motivo. 

1. Algo más bizo á otro día el Cura 
que llamar al Barbero. Cumplidamente 

la) Lib. III. cap. VII. — {b¡ Cap. VIII. 

(V.) El seüor Cortüjón supone que el oripen 
de esta expresión se encuentra en el antiguo 
uso (le santif/uar por jwnr y cree hallar rastro 
de ello en el Poi'uxa del Cid. En Andalucía 
es muy corriente entre el pueblo testilicar, ha- 
ciendo la cruz y añadiendo : i/jor estos cruces 
de Dios.' ú otra" fórmula análoga. 

(M. de T.) 



se explicará el concepto diciendo : lo 
que otro día hizo : para lo cual, lla- 
mando f! su amigo el barbero maese 
Nicolás, se vino con él á casa de D. Qui- 
jote. 

De tres sucesos consta la primera 
salida de D. Quijote : la llegada á la 
venta, donde se arma de caballero: el 
hallazgo de Juan llaldudo y su mozo, 
y el encuentro con los mercaderes tole- 
danos. En los tres domina lo burlesco, 
según pide la naturaleza de la fábula, 
cuyo objeto es ridiculizar la profesión 
dei héroe. En los dos primeros. Don 
Quijote, entonado y hueco con el buen 
suceso, se confirma más y más en su 
locura y propósito : en eí último, no 
pudiendo dejar de confesar su desgra- 
cia, se consolaba, á estilo andantesco, 
con que la culpa había sido de su ca- 
ballo. Esto en cuanto á D. Quijote : el 
lector se halla en una posición dei 
todo distinta, y para él es materia de 
risa todo cuanto sucede al pobre caba- 
llero, tanto lo próspero como lo ad- 
verso. El Lngenioso Hidalgo, segi'm la 
observación de D. Vicente de los Ríos, 
ofrece siempre dos aspectos en lo que 
refiere, uno para D. Quijote y otro para 
los lectores, á la manera de ciertos 
cuadros dispuestos de tal suerte, que 
mirados de un lado presentan distintas 
figuras que por el otro. Y este contraste, 
que es perpetuo en la fábula, debe mi- 
rarse como una de las principales 
fuentes del placer que causa su lectura. 



i 



CAPITULO VI 

DKL DONOSO Y GRANDE ESCRUTINIO QUE EL CURA Y EL BARBERO 
HICIERON EN LA LIBRERÍA DE NUESTRO INGENIOSO H1DAL(;0 



El cual aun lodavía dormía. Pidió las llaves á la Sobrina del 
aposento donde estaban^ los libros autores del daño, y ella se las 
dio de muy buena gana. Entraron dentro todos y la Ama con ellos, y 
hallaron más de cien cuerpos de libros grandes- muy bien encua- 
dernados y otros pequeños ; y así como el Ama los vio, volvióse á 
salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla 
de agua bendita y un hisopo, y dijo : Tome vuestra merced, señor 
licenciado ; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de 
los muchos que tienen estos libros, y nos encanten en pena de la 
que les queremos dar, echándolos del mundo. Causó risa al licen- 
ciado la simplicidad del Ama, y mandó al Barbero que le fuese 
dando de aquellos libros uno á uno, para ver de qué trataban, 
pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego. 
No, dijo la Sobrina, no hay para qué perdonar á ninguno, porque 
todos han sido los dañadores : mejor será arrojarlos por las ven- 
tanas al patio, y hacer un rime-ro dellos y pegarlos (a) fuego, y si no 
llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera y no ofenderá el 



1. Quien dormía era D. Quijote; de trescientos ühros que eran el regalo 
quien pidió fué el Cura, yliubiera con- de su alma y el enli-etenirnienío de su 
venido expresarlo así para la claridad. vida. Pero nótese que los cien cuerpos 
La Academia Española, en una nota eran de libros grandes, y que habia 
sobre este pasaje, procura excusarlo otros pequeños, de cuyo escrutinio se 
de un modo ingenioso; pero pasaje que habla después con separación, dicién- 
necesita excusa, no está bien. dose que eran de poesía y entreteni- 

En vez de pidió las llares d la Sobrina miento, y empezándose por la Diana de 

del aposento, hubiera sido preferible : Jorge de Montemayor, á que siguieron 

pidió á la Sobrina las llaves del apo- otros. 
sentó. 

2. Cuerpos de libros son lo que , , „ , , , • 

ahorallamamos volúmenes. Howle creyó («) ,^%Z% ^'/ ''/'' Í'^'^'"'""°'.t ^L^'m 

, ,. i I- • . . i 1 caso (Véase />¡c. ae ía Acarfewia, ai't. ie«). El 

que había contradiccujn entre este lu- ge^^,} Corteión pone, en su lugar, peqarle (se 

gar y el del capitulo X\IV , donde cuenta entiende : al rimero). 

D. Quijote que en su aldea tenía mus (M. de T.) 



74 DON yciJOTí: di; i.\ mancjia 

humo '. Lo mismo dijo el Ama : tal era la g-aua (jue las dos tenían 
de la muerte de aquellos inoeentes ; mas el í'ui-a no vino en ello 
sin pi'imiíro leei- siijuiera los títulos. Y el primero que raaese 
Nicolás le (lió eu las manos, fué los euatro de Ainadlx de Gaula ^, 



1. Decir que el humo ofendería en el 
palio y no en el corral, arüuye que ei 
.iposento tenia luces al patio, y no al 
corral. Pero en adelante se supone lo 
contrario, porque se arrojan libros al 
corral desde el aposento, como señala- 
damente se ve por el de I£splandi;'in, 
que desde la ventana fué volando al 
corral, dando prúicipio al montón de 
la hoc/nera. 

2. Son los que publicó Garci Ordoüez 
de Montalvo, regidor de ¡Medina del 
Campo, después de concluida la con- 
quista del reino de Granada. Por consi- 
jíuiente, no pudo decirse, como dijo 
Cervantes, que el libro de Aina(Iií> fué 
el primero de caballerías que se impri- 
mió en España, porque el de Tirante el 
Blanco se imprimió en iemosin el 
año 1490 en Valencia, como resulta de 
las noticias que reco^xió el P. Móndez 
en su Tipof/rafia es¡ia7iola. (Cervantes, 
ó no tuvo noticia de la ediciim valen- 
ciana de Tirante, ó sólo quiso hablar de 
los libros castellanos, y de éstos era 
verdad lo que dijo, pues el Tirante 
castellano no se imprimió hasta el año 
de loli. 

Parece indudable, que el autor de la 
historia de Amadis de Gaula fué Vasco 
de Lobeira (a), natural de Oporto, uno 
de los que D..iuan 1, Rey de Portugal, 
armó caballero al estar para darse la 
célebre batalla de Aljubarrota el año 
de 1385 (¡ij. según refieren las crónicas 



(a) En muy ñxtensa y erudita nota trata 
el señor Cortejón de la 'lengua en que se es- 
cribió el Amadis, y viene á adjudicar la pater- 
nidad iJe esta obra á los portugueses. Y eso, 
después de hacer notar que las más antiguas 
menciones de la obra se encuentran en escri- 
tores españoles, como el Canciller López de 
Ayala, Micer P'rancisco Imperial. Ferruz y 
otros. El argumento que deduce de las pala- 
bras de Wolf no basta á debilitar laopiniím 
de los que sostienen que es un libro caste- 
llano. La época de Alfonso el Sabio, gran pro- 
tector de literatos y poetas, y )iocla y lite- 
rato de valía él mismo, era á "propósito para 
engendrar semejante obra. Y si tenemos en 
cuenta el período, Inninoso pai'a Kspaña.de 
los últimos años del reinado de .Vlfonso X, 
cosa que está muy de acuerdo con las lamen- 



taciimes del autor de Amadis acerca de las 
costumbres públicas (Véase el pasaje citado 
por Clemencín, pag. ") se deduce que pudo 
muy bien escribirse el Amadis en dichaéiioca. 
lo cual conlirma la mención de .\yala. Nació 
éste en efecto en Vó.sl y. como dice (lue leyó 
dicha obra eu su juventud, debió ser esto 
por los años de WM ó poco más. El señor 
Menéndez Pelayo (fíistoria df Ins ideas esté- 
ticas), no decide la cuestión: pero aduce en 
abono de la paternidad portuguesa la tradi- 
ción constante, cosa que no tiene un peso 
decisivo en nuestra historia liieraria, como 
lo prueban \a.sCáutiya.<i, utribuiJa» á D.Alonso 
el Sabio.pl Centón del famoso KachillerCibda- 
Real, y otros hecho» análogos. 

Por lo que hace al argumento sacado de 
los versos hallados en el ('ancionefode\ Vati- 
cano y en el de Colocci-Brancutti no es suli- 
ciente par.i inclinar la balanza de la crítica 
en favor d.j Portugal. Tampoco es argumento 
más sólido el que los portugueses reclamen 
la paternidad. Todo el que cree tener algún 
derecho á algo que repiesente honra ó pro- 
vecho, lo hace valer y sonar. En esto se con- 
ducen de igual modo pueblos é individuos. 
Recuérdese á propósito de Cervantes, cuanto 
han dado que hablar y que imprimir las diver- 
sas poblaciones que se disputaban su cuna. 
Téngase además en cuenta lo ocurrido con 
J'alynertn dt; Ingtatfna (Véase nota H pág.8!)). 

los ciue, sin embargo, siguen empeñados 
en que han de ser tijeretas, es decir que Ama- 
din fué escrito en Portugal, podríamos de- 
cirles, como el meicader toledano á D. Qui- 
jote : " Vuestra merced sea servido de mos- 
trarnos algún retrato de esa señora, siquiera 
sea tamaño como un grano de trigo. « ¿ Qué 
autoridad puede tener la vaga noticia de que 
existía un ejemplar manuscrito, en el último 
tercio del siglo xvni, en una biblioteca por- 
tuguesa destruida en el célebre terremoto de 
Lisboa? El terremoto tiene buenas espaldas 
y nos recuerda aquello de : 

El mentir de las estrellas. 

Quedamos, pues, en que la duda subsiste; 
en que no hay datos ni documento* sufi- 
cientes para dictar un fallo detinitivo como 
el del señor Cortejón ; en ([ue nunca .se ha 
conocido otro texto que el castellano, y en que 
los españoles solemos mostrarnos muy incli- 
nados á ser, como se dice en .Vndahicia, /¿ía- 
cer de puerta ajena. (De mi libro Manual de 
Literatura española é liispanoamericana.) 

(M. de T.) 

(3) Lobeira tenía entonces veinte años, y 
hacía ya más de treinta que era conocido el 
Amadis, como queda indicad(j en la nota 
anterior. (M. de T.) 



IMHMKHA I'AUIK. 



C.MTIl i. O \ I 



piirlii^uesiis. Nuestro l)ibliii^'r;iro \). 
Nicolás AiiUmio lo usiyin) ('(|iiívii('.i(Im- 
nicnle ni siglo xiii. Vivii'i tn Vclvcs l.i 
mayor parle lie su vida, y murió el año 
(le l'iUlt. A esle alritiuye el libro de 
A)niidis el con^euliuiieulo uM.íriiuie de 
los escritores de su naciim, testigos 
preícrentps en la materia. D. Juan 
Antonio I'cllicer, en el discurso que 
precede ;i su cdiciim del Qi;ijotk. dice 
(lue el I'. Sarmiento, doctisimo bene- 
dictino, impugna el (U'igen portugués 
de Aiiiudis, y que lo atribuye á Don 
l'edro Liipez de Ayala. Canciller mayor 
de Castilla, ó á D. Alonso de Cartagena 
Ubispo de Hur;.'Os; pero esta opiniím. 
sea de quien fuere- carece de funda- 
mento. El mismo López de Ayala habla 
del libro de Amadis en el himado de 
Palacio, poema moral que compuso 
ealandu preso en Ituj/alerra, como 
expresa su titulo, después de la batalla 
de Nájera que perdií» el liey de Castilla 
J). Enrique II contra su hermano el 
Rey D. Pedro, auxiliado por el Principe 
de Gales. En esta batalla, que fué el año 
de 1 67, D Pedro López, llevaba el pen- 
dón de la orden castellana de la Banda, 
y cayó prisionero en poder do los 
ingleses. El poeta se confiesa allí me- 
nudamente de las culpas de su vida 
pasada, y entre otras cosas dice (a) : 

Plopome otrosí oir muchas vegadas 
Libros de flevaneo-; é mentiras probadas, 
Aiiiadís et Lanzarote é burlas á sacadas, 
En que perdí mi tiempo á muy malas jorna- 

[das. 

Pero si se acusa de haber oído ó 
leído á Amadis ¿ cuánto más se acu- 
saría de haberlo compuesto ? Lo de D. 
Alonso de Cartagena es todavía más 
repugnante, porque nació el año de 1396, 
algunos después de escrito el Himado 
de falacia : puesto que ü Pedro López, 
vuelto ya de Inglat rra, se halló el 
año 138o en la batalla de Aljubarrota. 
Lo cual solo basta para conocer la 
imposibilidad de que fuese el autor de 
Amadis, aun cuando no se opusiese 
también á ello el carácter y profesión 
de D. Alonso, tan ajena de este género 
de letras, la severidad conocida de 
sus costumbres, incouq)atible con los 
pasajes licenciosos de aquel libro, y el 
no hallarse mencionado en el catálogo 
de los que compuso este Prelado y 
refirió su familiar Diego Rodríguez de 

(a) Copla 10?. 



Abuela en el Valerio de fas liflnrias 
esroldslicas y de Kspaña (a). 

Tampoco pudo ser la composición 
de Amadis muy anterior á la época de 
la batalla do Nájera. Por de contado, 
puedo notarse que Petrarca y IJocacio, 
f|ue llorecieron á mediados del siglo xiv, 
al hablar de los libros de caballerías, 
el primero en el Triunfo de Amor y el 
segundo en el Corbacho, no nombraron 
el libro de Amadis como nombraron á 
Laiizarote, ;i Tris/án y á Flores o lilan- 
caflor. Pero, en fin, pudieron no cono- 
cerlo por nuevo ó por extranjero: el 
mismo libro es quien nos suministra 
un indici(j más positivo en el cap. 
LXXXlll. donde refiere que. habiendo 
llegado la Ilota de Amadis á la ínsula 
Firme, en señal de alegría fueron L'ra- 
dos muchos tiros de lombardas. La pri- 
mera uiencií'in del uso de la pólvora en 
las historias esjiañolas es del año 1342, 
en que la emplearon los moros para de- 
fender la ciudad de Algeciras, sitiada 
á la sazón por el Rey de Castilla D. 
Alfonso el Xi, lanzando, dice su cróni- 
ca 'h , muchas ¡lellas de fierro con los 
truenos. Según los datos precedentes, 
el libro de Amadis hubo de escribirse 
desde el año de 1342 al de 1397. y pro- 
bablemente más cerca de éste que del 
otro, porque la invención de las lom- 
bardas supone ya progresos ulteriores 
en el arte de laTormentaria. 

Nada hay, pues, que destruya la 
opinión de que Vasco Lobeira fué el 
verdadero autor del Amadis. Puede 
creerse que el manuscrito original ven- 
dría á poder del Infante D. .Mfonso de 
Portugal, hijo del Rey D. Juan 1, el 
fundador de la casa de Braganza y 
tronco de la actual dinastía portuguesa. 
Este Infante, que nació el año de 1370, 
fué muy aficionado á las letras, hizo 
colección de antigiíedades y objetos 
raros que adquirió) en sus viajes, y 
foru!Ó biblioteca. El humor galante de 
este Príncipe dio motivo á que se hiciese 
alguna alteración en el cap. XL de la 
historia de Amadis. Contábase allí la 
soltura y liviandad con fpie Briolanja 
había requerido de amores al Doncel 
del mar : // aunque el señor Infante D. 
Alfonso de Portugal, continúa el mis- 
mo capítulo, habiendo piedad de esta 
herjnosa doncella, de otra guisa lo 
mandase poner, en esto hizo lo que su 

(a) Lih. VTTT. tít. VI. cap. IX. — f'/ Cap. 
CCLXXXI. 



Tfi 



nON oí I.IOTK DK r,A MANCHA 



merced fué, mai no íiquello (¡iie en 
efecto de sus amores .ve escribía. l>o 
mismo vuelve á indicarse al fin del 
cap XLIl. 

Sobre este incidente del libro de 
Amadis se publicó un sondo en leufíua 
anticua portu^iiesa entre los Poemas 
lusitanos del Doctor Antonio Ferreirn, 
impresos en Lisboa el año de 1598 {a}. 
Habla el Infante D. Alfonso con Vasco 
Lobeira, y dice : 

Bon Vasco de Lobeira et de ¡íram sem, 
De prao que vos aveiles bem contado 
O feito d'Aiiiadís enamorado, 
Sem quedar ende por contar irem. 

B tanto nos aprougue et a tambem 
Que vos sercdns sempre ende loado, 
E entre os homes bos (lor bom mentado, 
Que vos lerao adeante et (¡ue hora lem. 

Mais porque vos ficeste.s á fiemosa 
Briorauja amar ondoado hu uom amaroni. 
Esto cambade, et compra sa bontade. 

Ca eu hei gra do de av(>r (jueisosa 
Por sa gram l'reiuosura el sa bontade 
E er porque o lim amor nom Iho pagarorn. 

En una nota de las mencionadas 
poesías lusitanas de Ferrcira, se afirma 
que el original de Amadis estaba en el 
archivo de los Duques de Aveiro. Ksla 
noticia, que repitieron D. Nicolás An- 
tonio en la Bibtioleca española y Diego 
Barbosa Machado en la Biblioteca, por- 
tuguesa, publicada ;i mitad del siglo 
último, desde 1141 á n5'2, me ha esti- 
mulado ú hacer algunas diligencias para 
averiguar el paradero de este singular 
manuscrito; pero han sido inútiles, 
y sólo han producido vehementes sos- 
pechas de que hubo de perecer en el 
terremoto del día 1." de noviembre del 
año 1"^;J5 con las demás preciosidades 
del palacio de los Marqueses de Gouvea, 
donde vivían á la sazón los Duques de 
Aveiro, y que se arruinó totalmente en 
dicho día. Caso que así no fuese, el 
manuscrito hubo de pasar ni fisco con 
todos los bienes del último Du<|ue en el 
año de dlSí), á consecuencia de aconte- 
cimientos bien conocidos, y á los lite- 
ratos portusueses toca el buscarlo. 

Al Infante Ü. .Mfonso. que falleció 
ya nonagenario el año de 1461, sucedió 
su hijo D. Fernando, no menos en el 
estado que en la afición á los libros y 
asuntos de la Caballería. De él era fama 
en Portugal á pi'incipios del siglo xvique 
había sido el autor del libro de Amadis 
de GauZa. Así lo atestigua D.LuisZapata, 

(a) Soneto 34. 



paje de la Empernlriz Doña Isnhel. hija 
dfl Itey de Portugal y mujer tlel Empe- 
rador Carlos V, en un maruiscrito de 
la Hihliotcca Heal de Madrid que cita 
Pellicer, aunque equivocándolo con su 
hijo el tercer Du(}ue de Braganza, que 
tuvo su mismo nombre y murió degul- 
lado cnEborael año de 1483. Acaso dio 
origen á esta voz el haber existido el 
original en la biblioteca ó archivo de 
los Duques de Braganza, y haberse sa- 
cado de allí las copias. 

Después íle todo lo dicho, preguntar 
en qué idioma escribié) Vasco Lobeira 
la novela de Amadis de Gaula, seria 
lo mismo que pregimtar en qué lengua 
escribió Homero i'> Cicerón: la pregunta 
y la duda serían ridiculas. Sin em- 
bargo, los que tratan de esto, y el 
mismo Pellicer, suiif)nen siempre, sin 
decir el fundamento, que fué cas- 
tellano el original de Amadis. Es cierto 
que no parece el texto portugués, y 
que el más antiguo que conocemos es 
el castellano : pero como de esas veces 
se ha perdido el original de un libro y 
sólo nos han quedado las traducciones, 
ejemplo tenemos en lo más sagrado. 
Acaso puede explicarse este fenómeno 
por la popularinad que á principios del 
siglo XVI adquirii'i generalmente en 
Europa el idioma caslellano. lo cual 
baria que, repitiéndose las ediciones de 
la traducción, se mirase como inútil 
multiplicar copias del original. 

El tiempo en que se hizo la versiiin 
castellana de Amadis de Gaula no 
puede señalarse á punto fijo. Garci 
Ordóñez de Montalvo fué el piimero 
que trató de imprimirla. En el prólogo 
c(ue escribió para su edición, habla de 
la conquista del reino de Granada como 
concluida, y de los Reyes Católicos 
como todavia vivos : y dice que corrifjió 
los tres libros de Arnadís,9?/e por falta 
de los malos escritores ó componedores. 
mu}i corruptos é viciosos se leian : 
añade que trasladó >/ enmendó el libro 
cumio. En el titulo del primer libro 
expresa que lo corriqió de los antiguos 
originales, que estaban corruptos y 
mal compuestos en antiguo estilo por 
falta de los diferentes y malos escri- 
tores, quitando muchas palabras super- 
finas y poniendo otras de más pálido y 
elegante estilo. Estas expresiones dan 
claramente á entender que Montalvo 
corrigió, limó y concluyó trabajos que 
ya halló hechos. La primera edición 
hubo de hacerse en el intermedio del 



l'ltl.MLUA I'AUIL. 



CAPITI I.O VI 



77 



año (le 14!)2 al ile 1505; pero de cll.i no 
se conocií cjoinplíir ¡ilfíuno, ni ha qnc- 
(lailo niíis mcinuri.'i (iiic el priiltij,'i). Se 
cita una inipresinn |>tisleriur;í la muerte 
(le la Keina Doña l.saltel, lieclia en Sala- 
manca el año (le l.'ilO; otras se liicie- 
rou en líH'J y li)21, de cuyo año hay un 
ejemplar en la nililioleca líeal de 
>ladrid, y después se repitieron varias 
ediciones, pero siempre con el mismo 
pnilofío. 

Montalvo trabajaba en lacorreccii'm de 
la versit'm castellana de A mndis muchos 
años antes de tiatar de imprimirla, por- 
(pie en varios lugares de ella se anuncia 
el tpiinto libro, ipie se añadi() ;i ios 
cuatro primeros, y contiene las ha/aña,s 
de Esplaudián; y éste, como después 
veremos, se escribía en los principios 
de la guerra contra los Moros de Gra- 
nada, quiere decir, por los años de US.j. 
Veinte años antes, ó cerca de ellos, hubo 
de hacerse la traducción de Amadia, 
como se deduce de aquel pasaje del 
cap. CXXXlll, donde, contándose las 
muestras de amor que dieron sus va- 
sallos al Rey Lisuarte. se dice así: 
;0h cómo se dehrian tenerlos Rei/es por 
bienaventurados, si sus vasallos con 
tanto amor 1/ tan gran dolor se sintieran i 
de sus pérdidas y fatigas.' ¡ Y cuánto^ 
asimismo lo seria7i los subditos que con 
mucha causa lo pudiesen ij debiesen 
facer, seyendo sits Beyes tales para ellos 
como lo era este noble Hey (Lisuarte) 
para los suyos! Pera / mal pecado .' los 
tiempos de agora mucho al C07itrario 
son de los pasados, según el poco amor 
y menos verdad que en las gentes contra 
sus Reyes se halla; y esio debe causar 
la coslelación del ynundo ser tan enve- 
jecida, que perdida, la mayor parle de 
la virtud, no puede llevar el fruto que 
debía, así como la cansada tierra, que 
ni el mucho labrar ni la escogida 
simiente pueden defender los cardos y 
las espinas con las otras hierbas de 
poco provecho que en ella nacen. Pues 
roguemos a aquel Señor poderoso que 
ponga en ello remedio : c si á nosotros, 
como indignos, oir no le place, que aya 
aquellos que aun drtifro en las fraguas 
sin deltas haber .salido se hallan, que 
los hagan nacer con tanto encendi- 
miento de caridad, y amor como en 
aquestos pasados había; y á los Reyes, 
que apartadas sus iras y S7is pasiones, 
con Justa mano é piadosa los traten y 
sostengan Este bello yiasaje, que fuera 
tan impropio y ajeno del tiempo de 



orden, de justicia y de Irampjilidad en 
que se escribía el prolo^^Mi de Mcjiítalvo 
y en todo el reinado de I). l''ernando y 
iJoña Isabel, retrata tan al vi\-o la época 
de los diez últimos años del reinado de 
Ü. línrifiue IV, que no parece sino que 
se escribió poi' ella, y que el traductor, 
testigo de aquellos tles<'>rdenes, no pu- 
do menos de insertar al paso este hon- 
rado desahogo de sus alectos, que no 
conviene á ningún otro periodo de la 
historia castellana ni portuguesa, desde 
que el libro de .imadis se compuso. 

No ha faltado quien diga que Vasco 
Lobeira tomó ó tradujo su Amadis de 
otro libro escrito anteriormente en 
lengua picuda o bretona, de que hubo 
un ejemplar en la biblioteca de la Reina 
Cristina de Suecia. Sabido es que las 
provincias de aquella costa occidental 
de Francia fueron la cuna de los histo- 
riadores y de las historias caballe- 
rescas, y aun,sisee.\amina con atención 
la de Amadis, se encontrarán vestigios 
del idioma viejo francés en los nombres 
propios, como en el mismo Amadis 
Aime-bieu, Arcalaus Are a l'eau, Brio- 
lanja Brío l'nnye, Bonamar Bonne Mere, 
Estravaus [>es travaux, y así otros. Del 
mismo Amadis cuenta la historia que 
nació en la Bretaña francesa, y que 
fué expuesto al nacer en la corriente 
de un río caudaloso, que por las señas 
pudo ser el Loira. Pero todos estos in- 
dicios, sin la vista y examen del ma- 
nuscrito picardo, y sin el apoyo de 
testimonios coetáneos, ó por lo menos 
inmediatos, sólo prueban que el fabu- 
lista fingió en esto con alguna verosi- 
militud, (I acaso que quiso se atribuyese 
su historia á origen más remoto y 
autorizado, como sucedió en otros 
muchos libros caballerescos que se 
supusieron traídos de lejos y traducidos 
del griego, del árabe ó del inglés. Si 
algo prueban estos indicios, es contra 
la procedencia francesa del libro de 
Amadis; porque según la oportuna 
observación de D Nicolás Antonio, com- 
probada con los ejemplos y conducta 
de los autores caballerescos, éstos, para 
hacer más verosímiles y creíbles sus 
ficciones, debieron establecer lejos de 
su propio país el teatro de los sucesos 
que escribían. 

Lope de Vega Carpió, en la dedica- 
toria de su novela intitulada Las For- 
tunas de Diana, atribuyó el libro de 
Amadis á una dama portuguesa, con- 
fundiéndolo al parecer con el de Pal- 



78 



DON OUIJOTI. DE LA MANCHA 



y dijo el Gura : Parece cosa de misterio (''sta, porque, según he 
oído decir, este libro fué el primero de (•aiíallerías que se imprimió 
en España, y lodos los demás han lomado principio y origen 
dt'sle, V asi me parece que como á dogmalizador de una sela lan 
mala le debemos sin excusa alj^una condenar al luego. No señor, 
dijo el Barbero, que lambién he oído decir que es el mejor de 
todos los libros que de esle género^ se han com|nieslo, y así como 
á único en su arte se debe perdonar. Así es veriJad, dijo el Cura, 
V por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro (jue 



inerin de Oliva. Su lestimonio, des- 
nudo absolutamente de pruebas, no es 
(¡e peso alguno. 

Los extranjeros escribieron de esta 
materia con una ligereza y descon- 
cierto (|iie admira. Hubo entre ellos 
quien altribuyi'i la composición del 
Amadis á Sania Teresa de .Jesús, que 
nació en IjI.'í, cuando llevaba ya siglo 
y medio de escrito y mucbos años de 
impreso. U. Juan Antonio Pellicer 
recogió ésta y otras inepcias de los 
autores extranjeros en el discurso 
preliminar de su edición del Ql'uotb, 
donde podrán verlas los que quieran 
perder su tiempo. , 

1. El autor del Diálogo de las len- 
fjuas, que tanto se cita en estas notas, 
y cuyo voto es muy respetable en 
materia de lenguaje, después de haber 
dicho que entre los libros caballerescos 
comúnmente se daba la palma del 
estilo á los cuatro libros de Amudisia), 
y en su juicio con razón, le nota varios 
Ilefectos, á pesar de los cuales con- 
cluye dicienflo [h] que lieue madui'i y 
muij buenas cosas, /y que es diño de ser 
leído de los que quieren aprender la 
lengua. Todavía no habían ilustrado y 
perfeccionado nuestro idioma D. Diego 
de Mendoza, Granada. Mariana. Solis, 
Saavedra y otros maestros de la lengua 
castellana, y el libro de Amadis go/.aba 
de una celebridad que le mereció ser 
trasladado á diferentes lenguas. Nico- 
lás (le Herberay lo tradujo al francés 
en 1539, y llegó ;t ser en aijuel reino 
libro tan común y tan leido como en 
España. Según las Doticias recogidas 
por Pellicer (c), el Rey de Francia 
Enrique 111 lo tenía en su librería entre 



(a) Pág. 157. - 
•ireí., pág. XLIV. 



^6) Páf. Iü3. — (e) Di$f. 



Platón y Aristóteles. El célebre Marco 
Antonio Mureto, el príncipe de los 
latinizantes modernos, elogió con entu- 
siasmo la traducción de Herberay en 
metro vultiar, del que, por poco cono- 
cido, copiare el siguiente pasaje : 

En vainjadis le guerrier inhumain 
EuHt rué bas, en sa fureur dépit, 
Loji murs Troiens faits de divine main 
Jíí de Priam foudroyé l'exercite ; 

Piéce de xes valeren» fnits 

La mcmoire fvLst achevée. 

Si ilans tes poémen pnrfaits 

Homero ne l'eust eugrm^ei'... 
Et qui sauroit d' Amadis la valeur. 
Les í/raus effors, la vertu plus ijuhumaine. 
Si Herberai. den eloquens la fleur. 
A le louer n'eusl emplnié sa peine ? 

Alais puis i]ue VHamere second, 

Premiére gloire de la Franee, 

Sur son siiie dous et facond 

An-deistis ríes astres le lance, 

Tant que le monde demourra 

Le los d' Amadis ne mourra. 



D. José Rodríguez de Castro, en el 
tomo I tle su Bihlioleca Española, 
donde se recogieron noticias suma- 
mente curiosas é importantes para 
nuestra literatura, liabla de una tra- 
ducción de Amadis de Gauia al idioma 
hel)reo, hecha por un rabino español 
anónimo, la cual según el testimonio 
de Vosio, se custodiaba en una biblio- 
teca de Alemania. 

Amadis de (jaula dio también asunto 
ú dos comedias ca-^tellanas, una de Gil 
Vicente, dramaturgo portugués, y otra 
de Andrés Rey de Artieda, soldado va- 
liente y buen" poeta, que quiso ser co- 
nocido en la república de las letras por 
el supuesto nombre de Arlemidoro. La 
primera se prohibió en el índice 
de lo83 ; la segunda no se encuentra. 



I'UIMKHA ¡'Allli;. — CAI'ífl I.O \I 



70 



cslá junio ;i él. Ks. dijool K;ii1>(M-o, las Sei\(jiin de Esplandi.án^ , liijO 
hígítiitio «lo Amíulis Je (iniilii. Piuvs cüi vtüdad, dijo el Cura, que 
no lo ha de valor al hijo la bondad del padre : tomad, señora vVina, 
ahrid esa ventana y echalde al corral, y dé principio al montón de 
la lioí];-uora <jue so ha <lo hacer. H izólo así el Ama con mucho 



1. Guití OrdóTiez de Montalvo, en el 
pnilo^fo lie .'íwaí//s, ofreció publicar el 
libro de las Sergaa <le EspldndiíJn su 
lujo que hasta aijiii, dice, no es memoria 
(le niii</uno ser visla, <jiie por (¡van 
dicha ¡laresfió en una lumhu de. piedra 
(¡ue debajo de la tierra en una ermita 
cerca de Constantinopla fué hallada, y 
traído por un húngaro mercader á estas 
parles de KspaFia, en la letra // parga- 
mino tan antiguo, que con mucho tra- 
bajo se pudo leer por aquellas que la 
lengua sabían. En varios parajes de 
Amadís se anunc.i('> la ¡¡iiblicación de 
las Sergas de Esplandiún, que, con 
efecto, llegaron á imprimirse, afirmán- 
dose al principio de la obra que la 
había escrito en griego el maestro 
lilisLibad, que vio mucho de lo que 
cuenta, y había sido nmy afecto á su 
padre Amadis : Las cuales Sergas des- 
pués ú tiempo fueron trasladadas en mu- 
chos lenguajes. 

De este modo trató Garci Ordóñez de 
Monfalvo de autorizar la, historia de 
Esplandiiín, dándole origen antiguo y 
extranjero, conforme lo hicieron tam- 
bién otros varios escritores de caballe- 
rías Pero así como el asno de la 
fábula, queriendo disfrazarse de leTm 
ülvid('> taparse las orejas, asi también 
á Montalvo se le escapó la mención de 
la .artillería, invención de siglos muy 
posteriores al que se supone de Esplan- 
(iián, cuando refirii'i en el cap CLIII de 
las StTiyrt.v que, tratando el gran Soldán 
de combatir la ciudad de Constanti- 
nopla, mimdr) sacar de las naves muy 
muchas y grandes lombardas y otros 
tiros y aparejos de muchas suertes para 
el combale. 

El raro y nunca visto nombre de 
Sergas fué artificio que discurrió Mon- 
talvo para acreditar el origen griego 
ele la historia de Esplandián. Porque 
en este idioma spva significa hechos, 
hazañas; y Montalvo, que probable- 
menle no sabría mucho de griego, en 
higar de escribir las Ergas puso la,s 
Sergas. Así se indicó en el cap. XVI 1 1, 
donde contándose que el maestro Eli- 



sabad se encargó de escribir la historia 
de Esjilarídián á ruego del Hcy Lisuarte, 
se dice : Pues asi como oís fueron 
escritas estas Sergas llamadas de Es- 
plandián, que quiere decir las proezas 
de Esplandián. Por lo cual D. Nicidás 
Antonio, al hablar de este libro en su 
Biblioteca antigua, le llam<'), no las 
Sergwi, sino las Ergas de Esplandián. 
En las Partidas se llama cantares de 
gesta á los que trataban de las hazañas 
de los guerreros célebres. Acostumbra- 
ban, se lee en la partida II, tit. XXI, 
ley XX, los caballeros cuando comían, 
que les leyesen las hestorias de los 
grandes fechos de armas que los otros 
federan... é aun facien más, que los 
juglares non dijesen antellos otros 
cantares sinon lie gesta ó que fablasen 
de feclio darmus. Kn la misma signifi- 
cación había usado la palabra gesta 
Gonzalo de Berceo [a], y aun antes el 
Poema del Cid : 

Aquí empieza la gesta de Mío Cid el de 
[Vivar (6). 

Ei'(¡a en griego, gesta en latín, hechos 
en castellano, todo es una misma cosa. 
Montalvo hubo de tardar algunos 
años en dar la ultima mano á las 
Sergas, porque en el cap. XCIX indica 
que las escribía á principios de la 
guerra que los Reyes Católicos hicieron 
á ios moros granadinos; y luego, en 
una exclamación que insertó en el 
cap. Gil, se ve que estaba ya concluida 
aquella guerra y se había expelido de 
España á los judíos. No retiñiendo, 
dice, sus trsoros, echaron del otro cabo 
de los nutres aquellos infieles que tantos 
aPios el reino de Granada, tomado y 
usurpado contra toda ley y justicia, 
tuvieron : y no contentos con esto, 
limpiaron de aquella sucia lepra, de 
aquella malvada herejía que en sus rei- 
nos sembrada por muchos años esta^>a. 
Ambos acontecimientos fueron el año 
de 1492. 



i) Cüpla'í'il. - (/') V. lu'J3. 



80 



DON QUIJOTE DE LA MANCFIA 



contento, y el bueno de Esplandián íxié volando al corral, espe- 
rando con toda paciencia el luego que le amenazaba. Adelante, 
dijo el Cura. Este que viene, dijo el Barbero, es Amadis de 
Grecia *, y aun todos los dcste lado, á lo que creo, son del mismo 
linaje de Amadis^. Pues vayan todos al corral, dijo el Cura, que 
á trueco de quemar á la Reina Pintiquinestra ^ y al pastor 
Darinel, y á sus églogas ' y á las endiabladas y revueltas razones 



1. Crónica del muu valiente y esfor- 
zado Príncipe y caballero de la Ar- 
diente Espada, Amadis de Grecia, hijo 
de Ltsuuite de Grecia, Emperador de 
Coiislanlinoplu y de Trapisonda y Rey 
de liadas. Asi dice el titulo de la edi- 
ción de Lisboa de loüfi. Otra se había 
hecho en Sevilli, año 1542 : tiene 
primera y segunda parte. 

El sabio Alquife, que suena ser el 
cronista, la dedicó á Amadis, Hey de 
la Gran Bretaña y de Gaula. hijo" del 
Rey Periún y de la Heina Elisena. Se 
dice que el original estaba en griego, 
y que de él se tradujo en latín y des- 
pués en romance. 

2. Aquí se comprendían todos los 
libros cab illerescos de la casa de 
Grecia, Lisuarte, Florisel, Silvis de la 
Selva, D. Rogcl, Esferamundi, y, en 
suma, todas las historias de los des- 
cendientes de Amadis de Gaula, de que 
se hablará en las notas al cap. XI II. 

3. Yo no sé. qué es lo que pudo dar 
motivo á Pellicer para decir en su nota 
sobre este lugar, que Pintiquinestra 
fué una yiyanla de espantosa y ridicula 
fiyura. La Reina Pintiquinestra, de 
quien se bace mención en Amadis de 
Grecia, fué Reina de Sobradisa, mujer 
de Perión. hijo de Don Galaor y so- 
brino de Amadis de Gaula (a). De ésta 
no pudo decirse que fué giganta de 
buena ni mala figura. Perión se ena- 
nioró de ella, como se refiere en 
Lisuarte de Grecia (/>); y de este matri- 
monio nació el doncel Rravarte, á 
quien armó caballero su tí(j Amadis de 
Gaula (c). De otra Reina Pintiquinestra 
se habla en Lisuarte, que era Reina 
Amazona, y llamándose señara de la 
gente men^iuada de telas, vino con seis 
mil mujeres archeras en auxilio de los 

(a) Parte 1, cap>. XXI y XXIII. — (6) 
Cap. XI.TX. — (c) Amadis de Grecia, parte I, 
cap. XXI. 



paganos que sitiaban á Constantino- 
pla (a); después se hizo cristiana, y se 
pasó al bando de los cercados. Reíie- 
rense de ella varias hazañas y desafíos, 
y hablándose de uno de ellos se dice 
que era muy yrande de cuerpo y her- 
mosa y muy bien parecida; y como 
Iraia quitado el yelmo, parecía tan 
hermosa como dnyel {!>). Nada de esto 
es giganta, ni espantosa y ridicula 
figura. 

4. Darinel, pastor mancebo y gran 
luchador, hijo de un villano neo de 
Tirel, lugar en tierra de Alejandría de 
Egipto, amaba á Silvia, hija de la 
Princesa Onoloria ; la cual, recién 
nacida, había sido entregada á un 
escudero y á su mujer, y se criaba des- 
conocida, apacentando el ganado de 
sus supuestos padres en una floresta á 
orillas del Nilo, cerca de la ciudad de 
Babilonia fasí suele llamarse al Cairo 
en los libros é historias de la Edad 
Media). En la segunda parte de Amadis 
de Grecia (c) se refieren los largos 
discursos del enamorado pastor, unas 
veces á solas, otras con su pastora por 
aquellos valles y bosques, ¡lacia apos- 
trofes á las aves, hablaba con las 
flores, tocaba la flauta, cantaba y repre- 
sentaba versos : he aquí las églugas 
que decía el Cura. Finalmente, D. Flo- 
risel se llevó á Silvia y á Darinel á 
Niquea (d). Del estilo de Darinel y de 
sus endiabladas y revueltas razones, 
puede ser muestra aquello que decia A 
la Infanta Leonida e'i : ;0h mi señora 
y (dma de aquelbi alma por avien la 
mia viviendo muere! ¡ Oh qué glorias es 
á mis ojos veros y ver en vos como 
espejo á la de mi Siluia! De sus versos 
pastoriles se volverá á hablar en ade- 
lante. 

— (a) Caps. XXXI V XXXVIII. — (fti Cap. 
XLII. — íci Caps." C.K.KX v CXXXI. — 
(d) Cap. C.XXXIII. — (e) Parte III de Flo- 
risel, cap. LXXX\'I. 



i 



PniMKn.V PARTR. — CAPÍTLI.O VI SI 

(le su aulor, (|ueinara coa (íllos al padre que me enj^^cudró, si 
niiduviera en lif^ura do caballero andante. De ese parecer soy yo, 
dijo el Barbero ; Y aun yo, añadi(> la Sobrina. Pues así es, dijo 
el Ama, vengan, y al corral i;on ellos. Diéronselos, (jue eran 
nuichos, y ella ahorr(') la escalera, y dio con ellos por la ventana 
abajo. ¿Quién es ese tonel? Dijo el Cura. Este es, respondió el 
Barbero, D. Olivante de Laura '. El autor dése libro, dijo el Cura, 
fue el mismo <|ue compuso á Jardín de Flores, y en verrlad que no 
sepa delcrmiuar cuál de los dos libros es más verdadero, ó por 
decir mejor, menos mentiroso : sólo sé decir, que éste irá al corral 



1. Historia del invencible cahallero 
D. Olivante (te Laura, Principe de 
Macedonia, que vino á ser Empera- 
dor de Conslantinoplo : Barcelona, en 
casa de Claudio Bornat, impresor y 
librero, año 1564. Consta de tres li- 
bros, y al fin del tercero se ofrece el 
cuarto. El impresor dedicó la obra al 
Rey L>. Felipe il ; pero el autor fué 
Antonio de Torquemada, secretario 
del Conde de Bcnavente, que escribió 
también el Jardín de flores de que 
aquí hace memoria Cervantes, y los 
Coloquios saíiricos, que se imprimie- 
ron en Mondoñedo el año de 15.5.3. No 
sé por qué se llama tonel al libro de 
Olivante, que sólo tiene 506 páginas, 
cantidad moderada para un tomo en 
folio. 

El autor cuenta en el prólogo una 
visión ó sueño que tuvo, durante el 
cual la sabia Ipermea le entregó el 
libro de Olivante para que lo publicase. 
Por aquí puede formarse alguna idea 
de lo disparalado del libro, á que se 
puede agregar la descripcii')n que hace 
del alcázar ó casa de la Fortuna, fa- 
bricada por la gran sabidora Leocasta, 
toda labrada de diamantes, rubíes, 
esmeraldas, jacintos, carbunclos, topa- 
cios y otras infinitas maneras de pie- 
dras preciosas. Su forma era redonda 
con seis esquinas, y en cada esquina 
una torre muy alta, y en inedio otra 
torre todavía más alta que ninguna de 
las otras : la cobertura de la torre, 
que en un circulo Irianr/ular se hacía, 
era toda íiecha solamente de carbun- 
clos, los cuales así resplandecían como 
si mucha.t liachas allí encendidas estu- 
vieran. La roca en que estaba la casa 
de la Fortuna era tan escarpada, que 
no parecía posible subir : tenía poco 



menos de una legua de circuito, y de 
altura casi dos lef/uas {a). 

Menciona aquí el cura el Jardín de 
flores, libro de argumento singular por 
las patrañas, cuentos y creencias vul- 
gares qae contiene. Mal año para el 
Ente dilucidado del Padre Fuentela- 
peña, las Conversaciones instructivas, 
del Padre Arcos, y las Ilusl raciones va- 
rias deD. .lu.m Bernardiüo Rojo : en el 
Jardín de flores se ven mujeres de rara 
y estrafalaria fecundidad: unaque parió 
enAlemnniadeunavez ciento cincuenta 
hijos : otra en Irlanda trescientos se- 
senta y seis (que son tantos como días 
tiene el año bisiesto) : otra que dio á 
luz un elefante ; otras que paren ranas 
ó sapos, cosa ordinaria, dice, en Ña- 
póles ; hombres que se cubren todo el 
cuerpo con las orejas ; hombres con 
cola, unos de pavo real y otros de 
zorro : la hierba con que Salomón cu- 
raba los endemoniados ; la muela de 
San Cristób.il en Coria, y \n quijada en 
Astorga ; viejos y viejas que vuelven á 
ser jóvenes; una" />/a6/oZo.9m completa, 
diablos mayores y menores. íncubos y 
sncubos; y su división general en seis 
clases, cuyos diversos otícios y ejerci- 
cios se describen con separación ; 
duendes, bi-ujas. saludadores y apari- 
ciones, que es un juicio. Cervantes, cuya 
censura r¡o dejaba escapar impune 
ningi'm abuso cuando se presentaba 
oportunidad, criticó el Jardín de flores 
de una plumada tan graciosa en sí, 
como propia del intento general del 
QiiJOTE, comparándolo con un libro de 
Caballerías, y diciendo que no sabría 
determinar si era más verdadero ó me- 
nos mentiroso que el de Olivante. 

'a) Lib. II, cr,n TV. 



82 



nON QUIJOTE DE I.A MANflIA 



por disparatado y arrogante. Este que se sigue es Florismarle de 
Ilircan/d \ dijo el Barbero. ¿Ahí está el señor Florismarte ? 
replicó el Cura; pues á le que ha de parar presto en el corral, á 
pesar de su extraño nacimiento y soñadas aventuras, que no da 
lugar ó otra cosa la dureza y sequedad de su estilo : al corral con 
él, y con esotro, señora Ama. Que me place, señor mío, respondía 
ella, y con mucha alegría ejecutaba lo que le era mandado. Este 
es El Caballero Platir 2, dijo el Barbero. Antiguo libro es ese. 



1. Melchor Ortega, caballero de 
ÍJbeda, publicó en Vallailolid el aúoL^SO 
la primera parte de la Hisloriadel Prin- 
cipe Felixinarlede llircaniUy que supuso 
traducida del toscano, y la dedicó á 
Juan Vázquez de Molina, secretario del 
Keyydel Consejo de Estado. El héroe 
se llaun'i primero Florismarte y después 
Felixmarle, como en otros parajes le 
llama Cervantes (a). 

Llámase extrafio su nacimiento porque 
su ma iré, Marcelina, le parió en un 
monte en manos de una mujer salvaje; 
pero no se ve la razón de hacer mérito 
peculiar de ello en Florismarte, siendo 
comunísimo en los autores caballerescos 
acompafiar con circunstancias extraor- 
dinari;:s y maravillosas el nacimiento 
de sus héroes. Al nacer Amadis de 
Gaula, e?. metido en una arquilla y ex- 
puesto en las aguas de un caudaloso 
rio.de Bretaña, como Moisés en l.is del 
N'ilo, y saliendo al mar, es recogido por 
unos navegantes (6). Tristán de Leonís 
nace en un bosque, yendo su madre á 
buscar á su esposo Meliodes : pone á su 
hijo el nombre de Tristán en memoria 
de la tristeza en que se hallaba: lo besa 
y expira (c). La Reina Rosianada á luz 
H Olivante en una floresta, de donde 1<> 
arrebata una doncella y lo lleva á la 
sabia Ijiermeaá la isla de Laura [d¡. 
Flora m bel de Lucea acaba de nacer: el 
sabio Adriacón, señor del castillo de 
Rocaferro, pariente del toldan de .Ni- 
quea y grande encantador, entra en la 
cámara de su madre Bebulina acompa- 
ñado de un león furioso : arrebala al 
recién nacido, y lo lleva '-n una nube .i 
Rocaferro para matarln -. pero compa- 
decido, muda de propósito, y lo cria y 



(a) Cap. XIII, XXXU y XLIX de la pri- 
mera parte, y I do la segunda. — Ih) Amidis 
de Gaida, ca}). II. — (c) Lib. I, cap. X.XI. — 
{(/) Lili. I. cap. V. 



educa en aquel castillo (a). Cuando nació 
el Príncipe Belflorán en el castillo de 
Medea, lo robóMerlin para criarlo ; des- 
aparecii'i conél,y lo llevi'i á lejas tierras, 
á una ermita, donde le bautizó el ermi- 
taño (6). También fué robado al nacer 
Leandro el Bel, hijo del Caballero de 
la Cruz, por el sabio Artidoro, que se 
metió con él en una nube y lo condujo 
á su isla, donde haciéndolo primero sun- 
tuosamente bautizar, lo crii) en un deli- 
cioso palacioencantado(c,. En Florando 
de Castilla, el mago Arca'm, en forma 
de hipógrifo, se llevó por el aire á 
Leonido cuando acab ;ba de parirlo la 
Infanta Safirina, y lo puso en poder del 
Sultán de Babilonia. De Angeloro, hijo 
de Medoro y Angélica la Bella, cantó 
el famoso Lope : 

Así como nació la sabia Argiva, 
que el casamiento desigual desama, 
porque lieredero de Medor no viva, 
hurtóle de los biazos de su ama ; 

y metido en una canastilla de mimbres 
lo arrojó al mar, donde aportando á una 
isla, le dio educación Proserpido el 
Sabio, como en otro tiempo Quirón á 
Aquilesen la isla de Esciros. 

2. Crónica del muy valiente y esfor- 
zado Caballero Platir, lujo del Empe- 
rador Primaleón : Valladolid, 1533. El 
autor, que no se nombra, dedicó su 
obra á D. Pedro Ivarez Osorio y Doña 
María Pimentel, Marqueses de Asforga. 
Platir, nieto de Palmerín de Oliva y 
el mt-nor de los cuatro hijos que tuvo 
Primaleón, Emperador de Constanti- 
nopla, fué Rey de Lacedemonia y casn 
conSideba, hija del Rey Tarnaes. Hubo 
de ser Platir caballero de poca impor- 
tancia y nombradla entre los aventu- 



ia, Lil». I, cap. XX. — (ft) Belianis de Gre- 
cia, llb. III, cap. XXIV. — (c) Caballero de 
la Cni:, lib. II, cap. X. 



PniMKHA PARTK. — CAPITULO VI 



83 



(lijo el Cura, y no hallo en él cosa que merezxa venia; acompañe 
í\ los demás sin réplica, y así (ué hecho. Abrióse otro libro, y 
vieron (juc: tenía por lilulo Í<J/ Caballero de la Cruz*. Por nombre 
tan sanio como este bbro lieue, se podía píU'donar su ignorancia; 
mas también se suele decir tras la cruz está el diablo : vaya al 
íuego. Tomando el Barbero otro libro, dijo : Este es Espejo de 
caballerias'^. Ya conozco á su merced, dijo el Cura : Ahí anda el 



reros. cuando Cervantes, ponderando 
lo que extrañaba no hallar escrita la 
historia de L). (,)uijote, dccia {a) (jue no 
había de ser tan desdichado tan buen 
caballero que le fallase ú él lo que le 
sobró á Platir. 

1. Fué el titulo que llevó el inven- 
cible caballero Lepolemo, hijo del Em- 
perador de Alemania. Divídese su his- 
toria en dos partes, compuestas por 
Pedro de Ltiján. La primera trata de 
Lepolemo, y en su dedicatoria, dirigida 
al Conde de Saldaña, dice el autor que 
la tradujo delariibigo, en que la escribió 
el Moro Xartón. A continuacii'm de esta 
dedicatoria se lee la del autor maho- 
metano al Soldán Zulema, de cuya 
orden se supone escrita la historia. 
Xart(')n, según refiere la misma histo- 
ria (6), fué nigromante ; pero después, 
habiéndose hecho cristiano, jamás usó 
ya de las artes mágicas. En el capí- 
tulo LXXXVIII de la segunda parte se 
dice que el original arábigo estaba 
traducido en alemán y en griego. Dicha 
segunda parte contiene la historia de 
Leandro el Bel, hijo de Lepolemo, que 
se finge escrita en griego por el sabio 
Rey Artidoro. Lujan la dedicó al Conde 
de Niebla, y en el capítulo XG ofrece 
la traducción de la tercera. 

La historia del Caballero de la Cruz 
se nombra ya en el Diálogo de las len- 
guas. Bowle cita una edición hecha en 
Sevilla el año L^34 : en la Biblioteca 
Real de Madrid hay otra de Toledo, 
año de 1343, y después se repitieron 
otras. 

Entre el libro del Caballero de laCruz 
y el Quijote hay una semejanza, que es 
la del origen arábigo, tan verdadero en 
el uno como en el otro, pero acomo- 
dado á la opinión de los que creyeron 
que, esta clase de libros nos vino de 
los Árabes. Opinión contradicha no sólo 



por los datos de la historia, sino tam- 
bién por la comparacii'in entre las cos- 
tumbres mahometanas y las que des- 
criben los libros caballerescos ; entre 
el desprecio esencial que los musulma- 
nes hacen de las mujeres, y la especie 
de idolatríaque los andantes profesaban 
á sus damas ; entre las cadenas y 
sujeción del harem, y la desenvoltura 
y vagancia de Angélica y demás don- 
cellas andantes (I guerreras. El caballero 
andante es el esclavo de la que ama ; 
el musulmán es su tirano. Ningún 
musulmán llamó jamás mi Dios ni tni 
Diosa á su querida, como lo hicieron 
los caballeros ; ni caballero alguno 
puso la suya bajo la custodia y férula 
de un eunuco. Las ideas y costumbres 
caballerescas tienen mucha más co- 
nexión con las de los puelilos antiguos 
del Norte, que, según el testimonio de 
Tácito, atribuían al bello sexo un ca- 
rácter sagrado que, sin llegar á divino, 
sobrepujaba al común humano (a). 

2. D. Juan Antonio Pellicer confun- 
dió el Espejo de caballerías con el 
Espejo de Príncipes y Caballeros, que 
es la historia del Caballero del Febo : 
de cuyo error participó también, á pesar 
de su erudición, D. Gregorio Mayánsen 
el número 81 de la l'ida de Cervantes. 
Pero la sucinta noticia que el cura da 
aquí del Espejo de caballerías bastaba 
para el deseníjaño, pues el otro Espejo 
no hace mención de Reinaldos deMon- 
talbán, ni de los doce Pares, ni del 
historiador Turpín.ni tiene parte de la 
invención de Boyardo, que son las 
señas que da Cervantes del libro. La 
calidad de ladrones que el Cura aplica 
á Reinaldos y sus compañeros, indica 
que el Espejo de caballerías es lo mis- 
mo que la historia de Reinaldos, citada 
en el capítulo primero del Qumote, 
según el cual, en ella se veía salir á 



(a) En el cap. IX. — (¿) Lib. II, cap. LXXX. 



(a) Germán., cap. VIII. 



8í 



DON OriJOTE ÜK r.\ MWr.ílA 



señor Reinaldos de Montalbán con sus aniipfos y compañeros, más 
ladrones que Caco, y los doce Pares con el verdadero historiador 
Tur|)ín ', y en vei'dad ({ue estoy por condenarlos no más (pje á 
destierro perpetuo, siquiera porque tienen |)arte de la invención 
del famoso Maleo Boyardo -, de donde también tejió su lela el 



Reinaldos de su castillo // robar cuanlus 
topaba, 1/ cuando en Allende robó aquel 
Ídolo (le Mahü)na, que era lodo de uro, 
ser/ún dice su historia. I.nis Pnlci, en su 
Margante, nombra á Arnaldo Daniel, 
trovador ó poeta provenzal que murió 
hacia (ines del siglo xiii, como aulorde 
una historia ó novela de Reinaldos, 
donde se relieren las hazañas de éste en 
Egipto, lista noticia cuadra con li del 
capitulo primero del Qlijotk. y me in- 
duce «í sospechar como verosímil que 
el Espejo de cahallerias es en el fondo 
alguua traduccii'tn del libro de Arnaldo. 
D. Nicolás Antonio menciona una 
obra intitulada Lilao del noble y esfor- 
zado caballero Reinaldos de Montalbán, 
1/ de las (fnnides proezas y extraños 
hechos en armas que él y Roldan, y 
todos lo"; doce Pares paladinos hicieron : 
Sevilla, 1525 ; en folio. Menciona asi- 
mismo otra olira con el título de Pri- 
mera, segunda y tercera parle de Or- 
lando enamorarlo . Espejo de caballeros, 
de los hechos del Conde Roldiia, Reinaldos 
de Montalbán y otros, por Pedro de 
Ueinosa, toledano : Medina del Campo, 
\'i6v>. Hablan también D. Nicohís An'Quio 
y Don Tomás Tainayo de V'argas de la 
Primera, seyunda y tercera parte de 
D. Reinaldos de Monlalhán. Emperador 
de Trapisonda : traducción del italiano 
por Luis Domínguez, que se imprimió 
en Perpiñáupor Sansón Arbús, año 1589. 
y de que he visto citada otra edición 
hecha en Toledo, año de l5-")8. üowle 
nombró una impresi m del Espejo de 
caballerías en Medina del Cauípo, 
año ioSf). Esta es la obra cilada en el 
Escrutinio ; pero no habiendo logrado 
verla, como ni tampoco las otras de 

3ue acaoa de hal)larse, no puedo decir 
e la relacii'in que tengan entre si, ni 
pasar adelante en mis conjeturas. 

1. Turpin ha llegado á ser el verbi- 
gracia de los tinbusteros, como su pai- 
sano y contemporáneo Galal.'in, de los 
tr;tidores ; y acaso no hay más razón 
paralo unonuf^para lootro..li!nnTurn¡n 
ó Tilpin fué un .Vizobispo de Keims que 



vivii'i en lieinpo de Carlomagno (a); y 
dos siglos despui's se escribió bajo su 
nombre una historia de los hechos de 
aquel Príncipe en dos libros, llenos de 
cuentos y mentiras. Esla obra, que 
logró crédito á Favor de la ignorancia 
de aquellos tiempos, y se nombró con 
elogio en la Biblioteca del abad Juan 
Tritemio, escrita á fines del siglo xv, 
fué uno de los textos de que so valió 
Nicolás de Piamonte para la Historia 
vulyar del Emperador Carlomayno y de 
los doce Pares de Francia, que se un- 
primió en Sevilla el año de 1528. y 
después infinitas veces. Por la común 
reputación de embustero llama inmi- 
camente Cervantes á Turpin verdadero 
historiador, imitando en esto .i Ar:osto, 
que, con la misma ironía, le llamó 
veraz (u/. .Mude á lo mismo P'rancisco 
Garrido de Villena, que en el libro 
primero (ó) de su poema sobre la batalla 
de Koncesvalles, h ibla asi de Koldán : 

Dice Turpin que aquel Conde de Brava 
Toda su vida fué viígi'n y casto : 
Creed lo que queráis del Paladino, 
Que mucha.s cosas dice asi Turpino. 

Y Villaviciosa. en su poema burlesco 
de la Mosquea (c; : 

Hoy se despiertan las verdades pura.s 
D«»l profundo lelargn y duro sueño 
De las prisiones del "Ivido ol)scnras : 
Hoy á la luz de la veid.ad enseño 
I>a historia á quien diú principio y fin 
La pluma arzobit-pal de 1). Turpin. 

2. Conde de Escandiano : escribió 
el poema caballeresco de Orlando en- 
amorado, que continuó despiiés Ludo- 
vico Ariosto en su Orlando furioso. 



(a) C;into XXX. est. 40. 
— (c) Canto I, est. 7. 



(6 Canto XXIV. 



(a) El señor Gastón Paris. en su maijistra 
estudio de Pxeiido Tur/uno, i\euiOslró que esta 
célebre crónica es una superchería históvi- 
coliteraria. (M. de T.) 



PKIMI.IIA l'AlCli:. 



CAPlTfl.O VI 



8:í 



crisliaiK» |io('l;i IjkIovÍco Arioslo ^ ; al cual si a(|ui l»> hallo, y (|iio 
habla ni otra lengua que la suya, iio Ir j^iiaivlaiv'- respeto al<<(iino; 
pero si halila eii su iilioiiia, le poiidiv soljie mi calx'za Pues yo 
le Ionizo en ilaliaiio, dijo el Haibei'o, mas no le; eiilieiido. Ni aun 
liicra bien que vos hí eiileiKlií'rades ^, res[)ondió ol C-ura; y aquí 



Tradujo á Boyardo Francisco (íarrido 
de Viileiia, natural do Hac/a, y 1^' 
imprimii') el año de \')'l, dedicándolo 
á O. Pedro Luis (¡alcer.ín de Horia. 
Maestre de Monlesa. Su Iraduccii'm 
está llena de ilalianisnios insnlriblis : 
suprimió alfíunas cosas y añadió otras, 
como é\ Miisino advierte en su pi'idouo 
donde, u-ando lic una e\jirc.si('iM |)nro- 
cida á la ile Cervantes, dice que se mo- 
vió á traducir ei Orlamlo enatnonido 
pnj- ver puesto en nuestra lengua el 
Or'ando Tnrioso. el cual de aquí ha 
tomado orii/en é inrención, jior ser la 
trama de su tela, lodo este libro. 

D. Nicolás Antonio cila un popmacn 
octava rima con el tilulo de Orlando 
enamorado, impreso en Lériila el año 
de iriliS : su autor D. Martin Abarca de 
liolea, y repularmente sería traducción 
de Boyardo. 

1. Ludovico .\riosto nació en Ref.do, 
ciudad del estado de Módena, el año 
de i4"4, y murii'» en Ferrara el de 1^>i3. 
Entre svis obras poétiías. la más cono- 
cida es el Orlando furioso en 46 can- 
tos, donde continuó el argumento de 
Boyardo. Tuvo d poema de Ariosto 
muchos aficionados y admiradores en 
España, uno de ellos Miguel de Cer- 
vantes, que lo ala'tó en la Galatea, 
donde dice la Musa Calione {n) : Yo 
soy laque ai/ udó d tejer a I divino Ariosto 
la variada y hermosa tela, que compuso. 
En este elogio va envuelta la censura 
que los observadores y amantes del 
arte han hecho siempre del Orlando 
furioso, en el cual, en medio de la ver- 
sificación más hermosa y feliz, no se 
encuentra la regular¡<lad de los anti- 
guos, y de los modernos que los imi- 
taron, como lo hizo el Taso entre sus 
contemporáneos. El mismo juicio hizo 
en su fíepública lileru,ria, Don Diego de 
Saavedra. Ludovico Ariosto, dice, como 
de ingenio vario y fácil en la invención, 
mmpió las reliyiosas leyes de lo épico 
en la unidad de las fábulas y en cele- 
brar á un héroe s(do: y celebró ú yiiuchus 

''I Lil). VI. 



en una inqeniosa y variada lela, pero 
con estambres poco pulidos i, cultos. Y 
en adelante, rlespués de introducir á 
Homero. Virgilio, el Taso y Camoens 
imitando con (larines de plata á lo 
lieroico.y á Lucann intentando lo mismo 
con una trompeta de bronce, añade 
que tocalia Ariosto una cliiriuiia de va- 
rios uietules. Con electo : su poema es 
una obi-aen (jue, sin orden ni trabazón, 
se ensartan los sucesos caf>r¡chosos de 
muchos caballeros y Principes que se 
supone vivieron en tiempo de Carlo- 
magno, los paladines í^oklán y Reinal- 
dos, los Moros liugero y Ferraiiús, los 
Beyes Agramante y Marsiiio, los mági- 
cos Atlante y Malgesí, las doncellas 
guerreras Bradamanle y Marfisa. Angé- 
lica la andariega, el sutil ladrón Brúñelo, 
Sacripante y Rodaniírnte, Astolfo y 
Cervino, y otros muchos que conqionen 
el todo eml)rolla''0 é informe pero 
compuesto de partes bellisimas. del 
Orlando. 

Mama Cervantes cristiano poeta á 
,4r¡osto, 5^ no adivino la causa. El aire 
de la expresión pui'iera indicar que se 
le apli'-aba la calidad de cristiano por 
contraposicii'm á Boyardo: pero esteno 
fué más ni menos cristiano que .\riosto. 
Si se quiere decir que lo de cristiano es 
irónico, como lo verdadero que acaba 
de decirse de Turpín, no parece que en 
este pasaje tuvo Cervantes intención, 
de satirizar á Ariosto, sino de lo con- 
trario. Pellicer lo explica diciendo que 
se daba el dictado de cristiano á los 
que se ocupaban en eseribir obras 
ejemplares, y no licenciosas ó impías, 
como otros italianos que nombra : sobre 
lo cual pudiera remitírsele á varios 
pasajes en que Ariosto no dii'i cierta- 
menie i'jemplos de la moral más reli- 
giosa y severa. Pellic r habla en esta 
materia como si no hubiera leído el 
original del Orlando, y sólo lo cono- 
ciera por sus traducciones al castellano, 
nue era lo que le sucedí.i a Macse 
Nicolás. 

2. .Vlúdese probablemente á algunos 
pnsnJGs y expresiones libres de Orlando 



86 DON (JlIJOTE DK LA MANCHA 

le per(lon.''iramos al señor Caj)ilán ' que no le Iiiibiera traído á 
Esj)afia y hecho caslellaiio; (jue le quitó mucho de su natural 
valor, y lo mismo harán lodos aquellos que los libros de verso 
(juisiercn volver en olra lengua, que por mucho cuidado que 



que se mitigaron ó se suprimieron en 
la traducción castellana deque habla el 
Cura en el presente lugar. La ignor.m- 
cia del toscano preservaba de escán- 
dalo al Harbern. 

1. Kste Capitán es D. Jerónimo de 
Urrea, cab.iliero aragonís, < obernador 
de la provincia de Pulla, en el reino de 
Nánoles, cuya tra'lucción métrica del 
Orlando de Arioslo, se imprimió en 
Lei'm de Francia el año de l.-)56, según 
D. Nicolás Antonio. Otra edición he 
visto de Amberes, hecha en lüo8, corre- 
f/i(/(i xet/unda vez por el traductor. La 
censura que aqui hace Cervantes de 
esla trailuccii'm es todavía sobriula- 
rnentc benigna : puesto que atribuye 
sus defectos ií las rausns generales que 
diíícuilnn las traducciones de obras 
cuyos originales están en verso, sin 
mencionar otros innumer,il)les de mala 
inteligencia, mala versificación y mal 
lenguaje de (jue adolece la del Oí-lando. 
Y fuera de esto, (unitii'i ú añadió ürrea 
en el original lo que quiso, según su 
antojo. Veo el motivo que pudo tener 
para no incluir en la traducción la 
estancia 80 del canto 3.", donde se habla 
de la donaciiin de Constantino, y las 
estancias 81 y 82 del canto 14, en que 
se zahiere malignamente á los frailes; 
pero dejó otras varias que no les favo- 
recen : deji'i también otras libres y 
licenciosas; suprimió la profecía de 
Merlin en la gruta de Melisa, que ocupa 
la mayor parte del canto 3; introdujo 
en el 26 los elogios de los Reyes D. Fer- 
nando el Católico y Carlos V, á que 
añadió los del Conde D. Gastón de la 
Cerda, Duque del Infantado. .Vlmirante, 
Marqués de Astorga, Condes de Feria y 
de F'uentes. Nada de esto hay en 
Ariosto. Con igual infidelidad insertó 
en el canto 4H, entre las alabanzas de 
otros sabios italianos que celebró el 
Ariosto. las de D. Juan de íleredia, 
D. Luis Zapata, Garcilaso. Castillejo, 
Gálvez, Pero Mexía, Gonzalo Pérez y 
otros, de que no se acordó el poeta 
original. 

Don Diego Hurtado de Mendoza, 
arriba citado, en la contestación que 



puso en boca del Capitán Pedro de 
Salazar al Bachiller de .Arcadia, ridicu- 
lizó la manera Hoja y descuidada vow 
que Urrea había hecho su traducción 
de Oriundo furiosa; á pesar de lo cual 
dice alli Salnzar, que con ella r/anó 
fama de noble escritor, y aun, según 
dicen, muchos dineros (que impoitan 
?niís). 

Todavía trati'i peor que Mendoza la 
traducción de Urrea I) Hernando de 
Acuña, poeta contemporáneo de ambos, 
en la Lira de Garcilaso contrahecha. 
Dicele en ella á Urrea : 

De vuestra tori)e lira 
Ofoiule tanto ol son. que en un momento 
Mueve al discreto á ira 

Y á descontentamiento : 

A vo» .Solo, seíior. os dais contento... 

;Ay de los Capitanes 
En la.s sublimes ruedas colocados; 
Aunque son alemanes, 
Si para ser loados 
Fueren á vuestra nuisa encomendados! 

Mas ¡ay, señor, de acjuella 
Cuya beldad de vos fuere cantada! 
Que vos daréis con ella 
lJc> verse sepultada 
Tuviese por mejor que ser loada... 

¡Triste de a(juel cautivo 
Que á cscucliaros, .Señor, es condenado 
Que está muriendo vivo 
De versos enfadado, 

Y á decir que son buenos es forzado .. 

Mueran luego ñ la bora 
Las públicas estancias y secretas; 

Y no (¡ueráis agora 
Que vuestras imperfetas 
Obras y rudo estilo á los poetas 

Deii inmortal materia 
Para cantar en verso lamentable 
lias fallas y miseria 
he estilo tan ciili)able, 
Digno que no sin risa de él se hable. 

Don Nicolás Antonio hace memoria 
de dos traducciones prosaicas del Or- 
lando furioso, hechas por dos toleda- 
nos, P'ernando de Alcocer y Diego 
Vázquez de Contreras. De la primera 
dice que se imprimió en 1510, y que es 
demasiadamente literal : de la segunda, 
que se publicó en 1585. Ninguna de las 
dos he visto; pero la fecha de la de 
Alcocer está errada, porqtie el original 



iMii.Mr.nA i'AirrE. 



c.APnri.o VI 



87 



pongnn y liabili<la(l <|ii(í inueslrcn, jamás llegarán al j)mil() que 
i'llos lioiu'u cu su primer uacimieiilo. Digo, en erecto, í|iie este 
libro y totlos los (jue se hallaren «jue tratan destas cosas <le 
l''i'an<ia ' se echen y (Irpositen en un pozo seco, hasla (pie con 



italiano se iiiipriuiió por i»riinera vez 
el año de l.'ilS. 

Ni en I). Nicolás Antnuio ni en otro 
pscrituí" .ily^uno cnciientri) notici;i ile 
l;i, triulucciiin del Orlando furioso, he- 
dí i en octava rima por (¡onzalo de 
Oliva, cuyo origin.tl he visto escrito en 
folio de mano del mismo Oliva, con sus 
enmiendas interlineales, y firmado en 
Lucena á 2 de Agosto del año 1604. 
Oliva evitó los numerosos defectos de 
Urrea : tradujo íielmente ; su versifica- 
ción es fácil y armoniosa, y su libro, 
á pesar de algunos pequeños lun;u-es, 
harto más digno de ver la luz pública 
que ios de otros muchos traductores 
de su tiempo. 

1. En dicha clase comprendió 
I). Juan Antonio Pellicer el libro de 
Amadis de Gaula, contándolo entre 
los que hablan del origen de los Galos 
ñ Gauleses, y de las historias francesas, 
ú que tratan, como dice Cervantes, 
destas cosas de Francia (a). Para un 
aserto tan positivo no tuvo, según se 
da á entender, otro fundamento que el 
di(;lado de Gaula, y su semejanza con 
el de Gallas ó Gaulas, que ha solido 
darse á la Francia antigua. Pero el 
sobrenombre de Amadis no denota la 
Galia, como se supone con sobrada 
ligereza, sino el país de Gales, VVales 
ó Guales en la parte occidental de 
Inglaterra, donde reinó Artús y pasa- 
ron los amores de Ginel)ra y Lanza- 
rote, y donde reinó también Perií'm de 
Gaula. padre de Amadis, el cual heredi) 
este apellido de su padre, y no lo 
tomó de la circunstancia de haber 
nacido por casualidad en la pequeña 
Bretaña ó coniinente francés. .V?i se ve 
por el contexto de la historia, aunque 
embrollada en esto como en todo, de 
Amadis, sin que pueda quedar lugar á 
la duda. En ella se lee qtie desde la 
ínsula Firme (que era parte del conti- 
nente) se iba por mar á Gaula (6) y se 
menciona como contiguo á ella el 
país de Norgales ú Gales septentrional, 

(a) Discurso preliminar, párr. V. 
(6) C. CXXI. 



el mismo de quien en la historia de 
Tristán se dice (a) (pie estaba cercano 
á Irlanda, y que se iba á él desde el 
reino de Artús en carruaje. Lo mismo 
(oníirma la historia, de Amadis. refi- 
riendo (6) que su padre Perlón jiidin 
au.xilio á Lisuarte, Hey de la Gran Bre- 
taña, en la guerra i\ue le haci;i su 
vecino Abies, Uey de Irlanda. Pero no 
debemos detenernos en cosa tan clara. 

Pellicer alegó como prueba de lo que 
decia el pasaje presente del texto, y 
no advirtió que le era contrario. En 
el escrutinio de los libros de D. Qui- 
jote se había acabado ya de hablar de 
los de Amadis y sus descendientes, 
todos los cuales, fuera del primero, al 
que se había otorgado interinamente 
la vida, habían ido al corral por mano 
del Ama. Después se había hablado de 
otros caballeros que no eran de), linaje 
de Amadis; y últimamente se trataba 
de la historia de los Reinaldos, del 
Arzobispo Tiirpín, y de los poemas del 
Boyardo y del Ariosto, con su tra- 
ductor ürrea. Estas son las cosas de 
Francia, de que evidentemente habla 
Cervantes, y no las de Amadis y su 
parentela; y así también lo manifiesta 
lo que sigue acerca de los libros de 
Bernardo del Carpió y de la batalla de 
Roncesvalles, que no tienen que ver 
con .\madís de Gaula ni su familia. 
Estos dos últimos se condenaban sin 
remisión al fuego, y los demás á en- 
cierro en un pozo seco, por considera- 
ci(m á Ariosto y Boyardo, á quienes 
habían suministrado parte de su argu- 
mento. 

A consecuencia de su equivocación, 
dividió Pellicer los caballeros andantes 
en dos, que llama sectas. Una de los 
caballeros de la Tabla Redonda en que 
entran Artús y Lanzarote, y otra de 
los que á su juicio indicó Cervantes en 
este pasaje, contando entre ellos á 
Amadis de Gaula, que para Pellicer era 
lo mismo que Amadis de Francia. 
Pero según resulta de lo que acaba 
de decirse, si fuera preciso seguir el 

(a) Lib. II, c. LXXXVIII. - (6) Gap. IV. 



88 



bON orijori: dl i.a mancha 



más acuerdo se vea lo que se ha de harer dellos, esccf uando á nn 
Bernardo del Carjao^ que anda por ahí, y á otro llamado Ron- 
cesva/les'^, que éstos, en llegando á mis manos, han de estar en 
las del Ama, y dellas en las del fuego sin remisión alguna. Todo 
lo contirmó el Barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acer- 
tada, por entender que era el Cura tan buen cristiano y tan amigo 
de la verdad, que n<t diría otra cosa por todas las del mundo. Y 
abriendo otro libro vio que era Palmerín de Oliva •*, y junto á él 



intento de Pellicer, pudiera hacerse la 
división en tres clases. Primera : in- 
f/lesa ó hreloHiL, eu que se incluirían 
los priiuilivos libros caballerescos, 
Artús, la Demanda del santo ürial. 
Langarote y Tristán, siguiendo con 
Amadís y sus descendientes, que em- 
parentaron en la persona de Esplun- 
dián con la casa imperial de Grecia, y 
fueron Emperadores de Constantino- 
pla; á éstos pudieran agregarse, por 
razón de ingleses. Tirante el Blanco, 
Florambel líe Lucea, Palmerín y Flo- 
rando de Inglaterra. La segunda clase 
podría llamarse francesa, y se com- 
pondría de ios libros (¿ue tratan de las 
cosas de Francia, del Emperador Car- 
lomagno, los doce Pares, Angélica, 
iMorgante, Bernardo del Carpió y batalla 
de Koncesvalles. Artús y Carfomagno 
fueron como los fundadores, aquél de 
la secta inglesa y éste de la francesa. La 
tercera clase se compondría de los 
libros que, por no pertenecer ¿ninguna 
de las dos anteriores, forman otra 
neutra ó indiferente, como Flores y 
Blancaflor, D. Olivante de Laura, 
D. Florindo de la Extraña aventura, el 
Caballero de la Cruz, D. Policisne de 
Boecia y otros. 

1. Hablase, al parecer, del poema 
que con el título de Historia de ¿as 
hazañas y hechos del invencible caba- 
llero Bernardo del Cai-pio, escribió en 
octavas Agustín Alonso, vecino de 
Salamanca, y se imprimió en Toledo 
el año de líiS.o Libro rarísimo que no 
he visto, y de que Pellicer sólo conoció 
un ejemplar. No pudo ser el Bernardo 
del Carpió del Obispo Valbuena. el 
cual no se publicó hasta algunos años 
después de la muerte de Cervantes, en 
el de 1624. 

2. Titulo diminuto, que pudo indi- 
car el poema intitulado FA verdadero 
suceso de la batalla de Roncesvalles, 
compuesto por Francisco Garrido de 



Villena, que se imprimió en Toledo el 
año de 1583; obra distinta, como se ve, 
de la traducción del Orlando enamo- 
rado de Mateo Boyardo. También pudo 
aludir á la continu ición de Ludovico 
Ariosto por Nicolás de Espinosa, poeta 
valenciano : poema en 35 cantos, dedi- 
cado al Conde de Oliva, que se publicó 
el año de 1355 en Zaragoza, y el de 1557 
en Amberes, con el titulo de Seyunda 
parte de Orlando, con el verdadero 
suceso de la batalla de Roncesvalles, 
fin y muerte de los doce Pares de 
Francia. 

3. Libro del famoso caballero Pal- 
merín de Oliva, que por el mundo 
grandes hechos de armas hizo, sin saber 
cuyo hijo fuese. Toledo, 1580, en folio. 
Está dedicado á D. Luis de Córdoba, 
hijo del Conde de Cabra, y nieto del 
que el año de 1483 hizo prisionero al 
Rey moro de Granada en la batalla de 
Lucena. Consta de 116 capítulos, 
después de los cuales se dice : Aquí 
hace fin la historia del Príncipe Pal- 
merín de Oliva, Empei'ador de Cons- 
tantniopla, etc. 

Tiene esta historia continuación con 
el título de Libro del invencible caballero 
Priinaleón, hijo de Palmerin de Oliva, 
donde se tratan los sus altos hechos de 
armas, y ios de Polendos su hermano, 
y los de D. Duardos, Príncipe de Ingla- 
terra, y de otros preciados caballeros 
de la corte del Emperador Palmerin. 
Consta de 218 capítulos. D. Nicolás 
Antouio cita una edición del año 151 C, 
y después se repitieron otras dentro y 
fuera de España. 

Una mujer 'a) fué el coronista de 
Palmerin de Oliva. Así lo dijo expresa- 



(a) Una mujer. — El erudito Gayangos se 
resiste á creer (jas fuese escrito por mano 
de mujer un libio que, por la cínica libertad 
de muchas escenas, parece digno antepasado 
del moderno naturalismo. (M de T.) 



i'i.iMi:iiv i'Auri:. — c.mmti i.íj vi 



89 



estaba otro que se llamaba Palmerin de Inglaterra^ lo cual, visto 
por el licenciado, dijo : Ksa Oliva se haü^a luego rajas y sf queme, 



inenle .luiin Auf(ur de Trasiiiiem, 
escrilor que vivia A principitis del 
si^'lo XVI, en un cpiRrain.i latino, de 
que copia parte D. .Nicdl.is Antonio : 
fiviiñna coinposuil. Que fué portuguesa 
resulta del testimonio de los escritores 
de aquella nación; y no tiay funda- 
mento que convenza lo contrario. Al 
fin de la edición de Medina del ('ampo, 
año 1563, hay seis coplas de arle mayor 
en elogio de la obra, y la quinta dice 
así : 

En este esmaltado hay rico dechado, 
Van esculjjidas muy beílas labores 
De paz y de guerra y castos amores 
l'or maño de diieüaprudente labrados. 
Está por ejemplo de todos notado 
Que lo verosímil veamos en flor : 
Es de .•Vugustobrica aquesta labor 
Que en Medina se ha agora estampado. 

Pellicer, que copió estos versos, dice 
que .\ugustobrica era Burgos, y así lo 
entendería quizá también el poeta : 
pero Burgos es ciudad moderna, y no 
pudo tener nombre tan antiguo. Así 
que : ó el nombre de Augustobrica ía) 
indica algún pueblo de Portugal, ó el 
poeta haÍ)ló, no de la autora, sino de 
la traductora. 

Palmerin de Oliva, según su historia, 
fué nieto y heredero del octavo Empe- 
rador de Grecia que hubo después de 
Constantino : y por esta ridicula cuenta 
debió ser el Emperador Marciano, ma- 
rido de Santa Pulquería. El Rey Flo- 
rendnp de Macedonia lo hubo á hurto 
en la Infanta Griana, hija del Empe- 
rador, por cuyo mandado un doncel lo 
sacó recatadamente de Gonstantinopla, 
y lo dejó sobre un árbol en una mon- 
taña llamada Oliva, distante una jor- 
nada pequeña de la corte. Allí lo 
encontró el rico colmenero Geraldo, 
// porgúelo falló entre las palmas y 
olivas, púsole nombre Palmerin. Crióle 
su mujer Marcela, á quien se acababa 
de morir un hijo recién nacido (o; ; 
y Palmerin, habiéndose hecho famoso 
por sus hazañas, fué reconocido por su 

(a) Cap. IX. 

(«) Aui/uslóhrica. — Según el ya citado, 
Cj^yungos, Augwlóhrica, citadapor Toloineo. 
fue más tardé Mirúbñga ó Ciudad Rodrigo. 
(M. de T.) 



madre Griana (a), y después de la 
muerte de su abuelo, proclamado Em- 
perador (6). Palmerin tuvo dos hijos : 
l'olendos, á (jiiien, estando tomado del 
vino por traición de la Keina de Tai-sis, 
engendró en esta Princesa (c), y Pri- 
maleón, á quien tuvo de su mujer 
Pülinarda (cL. 

.\cerca de la edad en que se escribió 
la historia de Palmerin de Oliva, es 
indudable que precedió á la de Palme- 
rin de Inglaterra, la cual, desde su 
mismo principio manifiesta ser conti- 
nuación de la otra. Y esto coníiruja la 
0[)inión de que la autora fué portu- 
guesa, porque siéndolo 'nadie lo ha 
dudado) la novela de Palmerin de 
Inglaterra, parece natural (¡ue lo fuese 
también su primera parte. Pudiera 
oponerse la consideración de que 
siendo portuguesa la dama que escri- 
bió el Palmerin de Oliva, lo escribiría 
en su idioma nativo, y sólo lo tene- 
mos en castellano. Pero esto, en todo 
caso, probaría que se perdió el original, 
quedando la traducción, que es lo 
mismo que sucedió con el libro de 
Amadis de Gaula. I.n la nota inmediata 
hablaremos del tiempo que puede 
señalarse á la composición de Palmerin 
de Inglaterra : y de todo podrá dedu- 
cirse con alguna verosimilitud, que 
Palmerin de Oliva se escribió decli- 
nando ya hacia su fin el siglo xv. 

1. Todas las probabilidades con- 
curren á señalar en Portugal la cuna de 
los libros caballerescos españoles (^). 
.411Í nació el de Amarlis de (iaula, y 
allí es verosímil, según veremos des- 
]Mjés, que naciese el de Tirante el 
Blanco, que son sin disputa los dos 
libros españoles más antigims de este 
género. De Palmerin de Inglaterra es 
fama, como aquí se dice, que le com- 
puso un discreto Rey de Portugal (v). 

(o) Cap. CVII. - (6) Cap. CLXV. — (c) 
Cap. XCV. — {d, Cap. CLXV. 

(Sí'í Veáse la nota, pág. 74 y la nota h que va 
á continuación. ' (M. de T.) 

(y) Un discreto r^y de Portugal. — Es tal el 
abandono y la indiferencia que siempre han 
reinado en K:spaña que, ya en la época de 
Cervantes, se descoriocia al autor de tan pon- 
de radolii 10 y se atribuía su jiaternidad á los 



90 



DON ori.lOTK DE I. A MWCIIN 



que aun no queden clclla las cenizas; y esa [)alnia de Ingalaterra 
se guarde y se conserve como á cosa única, y se haga para ella 



No le nombró Cervantes, jicro si Manuel 
de Karia y Sousa. diciendo (a) que 
algunos creyeron (|iie el libro «le I'al- 
meriti de Inr/laterra fué obra del Rey 
D. Juan el 1Í. Antes y después de este 
Principe, que vivió desde d455 liasta 
14ÍÍ5, fué común en Portugal la afición 
á las historias de Caballerías. Ue su 
lio D. Fernando, Duque de Braganza, 
hubo opinión en la misma Gasa Real 
que había sido el autor de Aniadís ; y 
á él le dedicó Juan Martoreli la tra- 
ducción lemosinade Tirante el Blanco. 
El Infante D. Alfonso, padre de D. Fer- 
nando, había intervenido, como ya se 
refirió anteriormente, en la composi- 
ción, ó por lo menos en la corrección 
del Amadis de Gaula. Una dama de 
aquella nación compuso después á 
Pabnerin de Oliva; y, finalmente, en 
Portugal se escribió el Palmerin de 
Inglaterra., que es continuación del 
otro, y en que también se dijo que 
hizo algunas adiciones el infante 
D. Luis de Portugal, hijo del Rey 
D. Manuel y padre deD. Antonio, Prior 
de Ocrato, que, andando el tiempo, 
disputó la corona de Portugal á Fe- 
lipe II. 
Bien sé que los Portugueses atribuyen 



(a) Eiiropn portuguesa, tomo III, paite IV, 
cap. vm. 

portugueses. Estos no tenían más que dejarse 
querer y aplicar nuestro antiguo refrán : 
Cuando pnsan rabinos, comprarlo.^. Casi hasta 
nuestios días, críticos, bibliófilos y líferatos 
vinieron .á porfía atribuyendo el Palmerin á 
autor portugués. Afortunadamente, en 1827, 
el insigne ernilito, gramático y bibliófilo 
Salva publicó en Londres, en el lierpi'rtorio 
Americano, un excelente trabajo, procla- 
mando como verdadero autor de esta obra al 
es])añol Luis Hurlado, gracias á haber encon- 
trado un ejemplar de la I.* edición esiiañola 
hecha en Toledo, on ?, tomos, en 1 j47-f.i4S, y 
á unos versos acrósticos que hay en la dedi- 
catoria y cuyas letras iniciales indican á las 
claras la" paternidad de Hurlado. De este inge- 
nioso autor, que también escribió la farsa ti- 
tulada.'íiVitnna, Las Cortes del Casloamory de 
la muerte (\\-<h'T)y la Tragedia Policiana (imita 
ción de la Celestina) y que tradujo Las Meta- 
morfosis de Ovidio, existen muy escasas noti- 
cias, debidas en gran parte a Nicolás Anto- 
nio. (De mi libro ; MaJinal de Literatura espa- 
ñola i hispanoamericana.) (M. de T.) 



comúnmente la composiciíjn de Pnl- 
merin de ¡lujlalerra á Francisco de 
Moraes, el cual lo imprimii) en Ebora 
el año de 1567, y esta opinión siguió 
el editor que lo reimprimió en Lisboa 
el año de 1786 : pero el mismo editor 
dio armas contra si, citando la traduc- 
ción francesa del Palmerin hecha del 
castellano por Jaques Vicent. é im- 
presa en León el año de 1.153. Esto 
convence sin réplica que el Palmerin 
impreso en 1567 no pudo ser el original, 
puesto que no sólo existia en 1553, 
sino que se hallaba ya entonces tradu- 
cido al castellano. Queda, pues, ase- 
gurado el origen portugués de Palme- 
rin de Inglaterra, y Francisco de Mo- 
raes desposeído del mérito de autor 
original, y reducido á la clase de 
editor con sus puntas y collar de pla- 
giario, sin m;!S parte en la composi- 
ción del libro que haber intercalado 
algo de sus amores en Francia, sepi'in 
se deduce de las noticias del editor 
moderno en su prólogo. Punto que pu- 
diera apurarse por el cotejo de la tra- 
ducción de Jaques Vicent con la edi- 
ción de Francisco de Moraes. 

Es circunstancia notable lade haberse 
perdido la traducción castellana de 
Palmerin de Inglaterra. De que existi''> 
no hay duda, puesto que por ella se 
hizo, como arriba se dijo, la francesa. 
Castellano sería también el ejemplar 
de la librería de D. Quijote, sin que in- 
dique cosa en contrario el escrutinio: 
pero nadie Cque yo sepa'i señala el pa- 
radero de ejemplar ninguno en nuestro 
ittíoma. Fué en esto diferente y aun 
opuesta la suerte de los dos Palmerines, 
el de Oliva g el de Inglaterra: del pri- 
mero se perdió el oriííinal, ynos quedó 
la traducción ; del segundo se perdió 
la traducción, y nos quedó el original. 

Debe advertirse que Palmerin de In- 
glaterra de que se habla en toda esta 
nota es sólo la primera y segunda parte 
que publicó Moraes, y que en su ter- 
cera edición lleva este titulo : Chrónica 
do famoso é muito esforzado cavaleiro 
Palmeirin de Inglaterra, filho del Rei 
D. Duardos : no cual se contem snas 
proezas et de Floriano do Deserto sen 
irmao, et (h) Principe Florendo-i, filho 
de Primaliaon. Composla por Francisco 



PHiMiatA i'vmK 



CAPlll LO VI 



•11 



otra cnja como la <iuc lialló Alejandro en los despojos de Darío, 
que la diputó' para guardar en ella las obras del poeta Homero^. 
Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas : la una, 
porque él por sí es muy bueno, y la otra porque es fama que le 
compuso un discrí^to Rey de Portugal. Todas las aventuras del 
castillo de Miraguarda ^ son bonísimas y de grande artificio, las 
razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del 
que habla con mucha propiedad y entendimiento. Digo, pues, 
salvo vuestro buen j)areeer, señor maese Nicolás, que éste y 
Amadís de Gatda queden libres del í'uego, y todos los demás, sin 



de Maraes. Em Lisboa por Antonio Al- 
vares, .ínno de MDLWXXll. i'ulio . 

A estas dos parles siguieron la tercera 
y cuarta, escritas por Dief>:o F"ern;ÍQdez, 
vecino de Lisboa, que contiinea los 
hechos de varios cahulleros de la corle 
de Paluierin de Inglaterra. Asunto que 
se continúa en las partes quinta y sexta, 
escrit.'is iior Baltasar (ion/.;ii vez Í-,obato, 
natural ele Tavira. Todas cuatro partes 
estiin, como es natural, en portu- 
gués. 

Según la costumbre de los autores de 
libros de Caballcrias, se dice al íin de la 
historia de Palmerin [a) que se sacó de 
la Crónica general de Iní/laterra, y se 
citan varios cronistas de nombres ridí- 
culos, entre ellos á Tórnelo Alteroso, 
escritor macedónico, que para cosas de 
Inglaterra es buen texto. Allí concluye 
la historia, quedando el cadáver de 
Palmerin depositado en la Isla de los 
Sepulcros, por otro nombre la ínsula 
Deleitosa, de que era señor el sabio 
üaliartc. 

1. Diputó está usado por destinó : 
acepción que se le dio también en el 
capitulo XXV de esta primera parte ; 
pero en el uso común diputar se dice 
sólo de las personas, así como destinar 
de las personas y de las cosas. Sólo las 
personas se diputan. 

2. Alejandro el Grande, rey de Mace- 
donia, fué tan aficionado á la Iliada de 
Homero, que, según cuenta Plutarco en 
la vida de este Príncipe, solía tenerla 
junto con su espada debajo de la cabe- 
cera en que dormía. Habiéndose encon- 
trado, entre los despojos del ReyDarío, 
una caja riquísima guarnecida de oro, 
perlas y otras piedras preciosas, cuenta 

(a) Parte II, cap. CLXXII. 



también Plutarco que Alejandróla des- 
tinó para guardar en eila los libros de 
Hom.ro. Lo mismo refiere Plinio (a). 

Cervantes hizo tan notable dilerencia 
entre el l'alnierin de Oliva y el de In- 
f/liiterra, que del uno no quería quedase 
ni aun la ceniza, y el otro quería que se 
guardase en una caja preciosa. Sin em- 
bargo, el autor del Diálogo de las len- 
guas prefería el libro de Palmerin de 
Oliva ú otros muchos de caballerías (6), 
poniéndolo en la misma línea que al 
deAmadisde Gauln.En mi pobre juicio, 
allá se van los dos l'almerines. 

3. Miraguarda no es nombre de 
lugar, sino de persona. La Infanta .Ma- 
riguarda era hija deun Conde que vivía 
en la corte de España, y por ciertas 
razones rogó al gigante Almourol que 
la guardase en un castillo que tenia en 
el Tajo, hasta que fuese tiempo de 
casarla. El Caballero Florendos, á quien 
una recia tormenta había echado á las 
costas de Portugal junto á Altarroca, 
que después llamaron Lisboa, andaba 
buscando aventuras por aquel reino. 
Llegóse á la puerta del castillo, paróse 
á mirarlo, salió á caballo el gigante, y 
se combatió con Florendos. La Infanta, 
puesta entre las almenas con sus don- 
cellas, miraba la pelea, y viendo (|ue 
iba de vencida el gigante, bajó y pidió 
su vida á Florendos, quien, prendado 
de su hermosura, le otorgólo que pedía. 
Este es el castillo de Miraguarda, que 
otras veces se llama de .\lmourol, del 
nombre de su dueño. Fácilmente se 
adivina que Mariguarda vino última- 
mente á casar con Florendos (c). 



{a) fíistoria Natural, lib. VH. cap. XXIX. 
— (6) Pág. \hl. — (c) Palmerin de Inylaterra, 
parte II, cap. Lili y CLI. 



!l'2 



l)ON Ol IJOri: DK I.A MANCHA 



hacer más cala y cata, perezcan K No, seilor compadre, replicó 
el Barbero, que este que aquí tengo es el alamado D. Belianís'^. 
Pues ese, replicó el Cuia, con la segunda, tercera y cuarta parte 
tienen necesidad de un poco de ruii)arl)o jtarji purgar la demasiada 
cólera suya, y es menester quitarles todo aipiello del castillo de 
la Fama^ y otras impertinencias de más importancia, para lo cual 



1. Xo concierta csla duray treinenrla 
sentencia con la más benigna, pronun- 
ciada hace poco por el mismo Cura, de 
que el Orlando de Urrea y todos los 
libros que traían de las cosas i/e Francia 
se dejjositen en un pozo seco, liasla que 
se vea lo que se ha de harer dellos. 

2. Historia del valeroso é invencible 
principe D. lieUanis de Grecia, hijo del 
Emperador I). Belanio // de la Empe- 
ratriz Clnrinda Según la costumbre 
ordinaria de tales libros, se supone que 
el sabio Kristón la escribió en griego, 
de donde la tradujo un lujo del virtuoso 
varón Torihio Fern.indez. á saber: el 
licenciado Jerónimo Fernández, abo- 
gado de profesión, vecino de Madrid y 
natural, al parecer, de Burgos Son 
cuatro parles en dos tomos. Su autor 
publicó el primero en el reinado de 
Carlos V {de quien se dice que gustaba 
deoirsu lectura), y lo deilicóá D. Pedro 
Xuárez de Kigueroa y Velasco, Arce- 
diano de V'alpuesla, en la iglesia de 
Burgos. He visto una edición del 
año 1.5n. Kl segundo tomo se escribió 
reinando todavía Carlos V, puesto que 
en la parte tercera, capitulo XXVJII, 
ponderándose lo mudable de la fortuna, 
sealegan como ejemplo tantos poderes 
por el valeroso César nuestro conquis- 
tados : pero no se publicó hasta el rei- 
nado de Felipe II. por el hermano del 
autor, Andrés Fernández, vecino de 
Burgos, quien lo dedicó al licenciado 
Fucnmayor, del Consejo y Cámara del 
Rey. 

De la demasiada cólera de D. Belianis 
da testimonio su historia. Léese en el 
caiiilulo XII del libro primero : Cmi 
sobrada saña D Belianis be apartó del 
caballero á una parte, y la Infanta 
Aurora le dijo: Cuanto más la persona, 
señor caballero, piensa de apartaros de 
batallas, tanto más vos las buscáis. En 
el capítulo XVII : No se vio víbora más 
emponzofiada ni le n más bravo (¡ne n 
esta flora se volvió D. lielianis.Y en el 
capitulo XXV : El Duque fué llevado d 



la prisióti, quedando D. Belianis tan 
sañudo, que f'ue¡/o erhafja por la visera 
delyelnio. i^os tres pasajes precedentes 
son de la parte primera, la cual, según 
esto, no tenia menos necesidad de rui- 
barbo que las otras. Pero en todas 
ellas hay muchos pasajes que confir- 
man lo mismo : y á pesar de todo, es- 
cribe el Arzobispo de Itosis, citado por 
el sabio Fiislón, aulor de la Crónica, 
en el capitulo XXVI 1 1, parte tercera, 
que no se halló hasta aquel tiempo otro 
caballero de igual sanclidad (á la de 
Belianis , lantu. que en ella á los muy 
apartados monjes excedía. 

3. El castillo de la Fama que aquí 
se nombra, era una invención o maquina 
que sepresent<'> en un torneo celebrado 
en Londres [lor el Bey de Injilaterra. 
iJice asi la flistoi iade U lielianis 'a¡ : 
Andaban las cosas en estos comedios, 
y el tornen tan ferido com<<vos buhemos 
dicho, cuando á la ¡dnza llegó una 
aventura tan hermosa de mirar como 
otra bosta aquellos tiempos fuera vi3la. 
Venia un tan he-moso cnstillo. al pa- 
recer tan rico, cuanto otro jamás fuera 
visto: era tan grande, que parescían 
poder venir dentro dos mil caballeros. 
Era. traído por cuarenta elefantes de 
grandeza no creída : los guamimientos 
que traía eran de muy fino oro. Venia 
sobre un grandísimo número de ruedas, 
todas las cuales se mostraban ser de 
unamuy fina plata. Por todo el castillo, 
en lo que de fuera se podía mostrar, 
estaban muchas aventuras tan bien 
puestas como si fuera?! viras... En cada 
elefante venía un artificio de madera y 
un hombre que lo guiaba. Bien se páres- 
ela ser encantado, porque lleijando á 
la plaza, ñor todos los costados comenzó 
á disparar tanto número de artillería, 
que por gran pieza no se pudieron oír. 
Después de lo cual el castillo quedó 
cercado de una ardiente llama: de la 
mitad a. riba pa ccia que el cielo qui- 

(u) ]>ib. III, c;ip. XIX. 



PRIMímA PAllTK. — TAPÍTILO VI 



93 



so les (l.i liMiuiíu) ultramarino, y como se enmendaren, así se 
usaiVi con ellos ile misericordia ó ile jnslicia, y en lanío tenedlos 
vos, coiii¡);i(lre, en vntíslra casa, mas no los dejéis leer á ninguno. 
Que me place, respondió el linrhero, y sin querer cansarse más 
en leer libros de caballerías, mandó al Ama que lomase todos los 
grandes' y diese con ellos en el corral. No se dijo á tonta ni á 
sorda, sino á quien tenía más gana de quemallos que de echar 
una lela por grande y delgada que fuera, y asiendo casi ocho de 
una vez, los arrojó por la ventana. Por lomar muchos juntos, se 
le cayó uno á los pies del Barbero, que le tomó gana de ver 



siese abrasar, según sus llamas en alto 
se extendían. Sonóse lanío número de 
menestriles de diversas maneras, que no 
liabia la nálad en lodo el campo: des- 
pués de lo cual, con gran ruido se toco 
á señal de batalla. Del castillo salieron 
núnieio de nueve caballeros lan lucidos 
y costosos, que alegría era mirarlos. 
Venían todos de una devisa de armas 
indias (azules), y en los escudos cada 
uno de ellos traía pintada la Fama, con 
una letra que decía K;ima... Luego jior 
aquella devisa entendieron que aquellos 
fuesen los caballeros de la Fama... Del 
castillo salió un padrón de inararillosa 
plata, el cual, sin ver quién, lo traia, se 
fiíé hasta el medio de la plaza. En este 
padrón estaba escrito el objeto de la 
aventura, y entre los nueve caballeros 
se contaban el Rej'de Bretaña Artús, y 
los anÜguos troyanos Héctor y Troilo. 
En este castillo fué arrebatauo D. Be- 
lianís por los .lires, y continuó en él 
muclios días, hasta que desapareriú con 
gran ruido, hall.índose Belianís solo 
con su escudero Flerisaite, que le traía 
un hermoso caballo (a). 

Después volvió á aparecerse el cas- 
tillo de la Fama en ocasión que D. Be- 
lianís estaba peleando y en gran peligro 
por los encantamientos del mágico 
Oristenes Con la aparicit'm ceí^aron los 
encantos, y metiéndose D. Belianís en 
el castillo, volvió éste á partir con el 
mismo ruido que había traído, y llegó 
á la orilla del mar, donde aguardaba á 
Belianísuna zabraenque seembarcr)(/)"¡. 

Posteriormente, hallándose á pie 
D. Beliímís con varias damas y caba- 
lleros en un ameno y florido campo, sin 
saber cómo harían para llegar á algún 

{a) \Áh. III, cap. XX v XXI. — (é) Ib., 
cap. XXVI. 



poblado, vieron venir el soberbio castillo 
de la Fama con sus acostumbradas 
seiiales: entraron todos en él, y el cas- 
tillo no paró hasta Troya, combatida á 
la sazón por los griegos. El castillo 
desapareció, Troya fué ganada con el 
auxilio de los recién venidos, y Poli- 
cena, restituida al trono, casó con 
D. Lucidaner, hijo de D. Belanio /í). 

1. Bien se entiende que el Cura, y 
no el Barbero, era quien mandó que se 
arrojasen al corral los libros : mas para 
evitar toda ambigüedad convino poner: 
que me place, dijo el Barbero, y el Cura, 
sin querer cansarse más, mandó al Ama 
que tomase, etc. 

En leer libros de caballerías: esto es, 
en leer, no libros, sino rótulos de libros 
de caballerías. 

Todos los grandes. Eranlos cien cuer- 
pos de //6/-o.v r/mní/es de que se habló 
al principio del escrutinio ; y. con 
electo, los libros caballerescos se impri- 
mían ordinariamente en folio, así como 
los libros (pie adelante, en este mismo 
capítulo, se llaman de entretenimiento 
y al principio se habían designado con 
el nombre de pequeños, solían impri- 
mirse en tamaños menores. 

Cervantes indicaba en esto que había 
muchos más libros caballerescos que 
los nombrados en el escrutinio, y así 
era la verdad. Sin contar los que anda- 
ban en lenguas exiranjeras. eran mu- 
chos los que se escribieron en la Penín- 
sula, como se verá á su tiempo por la 
enumeración que se hará de ellos : 
ad virtiéndose desde at^ora que de 
algunos no ha quedado sino la memoria 
deque los hubo: tal y tan completo 
fué el triimfo del Qcuote y de su in- 
mortal autor. 

(a) Ih., cap. XXX y XXXII. 



94 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

de quién era ', y vio que decía : Historia de^ famoso caballero 
Tirante el Blanco'^. ¡ Válame Dios, dijo el Cura dando una gran 



1. Para que ruóse rorreita la gramá- 
tica(aj, debió decir: ¡'or lomar muchos 
(libros) juntos, se le caijó lal Amaj uno 
(i los pies del Barbero : al que le tomó 
gana, etc. La oinisiún del articulo al 
pudo muy bien ser culpa de la im- 
prenta, y no hubiera habido grande 
inconveniente en corregirla. 

2. Tirante el Blanco se llamó así 
por su padre, que era señor de la Marca 
de Tiranía, y por su madre blanca, 
hija del duque de Bretaña. En el titulo 
de su historia castellana, impresa ea 
Valladolid el año de loU i)or Diego de 
Gudiel, se le llama el esforzado é in- 
vencible caballero Tirante el lilanco de 
Roca Salada, caballero déla Carrotera, 
el cual por su alia caballería alcalizó á 
ser Principe y César del Imperio de 
Grecia. 

Anteriormente se había impreso la 
misma historia en lengua lemosina en 
Valencia, el año de 149ü, y de ella hay 
un ejemplar, único que se conoce, ea 
la biblioteca de la Sapiencia de Roma. 
Otra edición se hizo de la misma his- 
toria en Barcelona el año de 14y"J,segi'm 
las noticias recogidas por el P. Méndez 
en su Tipuf/ra^ia española. Juan Mar- 
torell, caballero valenciauo, fué el autor 
del Tirante lemosín, y lo deiiicó ,i 
D. Fernando de Portugal, hijo del In- 
fante D. Alfonso, primer Duque de 
Braganza, de quien se ha hablarlo en 
las notas precedentes. La obra se em- 
pezii en el mes de Enero de 1460, según 
se expresa en la dedicatoria. En ésta 
dice Martorell que el original úeTiranle 
estaba en ingles, y que él lo tradujo, á 
ruego de aquel Pr.ncipe, al portugués y 
lueso al valenciano, para (}iie sus pai- 
sanos pudiesen disfrutarlo. Al fin de la 
historia hay una ñola, según la cual, 
habiendo muerto Martorell sin Ir.adu- 
cir más que las tres primeras partes, 
había traducido la cuarta y última 
Mosén Martín Juan de Galbá,á instancia 
déla noble scñoraDoña Isabel de Loriz : 



(al Pnrn tjiLc fuete correcta la grnmiil'cn... 
Verdaderamente el corrector uo p.;ca por la 
elegancia y exactitud. ¿ Puede dar.se nada 
más impropio que la palabra ijramática aquí 
empleada? Para un académico es demasiado. 
(M. de T.) 



añ.idese que la obra se acibó de impri- 
mir en el mes de Noviembre de 1490. 

Si el libro de Tirante fué realmente 
inglés en su origen, y vino luego por 
los trámites indicados á ser valenciano, 
ó si fué todo invención de Martorell 

Sara ilar mayor valor y estimación á su 
istoria por este medio, que después 
repitieron otros varios autores caballe- 
rescos, es asunto imposible de averi- 
guarse. Tampoco se puede saber si la 
traducción de la cuarta parte se hizo 
con poco ó con mucho intervalo desde 
la de las primeras; ni del 7'íra?i/e inglés 
ni del portugués han quedado otras 
noticias que las precedentes. Como 
quiera, considerando la semejanza que 
hay en la composición y estilo de la 
cuarta parte con las tres primeras, es 
rnuy verosímil que todas fueron origi- 
nalmente de una misma mano, y coino 
la traducción de Galb;í se hizo, según 
suena, del portugués, puede creerserpie 
el Tirante existió integro en este idioma. 
De él hubo de trasladarse, se ignora 
por quién, el Tirante castellano que se 
publicó el año de 1511 en Valladolid. 
D. Juan Antonio Pellicer, fundándose 
en que Martorell llamó traducción á su 
obra, supuso que el original había sido 
castellano, como si no pudiesen hacerse 
traducciones de otro idioma. De la edi- 
ción castellana lo tradujo al italiano 
Lelio.Manfredi, y se publicó por primera 
vez en Venecia, el año de 1538 Co- 
rriendo este siglo último, lo vertió del 
castellano al francés el conde de Cai- 
lús, y lo publicó el año de 1740 : pero 
no tuvo noticia de la edición lemosina, 
y supone siempre castellano al original, 
aunque sospechó que el autor fué va- 
lenciano, por un eloíiio de Valencia y 
tres profecías relativas á aquella ciudad 
que se insertan en la obra. 

La edicii>n castellana de Tirante era 
ya rara desde antiguo. Ni D. Nicolás 
Antonio ni su ndicionador D. Francisco 
Bayer, ni aun Pellicer mismo, según 
parece, aunque tan diligentes biblió- 
grafos, vieron ningún ejemplar del Ti- 
rante. Todavía debió ser más raro en 
estos últimos tiempos, y aun dudo <iue 
haya quedado niníjuno en Esuaña des- 
pués que la curiosidad extranjera, ó 
por mejor decir, la negligencia espa- 



l'ItlMKRA PAlili:. — CAPÍTIíl.O VI !J5 

slé Tiiíuilc el Blanco! Dádmelo ac;i, compadre, 



voz, que acjuí (vs , ^ , 

«jue lui<í() ciicnla qm^ he liallado en él un tesoro de contenió y una 
mina de pasatiempos. Aípií está D. Quiricleisón de Montalhán, 
valeroso caballero, y su hermano Tomás' de Montalbán, y el 



ñola nos privi') estos afios pasudos de 
un ejemplar, que ya acaso era el único 
que queclabaen España. Yo no he loi,'ra(lü 
verlo, á pesar de mis diligencias, y sólo 
he tenido presente la versi(m italiana 
de la primera parte, y la francesa del 
conde (le Gailús (a). 

Hablase en la Historia de Tirante del 
uso dtila artillería, de las islas Canarias, 
de la orden de la Jarretera; los trajes, 
las armas, las (icstas y las costil lubres 
que describe pertenecen ya al siglo .\v: 
el modo con que habla de los genoveses 
es propio de un subdito de la corona 
de Aragón en aquella época; y además 
f de otros personajes fabulosos como 
Artús, Lanzarote,y Flores y Blan(;atlor, 
menciona también á Urganda la Desco- 
nocida, lo cual persuade que se escribió 
después que el Amadís de Gaula. 

Entregándonos ;i conjeturas no inve- 
rosímiles, Juan Martorell debió de ser 
algún caballero favorecido de Don Fer- 
nando de Portugal, y sabiendo la incli- 
nación de este Principe á las historias 
caballerescas, quiso obsequiarle con la 
de Tirante el Blanco, escrita quizá á 
competencia de la de Amadís, qáxxo ori- 
ginal se gu irdaba con aprecio en la 
ca-sa de D. Fernando. Martorell, en la 
dedicatoria, habla de su estancia du- 
rante algún tiempo en Inglaterra y de 
las adversidades que había experimen- 
tado de la fortuna, adversidades que 
pudieron ser ocasi('in del favor de aquel 
generoso Príncipe. En obsequio suyo 
escribiríala obra en portugués, y después 
quiso su autor ponerla también en 
lemosin para que la disfrutasen sus 
paisanos, como él mismo dice: pergo 
que lanado don yo So natural, senpuxa 
ulef/rar ; y no habiendo concluido la 
versión por su muerte, la continuó, ó 
entonces ó aüos después, iMosén Martín 
de Galbá Así se e.xplican naturalmente 
la predilección que muestra el autor de 
Tirante á Valencia, sus relaciones con 

(a) Existe afortunadamente en España un 
ejemplar de esta edición, que ha podido 
consultar á sus anchas el señor Cortejón. ijra- 
cias á la benevolencia de su actual poseedor, 
el egrefíio cervantista D. Isidro Bonsoms. á 
c|uien llama con justicia « el Creso de los 
bibiiúlilos cervantistas». (M. de T.) 



el Principe D. Fernando, y el motivo de 
escribirse y traducirse la historia. 

De todos estos antecedentes se deduce 
que, asi como es dudoso que existiese 
el libro de Tiranteen inglés, así también 
es seguro que existió en portugués, y 
que se escribió en esta lengua por los 
años de 1460; pero después hubo de 
perderse absolutamente, sin que h.iya 
quedado noticia alguna de su paradero, 
l'^jemplar que, añadido á los de Amadís 
de Gaula y Patmeria de Oliru, de que 
se habló anteriormente, pudiera fo- 
mentar la conjetura de que hechas ya 
y publicadas las traducciones castella- 
nas, la extensión y popularidad europea 
(]ue imestro idioma gozaba en el 
siglo XVI liizo que se olvidasen los textos 
portugueses y dio lugar á su pérdida, 
sin llegar á imprimirse (3). 

El cotejo exacto y prolijo de las dos 
ediciones, leitiosina y castellana, pres- 
taría probablemente ocasión para hacer 
muchas observaciones y extender más 
esta noticialiterariadel libro de Tirante 
el Blanco. 

1. Este nombre de Quirieleisón, dado 
á un caballero en la prituera parle de 
Tirante, es tan ridiculo como el de 
Melquisedec que se da en la cuarta á un 
rey de Tremecén. Tirante había vencido 
y muerto en batalla á cuatro caballeros 
desconocidos que, segiin se supo des- 
pués, eran los Keyesde Frisay Polonia, 
y los Duques d« Borgoña y Baviera. En 
venganza de sus muertes, D. Quirielei- 
són, vasallo muy favorecido del Hey de 
Frisa, á f[uieu por su talla y grandes 
fuerzas se tenía por nacido de raza de 
gigantes, envió una doncella con un 
rey de armas á Inglaterra á desafiar á 
Tirante ; y acudiendo después al tiempo 
aplazado, expiró de dolor á vista del 
cadáver de su Rey. Tomás de Montal- 
bán tomó la demanda de su hermano y 
desafió á Tirante, tachándole de traidor 
á presencia del Rey de Inglaterra. La 
gorra de Tomás y la cadena de oro de 
Tirante fueron los gajes de batalla que 
se entregaron á los jueces. La talla de 

(i) El a.rgumento no tiene gran fuerza, 
porque precisainenío fué también aquella 
época de gloria par;i Portutral y sus letras. 

(M. de T., 



96 DON OriJOTE DE LA MANCHA 

caballero Fonseca', con la batalla que el valiente de Tirante^ 
hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, 
con los amorcís y euiliustes dcí la viuda Reposada ^, y la señora 
Emperatriz enamorada de Hipólito su escudero *. Dígoos ver- 
dad ■"', señor compadre, que por su estilo es éste el mejor libro 
del mundo'' : a<[iü comen los caballeros, y duermen, y mueren 



Tomás era tal, que apenas le alcanzaba 
su rival á la cintura ; mas, sin embargo, 
fué vencido, obligado á desdecirse, 
echado afrenlosanienle del campo vuelto 
de espaldas y conducido cnlre los im- 
properios y silbidos del populacho,! una 
iglesia, donde se le declaró embustero 
y aleve. Finalmente, se metió fraile de 
San Francisco (a). 

i. El traductor francés dice que en 
Tirante no se halla tal nombre. D. Juan 
Bowle, en sus Anotaciones, copia del 
capitulo XIX de la tercera parte de 
Tirante las siguientes palabras : Salió 
la bandera del Emperador, que traía 
un caballero que se llamaba Fonseca. 
Se conoce que Cailús lela más de prisa 
que Bowle (a). 

2. Viniendo a las fiestas de Londres 
el Principe de Gales, que era muy afi- 
cionado á la caza, bahía traído consigo 
algunns alanos. Era labora de la siesta 
cuando uuo de ellos, que ern de tamaño 
extraordinario, rouipió su cadenay em- 
bistió á Tirante, que pasaba casual- 
mente á caballo. Tirante se apeó, desen 
vainó su espada, y á vista de ella 
retrocedió el alano : lo que advertido 
por Tirante, arrojó la espada, porque 
nunca se pudiese decir que peleaba «on 
ventaja. Animado con esto el alano, 
volvió á embestir y derribó una y otra 
vez á su adversario, hiriéndole mala- 
mente, hasta que al cabo de media hora 
de pelea, haciendo un esfuerzo Tirante, 
mató al alano de un bocado en el pes- 
cuezo (6). 

Todas las ediciones del Qcuote habían 
leído el valiente Detriante, hasta que 
D. Juan Bowle lo corrigió en lasuj-a el 
año de IISI, poniendo, como siempre 
debió ponerse, el valiente de Tirante. 

(a) Tirante, portel. cap.XXVII y XXVUT. 
— (b) Tirante, parte I, cap. XXII. 

(a) El señor Cortejen cita las mi-snias pala- 
bras del capítulo cxvii de la edición valen- 
ciana. (M. de T.) 



Pero antes de Bowle había ya advertido 
el error y propuesto la corrección el 
conde de Cailús en el prólogo de su 
traducción. I'ellicer adoptó laenmienda, 
y no sé por qué no hizo lo mismo la 
Academia Española en su erlición del 
año 1819. Las impresiones primitivas 
de donde se tomó el error eran suma- 
mente incorrectas : de lo cual ocurrirá 
hablar l'recuenteuiente en estas notas. 

3. La Emperatriz, mujer de Fadrique, 
Emperador de Constantinopla, y su 
hija la Infanta Carmesina, tenían ciento 
setenta entre dueñas y doncellas. Una 
de estas era Placerdemivida, doncella 
de mucho ingenio y agudos dichos, 
confidenta de Carmesina en sus amores 
con Tirante. También era sabedora de 
ellos la viuila Reposada, nodriza que 
había sido de Carmesina ; pero ciega- 
mente enamorada de Tirante, trata de 
indisponerlo con Carmesina y á Carme- 
sina con él por medio de las más pér- 
fidas y atroces calumnias ; hasta que 
viendo ya próxima á descubrirse su 
maldad, toma un veneno y muere. 

4. Por estas palabras parece que 
Hipólito era escudero de la Emperatriz, 
y no lo era. sino de Tirante: la mención 
de éste queda ya á bastante distancia, 
lo que hace más fácil la equivocacicm. 
Hipólito, después de la muerte de Ti- 
rante y del Emperador, casó con la 
Emperatriz, y de esta suerte llegó á ser 
Emperador de Grecia. 

o. Parece que debiera leerse : digoos 
de vrdad ó en verdad. 

6. Cervantes habló de \n Historia de 
Tirante de un modo que dejó en duda 
cuál era su verdadera opinión acerca 
de su mérito. Mas prescindiendo de 
esto, bien puede decirse que Tirante el 
blanco es el libro mejor de Caballerías 
que se conoce entre todos los demás 
deste género. Apenas se encuentran en 
él sucesos descompasados é imposibles. 
Lejos de querer atribuirlo todoá magos 
y encantadores, como sucede de ordi- 
nario en las crónicas caballerescas. 



I^niMKMA l'AItlK. — CAPÍTULO VI 



í)7 



en sus camas, y hacen lestainenlo aiiles de su muerle, con oLi'as 
cosas lie (|ue loilos los demás libros desle g'cnero carecen. Con 
todo eso, os dii^o (jue merecía el (jue lo compuso, pues no hizo 
lautas necedades de industria, que le echaran á galeras por todos 
los ilías de su vida *. Llevalde á casa y leelde, y verí'Ms que es 



(Icscrihiéniiose un palacio maravilloso 
que se constriiyópaia las bodas del Rey 
QC lu^'lalerra, dice Diofebo, que es quien 
hace la relación : / nonpensi la Signo- 
ria vosti'íi rfir lultr (¡iiesle cose fussevo 
falle per incanlnmenlo ne per arte di 
negromanlia. nía arli/icialuienle, esto 
es. á fuerza de ingenio (a). Los acon- 
tecimientos que se refieren pudieron 
absolutamente suceder sin salir del 
curso de las cosas humanas :se presenta 
■variedad de caracteres, y éstos cons- 

^ntes y sostenidos ; el plan de la his- 
ria está bien dispuesto ; el interés 
crece progresivamente, y el fin patético 
y doloroso, pero natural, de la historia, 
no puede menos de conmover y afectar 
vivamente álos lectores. Tirante muere 
en cama y hace testamento, como aquí 
se dice; pero ;, cuándo? cuando vol- 
viendo vencedor de los enemigos del 
imperio, lleno de triunfos y despojos, y 
declarado ya César (a), se acerca á coger 
el suspirado fruto de sus ansias, á ser 
dueüo de la mano de la bella Carme- 
sina. En el hervor de la esperanza y 
del alborozo, una violenta dolencia le 
sorprendre en el camino ; fallece de 
ella casi á las puertas de Constantinopta, 
y Carmesina, abrazada con el cadáver 
de su esposo, expira de dolor. Tal es 
por mayor el fin de la Historia de Ti- 
rante, y á no ser por la desagradable 
difusión de los discursos y pormenores, 
por las imperfecciones propias del 
tiempo poco culto en que se compuso, 
y por las expresiones y escenas sobra- 
damentelibres quede cuando encuando 
ofrece, todavía (¡uizá pudiera leerse con 
gusto entre otros libros de entreteni- 
inientoüde nuestro siglo. 

1. Pasaje el m<is obscuro del Quijote. 
Por una parte parece que se alaba el 
libro de Tirante, y por otra se declara 

[a] Parte I, cap. XVIII. 

('/) Dpclnrado tjn César... — El insigne Ama- 
dor de los Ríos supone que Martorell quiso 
retratar veladaineiite en este libro las haza- 
ñas del famoso héroe Roger de Flor. 

(M. de T.) 



merecedor de galeras perpetuas ;i quien 
lo compuso. El Conde de Caih'is en el 
pnilogo de su traducción intentó expli- 
carlo, añadiendo al texto un no que 
supone omitido por el injpresor,en esta 
forma: don lorln eso, os digo que no 
merecía el que lo compuso, pues no hizo 
tantas necedades de industria {<¡i),que le 
echasen (i galeras por todas los días de 
su vida. Esto es: os digo que el que lo 
compuso no inerecia que le ec/iasen ó 
galeras por todos los dias de su vida, 
pues dejó de hacer de industria ó de 
propósito deliberado tantas necedades 
como se cometen en todos los libros 
desle género. Añade el traductor para 
acabar la explicación, que tenía idea de 
haber leído (no se acordaba dónde) que 
el autor de la novela de Tirante haloía 
muerto estando en galeras. El expe- 
diente es ingenioso ; pero aun con la 
adición del no y la noticia déla muerte 
del autor en galeras, el pasaje queda 
obscuro, 5' puede indicar sin violencia 
que el autor no merecía tanta pena 
como la de galeras perpetuas, pues 
aunque había hecho tantas necedades, 
no las había hecho con malicia, que eso 
quiere decir de industria en el capi- 
tulo IX, cuando se acrimina á Gide 
Hamete, porque de industria pasa en 
silencio las alabanzas de D. Quijote. En 
este caso los elogios que aquí se dan al 
libro de Tirante pudieran pasar por 
irónicos, como lo son ciertamente los 
(|ue se hacen después del libro de 
Lofraso. De uno y otro habla el Cura 
en términos muy semejantes. En Ti- 
rante liace cuenta que ha hallado un 
tesoro de contento y una minade pasa- 
tiempos, añadiendo que por su estilo es 
el mejor libro del mundo. Del de Lo- 
fraso dice que no se ha compuesto tan 
gracioso ni tan disparatado libro, y que 
por su camino es el mejor de cuantos 
deste género han salido a la luz del 

(s) El señor Menéndez Pelayo cree, por 
el contrario, que la obscuridad del texto nace 
de haber agregado los primeros editores un 
no antes de fii:o. Quitado este no. el sentido 
resulta claro y comprensible. (M. de T.) 



98 



DON Ql IJOTE DE LA MANf:HA 



verdad cuanlo d(''l os he dicho. Así será, respondió el Barbero ; 
pero ¿qué haremos destos pequeños libros que quedan? Estos, 
dijo el Cura, no deben de ser de caballería, sino de poesía : y 
abriendo uno, vio que era La Diana de Jorge de Mon¿emai/or *, 
y dijo (creyendo que todos los demás eran del mismo género) : 
éstos no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen 
ni harán el daño que los de Caballerías han hecho, que son libros 
de entretenimiento'-' sin perjuicio de tercero. ¡ Ay, señor I dijo la 



mundo. Esta semejanza de expresiones 
y aquel con todo que da principio al 
periodo, inclinan á interpretar el texto 
en mala parte, y ;í creer que el juicio 
que Cervantes formó acerca del mérito 
de Tirante el Blanco, fué menos favo- 
rable de lo que supuso el traductor 
francés. 

1. Jorge de Montemayor, llamado 
así del nombre de su patria en Portugal, 
fué mvisico, soldado y poeta. Escribió 
en siete libros la Diana, novela pasto- 
ral mezclada de prosa y verso, en que 
se refieren, aunque disfrazadas, diversas 
hislorias de casos que verdaderamenle 
han sucedido, como se dice en el argu- 
mento de la novela, la cual se impri- 
mió en el año de 154.5. 

S. G. Pavillón la tradujo en francés 
(no fué su traducción la primera que 
se hizo en aquel idioma), y la imprimió 
en París el año de 1603 con algunas 
notas; en ellas dice que en España se 
creía generalmente haber sido la inten- 
ción de Jorge de Montemavor escribir 
los amores del Duque de Alba, á quien 
había servido por largo tiempo, y a 
quien en la novela se daba el nombre 
de Sireno. Pero más natural fué que 
Montemayor describiese sus propios 
amores, revistiéndose del nombre, 
análogo al suyo, de Silvano, amante 
también de Diana; y esta fué la opi- 
nión común en España, de lo que por 
coetáneo es testigo mejor y más fule- 
digno Lope de Vega, que en su Doro- 
tea [a) dice que ¿f/ Diana de Montemayor 
fué una dama natural de Valencia de 
Don Juan, junto d León; y Ezla su rio, 
añade, y ella serán eternos porsupluma. 
El P. Sepúlveda, monje del Escorial, 
autor contemporáneo, en sus Apunta- 
mientos manuscritos ib) cuenta que los 
Reyes D. Felipe 111 y Doña Margarita 
estuvieron el año de 1602 en Valencia 



de Don Juan, donde aun vivía aquella 
dama, aunque anciana, con muchos 
restos de hermosa, y (juelos Reyes fue- 
ron á verla movidos de la celebridad 
que el libro de Jorge Montemayor le 
había granjeado. M;muel í'ariadeSousa, 
autor también de aquel tiempo, dice 
que fué en Valderas, y que los Reyes 
la hicieron venir á su presencia ; esto 
es lo más verosímil. Ni Lope de Vega 
ni el P. Sepúlveda expresaron su nombre. 
Paria de Sonsa la llamó Ana, lo que, 
si fué así, daría ocasión al nombre de 
Diana. El traductor francés se inclinó, 
sin mucho fundamento, á que la dama 
verdadera de Montemayor I ué la Juana 
Ana Catalana que secelebra, entreoirás 
damas valencianas, en el Canto de Or- 
feo [a], llevado quizá de lo que allí se 
dijo en elogio suyo : 

Aquella hermosura no pensada 
Que veis, si verla cabe en vuestro raso... 
Aquella discreción tan levantada, 
Aquella que es mi Musa y mi Parnaso, 
Juana Ana es Catalana, úñ y cabo 
De lo que en todas por extremo alabo. 

No fué Jorge de Montemayor el único 
poeta de su tiempo que celebró con 
este disfraz á su dama. Lope de Vega, 
en el lugar citado, alega los ejemplos 
de Gálvez de Montalvo, de Cervantes, 
de Garcilaso, de Camoens.de Bernaldes, 
de Figueroa, de Corterreal. y hubiera 
podido añadir también el suyo. 

D. Nicolás Antonio dice que Jorge de 
Montemayor murió antes del año 
de 1,562; Pellicer expresa que perdió la 
vida el de 1561 en el Piamonte, y yo 
he leído en un autor contemporáneo 
(cuyo nombre he olvidado) que murió 
en un desafío. 

2. Todas las ediciones antiguas de- 
cían libros de entendimiento. El error 
de la imprenta era claro, y el mismo 
Cervantes llama á esta clase de libros 



(o) Acto II, esc. II. — (6) T. II, cap. XII. 



(a) Lib. IV. 



r>inMi:nA pahik. — CMMTrr.o vi 



í)0 



Solii'in.i, l>i<'ii los |»ii(mI(' vnoslrn iikm'í'cíI miiiid.ir (jiiomar como ¡'i 
los (IciMMs; poiíinc no scrí.i miii(;1io (|ii(í luilticiido síuiíkIo mi señor 
lío ele la ('iilVrim'(la<l caballeicsca, líiyentlo cslos se; l(; anUjjase 
tle hacerse paslor' y amlarscí pm' los bosques y j>ra(Jos caiilando 
y lañciulo, y lo que seiía peor, hacerse poeta, que según dicen es 
enfermedad incurable y pegadiza ^. Verdad dice esla doncella, 
dijo el Cura, y será bien quitarle A nuestro amigo este tropiezo y 
ocasión delante. Y pues comenzamos por la Diana de Monte- 
mayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo 
ncpiello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y 
casi todos los versos mayores ^, y quédesele enhorabuena la 



de entrelenimien/o en la dedicatoria 
del I'érsiles. Peliicer fué el primero que 
propuso enuiendarlo, y sustituir á en- 
lenilimienfo enlrelenimienlo ; pero no 
se íiecidió ;i liaccrlu. La Academia 
Española atloptó la enmienda en su 
edición del año 1819; y ojal.i hubiera 
hecho 1" mismo otras veces, en que la 
evidencia del error y el justo crédito de 
que goza tan distinguido Cuerpo lo au- 
torizaban para restiiuir la verdadera 
lección, y rectificar el texto del Quijote. 

1. Ríos dijo (a) que en este pasaje 
se previno ya la ijraciosa mania de 
hacerse pastor, en que dio D. (Quijote 
después de vencido en Barcelona: pero 
no juzgo yo que se tratase aquí de pre- 
parar para en adelante el proyecto de 
la pastoral Arcadia; más bien creyera 
que el proyecto nació de lo que se 
había dicho aquí ; en suma, que esto 
no se puso por aquello, sino aquello 
por esto. 

2. Esta expresión, y aun todo este 
discurso, no es verosímil ni asienta 
bien en boca de la Sobrina, muchacha 
sencilla é ignorante. Por lo demás, el 
pensamiento es antiguo, y la mofa de 
los poetas se halla repetida frecuente- 
mente en los libros, desde el otro en 
que se pintó al melriUcador furioso á 
manera de bestia feroz que, rompiendo 
la jaula, embiste á los pasajeros y ase- 
sina con la lectura de sus versos á 
doctos é indoctos, ó como sanguijuela 
que no suelta á su oyente hasta que le 
ha chupado toda la paciencia. D. Fran- 
cisco de Quevedo incluyó en su Gran 
Tacaño [h] una pragmática contra los 
poetas, compuesta por uno que lo fué 
y se recogió á buen vivir, donde se ¡es 

la) Análisis, lu'im. 98. — (6) Cap. X. 



declara por locos. Cervantes había pre- 
cedido á Quevedo en la idea de ridicu- 
lizar los vicios de los poetas en tono 
y forma de pragmática, como puede 
verse en las Ordenanzas de Apoto, in- 
sertas al fin del \ kije al Parnaso. 

3. La censura que hace Cervantes 
de la Diirna de Moutemayor es jü^ta, 
pero más severa de lo que corres- 
ponde á la indulgencia ordinariade Cer- 
vantes. Jorge Muntemayor, imitando á 
Jacobo Sanazaro en su Arcadia, escri- 
bió su Diana novela p.istoril en que 
todo debió ser sencillo y natural, como 
lo es, o se supone ser. el carácter ile 
los pastores ; de ella debió proscribirse 
todo lo maravilloso y magnifico. Á 
pesar de esta regla, dictada por la esen- 
cia de su argumento, y que halh'» ob- 
servada por los antiguos buciilicos j 
por el mismo Sanazaro, Montemayor, 
arrastrado al parecer por el gusto ge- 
neral de su tiempo, introdujo entre 
otros incidentes pastoriles }• propios 
de su fábula, no sólo las ficciones y 
deioades de la Mitología griega, sino 
también los palacios y encantos de la 
sabia Felicia, personaje tomado de las 
aventuras mágicas de los libros caba- 
llerescos, que ocupa gran parte de la 
novela. En el libro V de la Diana, 
sacando Felicia dos vasos, dio á beber 
del uno al pastor Sireno, y del otro á 
Silvano y Selvagia; y después que 
durmieron un rato profundamente. Fe- 
licia les tocó la cabeza con cierto libro, 
y despertaron, Sireno libre de los 
amores de Diana, y Silvano y Selvagia 
mutuamente enamorados, siendo antes 
muy distintas sus inclinaciones. He 
aquí el agna encantada de que habla 
Cervantes. 

\o anduvo éste menos risruroso con 



100 



DON OCIJOTK DK LA MANCHA 



prosa Y la honra de ser primero en semejantes libros ^ Este que 
se sig'ue, dijo el Barbero, es La Diana, llamada Segunda del Sal- 
mantino 2 ; y ésle, otro que tiene el mismo nombre, cuyo autor 



los versos que llama mayores de Jorge 
de Montemayor, entre los cuales se ven, 
con efecto, iniiohos de corto mérito; 
mas bien puiliera haberle elogiado por 
los de arte menor d redondillas y co- 
plas castellanas, en que soliresalió. y á 
veces íué Montemayor inimitable. Lin- 
dísimas son las de Sireno, q\ie primero 
favorecido y después olvidado de Diana, 
dirigía los siguientes versos á unos 
cabellos cogidos con un cordón de 
seda verde, memoria de los pasados 
favores de su pastora : 

Cabellos, ¡cuánta mudanza 
he visto después que os vi, 
V cuan mal parece ahí 
esa color de esperanza!... 

i Ay, cabellos, cuántos días 
la mí Diana miraba 
si os traía ó si os dejaba, 
y otras cien mil niñerías! 
¡ Y cuántas veces llorando 
(¡ ay lágrimas engañosas!) 
pedía celos de cosas 
de que yo estaba burlando ! 

l.os OJOS que me mataban, 
decid, dorados cabellos, 
¿qué culpa tuve en creellos, 
pues ellos me aseguraban? 

¿ No vistes vos que algún día 
mil lágrimas derramaba, 
hasta que yo le juraba 
que sus palabras creía?... 

Sobre el arena sentada 
de aquel río la vi yo, 
do con el dedo escribió 
antes muerta que mudada. 
Miren amor lo que ordena, 
que un hombre llegue á creer 
cosas dichas por mujer 
y escritas en el arena (a). 

1. Debe entenderse primero en Es- 
puü/i, porque el inventor moderno del 
género bucólico mezclado de prosa y 
verso fué, como ya se insinuó, .larobo 
Sanazaro, célebre poeta napolitano, 
autor de la Arcadia, primera novela 
pastoral de cta clase. Sanazaro nació 
el año de 14.i8, y murió el de 1.532. Su 
fábula se tradujo en castellano por 
Diego López de Ayala, Canónigo de 
Toledo, quien la imprimi('i en lo47. 
Tanto la trnducción como el original 
pudieron inspirar á Montemayor la idea 

(rt) Lib. I, 



de su Diana. Sanazaro celebró en la 
Arcadia á Carmosina Bonifacia bajo el 
supuesto nombre de Amaranla ó de 
Fili. que hasta en esto dio en qué 
imitar á Montemayor. Cervantes, que 
estuvo en Italia, que levó y amó ;i los 
poetas clásicos de aquella culta región, 
que visitó la patria de Sanazaro, que 
pisó sus rúas más de un año y noiubn') 
las égl(»gas de Sanazaro al fin del Qui- 
jote, no pudo decir sin alguna limita- 
ción que la Diana de Montemayor era 
el primero en semejantes libros. Siguie- 
ron también la escuela de Sanazaro, y 
escribieron fábulas pastoriles mezcla- 
das de prosa y verso, después de Jorge 
Montemayor, sus continuadores Alonso 
Pérez y Gil Polo, el mismo Cervantes 
en su (ialafea, LuisGálvez de Montalvo 
en su Pastor de Filida, Lope de Vega 
en su Arcadia, Bernardo de Valbuena 
en el Siqlo de oro. y otros autores de 
menor crédito en nuestra literatura. 

Tanto los libros caballerescos como 
las novelas pastoriles métricoprosaicas 
nacieron fuera de Espai'ia : Portugal 
fué la primera parte de la península 
donde se naturalizaron. Vasco Lubeira 
y Jorge de Montemayor fueron los fun- 
dadores de estos dos ramos de litera- 
tura que ocuparon por mucho tiempo 
las plumas y las prensas españolas, y 
que ahora yacen poco menos que olvi- 
dados en los estudios de los curiosos 

2. La celebridad de la Diana de 
Jorge de Montemayor produjo el em- 
peño de proseguir su argumento, y el 
año de loBi se imprimieron dos diver- 
sas continuaciones. Una fué la de 
Alonso Pérez, médico de Salamanca, 
en ocho libros, que se imprimió en 
Alcalá dicho año. D. Juan Antonio 
Mayáns. en el prólogo de su edición 
del Pastor de Fitida, dijo que Alonso 
Pérez era amigo de Montemayor y quf 
coinunicó con él la idea de su obr.i : 
pero si fué así, no acertó á copiar siil 
t)ellezas, y sólo copió sus defectos Ks 
palacio encantado de la sabia Felicia 
sigue siendo el teatro de una f.íhula 
pastoril, y Felicia ejerciendo su oficio 
de profetisa. Nótase la misma mezcla 
de costumbres modernas y antiguas, la 
intervención de ninfas y libaciones gen- 



i'iiiMi:n.\ i'Aiiii:. — caimti i.o vi 



101 



(>s Gil Polo*. I'iics l;i (Id Snliiüintiiio, respondi*'» el Cmim, .•icoin- 
|)aM(' y iicrerit'iil»' el iu'imkmo de los coiideiunlo.s al cdrral ; y la de 
(lil l*()l() s(í guarílc coiiK) si fuera del mismo Apolo : y píise ade- 
lante, señor compadre, y démonos priesa, ([uc se va haeicntJo 
larde, lisie libro es, dijo el Barbero abriendo olro, Los diez libros 
de Fortuna de amor, compuestos por Antonio de Lofraso ^, poela 



lilicas en los convites, junto nm l;i 
nicni'ion del Condado de Santisteban. 
l>a descripción del cayado del pastor 
Delicio contiene ni.ís erudición niiloli'i- 
fíica (pie la de las puertas del templo 
(le la Sibila en Virgilio. Kl año de l.'jli 
se repitió en Venecia otra edición de la 
Diana del Salmantino, corregida por 
Alonso L'Uoa (a). 

La otra continuación fué la de Gaspar 
Gil Polo, que, con el titulo de Diana 
i'iiamorada, la imprimió en la ciudad 
de Valencia, su pitria, dedicíindola ;í 
Doña Jerónimade Castro, que acaso es 
la señora de este nombre celebrada por 
.Monlemayor entre las damas aragonesas 
del Canto de Offeo. Después se repi- 
tieron varias ediciones dentro y fuera 
del reino, en .\mberes, París, Bruselas 
y Londres. Don Francisco Cerda la 
publicó de nuevo en Madrid el año de 
n"8 con eruditas notas al Canto del 
Furia, destinado á celebrar los poetas 
valencianos, que Gil Polo insertó en el 
libro tercero, á imitación del Canto de 
Orfeo, que Montemayor puso eu su 
libro cuarto en elogio de las damas 
españolas. 

Gil Polo no está totalmente exento 
de los defectos que se notan en Monte-, 
mayor; pero compile con él en las co- 
plas de arte menor, como cuando canta 
de la desdeñosa Galatea, que, jugue- 
teando á la orilla del mar, 

Junto al agua se ponía, 

Y las ondas'aguardaba, 
y en verlas llegar huía; 
Pero á veces no podía, 

Y el blanco pie se mojaba. 

Y su amante Licio, que se hallaba 
presente, le decia : 

Mnfa hermosa, no te vea 
Jugar con el mar horrendo ; 

(a) La Diii.na ejerció gran influencia en la 
literatura francesa y (lió lugar á una gran 
serie de novelas pastoriles, entre las que me- 
rece especial mención la Asfrea de Honorato 
de Urfe. {M. de T.j 



Y anuípie más phicer te sea, 

Ulive del mar. (ialatea, 

Gomo estas de Licio huyendo (a). 

En los versos mayores excedió Gil 
i'olo á .Montemayor : éste os muy des- 
igual y á las veces cansa; .\lonso Pérez 
siempre fastidia; Gil Polo se lee con 
placer. El juicio que por boca del Cura 
hizo Cervantes, es justo en el fondo : 
sólo pudiera tacharse de algo de aspe- 
reza en el artículo de Montemayor, y 
de exageración amistosa en el de Gil 
Polo. 

d. La falta de la coñaa que sigue á 
e'sle, obscurece y deja pendiente el sen- 
tido en las ediciones anteriores. Y éste 
(decía el Barhero mostrando un libro 
que tenía en la mano) e.v otro libro que 
tiene el mismo nombre y cuyo autor es 
Gil Polo. 

2. Antonio de Lofraso publicó en 
Barcelona el año de lo'S Los diez libros 
de Fortuna de Amor, que dedicó al 
Conde de Quirra : libro mezclado, como 
los anteriores, de verso y prosa, cuyo 
argumento son los honestos y apacibles 
amores del pastor Frexanoy de la her- 
mosa pastora Fortuna, ocultiindose al 
parecer el autor bajo el nombre de 
Frcrano por alusit')n ;í síi apellido 
Lofraso, que en el dialecto sardo signi- 
fica el fresno. 

Concluye la obra con una composi- 
ción intitulada Testamento de amor, 
que consta de 168 versos en 56 tercetos, 
cuyas iniciales dicen : Antony de Lo- 
fraso sari de Lalyuer me feeyt estanl 
en Barselona en lany myl y sinc.osenls 
setanla y dos per dar fy al present 
lybre de Fortuna de Atnor compost per 
servysy de lylustre y my señor Cante 
de Quirra. 

\ pesar de que el libro se califica 
aquí expresamente de disparatado,}' áe 
que los elogios del Cura son evidente- 
mente irónicos, movido de ellos Pedro 
Pineda, maestro de lengua castellana 

(a) Canción de Xcrea, lib. IH. 



102 



l)()N Ol I.KJTIi DK I. A MANCHA 



sardo. í*or las (hvIcmos que rccibi, dijo el Cura, que desde que 
Apolo fur Apolo y las musas musas, y los poetas poetas, tan gra- 
cioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que 
por su camino es el mejor y el más único de cuantos deste género 
han salido á la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer 
cuenta que no lia leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, 
que precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja 
de Florencia. Púsole aparte con grandísimo gusto, y el Barbero 
prosiguió diciendo : éstos que se siguen son El Paalor de Iberia^, 



en In^'Iaterra. lo reimprimió en I.omiies 
el año de 1140, coiiio proiliiccióii apre- 
ciahle por su hnii'lad, elec/ancia ij arju- 
deza, y eiicomiadíi por el águila de la 
leiií/ua española Miguel de Cervantes 
Saavedra. 

Volvii'i Cervantes á burlarse del nove- 
lista sardo en su I iaje al l'arnaso Ui), 
donde cuenta que. al paso entre Escila 
y Carihdis, trat.indose de arrojar de la 
¿'alera al";ún [lasaj-ro, con el que ceba- 
dos aquellos monstruos dejasen pasar 
el bajel, dijo Mercurio : 

Mire si pupde en la galera hallarse 
Alpúii poeta (iesdichado acaso. 
Que á las fieras gargantas pueda darse. 

Buscáronle, y hallaron á I.ofraso, 
Poela militar, sardo, que estaba 
Desmayado á na rincón, niarchiloy laso. 

QuH á sus diez libros de Fortuna andaba 
Añadiendo otros diez... 

Gritó la chusma toda: al mar se arroje, 
Vaya Lofraso ai mar sin resistencia. 
Por Píos, dijo Mercurio, que me enoje. 

;. Cómo?¿Y no sera cargo de conciencia, 

Y grande, eijhar al mar tanta poesía ?. . 

Viva Lofr.'isn en tanto que dé al (lia 
Apolo luz, y en tanto (¡iie los hombres 
Tengan discreta, alegre. fantasía. 

Tocante a ti, I.ofraso, los renombres 

Y epítetos de aijudo y de sincero, 

Y gusto que mi cómitre te nombres. 

Esto dijo Mercurio al caballero. 
El cual en la crujía en pie se ¡niso 
Con un reben()ue despiadado y liero : 

Creo que de sus versos le compuso. 

Después, en el mismo capítulo, di- 
ciendo Lofraso (pie veia á las musas 
solazarse entre unas matas, 

.Si tú tal ves. dijo Mercurio, olí sardo 
Poeta, que me corten las orejas... 

Diiiie, ¿por que algún tanto no te alejas 
De la ignorancia, pobrctón. y adviertes 
Lo que cansan tus riini-: oiitns quejas? 



(rt) Cap. IlL 



Finalmente, en el capitulo VII, se 
cuenta que al empezar el combate se le 
desertaron .i Apolo unos cuantos poetas, 
y sigue Cervantes : 

Tú. sardo militar Lofraso, fuiste 
Uno de aquellos bárbaros coriientes. 
Que del contrario el número creciste. 

Estos pasajes explican suGciente- 
mente la naturaleza ile los elogios que 
se dan al libro de Lofraso en el escru- 
tinio, y lo que hacia que el Cura lo pre- 
firiese á una sotana de raja de Floren- 
cia, que, era tela estimada en aquella 
época A la cuenta, al Cura le sucetiia 
lo mismo que á un gran personaje de 
estos últimos tiempos, el cual, sabiendo 
que le motejaban deque asistía alfjuna 
vez ;i las funciones de cierta compañía 
de malísimos representantes, dijo que 
tanto le divertían las comedias extre- 
madamente malas como las buenas. 
• 1. El Puntar de Iberia^ compuesto 
por Bernardo de la Vega, gentilhombre 
andaluz, y diiigido á 1). Juan Téllez 
Girón, Duque de Osuna y Conde de 
Ureña, Sevilla, 1;)91 : otra novela pas- 
toril en verso y prosa, que consta de 
cuatro libros. Pellicer. siguiendo á 
D. Gregorio .Mayáns <a), da por sentado 
lo que din sólo como conjetura D. Ni- 
colás Antonio, á saber : que Uernardo 
de la Vega fué natural de Madrid, Cami- 
nigo de Tucumán i'a\ y autor de olra=- 
obras mencionadas en la liihlioleco 
Hispana : pero no convienen las patria*, 
y lo contradicen también los indicios 

(«) ViJa de Cenantes, núm. 113. 

(a) De Tucumán. — Acerca de este poeta y 
de sus obras da interesantes notici is Meu'-r."- 
dez Felayo en su Anloloyin d' pOf-fa» hia/in- 
noaniericanos, tomo IV, pág. xcvii v si- 
guientes. (M. de ^.) 



I'KIMKKA l-AIlTi:. — CAI'í'Il I.O VI 



i();{ 



Ninfas de Henares * y Desengaño de celos ^. Pues no liav más 
que hacer, dijo el Cura, sino entrop;arlos al brazo sc^^lar úcl 
Aína, y no se me pregunte el por (pié, (pie sería nunea acabar. 
Este (pie viene es El Pnslor de FüUln'-K No es ese pastor, dijo el 



que pueden sacarse del presente libro, 
mucho más si, como en él se insimia, 
los sucesos son verdarjeros. 

El lenguaje es malo; se truecan los 
tiempos de los verbos, y se encuentran 
solecismos. La invención corresponde 
al lenguaje. El pastor Filardo, que hace 
el primer papel en la novela, es perse- 
guido por sospechas de asesinato ; le 
prende el algucil de la aldea; se libra 
por el favor de dos padrinos que tiene 
en Sevilla; se embarca en Sanlúcar ; 
vuélvenle á prender en Canarias ; 
vuelve ií librarle otro padrino. La pas- 
tora Marfisa, amante de P'ilardo, hace 
tantos ó más versos que su pastor, y 
éste los hace llenos de erudición mito- 
hígica é histórica, y alegando á Pla- 
tón, á Nebrija y al Concilio de Trente. 
Entre otras lindezas escribía Filardo á 
su padrino de Canarias : 

En España pase vida tranquila 
(rozando con quietud mis verdes años, 
No envidiando á Néstor ni á la Sibila. 

Con razón, pues, contó Cervantes á 
Bernardo de la Vega entre los malos 
poetas que asaltaban el Parnaso : 

Llegó el pastor de Iberia, aunque algo tarde, 
Y derribo catorce de los nuestros. 
Haciendo de su ingenio y fuerza alarde. 

Bien hizo el Cura en entregarlo al 
brazo seglar del Ama. 

1. No he visto este libro. Pellicer 
dice que su titulo entero es : Primeva 
parte de las ninfas y pastores de 
Henares. Dividida en seis libros. Com- 
puesta por Bernardo González de 
Bobadilla. estudiante en la insigne 
Universidad de Salaw.anca : Alcalá. 
1557. Añade Pellicer que el autor diré 
de sí en el pn'ilogo que era nntural de 
las Islas Canarias, y recuerda la recon- 
vención que un mal poeta dirigía á 
Cervantes por la presente censura, 
allá en el Parnaso, (iiciéndole desde el 
borde de la nave donde venia : 

Fuiste envidioso, descuidado y tardo, 
Y á las Ninfas de Henares y Pastores 
Como á enemigos les tiraste un dardu. 

2. Desengaño de celos : novela pas- 



toril en prosa y verso, en seis libros, 
por Bartolomé López de nciso, natu- 
ral de Tendilla, quien la dedicó á 
D. Luis Knrlquez, Conde de Melgar. En 
ella se propuso su autor mostrar los 
males y engaños de los celos. La 
escena es en la orilla del Tajo y la 
época debió ser muy antigua, si se 
atiende al uso continuo que sus in- 
terlocutores hacen de lus ficciones y 
personas de la Mitología griega. Los 
pastores hablan á cada paso de Júpi- 
ter, Palas, Venus y demás deidades 
gentílicas : el pastor Laureno cita á 
Homero y Virgilio, y ponderando la 
hermosura de su pastora, teme no 
lleguen á verla Júpiter, Apolo ó Mer- 
curio ; hácese mención de las historias 
de Leandro y Ero, de Piramo y Tisbe, 
de Céfalo y Procris, de Tereo y Progne, 
del juicio de Paris, de la muerte de 
Adonis, y otras muchas de la misma 
clase : las ninfas del Tajo alternan con 
las pasturas, pesar de tantos indicios 
y señales de antigüedad, los usos, los 
trajes, los instrumentos mi'isicos son 
modernos; y porque haya de todo, se 
describe también un palacio fatídico, 
donde entran los pastores conducidos 
por una ninfa, y encuentran las esta- 
tuas de Carlos V, Felipe II, D. Juan de 
Austria, Felipe III, y de las Infantas 
sus hijas y hermanas; y, por último, 
la ninfa introductora anuncia á los 
pastores que vendrá tiempo en que los 
sucesores de aquellos Príncipes domi- 
narán la mayor parte del mundo, y en 
solos ellos se sustentará la religiim 
cristiana. Tal es la pepitoria que con- 
tiene esta fábula, la cual acaba ame- 
nazando con segunda parte. 

3. Otra de las composiciones que 
produjo en España la imitación de la 
Arcadia de Sanazaro. Imprimióse la 
primera vez en Madrid el año de 1582, 
con este título : El Pastor de Filida, 
compuesto por Luis Gálvez de Montalvu. 
gentilhombre cortesano : título á que 
aludió sin duda el Cura cuando dijo : 
no es ese pastor, sino muí/ discreto 
cortesano. Después se repitieron otras 
ediciones. Fué Montalvo de familia 



lOi 



DON oriJOTK I)K I.A .MA\<;ilA 



Cura, sino muy disci'elo corLesaiio ; guárdese como joya preciosa. 
Este í^i-ande que in[ui viene se iulilula, dijo el Barbero, Tesoro de 
varias poesías * . Como ellas no fueran lanías, dijo el Cura, fueran 



aiulaluzu, pero nució, según indicji la 
uiisnia novela, en Guadalajara, y sir- 
vió) (le {gentilhombre en casa de los 
Duques del Inlunlado. La proximidad 
de Guadalajara y Alcací, uatrias de 
Monlalvo y Cervantes, pueiie explicar 
la amistad que ambos se profesaron, 
elogiándose mutuanieute en sus escri- 
tos. II izólo (Cervantes aquí y en su 
Galalen, donde celebró ;i su amigo 
bajo el nombre de Siralho, que él 
mismo había tomado para si en el 
Pastor de Filida. Montalvo sobresalió 
en las composiciones de arte menor, 
en que también se aventajaron, como 
dijimos, Jorge de Montemayor y Gil 
Polo. 

Según indica Lope de Vega en el 
prólogo de su Isidro, Luis Gñívez pasó 
los últimos años de su vida en Italia. 
Don Juan Antonio Maj'áns, en el pr<'i- 
logo á la edición úel Fuslor de Fitida 
que hizo en Valencia el año de 1192, 
conjeturó que su muerte fué anterior 
al año de 1614, puesto que Cervantes 
no hizo mención de él en el Viaje ilel 
Parnaso publicado en dicho año ; pero 
aun puede estrecharse mucho m;is, 
con alguna verosimilitud, este plazo. 
Lope dijo en el lugar citado, que la 
muerte de Luis Gálvez fué siibita, y en 
el Laurel de Apolo, que murió en la 
Puente de ^'^cí7/a. Esta expresión debii'i 
aludir .i algún suceso notable de 
aquellos tiempos, y se ajusta sin difi- 
cultad al que refiere Fray Diego de 
Haedo en la dedicatoria de su Topo- 
grafin de Arr/el. Era (dice, por los 
años de 15D1) Virrey de Sicilia el señor 
D. Diego Euriquez de Guznuín, Conde 
de Alba de Liste, el cual, habiendo 
salido de Palermo á visitar aquel reino, 
ú la vuelta, como venia en galeras, 
hizo la ciudad un puente desde tierra 
que se alargaba á la mar jnns de cien 
pies para que allí abordase la popa de 
la galera donde venia el seTior Virrey g 
desembarcase, y como Palermo es la 
corte del reino, acudió lo más granado 
ti este recibimiento... y con la mucha 
gente que cargó, antes que abordase la 
galera dio el puente á la banda, de 
inanei'U que cayeron en el mar más de 
quinientas personas... donde se anega- 



ron más de treinta hombres. lie aquí 
designada verosímilmente la Puente 
de íSicilia, de la que hacia el año 
de l.J'Jl cayeron al mar y perecieron 
súbitamente treinta personas. Una de 
ellas debió de ser el l'astor de Fitida. 

1. Compuesto por Pedro de Padilla, 
dirigido al Ahnirante D. Luis Enriquez, 
Duque de .Medina y Conde de Módica, 
é impreso en Madrid, año de 1.j7o. 
Dicese que Pedro de Padilla fué natu- 
ral de Linares y caballero del hábito de 
Santiago; que ya de edad madura pro- 
fesó el orden ae religiosos carmel i las 
en el convento de .Madrid, y que vivió 
á lo menos hasta el año de 1599. Pero 
de la expresión de Cervantes el autor 
es amigo mío, puede inferirse que Pa- 
dilla vivía aún en el año de 160.5, 
cuando se publicó la primera parte del 
QuuOTE. El juicio que aquí formó Cer- 
vantes del Tesoro de varias poesías es 
el que casi con las mismas palabras 
expresó después D. Nicolás Antonio, 
el cual lo juzgó digno de elogio, si 
deinas pauca quaedatn humiliter dicta. 
Esto alude á varias composiciones del 
Tesoro, en que se remedan con sobrada 
naturalidad las escenas y el lenguaje 
de gente rústica y tosca, como el 
romance de la eleccit'tn del Alcalde de 
Bamba; las bodas pastoriles, misce- 
lánea de toda clase de versos; las 
estancias sobre el casamiento de 
Martin Salado con Mari-García; la 
ensaladilla en que se describe un ba- 
teo con los amores de un sacristán que 
baila con sotana y bonete, y otras 
composiciones de igual (dase. Cervantes 
insinuó también que las poesías de 
esta colección eran muchas, y por eso 
menos estimadas; porque, en efecto, 
siendo excesivo el número de poesías 
reunidas en un mismo género, aunque 
sean buenas, el lector se cansa y se 
duerme, como sucede con el Tesoro de 
Padilla. Las obras heroicas y levanta- 
das que aquí se citan son el Jardín 
espiritual, las églogas y otras que por 
la mayor parle escribió Pedro de Pa- 
dilla siendo ya religioso, y cuyo catá- 
logo puede verse en la Biblioteca de 
D. Nicolás Antonio. El Marqués de 
Valdeflores, D. José Luis Velázquez, 



iMUMKKA i'.\r<ri:. — caimii i.o vi 10!) 

iiiíis eslimadas : menester es (jue esle libro se escarde y limpie 
de al<;uMas hajo/.as (|ue entre sus grandezas tiene : ííiiárdese, 
porque su autor es ainif^'^o mío, y por respeto de otras más lieroieas 
y levantadas ohras (pui lia (íserito. Esle es, si<(uió el l>ail)ero, 
El CaiK-ioncro de López Maldonado^ . También el autor dése libro, 
i-eplicó el Cura, es grande amigo mío, y sus versos en su boca 
admiran á quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que 
los cania, que encanta : algo largo es en las églogas, pero nunca 
lo bueno fué mucho ; guárdese con los escogidos. ¿ Pero qué libro 
es ese que está junio á él? La Galalea de Miguel de Cervantes^ 
(lijo el Barbero. Muchos años ha que es grande amigo mío ese 
Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos^. 



en sus Oricjenc.s de la poesía castellana^ 
dice que las églogas de Padilla son 
casi tau buenas como las de Garcilaso. 
ü. Marlin Fernández de Navarrete, en 
la Vida de Cervantes, recogió con su 
acostumbrada diligencia los documen- 
tos que prueban la amistad, que según 
se menciona en el texto, hubo entre 
nuestro autor y Padilla. 

1. López no es apellido, como lo es 
ordinariauíente, sino nombre propio, 
según se iníiere del modo de usarlo 
en la licencia del Rey para la impre- 
sión de su Cancionero, y aun en alguna 
otra epístola que le dirigen sus ami- 
gos. Asi sucede también en los nombres 
Gómez y García, que unas veces son 
propios y otras patronímicos. La obra 
se publicó en Madrid año de 1.5%, con 
este titulo : Cancioneio de Lope: Mal- 
donado, dirigido ii Doña Tomasa de 
Borja y Enriquez. Señora de Grajar y 
Valverde. Se divide en dos libros, de 
los cuales el primero contiene las com- 
posiciones ligeras de arte menor, y el 
segundo las de versos endecasílabos, 
canciones, elegías, epístolas y églogas. 
Kstas, que son dos, se tachan de algo 
largas, aunque entre las dos apenas lle- 
gan á la mitad de la segunda de Garci- 
laso. Que .Maldonado fué castellano y 
aun de tierra de Toledo, aparece de las 
redondillas de Miguel de Cervantes que 
anteceden al Cancionero, donde se le 
Uama, fruto de la castellaní tierra, y 
de la epístola al Doctor Campuzano, 
donde Maldonado llamó patino al río 
Tajo(«). Que vivió en la corte lo dice 
él mismo en una epístola á Luis Gál- 

{(i) Cancionero, fol, i,W. 



vez de Monlalvo(a). Hubo de estar en 
Valeni-ia el año de 1591, cuando se 
instaló allí la Academia de los Noc- 
turnos, que fundaron algunas perso- 
nas aficionadas ;i las buenas lelras, 
cuyo catálogo entre los nombres del 
Canónigo Tarraga, D. Guillen de Cas- 
tro, Gaspar Esculano y Andrés Rey de 
Artieda, contiene el de López Maldo- 
nado con el ni'ite académico de Sin- 
cero, aunque indicándose que después 
dejó de asistir á ella. Residió algún 
tiempo á orillas del Guadiana y proba- 
blemente en Badajoz, pues en la citada 
carta al Doctor Campuzauo, después 
de quejarse del calor intenso que en 
aquel país se padecía, dice : 

Del encharcado inmundo Guadiana, 
¿ Qué ninfa invocaré para mi intento, 
Si no es alguna convertida en rana? 

En su Cancionero se ven las pruebas 
de la amistad y comunicacii')nque tuvo 
con muchos "poetas célebres de su 
tiempo, Vicente Espinel, l'edro de 
Padilla, el Licenciado Pedro Sánchez 
de Viana, traductor de Ovidio, los men- 
cionados Campuzano y Gálvez de 
Montah'o, y, finalmente, el autor del 
Quijote. Por las palabras del texto, el 
autor de ese lihro es también ¡jrande 
amigo mío, y sus versos admiran á 
quién los oye, puede creerse que López 
Maldonado vivía aún en el año 160,j. 
Ni de él ni de Pedro de Padilla se hace 
mención en la jornada del Parnaso, 
donde la hiciera sin duda Cervantes 
como de amigos, si vivieran. 

2. Juguete de mal gusto, fundado 
en la relación material délas dos pala- 

(a) Id., fol. 118. 



lü(J DON yriJOlK Dli LA MANCHA 

Su libro tiene algo de buena invención, propone algo, y no 
concluye nada : es menester esperar la segunda parte que i)ro- 
raete ; ({uizá con la eiunicnda' alcanzará del lodo la misericordia 
que ahora se le niega, y entretanto que esto se ve, tenelde recluso 
en vuestra posada, señor compadre. Que me place, respondió el 
Barbero, y aquí vienen tres, todos juntos : La Araucana de 
D. Alonso (le Ercilla 2, La Auslriada de Juan Rufo ^, jurado de 



bras versados y versos. El libro de 
que se trata es la primera parte de la 
Galalea, novela pastoril en verso y 
prosa, (¡riinera prculucción del ingenio 
de Cervantes, inijircsa en el año 
de 1584 y escrita durante el tiempo de 
sus obsequios á Doña Cat;dina Pala- 
cios, con quien cas(3 después, y á 
quien se designa al parecer con el 
nombre de (Jalatea, como á Cervantes 
con el de Elicio. La segunda parte no 
llegó á ver ia luz pública. Su autor 
habla aqui de su obra por boca del 
Cura con una modestia que templa y 
desarma á la crítica. Hizola con mucho 
juicio y discreción Don Martin Fer- 
n.indez de Navarrete en la Vida de 
nuestro autor, y de ella resulta que en 
la Galaica brilla más la lozanía y 
fecundidad de la invencii'm que la 
corrección y prudente sobriedad que 
debe acompañar á las obras de in- 
genio. 

1. El Cura habla de enmienda en la 
segunda parte, y no ha hablado de 
defectos en la primera, porque no lo 
es proponer y no concluir en ella. 
Sesn'in la dedicatoria délos Trabajos de 
Pérsiles. que Cervantes estando para 
morir, después (a) ya de recibida la 
Extremaunción, dirigió al Conde de 
Lemos, parece que tenía concluida ó 
casi concluida entonces la segunda 
parte de la Galaica. 

2. D. Alonso ile Ercilla, paje de 
Felipe II en sus primeros años, y 
después gentilhombre del Emperador 
Maximiliano, ccribió en treinta y siete 
cantos la Araucana^ poema en que se 
refieren los sucesos de la guerra de 
.\rauco en Chile desde el año l-i^i hasta 
el de tñfi2, y que no se imprimió en- 
tero hasta el de 1590. Ercilla asistió á 



{«) DfüTtttés ya de... T.a gramáticn. como 
diría el nii.sinn Clemencin. no es muy armo- 
niosa qup rugamos. Habría que suprimir el 
ya ó ponerlo en otro sitio. (M. de T.) 



aquella guerra como valeroso soldado 
y como diligente escritor. Solía escri- 
bir de noche los sucesos del dia, en 
cuya narración protesta una y otra vez 
que se ajusta á la rigurosa verdad : y 
e^ta sola circunstancia, sin otras con- 
sideraciones, aleja á la Araucana del 
concepto de epopeya, que sin razón se 
le ha atribuido. Fuera de que la calidad 
de testigo presencial de los aconteci- 
mientos excluye la de poeta épico, el 
cual debe vivir muy distante del tiempo 
ó del lugar de la acción para poder 
contarla dignamente con la trompa 
heroica. La invención y el entusiasmo, 
prendas esenciales del poela, serían 
intolerables en un testigo : del testigo 
al poeta va lo que del candor tranquilo 
al entusiasmo y arrebato de la fantasía. 
Por este contraste resulta más la ridi- 
culez del episodio déla cueva del mago 
Fiti'in, que ocupa una parte conside- 
rable de la Araucana, donde lo intro- 
dujo Ercilla, queriendo compensar con 
lo maravilloso de este incidente la 
natural aridez de un poema histórico, 
que no era otra cosa el suyo. 

La Araucana ha sido juzgada unas 
veces con sobrada indulgencia y otras 
con excesiva severidad, dice D. Fran- 
cisco Martínez de la Itosa en su Apén- 
dice sobre la poesía épica española. Allí 
pueden ver los curiosos la critica más 
racional y juiciosa que hasta ahora se 
ha escrito de la .Araucana. Si ésta 
merece elogios, no es como epopeya. 

Ercilla fué amigo de Cervantes, quien 
le introdujo en su lialnfea bajo el 
nombre de Larsileo, como lo hizo tam- 
bién bajo nombres supuestos con otros 
poetas amigos suyos. 

3. Es una crónica en verso de D. Juan 
de Austria, precedida de la relación del 
levantamiento de los moriscos de Gra- 
nada, que se cuenta en los cuatro can- 
tos itrimeros. En el quinto se señala el 
día del nacimiento del señor Don .luán, 
que fué el de San Matías, en que tam- 



i'iii\u;nA i'AitTi:. — cai'Íti.i.o vi 107 

Cóviinlxi^ y El Monserratfí <le Crislóhnl de Viru(^s ', poela valen- 
ciano. 'I'odos estos (i'cs libios, dijo el Cura, son los riiejorois que 
en verso heroico en lenj^ua caslellana (islán escritos^, y pueden 
competir con los más famosos de Italia : guárdense como las más 
ricas prendas de poesía que tiene España. Cansóse el Cura de ver 
más libros, y así á car;,'-a cerrada quiso que todos los demás se 
quemasen; pero ya tenía abierto uno el Barbero, que se llamaba 
Lan Látjrimas de AníjcUca'^. Liorái'alas yo, dijo el Cura en oyendo 



bien n.ició el Emperador, sii padre : se 
da noticia de su criíinza en Lef^anés 
bajo la (iii'occión de un cleri^'o obscuro, 
de su reconociniienlo [)or liijo del Ein- 

fierador, ile su noiubr.umenlo de Caba- 
lero del Toisón y General de las Gale- 
ras, y, finalmente, del carjío de apaci- 
guar el levantamiento de los moriscos 
de Granada. Sígnense refiriendo los 
sucesos de esta guerra, y concluida, 
empieza desde el canto l'.t la liisioria 
de la Li.a, de que fué Gun.ralisimo el 
héroe de ¡m Auslriada, y concluye en 
el canto 24 con la relación de la victoria 
de Lepanto 

.luán !{ufo, al solicitar la licencia 
para la impresión, que obtuvo en 1583, 
y en la dedicatoria á la Fnipt^ratriz, 
hermana ilel Rey D. Felipe II. que tiene 
la fecha del año anterior, dijo que 
había compuesto este poema por orden 
de Don Juan de Austria, y por rela- 
ciones verdnderas que este Príncipe le 
había proporcionado. La ciu iad de 
Córdoba recomendó el autor y la obra 
al Rey el año de li78 ; y las Gortes del 
reino, después de haber hecho exami- 
nar el poema por altrunos de sus pro- 
curadores, apoyaron la recomenilación. 
1. El Monserrate del Capitán Cris- 
tóbal de Virués. publicado por la 
primera vez en Madrid el año de 1587, 
y después otras ve'^es dentro y fuera 
de España, ps un poema en 20 cantos, 
que desiribe la culpa y ppnitencia de 
Garin y la fundaciíjn del Santuario de 
iVIonserrate en el siglo ix. Este poema, 
por su disposición, es de los que en 
nuestra lengua se acercan más á la 
forma épica, y en cuanto á la versifi- 
caci(')n, uno de los mejores de su 
tiemno: pero flaquea en la invencii'm, 
ó por mejor decir, elección de asunto 
y del héroe, que está uiuy lejos de ser 
lo que pide esta clase de composiciones. 
Una persona de baja esfera que em- 



pieza por ser seductor y asesino y 
concluye por venirse á cuatro pies desde 
Roma á .Ñlonserrate, no puede ser el 
protagonista de una epopeya. Cristóbal 
de Virués fué valenciano, y admira el 
número de naturales de aquella ciudad 
y provincia cjue por entonces sobresa- 
lieron en la poesía castellana de todos 
géneros, heroica, lírica y dramática. 
También cultivó esta última Cristóbal 
de Virués en aquellos primeros períodos 
en que el arte luchaba todavía con las 
dificultades propias de su infancia, 
antes de que floreciesen Francisco 
Tarraga, Gaspar Agnilar y otros paisa- 
nos suyo*, que después escribieron 
comedias con reputación. 

2. La i)alabra todos está demás, y 
la repetición de ¡a partícula en alea la 
expresión, que estaría mejor dicién- 
dose : eslos tres libros son los mejores 
de verso heroico que en lengua casle- 
llana esti'ni escritos. 

Cervantes, como se ve, elogiaba fácil- 
mente. Ya lo había hecho antes con los 
tres poetas Ercilla, Rufo y Virués en el 
Carito de Caliope, que insertó en su 
Calatea, y en qiie la Musa celebra los 
poetas españoles de aquella época. Don 
.José Munárriz, en su traducción de 
Blair (a), reprobó el fallo de Cervantes 
en la preferencia que en el presente lu- 
gar da á estiis tres poemas sobre todos 
los castellanos heroicos de su tiempo, 
porque contienen, dice, bellezas supe- 
riores e¿ Bernardo rfe/ Obispo Valbuena, 
y la Jerusalén conquistada de Lope de 
Ver/a. Pero Munárriz no echó de ver 
que cuando se escribióla primera parte 
del Qri.ioTE. aun no se habían publi- 
cado ni la Jerusalén ni el Bernardo. 

3. No es ese su título, sino Primera 
parte de la Anqélica. poema r^ue escri- 
bió en 12 caníos Luis Barahona de So- 

(a) Lección XLII. 



108 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



el nombre, si tal libro bubiera mandado quemar, porque su autor 
fué uno de h)s lamosos poetas del mundo, no sólo de España, y 
fué felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio. 



A (a), natural de Lucena y médico de 
orchiduna, domle murió en Noviembre 
de 159o. i'"ué ainigodeCervantes, quien 
le introdujo en l.i Galatea con el nombre 
de Lausü. Diósele verosímilmente al 
poema el nombre de Las Ldffriinas de 
Angélica, porque empieza así : 

Las lágrimas salidas de. los ojos 

Más beilos (jue en su mal vio amor dolientes, 

Y dij los que siguiendo sus antojos 

Vafíarou por desiertos diferentes. 

Entre las armas, triunfos y despojos 

Gloriosos cantaré de aquellas gentes, 

Que tras su error por sendas mil que abrieron 

Del tin de Europa un tiempo al Asia fueron. 

Dicese al fin del capitulo, que el autor 
de Las Lágrimas de Angélica fué feli- 
císimo en la traducción de algunas ta- 
bulas de Ovidio. Por esta indicación 
creyó D. Gregorio .Maynns (ai que no 
se bablaba de Luis Uaraliona, sino del 
Capitán Francisco de Aldana, soldado 
poeta, que muñó el aiio de Uj"8 en la 
batalla de Alcazarquivir, peleando al 
lado del Rey de Portugal D. S-bastián; 
porque, según su hermano Cosme de 
Aldana, tradujo en verso suelto las 
epístolas de Ovidio, y escribió una 
obra de Angélica y Medoro en octavas. 
Pero el mismo Mayáns destruyó su 
opinión, expresando que las dos obras 
citadas de Francisco de .\l(lana no se 
imprimieron, siendo así que el libro de 
que se trata era uuo de los impresos de 
la biblioteca de D. Quijote. Fuera de 
que á las epístolas de Ovidio no les 
asienta bien el titulo de fábulas, que 
convendría más bien á las metatuorfo- 
sis, y Cerda en las notas al canto del 
Turia en la Diana de Gil Polo dice que 

(a) Vida de Cervantes, núm. 115. 

(a) El delicado poeta é incansable investi- 
gador de las glorias de España, señor Rodrí- 
guez Marín, ha publicado en incoüi|iarable 
edición premiadaporla Academia, las Obras 
de Barahona. (M- de T.) 



vio manuscritas unas fábulas que escri- 
bió Luis de barahona en quintillas, to- 
mando el argumento de Ovidio. 

La lectura del poema de Angélica de 
Luis barahona muestra claramente, 
que ;i pesar de algunas dotes apreciables 
en su versificacitiu, Cervantes anduvo 
aquí, según acostumbraba, pródigo de 
elogios : defecto raro en poetas, y de 
que él mismo se acusó en el Viaje al 
Parnaso. Las composiciones métricas 
castellanas que entre nosotros se han 
querido adscribir al género épico, 
pecan de ordinario por falta ó por sobra 
de invención : ó son meras relaciones 
eu verso, ó partos monstruo^íps de una 
imaginación desenfrenada. A esta úl- 
tima clase pertenece el libro de Luis de 
Barahona, el cual dejó correr Ubre su 
vena sin tiento ni arle, como dijo 
D. Diego de Saavedra en su República 
literaria. 

Lo notable que iiay eu esta parte del 
escrutinio, es que habiéndose hablado 
con tanto elogio de Las Lágrimas de 
AngéAicn de Luis Barahona de Soto, no 
se noríibrase la Hermosura de Angélica, 
poema de Lope de Vega, que ú la sazón 
se hallaba ya publicado. A ello incli- 
naba naturalmente la conexión del 
argumento, asi como la mención de la 
Diana de .Montemayor había dado mar- 
gen para hablar de las del Salmantino 
y Gil Polo. Cervantes quiso reparar 
esta omisión en el capitulo I de la 
segunda parte, donde hablando de 
.\iigélica, dice que un famoso poeta 
andaluz lloró y cantó sus lágrimas y 
otro famoso y único poeta castellano 
cantó su hermosura. El motivo de esta 
diferencia en la conducta de Cervantes 
hubo de ser la acusación de envidia á 
Lope de Vega, que en el intermedio de 
publicarse la primera y la segunda 
parte del Qcjjote le hizo .Monso Fer- 
nández de Avellaneda, y de que difícil- 
mente se puede absolver del todo á 
Cervantes, á pesar de sus esfuerzos 
pira diluirla. 



CAPITULO VII 



DE LA SEGUNDA SAFJDA DE NUESTRO RÚEN CABALLERO 
D. QUMOTE DE LA MANCHA 

Estando en esto, comenzó á dar voces D. Quijote, diciendo : 
Aquí, aquí, valerosos caballeros ; aquí es menester mostrar la 
fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan 
lo mejor del torneo. Por acudir á este ruido y estriiendo, no se 
pasó adelante ' con el escrutinio de los demás libros que quedaban, 
y así se cree que fueron al fuego sin ser vistos ni oídos La Carolea'^ 



i. No va esto enteramente conforme 
con lo que se dijo al fin del capítulo 
anterior, donde se dio otro motivo para 
concluir el escrutinio de los libros de 
nuestro hidalgo : Cansóse el Cura de 
ver más libros, y asi, á carga cerrada, 
quiso que todos los demás se quemasen. 

2. Dos obras anteriores al Quijote se 
conocen con este titulo. Una de Jeró- 
nimo Sempere, poeta valenciano, que 
'rata de las victorias del Evipei-ador Car- 
los r, Rey de España, dedicada á su 
nieto el Principe D. Carlos. Primera y 
segunda parte : Valencia, 1560. Otra 
que trata de la vida y hechos del in- 
victísimo Emperador D. Carlos, com- 
puesta por Juan Ochoa de la Salde, é 
impresa en Lisboa, año de 1585. D.Gre- 
gorio Mayáns ia) se inclina á que 
Cervantes habli'i de esta última, sin 
advertir que Cervantes habla sólo de 
libros de entretenimiento, en verso y 
de pequeño tamaño, circunstancias 
que convienen á la Curolea de Sem- 
pere, y no á la de Ochoa, que es 
libro histórico, prosaico y en folio. 

La Carolea de Sempere es ima rela- 
ción métrica de las cosas de Carlos V, 

(a) Vida de Cervantes, m'im. 115. 



empezando por su rivalidad con el Rey 
Francisco de Francia, hasta que el Gran 
Turco Solimán abandom'i la empresa de 
Hungría; y no contando las cosas segui- 
damente á manera de coronista, sino 
por fragmentos, como él dice. Las dos 
partes del poema comprenden treinta 
cantos, y el último concluye ofreciendo 
seguir con la ornada de Túnez. 

Cervantes, indulgente, según su cos- 
tuüibre, apuntó un juicio favoi'able á 
la Carolea de Sempere. Siguió en esto 
el de Gil Polo en el canto del Turia, 
donde se lee : 

Semper loando el ínclito Imperante 
Carlos gran Rey, tan grave canto mueve. 
Que aunque la fama al cielo le levante, 
Será poco á lo mucho que le debe. 
Veréis que ha de pasar tan adelante 
Con el favor de las hermanas nueve, 
Que hará con famosísimo renombre 
Que Hesiodo en sus tiempos no se nombre. 

La afición de paisano puede servir de 
alguna excusa á las exageraciones de 
Gil Polo; excusa que no alcanza á Cer- 
vantes. La Carolea es libro de corto 
mérito, y D. NicoLís Antonio, que no 
era ciertamente riguroso en sus fallos, 
dijo de él, que se escribió ñeque pura 
ñeque poética dictione. 



lio 



DON QUI.IOTK DE LA MANCHA 



y León de España^, con los hechos del Emperador, compuestos 
por D. Luis de Ávila-, que sin duda debían de estar entre los que 
quedaban, y quiz;'» si el Gura los viera, no pasaran por tan rigu- 
rosa sentencia. Cuando llegaron á D. Quijote, ya él estaba levan- 
tado de la cama, y ¡)roseguía en sus voces y en sus desatinos, 
dando cuchilladas y reveses á todas partes, estando tan despierto 
como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él, y por Tuerza 
le volvieron al lecho; y después que hubo sosegado un poco. 



\. Primera ]j segunda parle de el León 
de España por Pedro de la Vecillu 
Castetlonos. üirir/ida ú la Majestad del 
Rey D. Felipe nue.ifro Señor. Sala- 
manca, irj86. Consta el poema de 29 can- 
tos, en dos partes. No es fácil entender 
por ese titulo su argumento, que se 
reduce ¡i varios sucesos de la ciudad de 
León, desde elimperio de Tr;ij;mo hasta 
la abolición del tributo de las Cien don- 
cellas y victoria del Rey L). Ramiro en 
Clavijo. 

Los procuradores de Cortes, nombra- 
dos por aquella ciudad, á imilación de 
lo que habían hecho los de Córdoba 
con la Aiistriada de .luán Rufo, reco- 
mendaron también a Felipe II el León 
de España de Pedro de la Vecilla, y 
obtuvieron la licencia para su impre- 
sión el año de 1584. 

2. No hay obra alguna de este titulo 
en castellano. Ü. Luis de Avila, que es 
el autor que nombra Cervantes, com- 
puso, no los hechos del Emperador, 
titulo que anunciaría una historia 
computa de aquel Principe, sino los 
comentarios de la guerra que hizo 
contra ios pnilesrantes de Alemania, 
obra seria y en prosa, de que no era 
oportuno hablaren el escrutini(t, donde 
no se trataba sino de libros poéticos de 
entretenimiento. 

El Cario famoso, poema escrito en 
•50 cantos por D. Luis Zapata, é impreso 
en Valencia el año de 1.566, reúne las 
tres circunstancias de tratar de los 
hechos del Emperailor, de ser libro de 
entretenimiento, y de estar en verso. 
Este fué el (jue según todas las apa- 
riencias indicó Cervantes, expresando 
el argumento y no el titulo, y equivo- 
cando con su acostumbrada negligencia 
el apellido del autor.. 

Tanto D. Luis de .\vila como D. Luis 
Zapata asistieron ;í las famosas fiestas 
de Rins, que la Reina de Hungría dio 
al Emperador Carlos V y á su hijo 



D. Felipe el año de 1.549, y tuvieron 
parte en las justas, torneos y repre- 
sentaciones caballerescas que allí se 
ejecutaron, y describió menudamente 
Juan Calvete de Estrella. 

El Cario famoso es un conjunto de 
historia y fábula, todo revuelto, sin 
unidad, plan ni artificio alguno, en que 
se cuentan las cosas del Emperador 
desde el año de 1.522 hasta el de 1558, 
que murió en Yusle. El canto 50 con- 
cluye con la relación de las exequias 
que celebró su hijo el Rey IJ. Felipe en 
Bruselas, cuando recibió la noticia del 
fallecimiento de su padre. Allí, descri- 
hie-ndnse la procesión funeral (y sirva 
de muestra para juzgar del mérito del 
poema) se dice que después de los 
frailes, 

Los Clérigos en número abundantes. 
Mas que en otoño tordos, prosiguieron... 

Y de la Real casa los primeros 
Iban los oficiales, bordadores, 
Sederos, sastres y guarnicioneros, 
Cabal Icrizos y aposentadores : 

Y d'- varias estancias los porteros, 
Aniuitcctos. fabristas y pintores, 
Mé<licos, boticarios, cirujanos, 

Y alguaciles de corte y escribanos. 

Tal es este poema, en que Zapata 
trabajó trece años, y aspiró á imitar, 
según dijo, á Virgifio. Después se la- 
mentaba de que la impresión le había 
costado mucho y producido poco : asi 
lo hizo en su Miscelónen. que existe 
entre los manuscritos de la Biblioteca 
Real, y se citó anteriormente. 

No ha faltado algún erudito que 
creyese que en las palabras Carolea v 
León de España con los hechos del Em- 
perador se designaba una sola obra, y 
que ésta era el Cario famoso: mas la 
expresii'in del texto fueron al furr/n 
sin ser vistos ni oídos, manifiesta qi:<' 
se hablaba de libros diferentes, y no de 
uno solo. 



PRIMERA PARTR. — CAPITIT.O Vil I 1 I 

volvif^ndose á hablar con el Cura, le dijo : Por cierto, señor 
Arzobispo Turpín, <|ue es gr;in mciif^'-ua de los ({ue nos llamamos 
doce Pares dejar laii sin más ni más llevar la viloria desle torneo 
á los caballeros cortesanos ', habiendo nosotros, los aventureros, 
granado el prez en los tres días antecedentes. Calle vuestra merced, 
señor compadre', dijo el Cura, que Dios será servido que la 
suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane mañana ; y 
atienda vuestra merced á su salud por ahora, que me parece que 
debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que está 
níialferido. P'erido no, dijo D. Quijote, pero molido y quebrantado 
no hay duda en ello, porque aquel bastardo de D. Roldan^ me ha 



1. D. Quijote opone aquí á los caba- 
lleros covlesanos los ucenlureros. En el 
torneo de Persépolis, que se describe 
en la historia de D. Belianís (a), y en 
que concurrieron caballeros aventure- 
ros capitaneados por el Duque AllVi- 
r«'>n, y caballeros cortesanos mandados 
por el Principe D. Gal.uiio, llevaron ifc 
mejor parte los aventureros. Al revéb 
sucedió en los torneos de Londres con 
que se solemnizó el casamiento del 
ReyAltiseo con la Reina Liserta, ven- 
cieiido los cortesanos por el esfuerzo 
de Klorineo, que se apellidaba el Caba- 
llero del Salvaje (6). En los torneos de 
Gonstantinopla, celebrados de orden 
del Emperador Palmerin de Oliva con 
motivo de nnas solemnes bodas, se 
refiere que los caballeros extranjeros 
vencieron el primer día, y que el 
segundo fueron vencidos por los cor- 
tesanos c). En la relación del Paso 
honroso de Suero de Uuiñones, los 
mantenedores se llaman asimismo 
defensores^ y los aventureros conquis- 
tadores. — El prez es palabra deri- 
vada de la latina pretiiun , y se en- 
cuentra usada en nuestros poetas 
primitivos, en la Vida de Sanio 
Domingo por Gonzalo de Berceo (d), en 
el Poema de Alejandro (e), y en las 
obras del Arcipreste de Hita (/). Los 
jueces de los torneos eran los que 
adjudicaban el prez á los vencedores, 
y no siempre se reducía al honor y 
lauro de la victoria. Celebrando el Rev 



(o) Lib. I, can. XV, XVI y XVII. — 
{h) Florambei de Lueea, lib. I, cap. XI y XII. 
— (c) Primaleón, cap. XXIV y XXV. — 
id) Copla hb. — (e) Copla 7 v otras, — 
(f) P;i^'. 247 y otras. 



Federico de Ñapóles una justa en obse- 
quio de D. Florindo de la Extraña ven- 
tura, nombró á éste por mantenedor 
con el Conde de Altarroca, y por 
aventureros á Alberto Saxio y otros 
caballeros de alta guisa. Los premios 
eran : al que sacase la mejor letra ó 
mote, un diamante como una cereza; 
al que saliese más gahin á la tela, y no 
fuese casado, una dama con cien mil 
escudos de dote; al que justase mejor, 
la mano de .Madama Tiberia, hija del 
Rey Federico («). 

Ü. Quijote, conformándose con el 
lenguaje de algunos pasajes de los 
libros caballerescos, opone aquí la 
calidad de corlesano á la de aventu- 
rero: pero realmente no es exacto, 
porque los caballeros cortesanos po- 
dían ser mantenedores ó aventureros, 
y los aventureros podían ser forasteros 
ó cortesanos. 

2. Así llama el Cura á D. Quijote ; más 
adelante, en este mismo capítulo, se 
llaman compadres de D. Quijote el 
Cura y el Barbero, y estos dos se dan 
mutuamente el mismo nombre en el 
capítulo anterior. Es visto que en todos 
estos pasajes la voz compadre se toma 
en el sentido amplio de camarada ó 
amigo, que suele dársele en el estilo y 
trato familiar, y señaladamente en 
Andalucía. 

3. La competencia en los amores de 
Angélica hizo enconados enemigos á 
los dos Paladines Roldan y Reinaldos 
de Montalbán, que antes eran amigos, 
y sobre ello se combatieron cruda- 
mente á vista y presencia de la misma 
Angélica, como se refiere en el libro 

(a) Florindo, parte II, cap. XIV. 



112 T)OS oriJOTE DE I.A MANCHA 

molido ií palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, 
porque ve (¡ue yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me 
llamaría yo Reinaldos de Monlalbán si, en levantándome deste 
lecho, no me lo pagare á pesar de todos sus encantamentos : y por 
ahora tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al 
caso, y quédese lo del vengarme á mi cargo. Hiciéronlo así : 
diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos admirados 
de su locura. Aquella noche quemó y abrasó el Ama cuantos libros 
había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que 
merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su 
suerte y la i)oreza del escrutiñador; y así se cumplió el refrán en 
ellos de que pagan á las veces justos por pecadores'. Uno de los 
remedios que el Cura y el Barbero dieron por entonces para el 
mal de su amigo, fué que le murasen y tapiasen el aposento de 
los libros, porque, cuando se levantase, no los hallase (quizá 
quitando la causa cesaría el efecto), y que dijesen que un encan- 
tador se los hal)ía llevado y el aposento y todo, y así fué hecho 
con mucha presteza. De allí á dos días se levantó D. Quijote, y lo 
primero que hizo fué ir á ver sus libros, y como no hallaba el 
aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte 
buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta y tentábala con 
las manos ■^, y volvía y revolvía los ojos por todo sin decir palabra ; 
pero al cabo de una buena pieza preguntó á su Ama que hacia qué 
parte estaba el aposento de sus libros. El Ama. que ya estaba 

primero del Orlando de Boyardo. Ya Entre ellos viene Reinaldos 

habían reñido antes, se^n allí se c] ^'^eüor de Montalbane. 

rpfipre v diinnle h nelf-a deria Reí- *'' •^"''' ^^^^ puesto en bandos 

renere, > uiir. nie la peí a aecia nei ^^^ ^^ sobrino Koldane. 

naldos a Orlando en la desalmada 

traducción de Francisco Garrido de Llámase aquí Reinaldos el opuesto 

Villena : de las valentías de Rold;in : el régi- 
men ordinario pediría que se dijese 

¿ De qué tienes soberbia, bastardazo? opuesto d las valentias. 

,-. Porque mataste á Ahnonte en la fontana l. El orden de palabras sería más 

En brazos del Roy Garlo, puesto al lazo, natural diciéndose : y asise cumplió en 

Y alcanzaste y aun traes á Durindana? ¿^ ¿ . ;„ ¿ • ¿ ¿^g 

;.Conio ganada bien. di. cobardazo^ . , ' ^i „ \t j„,i „„ 

Bi.-n eres hijo propio de putaña. veces mstos por pecadores. Verdad es 

Que perdida la honra tiene el daño que el idioma nada pierde en esta clase 

Menos verpüenza que antes del engaño. de transposiciones cuando no son so- 
bradamente durns ú no ofenden mucho 

De la enemiga y contiendas entre al oído, al uso ó á la claridad. El refrán 

Roldan V Heinaldos se hace mención es antiguo, y está ya en la colección 

en el romance viejo del Conde Dirlos, formada á mediados del siglo xv por 

y en el de la embajada que el Marqués D. Iñigo López de Mendoza, Marqués 

de Mantua envió al Emperador Cario- de Santillana. 

magno sobre la muerte de Baldovinos, 2. Mal podía tentar la puerta si la 

donde, dándose cuenta al Emperador de habían quitado. Tentaría el sitio donde 

que el Morques venía acompañado de estaba anteriormente, y la buscaría con 

PUS parientes y amigos, se dice : las manos. 



PníMEHA PAUTE. — C.APÍTL'I.O Vil i\',] 

bien ndvertida de lo (jiie hnbía de responder, le dijo : ;, Oué npo- 
senlo ó ({ué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposenlo ni 
bbros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo. No 
era diablo, replicó la Sobrina, sino un encantador (jue vino sobre 
una nube una noche después del día que vuestra merced de aquí 
se parlií) ', y ape;'iudose de nna siei'pe en que venía caljallero, 
rntró en el aposento y no sé lo que hizo dentro, que jí cabo de 
poca pieza salió volando por el lejado, y dejó la casa llena de 
luimo-; y cuando acordamos á mirar loque dejaba hecho, no 
vimos libro ni aposento alguno : sólo se nos acuerda muy bien 
ii mí y al Ama, que al tiempo del partirse aquel mal viejo, 
dijo en alias voces que por enemistad secreta que tenía al dueño 
de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella 
casa que después se verla : dijo también que se llamaba el sabio 
Muñatón. Krestón diría, dijo D. Quijote^. No sé, respondió el 
Ama, si se llamaba Frestón ó Fritón, sólo sé que acabó en ton 
su nombre. Así es, dijo IJ. Quijote, que ese es un sabio encan- 
tador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza porque sabe, por 
sus artes y letras, que tengo de venir, andando los tiempos, á 
pelear en singular batalla con un caballero á quien él favorece, y 
le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura 
hacerme todos los sinsabores que puede : y mandóle yo que mal 



1. Entre la primera salida deD. Qui- de haber estado algún tiempo en tierra, 
jote y su vuelta no medió más que una se volvió Urjíanda en el batel á la ser- 
noche, que fué la de de la vela de las piente ; y luerjo el humo fué tan negro, 
armas y batalla con los arrieros en la que por más de cuatro días nunca 
venta ; y así, la Sobrina no debió decir pudieron ver ninguna cosa de lo que 
una noche, como si hubieran pasado en él estaba{a). 

muchas, sino la noche. En la historia de D. Belianís se 

2. Estando Amadís con otros Reyes cuenta que, deshecho el encanto de la 
y Reinas á orilla del mar en la ínsula Infanta Gradafilea, que había durado 
firme, vieron venir un humo por el trece años, vieron salir al león, que no 
agua, el más negro y espantable que lo vierunmdsen la cuadra, y en todo el 
nunca vieran... E dende á poco rato... castillo quedó lanío humo y tan espeso, 
vieron en medio del una serpiente que duró gran pieza; que poco ni 
mucho mayor que la mayor nao ni mucho con él podían ver. La maga 
fusta del mundo... y de ralo en ralo Cirlea, hermana del Gran Soldán de 
echaba portas narices aquel muy negro Babilonia, Reina y Señora de la Ínsula 
humo, que hasta el cielo subía... Pues de Argines, había sido la autora del 
estando asi todos maravillados... vie- encanto (6). 

ron como por el un costado de la ser- 3. Frisfón debió decir, un sabio en- 

piente echaron un batel y una dueña cantador que residía en la temerosa 

en él... Y como cerca fué, conoscieron Selva de la Muerte (c), y hace gran 

ser la dueña. Urganda la desconocida, papel en la historia de D. Belianís, 

que ella tuvo por bien de se les mos- escrita, según allí se supone, por él 

Irar en su propia forma (a). Después mismo. 

(a) Ib., cíip. CXXVI. — (b) Cap. XXVII 

la) Amailis de Gaulu, cap. CXXIII. — y XXIX. — (c) /Jeiíams, lih. I, en',!. XXXY. 



114 



DON OriJOlK DE I.\ M.\"N(;il\ 



podrá él conüadecir ni eviluí- lo que por el cielo eslá ordenado. 
¿Quién duda de eso? dijo la Sobrina. ¿Pero quién le mete á 
vuestra merced, señor tío. en esas pendencias? ¿No será mejor 
estarse pacifico en su casa y no irse por el mundo á buscar pan 
de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven 
tresquilados ' ? ¡Oh, sobrina mía, resjjondió D. Quijote, y cuan 
mal que estás en la cuenta! Primero (jue á mí me tresquilen, 
lendré peladas y quitadas las barbas á cuantos imaginaren tocarme 
en la punta de un solo cabello. No quisieron las dos replicarle 
más, porque vieron que se le encendía la cólera. Es, pues, el caso, 
(jue él estuvo ({uince días en casa muy sosegado sin dar muestras 
de querer segundar sus primeros devaneos ^ ; en los cuales días 
pasó graciosísimos cuentos ^ con sus dos compadres el Cura y 
el Barbero, sobre que él decía que la cosa de que más necesidad 
tenía el mundo era de caballeros andantes, y de que en él se 
resucitase la caballería andantesca. El Gura algunas veces le 
contradecía, y otras concedía, porque, si no guardaba este artificio, 
no había poder averiguarse con él. En este tiempo solicitó Don 
Quijote á un labrador vecino suyo, hondero de bien !si es que este 
título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la 
mollera. En resolución, tanto le dijo, lanto le persuadió y pro- 
metió, que el pobre villano se determinó de salirse con él ^ y 



1. Refrán anliquisimo de que se 
hace mención ya en el poema del Conde 
Fernán González; se aplica á los que 
pensando sacar de algún nejíocio utili- 
daily provecho, en lugar de ello reciben 
daño y perjuicio. Desde el tiempo de 
los visigoflos, cortar el cabello era pena 
impuesta por afrenta á los delincuentes, 
ó señal de profesión mon.istica, que 
inhabilitaba para las dignidades civiles, 
inclusa la del cetro, como se vio en el 
caso del Rey Wamba. Cuando era por 
pena, se cortaba el pelo sin orden ni 
regla, cruzándose las tijeretadas al 
modo que se (rasí'uilan las ovejas, 
que es lo que el cuarto Concilio de 
Toledo llamó íurpiter decalvare; el 
Fuero Juzgo esquilar laidamienlre, y 
Sancho en la parte segunda (a) tras- 
r/iiilar lí cruces. Como en tiempo de 
Cervantes los hombres se cortaban el 
cabello y sólo se dejaban crecer las 
barbas, Vi éstas refirió D. Quijote el 
trasquilar del adagio, según se ve por 
la respuesta que da á su Sobrina : 



Primero que d mi me tresquilen, tendré' 
peladas y quitadas las barbas á cuantos 
imarjinaren tocarme en la punta de un 
solo cabello. 

2. Segundar por repetir es verbo 
poco usado: ordinariamente se dice 
asegundar, pero sólo de los golpes. De 
ambos modos se encuentra en la Histo- 
ria de [>. tSelianis [a). En los Trabajos 
de Pérsiles y Siyismunda empleó Cer- 
vantes el verbo segundar como verbo 
de estado en la acepción de seguir. 

3. Pasó por íuoo : significación 
activa poco común del verbo pasar, 
pero que se encuentra algunas veces en 
el Quijote. Otras se usa como neutro, 
que es su acepción más counm, como 
en el capitulo XLVil, donde se dice : 
t'idos estos coloquios pasaron entre 
amo y criado. — Cuentos es lo mismo 
que disputas, altercados.}- en este sen- 
tido se usa en la expresión tener cuentos 
con alguien, quitarse de cuentos, etc. 

4. Ahora diríamos : se determinó d 
salirse ó determinó salirse con él- En 



.; Cap. XXXII. 



[a, Lib. 111, caii. XIX, XXX y XXXII. 



PRIMEPA PARTE. 



CAFÍTII.O VII 



H5 



servirle do escudero. Decíale entre otras cosas D. Oiiijole que se 
dispusiese á ir con él de huena gana, porque tai vez le podía 
suceder aventura (|ue ii^aiiase en quítame allá esas pajas alj^una 
ínsula, y le dejase A él por g-obernador della. Con estas promesas 
y otras tales, Sancho Panza (que así se llamaba el labrador) dejó 
su mujer é hijos, y asentó por escudero de su vecino. Dio luej^o 
D. Ouijote orden en buscar dineros, y vendiendo una cosa y 
enqK'ñando otra, y malbaratándolas todas, llegó una razonable 
cantidad. Acomodóse asimismo de una rodela ' que pidió á un 
su amigo, y pertrechando su rota celada lo mejor que pudo -, 
avisó á su escudero Sancho del día y la hora (pie pensaba ponerse 
en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le 
era menester : sobre todo le encargó (jue llevase alforjas. Él dijo 
que sí llevaría, y que ansímismo pensaba llevar un asno que tenía 
muy bueno, ponjue él no estaba duecho '^ á andar mucho á pie. 
En lo del asno reparó un poco D. Quijote, imaginando si se le 
acordaba si algún caballero andante había traído escudero caba- 
llero asnalmente ; pero nunca le vino alguno á la memoria ; mas 
con todo eso, determinó que le llevase, con presupuesto de aco- 
modarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello, 
quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase'. 



tiempo de Cervantes era olra cosa; en 
el ra/onamiento que puso Mariana en 
boca de D. Pelayo, animando á los 
asturianos para que tomasen las armas 
contra los moros, se lee : Por lo que o 
mi toca, estoy determinado con vuestra 
ayuda de acometer esta empresa (a). 
Otro arcaísmo ofrece el verbo llegar en 
el sentido en que se usa poco ui.ís abajo, 
donde se dice que D. Qmiote, vendiendo 
una cosa y empeñando otra, y malba- 
ratándolas todas, llegó una. conside- 
rable cantidad : en el dia dijéramos 
allegó. 

1. D. Quijote, en su primera salida, 
llevaba adarga; para la segunda se 
acomodó de una rodela. No se dice el 
motivo de la mudanza, que debió ser 
el mal estado de la adarga, de cuya 
antigüedad se hizo ya men<'ión en el 
principio de la f.íbula. Se diferenciaban 
la adarga y la rodela en que la primera 
era de cuero, la segunda de hierro ó de 
madera guarnecida de hierro; la pri- 
mera tenía por dentro dos asas, la 
segunda una; la primera era arma 



propia de jinete, la segunda de infante. 
Esta última circunstancia contribuía 
á hacer más ridicula la armadura de 
D. Quijote, que ya sin esto lo era 
bastante. 

2. Sin embargo, no hubo de quedar 
muy buena, como se vio después en el 
combate con el vizcaíno. 

3. Ahora decimos ducho, voz del 
lenguaje familiar, que quiere decir 
enseTuiílo, diestro, del latino doctus. 

4. Habiendo vencido y derribado 
Florambel de Lucea á íín caballero 
descortés que le había escarnecido, 
porque su escudero Lelicio iba ;i pie 
cargado con un laúd, el vencido le pidió 
merced de la vida. Florambel se la 
otorgó, y le dijo : Señor caballero, otro 
día tened mejor conoscimiento para con 
los caballeros andantes, que van ci buscar 
sus aventuras de muchas guisas : 7nas 
porque ya sobre esta razón no tengáis 
más con quien haber contienda, habéis 
de prestar paciencia, porque vuestro 
caballo quiero para mi escudero. Y 
mandó á Lelicio que lo tomase {a). 



in) Lib. VII, cap. I. 



(a) Florambel de Lucea, lib. IV, cap. I. 



MO 



DON QUIJOTT-: DI-: I>A MANCHA 



Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme 
ni consejo que el ventero le había dado. Todo lo cual, hecho y 
cumplido'', sin despedirse Panza de sus hijos y mujei-, ni Don 
Quijote de su Ama y Sobrina, una noche se salieron del lugar 
sin que persona los viese ^, en la cual caminaron lanto, que ai 
amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque 
los buscasen. Iba Sancho Panza sobre su jumento como un pa- 
triarca^, con sus alforjas y su bola, y con mucho deseo de verse 
ya gobernador de la ínsula ' que su amo le había prometido. 



1. Otra (le las diUííenciasqiie practicó 
D. Quijote antes de su seguuda salida, y 
aquinu se expresa, fué liacer teslamento 
cerrado, donde, como adelante se dice 
en los capítulos XX y XIA'I, dejó seña- 
lado el salario de Sancho. Aquí no le 
ocurrió al fabulista. Bien pudiera des- 
pués haberlo suplido ; pero Cervantes 
escribía de una vez, y no volvía atrás 
á releer lo que llevaba escrito. 

2. Si ahora se repitiese esta evpre- 
siim, no faltarla quien la tachase de 
galicismo. Pero no fué aquí sólo donde 
la usó Cervantes : hállase también en 
sus novelas, en las que limó y acicaló 
el lenguaje más que en el Qümote. 
En la de la Ilwitre Frer/ona .se lee 
Levantáronse los dos (Carnazo y Aven- 
dañoj y cuando ahrieron no hallaron 
persona. Y en la Fuerza de la sanare : 
Quedóse sola Leocadia, quilóse la venda, 
reconoció el luf/ar donde la dejaron, 
miró d todas partes, no vio á persona. 
En la misma significación de nadie 
usaron la p;i labra per.^ona otros escri- 
tores de aquel tiempo. Á persona no 
prer/vnté, contaba üuzmán de Alfa- 
rai'lie (a), que no me socorriese con 
una puTiada ó bofetón. Quevedo en el 
capítulo IX del Gran Tacaño : Con esto 
caminé más de una legua, que no topé 
persona. Antes de éstos, Juan de Timo- 
neda en su Patrañuelo {h) había dicho ; 
Pereció en una terrible tormenta, sin 
quedar persona d vida. Y porque no 
falte la autoridad Je libros caballe- 
rescos, la cnmica de .Vmadísde Grecia, 
en la relación de una batalla entre la 
escuadra de Amadis de Gaula y la de 
Zair, Soldán de Babilonia, dice : que 
yendo este último de vencida, su her- 
mana Abra huj'ó en una fusta pequeña 



(a) Partp 1, lib. III, 
trafia v. lol. :U. 



cai> 



(6) Pa- 



muy velera, no pensando que escaparía 
persona de todos los que quedaban en 
la. batalla [a). Y la Historia de Amadis 
de Gaula cuenta que .Vmadís y Grasan- 
dor, llegados que fueron al pie de la 
Peña de la Doncella encant.ulora, halla- 
ron allí un barco en la ribera sin per- 
sona que lo f/uardase [b). Los que 
observan y estudian los orígenes, for- 
mación y progresos de los dialectos 
nacidos de un idioma común, como 
son las lenguas castellana y francesa, 
no aplican con ligereza la nota fie 
extranjeras á algunas palabras que pu- 
dieron ser comunes á ambas en los 
principios, aun cuando el discurso del 
tiempo y los caprichos del uso hayan 
introducido posteriormente algunas 
diferencias (a). 

3. Con efecto, el jumento fué cabal- 
gadura usada de los antiguos patriar- 
cas, según ya se dijo. Cervantes quizá 
tuvo presente esta usanza, sin perjuicio 
de dar también á entender que Sancho 
iba sobre su jumento con mucha como- 
didad, que es lo que ordinariamente 
sitrnifica la e.xpresión familiar de ir 
como un patriarca. 

4. Empieza ya desfle aquí á pintarse 
el cará'-ter de Sancho con una pincelada 
digna de Cervantes; la pintura se con- 
tinúa con el recuerdo que Sancho hace 
después á su amo : mire vuestra merced, 
que no se le olvide lo que de la ínsula 
me tiene prometido, y con el gracio- 
sísimo diálogo que sigue hasta el fin 
del capitulo. 

la\ Parte II, cap. XXXIV. — {),) Capítulo 
LXXIII 

(a) En los escritores franci^ses antiguos se 
encuenlr.iii. por idr-ntica ;azün, palabras que 
parecen imitadas ó tomadas del espaüoi. como 
soiiler (soler) cnldcre (caldera) y otras niu- 
ehas, que prueban úaicamente la unidad ¿e 
origen de ambas lenguas. (M. ile T.} 



I'HIMI HA I'AUIK. — CM'ÍTl.í.O VII 



117 



Acfrlo I). Oiiijole ;i lüiiiar la misma flcrrola y camino que el que 
c\ lialiia Idiiiailo ' en .su primer viajo, (|iie Tiié p(jr el caiiqxj (Je 
Moiiliel, \)ov el cual caminaba con menos [x'sadumbic <\\io \i\ vez 
pasada, porque por ser la hora de la mañana y licrirl(!S á 
soslayo los rayos del sol, no les l'atif^aban ^. Dijo en esto Sancho 
lianza á su amo Mire vuestra merced, señor caballero andante, 
que no se le olvide lo que de la ínsula me liene prometido, que yo 
la sabré gobernar por grande que sea, Á lo cual le respondió 
I). Quijote : Has de saber, amigo Sancho Panza, que fué cos- 
tumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer 
gobernadores á sus escuderos ' de las ín -ulas ó reinos que gana- 
ban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida 
usanza; ante^ pienso aventajarme en ella, porque ellos algunas 
veces, y quizá las más, esperaban á que sus escuderos fuesen 
viejos, y ya después de hartos de servir y de llevar malos días y 
peores noches, les daban algún título de Conde, ó por lo menos 
de Marqués'' de algún valle ó provincia de poco más ó menos; 



1. ¡ Cuánto más desembarazado hu- 
biera quedado el ienjjuaje, suprimién- 
dose los tres monosílabos, y diciéndose: 
lit misma derrota y camino que había 
lomado en su primer viaje ! 

2. No tuvo razón Cervantes para 
decirlo. Iguales motivos de calor y 
fatiga habla en la salida segunda que 
en la primera ; la hora era la misma, 
porque era muy de mañana; los rayos 
del sol herían del mismo modo, porque 
la derrota y dirección acertó á ser igual, 
y la estación er.T casi ln misma, porque 
sólo mediaron pocos días. 

3. Desde luego ocurre el ejemplo de 
Ani.'idís de Gaiíla, el cual, hecho dueño 
de la ínsula Firme, dio su señorío á 
Gandalín, su escudero, en pago y pre- 
mio de sus buenos servicios [ar, y 
después, siendo ya Rey, le dio títuin 
de Conde h). Otro ejemplo es el del 
C.iballero de la Ardiente Espada, que 
habiendo restituido al reino de la ínsula 
Taprobana á la Princesa Lucida, des- 
pués de vencer y matar al usurpador, 
hizo Duque en la ínsula á su escudero 
Ineril íc). El misuio Caballero de la 
Ardiente Espada hizo merced á Ordán, 
otro escudero suyo, de un castillo y 



(a) Amadis, lil). II, cap. XLV. — {h) Scríjna 
'If Esplnnd., cap, GXL. — (c) Amadis de 
Grecia, parte II, cap. LXXXIV. 



ciertas villas de su jurisdicción en la 
isla de Argantadel, con nombre de 
Duque (a). 

4. Según esta expresión, D. Quijote 
era de opinión contraria á iSalazar de 
Mendoza y á los Reyes de Castilla, que 
en sus diplomas y provisiones nombran 
primero á los .Marqueses y después á 
los Comles. inervantes, al parecer, quiso 
añadir este rasgo de extravagancia 
á nuestro pobre caballero. Como quiera, 
la preferencia que la opinión común 
y las fórmulas cancellerescas (a) 
dan á la dignidad de Marqués sobre la 
de Conde, no se apoya en fundamento 
leiial. y aun tiene contra ~i la razón de 
antigüedad, que favorece más á la 
última. El título de Conde es originario 
del iHtín; viene desde los tieuipos del 
imperio, y se menciona ya en los Códi- 
gos de Justiniano y Teodosio y en los 
monumentos de la Jurisprudencia 
gótico-española. Margues es voz de la 
Edad Media, comunicada de los idiomas 
y países septentrionales. La dignidad 
hereditaria de Conde, en la forma que 

(a) Ib., cap. CXXI. 



{<■/.) Canceller esca. — Se usaron en lo antiguo 
canceller, cancellería y cancellern ; pero no 
cnncelleresco. La Academia sólo tiene cnnci- 
lleresco. (M. de T.) 



118 



DON OrilOTE DE LA MANCHA 



pero si tú vivos y yo vivo, bien podría s(M" (|ii(' antes fio seis días 
ganase yo tal reino, (jue tuviese oti-os á él adlicrcntes que viniesen 
de molde jiara coronarte por rey ' de uno dellos. Y no lo tenj^as 
ü mucho, que cosas y casos acontecen- á los tales caballeros por 
modos tan nimca vistos ni pensados, que con facilidad te podría 
(lar aún más de lo que te prometo. Desa manera, respondió Sancho 
Panza, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra 
merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez mi oislo •* vendría á 



ha estado después en Castilla, empezó 
en D. Alvaro Núñez Osorio, ;í quien el 
año de i;{28 hizo Conde de Trastauíara 
el Hey D. Alonso XI. con las ceremonias 
que se refieren en la crí'inica de este 
Príncipe. El primer nombramiento de 
Mar(|ués fué el de Vülena, que el lley 
D. Enrique el Viejo, ñ de las Mercedes, 
hizo en D. Alonso de Aragón el año de 
1366 («). Antes era desconocido el titulo 
de Marqués en Castilla, según dice 
D. Alonso de Cartagena en el Doctrinal 
de Caballeros (6). 

1. La doncella Finistea, que en traje 
varonil sirvió algún tiempo de escu- 
dero á Amadís de Grecia, recibió en 
recompensa el reino de Tebas íc). Estas 
mercedes solían extenderse también á 
otras personas. Tiíante hizo Rey de 
Fez y Bugia á uno de sus caballeros, á 
quien casó con la doncella Placerde- 
mivida, confidenta de sus amores con 
Carmesina (d). El Caballero de Cupido, 
habiendo ganado con sus hazañas el 
reino de Epiro. lo dio al Principe Ar- 
ganteo, que lo había defendido á él y á 
la Reina de Ircaniade una calumnia e). 
Lisuarte de Grecia dii'i el reino de Creta 
;í la Infanta Gradaíilea (/). Lepolemo 
ganó para el Soldán de Egipto los 
reinos de Diirón y Medinn : dii) .i su 
amigo Trasileón el de Creta, y la isla de 
Estadía, con título de Reina, ;i una hija 
de Trasileón, casándola con Trasilo, 
hijo del gigante Morbón, á quien Le- 
polemo había vencido y herido mor- 
tal mente (.7). 

2. Agudeza fundada en que cosas es 

(a) Crónica del rey D. Pedro, año XVII, 
cap. VII. — (6) Lib. i. tít. V. 

(c) FlorUcl, parte III, cap. LXXVIII. — 
(d) Tirante, parte IV. — (e'' Caballero de la 
Cruz. lib. II. cap. LXIT. — (f) Amadis de 
Grecia, parte II, cap. CWll. — (g) Cabath^ro 
de la Cruz, caí). LX.XXVII, CIII, CVIII 
V CXIIl. 



anagrama de casos. El libro tercero de 
los Trabajos de Fe'rsiles _»/ Sigistininda 
empieza con las mismas palabras : Cosas 
y casos suceden en ei mundo, etc. 
Semejantemente á esto contestaba en 
cierta ocasirm una dama á un galán que 
trataba de alucinarla : aunque tonta, 
no tanto. 

3. Oislo, voz baja y apicarada, para 
significar una mujer á quien se quiere 
ií estilo de la hampa, y, por lo mismo, 
forma mayor contraste con la alta cali- 
dad de Reina de que se trata. A lo propio 
contribuye el nombre vulgarísimo de 
Juana Gutiérrez, tan propio de gente de 
poca importancia. 

.\si como se dice oislo de las mujeres, 
se dice también cuyo de los hombres ; 
de lo que igualmente da ejemplo Cer- 
vantes en la novela de la Ilustre 
fregona, donde se cuenta que ¡a 
Arguello (criada de un mesón en 
Toledo) que vio atraillado d su nuevo 
cuyo, acudió lueijo ó la cárcel á lle- 
varle de comer. En el entremés del 
Rufián viudo, impreso entre otros de 
nuestro autor, decía la Mostrenca : 

Poco valgo : 
Pero en fin. como y bebo, y á mi cui/o 
Le traigo más vestido que un palmito. 

Y en la misma escena la Pizpita, pre- 
tendiendo que la elija por mujer el 
viudo Trampagos, alega así de su de- 
recho : 

Pcqupüa soy, Trampagos, pero grande 
Tengo la voluntad para servirte 
No tengo cuyo, y tengo ochenta cobas. 

Cuyo es cortejo, y cobas son reales 
en jeringonza. 

Don I..UÍS de Gi'mgora dijo de Píramo 
en SU fábula : 

Este, pupí. ora el vecino, 
el amante y aun p1 cuyo 



phimkra PAitTi:. 



r.AP:Ti'i.o VII 



11!» 



ser reina y mis hijos inraiitcs. ¿Piu's qui(''n lo duda? r(!spondi() 
D. (Juijolc. Yo lo dudo, re|)l¡có Sancho Panza, porque len<j;o paia 
mí, (lue auiupio lloviese Dios reinos sobre la tierra, nin<^uno asen- 
taría I)i(Mi sobre la cabeza de Mari (iutiérrez *. Sepa, señor, que 
no vale dos maravedís [lara reina ; condesa le caerá mejor, y aun 
Dios y ayuda. Encomiéndalo tú á Dios, Sancho, respondió Don 
Quijote, que él le dará lo que más le convenga ; pero no apoíjucs 
tu ánimo tanto, que te vengas á contentar con menos que con 
ser adelantado ^. No haré, señor mío, respondió Sancho, y más 
teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar 
todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar. 



do la tüitola doncella, 
gemidora á lo viudo. 

1. Poco antes se la llama Juana 
Gutierre/ : y en el capitulo último de 
la primera parte, Juana Panza, gue asi, 
dice, se llamaba la mitjer de Sa>ic/to, 
aunque no eran parientes, sino porque 
se usa en la Mancha tomar las mujeres 
el apellido de sus maridos. En la se- 
gunda parte se le da el nombre de 
Teresa Panza, añadiéndose que el ape- 
llido se tomaba del marido, pero que 
su padre se llamaba Cascajo. Como si 
fueran pocas estas inconsecuencias, 
av'in añadió Cervantes otra, reconvi- 
niendo en el capítulo LIX de la segunda 
parte al licenciado Avellaneda, porque 
más consiguiente y acorde en esto que 
Cervantes, llamó á la mujer de Sancho 
Mari Gutiérrez, según se la habia nom- 
brado en el presente pasaje del texto. 

Elnornbrede Mari Gutiérrez (a;, por la 
mutilación de la voz María, es aun más 
vulgar é ignoble que el de Juana 

(o.) No h;in faltado críticos que dcmues- 
tfini que Cervantes no mereció en este caso 
la censura de Clemencín, el cual entendió 
mal el texto. Mari Gutiérrez se encuentra em- 
¡ileado como un calificativo vulgar y no como 
un mote. De esto se ven constanles ejemplos. 
(M. de T.; 



Gutiérrez. También se llamó Mari San- 
cha á la hija de Sancho en el coloquio 
de sus padres, que se refiere al capi- 
tulo V de la segunda parte : y así se 
encuentra usado el mismo nombre en 
los refranes y e.xpresiones proverbiales 
propias del estilo familiar, como el 
¡/alo de Mari Hamos, la hedía de Mari 
Moco, el escrúpulo de Mari Gargajo y 
otras locuciones semejantes. 

2. Adelantado, según la ley de Par- 
tida (((), tanto quiere decir como hombre 
metido adelantado en alguna fecho 
señalado por mandado del Rey... El 
oficio deste es muy grande : ca es 
puesto sobre lodos los merinos, tan bien 
sobre los de las cámaras é de las alfoces 
como sobre los otros de las villas. Su 
autoridad era la superior de la provin- 
cia, y participaba ele gubernativa y de 
judicial : para el despacho de lo forense 
le acompañaban algunos letrados. A él 
se apelaba de los merinos ó jueces de 
partido, y de él al Rey; en la frontera 
mandaba también las fuerzas mili- 
tares. En el día no ha quedado de esta 
dignidad sino el titulo, que conservan 
entre los suyos algimas casas de 
Grandes, á quienes lo concedieron an- 
tiguamente los Reyes. 

(«) Partida II, tit. IX, ley 22. 



CAPITULO VIII 



DEL BUEN SUCESO QUE EL VALEltOSO D. (¿UIJOTE TUVO EN LA ESPAN- 
TAHLK Y JAMÁS IMAGLNADA AVENTURA DE LOS MOLINOS DE VIENTO, 
CON OTROS SUCESOS DIGNOS DE FELICE RECORDACIÓN. 



En esto descubrieron treinta ó cuarenta molinos de viento ' que 
hay en aquel campo; y así como D. Quijote los vio dijo á su escu- 
dero : La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que 



1. La falla de ríos en la Mancha, 
una de las provincias de España más 
escasas de agua, produjo la necesidad 
de usar de los molinos de viento, que 
son tan frecuentes en ella; pero su 
introducción debió preceder poco 
tiempo á la edad de Cervantes. Ante- 
riormente la mayor parte de los pueblos 
no tenían sino molinos hibernizos en 
los arroyos que corren por sus términos 
durante la estcici(in de las lluvias, y se 
secan en el estío. En las relaciones 
topográlicas que se formaron por los 
años de 1370 á 1375 de orden de 
Felipe 11, y de que existe parte entre 
los manuscritos del Escorial, se encuen- 
tran noticias circunslanciadas de la 
escasez de agua que padecían los man- 
chegos. El Zúncara, uno de los arroyos 
ó riachuelos más considerables de la 
provincia, no corrió desde el año lbü5 
hasta el de 1.543 (a). Esta penuria les 
obligaba á acudir á los molinos de los 
ríos perennes que solían estar á dis- 
tancias considerables. Los mejor libra- 
dos eran los pueblos cercanos al Gua- 
diana, aunque distasen tres ó cuatro 
leguas : á él iban desde seis y ocho los 
habitantes de la Solana y de Manza- 
nares. Del Provencio iban siete leguas 
al Júcar; del Quintanar nueve leguas al 
Tajo; del Toboso, donde no" había 

1 I ¡{el. (Ifi Caiit'iu ilti l'ri¡it'in<i. 



ningún molino hibernizo, iban á los 
ríos Tajo, Guadiana y Júcar, que esta- 
ban toaos á distancia de diez leguas ; y 
de la iMota del Cuervo, donde actual- 
mente se ven reunidos en una loma 
inmediata muchos molinos de viento, 
ibaná Guadiana, que está nueve leguas, 
ó á Júcar, que está once. 

Esto prueba concluyentcmente que 
entonces no se habían introducido to- 
davía los molinos de viento. No en- 
cuentro mención de ellos más que en 
la relación del Pedcrnoso, y aun allí 
no bastaban para sui'lir de harina á la 
población; puesto que también iban á 
moler al río Júcar, que está á distan- 
cia de nueve leguas. Posteriormente se 
multiplicaron, prestando á la fecunda 
fantasía de nuestro autor el pensa- 
miento oportuno y feliz de convertirlos 
en gigantes. No ha faltado quien con- 
jeture que la fila de molinos de laAlota 
del Cuervo fueron los treintai) cuarenta 
que quiso designar Cervantes en la 
presente aventura. (,>pónese á ello la 
distancia que media desde la Mota á la 
.■Vrgamasilla, de donde habla salido 
D. Quijote el mismo día, y á Puerto 
Lapice, á cuya vista llegó á la mitad 
del siguiente: pero esto era corto 
reparo para Cervantes. El itinerario 
grabado por la Academia Española 
soñala este sitio entre Argamasilla y 
Villarta, y no desdice el de Pellicer. 



IMíIMKUA PAHIK. — CAPÍTLI.O \lll 121 

íicort.'iniino.s á desear; [)or([ue ves allí, aini^o Sancho l'anZa, 
donde se descubren treinta ó pocos más desaforados gifi^anles con 
<|ii¡cu pienso hacer batalla y quitarles á todos las vidas, con cuyos 
despojos eouuMi/aremos á enriquecer : que esta es buena guerra, 
y es gran servicio de Dios (piilar tan mala siuücnte d(í sobre la 
l'aí de la tierra. ¿O^i^' gigantes? dijo Sancho Panza. Aquellos que 
allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen 
tener algunos de casi dos leguas ^ Mire vuestra merced, respondió 
Sancho, que aquellos que allí se parecen, no son gigantes, sino 
nu)linos de viento, y lo (pie en ellos parecen brazos son las aspas, 
([ue volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien 
parece, respondió D. Quijote, que no estás cursado en esto de las 
aventuras : ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y 
ponte en oración en el espacio que yo voy á entrar con ellos en 
fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas á su 
caballo Rocinante, sin atender á las voces que su escudero Sancho 
le daba, adviiliéndole que sin duda alguna eran molinos de viento 
y no gigantes aquellos que iba á cometer. Pero él iba tan puesto 
en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, 
ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran ; antes 
iba diciendo en voces altas : Non luyades, cobardes y viles 
criaturas, que un solo caballero es el que os acomete-. Levantóse 
en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron á 
moverse, lo cual, visto por D. Quijote, dijo : Pues aunque mováis 
más brazos que los del gigante Briareo^, me lo habéis de pagar. 
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón á su 
señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien 



1. Ponderación desaforada que hace doce pares, de quien lanías hazañas he 
reír. El lector, al llegar aqui, no podrá oido I ¿cómo no osáis parecer delanle 
menos de recordar lo que se dijo en otra de un solo caballero'/ De igual expre- 
nota acerca del Alcázar de la Fortuna, sión se valió L>. Quijote en la batalla 
descrito en Olivante, cuya altura era de las ovejas, cuando, dirigiendo la voz 
de casi dos leguas. La exageración de al soberbio Alifanlarón, decía (6) : Un 
L). Quijote perdería toda su gracia y caballero solo soy, que desea de solo á 
sería una insulsez en boca de otro cual- solo probar tus fuerzas. 

quiera : en la de un loco tiene verosi- 3. El gigante líriareo, que según la 

militud y oportunidad. Tal es el arte de fábula, tenia cien brazos y cincuenta 

Cervantes en saberse aprovechar de vientres, fué uno de los Titanes que 

su asunto, de los caracteres de sus per- combatieron contra los Dioses, y fué 

sonajes, y de los disparates misuios sepultado con sus compañeros debajo 

de los libros que intentaba ridicu- del Monte Etna, cuyas explosiones se 

lizar. creían ser los gemidos de los gigantes 

2. Fierabrás de Alejandría, desa- que allí yacían, 
fiando en Mormionda á los caballeros 

de Carloniagno. decía, según cuenta su [n) Carlomfujno, caj). XI. — .'6) Parte I, 

liistoria (a) ; ;0k los que vos llanuíis cap. XIX. 



122 DON QriJOTK DE LA MANCHA 

cubierto do su rodóla, con la lanza en el rislro, arromcliíí á lodo 
el g'alope de Rocinante, y embistió con el primero molino que 
estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el 
viento con tanta furia \ que hizo la lanza pedazos^, llevándose 
tras sí al caballo y al caballero, que fué rodando muy maltrecho 
por el camjío. Acudió Sancho Panza á socorrerle á todo el correr 
de su asno, y cuantío llegó, halló que no se podía menear; tal fué 
el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho. 
¿No le dije yo á vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que 
no eran sino molinos de viento, y no lo podía ij^'^norar sino quien 
llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió 
D. Quijote, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas 
á continua mudanza : cuanto más (jue yo pienso, y es asi verdad, 
que aquel sabio Frestón', que me robó el aposento y los libros, 
ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su 
vencimiento; tal es la enemistad que me tiene : más al cabo han 
de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada. 
Dios lo haga como puede, respondió Sancho Panza, y ayudándole 
á levantar, tornó á subir sobre Rocinante, que medio despaldado 
estaba. Y hablando en la pasada aventura', siguieron el camino 



\. Ristre, pieza de liierro á la dere- 
cha del peto, que se ve en las arma- 
duras antiguas y donde se lijaba el 
cabo de la manija de la lanza para 
aseiiurarla 

Ndtese, que no llevando sujeto ex- 
preso el gerundio dando, debiera serlo 
en buena sintaxis el del verbo volvió ; 
pero quien dio fué D. Quijote, y quien 
volvió fué el viento. En igual incorrec- 
ción se incurre pocos renglones ade- 
lante, donde se dice : ayudándole ú 
levantar, lomó ó subir sobre rocinante. 
Quien anudó fué Sancho, quien tornó 
á subir faé 1). Quijote. La claridad 
pedia que en el primer pasaje se dijese : 
dándole D. Quijote una lanzada en el 
aspa, la volvió el viento ; y en el se- 
gundo, ayudándole Suncho á levan- 
tar, tornó á subir D. Quijote sobre 
Rocinante. 

2. En otro gigante hizo también pe- 
dazos su lanza la Princesa Dorobella, 
que caminaba en traje de caballero 
andante acompañada del enano Es- 
bueso, como se cuenta en el poema 
caballeresco de Celidón de Iberia (a). 

(a. Cantil 2:>. 



Son inaumeraliles los ejemplos de los 
libros de caballerías en que se rompen 
las lanzas y vuelan hechas astillas ; y 
aun de aquí provendría el mismo 
nombre de astillas que se aplica en 
general á los frasmentos de la madera 
rota, porque astilla es asta «J lanza pe- 
queña. Así sucedía y debía suceder 
especialmente en las justas, en que el 
trance consistía en el choque encon- 
trado de dos caballeros armados de 
lanzas. En el Paso del Orbigo. cele- 
brado el año 1434, su mantenedor, 
Suero de Quiñones, caballero leonés, 
se propuso pagar el rescate de la pri- 
sión en que le tenía su dama, concer- 
tado en nombre del apóstol Santiago, 
según alli se dice, en 300 lanzas con 
fierros de Milán rompidas por el asta, 
tres con cada uno de los aventureros 
que concurriesen al Paso. 

3. Vuelve aquí á repetirse Frestón 
por Frislón, y es en boca de D. Qui- 
jote. Si no fué distracción de Cer- 
vantes, debió ser errata de im- 
prenta. 

4. Modo anticuado de hablar, lo 
mismo que sobre la pasada aventura, 
ó de la pasada aventura. 



PRIMERA PAPTK 



CAPITUI O VIII 



123 



del PiumIo L;'i|)ic('', porque allí decía Ü. (Juijole que no era 
jiosible (Irj;!!- (le hallarse muchas y diversas aventuras, por ser 
luííar muy |)asa¡('ro; sino que iba muy pesaroso [)or haberle faltado 
la lan/.a, y diciéndosclo ;í su escudero, le dijo : Yo me acuerdo 
haboi- leído (|Uo un caballero español, llamado Diego Pérez de 
Vareas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de 
una encina un pesado ramo ó tronco, y con él hizo tales cosas 
aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobre 
nombre Machuca, y así él como sus descendientes se llamaron 
desde aquel día en adelante Vargas y Machuca'- . Hete dicho esto, 
porque de la primcia encina ó roble ([ue se me depare, pienso 
desgajar otro tronco^ tal y tan bueno como aquél, que me imagino 
y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien 



1. En la relación que de orden del 
Rej- D. Felipe 11 dieron el año de 1376 
los' vecinos de la villa de Herencia, en 
la Mancha, dijeron que á dos leguas 
del pueLdo se lia«-¡a un puerto llamado 
Puerto Lapice, dunde había una venta 
por la que ¡lasaba el camino real 
desde Villarta á Toledo. Añaden que 
el camino iba entre dos colinas; que 
la cordillera es peñascosa, y que hay 
cerros fragosos de cantos, de donde se 
llevaban para los edificios. Este fué 
aparentemente el motivo del nombre 
de Poilus LapidiDii ó Puerto Lapice. 
En el día se llama Ventas de Puerto 
L.ipice el pueblecillo que allí se ha 
formado, y por el cual pasa el camino 
real que va de Madrid á Andalucía, 
atravesando la Mancha. En lo antiguo, 
según la relación mencionada, aquellas 
comarcas estuvieron pobladas de bos- 
ques, y, por consiguiente, hubo sufi- 
ciente motivo para que D. Quijote las 
calificase de país propio para teatro de 
caballerías, en que se podían meter 
las manos hasta los codos en esto que 
llaman aventuras. 

2. Refiere menudamente el suceso, 
Diego Rodríguez de .Almela, Canónigo 
de Murcia, escritor del siglo xv, en su 
Valerio de las Idstorius escolásticas y 
de España (a), donde habla de los 
caballeros que se señalaron en la ba- 
talla de Jerez contra los moros, i'ei- 
nando D. Fernando III el Santo : Pero 
entre todos fué esmerado Diego Pérez 
de Vargas. Como acaesciese que perdiese 



(a) I.ib. II, tít. II, cap. XIII. 



todas las armas de ferir, conviene ú 
saber, la lanza y espada y maza, 
cuando rió que no había á qué se tor- 
nar, fuese ú una olivera y quebró un 
ramo que tenía bajo un cepillo á ma- 
nera de porra, y con tal arma se metió 
en la mayor priesa de la batalla, y 
comenzó de ferir de la una parte y de 
la otra, de guisa que á cualquier que 
daba una palancada no había más me- 
nester ,■ é fizo con aquel cepo tal fazaña, 
que setia muclio de la facer con todas 
las armas que traer pudiese ; y el 
Conde D. Alvar Pérez, cuando asi lo 
vido, con gran placer que dello hovo, y 
de las porradas que el caballero daba 
tanto d su voluntad, que cada vez que 
le oía dar el golpe decía : Asi, Diego, 
machuca así. Y este nombre hovieron 
después todos los de su linaje ; y en 
esto paresció que era hombre de gran 
corazón y digno de memoria. Diego 
Pérez de Vargas era toledano, como 
dice la Crónica general (a], y de este 
suceso se hizo un romance antiguo 
que se lee en las colecciones de esta 
clase de poesías. 

Hubo otro Garci Pérez de Vargas, 
que se distinguió en la conquista de 
Sevilla por el Santo Rey D. Fernando. 
De él se hablará al capítulo XLIX de 
esta primera parte. 

3. Desgajar un tronco es imposible, 
porque ¿de dónde se le desgaja? L'n 
tronco puede arrancarse, pero no des- 
gajarse : esto sólo conviene al ramo. 
Pocos renglones antes se ha dicho con 

(o) Parte IV. 



124 DON QIIJOTK DE LA JJANCIiA 

afortunado de haber merecido venir ú verlas, y á ser testigo de 
cosas que apenas podrán ser creídas. Á la mano de Dios, dijo 
Sancho, yo lo creo lodo así como vuestra merrcd lo dice; pero 
enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de 
ser del moliniienlo de la caída. Asi es verdad, respondió Don 
Quijote; y si no me (juejo del dolor, es porque no es dado á los 
(caballeros andantes quejarse de herida alguna ', aunque se le 
salgan las tripas por ella. Si eso es así, no tengo yo que replicar, 
respondió Sancho; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra 
merced se quejara cuando alguna cosa le dolieía. De mi sé decir, 
que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no 
se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes 
eso del no quejarse. No se dejó de reir D. Quijote de la simpli- 
cidad de su escudero, y asi le declaró que podía muy bien quejarse 
como y cuando quisiese, sin gana ó con ella que hasta entonces 
no había leído cosa en contrario en la orden de Caballei-ía. Díjole 
Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo 
que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se 



itriial inexactitud : desgajó (Diego Pérez 
de Vai'jL'as) de una encina un pesado 
ramo 6 Ironco (a). No era lo mismo 
tronco que rumo. 

1. Asi estaba prescrito á los caba- 
lleros de la Orden de la Banda por sus 
estatuios. Insertó éstos Ü. Alonso de 
Cartagena en su Doctrinal de Cuballe- 
/•'Av, adunde se lee (a) : Otrosí lodo caba- 
llero fie la ¡tanda nunca debe decir 
¡ a\' ! E lo máx qxie podiere, excuse de 
quejarse poi férula que ¡taya. 

El Rey Ü. Alonso el XI, estando en 
Hurgos el año de 1.130, instiluyi) la 
Orden d'* la Hunda. El traje que diú ;'i 
los caballeros, y que vistió él mismo, 
era blanco con banda negra. El los 

(a) Lib. III, lít. Vde la Devisa de la Hunda. 

(a.) Hamo ó tronco. — ¿ Quien le dijo á Clc- 
méncín que en la época de Cervantes no se 
usó tronco taiíibién como sinóiiiiiio de lania 
gruesa? En nuestra lenj^ua existen las |)a- 
laliras tranca y trancazo que iraeii su origen 
del truncus latino. Además no hay que Olvi- 
dar que Cervantes no estudió su lengua en 
el Epilnni'- de la Academia, ni en ninjíún otro 
texto análo;,'(j; pues la primera giamática en 
lengua vulgar la publicó Nebrija en i .'.<2. 
El conipntarista demuestra, con su meticu- 
losa intransigencia, que somos topos para 
nuestras faltas y linces para las ajenas. 

^M. de T.) 



primeros paños, dice su crónica '«), 
que fueron fechos ¡lara esto, eran blan- 
cos é la banda prieta... El era la 
banda tan ancha como la mano, el era 
jiuesta en las pellotas el en las otras 
vestiduras desde el hombro ezquierdo 
fuista la falda. 

A la Orden de la Banda babía prece- 
dido la de Santa María de España, 
fundada por el Hey I). Alonso X el 
babio, que el año de I2"¡9 le hizo mer- 
ced del castillo y villa de Medinasi- 
donia, mudando este nombre en el de 
Estrella, para que alli se estableciese 
el convento mayor de la f»rden. Des- 
pués, en el año de 1403, el Infante de 
Castilla Don Fernando iiisliluyó en 
Medina del Campo la Orden Militar de 
la Jarra, que hubo de durar tan poco 
tlem[)0 como la de la Escarna, fundada 
pi'Sttriormente por su sobrino el Rey 
D. Juan el II. Sólo subsistieron eñ 
Castilla las antiguas Órdenes Militares 
de Calalrava, Santiago y Alcántara, 
que baldan nacido en él siglo xu, 
siendo de notar la facilidad con que 
desaparecieron Ordenes instituidas por 
tan poderosos Principes, y la estabili- 
dad de las otras, que debieron su ori- 
gen á fundadores obscuros y humildes. 

(a) Cap. C. 



tntiMKHA i'Ait'.i;. — c.M'Ítii.o viii 



i2.n 



le aniojasc. Con osla licencia so acomodó Suncho lo nicjor ([iic 
pudo sobn» sn jnnicnlo, y ¡cacando de las alforjas lo que en ellas 
había puesto, iba caminando y comiendo delrás íle su amo muy 
despacio, y de cuando en cuando em|)iuaba la bola con tanto 
gusto, cpu' le pudiera envidiar ol más refjfulado bodegonero de 
Málaga'. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando 
tragos, no se le acordaba de ninguna promesa '^ que su amo le 
hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho 
descanso, andar buscándolas aventvu'as. j)or peligrosas (pie fuesen. 
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del 
uno dellos desgajó D. Quijote un ramo seco que casi le podía 
servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le 
había quebrado. Toda aquella noche no durmió D. Quijote pen- 
sando en su señora Dulcinea, por acomodarse ú lo que había leído 
en sus libros cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas 
noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memo- 
rias de sus señoras ^. No la pasó así Sancho Panza, que, como 



1. ¿ Por qué de Múlagn más que de 
otra parte? No lo entiendo, y tanto 
menos, cuanto, no habiendo lieclio 
mención Cervantes de los vinos de 
Málaga entre los célebres de Espafia 
que nombra en algunos parajes de sus 
obras, dio á entender, ó que entonces 
no tenían la nombradla que ahora 
tienen, ó que no er;in tan de su gusto 
como los otros. 

2. La corrección del lenguaje exi- 
giría que se suprimiese el le ó el de, y 
se dijese 7io se acordaba de ninguna 
promesa, ó no se le acordaba ninguna 
promesa. 

3. Nuestro hidalgo imitaba los 
ejemplos que había hallado frecuente- 
mente en los anales caballerescos. Ha- 
biendo salido Amadis de Gaula á caza 
de montería, se perdió en la espesura 
de un bosque con su escudero Gauda- 
lin. Sobrevino la noche, y ya sin espe- 
ranza de encontrar albergue, quitaron 
las sillas y frenos á sus caballos, de- 
jándolos pacer de la hierba que por 
allí había. El caballero de la Verde 
Espada, mandando ó Gandalin que los 
guardase, se fué junto a unos grandes 
árboles qne cerca de allí eran, porque 
estando solo, mejor pudiese pensar en 
su hacienda y de su señora (a). Palme- 

(a) Aiiiadis de Guuln, cap. LXXV. 



rhi de Oliva, según se dice en un lugar 
de su historia, había dormido muy 
poco aquella noche pensando en l'oli- 
narda \a). El primer día que Lisuarte 
de Grecia vio á la Princesa Onoloria, 
quedó vencido de sus amores. En toda 
aquella noche no dormió con pensa- 
miento de la Princesa., y sospirando 
decía : ¡Oh, captivo doncel! ¿qué será 
de ti?... Estas razones y otras muchas 
estuvo diciendo hasta que fué dia 
claro ib). El Príncipe Agesilao, disfra- 
zado de doncella con el nombre de 
Daraida, jjasó la noche pensando en su 
señora Diana (c). 

Si los caballeros solí-in pasar las 
noches pensando en sus damas, tam- 
bién las damas solían hacer lo mismo 
pensando en sus caballeros. El de la 
Espera (Perlón de Gnula) os digo que 
en toda la noche no durmió pensando 
en su señora, y ella (Gricileria) asi- 
mesrno pensando en él (rf). Galercia, 
Reina de Gocia, caminando de noche 
por una floresta, se sentó en una peña 
apoyada en su escudo ; y ansí se estaba 
holg/rndo más de pensar en la hermo- 
sura de Plumedoro, que de tomar algiin 
sueño, aunque menester le hacia (e). 

(a) Cap. XXXI. — (6) Lisunrtp de Grpcin, 
cap. VI. — (c)/fío>-í.9e^, parte III, cap. LXXXl. 
— (d) Lisuarte de Crecía, cap. LVIII. — (e) Po- 
Ucisite de Boenia, cap. LXXXVI. 



126 DON griJOTE de l.\ mancha 

tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se 
la llevó toda, y no fueran parlo para desperlale, si su amo no le 
llamara, los rayos del sol que le daban <'n el rostro, ni el canto de 
las aves que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo 
día saludaban'. Al levantarse dio un tiento á la bota, y hallóla 
algo más flaca que la noche antes, y afligióse le el corazón por 
parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta- 
No quiso desayunarse 1). Ouijote, porque, como está dicho, dio 
en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron ú su comenzado 
camino del Puerto Lapice, y á obra de las tres del día le descu- 
brieron. Aquí, dijo en viéndole D. Quijote, podemos, hermano 
Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman 
aventuras; mas advierte que, aunque me veas en los mayores 
peligros del mundo, no has de poner mano á tu espada para defen- 
derme, si ya no vieres (¡ue los que me ofenden es canalla y gente 
baja, que en tal caso bien puedes ayudarme ; pero si fueren caba- 
lleros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes 
de caballería- que me ayudes, hasta que seas armado Caballero. 
Por cierto, señor, respondió Sancho, que vuestra merced será 
muy bien obedecido en esto, y más que yo de mío me soy pacífico 
y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias : bien es verdad 
cjue en lo que tocare á defender mi persona, no tendré mucha 
cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que 
cada uno se detienda de quien quisiere agraviarle. No digo yo 
menos, respondió D. Quijote; pero en eslo de ayudarme contra 
caballeros, has de tener á raya tus naturales ímpetus. Digo que 
asi lo haré, respondió Sancho, y que guardaré ese preceto tan 
bien como el día del domingo. Estando en estas razones, aso- 
maron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caba- 
lleros sobre dos dromedarios ^, que no eran más pequeñas dos 

1. El uso del adjetivo muc/ias, después dice Sancho, opuesta á las 
como está aquí, es atrevido en prosa, divinas y Immanas las cuales permiten 
pero oportuno ; y aun convendría que que cada uno se defienda de quien 
se generalizase rn.is, porque realmente quisiere ayraviarle. 

da vigor y hermosura al lenguaje. Parece por las palabras del texto, 

2. Segiín Fr. .luán Benito Guardiola. que Sancho llevaba espada : circuns- 
raonje de Sahagun, en su Tratado de tanciri que no está de acuerdo con otros 
los títulos de España, impreso el pasajes posteriores de la iábula como 
año 1591. en tiempo nnlif/uo se tenia se advertirá en su lugar. 

por costumbre inviolahle que los escu- 3. Alude Cervantes á ios pasajes de 
deros, tiasta que recibían orden de los libros caballerescos en que se intro- 
caballeria, jamás por cosa del mundo ducen personajes cabalgando en esta y 
no pusieran mano contra algún cuba- otras especies de animales. Prandalón 
llero, aunque por ello supieran mo- 
rir {a\ Dura ley era ésta, y como poco (o) Fol. 71. 



IMU.Mi:i(A l'AHIK. — CAl'írUI.O \lll 127 

iiiiilas en ((iic vciiian. 'rriiiaii sus ;uilojos de camino ' y sus quila- 
soles. Dcln'is (Icllos venía un coche con cuatro ó cinco do á caballo 
(jue le acoin|)añal)an, y dos mozos de muías ii pié. Venía en el 
coche, ((iino después se supo, una señora vizcaína que iba á 
Sevilla, donde estalla su marido, que pasaba ií las Indias •* con un 



Ciclopes (lliiiniido así porque sólo tenía 
un OJO en la frente) era lan desemejado 
y espantable, <¡ue en sólo miralle ponía 
(p-ande espanto. Montaba en una bestia 
niuij (¡rande ú manera de dromedario, 
ponjue según su grandeza, no pudiera 
haber caballo que lo sufriera. Asi peleó 
con Aiiiadis de Grecia, de quien fué 
vencido y uuierlo («). La \i\;\>¿;i Alman- 
droga en su viaje á líoecia cabalgaba 
en un camello, y llevaba atado á las 
ancas al lleyMinandro, á quien acaban 
de prender sus gigantes (ó). La Reina 
del Cáucaso Zahara, yendo á Trapi- 
sonda á combatirse con Lisuarte de 
Grecia, entro en la ciudad con una gran 
comitiva, toda de umjeres. Venían de- 
lante veinte y cuatro negras tocando 
e.xtraños y dulces instrumentos, mon- 
tadas en bestias ;i manera de dromeda- 
rios negros como si fueran de azabache. 
Después venían (juinienlas mujeres en 
tres cuadrillas de diferentes colores, 
cada cuadrilla del suyo: y todas ellas, 
y la misma Keina, montadas en uni- 
cornios. La batalla se verificó peleaüdo 
en su unicornio Zallara, y fué vencida 
por Lisuarte (c). 

L;i desbaratada imaginación de aque- 
llos novelistas llegó á tener por cabal- 
gaduras sobrado vulgares los dromeda- 
rios y los camellos, que al cabo sirven 
de esto en algunas partes del mundo; 
y les agregó los unicornios, hipógrifos, 
sierpes y otras bestias más ó menos 
disparatadas. En el combate del Prin- 
cipe D. Policisne con el gigante Mor- 
dadlo de las desemejadas orejas, el 
Príncipe montaba un unicornio y el 
gigante un oso [d]. Agesilao y Arlanges, 
cuando llegaron á Constantmopla bajo 
el nombre y disfraz de las doncellas 
Daraida y Garaya, fueron desde el 
puerto á palacio en sendos uni-ornios 
con sillas, gualdrapas y guarniciones 



(a) Amadia ríe Grecia, cap. XXIV. — (b) Poli- 
cinnp de Boecia. cap. XLIIL— (c) Amadis de 
Grecia, parte II. cap. LH y LIV. — (d) Poli- 
Cisne de Boecio, can. XLIli. 



correspondientes á sus trajes (a). Y la 
Reina Sidonia, durante el cerco de su 
capital, Guiínjaya, cabalgaba en un 
unicornio ricamente enjaezado {b). 

Los unicornios eran no sólo cabalga- 
duras de rúa y de pelea, sino también 
de tiro. Para la entrada de la Princesa 
Diana en Gonslantinopla se había dis- 
puesto un carro triunfal tirado por doce 
vmicornios; mas Diana prefirió entrar 
;í caballo en un hermoso unicornio, 
por ir en compañía de otras Princesas 
que la seguían (c). 

1. Debieron ser caretas con cris- 
tales ía) para precaverse del polvo. Esta 
especie de máscara, lo negro, largo y 
anchuroso del ropaje, el tamaño de las 
muías y la casualidad de venir detrás el 
coche, todas estas circunstancias reuni- 
das excitaron en el cerebro de D. Quijote 
la idea de que los frailes eran encanta- 
dores que llevaban robada alguna Prin- 
cesa, como las que él había leído en sus 
libros. 

2. En los tiempos que siguieron al 
descubrimiento de América, Sevilla 
era el emporio del comercio de Ultra- 
mar, donde se hacían los acopios y 
cargamentos y se disponían los viajes 
para aquellas regiones. Bien informado 
de ello estaba Cervantes, que residió 
en Sevilla algunos años y estuvo em- 
pleado en el ramo de provisiones para 
las armadas y flotas de Indias. Tuvo 
también el proyecto de pasar á ellas, y 
solicitó, aunque sin fruto, que se le 
confiriese uno de los cargos que había 
vacantes en las provincias de Costa- 
firme y de Guatemala. ¿Quién sabe si 
Cervantes, que apuntó en el Quijote 
tantos sucesos suyos efectivos, al hablar 



{n) Florinel de Niquea, parte III. cap. CXI 
v CXn. - (b\ Ib., cap. GXXIX. — (c) Ib., 
cap. CLXVIII. 



(a) Caretas con cristales. — Como se ve, los 
modernos aiúomovilistas no han inventado 
e^la eii<ccie dü máscura. (M. de T.) 



l2S DON OriJOTK DE I,A MANCHA 

muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban e! 
mismo camino; mas apenas los divisó I). Quijote, cuando dijo ú 
su escudero : Ó yo me engaño, ó esta ha de ser la más famosa 
aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que 
allí parecen deben de ser y son sin duda, algunos encantadores 
que llevan hurtada alguna Princesa en aquel coche, y es menester 
deshacer esle tuerto A todo mi poderío. Peor será esto que los 
molinos de viento^ dijo Sancho : Mire, señor, que aquellos son 
frailes de San Benito, y el coche debo ser de alguna gente pasa- 
jera ; mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo 
que le engañe. Ya te he dicho, Sancho, respondió D. Quijote, que 
sabes poco de achaque de aventuras : lo que yo digo es ver- 
dad, y ahora lo verás. Y diciendo esto se adelantó, y se puso 
en la mitad del camino, por donde los frailes venían, y en 
llegando tan cerca que á él le pareció que le podían oir lo que 
dijese, en alta voz dijo : Gente endiablada y descomunal ; dejad 
luego al punto las altas Princesas que en ese coche lleváis forza- 
das * ; si no. aparejaos á recibir presta muerte por justo castigo de 
vuestras malas obras. Detuvieron los frailes las riendas -, y 
quedaron admirados, así de la figura de D. Quijote como de sus 
razones, á las cuales respondieron : Señor caballero, nosotros no 
somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San 
Benito que vamos nuestro camino y no sabemos si en este coche 
vienen ó no ningunas forzadas Princesas. Para conmigo no hay 
palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla ', dijo 
D. Quijote ; y sin esperar más respuesta, picó á Rocinante, y la 



aquí de una seTiora vizcaína cuyo ma- ([ue robadas lleváis, si no lodos mori- 

rido pasaba n las indias con un mu;/ réis á mis manos (a'. 

honroso cargo, quiso aludir á algún 2. Tener las riendas es como se dice 

rival dichoso en quien concnrriese esta para expresar la acción de tirar de 

circunstancia? ellas : la cabalgadura es la que se 

1. El gigante Argomeno el Cruel y detiene. I'ado ser error de la imprenta 

otros cuatro gigantes que habían des- poner detuvieron en vez de tuvieron. 

embarcado junto á Constantinopla, 3. No ha faltado quien haya atri- 

sorprendieron al Emperador, á la Éui- buido á estas palabras un sentido muy 

peritriz y ala í'rincesa Cupidea, que ajeno de los sentimientos de piedad que 

iban á una casa de placer de las inaie- mostró Cervantes en todas ocasiones, 

diaciones, y colocándolos en un carro Los pasajes de sus escritos y del mismo 

se volvían á la orilla del mar. donde los Quijote, en tpie se ofreció hablar de la 

aguardaba su fusta. Noticioso de la profesit'm religiosa, manifiestan sus 

desgracia el Infante Floramor, persiguió verdaderas ¡deas, y responden atan 

acompañado del Caballero de Cupido ;'i maligna cavilación, 
los gigantes, y alcanzándolos, les griti' : 

Malditos traidores, dejadlas doncellas (n) Caballero de la Cruz,\\h. II, cap. XXX. 



PIIIMRRA PARTE. — CAPÍTUí.O VIII 



129 



lanza baja aircmolií) ' contra el primero IVaile^ con lanía Curia 
y denuo<lo, (jue si el fraile no se dejara caer de la niula, «'d le 
luciera venir al suelo nial de su gi-a<Jo, y aun malí'erido, si no 
cayera niuerlo. l']l secundo relii^ioso, que vio del modo que Ira- 
lahan á su compañero-', puso piernas al castillo de su buena 
mula\ y comenzó á correr j)or aquella campaña más ligero que 
el mismo viento. Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, 
apeándose ligeramente de su asno, arremetió á él, y le comenzó 
á (juilar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes, y 
pregunláronle que por qué le de.íiiudaba. Respondióles Sancho 
que aquello le tocaba á él legítimamente, como despojos de la 
batalla que su señor D. Quijote había ganado. Los mozos, que no 
sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, 
viendo que ya D. Quijote estaba desviado de allí hablando con 



1. Cubrirse con el escudo y bajar la 
lanza era la actitud de embestir el 
jinete á su contrario. Píntala bella- 
mente el antiguo poema del Cid, cuando 
refiriendo la salida de sus soldados 
contra los moros que los sitiaban en 
Alcocer, dice así : 

Embrazan losescurios delant los corazones: 
Abajan las lanzas apuestas de los pendones, 
Encunaron las caras desuso los arzones, 
Y vánios a ferir de fuertes corazones. 

D. Quijote al embestir con los moli- 
nos de viento, iba bien cubierto de su 
rodela con la lanza en el ristre, según 
se contó al principio de este capítulo : 
lo mismo se lee en infinitos pasajes de 
los libros caballerescos. .VI acometer 
Palmerín de Oliva la aventura del cas- 
tillo de los diez padrones, .se sa?i/if/uó 
I res veces... Y corno eslo hizo, cubrióse 
(le su escudo y bajó su lanza, y pasó 
luego el padrón (a). Amadís de Caula, 
el Emperador de Traj)isonda y la Reina 
Calafia. estaban en el campo prontos 
para pelear con Ármalo, Grifilante y 
Pintiquinestra. Á es/a sazón las troui- 
jielas sonaroii : ellos, ahajando las 
lanzas, cubriéndose bien de sus escu- 
dos, a todo el correr de sus caballos, 
con lodo el poder de sus fuerzas, nin- 
guno erró su golpe; las lanzas fueron 
todas voladas en piezas (b). 

2. Todavía en tiempo de Cervantes 
el uso no había introducido la regla 
constante de suprimir la última vocal 

(a) Palmerín de Oliva, cap. CXXXII. — 
<h) Linuarte de Grecia, cap. XLII. 



de pritnero y tercero, cuando preceden 
al sustantivo. En la aventura de los 
molinos de viento se refirió ya que 
nuestro caballero embistió con el pri- 
mero molino que estaba delante. En la 
relación del Cautivo, que se verá des- 
pués al capítulo XL de esta primera 
parte, hablándose del general del mar 
entre los turcos, se dice que es el ter- 
cero cargo que hay en aquel Seüoi'io. 
Otras veces se suprimía la o final, de 
lo que hay ejemplos en el mismo Qui- 
jote : pero en el día se hace siempre en 
el caso indicado, y aun muchas veces 
con la vocal última de primera y /e?-- 
cera. Lo mismo sucede en los adjeti- 
vos bueno y malo : decimos buen pan y 
pan bueno, vino mato y mal vino. Tam- 
bién suele suprimirse la última sílaba 
délos adjetivos santo y grande, cuanáo 
preceden al sustantivo : los ejemplos 
son obvios. 

3. Manera elegante de decir, en vez 
de que vio el modo que trataban á su 
compañero : ocurre frecuentemente en 
el QuuoTE. 

4. Así se dijo por el gran tamaño de 
las muías de ios religiosos, que antes 
se había ponderado diciendo que eran 
como dromedarios. D. Juan Bowle, no 
entendiéndolo bien, corrigió costilla, 
que es anagrama de castillo, tan seguro 
de su acierto, que haciéndose cargo de 
que todas las ediciones decían castillo, 
añadió corrige meo yjericulo. Es equi- 
vocación excusable en un extranjero, y 
un extranjero tan benemérito, por otra 
parte, de la literatura española. 



130 



DON yilJiíll. 1)1, l.\ MANCHA 



las que en el coclic venían, arremetieron con Sancho y dieron 
con él en el suelo, y sin dejarle pelo en las barbas ^ le molieron á 
coces, y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y 
sin detenerse un punió, lorno á subir el fraile, todo temeroso y 
acobardado y sin color en el rostro ; y cuando se vio á caballo 
picó tras s»i compañero, que un buen esjjacio de allí le estaba 
aguardando y esperando en qué paraba aquel sobresalto; y sin 
querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron 
su camino, haciéndose más cruces^ que si llevaran al diablo á las 
espaldas. D. Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la 
señora del coche, diciéndole : La vuestra fermosura, señora mía, 
puede facer de su persona lo que más le viniere en talante, porque 
ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo-' derribada 
por este mi fuerte brazo. Y porque no penéis por saber el nombre 
de vuestro libertador, sabed que yo me llamo D. Quijote de la 
Mancha, caballero andante y cautivo de la sin par y hermosa* 
Doña Dulcinea del Toboso : y en pago del beneficio que de mi 
habéis recebido, no quiero otra cosa sino que volváis al Toboso, 
y que de mi parte os presentéis ante esta señora ■"', y le digáis lo 



1. Por este pasaje se ve que Sancho 
traía barbas, como se traían general- 
mente en tiempo de Cervantes, y como 
las traía también D. Quijote : circuns- 
tancia de que se olvidaron los dibu- 
antes y grabadores de las estampas 
que suelen acompañar á la ediciones 
de esta fábula. 

2. Las cruces que se hacían los 
frailes no eran de admiración, según 
entendió Jíowle. sino de uiiedo, como 
indica la expresión misma : Siguiero7i 
fiíi camino, haciéndose más cruces que 
si llevaran al diablo ü las espaldas. 
Del diablo no se dice que es admirable, 
sino temible. 

3. Poco ha se refirió el caso de 
haber acudido el Caballero de las Iton- 
cellas y el de Cupido á libertar al Em- 
perador y Euiperatriz de Constantino- 
pla y á la Infanta Cupidea, a quienes 
el gigante Argomeno y sus compañeros 
llevaban robadas en un carro. Venci- 
dos los gigantes, uno de los caballeros 
se llegó al carro, y dijo al Emperador : 
Ya los fjiqanles son muertos y vuestra 
alteza libre (a). 

4. Debiera haberse suprimido la 

(a) CahaUero deln Cruz. lib. II, cap. .XXXI. 



conjunción?/ .■ en cuyo caso (a) se signi- 
ficaría que no tenia igual la hermosura 
de Dulcinea. La conjunción debilita y 
desmaya la frase, porque nada añade 
lo lieririosa después de haberse dicho 
que era sin par. 

5. Imponía aquí D. Quijoto á la 
señora vizcaína la condición que allá 
en el capítulo I pensaba imponer al gi- 
gante Caraculiambro : y en ello no 
hacia más que seguir el ejemplo de su 
modelo Amadis de Gaula, el cual, 
habiendo dado libertad á treinta caba- 
lleros y cuarenta dueñas y doncellas 
que teñía presas en su castillo el gi- 
gante Madarque, les encargó qíie 
fuesen á presentarse ante la Reina 
Brisena, y le dijesen que las enviaba 
el su caballero de la ínsula Firme á 
ofrecérsele de su parte (a). Esplandián, 
hijo de Amadis de Gaula, habiendo 
libertado á veinte dueñas y doncellas, 
que con otros caballeros y escuderos 
estaban aherrojadas por dos gigantes 

(o) Amadis de Gaula, cap. LXV. 

(a) En cuyo caso. — Es incorrección censu- 
rada por la Academia. Véanse las notas, 
pág. XLH \ 1-2. (M. de T.) 



rniMFnv partf. — CAPÍTno viii 



131 



(]no por Micsli-a lilxM'lful lie locho. Todo esto que D. Ouijole decía, 
(^scuclinha un escudero de los que el coche ncompafinhíui, que era 
vi/.caíno; el cual, viendo (|ue no (¡nería dejar ¡)asar el coche ade- 
lante, sino (|ue decía qu(í lueg'o había de dar la vuelta al Tohoso, 
se l'ué para D. (^)uijote, y asiéndole de la lanza, le dijo en mala 
lent(na castellana y peor vizxaína desta manera : Anda, caballero, 
que nial andes; por el Dios ([ue ciúóme, que si no dejas coche, 
así le matas como estás ahí vizcaíno'. Entendióle muy bien 
D. Quijote, y con mucho sosiego le respondió : Si fueras caballero 
como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, 
cautiva criatura. A lo cual replicó el vizcaíno : ¿Yo no caballero? 
Juro á Dios tan mientes como cristiano ; si lanza arrojas y espada 
sacas, el agua cuan presto verás que al gato llevas- : vizcaíno 



en una temerosa cueva, desbaratando 
la íjuarda, que era de veinte hombres 
de hacha y capellina, y quitando la 
vida ;i casi lodos ellos, dijo á los pre- 
sos : Sf por irabajo no lo tenéis, iréis 
delante del Emperador de Conslanti- 
nnphi los tiombres que aquí estáis, y las 
dueñas t/ doncellas ante su hija, y pre- 
sentadvos ante ellos de parte de un 
caballero que las armas de las Coronas 
trae y deci les de vuestra fortuna, de- 
mandándoles merced para el reparo 
delta (a). La hija del Emperador era la 
Infanta Leonorina, señora de Esplan- 
dián. 

1. S¿ quisieres saber vizcaíno, decía 
D. Francisco de Quevedo en el Libro 
de todas las cosas y otras muchas 
más, trueca las pjrimeras personas en 
seyundas con los verbos, y cútate 
vizcaíno, como Juancho quitas leyuas, 
buenos andas vizcaíno. Cervantes re- 
medó más á la larga este lenguaje en 
la comedia La Casa de los celos en 
boca de un vizcaíno, escudero de Ber- 
nardo del Carpió, que decía á su amo : 

Bien es que sepas de yo 
buenos que consejos doy, 
que por Juangaicoa soy 
vizcaíno, burro no. 

Los vizcaínos y su lenguaje fueron 
repetidas veces el objeto del festivo 
humor de Cervantes. Asi sucedió tam- 
bién en el entremés del Vizcaíno fin- 
gido, y en la comedia de la Gran >w/- 
lana, donde se lee el pasaje burlesco 

(a) Sergas, p. XLIII. 



del cautivo Madrigal, que por escapar 
de la muerte había ofrecido al Cadí 
que enseñaría á hablar á un elefante, 
y preguntado en qué lengua le daba 
lecciones, respondió que en vizcaíno. 

Lope de V^^ga, queriendo ridiculizar 
la culta latiniparla que se iba intro- 
duciendo en su tiempo, la comparó 
con el castellano de Vizcaya en un 
soneto donde hablan Boscán y Garci- 
laso al llegar juntos á una pu.-ada, y 
dicen : 

Boscán, tarde llegamos — ¿.Hay posada? — 
Llamad descie la posta, üarcilaso. — 
¿Quién es?— Dos caballeros del Parnaso. — 
iSo hay dó poder estar, palestra armada. — 

No entiendo lo que dice la criada. 
Madona ¿qué decís ? — Que afecten paso, 
Que obsleuta limbos el mentido ocaso, 
Y el sot depinf,'e la jtorción j osada. — 

¿ Estás en ti, rnujtT? — Negóse al tino 
El ambulante huésped. — ; Que en tan poco 
Tiempo tal lengua entre cristianos haya ! 

Boscán. peidido habernos el camino: 
Preguntad por Castilla, que estoy loco, 
6 no habernos salido de Vizcaya. 

Todo esto es cosa de burlas. Desde el 
Obispo de Mondoñedo, D. Antonio de 
Guevara, hasta D. Félix Samaniego, las 
provincias que se conocen con el num- 
bre común de Vizcaya han producido 
escritores que se cuentan, con razón, 
entre los maestros del idioma cas- 
tellano. 

2. Llevar el yato al agua es hacer 
aljíuna cosa en que hay dificultad y 
peligro. Pellicer. citando á Rodrigo 
Caro y el Tesoro de D. Sebastián de 
Covarrubias, inquiere qué es lo que 



132 



DON QIIJOTE DE LA MANCHA 



por Liona, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que 
mira si otra dices cosa. Ahora lo veredcs, dijo Agrages', res- 
pondió D. Quijote; y arrojando la lanza en el suelo, sacó su 
espada, y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con determi- 
nación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir, aunque 
quisiera apearse de la muía, que por ser de las malas de alquiler ■' 
no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su 
espada; pero avínole bien^ que se halló junto al coche, de don- 
de j)udo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego se 
fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. 
La demás gente quisiera ponerlos en paz; mas no pudo, porque 



dio ocasión á esla expresión prover- 
bial ; averiguaciim tan difícil como la 
del oripen de la mayor parle de los 
refranes. Cervantes la puso en boca del 
vizcaíno, estropeando el lenguaje para 
hacer reir al lector. 

1. Fórmula de amenaza (a), que era 
común en España por los años de 162ü, 
cuando se escribía la Visita de los chistes 
de Quevedo, como se ve por ella. 
Agrajus fué sobrino de la Reina Eli- 
sena, madre de Amadís de Gaula, en 
cuya historia se hace repetida y larpa 
mención de sus hazañas. En l>oca de 
este caballero puso el proverbio la ex- 
presión lie ahora lo leredes, de que 
usaban comiinmente el mismo Agrajes 
y los demás andantes, respondiendo á 
las provocaciones de sus contrarios, y 
remitiéndose ii las manos. Florambel de 
Lucea se encontró con tres caballeros, 
y habiendo tenido palabras con uno de 
ellos, éste, poniendo mano á la espada, 
arremetió con ira Floramhel dicienrlo : 
Af/nra lo veréis, Don coltarde cahu- 
llero (a). Al llegar Aniadis de Grecia 
á un castillo, como cerca fué, una 
(juarda (¡ue en él eslatja tocó muy recio 
una bocina, al son de la cual salió un 
caballero armado de todas armas, el 
cual le dijo que viniese con él ti prisión . . . 

(a) Florambel de Lucea. lili. IV. cap. I. 

{a\De amevaza.— No siempre lo es. A veces 
se emplea para corroborar lo antes dicho. 
Así. dice Vargas Ponce, en su J^'roclnma del 
solterón : 

¿ Pido peras al olmou al sol celajes 7 
Agora lo veredas, dijo Agrajes. 

(M. de T.) 



Ahora lo veréis, dijo Amadís, y aba- 
jando su lanza, se vino para él (a). En 
Florisel de Niquea usó de la misma 
expresión el Principe D. Hogel de Grecia 
con los caballeros que se oponían á su 
paso para probar la aventura del Alto 
roquedo (b) : la usar(m también unos 
caballeros que iban á pelear con Daraida, 
y la propia Üaraida al entrar en batalla 
con el jayán Buzarte c . Finalmente, 
usó de ella Oliveros con Fierabrás, y 
Fierabrás con Oliveros en la cruda y 
prolija batalla que tuvieron en Mor- 
mionda, y se refiere en la historia vulgar 
de Carloinatrno. 

2. La muía del escudero vizcaíno 
era jnala aun entre las de alquiler. De 
las tachas y malas mañas de éstas 
habló Cervantes en varias partes, y 
señaladamente en la aventura de la 
Princesa Micomicona, cuando subiendo 
el Cura á la silla y el Barbero á las 
ancas de la muía, ésta, que era de 
alquiler (que para decir que era 7nala 
esto basta), alzó un poco los cuartos 
fi-aseros y dio dos coces en el aire, 
echando á rodar á maesa Nicolás y 
dejándolo sin barbas. 

3. Esto es, tuvo la felicidad ó la 
fortuna. Al contarse en la historia de 
Florisel el combate de üaraida con el 
monstruo CavaliíJn. se dice : Mas avínole 
osi bien, que Cavalión al gigante (Ga- 
dalón) que delante iba (huyendo de 
Daraida) con sus fuertes manos de hom- 
bre en un punto lo traba, é con las de 
león lo comienza á despedazar [d . 

(a) Amndis de Grecia, parte II. cap. XLVIII. 
— {b) Florisel. parle III, cap. LXXXVII. — 
(c)Ib., cap. XC y XCII. — (rf) Parte III, 
cap. LXXI. 



l'Hl.MliHA l'Aini:. — CAl'lTi;i.O Mil 



133 



decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones, que si no le dejaban 
acabar sn batalla, (pie él nusmo había de malar á su auia* y á 
toda la Ícenle que se lo estorbase. La señora del coche, admirada 
y ((íincrosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de 
allí ali-ini poco, y desde lejos se puso A mirar la rigurosa con- 
tienda, en el discurso de la cual di<> el vizcaíno una gran cuchillada 
á I). Ouijote encima de un hombro por encima de la rodela, que, 
á dársela sin defensa, le al)rieia hasta la cintura. D. Quijote, que 
sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe'-*, dio una gran 
voz diciendo : ¡ Oh, señora de mi alma Dulcinea, flor de la fermo- 
sura, secorred á este vuestro caballero, que por satisfacer á la 
vuestra mucha bondad en este riguroso trance se halla ! El decir 
esto y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela^ y el 
arremeter al vizcaíno, todo fué en un tiempo, llevando determi- 
nación de aventurarlo todo ó la de un solo golpe''. El vizcaíno, 
que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su 
coraje-', y determinó de hacer lo mismo que D. Ouijote; y asi 
le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la 
muía á una ni ü otra parte, que ya de puro cansada y no hecha á 



1. Poco antes se había remedado el 
lenguaje embrollado y ridiculo del 
escudero; ahora se indica el carácter 
duro y tenaz que se atribuye á los 
antiguos vizcaínos, y de que aun con- 
servan, según dicen, bastantes reliquias 
sus descendientes. 

'2. I'esadumbre es la gravedad ú el 
peso material. En esta significación 
puso Cervantes en boca de Periandro, 
al descubrir la ciudad de Toledo, aquella 
exclamación : / Oh. peñascosa pesa- 
dumbre, qloria de España ! etc. Y en el 
mismo sentido, Lupercio Leonardo de 
Argensola, en la descripción de Aran- 
juez, dijo : 

Las fuentes cristalinas quo. subiendo 
Contra su curso ó natural costumbre, 
Están los claros aires dividiendo, 

Rocían de los árboles la cumbre, 
Y bajan, á las nubes imitando, 
Forzadas de su misma prsadumhre. 

Kn el día ha quedado reservada para 
la poesía esta acepción de la voz ;>e.sa- 
dumbre, que en otra más común signi- 
fica inoles/ia del ihihno. 

3. Así el Alinirantf Halan en su gran 
batalla con el ejército del Emperador 
Carlomagno se ciihr'n'i del escudo, apretó 
la espada en el puño, ij como deses- 



perado se melió entre los cristianos (a). 

4. ¿ Con quién concierta el articulo? 
Bien se discurre que es con venluraijx), 
mas esta palabra no se expresa, y sólo 
está comprendida como parte en el 
verbo aventurar que |)recede. D. Gre- 
gorio Garcés, en su Fundamento del 
viffor de la lengua castellana (b), cita 
este pasaje como primor de nuestro 
idioma; no sé si en él enqiieza ya á 
sutilizarse demasiado, y á declinar á la 
ingeniosa obscuridad que por entonces 
iban introduciendo, y al cabo lograron 
acreditar Góngora y otros en el lenguaje 
castellano. En éste se dice aventurarlo 
lodo al trance y no ú la ventura. 

5. Aquí está bien Mi;ircada la dife- 
rencia entre las pabibras denuedo y 
coraje, que alguno quizá tendría por 
sinónimas. El denuedo está principal- 
mente en la actitud y el gesto ; el coraje 
es la resolucii'm reunida á la ira; el 
denuedo es fiel cuerpo, el coraje del 
ánimo. Coraje tampoco es valor, porque 
éste es tranquilo. 

(a) Historia de Carlomat/no. cap. LI. — 
(6) Tomo n, ca]). X. 

(«) Ventura. — Muy discretamente ajumtH 
el señor Gortejón que /« se refiere más bien á 
d'terminación. (M. de T.) 



i;u 



DON OLIJOTÜ DE LA MA.NLIIA 



semejantes niñerías no podía dar un paso. Venía, pues, como se 
ha dicho, D. Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en 
alto con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le 
aguardaba ansimismo levantada espada y aforrado con su almo- 
hada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de 
lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes' con que se 
amenazaban ; y la señora del coche y las demás criadas suyas 
estaba hacientlo mil votos y ofrecimientos á todas las imágenes y 
casas de devoción de España porque Dios librase á su escudero 
y á ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban. Pero 
está el daño- de todo esto, (jiie en este punto y t(''rmino deja 
pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que 
no halló más escrito destas hazafas de D. Quijote de las (¡ue deja 
referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra^ no 
quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada á las 
leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los inge- 



1. Suceder por resultar ú originarse: 
aoepriún análoga al origea latino de 
suceder. 

2. Obsérvese la repetición excesiva 
del pronombre este en el presente 
periodo : est '■ el daño, se dice, de todo 
esto (jue en este punto... i'eja pendiente 
el autor ilesta historia esta ftaíalla, 
disculpándose que no halló más escrito 
deslas hizañas. — Cervantes, suspen- 
diendo aquí la relación lie la batalla de 
D. Quiíole con el vi/.caino, se propuso 
sin duda excitar la curiosidad y el 
interés de sus lectores. Otros escritores 
de caballerías haliian hecho lo mismo, 
riarci Ordóñez de Monlal vo, autor de las 
Sergas de Esplandiiin, hH.bienúo llegado 
al capítulo XCV'ill de la historia de su 
héroe, inlerrumpe l.i narración, y cuenla 
muy menudamente en el XGI.\ ciuiio 
halló el libro del maestro Elisabad. 
quien supone ser el autor primitivo. 
Del mismo mixlo el autor de la historia 
de Amadis de (ireria, com'luida la pri- 
mera parte, dice que ignoraba el para- 
dero de la segunda, y retiere el too lo 
con que descubri(j el oriííinal latino de 
esta última, que quiso, dice. Dios depu- 
rarme para que con el trabajo de hasta 
aquí la pudiese traducir y enmendar 
de la suerte que agora veréis /a). 

3. Estas palabras y las anteriores 

(a) .itmdis de Grecia, Lamentación entre 
la primera y segunda parte. 



indican que eran dos los autores de la 
historiti primitiva de Ü. Oduote. uno 
que al licgar á la aventura del vi7.caino 
la dejó á medio contar por falta de 
materiales, y otro que no quiso creer 
que no los hubiese, y al caho los en- 
conlró en la forma que se cuenta en el 
capitulo siguiente. Pertt Cervantes escri- 
bía tan sin plan ni preparaciim, que en 
el capítulo inmediato dio por supuesto 
que el único autor habia sido Cide 
Hamete Bcnengeli, á quien sigue tradu- 
ciendo desde el principio de su segunda 
parte, que contiene la conclusii'm del 
suceso del vizcaíno, sin explicar por 
(huide había tenido y vuelto al caste- 
llano lo precedente. 

En otra inconsecuencia todavía más 
reparable incurrió aquí nuestro autor. 
Habla como si dudase de si los sucesos 
de D Quijote se hallarían en los papeles 
antiíruos de los archivos y escritorios 
de la Man<ha, y dos capítulos antes 
había citado como existentes entre los 
de la .\rgamasilla, libros modernos 
publicados durante su vida. Ya en el 
capitukp II se bahía hablado de la dife- 
rencia ríe opiniones entre los analistas 
de la .Mancha, sobre cuál fué la primera 
aventura que avino á D. Quijote des- 
pués de salir de su casa: lo cual en- 
vuelve la mis'iia contradiccii'm con la 
relación del escrutinio y de varios 
sucesos mencionadt)s en el discurso de 
la fábula. Pero de los anacronismos 



IMllMKIIA PAHI'K. — CAIMIUI.O \ III 



135 



iiios (le: la ¡Maiiclia, (|iio no tuviesen en sus archivos ó en sus escri- 
lorios algunos papeles que desle famoso caballero tratasen : y asi 
con esta imaginación no se desesperó de hallar* el fin desta 
apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del 
modo que se contará en la segunda parle ^. 



del Quijote se hablará de propósito en 
olra parte (a). 

1. Desesperarse es muy distinto de 
desesperar : el primero tiene una signi- 
ficación inoportuna en este lugar, y 
puede presumirse que el pronombre se 
fué adición introducida malamente en 
el texio por el cajista, y no advertida 
por el impresor. 

(a) Muy acertada y donosamente vindica 
el señor Cnriejón á Cervantes de los ataques 
de Gleniencín, y dice con sobra de razón : 
" A tan ingenioso como festivo autor no se le 
han de hacer reparos monjiles, ni será bien 
que los gramáticos, por agudos y sutilísimos 
que se juzguen, ni los comentaristas aunque 
presuman de estirados, vayan siguiendo sus 
pasos en busca de contradicciones. » 

(M. de T.) 



2. Otra prueba de la negligencia y 
falta de plan con que se escribió el 
QuMOTE. (Cervantes, acaso por imitar al 
libro de Amadis de (iaula, como conje- 
turó Bowle, subdividió el suyo en cuatro 
partes, pero sin interrumpir la serie de 
los capítulos; y asi como las partes 
segunda, tercera y cuarta de Amadis 
empiezan en los capítulos XLIV, LXV 
y LXXXII de aquella historia, las del 
Ingenioso Hiualc.o empiezan en los capí- 
tulos IX, XV y XXVI II. En la segunda 
parte del Quijote abandonó Cervantes 
la anterior divi.sión, ó porque no le 
pareció bien, ó porque no tuvo presente 
lo que hizo en la primera. No pudo 
libro alguno hacerse uienos de pen- 
sado. 



CAPITULO IX 



DONDE SE COMCLUVE Y DA I'IN A LA ESTUPENDA HATALLA QUE EL 
GALLAISDO VIZCAÍNO V EL VALIENTE MANCHEGO TUVIERON. 

Dejamos en la primera parle desLa historia al valeroso vizcaíno 
y al famoso D. Quijote con las espadas altas' y desnudas en guisa 
de descargar dos furibundos fendientes-, tales, que si en lleno se 
acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo, 
y abrirían como una granada : y en aquel punto tan dudoso paró 
y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia 
su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba. Causóme esto 
mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se 
volvía en disgusto de pensar el mal camino que .se ofrecía para 
hallar lo mucho que á mi parecer faltaba de tan sabroso cuento. 
Parecióme cosa imposible y fuera de toda buena costumbre, que á tan 
buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara á cargo ^ 



'1. Dejó el ijniii sabio Lirr/andeiy en el 
último capitulo de su historia d los dos 
raros modelos en valor y f'ortuleza, el 
rjran siciliano Biavorante y el famoso 
africano Drufaldoro, dando en el aire 
la vuelta con sus furiosos caballos, las 
espadas en alto con tan fiero denuedo, 
que exayera el sal>io que al verlos se 
encogieron de temor los mas animosos 
griegos (a). Á los puntos de semejanza 
que ofrecen ambos pasajes puede aña- 
dirse tauíbión que en ambos hubo igual- 
mente damas espectadoras. 

2. Fendienle. golpe dado de arriba 
abajo con el filo do la espada; de liendir. 
Voz hermosa, pero reservada en el uso 
actual á la poesía. La distinción entre 
los tres lances de la esgrima : f en- 
diente, revés y tajo, es que el primero 
se da verticaímente, el segundo de la 
izquierda á la ilerecha, y él tercero de 
la derecha á la izquierd.a. 

(a) Espejo de Principrsy Cahalleros. parle V, 
lib. L.cap. \. 



3. En otra parte hemos nombrado 
ya algunos sabios á quienes se atri- 
buyen historias de Caballerías. Pero no 
siempre se atribuyen .i sabios ó encan- 
tadores y nigrománticos, porque no 
deben contarse en este número ni el 
maestro Elisabad, que buena ser el 
autor de las Sergas de Esplandián, ni 
Novarco, que escribió la historia de 
D. Cirongilio de Tracia. ni aun á Xartón, 
:\ quien se atribuyi' la de! Caballero de 
la Cruz, pues se supone que la escribii'i 
des¡)ués de haber renunciado á sus 
malas artes y abrazado el cristianisnm. 
La de Florambel de Lucea fué escrita 
por el santo ermitaño y sacerdote 
Cipriano, á quien este caballero en- 
contró en los desiertos de Siria. Tales 
padres se complacieron en asignar á los 
libros caballerescos sus verdaderos 
autores para ronciliarles autoridad y 
crédito con los lectores ignorantes 
é ilusos. Uno de éstos fué Don Qui- 
jote. 



PIIIMr.llA l'AlilK. — CAPÍTLLO IX i'M 

el escribir sus nunca vistas hazañas^; <-osa qiuí no fall(> á 
ninguno de los caballeros andantes de los que dicen las gentes 
que van á sus aventuras, porque cada uno dellos tenía uno ó dos 
sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, 
sino que pintaban sus m;'is mínimos pensamientos y niñerías, por 
más escondidas que fuesen; y no iiabía de ser tan desdichado tan 
buen caballero, que le faltase á él lo que sobró á Platir- y á otros 
semejantes. Y así no podía inclinarme á creer que tan gallarda 
historia hubiese quedado manca y estropeada, y echaba la culpa 
á la malignidad del tiempo dcvorador y consumidor de todas las 
cosas, el cual, ó la tenía oculta ó consumida. Por otra parte, me 
parecía que pues entre sus libros se habían hallado tan modernos 
como Desengaño de celos y Ninfas y Pastores de Henares^ que 
también su historia debía de ser moderna, y que ya que no estu- 
viese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de 
las á ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y 
deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros 
de nuestro famoso español D. Quijote de la Mancha, luz y espejo 
de la caballería manchega^, y el primero que en nuestra edad y 
en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de 
las andantes armas', val de desfacer agravios, socorrer viudas, 
amparar doncellas de aquellas que andaban con sus azotes y pala- 
frenes •^. y con toda su virginidad á cuestas de monte en monte y 

1. En efecto: nunca fueron í^isías las cosas. Entre estos dos extremos titu- 
hazañas de Don Quijote. Chiste irónico, beaba también nuestro autor, y re- 
muy propio del genio y cuerda de flexionaba que la historia de ü. Quijote 
Cervantes, en que, diciéndose exacta- debía ser moderna, puesto que en ella 
mente la verdad, se indica con gracioso se citaban libros modernos. Todo lo 
contraste otra cosa muy distmta. tuvo presente, todo lo reflexionó, y, 

2. Galtenor fué el nombre del que sin embargo, incurrió en la contra- 
recopiló la historia del Caballero Platir dicción. 

hijo del Emperador Primaleón, como o. Pudiera dudarse si el original 

se dice en el capítulo I, libro I de la diría azotes ó azores: el cambio es 

cuarta parte de su historia. fácil. En los libros caballerescos se 

3. Es evidente que Cervantes tiró á hallan muchos ejemplos de doncellas 
ridiculizar cierta clase de hidalgos de y dueñas que dan del azote á su pala- 
la Mancha; y esto debió ser de resultas fren, .¡si como otras veces hacen men- 
de las ocurrencias que tuvo en aquel ción de damas de alta guisa que iban 
país, y dieron origen á la fábula del en í^us palafrenes con azores il cs.zsl de 
Quijote en el lugar de cuyo nombre no cetrería. En la segunda parte del Qui- 
queria acordarse. Esta es la caballería .iote, cuando después de la aventura 
manchega, de quien era luz y espejo del barco encantado encontr(') nuestro 
nuestro insigne D. Quijote. hidalgo á la Duquesa (fl), iba ésta sobre 

4. En estas expresiones se da Cer- un palafrén, y en la mano izquierda 
vantes por contemporáneo de D. Qui- traía un azor. Verdad es que tratan- 
jote, y pocos renglones antes achacaba dose, como aquí, de largos viajes, hace 
la pérdida de su historia al tiempo 

il"vorador y consumidor de todas las (a) Cap. XXX. 



las 



UON QIIJOTK DE LA MANCHA 



de valle en valle: que si no era que algún follón ó algún villano de 
haciía y capellina ' ó alí,a'in descomunal gigante las forzaba, don- 
cella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que 
en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, se fué tan 
entera á la sepultura como la madre que la había parido''*. Digo, 
pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro 
gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas^, y aun á 
raí no se me deben negar por el trabajo y diligencia que puse en 
buscar el fin desta agradable historia ' : aunque bien sé que si el 



más al caso el azote ó l.ílij,'o que el 
azur'. — Palafrén es voz muy antif^ua, 
que se encuentra usada ya en el Puema 
del Cid, libro el más antiguo que se 
conoce en castellano. 

1. Capellina ó capacete, arma defen- 
siva que cubría la parte superior de la 
cabeza, de donde le vino el nombre. 
Era diferente de la celada, que cubría 
toda la cabeza, y solía tener por de- 
lante la visera ó rejilla para defensa 
del rostro, sin quitar la vista. 

Hac/ia ¡I capellina, armas con las 
cuales, como vulííares y fáciles de 
encontrar, se armaba prontamente la 
gente de pocas obligaciones. Así se ve 
con frecuencia en los libros caballe- 
rescos : Doce villanos, armados de 
hachas y capellinas guardaban un pos- 
tigo del castillo de Belvista, en la 
ínsula de Artadefa (a). Saliendo Amadís 
de Grecia de un castillo donde acahabn 
de vencer y matar á un caballero, le 
acometieron otros ocho, seguidos de 
doce peones con hachas y capellinas. 
Revolvió Amadís sobre ellos, derribi) 
á dos de los villanos con los pechos de 
su caballo, y, apeándose de él, á dos 
villanos qué se adelantaron, de dos 
golpes las capellinas con las cabezos 
hendidas, los derrueca muertos (b). 

Villanos armados de hachas y cape- 
llinas, como circuiistan( ia propia de 
historias y aventuras caballerescas, 
asistieron á las representaciones de 
ellas que se dieron á Carlos V en las 
fiestas de Bins el año de 1549 (c). 

2. Están tachidas con sal irr>nica 
las inverosimilituiles de los libros y 
poemas caballerescos en esta materia. 
Parece que Cervantes tuvo presentes 



(a) P'lorUel. parte Til, cap. CXXU. — 
(h\ Ib., cap. XXIV. — (c) Calcete de Estrella, 
lib. 111. 



los versos de Ariosto, cuando refiere 
que '«) Angélica cant<j sus sucesos á 
Sacripante : 

E come Orlando la guardó sovente 
Da morte. da disnor. da casi rei, 
E cfie'l fior viri/inal cusí ncwi salvo 
Come se lo portó dal inatern' alvo. 

Y sigue Ariosto : 

Forae era ver, ma non pero credibile 
A chi del senso suo fosse signare. 

Cervantes contrahizo y desfigun") con 
maligna travesura la expresión en la 
forma que se halla en el texto, y la 
repitió en la novela del Celoso extre- 
meño, donde decía la Dueña á Loaisa : 
Todas las que estamos dentro de las 
puertas desta casa somos doncellas 
como las madres que nos parieron. 
Como quiera, esta malicia de Cer- 
vantes no fué original. La encontró en 
la historia de D. Belianís de Grecia (¿>); 
en la que. contándose la romería que 
la Infanta Dolisena hizo por les desier- 
tos de frica al templo de Amón, y lo 
que le avino durante el viaje, se dice 
que volvíi) á su casa tan entera como 
la madre que la había parido. 

3. ¿Qué son alabanzas memorables? 
Esta calidad no tiene conexión con 
alabanzas. 

4. No anduvo muj' consÍOTÍente 
nuestro autor en suponer que lo que 
encontró en el Alcaná de Toledo, como 
va á contarse, era el fin de la historia 
de su héroe, pues sólo fué hasta el fin 
de la primera parte, en cuj'o cai)í- 
tulo Lll dice : que á pesar de haber 
buscado con curiosidad y diligencia 
los hechos de U. Quijote en su tercera 
salida, no había podido hallar noticia 
de ellos, á excepción de la fama de 

(ni Canto I, est. 5j. - (6) Lib. IV, cap. XVI, 
v síL'uienles. 



iMiiMiiitA PAinr:. — CAPÍni.n i\ 



i'M) 



cielo, el caso y la fortuna no me ayudaran, el niuiulo ([uedara 
falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas ' podrá 
tener el que con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta 
manera. 

Estando yo un día en el Alcaná de Toledo^, llegó un muchacho 
á vender unos cartapacios y papeles viejos á un sedero^; y como 



haber ido á Zaragoza, y de algunos 
versos que á coiitimiiicicn pone sobre 
las lia/añas y SL'|iulliira de nuestro lii- 
(lalgü, hermosura de Dulcinea, figura 
de Rocinante, y fidelidad de Sancho 
Panza. 

1. Parece indicar Cervantes por estas 
palabras, ó que la historia puede leerse 
hasta el tin en dos horas, ó que el pla- 
cer de su atenta lectura no puede pasar 
de dos horas. Lo primero es absurdo, 
lo segundo sobradamente modesto (a). 

2. En la Vida del picaro Guzmán de 
Alfarache so lince mención del Alcaná 
de Toledo como de lugar de tiendas, y, 
con efecto, parece, segvín los que lo 
entienden, que Alcaná es voz derivada 
del hebreo, y que significa feria ó 
mercado. Del .Mcaná se hace ya men- 
ción en el Arancel antiguo de Toledo 
del año 1355, citado por Burriel en el 
Informe sobre ifjualación de petios y 
medidas. Quiénes fuesen sus habi- 
tantes lo dice la Crónica del Key 
D. Pedro de Castilla : E el Conde é el 
Maestre (hermanos y enemigos del 
Rey) desque entraron en la ciudad 
(Toledoj, asosegaron en sus posadas; 
pero las sus compañas empezaron á 
robar una judería que dicen el Alcami, 
p robáronla, é mataron los judíos que 
fallaron fasta mil é decientas personas, 
ornes é mujeres, rp-andes é pequeños. 
Pero la judería mayor (que estaba 
junto á la puente de San Martín) non 
la pudieron tomar, que estaba cercada 
é había mucha yente dentro (a). 

El Alcaná estaba en las inmedia- 
ciones lie la catedral: pero habiendo 
pere(-ido en un incendio la mayor parte 
de sus tiendas, el Arzobispo, D. Pedro 
Tenorio, trató de fabricar allí un claus- 

(a) Crónica del Jley U. Pedro, aüo VI, 
cap. VIÍ. 

(a) Ninguna dfi las suposiciones parece 
exacta. Iliiit/.enbiisnh, en la nota ih'l, cree 
que debe faltar algo ea el texto. 

(M. de T.) 



tro, y compró las casas llamadas de 
Doña Fátima la Mora, las cuales se 
hicieron tiendas y íorniaion la calle 
del Alcaná. Continuaron éstas habita- 
das por israelitas, y fueron también 
saqueadas en las turbaciones acaudi- 
lladas por Pero Sarmiento, que agita- 
ron ;í aquella ciudad en el reinado de 
D. Juan el II, año de 1449. Acaso con 
este motivo se cerró la calle con 
puertas, y hubo Alcaide de ellas todavía 
en el año 1500. Á fines del siglo si- 
guiente, XVI, toda la calle era de tien- 
das de mcrceria Por los libros nnti- 
guos de la capilla de San Blas, que 
fundó el memionado .\rzobispo, se 
viene en conocimiento de que el Al- 
caná ocupó el espacio que hoy es la 
calle de las Cordonerías, desde la Ro- 
pería hasta la encrucijada, y acaso 
también lo que se llama calle de la Sal. 

3. Las ediciones primitivas y las 
siguientes pusieron escudero en vez de 
sedero : la de Londres de 1*38 fué la 
primera que corrigió este pasaje. La 
Academia Española adoptó esta en- 
mienda, y con razón, pues no la hay 
para que se vendan papeles viejos á 
un escudero, pero sí á un sedero, que 
los necesita para sus envoltorios y pa- 
quetes. Y á lo mismo concurre la cir- 
cunstancia de ser cosa pasada en el 
Alcaná, donde estaba la alcaicería ó 
trato y mercado de sedas. Nadie ignora 
lo floreciente que en tiempos antiguos 
estuvo en Toledo el ramo de sederías, 
conforme á lo cual, en el capítulo IV 
se hizo mención de unos mercaderes 
toledanos que iban á comprar seda á 
Murcia. El error pudo ser de la im- 
prenta por la corta diferencia que hay 
entre .sedero, como diría el original, y 
sendero, segiin solía entonces escribirse 
y hubo de leer el impresor. Cervantes, á 
cuya vista se hizo la tercera edición en 
el año 1608, no corrigió este ni otros 
defectos de las dos de 1605. 

La cahdad de cartapacios y papeles 



140 



DON QLIJOTK DE LA MANCHA 



soy aficionado á leer aunque sean los papeles rolos de las calles, 
llevado desla mi naUíral inclinación tomé un cartapacio de los que 
el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos, 
y puesto que aunque los conocía no los sabia leer, anduve mi- 
rando si parecía por allí algún morisco aljamiado' que los leyese; 
y no fué muy dilicultoso hallar intérprete semejante, pues aunque 
le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara^. En 
fin ; la suerte me deparó uno, que diciéndole mi deseo y ponién- 
dole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un poco 
en él, se comenzó á reir : pregúntele que de qué se reía, y res- 
pondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el 
margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la 
risa, dijo ; Está, como he dicho-*, aquí en el margen escrito esto. 



viejos que se da á los papeles que con- 
teaiaii la historia original de D. Qui- 
jote, es otro de los indicios de que se 
quiso dar carácter de antigua .i la his- 
toria, sobre lo cual se habió en las 
notas al capitulo anterior. 

1. Esto es, algiin morisco que se 
explicase en castellano y pudiese ser- 
vir de intérprete. Aljamia era el caste- 
llano que hablaban los moros, asi 
como al(jarabia era el arábigo que 
hablaban los cristianos. Unos y otros 
debían hacerlo con muchos defectos, 
tanto en la propiedad como en la pro- 
nunciaciim. De aljamia y aUjaiabía 
nacieron aljamiado y akjarubiado. El 
Canónigo Bernardo de Alderete, en las 
Anlifjiiedades de EspaTia y África (a) 
cuenta que por la pronunciación se 
conocía ó los aljamiados que no hahian 
desde )iiños aprendido nuestra lengua. 
D Diego de Mendoza, en la Historia de 
la (juerra do Granada, eslafjan, dice, 
nuestras compañías tan llenas de moros 
aljamiados, que donde quiera se man- 
tenían espías (b). La Crónica general 
de España, refiriendo la sorpresa de 
Córdoba por los cristianos en el rei- 
nado de San Fernando, refiere [c] que 
los primeros que subieron al muro 
iban disfrazados en traje de moros, y 
eran algarabiados. En el romance an- 
tiguo de D. Beltrán, uno de los que se 
incluyeron en el Cancionero de roman- 
ces de .4mberes, libro rarísimo impreso 
en el año de 1.5o5, se lee : 



í'i) Lili. 1. can. XXXVUL 
caj). XIX. — (c) Paite IV. 



{l>) Lib. III, 



Vido en esto estar nii muro 
(¡ae velaba en un adarve. 
Hablóle en alíjaraliia. 
como a(]iicl (jue bien la sabe : 
por Dios te niepo el moro 
me digas una verdade. 

En el uso actual ya no se oye la pa- 
labra aljamia; y algarabía sólo sub- 
siste para denotar el habla atrope- 
llada y confusa, como debía ser la de 
los algarabiados(a). 

2. Indica Cervantes la multitud que 
había en Toledo de familias originarias 
de judíos. La aljama hebrea de Toledo 
había sido famosa : de ella salió el 
célebre Aben Ezra. que según las noti- 
cias de D. José iíodriguez, en su Bihliu- 
leca rahinica española, hubo de ser el 
primero ó uno de los primeros traduc- 
tores castellanos de los libros sagrados. 
De las cosas de los conversos de Toledo 
y de las persecuciones que padecieron 
en diferentes épocas pudiera hacerse 
unalarga historia (¡í) Los apa>ioDadosá 
aquella ciudad, quieren decir que los 
judíos que la habitaban en tiempo d 
Tiberio desaprobaron la muerte qut 
sus hermanos de Jerusalén procuraron 
á Nuestro Señor Jesucristo. 

3. Cuatro veces está repetido el 
verbo decir en menos de renglón y me- 

(«) Huy se aplica la palabra aljamiado ,i 
ciertas obras anticuas de nuestra literfitura 
que se han encontrado escritas en caractenv 
arábigos. Véase, acerca de esto, mi libio 
Manual de Literatura española é hispano- 
americana. (M. de T.) 

(,5) Lanía historia. — Ya )a escribió el 
insigne maestro Amador de ¡os Ríos. 

(M. de T.) 



PniMKMA I'AUTK. — GAPITLT.O IX 



141 



E,sla Ihilcuwa riel Toboso^ ínulas veces en esta historia referida^ 
dicen que tuno la mejor mano para xalar puercos que otra mujer 
de toda In Mancha^. Cuando yo oí decir Dulcinea del Toboso, 
qued<^ alónilo y suspenso, porcjue luego se me representó que 
aquellos earlapacios contenían la historia de 1). Ouijote. Con esta 
imaginación le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo así, 
volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía : 
Historia o'e D. Quijote de la Mancha^ escrita por Cide líamete 
Bent^ngeli, historiador arábigo-. Mucha discreción fué menester 



dio. Y á poco : Dicen que tuvo la me- 
jor mano, ele. Citando yo oi decir, etc. 
Los descuidos de esla especie son muy 
frecuentes en el Qumote. Sin salir del 
presente periodo se lee : Esttí... aquí en 
el marqen escrito eslo : esta Dulcinea, 
tantas reces en esta historia relerida. 

1. El lenguaje no está del todo bien. 
No habría que reparar diciéndose : 
Tuvo mejor mano para salar puercos 
que otra ninr/una mujer de toda la 
Mancha. Por lo deniiís, la anotación 
marginal sobre la habilidad para salar 
puercos no uie parece tan íestiva y 
risueña como pareció al morisco, al 
cual, por otra parte, atendidas las 
ideas comunes de los de su linaje y 
profesión, ni;ís debió serle asunto de 
asco que de risa. Si la persona de Dul- 
cinea no fué absolutamente fingida y 
tuvo original efectivo, sobre lo cual se 
discurrirá en su lugar, acaso en ella y 
en sus circunstancias individuales es- 
taba la explicación de este enigma y 
del chiste que ahora no se comprende. 

2. Cervantes puso á su fábula el 
título de El Ingenioso Hidalgo Don 
QuMOTE DE LA Mancha; pero algunas 
veces, como aquí, la llami'i Historia de 
Don Quijote. El titulo de Vida y hechos 
de Don Quijote que se puso en varias 
ediciones antiguas, es ridículo y ajeno 
del asunto del libro. 

Cide es tratamiento de honor, como 
si dijéramos señor : Hamele es nombre 
común entre moros : Benen^jeli (ai. se- 
gún la explicación del sabio orientalista 
D. José Antonio Conde, quiere decir hijo 

('/) Benengeli. — Según mi maestro y com- 
patriota D. Leopoldo Kgnílaz y Yangüas, no 
tiene fundamento la interpretación que da 
Clemencín á este nombre. Se deriva del árabe 
b/'denchén, berenjena, y significa aherenje- 
nado (y no abererir/enado, como escriben mu- 
chos). (M. de T.) 



del Ciervo, Cerval 6 Cervanteño, y con 
él se designó á sí mismo Cervantes, 
que habiendo residido en Argel cinco 
años, no pudo menos de alcanzar al- 
gún conocimiento del idioma común 
del país. 

Puesto semejante nombre al autor, 
fué consiguiente dar por arábiga la 
obra. Si fuese cierto que los libros de 
Caballerías nos vinieron de los árabes 
(que no falló algún sabio que lo dijese), 
pudiera aludir á ello el origen que dio 
Cervantes á su fábula ; pero es más 
verosímil, atendido su carácter satí- 
rico y poco afecto á la Mancha, que en 
esto quiso ridiculizar á los manchegos, 
tild.indolos de moriscos, tanto más, 
que alguna vez llamó á Cide Hamete 
autor arábigo y manchego [a). De he- 
cho abundaban los moriscos en los 
pueblos de la Mancha, especialmente 
después que de resultas del levanta- 
miento de los del reino de Granada 
en los años de 1568 y 15b9 se les obligó 
á abandonar sus hogares, y á avecin- 
darse en las provincias internas de la 
Península. Y, sin perjuicio de esto, 
tiró al mismo tiempo Cervantes á ridi- 
culizar, remediindola, la superchería 
de los escritores de Caballerías, que, 
por lo común, suponían ser sus libros 
traducciones de idiomas extranjeros, 
entre ellos el arábigo, según se dijo 
en las notas anteriores de la Historia 
del Caballero de la Cruz. 

En el capitulo II de esta primera 
parte se habló de varios autores que 
habían tratado de las cosas de Don 
Quijote : y aquí se supone que el mundo 
quedara mito y privado de su historia, 
si el caso y la fortuna no hubieran 
proporcionado el hallazgo de los carta- 



(a) Parte I, cap. XXII. 



i42 DON QUIJOTE DE LA MANCHV 

para disimular el contento que recebí cuando llegó á mis oídos 
el título del libro, y salteándosele al sedero, compré al mucliacho 
todos los papeles y cartapacios por medio real : que si él tuviera 
discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera pro- 
meter y llevar más de seis reales de la compra. Apárteme luego 
con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me 
volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de i). Qui- 
jote en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofre- 
ciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de 
pasas' y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y 
fielmente y con mucha brevedad ; pero yo, por facilitar más el 
negocio, y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje á 
mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda- del 
mismo modo que aquí se refiere. Estaba en el primero cartapacio 
pintada muy al natural la batalla de D. Quijote con el vizcaíno^, 
puestos en la misma postura que la histoiia cuenta, levantadas las 
espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la 
muía del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler 
á tiro de ballesta '. Tenía á los pies escrito el vizcaíno un título 
que decía : D. Sancho de Azpeilia, que sin duda debía de ser su 
nombre, y á los pies de Rocinante estaba otro que decía : Don 
Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo 
y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto esjjinazo, tan hético 
confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta adver- 

Eacios de Benengeli, como si éste hu- biera ser con cartapacios, diciéndose 

iese sido el único cronista de nuestro leer : Los t adujo todos. 

hidalgo. Es clara la inconsecuencia 3.» Olvidóse aquí la propiedad his- 

con que en el (Jlijote se suele liablar tórica : Cervantes, que vivió entre mo- 

de este asunto: pero como hemos di- ros algunos aüos, no podía ignorar que 

cho. y como tendremos que decir otras los figuras de hombres y animales 

veces. Cervantes nunca volvía á leer lo edtán prohibidas entre ellos, y que, 

que llevaba escrito. por consiguiente, son impropias en sus 

1. Comida muy usada de los moros, libros, cual lo era el de Cide Hauíete. 
á cuya costumbre alude aquí Cervantes, 4. Esto es, á larga distancia. Otras 
zahiriendo delicadamente al morisco veces se dice á tiro de escopeta^ como 
de que se trata. Como la ley prohibe en la novela de la Ilustre i reyona : á 
el uso del vino á los musulmanes, se tiro de escopeta en mil aeñales descu- 
desquitan consumiendo muchas uvas bría ^Carriazoj ser bien nacido, porque 
frescas y pasas. Gahriel Alonso de era generoso y bien partido con sus 
Herrera, en su libro de Agricultura. camaradas. En la parte segunda del 
hace mención de la destreza con que Ocijote, capitulo V : Llegó Sancfi" d su 
las conservaban y curaban los moros casa tan regocijado y alegre, que su 
granadles (a). • mujer conoció su alegría d tiro de ba- 

2. Toda quiere concertar con his- tiesta. En esta primera parte, capi- 
toria: pero esta palabra no se encuen- tulo XXI : Sí uo te las rapas (fas 
tra en el periodo, y el concierto de- barbas) « nw aja cada dos días por lo 

menos, rí tiro de escopeta te echará de 
<a] Lib.II.cap. XIX. ver lo que eres. 



PHIMKKA PAUTE. CAPÍTULO TX 143 

liMicia y propiedad se le había puesto el nombre de Rocinante. 
Junto i\ ♦'! estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro á su asno, 
á los pies del cual estaba otro rétulo que decía : Sancho Zancas, 
y debía de ser que tenía, í\ lo que mostraba la pintura, la barriga 
grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió 
de poner nombre de Panza y de Zancas, que con estos dos sobre- 
nombres* le llama algunas veces la historia. Otras algunas 
menudencias había que advertir, pero todas son de poca impor- 
tancia y que no hacen al caso á la verdadera relación de la historia, 
que ninguna es mala como sea verdadera. Si á ésta se le puede 
poner alguna objeción- cerca de su verdad, no podrá ser otra 
sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de 



1. No es así. En ninguna otra oca- 
sión fuera de ésta, se le da el sobre- 
nombre de Zancas á Sancho : ó se 
supuso burlescamente que asi sucedía 
en el original arábigo, y que por guar- 
dar consecuencia no quiso ponerse en 
la traducción castellana. 

2. No es constante el juicio que en 
distintas partes del Ingenioso Hidalgo 
se forma de Cide Hamete. General- 
mente se le elogia ; aquí se le vitupera. 
Todo lo que sigue en este pasaje sobre 
el grado de crédito que merece su 
historia es poco oportuno. Concluyó 
Cervantes llamándole perro, dicterio 
vulgar con que solían motejarse mu- 
tuamente moros y cristianos : lo cual 
no es del caso ni concuerda con los 
elogios que de Cide Hamete se hacen 
en otros lugares, llamándole sabio, 
alentado, prudenlisimo. celebérrimo y 
flor de los historiadores. 

En éste y otros parajes de sus obras 
habla Cervantes de los moros en los 
términos que en sn tiempo se hablaba 
generalmente en España. La época de 
esta aversión especial puede señalarse 
en la fundación del reino de Argel por 
los hermanos Barbarrojas, á principios 
del reinado de Carlos V. Durante la 
vida de estos Reyes piratas y de los 
demás que les sucedieron en todo 
aquel siglo, dominri en Argel el influjo 
de los renegados, raza compuesta de 
la hez de todas las naciones, cuya 
ignorancia brutal y cuyas costumbres, 
tan crueles como soeces, junto con el 
horrible tráfico de cautivos y los repe- 
tidos saqueos de los pueblos de nues- 
tras costas del Mediterráneo, habían 
excitado en' los españoles el odio mez- 



clado de desprecio que se deja ver en 
los escritos de Cervantes y de sus con- 
temporáneos. A pesar de la guerra per- 
petua, no se les miraba con tanta 
ojeriza en los siglos anteriores á su 
expulsión de la Península. Hoy mismo 
se cree que los moros andaluces fueron 
cultos, instruidos y aun amables : se 
ha tratado y escrito largamente de su 
civilización, de su literatura, de sus 
poetas, de sus diccionarios, de sus 
historias, y de éstas en términos muy 
distintos que Cervantes. El autor de la 
Pluralidad de los mundos los pintaba 
como un pueblo semejante al que su- 
ponía habitar en el planeta de las gra- 
cias y de los amores, lleno de fuego, 
de ingenio, amante de la música y de 
la poesía, inventor perpetuo de fiestas, 
danzas j' torneos (a;. En ello también, 
por su calidad de españoles, se ha 
mezclado el orgullo nacional en estos 
últimos tiempos ; se les ha considerado 
como bienhechores de la ilustración 
europea, y se ha elogiado su época 
como se pudieran las de Pericles y 
Augusto. Yo dejo á los peritos de la 
lengua, historia y literatura arábigas 
el juzgar de esto, y señalar hasta qué 
punto pudieron combinarse la civiliza- 
ción y las luces con el despotismo y el 
Alcorán : y volviendo á Cervantes, 
digo que habló de los moros con el 
desprecio que merecían las costum- 
bres y modo de vivir de que había 
sido testigo durante su cautiverio en 
Argel désele el año de 1575 hasta el 
de 1.580. 



'n) Noche IV. 



144 



DON OUIJOTE DE LA MANCHA 



aquella nación ser mentirosos, aunque por ser tan nuestros ene- 
migos*, antes se puede entender haber quedado falto en ella que 
demasiado^; y así me parece á mí, pues cuando pudiera y dehieía 
extender la pluma en las alabanzas d(í lan i)uen cahalloro, parece 
que de industiia las pasa en silencio^ : cosa mal hecha y peor 
pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, 
verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo ', 
el rancor ni la afición no les haga torcer del camino de la verdad, 
cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las 
acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, 
advertencia de lo por venir'. En ésta sé que se hallará todo lo 
que se acertare á desear en la más apacible; y si algo bueno en 
ella faltare, para mí tengo que fué por culpa del galgo de su autor * 



1. La partícula tan debiera acom- 
pañar á enemigos, diciéndose : por se?" 
lan enemigos nuestros. 

2. Quedar falto ó corto se dice, 
pero no quedar demasiado ni largo; 
quedar y demasiado indican ideas con- 
tradictorias. 

3. Esto no dice bien con lo que 
adelante se afirma de la puntualidad 
de Cide Hamete en el capitulo XVI de 
esta primera parte, donde se lee : Cide 
Hamete Benengeli fué historiador muy 
curioso y muy puntual en todas las 
cosas; y éctiase bien de ver, pues las 
que quedan referidas, con ser tan mí- 
nimas y tan rateras, no las quiso pasar 
en silencio. Y el capítulo XL de la se- 
gunda parte empieza así : Real y verda- 
deramente todos los que gusten de se- 
mejantes historias como ésta, deben 
mostrarse agradecidos rí Cide Hamete. 
su autor primero, por la curiosidad 
que tuvo en contarnos las seminimas 
delta, sin dejar cosa, por menuda que 
fuese, que no la sacase d luz distinta- 
mente. Como de estas inconsecuencias 
hallaremos en el Quijote. 

4. El orden natural es al revés : mal 
pensada y peor liecha, porque antes es 
pensar que hacer. 

Cervantes usó generalmente la partí- 
cula de con el verbo deber cuando éste 
precedp al verbo sustantivo ser. Aquí 
no lo hizo, y fué precisamente en oca- 
sión que convino hacerlo para enlazar 
con un régimen común á los gerundios 
habiendo y debiendo : habiendo y de- 
hiendo de ser los liistoriadores ptin- 
tuales. Quizá fué omisión de la im- 



prenta, á cuya causa pueden en mi 
juicio atribuirse muchos de los des- 
cuidos que se observan en el lenguaje 
del Quijote. Lo mismo puede discu- 
rrirse sobre las palabras y que ni el 
interés ni el miedo, etc., donde falta 
algo para que conste la gramática. De- 
bió, al parecer, decirse : y tales, que 
niel interés ni el miedo les haga torcer 
el caniino de la verdad. 

5. Expresiones que recuerdan las de 
Cicerón en el libro II, del Orador : 
Historia testis teniporum, lux veritatis, 
vita memorise. magistra vitx, nun'.ia 
vetustatis. Cristóbal Suárez de Figueroa, 
en su Pasajero (a), tradujo así las pa- 
labras de Cicerón : testimonio de los 
tiempos, luz de la verdad, vida de la 
memoria, maestra de la vida y mensa- 
jera de la antigüedad. El pasaje de 
Cervantes comprende el mismo con- 
cepto, y añade además la discreta y 
profunda idea de que la historia de lo 
pasado envuelve el anuncio de lo 
luturo. 

6. Es tratarle de perro, segi'm la 
costumbre de que se hizo mención 
arriba. En la comedia de los Parceles 
de Murcia, escrita por Lope de Vega, 
queriendo unos guardas registrar lo 
que llevaba en una canasta la esclava 
Beatriz, le decía un© de ellos : 

Suelta, galpa. 

El mismo Cervantes, en el Viaje al Par- 
naso, trató también de galgo al Gran 
Turco ; y en la comedia de Los Baños de 

(a) Alivio 11. 



•HIMKHA P.VRTK. 



CAPITULO IX 



ü:; 



;\nles (|ti(' por falla del siijclo. Kii íin ; su secunda parle*, si- 
oliendo la traducción, comenzaba desta manera : 

Pucslas y levantadas en alto las corladoras espadas de los dos 
valerosos y enojados comhaiienles, no parcela sino que estaban 
amena/ando al cielo, á la tierra y al abismo^ : tal era el denuedo 
y continente que tenían. Y el primei'O que fué á descarg-ai- el 
golpe fué el colérico vizcaíno, el cual fué dado con tanta fuerza y 
tanta furia, que á no volvérsele la espada en el camino, aquel solo 
golpe fuera bastante para dar iln á su rigurosa contienda'' y á 
todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, 
que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su 
contrario, de modo que aunque le acertó en el hombro izquierdo, 
no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole 
de camino gran parte de la celada con la mitad de la oreja, que 
todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy mal- 
trecho. ¡ Válame Dios, y quién será aquel que buenamente 
pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro 
manchego viéndose parar de a([uella manera ! No se diga más sino 
(pie fué de manera que se alzó de nuevo en los estribos, y apre- 
tando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre 
el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la 
cabeza, que sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre 



Argel, un Sncristán llevado cautivo de 
España á Berbería, decía á otro cautivo, 
hablando de unos morillos : 

Déjeme, pese á mí, coa estos galgos. 

Y luego, volviéndose á ellos : 

Escuchadme, perritos, 
Venid, tus, tus, oídme. 

[. La suspensión de la aventura del 
Vizcaíno, la pérdida de la historia y su 
hallazgo no produce el efecto que, al 
parecer, se propuso Cervantes. Al aca- 
bar la primera parte de las cuatro en 
que dividió su libro, quiso probable- 
mente imitar lo que suele hacer al fin 
de sus cantos el Ariosto, el cual, después 
de haber esforzado todo lo posible el 
interés, corta de repente la narración, 
evidentemente con el designio de irritar 
y aumentar la curiosidad de los lec- 
tores. El asunto del Ariosto, compuesto 
de tantos incidentes inconexos entre 
-i. proporcionaba frecuentes ocasiones 



de hacerlo, siendo de todos modos 
preciso interrumpir unos asuntos para 
pasar á otros; pei'o la fábula del Qui- 
jote, como tiene unidad de argumento, 
lejos de dar lugar á esta clase de tran- 
siciones violentas, debe fluir por sí 
misma, sin despedazar el contexto ni 
ofender el buen gusto de los lectores. 

2. Bella expresión y exageración 
graciosa tratándose de los combatientes 
que acab;m de describirse: el uno sobre 
un flaco y extenuado rocín, cubierto 
con una rodela prestada, y el otro 
sobre una mala muía de alquiler, de 
tendiéndose con un cojín del coche. 

3. Mejor : ó la riqurosa contienda, 
como ya se dijo en otra ocasión. La con- 
tienda no era ni podía ser de uno solo : 
era de ambos (a). 



(«) Atento el comentarista á ésta y otras 
menudencias, no para mientes en la belleza 
del cuadro, lleno de animación y vida, que 
aquí traza Cervantes, verdadero "maestro en 
el arte de describir. 

(M. de T.) 



10 



litj UU.N yLlJOTli Uli LA MANCHA 

él una uioiilafia, comenzó á echar sangre por las narices y por la 
boca y por los oídos, y á dar muestras de caer de la muía ahajo, 
de donde cayera sin duda si no se abrazara con el cuello : pero 
con todo eso, saco los pies de los estribos, y luego soltó los brazos, 
y la muía, espantada del terrible golpe, dio á correr por el campo, 
y Á pocos corcovos dio con su dueño en tierra. Estábaselo con 
mucho sosiego mirando D. Quijote, y como lo vio caer, salló de 
su caballo, y con mucha ligereza se llegó á él, y poniéndole la 
punta de la espada en los ojos ', le dijo que se rindiese, si no que 
le cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía 
responder palabra, y él lo pasara mal según estaba ciego Don 
Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran 
desmayo habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba, y 
le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced 
y favor de perdonar la vida- á aquel su escudero. Á lo cual 
b. Quijote respondió con mucho entono y gravedad : Por cierto, 
fcrmosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís ; 
mas ha de ser con una condición, y concierto, y es que este caba- 
llero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso^ y presentarse 
de mi parte ante la sin par Doña Dulcinea, para que ella haga del 
lo que más fuere de su voluntad. Las temerosas y desconsoladas 
señoras, sin entrar en cuenta de lo que D. Quijote pedía y 



1. Buwle cita ejemplos tle sucesos y 
expresiones semejantes, tomados de las 
historias de Amadis de Gaula, de D. Oli- 
vante de Laura y de l'ñmaleón. En 
Palmerin de Inqlalerra se cuenta que, 
cayemlo Brauíarin por las ancas del 
caballo, quedó gran pieza sin bullir pie 
ni mano. Viéndole tal [*aluierin, des- 
montó, y quitándole el yelmo, le puso 
la punta de la espada en el rostro, 
diciendo : Caballero, rendios en mis 
enanos..., si no muerto sois (a). Fácil 
sería arunuilar ejemplos. 

2. Tan parece errata por la. En los 
libros de Ciballeria no es raro haber 
dueñas y doncellas espectadoras de los 
combates, y estorbar que pasen ade- 
lante, ó pedir y obtener del vencedor 
la vida del vencido. Asi la Reina Iseo 
separó á Tristán y Palamedes, que se 
combatían por ella (ó). Flordespina en 
Boyardo despartió en medio de su pelea 
á Ferragús y Orlando (c). Yendo Flo- 



(a) Parte II. cap. I.XIX. — (b) Tristán, 
libro I, c;ip. XLI. — (c) Lib. I, canto IV. 



rambel de Lucea á cortar la cabeza á 
un caballero á quien había derribado, 
no lo hizo á ruego de la doncella So- 
lercia, que se hallaba presente (a). La 
Infanta .Miraguarda interpuso también 
con Palmerin de Inglaterra sus buenos 
oficios á favor del i^igante Almourol, 
como se refirió anteriormente. 

3. Lo mismo había exigido D. Qui- 
jote en el capitulo anterior de la dueña 
vizcaína en pago de haberla librado 
del poder de los encantadores y nigro- 
mantes: la ocurrencia era tan graciosa 
como propia del humor de nuestro hi- 
dalgo. La promesa que á nombre de su 
escudero hicieron tas temerosas y des- 
consoladas señoras, sin entrar en cuenta 
de lo que D. Quijote pedia, y sin pre- 
(/imtar quién Dulcinea fuese, ni saber 
lo que prometían, fué la que debía ser 
en el estado de aturdimiento en que se 
hallaban : y Cervantes dio fin á la 
aventura de un modo que no pudo ser 
más natural ni verosímil. 



(o) Floramhel, lib. 



cap. XX. 



IMUMEPA PARTli. — CAPÍTUI.O IX li7 

sin pic^iiiiliir (juit^n Dulcinea fuese, le prometieron ([ue el 
escudero haría lodo aquídlo que de su parte le fuese mandado. 
Pues en Ce de esa |)a]al)ra', }<> no le liare más daño, puesto que 
me lo tenía bien merc<'ido. 



1. Habla aqui D. Quijote, como es claro, aunque no se expresa. 



CAPÍTULO X 



Dli LOS GRACIOSOS RAZONAMIENTOS^ QUE PASARON ENTRE D. QUIJOTE 
Y SANCHO PANZA SU ESCUDERO. 



Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza algo mal- 
tratado de los mozos de los frailes^, y había estado atento á la 
batalla de su señor D. Quijote, y rogaba á Dios en su corazón 
l'uese servido de darle vitoria, y que en ella ganase alguna ínsula 
de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. 
Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volvía á 
subir sobre Rocinante, llegó á tenerle el estribo, y antes que 
subiese se hincó de rodillas delante del, y asiéndole de la mano, 
se la besó^ y le dijo : Sea vuestra merced servido, señor Don 
Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigu- 
rosa pendencia se ha ganado, que por grande que sea, yo me 
siento con fuerzas de saberla gobernar '* tal y tan bien como otro 
que haya gobernado ínsulas en el mundo. A lo cual respondió 



1. En las ediciones primitivas del 
Quijote decía el epígrafe de este capí- 
tulo : De lo que más te avino d D. Qui- 
jote con el uizcaino, y del pelif/ro en 
que se vio con luia turba de yangiieses; 
pero la aventura del vizcaíno se con- 
cluyó en el capitulo anterior, y el en- 
cuentro con los yangüeses se refiere 
después en el capitulo XV. El presente 
sólo contiene un graciosísimo coloquio 
entre L). Quijote y Sancho, y por esta 
razón la AcadeniiaEspañola corrigiendo 
tan notoria y evidente equivocación, 
suprimió en sus ediciones el epígrafe 
antiguo del capitulo, y le sustituyó el 
que ahora lleva. 

2. No concuerda mucho la blan- 
dura de esta expresión con el capitulo 
pasado, donde se contó que los mozos 
dieron con Sancho en tierra, y sin de- 
jarle pelo en las barbas le molieron á 
coces y le dejaron tendido en el suelo 
sin aliento ni sentido. 

3. De igual á igual, ó de superior á 



inferior solía darse el beso de paz en el 
rostro. Hincar la rodilla y besar la 
mano era demostración de inferioridad 
y respeto, de que hay infinitos ejemplos 
en los libros de Cahallerias, señalada- 
mente en ocasiones de pedir mercedes, 
como aquí iba á hacer Sancho. Más 
abajo se cuenta que volvió á besarle á 
su amo la mano y la falda de la loriga. 
Esto demostraba mayor respeto y 
humildad todavía, como lo indicaba 
también en aquel caballero de quien 
cuenta la historia de .Vmadís de 
Gaula [a) que besó la falda del arnés 
al Doncel del mar, que le había ven- 
gado de Galpano. 

4. .Mejor se dijera : con fuerzas para 
ijobernarla. mudando el régimen y 
suprimiendo el saber, porque las fuer- 
zas no dicen relación al saber, sino al 
gobernar. 



(a) Cap. VI. 



priiMKnA p.\nTR. — íiapíti i.o x Ií0 

D. Quijote : Advertid, heniiauo Sancho', que esta aventura vías 
á esta seniejaulcs, no son avenluras de ínsulas, sino de enrruci- 
jadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rola la cabeza 
ó una oreja menos : tened paciencia, que aventuras se ofrecerán 
donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más ade- 
lante. Agradecióselo mucho Sancho, y besándole otra vez la 
mano y la laida de la loriga-, le ayudó á subir sobre Rocinante ; 
y él subió sobre su asno y comenzó á seguir á su señor, que á 
paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se 
entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Sancho á todo 
trote de su jumento; pero caminaba tanto Rocinante, que viéndose 
quedar atnis, le fué forzoso dar voces á su amo (|ue se aguardase. 
ilízolo así D. Quijote, teniendo las riendas á Fiocinante hasta que 
llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo : Paré- 
cerne, señor, que sería acertado irnos á retraer á alguna iglesia, 
que según (juedó maltrecho aquel con quien os combatisteis, no 
s<'rá mucho íjue den noticia del caso á la santa Hermandad '^ y nos 
prendan; y á fe que si lo hacen, que primero que s¿dgamos de la 
cárcel que nos ha de sudar el hopo '. Calla, dijo D. Quijote. 



1. D. Oi'ijote, todo ufano y hueco 
con el triunfo conseguido sobre D. San- 
cho de Azpeilia, se entona aquí y habla 
á lo gran señor. 

2. En ninguna otra parte del Qumote 
se hace mención de su loriga. Ésta era 
armadura interior, sobre la cual asen- 
taba el peto y el espaldar, pendiendo 
la falda algún tanto por fuera <ie la del 
arnés. La loriga era de hojuelas de 
acero sobrepuestas unas á otras, ó de 
malla, como se dice expresamente de 
la del gigante Madarque en Amadís de 
(Jaula («I, y de otros muchos caballeros 
en todos los libros andiintescos. Algunas 
veces se armaba también con lorigas á 
los caballos, que entonces se llamaban 
encubertados. En los principios dicen 
que se hicieron de cuero ó de correas 
entretejidas, y que de aquí se llamaron 
lorigas, fí loris. 

Besar la falda de la loriga solía ser 
demostración de respeto mezclado de 
cariño. Después de hober vencido Flo- 
rambel la formidable aventura del 
Árbol saludable, su escudero Lelicio, y 
Celesin, escudero de D. Lidiarte, que 
estaba allí cerca mal herido, se vinieron 

(rt) Cap. LXV. 



para Florambel con el mayor gozo del 
mundo, y llorando con el sobrado pla- 
cer, se fincaron de hinojos aniel, y le 
besaron la falda de la loriga (a ¡.Cua.no o 
no había ó no se veía la falda de la 
loriga, se besaba la del arnés, como !o 
hizo el doncel Durin al despedirse de 
Amadís de Gaula (b¡. 

3. Tribunal severísimo establecido 
por los Keyes católicos D. Fernando y 
Doña Isabel el año de 1476 para perse- 
guir, juzgar y castii;ar los delitos come- 
tidos fuera de poblado, y que subsistía, 
aunque con notables variaciones, en 
tiempo de Cervantes. La ocurrencia de 
Sancho sobre tomar iglesia, ni puede 
ser más natural en su carácter rústico 
y medroso, ni más graciosa por el con- 
traste que ofrece con las fanlarronadas 
caballerescas de su auio. 

4. El que se repite cuatro veces, de 
las cuales pudieron suprimirse la se- 
gunda y la cuarta, y quedaría harto 
mejor el lenguaje. 

Hopo es nombre que se da en especial 
á la peluda y larga cola de la zorra : 
y se dice que le suda el liopo ai que 

{a) Florambel de Lucea, lib. III, cap. IX. 
— (o) Amadis de Gaula, cap. XLVI, 



150 DON QUIJOTE nE I.A MANCHA 

¿Y dónde lias visio lú ó leído jamás que caballero andante haya 
yido puesto ante la justicia ])or más homicidios (pie hubiese come- 
tido? Yo no sé nada úe omecillos, respondió Sancho, ni en mi vida 
le calé á ninguno' ; scilo sé ipn; la santa Hermandad tiene que ver 
•y. con los que pelean en el campo, y en esotro no me entremeto. Pues 
no tengas pena, amigo, respondió D. Quijote, que yo te sacaré de 
las manos de los caldeos^, cuanto más de las de la Hermandad. 
Pero tlime por tu vida, ¿has tú visto más valeroso caballero que yo 
en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias^ otro 
que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el 
perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar? 
La verdad sea, respondió Sancho, que yo no he leído ninguna 
historia jamás, porque ni sé leer ni escribir; mas lo que osaré 
apostares que más atrevido amo ([ue vuestra merced yo no le he 
servido en todos los días de mi vida, y quiera Dios que estos 
atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego 
á vuestra merced es que se cure, que se le va mucha sangre de 
esa oreja, que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco en 
las alforjas. Todo eso fuera bien excusado, resj)ondió D. Quijote, 
si á mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de 
F'ierabrás '', que con sola una gota se ahorraran tiempo y medi- 



trabaja con afán y fatiga, como le 
sucede á este animal cuando huye con 
todo su esfuerzo para evitar que le al- 
cancen los perros. 

1. Omeciilo (a) es la voz homicidio en 
boca de gente rústica é ignorante, que 
la conservaba todavía entonces desde 
que se introdujo en los principios del 
idioma castellano, set;ím se ve por 
muchos documentos y por la traduc- 
ción castellana del Fuero juzgo, orde- 
nada por el Rey San Fernando, señala- 
damente en el" titulo V del libro VI, 
donde se halla á cada paso. — L'na de 
las acepciones del verbo calar es pro- 
curar, y en ésta lo usa aquí Sancho, 
manifestando que nunca había procu- 

(a) Onecillo. — Supone Hartzenbu.sch que 
Sancho, que en otro pnsaje del texto, huce 
ver qiu" conoce p! sentido de omeciilo fniala 
voluntad I entendió aquí, en vez de omecillos, 
gomecilloft (liizaiillos. guías de ciego) pero 
esta explicación no aclara la frase. Faiece 
más natural la interpretación del señor Cal- 
derón (Véase Cortejón, tomo I. pág. 'Jlii) el 
cual tradnce así la frase : » Yo no sé nada 
de odio* ni en mi vida le he tenido ni guar- 
dado á ninguno. » (M. de T.) 



rado á nadie la muerte. La gente nistica 
es más tenaz de sus usos y lenguaje 
que la cortesana ; y pudieran alegarse 
locuciones, modismos y terminaciones 
usadas en otros tiempos, pero anti- 
cuadas entre las personas cultas, que 
todavía se oyen entre los aldeanos. 

2. En el profeta .leremias son fre- 
cuentes las amenazas de que Dios entre- 
gará los judíos en manos de los cal- 
deos (a). Á esta expresión parece que 
se alude en el presente lugar. 

.3. Nótese la belleza y redondez de 
este periodo, la exactitud y compasada 
gradación de sus ideas, y la arujonía y 
perfección de su lenguaje. 

4. La historia de este bálsamo se 
lee en la vulgar del Emperador Carlo- 
magno, publicada en castellano por 
Nicolás de Piamonte. .No puedes nefjni\ 
decía Fierabrás á Oliveros, que tu 
cuerpo esté llar/adn, y decirte he como 
sanaros en un punto, aunque vids lla- 
gas tuvieses. Llégate á mi caballo y 



(a) Cap. XXXII. 



fRIMKIlA l'AItTi:. 



C.M'ITULO X 



i:\\ 



cillas. ¿HiH' i'cdíMiía y qiK* bálsamo es oso? dijo Suncho Pan/a. 
Ks \in hiilsanio, ros|)oii(li() I). (Juijolc, de quien longo la rocela on 
la uKMnoria ', con ol cual no hay qiio tener temor á la niutírle, ni 
luiy ([uo pensar morir d(^ i'orida alguna : y así cuando yo lo haga 
y le lo dé, no tienes más que hacer sino que cuando vieres que on 
alguna batalla me han partido por medio dol cuerpo, como muchas 
veces suele acontecer-, bonitamente la parte del cuerpo qu(5 



fiallarás i/os barrilejos alados al arzón 
de la silla, llenos de bálsamo, que por 
fuerza de armas c/ané en Jerusalén : de 
este biUsauxo fué embalsamado el cuerpo 
de tu Dios cuando le descendieron de 
la cruz y fué puesto en el sepulcro : y 
si de ello bebes, quedarás luego sano 
de tus heridas. En el discurso de la 
batalla, cortada la cadena de los ba- 
rriles, cayeron estos al suelo, y espan- 
tado con el ruido el caballo de Fiera- 
brás, tuvo Oliveros ocasión de apearse 
y beber del bálsamo á su placer, y luego 
se sintió sano, ligero y dispuesto, como 
si nunca hubiera sido herido. Y de esto 
(lió infinitas gracias á Dios, y dijo entre 
si : ningún buen caballero debe pelear 
con esperanza de tales brevajes; y to- 
mando entrambos barriles, los echó en 
un caudaloso rio que cerca de allí pa- 
saha, y fueron al fondo del agua. Y he 
leído en un libro auténtico de lengua 
toscana que habla de este Fierabrás de 
Alejandria, que todos los días de San 
Juan Evangelista parecen los dos ba- 
rriles encima del agua, y no en otro 
tiempo (a). D. Quijote hubo de averi- 
guar, no se sabe por donde, la receta 
del prcioso bálsamo, y siendo menos 
escrupuloso que el bueno de Oliveros, 
se proponía usarlo cuando le convi- 
niese. 

La delicadeza de Oliveros recuerda la 
de Rugero, que avergonzado de la vic- 
toria C[ue había conseguido contra tres 
caballeros por medio de un escudo 
encantado, que á semejonza del de 
Medusa dejaba aturdidos á cuantos 
fijaban en él la vista, lo att'i á una peña 
y lo arrojó á un pozo (b). 

En la historia de Belianís se refiere 
que el Príncipe Ariobárzano llevaba 
ntado al arzón de la silla un barril pe- 
queño de oro de un preciosísimo bál- 



(n) Hisloria lie Carlomar/no. cap. XVII 
y XIX. — (6) Arioslo, canto' XXII, est. XCI 
y siguientes 



samo que curaba de las heridas, con tal 
que el alma de' las carnes no fuese 
apartada. Bebiendo de este bálsamo 
fueron curados de heridas peligrosas 
en varias ocasiones Ariob.irzano, Belia- 
nís, el Príncipe Perianeo, llamado el 
Caballero de las dos Espadas, y el Em- 
perador de Trapisonda {a.. La curación 
era al instante, pero alguna vez suce- 
dió que los caballeros estaban tan des- 
fallecidos por la pérdida de sangre, que 
les convino hacer cama. 

Aunque era muy apreciable la pro- 
piedad de los bííisamos de Fierabrás y 
Ariobárzano, todavía lo era más y más 
cómoda la del joyel que la Princesa 
Policena echó al cuello á D. Belianís 
de Grecia, y tenía la virtud de no dejar 
desangrarse á quien lo llevaba (6). 

1. Mejor dicho estaría : es un bál- 
samo cuya receta tengo en la memoria ; 
porque el relativo quien se dice más 
comúnmente de las personas que de 
las cosas. 

2. Hay, con efecto, muchos ejemplos 
de estos desaforados golpes en los 
libros de Caballerías. Amadís de Gre- 
cia, en una batalla contra el Rey de 
Francia, hirió de toda sn fuerza por 
cima del yelmo á un caballero : y el 
golpe fué tal, que él y la cabeza hasta, 
la cinta lo hizo en dos partes (c). El 
caballero del Febo, ayudando á su 
hermano Rosicler, á quien habían aco- 
metido dos gigantes hijos de Candra- 
niarte, dio á uno de ellos tal revés por 
encima de los muslos, que dio con él 
hecho dos partes á los pies de su her- 
mano [d). Reinaldos de Montalbán. de 
un revés con su espada Fusberta. par- 
tía ;i un hombre por medio, según se 
refiere, y no una vez sola, en la histo- 
ria de Morgante (e). De Rugero cantaba 

[a] Lib. II. cap. XXVII, XXVIII, XXXY v 
XXXVII. — {Jn flelianis, lib. II, cap. JX. — 
(c) Amadis de Crecía, parto I. cap. LXVIIT. 
— [d) Euppjo de PrinrAppfs, parte I. lib. I, 
cap. XLIII. — (fi) Lib. I, cap. XIX y LXVI 



lo2 nON QI'IJOTE DE LA MANCHA 

hubiere caído en el suelo, y con mucha solileza anles que la 
sangre se hiele, la j)on(Jrás sobre la olra inilad ({ue quedare en la 
silla advirliendo de cncajalla igualmente y al justo' : luego me. 
darí'ts á beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y 
verásme quedar más sano que una nianzana -, Si eso hay, dijo 



Ariosto (a) que, con su espada Bali- 
sarda, 

Gil elini taf/liaba e le corazze f/rosse, 
E (jli unmini feíidca jin sul cavnllo ; 
E qli nuuiilava in ptn te ui/unle al prato 
Tniilü Unir un, qwtnto lUilV allro lulo. 

Otros libros que no son de Caballerías 
cuentan casos semejantes. Plutarco, en 
la Vida de Pirro, Rey de los Epirotas, 
relieve que este Principe, provocado 
por uno del ejército de los INlamerlinos, 
de grande estatura gigante se le hu- 
biera llamado en las crónicas caballe- 
rescas], le dividió el cuerpo de una 
cuchillada desde la cabeza abajo, 
cayendo á cada lado sn parte. 

Lo que hizo verticahiiente Pirro, lo 
hizo horizontalmente el Cid Kui Díaz 
de Vivar. Cuenta su poema que en la 
batalla de .\lcocer, habiendo los moros 
muerto el caballo fi Alvar F;íñez (6), 

Violo mío Cid Rui Díaz el castellano : 
Acostos' á un alguacil, que tenie buen ca- 

[ballo : 
Diol' tal espadada con el so diestro brazo, 
Cortol' por la cintura, el medio echó en el 

[campo : 
Á Minaya Alvar Fánez ibal' dar el caballo. 

El libro de la Gran conquista de Ul- 
tramar, traducido de la historia latina 
de Guillermo, Arzobispo de Tiro, ha- 
blando del cerco de Antioquía por los 
Cruzados (c), cuenta que Godolre de 
Bullón peleaba en una puente contra 
los sitiados, que habían hecho una 
salida, y dio tan gran golpe ü un 
inoro que le aquejaba más que todos 
los olviis, sobre la loriga que traía ves- 
tida, one le travesó por la cinta bien 
cabe los arzones de la silla ; asi que la 
cabeza con los brazos é los pechos hasta 
en la cinta cayó sobre la puente, é las 
piernas con muy poco de lo otro que- 
daron sobre la silla. Y no fué esta re- 
lación de las que algunas veces anadia 
la traducción á la historia original del 



(a) Canto 20, estr. 21. — (¿) Vers. 75G y 
siguientes. — (c) Lib. II, cap. LVIII. 



Arzobispo de Tiro, porque éste, refi- 
riendo el mismo suceso (a,, dice de 
Godüfre : Unum de hostibus protinus 
instanlem, lorien indulum, per médium 
divisil, ila ut pars ab nmbilico superior 
ad terram deciderel, reliqua parte su- 
per pquum, cui insedil, intra urhem 
introducía. Obstupuil populusvisa facti 
novitate. Después de esto, no debe 
parecer mucho lo que el mismo Giii- 
llerinf) cuenta de Godofre. ;í saber : que 
cortaba de un golpe con facilidad (diga- 
mos como si fuera de alfeñique) el 
cuello de un camello grandísimo, con 
admiración del jeque árabe que lo 
presenciaba (/;). Lo mismo hacia en 
tiempos posteriores con el cuello de 
un toro D. Gómez de Figueroa, caba- 
llero de Córdoba, señor del Encinar, 
de quien escribe su paisano D. Luis 
Bañuelos que así lo ejecutó, y no una 
vez sola, en los festejos celebrados por 
la ciudad de Sevilla con motivo de los 
casamientos del Rey D. Felipe II (c). 

1. En las ediciones anteriores se 
leia encajallo : era evidentemente error 
de la imprenta. — Al justo (x) me 
parece italianismo, y no será el único 
que se encuentre en el Quijote. Por lo 
demás, la idea no puede ser más fes- 
tiva, ni mayor la gracia con que se 
expresa. 

2 Comparación de uso común, á 
pesar de las numerosas excepciones 
que suelen ofrecer las manzanas. 



(a) Lib. V, 
cap. XXII. - 
nela. 



cap. VI. — (6) Lib. IX. 
(c) Lió. manuscrito de la Ji- 



(«) Al justo. — Si es italiano (cosa por lo 
menos dudosa, pues tenemos en castellano : 
al igual, al pronto, etc.) no fué Cervantes el 
único en usarlo. Uecuérdese el epigrama de 
Lope de Vega : 



Setenta años vi el sereno 
Cielo, g-océlos al justo. 
Los cuarenta por mi g-u-sto, 
Los Ir^'inla por el ajeuo. 

(M. de T.j 



pniMKHA r.\im;. 



f:Ai'íiui.o X l'V.l 

Pau/.ii, u) renuncio desde {i(|uí el gobierno de la pronicüda ínsula, 
y no (|uiero otra cosa en pago de mis muchos y buenos servicios*, 
sino (|ue vuestra niercetl me ú{\ la receta de ese extremado licor, 
(|ue para nii lengc» (pu' valdrá la on/.a adonde quiera más de á dos 
reales, y no he menestei" yo nías para pasar esta vida honrada y 
descansadamente ; pero es de saber ahora si tiene mucha costa el 
hacelle. Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres, 
respondió D. Ouijote. ¡ Pecador de mí^! replicó Sancho, ^, pues 
á ciué aguarda vuestra merced á hacelle y á enseñármele ? Calla, 
amigo, respondi(') D. Ouijote, que mayores secretos pienso ense- 
ñarte y mayores mercedes liacerte ; y por ahora curémonos, que la 
oreja me duele más de lo que yo quisiera. 

Sacó Sancho de las alforjas hilas y ungüento : mas cuando 
D. Ouijote llegó ¿ver rota su celada, pensó perder el juicio, y 
puesta la mano en la espada^ y alzando los ojos al cielo, dijo : Yo 
hago juramento al Criador de todas las cosas y á los santos cuatro 
evangelios, donde más largamente están escritos'', de hacer la 
vida que hizo el grande marqués de Mantua cuando juró de vengar 
la muerte de su sobrino Baldovinos, que fué de no comer pan á 
manteles "*, ni con su mujer l'olgar, y otras cosas que, aunque de- 



1. Tan gracioso es y tanto divierte 
oir á Sancho hablar de sus muchos y 
buenos servicios á los dos días no ca- 
bales de servir á su amo, coaio á éste 
de sus famosos hechos y hazañas el 
día primero de su carrera caballeresca, 
según se reíiriú en el capitulo 11. 

2. Interjección de que usó en el 
capítulo V Pedro Alonso, el labrador 
vecino de I). Quijote, cuando le con- 
ducía á su casa molido de los palos 
que le dio el mozo de los mercaderes. 
Denota sentimientos de incomodidad é 
impaciencia en quien habla. 

3. Actitud enfática de juramento, 
como ofreciendo mantenerlo con la 
espada, al modo que otras veces se 
jura llevando la mano al pecho, en 
demostración de que el juramento es 
de corazón y sincero. Otras veces jura- 
ban los caballeros por su espada, ó por 
la cruz de su espada, y en esto hay 
ejemplos no sólo en las historias caba- 
llerescas, sino también en las verda- 
deras. 

4. Fórmula de hechura forense, 
propia de quien no pudiendo ó no 
queriendo detenerse mucho, se refiere 
á otro documento, donde se explica 
más por extenso lo que indica. 



5. Comer sin mantel en la mesa era 
señal ^e luto y de duelo, como de 
quien come sin buscar el placer ni el 
aseo, sino únicamente por la necesi- 
dad de mantener la vida. Creo que de 
esta costumbre no quede resto al;¿uno, 
sino el Viernes Santo entre frailes y 
monjas. 

El romance del Marqués de Mantua, 
después de contar que éste halló en la 
floresta ;i su sobrino Baldovinos, he- 
rido alevosamente por D. Carloto, y 
que lo llevó á una ermita con ayuda 
del ermitaño que le asistió en su 
muerte, sigue así : 

De que allá hubieron llegado, 
van el cuerpo desarmare : 
quince lanz:idas tenía, 
cada una era moríale, 
que de la menor de todas 
ninguno podría escapare. 
Cuando así lo vio el Marqués, 
traspasóse de pesare : 
á cabo de una gran pieza 
un gran sospiro fué á daré. 
B;ntró dentro en la capilla, 
de rodillas se fué á hincare; 
puso la mano en un ara 
que estaba sobre el altare, 
á los pies de un Crucifijo 
jurando empezó de hablare: 
juro por Dios poderoso, 



154 



nOX Qtl.IOTE DE LA MANCHA 



Has no me acuonlojiís doy ac|uí por expresadas, hasta tomar entera 
venganza del que tal desaguisado me tizo. Oyendo esto Sancho, le 



pul- Snnta Maií:i''su madre, 
y al Santo Sacniuiento 
(lue aquí siielen celebrare, 
ae nunca peinar mis canas, 
ni Jas mis barbas tocare, 
de no vestir otra» ropas, 
ni renovar mi calzare, 
de no entrar en ¡loblado, 
ni las armas me quitare 
sino fuere por una hora 
para mi cuerpo alimpiare, 
de no comer en manteles 
ni H mesa me asentare, 
hasta matar á Cailoto 
por justicia, ó peleare, 
ó morir en la demanda 
manteniendo la verdade ; 
y si justicia me niegan 
sobre esta tan gran maldade, 
de con mi estado y persona 
contra Francia guerreare, 
y manteniendo la guerra 
inorir ó vencer sin pare. 
Y por este juramento 
promelo de no enterrare 
el cuerpo de Baldovinos 
hasta su muerte vengare. 
De que aquesto hubo jurado, 
mostró lio sentir pesare. 

Lo de nbantlonar el cuidado del ca- 
bello en los grandes pesares es cosa 
muy antigua en el mundo, y ya lo hizo 
Julio César en una derrola de los suyos, 
dejándose crecer la harba y el cabello 
hasta que hubo tomado venganza (a). 
Y lo mismo cuenta del Cid Campeador 
su poema, como demostración de su 
sentimiento por haberle desterrado el 
Rey D. Alfonso : 

Ya le crece la barba, é vale allongando. 
Dijo mío Cid de la su boca á tanto : 
Por amor del Uey Alfonso, que de tierra me 
[ha echado, 
N'in entrarle en ella tijera, ni un pelo non 
[habríe lirado : 
E que fablasen desto moros é cristianos (6). 

Otro juramento semejante al del Mar- 
qués de Mantua, se lee en un romance 
viejo de Montesinos : 

Oliveros que esto oyera 
en la espada puso maño : 
Montesinos no tiene armas, 
descendióse del palacio; 
los ojos puestos al cielo, 
juramentos iba echando 
de nunca vestir loriga 

(n) Suetonio en su vida, cap. l.XVII. — 
6) Vers. 1247 y siguientes. 



ni cabalgar en caballo, 
ni comer pan en manteles, 
ni nunca entrar en |)Oblado, 
y de no rapar sus barbas 
iii de oir misa en sagradlo: 
ni llamarse MontesÍDo.s, 
hijo del Conde Grimallos, 
hasta que vengue la mengua 
(]ue Oliveros le ha dado. 

fichanse menos, en el romance del Mar- 
qués de Mantua algunas de las muestras 
(le luto que. según D. Quijote, se pii>- 
ponía dar el .Marqués, y esto nació de 
que Cervantes, que citaba siempre de 
memoria, confundii'i el romance del 
Marqués de .Mantua con otro del Cid, 
en el cual, quejándose de él Doña .li- 
meña, decía enojada al Rey de Castilla: 

Rey que non face justicia 
non debiera de reinare, 
ni cabalgar en caballo, 
ni con la Reina folgare, 
ni comer pan á manteles, 
ni menos armas armare. 
El Rey cuando aquesto oyera. 
Comenzara de pensare. 

Así se lee en el romancero del Cid (a), 
y con alguna variedad en el Cancionero 
de Amberes del año l.oo.o. Cervantes, 
con su distraccii')n ordinaria, confundió 
los romances del Marqués y del Cid, y 
de los dos hizo imo. 

Algo hay parecido á esto en otro 
romance del Conde Dirlos. inserto en 
el citado Cancionero de Amberes. Dice 
en él Reinaldos de Montalbán : 

; Oh esforzado Conde d'Irlos ! 
vuestra venida me j)lace : 
aunque agora vuestros pleitos 
mejor se jiodrán librare, 
mas si yo fuera creído, 
antes sé habían de acabare; 
ó no me hallárades vivo 
ó á ese paladín Roklane. 
El Conde desque e>to oyera, 
grandes mercedes le hace 
diciendo: jura be hecho 
sobre un libro niisale 
jamás me quitar las armas, 
ni con la f^ondesa holgare, 
hasta que haya cumplido 
toda la mi vdluntade. 

Fs de saber que los estatutos de le 
orden de la Banda, entre otras preven- 
ciones hechas al que fuere individuo da 

la) Romance Vil. 



PRIMERA partí:. 



CAI'ITUrO X 



ir.: 



(lijo : Advicrhi vuestra lucrci'tl, señor D. Oiiijolo, (|iio .si el eahallero 
cuinplió lo (jiie se le <l(*jó onleiiado, de irse á presentar ante m¡ 
señora Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, 
y no merece otra pena, si no comete nuevo delito. Ha.s hablado y 
apuntado muy bien, respondió D. Ouijoto, y asi anulo el jura- 
mento en cuanto lo (pie toca á tomar (h'l nueva venganza ; pero 
llagóle y confirmóle de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta 
tanto (pie (¡uite por tuerza otra celada tal y tan buena como ésta á 
algi'in caballero. Y no pienses, Sancho, que así á humo de pajas ' 
hai>,o esto, que bien tengo á quién imitar en ello 2, que esto mismo 
pasó al pie de la letra sobre el yelmo de Mambrino, que tan caro le 
costó á Sacripante •^ Que dé al diablo vuestra merced tales jura- 
mentos, señor mío, replicó Sancho, que son muy en daño de la 
salud y muy en perjuicio de la conciencia ; si no, dígame ahora ; si 
acaso en muchos días no topamos hombre armado con celada 
¿ qué hemos de hacer ?¿ Hase de cumplir el juramento á despecho 



ella, decían : otrosí debe guardarse de 
non comer niiir/iuia vianda sin man- 
teles, salvo si fuere letuario á fruta, 
ó andando d caza ó en menester de 
guerra [a). El objeto de esta preven- 
ción y otras que contienen aquellos 
estatutos, era que los caballeros vivie- 
sen con decoro, evitando las maneras 
y usanzas plebeyas y de gente rústica. 

1. A humo de pajas vale con lige- 
reza, sin fundamento. En el mismo 
sentido se dice á lumbre de pajas en la 
tragi-coniedia de la Celestina [b). Lo uno 
y lo otro indica con propiedad la poca 
solidez y consistencia de una cosa. 

2. Dos ejemplos ofrece el Orlando 
Furioso de Ariosto. El primero es el de 
Ferragús, el cual, habiéndosele caído 
el yelmo en im rio. jur('i no llevar otro 
hasta que quitase ;í Rold;ín el que éste 
había quitado á .\lmonte, y mantuvo 
su juramento hasta que, después de 
haber peleado con Roldan, sobre el 
yelmo, lo adquirió por la casualidad 
que se refiere en el canto 12. El segundo 
ejemplo es el de Mandricardo : llevaba 
éste las armas que en lo antiguo fueron 
del troyano Héctor, y faltándole sólo 
para la armadura completa la espada 
Durindana, que tenía en su poder 
Roldan, decía en el canto 23 (c) : 

[a] Doctrinal de Caballeros, lib. III, lít. V. 
— {//) Acto XII. — íc) Esl. :.S. 



Ha sacramento di non cinger spada 
Fin cli io non toU/o Durindana al Conté. 

Y consiguiente á este juramento 
peleó con Roldan sin espada, sólo con 
la lanza; Roldan no quiso pelear con 
ventaja y colgó su espada de un árbol : 
rotas las lanzas, pelearon con sus trozos 
á garrotazos. 

3. Empieza aquí A prepararse la 
aventura de la vacía (a) del barbero que 
se referirá al capitulo XXI, y nos ha de 
proporcionar eotonces y después mu- 
chos ratos de gusto y de risa. Allí se 
dará noticia circunstanciada del yelmo 
de Mambrino, que hace un papel im- 
portante en el Orlando: pero entretanto 
es de advertir que, ó D. Quijote por 
loco, ó Cervantes por distraído, atri- 
buyeron malamente á este yelmo la 
desgracia de Sacripante. El desgra- 
ciado, segi^m cuenta Ariosto (a), fué 
Dardinel de Almonte. que murió pele- 
ando con Reinaldos de .Montalbán, á 
quien había dado inútilmente en el 
yelmo que llevaba y había ganado al 
Rey Mambrino. 

(a) Cant. 18, est. 1.31 y siguientes. 



(a) Varia. — No tiene nada que ver con 
vaciar ni con vacío. Debe escribirse hacia, 
pues viene de una palabra griega, que tam- 
iiién debe haber dado origen á batea. 

í.\I. de T.) 



lo6 noN QiiJOTí: de l\ manci'a 

(le laníos inconvenientes é incomodidades como será el dormir ves- 
tido y el no dormir en poblado^ y otras mil penitencias que con- 
tenía el juramento de aquel loco viejo del marqu('s de Mantua, que 
vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuesti'a merced bien, 
que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino 
arrieros y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no 
las han oído nombrar en todos los días de su vida. Engañaste en 
eso, dijo D. Quijote, porque no habremos estado dos horas por 
estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vi- 
nieron sobre Albraca - á la conquista de Angélica la bella. Altn. 



1. El juramento del Marqués de 
Mantua decia m;is. que era : 7io entrar 
en pablado: lo cual demoslraha pena y 
quebraiilü, como cuiudo Leamlio el 
lie!, hijo del Kiiipeíador Lepolciiio. de 
resultas de ún desden de su señora 
Cupidea, cauíinaba huyendo de ir á la 
corte deCünstantiuopla;/it tnenus quería 
entrar en poblado, porque iba ajeno 
de toda alegría (a¡. Por lo demás, poca 
penitencia era para D. Quijote no pasar 
la noche en pohlado, puesto que lejos 
de darle pesadumbre, le servia de con- 
tento dormirla al cielo descubierto por 
parecerle que cada vez que esto le 
sucedía era prueba y acto posesivo de su 
profesión, como se dice al fin del capi- 
tulo. Esta inclinaciún, tan natural en el 
carácter de D. Quijote, era también 
cómoda para su coronista, porque 
andando su héroe por yermos, bosques 
ó ventas, se evitaban las dificultades 
que hubiera tenido la composición de 
los sucesos en las poblaciones, donde la 
acción de la autoridad los hubiera 
hechii inverosímiles ó imposibles. 

De un juramento semejante, aunque 
con ocasión menos triste, se da noticia 
en la historia de Tirante el Blanco l>). 
W ir á dc^sembarcar se cayó en el afíua 
por una burla que dispusieron Carme- 
sina, su madre la Emperatriz y sus da- 
mas : saliendo á la orilla y apercibién- 
dose de la burla (a), juró "á Dios y á su 

(o) Caballero de la Cruz, lib. II, cap. XXXI. 
— (¿) Pan. III. 

(a) Apercibiéndose de. — Este grosero gali- 
cismo, tan contrario á la ínclo.e de nuestra 
lengua, en boca de un crítico, individuo de 
la Academia y que tan á lo menudo y con 
tanto rif?or censura los descuidos (á veces 
supuestos) de Cervantes, bien merecía la 
pena de aue hablaba el cura. 
^ (M. de T.) 



señora no dormir en cama ni ponerse 
camisa hasta que hubiese muerto ó 
cautivado á Key ó hijo de Rey. Uno de 
los caballeros de su comitiva quiso 
imitarle, y prometit'i á Dios no volver 
á su patria sin ser vencedor en batalla 
donde hubiese cuarenta mil infieles, bii 
pnmo Diol'ebo hizo voto á Dios y á la 
dama de quien era esclavo, de llevar 
barba y no comer sentado sin haber 
ganado antes la bandera roja del soldán 
de Babilonia. Finalmente, Hipólito, 
escudero de Tirante, juró no probar pan 
ni sal, no comer sino de rodillas j^ no 
dormir en cama, hasta que matase por 
su mano treinta paganos. 

2. Albraca, castillo fortisimo en las 
partes remotas del Asia, en el imperio 
del Cütai, donde mandaba Galafrón, 
padre de AUfíflica la Bella. La relación 
de esto se encuentra en el libro I del 
Orlando enamorado, poema escrito por 
el Conde Mateo Boyardo, y traducido, 
como ya se dijo, en verso castellano por 
Francisco Garrido de Villena. El aral- 
ilo describe allí {a) á Astolfo los Reyes 
y naciones que componían el ejército 
(le Agricán, lUy de Tartaria, á quien 
se da el pomposo titulo de Re;/ de 
Reyes, y la ocasión de haberse juntado, 
que era el intento de apoderarse de la 
persona de Angélica. Refiere que su 
padre se excusó con los cpae se la 
pedían, diciendo que su hija se había 
encerrado contra su mandado en la roca 
de Albraca. En el canto i.5 se expresa 
que el ejército ocupaba un espacio de 
cuatro leíTuas, y constaba de dos 
millones de soldados : en el canto 10 se 
había dicho que eran veinte y dos cen- 
tenares de anillares, que son más toda- 

(a) Cant. 10. 



pniMi;i{\ i'AUTK. 



capÍtli.o \ 



VM 



ptios ; sen íis<i, (^lijo Suncho; y á Dios prazga^ que nos succíhi hicn, 
y que se llegue ya el tiempo de ganar esa ínsula (jue tan cara me 
cuesta ^, y muérame yo luego. Ya te he dicho, Sancho, que no te 
iU" eso cuidado alguno, que cuando faltare ínsula, ahí está el reino 
tic Dinamarca ó el de Sobradisa •*, (pie te vcndi'án como anillo al 
dedo, y más que, por ser en tierra firme;, te debes m;is alegrar. 
Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas 
alforjas (jue comamos, porque vamos luego en busca de algún cas- 
tillo donde alojemos esta noche, y hagamos el bálsamo que te he 
dicho, porque yo te voto á Dios que me va doliendo mucho la oreja. 
Atpii (rayo ' una cebolla y un poco de queso y no sé cuantos men- 
drugos de pan, dijo Sancho ; pero no son manjares que pertenecen 
á tan valiente caballero '' como vuestra merced. ¡ Qué mal lo en- 



vía. Calai era el nombre con que en la 
Edad Media se designaba la China, 
cuando aun no se tenían en Europa 
más que ideas confusas y vagas de 
aquella región. 

1. Asi diría en tiempo de Cervantes 
la gente rústica en lugar del pler/a á 
Dios, que usaba y usa ía gente culta. 

2. Dos días llevaba Sancho de servir 
á su amo, y ya ponderaba lo uiucho 
que le costaba conseguir el premio de 
sus servicios. Esta impaciencia de 
nuestro escudero pinta al vivo su co- 
dicia de un modo propio de la origi- 
nalidad festiva del fabulista. 

3. Reinos de que se hace mención 
varias veces en la historia de Amadís 
de Gaula. Su hermano, D. Galaor, llegó 
;i ser Rey de Sobradisa por su casa- 
miento con la hermosa tíriolanja. El 
nombre de Sobradisa tiene un aspecto 
de burlesco, y viene tan al propósito de 
lo que intenta persuadir D. Quijote, que 
á algunos lectores que no tenían noticia 
anterior de él por la lectura del /lm«f/?s, 
les ha ocurrido que era de la invención 
de Cervantes. Pero si no tuvo el mé- 
rito de la invención, no puede negár- 
sele el de la oportunidad. 

4. Por traif/o, como ahora decimos. 
Es voz antigua, pero rústica en la actua- 
lidad, por haberse coriservndo, como 
otras, sólo entre los aldennos. El 
Obispo D. Jerónimo manifestaba al Cid 
que deseaba salir de Valencia á pelear 
con los moros, y le decía : 

Por eso salí de mi tierra, é vin vos buscar 
Por saber que había de algún moro matar... 



Pendón trayo é corzas é armas de señal. 
Si pluguiese á Dios, querríalas ensayar (a). 

La verdad es que la formación de 
¿rayo de su raíz traer, es más regular 
que la de traigo, que ha preferido el 
uso. Y lo mismo sucede con el oigo, 
que se deriva de oir, en lugar de ogo, 
que se lee en el acto 1 de la Celestina, 
donde hablando ésta con Parmeno, le 
dice : no sólo lo que veo, oyó y conozco, 
mas aún lo intrínseco con los intelec- 
tuales ojos conozco. 

5. Sancho, sin saberlo, hablaba aquí 
conforme á la máxima que se lee entre 
los estatutos de la orden de la Banda, 
insertos en el Doctrinal de Caballeros : 
El caballero de la Banda non debe 
comer manjares sucios. Mucho debe 
eslrañar, prosigue, todo caballero de 
¿a Banda de non comer viandas s-i¿cias, 
ca de las buenas hay asaz en que se 
pueda bien mantener. É otrosí porque 
hay algunas f rucias é hortalizas torpes 
é sucias, que guarden eso mesmo de 
non las comer, tan bien de los manjares 
como de las fructas : non las quisimos 
aquí contar por inenudo, porque serian 
malas de contar. Parece indudable que 
entre estas frutas y manjares tan 
indecentes, que ni aun nombrar se que- 
rían, estaban comprendidos la cebolla 
y los mendrugos que Sancho traía en 
las alforjas : á la clase de alimentos 
sucios pertenecían también los ajos, 
cuyo olor dijo D. Quijote en la segunda 
parte que le había encalabrinado y 

{a) Poema del Cid, vers. 2381 y siguientes. 



VÓH DON OLlJüTli DE LA MANCHA 

tiendes ! respondió D. (juijole : hágote saber, Sancho, que es 
honra de los caballeros mídanles no comer en un mes, y ya que 
coman, sea de aijuello (jue hallaren másá mano; y esto se te hiciera 
cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que aunque han 
sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que 
los caballeros andantes comiesen, si no era acaso, y en alg•un(J^ 
suntuosos banquetes que les hacían, y losdemás días se los pasaban 
en llores'. Y aunque se deja entender que no podían pasar sin 
comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en 
electo, eran hombres como nosotros, hase de entender también 
que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despo- 
blados y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas 
rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces ; así que, Sancho 
amigo, no te congoje lo que á mí me da gusto, ni quiei-as tú hacer 
mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios. Per- 
dóneme vuestra merced, dijo Sancho, que como yo no sé leer ni 
escribir, como otra vez he dicho, no sé, ni he caído en las reglas 
de la prolesión caballeresca, y de aquí adelante yo proveeré las 
alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que es 
caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas 
volátiles ^ y de más substancia. No digo yo, Sancho, replicó 
D. Quijote, que sea forzoso á los caballeros andantes no comer 
otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario 
sustento debía de ser dellas y de algunas hierbas que hallaban por 
los campos ^, que ellos conocían y yo también conozco. Virtud es, 

atosigado el alma, y que ya en lo anti- 3. Este sustento, si no era el ordi- 

guo el poeta Horacio destinaba á ser nario, con..o dice 1). Quijote, era á lo 

manjar de parricidas. menos frecuente. Artús de Algarbe 

1. Flores, cosas fútiles, de poca anduvo dos meses por las montañas, 
substancia y provecho, por oposición valles é islas de Irlanda sin entrar en 
á frutos. Moteja ingeniosamente Cer- poblado, que no comió en lodo este 
yantes, con estas ponderncionus de tiempo sino solas hierbas y las raices 
D. Quijote, lo que cualquier lector habrá de ellas {a). "Yendo á buscar aventuras 
notado en los libros caballerescos, á Reinaldos, üuslán y Oliveros, el mágico 
saber : que sus autores se olvidaron Malgesí, primo de Reinaldos, que se 
frecuentemente de que sus héroes eran les apareció en el camino, les enseñó 
hombres como ios demás, sin que se dos clases de hierbas, una que satisfacía 
vea cómo pudieron, andando solos y el hambre y otra que apagaba la sed, 
por despoblados, satisfacer la necesidad de lo cual se aprovecharon mientras 
diaria é inexcusable del alimento. Más anduvieron en la floresta. El Principe 
veces hablan de la hierba que pacían Perianeo, rival de Belianís en lo? 
los caballos, que del pan que comiaii amores de Florisbella, habiendo Cami- 
los jinetes. nado diez ó doce días por un monte en 

2. Volátiles ó de vuelo son las carnes las últimas Indias de Asia, acordó de 
de pollos, pichones y demás aves, cier- reposar al pie de unos altos robles, 
lamente más sustanciosas que las junto auna luente, y no tuvo otra cent 
frutas secas que Sancho dejaba para 

su amo. (a) Oliveros de Castilla, cajt. LV. 



I'IUMKUA l'AUTK. — CAl'llUI.Ü \ 



lo'.) 



irspoiidió Síiiirlio, conocer esas hierbas, que según yo me voy inia- 
i-inando, jil^-úii día ser;'i menester usar de ese conocimienlo. Y 
sacando en esto lo ([ue dijo que traía, comieron los dos en bufma 
paz ' y compaña. Pero deseosos de buscar adonde alojar aquella 
noche, acabaron con mucha bi-evedad su pobre y seca comida ; 
subieron luc^n> á caballo, y diéronse priesa por llegar á poblado 
antes que anocheciese ; pero faltóles el sol y la esperanza de al- 
canzar lo que deseaban junto á unas chozas de unos cabreros, y 
así determinaron de pasarla allí- ; ([ue cuanto fué de pesadumbre 
para Sancho no llegar á poblado, fué de contento para su amo 
dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto 
le sucedía era hacer un acto posesivo-' que facilitaba la prueba de 
su caballería. 



que lus hierbas del campo. En seguida 
se durmió, y (lo que era natural después 
de tal cena) tuvo sueños tristes y con- 
gojosos, en que veía que le quitaban ¡i 
su señora. 

1. Aquel mismo día á las tres de la 
tarde, llegaron á la vista del Puerto 
Lapice, como se dijo en el capítulo VIII. 
Siguió la aventura de los monjes beni- 
tos, la batalla del Vizcaíno, y el pre- 
sente diálogo sobre distintos asuntos 
entre amo y mozo. ¿Cómo puede lla- 



marse comida la que fué posterior á 
todo lo referido '? 

2. Es sin duda la noche: pero ha 
mediado tanto desde que se la nombnj, 
y se h m inlerpuesto tantas cosas, que 
conviniera haberse repetido. 

3. En las pruebas de nobleza se 
llama acto posesivo ó positivo el ejer- 
cicio de algi'm cargo ó destino, que 
según las ordenanzas municipales, exige 
la calidad de noble en los que lo ejer- 
cen. 



CAPITULO XI 



DE LO QLE LE SUCEDIÓ A D. QUIJOTE CON UNOS CABREROS 



Fué recogido de los cabreros con buen ánimo *, y habiendo 
Sancho lo mejor que pudo acomodado á Rocinante y ó su jumento, 
se iué tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que 
hirviendo al fuego en un caldero estaban. Y aunque él quisiera en 
aquel mismo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del cal- 
dero al estómago, lo dejó de hacer porque los cabreros los quitaron 
del luego, y tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, adereza- 
ron con mucha priesa su rústica mesa, y convidaron á los dos con 
muestras de muy buena voluntad con lo que tenían. Sentáronse á 
la redonda de las pieles seis de ellos, que eran los que en la majada 
había, habiendo primero con groseras ceremonias rogado á 
D. Quijote que se sentase sobre un dornajo que vuelto del revés le 
pusieron. Sentóse D. Quijote, y quedábase Sancho en pie para ser- 
virle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le 
dijo : Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante 
caballería, y cuan á pique están los que en cualquiera ministerio 
della se ejercitan de venir brevemente á ser honrados y estimados 
del mundo, quiero que aquí á mi lado y eii compañía desta buena 
gente te sientes, y que seas una misma cosa conmigo, que soy tu 
amo y natural señor, que comas en mi plato y bebas por donde yo 
bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mismo 
que del amor se dice, que todas las cosas iguala. ¡ Gran merced I 
dijo Sancho-; pero sé decir á vuestra merced, que como yo tuviesi 

1. Buen ánimo, en castellano, sicrni- 2. Lo era, y perdone Sancho; porque 

fica ordinarianiente animo resuello, la partida 11, titulo XXI, ley XXlll, ha- 

üZen/ado, no buen talante ó a7?'ac/o, que blando de las maneras en que deben 

es la acepción que aquí tiene. Ea, buen ser honrados los caballeros, dice, entre 

Sanc/ío, dice la Duquesa en el capi- otras prevenciones propias del intento, 

tulo XXXV de la segunda parte, persua- que al comer no debe asenlarse con 

diéndole á (|ue aceptase la penitencia ellos escudero nin otro ninguno, sinon 

prescrita por Merlin para el desencanto caballero 6 home que lo mereciese por 

de Dulcinea, bueti ánimo, // buena co- su honra ó por su bondat. 
rrespondencia al pan que habéis comido 
del Sr. D. Quijote. 



l'IílMKKA l'Aini-:. — CAPÍTII.O XI i&l 

bien (le comer, tan Lien y mejor me lo eonKíiía en pie y á mis solas 
como sentado á par de nn Kmpeíador. Y auti si va á decir verdad, 
mucho mejor me sabe lo (|ue como en mi rincón sin melindres ni 
respelos, aiiiKpie sea pan y cebolla, que los {gallipavos' de otras 
mesas donde me sea l'orzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme 
á menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras 
cosas que la soledad y la libertad traen consigo '. Así que, señor 
mío, <'stas honras que vuestra merced ([uiere darme por ser minis- 
tro y adherenle de la caballería andanle ^, como lo soy siendo escu- 
dei'o <le vuestra merced, conviértalas en oti'as cosas que me sean de 
más cómodo y provecho ; que éstas, aunque las doy por bien rece- 
bidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo. Con todo eso, 
le has de sentar ^, porque á quien se humilla Dios le ensalza ; y 
asiéndole por el brazo, le forzó á que junto á él se sentase. No en- 
tendían los cabreros aquella jeringonza de escuderos y de caba- 
lleros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y mirar á 
sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban tasajo 
como el puño ■'. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las 
zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron 
un medio queso más duro que si fuera hecho de argamasa. No 
estaba en esto ocioso el cuerno, porque andaba á la redonda tan á 
menudo, ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria, que con faci- 
lidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto. Después 
que D. Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño 
de bellotas •"' en la mano, y mirándolas atentamente, soltó la voz á 
semejantes razones. Dichosa edad " y siglos dichosos aquellos á 

1. Aves domésticas venidas de Amé- o. Expresión metafórica, sobrada- 
rica, comida de las más regaladas. Su mente familiar, si se quiere, pero 
nombre se compone de los (los de /)ai;o valiente y expresiva del apetito con 
y gallina, sin duda por lo que partici- que los huéspedes comían. La pre- 
pan, ó en su figura ó en su sabor, de senté aventura de los cabreros re- 
ambas clases : ahora se les llama /^ayo.s. cuerda la de Florambel de Lucea, en 
Los antiguos, de los cuales no fueron cuya historia se cuenta [a] que, cami- 
conocidos. daban este nombre á las nando él y su escudero Lelicio por una 
aves, más hermosas que útiles, llama- floresta, ¿/e.9«?-o« aun hato de pastores, 
das entre nosotros /jaros reales. donde comieron de lo que fallaron, que 

2. Modo delicado y decente de expre- harta necesidad tenían dello. 

sar cosas que no lo son, en lo que 6. Puño por puñado, lo que contiene 

nuestro autor tuvo ocurrencias muy por lo contenido ; lo mismo que sucede 

felices. " cuando decimos un vaso de agua, un 

3. El régimen de adherenle es á y no plato de sopa. 

de, cuando se usa como adjetivo; pero 7. En la descripción que sigue de la 

aquí está como sustantivo, y goza del edad dorada, parece que Cervantes tuvo 

régimen de tal. presente lo que de ella dijeron Virgilio 

4. E). contexto manifiesta quién y Ovidio, aquél en el libro I de las 
habla, que es D. Quijote, aunque nn Geórgicas, y éste en el I de la^ Mela- 
se expresa. Lo mismo sucede al lin del 

capitulo IX, como allí se noto. (a) Lib. IV, cap. I. 

11 



102 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

quien los anli^nos pusieron nombre de dorados ; y no porque en 
ellos el oro, que en esla nuiíslra edad de hierro tanto se estima, se 
alcanzase en aquella venturosa ^ sin fatiga alguna, sino porque en- 
tonces los que en ella vivían, ignoraban estas dos palabras de tuyo 
y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes : á 
nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar 
otro trabajo (jue alzar la mano, y alcanzarle de las robustas encinas 
que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado 
fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos en magnífica abundancia 
sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las 
peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solí- 
citas y discretas abejas, ofreciendo á cualquiera mano sin interés 
alguno la fértil cosecha - de su dulcísimo trabajo. Los valientes 
alcornoques despedían de sí,sinotroartificioque el de su cortesía, 
sus anchas y livianas cortezas con que se comenzaron á cubrir las 
casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa 
de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, 
todo concordia : aun no se había atrevido la pesada reja del corvo 
arado á abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera 
madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su 
fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar' 

morfosis. Compárense varios pasajes miel y colmenas. Cosecha se dice con 

del texto con los siguientes : jtropiedad de las producciones vege- 

AT .ir I ■ i t 1 tales 1) que se cosren de la tierra, y asi 

Nec signare quidemaut par tiri limite campum. 'f i"'l>ca la misma palabra cosec/ia. 

Fas erat : in médium (¡userebant, ipsaijue leUus Tampoco se dice de ésta que es fértil ó 

Omnia liberius. nullo poscente, ferebat. estéril., sino escasa ú abundante. 

Áurea prima sala vst xtas, qux vindice nullo 3. No estii bien guardada la grada- 

Sponte suasiiie Icye fidem rectumqut coíebat : ción. Debió decir : sustentar, deleitar y 

Jpsa qmque tm.aums rustroquc '"'«cía nec ^^,.¿^,,^ añadiendo siempre á lo que 

.<;aucia vomeribus per se dabat omnia tellus... precede, y caminando, como lo exige el 

Conieniique cibis nullo cogente creatis. orden de las ideas, de lo menos alomas. 

Arbuleos fcelus montanaque fraga legebant... Á pesar de los defectos que acaban 

lit qux cecidcraní patula Jovis arbore glandes... de notarse, y algún Otro de menos enti- 

1. En ellos (los siglos dorados); en ¿ad, D. Antonio de Capmani en el 
aquella venturosa ( edad de oro) ; sobra teatro de la Elocuencia esLanula, copia 
una de las dos cosas. Y lo propio sucede '^"n elogio este discurso de D. Quijote, 
poco después, antes de acabarse el y en su lutroducion a la h>loso,mdr 
periodo, con entonces y en ella. Que- ¿« Elocuencia recomienda particular- 
daria más descargado y corriente el mente el trozo que precede, como una 
lenguaje, diciéndose : siolos dichosos pintura formada de colores suaves y 
aquellos ú quien los antiquos pusieron apacibles. ^ tiene razun. ¿Que podria- 
nombre de dorados, y no porque en mos en esta parle envidiar a ninguna 
ellos el oro, que en esta nuestra edad otra nación de las modernas, si el len- 
de hierro tanto se estima, se alcanzase ?^^Í^ <Jel Quijote fuese tan correcto 
sin fatiga alguna, sino porque los que como el de Fascal ó Racine?(a) 

en ella vivían . ignoraban estas dos pa- 
labras de tuyo y mió. ,,/, fíacine. - Véase lo que digo acerca de 

2, No suena bien, hablándose de la pío luuda diferencia de la educación lite- 



PRIMERA PARTK. — CAI'ÍTUr.O Ni 16J 

á los hijoíí que (mloiices la ¡xiseían. Entonces si que andaban las 
simples y hermosas za^Mlejas de valle en valle y de olero en otero, 
en Iren/a y en cabello ', sin más vestidos de aquellos que eran 
menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y 
ha (juerido siem[)r(> que se cid)ra : y no eran sus adornos de los que 
ahora se usan, á cpiien la púrpura de Tiro y la por tantos modos 
martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas de verdes lam- 
pazos y hiedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y 
comjiuestas como van ahora nuestras cortesanas con las raras y 
peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. 
Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma ^ simple y 
sencillamente del mismo modo y manera que ella los concebía, sin 
buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la 
fraude^, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y lla- 
neza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osa- 
sen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto 
ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje ^ aun 
no se había sentado en el enlendimiento del juez, porque entonces 



1. Otero, collado, eminencia desde 
donde se otea ó descubre el campo. 
Oteen- dicen que viene del griego : 
otero se opone á vega ó valle. En trenza 
y eii cabello; esto es, sin adornos 
sobrepuestos, sin más adornos en la 
cabeza que las trenzas de sus mismos 
cabellos, 

2. Decorar, unas veces es tomar de 
coro ó memoria, y otras adornar. Ni 
una ni otra significación son del caso 
en el presente pasaje : acaso diria el 
original declaraban. 

'■i. Fraude, entre nuestros mayores, 
era vocablo femenino; y así, elprotono- 
tario Luis .Vlej ¡a en el .ipólof/o de la ocio- 
sidad 1/ el trabajo, publicado el año 
de 1546 por Francisco Cervantes de Sa- 
lazar, pone en boca de la Señora Fraude 
varios consejos y reglas que da álos 
ociosos. Ahora decimos el fraude, ha- 
ciéndolo masculino : los franceses lo 
hacen femenino, la fraude; pero ni ios 
franceses ni nosotros podemos mudar 
la naturaleza de las cosas ni dar sexo á 
lo que no lo tiene fa). La lengua inglesa es 
en esta parte más conforme y ajustada 
á la razón : en ella no es masculino ni 

raria, y de la preparación clásica, entre 
España v Francia, en mis libros Arte de 
escribir en veinte lecciones y Por la c.dlura y 
por la rasa. (M. de T.) 



femenino el nombre de lo que no tiene 
sexo. Asi que en las lenguas en que es 
arbitraria la designación del género, el 
uso puede cambiar, como sucedió en 
fraude, el género de los nombres, ó 
atribuirles los dos géneros á un mismo 
tiempo, según se verifica en el mar y 
la mar, el puente y la puente : sin que 
la novedad ocurrida en el nombre 
fraude puetia servir de argumento para 
acusar al texto de galicismo, según se 
hizo en unas Observaciones sobre el 
Quijote, impresas en Londres á fines 
del siglo pasado, cuyo autor, que quiso 
ocultar su nombre, manifestó su corta 
instrucción en materias de nuestro 
idioma. 

4. La que no esta escrita, sino que 
se pone al juez en la cabeza, y, sin 
haber texto ni doctor d quien arri- 
marse, la ejecuta. Asi dice Covarru- 
bias en el articulo encajar. Según esto, 
ley del encaje es lo mismo que ley de 
capricho, pero no e.xcluye la buena le. 

(a) A lo que no lo tiene. — Acerca de este 
punto hay muchoque hablar. Nueslrospadres, 
que no se parecían á nosotros en el descono- 
cimiento y torpe uso de la lengua, proce- 
dieron con profunda filosofía en atribuir gé- 
nero ya masculino ya femenino á objetos 
inaniuiaUos de igual ó parecida forma, 
como jarro, jarra ; cántaro, cantara, ele. ele. 
(.M. de T.) 



164 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

no liabía que juzgar ni quien fuese juzgado. Las doncellas y la 
honesliclad andaban, como longo dicho, por donde quiera, solas y 
señeras ^ sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento 
las menoscabasen, y su perdición nacía de su guslo y propia vo- 
luntad. Y ahora en estos nuestros detestables siglos no está segura 
ninguna, aunciue la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de 
Creta '^ ; porque allí, por los resquicios ó por el aire con el celo de 
la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia, y les hace 
dar con lodo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, an- 
dando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la 
orden de los caballeros andantes para defender las doncellas ^, 



1. En las ediciones, tanto antiguas 
como modernas, del Quijote, se había 
leído siempre solas y señoras^ hasta 
que lo corrigió con mucho acierto 
D. Juan Antonio Pellicer, poniendo en 
la suya solas ¡j señeras. Con efecto, 
nada significaba aquí señoras; y sefie- 
ras, que equivale d singulares, de 
cuya palabra pudo derivarse, se en- 
cuentra en otras obras de Cervantes, 
en el Pérsiles y en la novela de la Gi- 
tanilla, donde se refiere que el gitano 
fingido Andrés, por 7nds que le dijeron, 
quiso ser ladrón solo y señero, esto es, 
solo y si)i compañía. En la misma signi- 
ficación se halla señero en lus docu- 
mentos más antiguos de nuestra len- 
gua, como el Poema del Cid, y en las 
composiciones del Arcipreste de Hita. 
Gonzalo de Berceo, en el Sacrificio de 
la Misa {a), dice : 

Dicho vos lo habernos non una vez seimera. 

Y el poema de Alejandro (6) : 

Cuando cató Darío del su pueblo plencro 
Vios en el campo fascas solo sennero. 

La Academia Española adoptó esta 
enmienda en su edición de 1819. 

2. Hubo en la antigüedad, según 
cuentan, cuatro laberintos famosos : 
el de Egipto, el de Creta, el de Lem- 
nos y el de Etruria. Dédalo dicen que 
construyó el de Creta á imitación del 
de Egipto, por mandado del Rey Minos, 
para encerrar al Minotauro, nionstruo 
nacido de un toro y de Pasifae, mujer 
de Minos. Era dicho laberinto un edifi- 
cio en que la multitud de calles cruza- 



das, enredadas y envueltas unas en 
otras, no permitía la salida al que una 
vez entraba. 

IJic crwleli-i amor lauri .iUijpo.ilai/ue furto 
Pasi/jlLT, mictumque gemís, proli-sque biforinis 
Minotauriis inest, Veneris monumenla nefan- 

[dx : 
Hic labor illedomus et inextricaliilis error {a). 

Teseo se atrevió ;i entrar para matar 
al Minotauro, y volvió ,i salir; pero fué 
auxiliado del hilo que le habia dado 
Ariadna, hija de .Minos, para que, fiján- 
dole enlaentrada, pudiese guiarle á la 
vuelta : así la fábula. En nuestros jar- 
dines es juguete couuin el remedar con 
calles de arbustos las vueltas, revuel- 
tas, errores y dificultad de salir de los 
antiguos laberintos, y metafóricamente 
se llama laberinto cualquier negocio 
de ambigua y difícil salida. 

.1. Redunda y peca el lenguaje, re- 
pitiendo dentro de una misma oración 
el objeto con que se instituyó la caba- 
llería andante. Por lo demás, es inge- 
nioso y muy oportuno el plan del dis- 
curso de b. Quijote, que empez<'> 
tomanilo ocasión de las bellotas y de 
la edad dorada para venir después á 
dar cuenta á su pastoril auditorio déla 
clase de profesión que ejercía. 

Que lo que profesaban los caballeros 
andantes era proteger y amparar la 
inocencia débil contra el poder injusto, 
es lo que se ve y e.\presa por toila- 
partes y á cada paso en los libros ca- 
ballerescos. El otro sexo era el princi- 
pal acreedor á los auxilios de los 
andantes; pues, como se lee en la his- 
toria de Amadis de Grecia(6), para 



(o) Copla 135. — (i) Copla 259. 



(ü) Eneida, lib. VI. - (i) Parte I, cap. XIV. 



PniMFRA PAnTE. — CAPITIT.O XI IG") 

aniparjii- las viiidasy socorrer á los huórranos y á ios menesterosos. 
I)e esla orden soy yo, hermanos cahríM'os, á (jnien agradcí/.eo el aga- 
sajo y hnen acogiinienlo qne hacéis á mí y á mi escndero ; que 
aunque por ley natural están todos los que viven obligados ú lavo- 



def'ender las dueñas y doncellas que 
tuerto reciben, principalmente se daba 
la Orden de Caballería ; y asi, al tiempo 
de armar caballero el Kiiiperador de 
Constantinopia ;i Leandro el Hel, le 
dijo : Hermoso doncel, ¿ queréis ser 
caballero? Si quiero, dijo Leandro el 
Bel. ¿Juráis, dijo el Emperador, de no 
negar vuestra ayuda d quien hubiere 
menester, y de defender y mamparar á 
todas las dueñas y doncellas '! Sí juro, 
dijo Leandro. Una de las preguntas 
que hizo el Rey de Inglaterra á Tirante 
ai armarle caballero lué : ¿ Giurate per 
il sacramento che falto acete, che con 
tutto il poter vostro mantinerete el de- 
fenderete donne, donzelle, vedove, 
orfane, disconsolate,et abbandonate,el 
ancora maritate, se socorso vi addi- 
manderanno, et ponerele la persona ad 
ogni pericolo et ad intrare in campo ú 
guerra finita, se buona ragion have- 
ranno queíla ó quelle che aiuto viaddi- 
manderanno [a] ? Esto se guardaba con 
tal rigor, que estando D. Relianís muy 
malherido en una batalla que tuvo con 
otro caballero y á punto de matarle, 
una doncella le pidió su vida, y se la 
otorgó, ;í pesar de que un oráculo le 
gritó que se guardase de hacerlo, 
porque después le pesaría .Yo dejaré, 
exclamó el galante Belianís, de hacer, 
mientras pudiere, lo que por doncella 
me fuere mandado ih). No se crea que 
este favor dispensado al sexo hermoso 
y débil era cosa e.Kchisiva de la caba- 
llería andante, y sido conocida en el 
mundo de las fábulas andantescas; 
entraba en el espíritu general de la ca- 
ballería de la Edad Media, y así lo 
comprueban los documentos auténticos 
de la historia. En los estatutos, ya ci- 
tados otras veces, de la orden de la 
Banda, se lee : El caballero de la 
Banda debe ayudar á las dueñas y don- 
cellas fijasdahjo... E señaladamente 
nunca diga ningund agravio contra 
alguna dueña ni doncella fijadalgo, 
aunque ella sea contra él, porque hay 

(a) T'irnnte, parte I, cap. XIX. — (6) Be- 
lianis, lib. IIL cap. XXL 



algunas deltas d las veces ariscas. 
Cuando alguna dueña 6 alguna don- 
cella fijadalgo viniere tí la corte del 
Rey (i querellar algún desaguisado que 
le hayan fecho, que los caballeros de 
la Banda, ó cualquier dellos, que la 
pongan delante del Bey porque pueda 
onostrar su derecho. E aun si cumpliere, 
que razone por ella, porque haya com- 
plimiento de derecho. E aun además de 
razonar, que faga lo que el Rey mandare 
é fallare por su corte que debe facer 
porque ella liaya todo su derecho (a). 

A las veces se extendía el favor de los 
caballeros andantes á pueblos enteros. 
Testigo el caso que se refiere en la his- 
toria de Morgante (6), cuando Reinal- 
dos, informado de los agra^^os que 
hacía á sus vasallos el Rey Vergante 
robándoles sus hijas para saciar su torpe 
apetito, entró en Parma, donde tenía 
su corte, subió á su palacio, y después 
de reconvenirle ásperamente y tratarle 
Ae puerco sin vergüen-a y rufián, arre- 
metió á él, le quitó la' corona de la 
cabeza, le rasgó la vestidura real, y lo 
llevó arrastrando hasta las ventanas, 
por donde lo echó á la plaza, y así 
murió mala muerte. Y no era un Rey 
de poco más ó menos, porque segi'm 
allí mismo se cuenta, podían sacarse 
buenamente de sus estados cien mil 
hombres de pelea. En seguida Reinal- 
dos predicó á los parmesanos un ser- 
món, con que los convirtió ,i la fe de 
Jesucristo, y los bautizó en los días 
siguientes por su mano, ayudado sin 
duda por dos caballeros que le acom- 
pañaban. 

Léese al principiar el capítulo XXII 
del libro III de la historia de D. Belia- 
nís de Grecia, que se supone escrita 
por el sabio Fristrm : Da causa la gran 
justicia con que al presente somos go- 
bernados (á mediados del siglo xvi), á 
que el ejercicio militar de los caballe- 
ros andantes Jio sea necesario ; mas no 
deje de ser muy loada aquella antigua 
edad, en la cual los grandes reinos y 



(a) Doctrinal de Caballeros, iib. III, til. V. 
— {b) Lih. I, cap. L. 



166 DON QUIJOTE DE L\ MANCHA 

reccr á los caballeros aiKJanlcs, todavía por saber que sin saber 
vosotros esta oblifíación, me acogistes y regalastes, es razón que 
con la voluntad á mí posible os agradezca la vuestra. Toda esta 
larga aienga (que se pudiera muy bien excusar), dijo nuestro caba- 
llero, porque las bellotas (pie le dieron le Irujeron á la memoria la 
edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento á los 
cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos le 
estuvieron eseuchando. Sancho asimismo callaba y comía bellotas, 
y visitaba muy á menudo el segundo zatjue, que, porque se enfriase 
el vino, le tenían colgado^ de un alcornoque. Más tardó en hablar 
D. Quijote que en acabiirse la cena, al fin de la cual uno de los 
cabreros dijo ^ : Para que con más veras pueda vuestra merced 
decir, señor caballero andante, que le agasajamos con pronta y 
buena voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que 
cante un compañero nuestro que no tardará muclio en estar a(juí, 
el cuales un zagal muy entendido y muy enamorado, y que sobre 
todo sabe leer y escrebir, y es músico de un rabel, que no hay más 
que desear. Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando 
llegó á sus oídos el son del rabel, y de allí á poco llegó el que le 
tañía, que era un mozo de hasta veinte y dos años, de muy buena 
gracia. Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y respon- 
diendo que sí ; el que había hecho los ofrecimientos le dijo : De esa 
manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, 
porque vea este señor huésped que tenemos, que también por los 
montes y selvas hay quien sepa de música. Hémosle dicho tus 
buenas habilidades, y deseamos que las muestres y nos saques ver- 



crescidos estados se dejaban por sola la omisión queda bien la frase. Este pro- 
virtud, que en enmendar los agrados nombre representa al nombre zaque, 
se adcfueria. El sabio Fristón es uno expresado ya en la misma oración por 
de los personajes do la historia caba- el pronombre relativo que. 
lleresca i^ue él mismo describe, y aqui, 2. Esto envuelve contradicción, pues 
sin embargo, se habla de ela como de si la arenga de D. Quijote duró más 
cosa anliiiua ya y desusada. El modo i^ue lacena, segiin acaba de decirse, do 
de concertar estas medidas y de conci- pudo hablar al fin de ella el cabrero 
liar estas conu-adicciones lo buscará el sin interrumpir á D. Quijote, siendo 
lector, si gusta, y lo hallará, si puede. asi (|ue los pastores, sin respondelle 
Pero a D. Quijote no le ocurrió seme- jiulahra. embobados y suspensos le es- 
jante reUexión cuando leyó la historia tuvieron escuchando. Enera de que las 
de Helianis, ni lo alegado por su autor primeras razones que siguen del ca- 
lo retraio del concepto que formó de la brero contestan á las últimas palabras 
necesidad que había en el mundo de la de nuestro hidalgo. Xo habría tropiezo 
prolesión de caballero andante para si se dijese : Más tardó en hablar 
enderezar tuertos, deshacer agravios y D. Quijote que en acabarse la cena : 
socorrer á los huérfanos y meneste- después de la cual uno de los cabre- 
rosos. ros, etc. 
i. Sobra el pronombre le, con cuya 



l'RIMKHA PAnTK. 



CAPÍTULO XI 



167 



(laderos ; y «isí le ruego por lu vida que le sientes y cantes el ro- 
mance de tus amores que te compuso el beneficiado tu tío, que en 
el pueblo lia parecido muy bien. Oue me [)lace, respondió el mozo ; 
y sin liac<'rse más de i'og-ar, se sentó <mi el tronco de una desmo- 
cliada encina, y lemj>Iando su rabel ', de allí á poco con muy 
buena gracia comenzó á cantar, diciendo desla manera : 



ANTONIO 

Yo sé, Olalla, que me adoras, 
puesto que no me lo has dicho 
ni aun con los ojos siquiera, 
mudas lenguas de amoríos. 

Porque sé que eres sabida, 
en que me quieres rne afirmo, 
que nunca fué desdichado 
amor que fué conocido. 

Bien es verdad que tal vez, 
Olalla, me has dado indicio 
que tienes de bronce el alma, 
y el blanco pecho de risco. 

Mas allá entre tus reproches ~. 
y honestísimos desvíos, 



1. Instrumento músico que usaban 
los pastores en tiempo de Cervantes, y 
según D. Sebastián de Covarrubias en 
su Tesoro de la lengua castellana^ cons- 
taba de tres cuerdas y se tañía con arqui- 
llo. Antes, en tiempo de los Reyes Ca- 
tólicos, se usaba también entre otros 
instrumentos cortesanos. Era ya cono- 
cido desde principios del sifrloxiv, puesto 
que se nombra entre los demás con 
que se solemnizó el recibimiento de 
D. Amor, que describe en sus poesías 
el Arcipreste de Hita. 

2. Reproche y reprochar, voces cuyo 
uso parererá barbarismo á quien no 
tenga noticia de que las conocieron y 
emplearon nuestros antiguos escritores 
desde el siglo xv. Usólas el Bachiller (a) 
Fernán Gómez de Cibdad Real, médico 
del Rey D. .luán el II, en las epísto- 
las 36 y 38 del Centón epistolar. En la 
relación del Paso honroso de Suero de 

(a) Véase, acerca de este Bachiller, !a 
nota de la pág. 3. (M. de T.) 



Quiñones, que se celebró en el mismo 
reinado, se expresa que los diez man- 
tenedores iban todos con cotas de ar- 
mas si)i reproche. En un romance de 
los del Cid decía el Rey D. Alfonso : 

Y cuido que un buen guerrero, 
cuando de su Rey se ausenta, 
reproctiado de su' corte 
se lia de tener en la ajena. 

Hablando Calixto de Melibea, dice á 
Celestina en el acto sexto de la tragi- 
comedia de este nombre : unos ojos 
tiene con que echa saetas, una lengua 
de reproches y desvíos. Otras veces 
se encuentra la palabra reproche en la 
Celestina, libro de gran autoridad 
para el lenguaje. Finalmente. Gaspar 
Gil Polo en un soneto de la Diana ena- 
morada : 

Mil penas con un gozo se descuentan 
Y mil reproches ásperos se vengan 
Con sólo ver la angélica hermosura. 

En el capítulo XVII de esta prim.era 



168 



DON QUIJOTE DE I.A MANCHA 

tal vez la esperanza mueslia 
la orilla de su vestido. 

Abalánzase al señuelo 
mi fe, que nunca ha podido 
ni menguar por no llamado, 
ni crecer por escogido '. 

Si el amor es cortesía, 
de la que tienes colijo, 
que el fin de mis esperanzas 
ha de ser cual imagino. 

Y si son servicios parte 
de hacer un pecho benigno, 
algunos de los que he hecho 
fortalecen mi partido. 

Porque si has mirado en ello, 
más de una vez habrás visto 
que me he vestido en los lunes 
lo que me honraba el domingo. 

Como el amor y la gala 
andan un mismo camino, 
en todo tiempo á tus ojos 
quise mostrarme polido. 

Dejo el bailar por tu causa, 
ni las músicas te pinto, 
que has escuchado á deshoras 
y al canto del gallo primo -. 



parte se usa el verbo rept'ochar. y en 
el 111 (le la segunda, Sancho llama al 
Bachiller Sansón Carrasco reprocliador 
de voquibles. Reproche es tacha, impro- 
perio : reprochor, tachar, reprender, 
improperar. Habría, pues, ligereza en 
tildar estas palabras de galicismos, 
como la habría también respecto de la 
voz hahillados que usó la crónica del 
Rey D. Juan el II. hablando do los obse- 
quios que hiüo el Rey á su hermana la 
Reina de Aragi'm mientras estuvo en 
Soria (a) : y lo mismo sucede en otros 
numerosos ejemplos que pudieran ale- 
garse de nuestros libros primitivos. 
Las lenguas castellana y francesa, «'onio 
nacidas ambas de la latina, debieron 
tener más puntos de contacto y seme- 
janza entre si en los prinripios. De ello 
se habla en otros parajes de estas notas. 
1. ¿Con quién (.onciertan llamado y 
escof/ido ? Por la gramática debiera ser 

In) Crónica de Junn II. íiño XXXV, 
caj.. CGLXIII. 



con fe, rnas por el concepto es con el 
pastor Antonio, resultando á primera 
vista un solecismo que se evitaría di- 
ciéndose con levísima alteración : 

Abfilánzase al señuelo 
mi fe, en que nunca he podido 
ni menguar por no llamado, 
ni crecer por escofjido. 

Esta alusión á los llamados y esco- 
gidos del Evangelio, aunque imperti- 
nente y obscura, no era extraña siendo 
Beneficiado el poeta En las dos últimas 
estrofas del romance vuelven á verse 
indicios de ser su compositor clérigo 
de aldea. 

2. Esto es, al primer canto del gallo, 
que es pasada la media noche. Primo, 
que ahora decimos primero, es adjetivo 
anticuado, que se halla en el Corbacho 
del Arcipreste de Talavera, Alfonso 
jMartínez, Capellán del Rey D. Juan 
el 11. y en otros escritores del siglo 
siguiente. Ahora no se usa sino pocas 
veces, y si'ilo en la terminación feme- 
nina. 



PRIMERA PARTE, — CAPITULO XI 



1P)9 



No cuento las alabanzas 
que de tu I)elle7.u he dicho, 
que, aunqui' verdaderas, liacen, 
ser yo ile algunas malquisto. 

Teresa del Berrocal, 
yo alalia ndote, me dijo : 
tal piensa que adora un ángel, 
y viene á adorar ;'i un gitnio, 

merced á los muchos dijes 
y á los cabellos postizos, 
y á hiptkritas hermosuras, 
que engañan al amor mismo. 

Desmentíla, y enojóse ; 
volvió por ella su primo : 
desafióme, y ya sabes 
lo que yo hice, y él hizo. 

No le quiero yo á montón, 
ni te pretendo y te sirvo 
por lo de barragania', 
que más bueno es mi designio. 

Coyundas tiene la Iglesia. 
que son lazadas de sirgo-; 
pon tu cuello en la gamella, 
verás como pongo el mío. 

Donde no, desde aquí juro 
por el santo más bendito 
de no salir destas sierras 
sino para capuchino 3. 



La costumbre de designar las horas 
(le la noche por el canto del gallo es 
antigua, y se ve ya en el Poema del Cid 
y en nuestros romances viejos. Antes 
lie esto, en tiempos de Roma y en 
época floreciente para las buenas letras, 
había dicho Horacio : 

Ad (jalli cantum consultor i'.lii osliapulsaí. 

1. En castellano antiguo, barragán 
es mancebo, y barragana, manceba ; 
pero con la particularidad de que los 
dos primeros nombres, que son los 
masculinos, se toman en buena parte, 
y los femeninos, que son los segundos, 
en mala : aquéllos significan joven 
alentado y de edad floreciente; éstos 
concubina, y dieron origen ;l los ver- 
bos abarraganarse y ainanreharse. El 
Rey D. Alonso habló de las ban-aganns 
en la partida IV, titulo XIV. 



La expresada diferencia entre barra- 
gan y barragana se observa en el 
Poema del Cid, donde barragan es pa- 
labra de elogio, y barragana de vitu- 
perio. 

Barragania tiene dos acepciones : 
una mala, como en el presente ro- 
mance de Antonio á Olalla; otra 
buena, que parece fué la única que 
tuvo al principio, y en que la usan el 
Poema de Alejandro (a) y la Gran Con- 
quista de Ultramar (b), donde barraga- 
níaa significa valentías, fuertes hechos, 
hazañas. 

2. Sirgo, palabra formada del latino 
sericum, que vulgarmente se cree sig- 
nifica la seda, aunque con poco fun- 
damento. 

3. La Orden de Capuchinos, fundada 
por Mateo Baschi, fraile menor, em- 

ía) Copla 58. - (6) Lib. II, cap. CLX. 



170 



DON QUIJOTE DE I,A MANCHA 



Con esto dio oí cabrero fin á su canto, y aunque D. Quijote lo 
rogó (jue algo más canlaso, no lo consintió Sancho Pan/.a, porque 
estaba más para dorniir que para oir cancionf!S. Y así, dijo á su 
amo : Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde 
ha de posar esta noche, que el trabajo que estos buenos hombres 
tienen todo el día, no permite que pasen las noches cantando. Ya 
te entiendo, Sancho ^ le respondió L). Quijote, que bien se me tras- 
luce que las visitas del zaque piden más recompensa de sueño que 
de música. Á todos nos sabe bien, bendito sea Dios, respondió 
Sancho. No lo niego, replicó D. Quijote, pero acomódate tú donde 
quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando que dur- 
miendo ; pero con todo eso sería bien, Sancho, que me vuelvas á 
curar ^ esta oi'eja, (|ue me va doliendo más de 1<> que es menester. 
Hizo Sancho lo (pie se le mandaba ; y viendo uno de los cabreros 
la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio con 
que fácilmente se sanase, y tomando algunas hojas de romero, de 
mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de 
sal, y aplicándoselas á la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole 
que no había menester otra medicina, y así fué la verdad. 



pezú en el año de 1526, y fué confir- 
mada pur Clemente Vil en el de 1528. 
El pastor Antonio proponía darse á 
Dios y á la penitencia si le desechaba 
la Olalla. Son repeti<ios los ejemplares 
de enamorados que. de resultas de esta 
clase de desengafios Imn abrazado el 
estado religioso. Miilot, en la llislotia 
de los Trovadores, hace mencirm de 
vafios de ellos que murieron monjes 
de la Cartuja y del Cister. De los poetas 
de nuestro Cancionero general, D. Luis 
de Torres acabó por ser fraile menor, y 
Juan Rodríguez del Padrón, por ser 
fraile dominico. Un Duque de Jo3'Osa, 
en Francia, después de haber hecho 
gran papel en las revueltas civiles del 
siglo XVI, se inclinó ;i \n que nuestro 
pastor Antonio, y se nietii'> capuchino; 
pero el caso m.ls conocido y ruidoso 
en la materia fué el del Abad Raneé, 
fundador de la Trapa. En el sexo feme- 
nino, como más sensible y capaz de 
mayor exaltación de afectos, han sido 



mucho más frecuentes los ejemplos. 
Generalmente hablando, los versos 
que Cervantes insertó en su Quijote 
son malos. En el presente romance se 
quiso imitar la sencillez, y se copió la 
tosquedad de los pastores, cosas que 
son muy distintas. Caben muy bien 
alectos delicados y tiernos en pechos 
aldeanos; bajo expresiones sencillas 
pueden presentarse Ideas nobles, imá- 
genes agradables y nun sublimes; pero 
¿ á cuál de ellas j)erlenece aquello to- 
mado de ios bueyes al uncirlos, 

Pon tu cuello en la gamella 
Verás cómo pongo el mío? 

El poeta, como el pintor, debe copiar 
á la naturaleza, pero embelleciéndola. 

i. Respuesta oportuna de I). Qui- 
jote, en que el concepto es tan discreto, 
couio hermosas y galanas las palabras 
que lo expresan. 

2. Que me volvlesex debió escribirse, 
como pide la analog a gramatical. 






CAPITULO XII 

OK LO QUE CONT(') UN CAHUKHO Á LOS QUE ESTABAN CON DON QUIJOTE 



Estando en eslo, llegó oLro mozo de los que les traían del aldea 
el bastimento ', y dijo : ¿ Sabéis lo que pasa en el lugar, compañe- 
ros ? ¿ Cómo lo podemos saber ? respondió uno de ellos. Pues sabed, 
prosiguió el mozo, que murió esta mañana aquel famoso pastor 
estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de 
amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo 
el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andu- 
rriales. Por Marcela dirás, dijo uno. Por esa digo, respondió el ca- 
brero ; y es lo bueno que mandó en su testamento que le enterra- 
sen en el campo como si fuera moro, y que sea al pié de la peña 
donde está la fuente del alcornoque, porque según es fama (y él 
dicen que lo dijoj aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y 
también mandó otras cosas tales, que los abades del pueblo ^ dicen 
que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque pare- 
cen de gentiles. Á todo lo cual responde aquel gran su amigo 
Ambrosio '^ el estudiante, que también se vistió de pastor con él, 
que se ha de cumplir todo sin faltar nada como lo dejó mandado 
Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado ; mas á lo que 
se dice, en fin, se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus 



1. Es voz propiamente militar : sig- Jerusalén, cuenta que los Obispos é los 
nifica las provisiones de boca, los co- Abades é la otra clercia comenzaron 
7nfs/í7>/es de plazas, ejércitos y armadas, á cantar Veni Crpator Spiritus (a). Lo 
y se encuentra á cada paso en nuestros mismo sucede en las poesías del Arci- 
historiadores. preste de Wúa',b\. y en el Corbacho del 

2. Desde muy anticuo se daba el Anipreste de Talavera [c). Covarrubias, 
nombre de Abades h los Curas En la en su Tesoro de la lenr/aa castellana, 
Grtni Conquista de Ultramar, refirién- tes'ifica que el nombre de Abad solía 
dose el funeral de Galieno, sobrino del darse en °;eneral á cualquier sacerdote, 
Emperador de Alemania, se dice : E los y en el día lo tienen los Curas párrocos 
Obisgos é los Abades que eran en de- en Galicia. 

rredor de aquella tierra, vinieron ald 3. No es así el orden, sino aquel su 

todos con muí/ grandes procesiones a). gran amigo Ambrosio. 
Y describiendo la elección de Rey de 

(a) Lib. III, cap. LV. — (6) Copla 1200. — 

(o) Lib. I, cap. CVI. (c) Parte II, cap. IV. 



172 



nON QL1.T0TE DE LA MANCHA 



amibos quieren, y mañana le vienen á enleiiar con gran pompa 
adonde tengo dicho; y lengo para mí que ha «le ser cosa muy d<> 
ver ; á lo menos yo no <le¡ai'é de ir á verla, si supiese no volver 
mañana al lugar ^ Todos haremos lo mcsmo, respondieron los 
cabreros, y echaremos suertes á quién ha de (luedar á guardar las 
cabras de todos. Bien dices, Pedro, dijo uno de ellos -, aunque no 
será menester usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos ; | 
y no lo atribuyas á virtud y á poca curiosidad raía, sino á que no 
me deja andar el garrancho que el otro día me pasó este j)¡e. Con 
lodo eso, te lo agradecemos, respondió Pedro. Y D. Quijote rogó 
á Pedro le dijese qué muerto era aquél, y qué pastora aquélla ; á 
lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un 
hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en a(|uellas sierras, 
el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo 
de los cuales había vuelto á su lugar con opinión de muy sabio 
y muy leído '^. Principalmente decían que sabía la ciencia de 



1. Si supiese, esto es, aunque supiese. 
SigniOcaciún y fuerza de la conjunción 
si, de que se hallan muchos ejemplos 
en nuestros buenos escritores. 

2. Las palabras uno de ellos las 
añadió la Academia Española en sus 
ediciones, como necesarias para que 
conste el sentido. Su omisión hubo de 
ser desruido del impresor en las edi- 
ciones primitivas, como otros muchos 
que en ellas se notan. 

3. Una de las calidades que hacen á 
la lengua latina más poética que las 
vivas que hablamos, es la abundancia 
de nombres verbales y participios que 
tiene, no sólo en la voz activa, sino 
también en la voz pasiva, de que care- 
cen los verbos castellanos. Entre los 
participios latinos los hay que á la 
terminación pasiva reúnen la signi- 
ficación activa, como bene potus, que, 
aplicado á las personas, significa no 
lo que ha sido bebido, como indica la 
terminación, sino al que ka bebido. 
De esta Vütima clase hay muchos cu 
castellano, y á ella pertenece el verbal 
leído, que se halla en el pasaje del 
texto, y denota, no lo leído, sino al 
que ha leído. Igualmente cuando se 
dice de una persona (lue está bien co- 
mida y bebida, no se quiere decir que 
ha sido comida y bebida, sino que ha 
comido y bebido. Mujer parida es la 
que ha parido : enlendido, almorzado, 
desayunado, cenado, agradecido, son 



verbales de la misma especie. A ella 
pertenece también heredado, que se 
encuentra después en este jtropio capi- 
tulo en significación del que ha here- 
dado. Algunos de nuestros participios 
suelen ir modificados con los adver 
bios mal y bien, como bien bebido, mal 
comido : otros hay que nunca se usan 
sin ellos, como bien ó mal hablado. 
Mal hablado, dice Quevedo en el 
Cuento de cuentos, llaman al que habla 
mal, habiéndole de llamar mal ¡tabla- 
do r. 

Los verbales castellanos en or vie- 
nen á ser unos participios de presente, 
como vencedor, el que vence; conti- 
nuador, el que continúa; otros hay en 
uble y en ible. que denotan derecho á 
la acción del verbo ó posibilidad de 
ella, como admirable, digno de admi-, 
raciiin; factible, posible de hacer; 
otros hay, finalmente, que acaban en " 
ero, é indican facdidad, como /¿ei'Of/ero, 
IVicil de llevar; hacedero, fácil de hacer. 
A todos éstos se niega comúnmente 
(no sé si con razón) el nombre de par- 
ticipios, concediéndoles sólo el titulo 
de verbales ó derivados de verbo, como 
si no participasen del oficio y fuerza 
del verbo bajo la forma de nombre, ea 
lo que parece está y consiste la esen- 
cia del participio. Los verbales que 
acaban en ante, ente y ado son los 
únicos que reciben del uso general el 
nombre de participios, y pueden divi- 



l>I<IMi:HA l'AltTK. — CAPÍTULO XII 17.*] 

las estrellas, y de lo (|ue posa allá en el cielo, el sol y la luna, 
porque puiil.ualmenl>e nos decía el cris del sol y de la luna*. 
Eclipse se llama, anii^o, (|u(^ no cris, el escurecerse esos dos lumi- 
nares mayores, tlijo D. (JuijoLe. Mas Pedro, no reparando en niñe- 
rías, prosiguió su cuento diciendo : asimesmo adevinaba cuándo 
había de ser el año abundante, ó estil. Estéril queréis decir, amigo, 
dijo D. Quijote. Estéril ó estil, respondió Pedro, todo se sale allá. 
Y digo ipie con esto ([ue decía se hicieron su padre y sus amigos, 
que le daban crétlito, muy ricos, porque hacían lo que él les acon- 
sejaba, diciéndoles : Sembrad este año cebada, nó trigo ; en éste 
podéis sembrar garbanzos, y no cebada ; el que viene será de guilla 
de aceite *^, los tres siguientes no se cogerá gota. Esa ciencia se 



dirse en tres clases : 1% ile presente, 
como naciente^ participanLe ; 2.", de 
pretérito, como amado, oído; y. 3.% par- 
ticipios que pueden llamarse clepo- 
nentef!, con terminación de pretérito y 
significado de presente, como leidu, 
entendido. N(3tese que estos últimos 
sólo se aplican ;í las personas, y no il 
las cosas (a). 

Kl latín se aventaja á las lenguas 
vivas que se derivaron de ella(p) en el 
número de verbales y participios. Los 
tiene de presente y futuro en la voz 
activa, y en la pasiva de futuro y pre- 
térito. Los tiene, como se dijo arriba, 
de terminación pasiva y de significación 
activa ; todos los participios de preté- 
rito en latín son pasivos; en griego 
los hay también activos de pretérito. 

1. Cris, adevinaba, estil. desoluto, 
denantes : palabras estropeadas en 
boca rústica por eclipse, adivinaba, 
estéril, absoluto, antes. Nuestro autor, 
que al principio sobrecargó de esta 
clase de palabras el lenguaje del pas- 
tor Pedro, se descuidó á poco, olvidó el 

(a) Y no á las cosas. — Contra esta afir- 
mación de Clemencín, que repite el señnr 
Cortejón, protestan los siguientes versos de 
Quevedo : 

Si estudiara medicina, 
Aunque es socorrida ciencia, 
Porque no ganara yo. 
No hubiera persona enferma. 

El mismo señor Cortejón cita la frase co- 
mún : « Recibí su favorecida (carta) .» 

(M. de T.) 
{'i\ De ella. — Debe decir de i-í pur refe- 
rirse al latía. 

(W. de T .) 



papel que éste había empezado á hacer, 
y le hizo hablar de un modo corriente 
y llano, como puede lYicilmente obser- 
varse. 

2. En la novela de los dos perros 
Cipión y Berganza, dice este último : 
alegróse mi amo viendo que la cosecha 
iba de guilla. Hablaba de un charlatán, 
regocijado de la mucha gente que con- 
curría ;í ver sus habilidades. En el, 
castellano antiguo «/lo de guilla es 
según Govarrubias, año de muchos fru- 
tos y abundante cosecha. — No se 
entienda que en tiempo de Cervantes 
los pronósticos y creencias que aquí 
se ponen en boca de un pastor, eran 
propios exclusivamente de labriegos. 
Jerónimo Cortés, escritor valenciano 
de fines del siglo xvi, escribió un libro 
con el pomposo titulo de Non plus 
ultra del Lunario // pronóstico perpe- 
tuo, donde puso una tabla de años que 
rige desde el de 159Ü hasta el fin del 
mundo, para saber de cada uno en 
particular cuándo ha de haber media- 
nía, abundancia ó carestía de mante- 
nimientos (a). Y no contento con esto, 
añade después un Secreto muy curioso 
y cudicioso para los labradores para 
conocer y saber de un año para otro 
de cuál ele los granos ó setnillas habrá 
más abundancia, diciendo que asi lo 
escribe un astrónomo andaluz (que no 
deja de ser texto respetable). Este 
libro se imprimió por la primera vez 
el año de 1598, y la edición de 1607, 
que es la que cito, era ya la sép- 
tima. 



(a) Pág. 65. 



174 



DON QUIJOTE DE La mancha 



llama Astrología, dijo D. Quijote. No sé yo cómo se llama, replicó 
Pedro, mas sé que Lodo (isLo sabía y aun más. Finalmente, no pa- 
saron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando un 
día remaneció vestido de pastor con su cayado y pellico \ habién- 
dose quitado los hábitos largos que como escolar traía, y junta- 
mente se vistió con 61 de pastor otro su grande amigo llamado 
Ambrosio, que había sido su compañero en los estudios. Olvidába- 
seme de decir cómo Grisóstomo el dilunto fué grande hombre de 
componer coplas, tanto que él hacía los villancicos para la noche 
del Nacimiento del Señor, y los autos para el día de Dios ^, que 
los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos decían que 
eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso 
vestidos de pastores á los dos escolares, quedaron admirados, y no 
podían adivinar la causa que les había movido á hacer aquella tan 
extraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nues- 
tro Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de ha- 
cienda, ansí en muebles como en raíces, y en no pequeña cantidad 
de ganado mayor y menor, y en gran cantidad de dineros ; de todo 
lo cual quedó el mozo señor desoluto; y en verdad que lodo lo 
merecía, que era muy buen compañero y caritativo y amigo de los 
buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se vino á 



1. Así se lee en una de las ediciones 
del año de 1605. La otra del mismo 
año, y las demás hechas en España en 
tiempo de Cervantes, inclusa la que él 
mismo corrigi(3 en 1608, dicen (panudo 
en lugar de cayado. La de Londres, 
impresa en el año de 1738, estableció 
el texto poniendo caijudo que era, 
evidentemente lo que debía ponerse, 
pues se hablaba del truje y arreos 
pastoriles; y la han seguido, como era 
razón, las ediciones de la Academia 
Española. 

2. CopUi se dijo del latino copula, 
porque en ella se ligan y acoplan los 
versos, enlazándolos por la rima y su- 
jetándolos á cierta combinación perió- 
dica. — Villancico se deriva de villano, 
rústico, campestre, con alusión á los 
festejos de los pastores de Belén, como 
quien dice canciones pastoriles, y tales 
son, con efecto, las que suelen oirseen 
el oficio de Noche Buena. — Autos 
para el dia de Dios son los que co- 
múnmente se llamaban autos sacra- 
mentales, que eran dramas ó represen- 
taciones sobre asuntos sagrados, que 
se hacían para solemnizar la festividad 



del Corpus Ckrisli ó día de Dios. 
D.Gaspar de Jovellanos, en su Memo- 
ria sobre diversiones públicas, citando 
este pasaje del Quijote, habla de la 
costumbre de representarse autos sa- 
cramentales en el día del Corpus, y 
copia lo que sobre esto dispusieron las 
ordenanzas municipales de la villa de 
Garrión de los Condes, hechas en el 
año de l"i68. Estas fiestas teatrales apli- 
cadas á lo sagrado tuvieron su origen 
en la Edad Media, y en los principios 
las desempeñaban los mismos clérigos 
y sus dependientes, y se ejecutaban 
dentro de las iglesia.s para excitar la 
devoción de los fieles que concurrían ; 
en adelante se representaron también 
por las calles y plazas. Los autos se 
diversificaban de infinitas maneras, y 
muchos eran alegi'iricos, como puede 
verse en los de D. Pedro Calderón dn 
la Barca, que fué el autor de más nom- 
bradia en tal género de composiciones. 
Los abusos é irreverencias que se 
introdujeron en los autos sacramen- 
tales y en su representación, dieron 
motivo para que se prohibiesen en el 
reinado de Carlos 111, año de 1763. 



l'lilMKüA l'AKTL. 



CAPITI l,() MI 



m 



euLcndci-, que el haberse mudado de traje no liabía .sido por otra 
cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pas- 
tora Marcela (pie nuestro zagal nombró (leñantes, da la cual se 
había enamorado el pobi'c difunto de Grisóstomo. Y qui(íroos 
decir aiiora, porque es bien (jue lo sepiíis, qui(^n es esta rapaza ; 
(¡uizá y aun sm quizá no habréis oído semejante cosa en todos los 
días de vuestra vida, aunque viváis más años que Sarna. Decid 
Sarra ', replicó D. Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los 
vocablos del cabrero. Harto vive la sarna, respondió Pedro; y si 
es, señor, que me habíais de andar zaheriendo á cada paso los vo- 
cablos, no acabaremos en un año. Perdonad, amigo, (Jijo 1). Qui- 
jote, que por haber tanta diferencia de Sarna á Sarra os lo dije ; 
pero vos respondistes muy bien, por([ue vive más sarna que Sarra ^ ; 
y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada. 
Digo, pues, señor mío de mi alma, dijo el cabrero, que en nuestra 
aldea hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, 
el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las mu- 
chas y grandes riquezas, una hija de cuyo parto murió su madre, 
que fué la más honrada mujer que hubo en todos estos contornos ; 
no parece sino que ahora la veo '^ con aquella cara que del un 



1. El pastor llamaba Sarna á la 
mujer de Abraham, y ü. Quijote le 
corregía este vocablo como ya le 
había corregido otros. Nosotros deci- 
mos Sara, pero en lo antiguo decían 
Sarra, como se ve por el comentario 
castellano de D. Alonso de Madrigal, 
llamado comúnmente el Toaíado, aabre 
la Crónica de Eusebio(«), y también 
por el Valerio de las Idstorias escolás- 
ticas ij de España, compuesto por el 
Gancjnigo Diego Hodriguez de Almela, 
familiar del Obispo de Burgos D. Alonso 
de Cartagena (6). Sarra dijo igualmente 
Diego de Sampedro en su Cárcel de 
Amor, al elogiar á algunas mujeres 
notables entre las judías (c). Lo 
mismo el autor del /-ff^fl/íí/o de Manza- 
7?«?'es (c/), el P. Haedo en los Diálogos 
de la caplividad. que siguen á la To- 
pografía de Argel [e], y Cristóbal Suá- 
rez de Figueroa en su Pasajero [f). 
Sara vivió ciento diez años, y fué 
madre siendo ya muy vieja; de aquí 

(u) Part. I, cap. LXIX. — (6) Lih. 11, 
tit. I. cap. II. — (c) Folio 4(i, edición de 
Venecia de l5.'-3. — (</) Cap. Xil. — v.) Diá- 
logo 1. — (/■) Alivio 5. 



vino la frase proverbial para ponde- 
rar la vejez de una mujer, diciéndose 
ser más vieja que Sarra ; frase de que 
hizo mención Covarrubias en su Tesoro 
de la Lengua castellana, y á que se 
refiere aquella expresión del canto 
epitalámico del pastor Arsindo que Cer- 
vantes insertó en el libro III de la 
Galaica, al describir la boda del pastor 
Daranio coa Silveria : 

Mas años que Sarra vivan 
Con salud tan confirmada, 
Que dello pese al Dotor. 

La gente rústica, así como decía cris 
y estil por eclipse y estéril, decía tam- 
bién Sarna por Sarra. 

2. Así es la verdad, porque Sara 
sólo vivió algo más de un siglo ; pero 
la sarna ha vivido, vive y vivirá mien- 
tras haya sarnosos. 

3. Elogio rústico de la difunta mu- 
jer de Guillermo, que hace reir. ¿Qué 
tal cara sería la que del un cabo tuviese 
el sol y del otro la luna ? Y si se habla, 
como parece, de los ojos, ¿qué t.tl pa- 
recería la cara que tuviese dos ojos tan 
diferentes entre si? 



176 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

cabo tenía el sol y del otro la luna, y sobre todo hacendosa y 
amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima 
á la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de 
la muerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando 
á su hija Marcela muchacha y rica, en poder de un lío suyo sacerdote 
y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza 
que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; 
y con todo esto se juzgaba que le había de pasar la de la hija ; y 
así fué, que cuando llegó á edad de catorce á quince años, nadie la 
miraba que no bendecía á Dios que tan hermosa la había criado, y 
los mas quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala su 
tío con mucho recalo y con mucho encerramiento ; pero con todo 
esto, la fama de su mucha hermosura se extendió de manera, que 
así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de 
nuestro pueblo, sino de los de muchas leguasá la redonda, y de lo- 
mejores dellos, era rogado, solicitado é importunado su tío se l;i 
diese por mujer. Mas él, que á las derechas es buen cristiano, 
aunque quisiera casarla luego, así como la vio de edad ^ no quiso 
hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo á la ganancia y gran- 
jeria que le ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando su 
casamiento. Y á f e que se dijo esto en más de un corrillo en el 
pueblo en alabanza del buen sacerdote. Que quiero que sepa, señor 
andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo sr 
murmura ; y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía 
de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga á sus feli- 
greses á que digan bien del, especialmente en las aldeas. Así 
es la verdad, dijo D. Quijote, y proseguid adelante, que el 
cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena 
gracia. La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. Y en 
lo demás, sabréis que aunque el tío proponía á la sobrina, y le 
decía las calidades de cada uno en particular de los muchos que 
por mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese á su 
gusto, jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no 
quería casarse, y que por ser tan muchacha no se sentía hábil para 
poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba al parecer 
justas excusas^ dejaba el tío de importunarla, y esperaba á que 



1. La Academia Española conservó opinión del mérito tipográfico de las 

la lección de via por liallaria asi en Ins ediciones primitivas, he preferido la 

primeras ediciones, y porque, absolii- lección vio. que sustituyó muy juicio- 

tamenle hablando, no deja de hacer sámente, en mi concepto, la edición de 

sentido, según expresa en una noUi. Londres de iTiJS. 

Sin embargo, yo, que tengo muy mala 2. Transposición dura. Debiera ser: 



pi!imi:r.\ ivvnrK. — capíiilo xii i77 

oiilraso algo más en ediul, y ella .supiese escoger compañía á su 
guslo. Porque decía é\, y decía muy bien, que no habían de dar los 
padries á sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo aqui\ 
ctiando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela 
hecha pastora ; y sin ser parte su tío ni todos los del pueblo que se 
lo desaconsejaban, dio en irse al campo- con las demás zagalas 
del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y así como ella 
salió en público, y su hermosura se vio al descubierto, no os .sabré 
buenamentedecir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores, 
han tomado el traje de Grisóstomo, y la andan requebrando por 
esos campos. Uno de lOs cuales, como ya está dicho, fué nuéStrO 
difunto, del cual decían que la dejaba de querer, y la adoraba. Y 
no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida 
tan suelta y de tan poco ó ningún recogimiento, que por eso ha 
dado indicio ni por semejas, que venga en menoscalDO de su hones- 
tidad y recato ; antes es talita y tal la vigilancia con que mira por 
Su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha ala- 
bado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna 
pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Que puesto que no huye 
ni se esquiva de la compañía y conversación de los pastores, y los 
trata cortés y amigablemente, en llegando á descubrirle su intención 
cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matri- 
monio, los arroja de sí como con un trabuco^. Y con esta manera 
de condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara 
la pestilencia, porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones 
de los que la tratan á servirla y á amarla ; pero su desdén y desen- 
gaño los conduce á términos de desesperarse, y así-^no saben qué 
decirle, sino llamarla á voces cruel y desagradecida, con otros 
títulos á éste semejantes, que bien la calidad de su condición ma- 



rte s 
día. 



nifiestan; y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar 



con estas excusas que daba, al parecer siuo una máquina militar de la Edad 

justas ; ú con estas excusas, al parecer Media, con que se lanzaban piedras 

justas, que daba. en defensa y ofensa de las fortalezas. 

1. Sobra evidentemente el lo, que Fernando de Pulgar, refiriendo en la 
nada significa, y se introdujo mala- Crónica de los Reyes Católicos el cerco 
mente en el texto. de Málaga, donde un moro quiso matar 

2. Cuando se dice ser parte, es me- á los Reyes, dice que fué becho pe- 
nester expresar para qué. Aquí hubo dazos por los circunstantes : é algunas 
de decirse : y sin ser parte para estor- gentes del real tomaron los pedazos de 
bario su lio... dio en irse al campo. aquel moro, y echáronlos en la ciudad 

3. Mejor estaría suprimiéndose el con un trabuco (a). 
con. Trabuco no significa aquí lo que 

ahora entendemos por esta voz, que es 

una escopeta corta de mucho calibre, [a] Parte lir. cap. LXXXVii. 

12 



17S DON OU1.IOT1-: l)K I.A MANCHA 

estas siorras y cslos valles con los lamentos de los dosengailados 
que la siguen ^ No está muy lejos de aíjuí un sitio df)n(l(í hay casi 
dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza 
no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y encima de al- 
guna ^ una corona grabada en el mesmo árbol, como sí más clara- 
mente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda 
la hermosura humana. Aquí suspira un pastor-*, allí se queja otro, 
acullá se oyen amorosas canciones, at'á desesperadas endechas. 
Cuál hay que pasa todas las horas de la noche sentado al pie de 
alguna encina ó peñasco, y allí, sin plegar los llorosos ojos, embe- 
becido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol á la 
mañana ; y cuál hay que sin dar vado ni tregua á sus suspiros, en 
mitad del ardor de la más enfadosa siesta del verano, tendido 
sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo; y déste 
y de aquél y de aquéllos y déstos, libre y desenfadadamente triunfa 
la hermosa Marcela. Y todos los que la conocemos estamos espe- 
rando en qué ha. de parar su altivez, y quién ha de ser el dichoso 
que lia de venir á domeñar condición tan terrible, y gozar de her- 
mosura tan extremada. Por ser todo lo que he contado tan averi- 
guada verdad, me doy á entender que también lo es lo que nuestro 
zagal dijo * que se decía de la causa de la muerte de Grisóstomo. 
Y asi os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros mañana á su 
entierro, que será muy de ver, ponjue Grisóstomo tiene muchu> 
amigos, y no está deste lugar á aquel donde manda enterrarse media 
legua. En cuidado me lo tengo, dijo D. Quijote, y agradézcoos el 



1. Quizá es errata por desdeñados, á los principios del presente razonu- 
porque mal podían llamarse desen- miento. 

(juñados los que aun tenían esperanzas 4. Este zagal es el que trajo de la 

y con tanto ahinco, continuaban en aldea el bastimento y la noticia de la 

su amorosa porfía. Á éstos no podía muerte de Grisóstomo, como queda con- 

llauííirseles con propiedad desengaña- lado anteriormente. — En la edición 

dos. Fué fácil poner una palabra por de 1608, hecha á vista de Cervantes 

otra. cuando residía ya en Madrid lie vuelta 

2. Este aliiiinano se sabe con quién de Valladolid, donde estaba cuando ^e 
concierta, pues si es con corteza ¡'i hicieron lusde !60d, se lee me lo doy 
haya, como al pronto parece, no hace lí entender. \ pesar de que esta edición 
sentido. Quedaría menos mal si dijese fué la que siguió la Academia Española 
encima de alguno, esto es, encima en la suya de 1819, omitió el lo, que 
de algún nombre de los grabados y evidentemente soIt.), y se conforun» 
escritos en las cortezas de las hayas; con las de l(i05, que lo omiten. C'-r- 
y aun mejor encima alguna vez. Esto vantes, .lunque vio hacer la edición, 
último diría el manuscrito de Cer- no cuidó ó cuidn mal de ella en el pre- 
vantes. senté pasaje, dunde se añadió este 

3. El discurso se ha ido haciendo nuevo defecto, y además se conserva- 
sobradamente culto y aun poético, no ron las palabras la que nuestro zagal 
pareciendo posible que hable asi el dijo,(\\ie i\ehcn str lo que nuestro zagal 
cabrero del cris y del eatil, como decí.i dijo. 



PRiMi;n.\ i>.\nTi:. — capíti'i.o xii 



179 



^iisto {]uv MIC habéis (Indo con la Tiarración ' i\c tan sabroso cuento. 
¡ Oh ! rcphcí) el cablero, aun no se yo hi niilad de los casos suce- 
didos ú los amantes de Marcela ; mas podría ser que mañana topá- 
semos en el camino algún pastor que nos los dijese : Y por ahora 
bien será que os vais á dormir debajo de techado, porque el sereno 
os podría dañar la herida, puesto (jue es tal la ruedicina que se os 
ha puesto, (jue no hay que temer de contrario accidente. Sancho 
Pan/.a, <pu' ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó 
j)or su parte que su amo se entrase á dormir en la choza de Pedro, 
llízolo así, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su 
señora Dulcinea, á imitación de los amantes de Marcela. Sancho 
Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no 
como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido á 
coces 2. 



1. En cuidado me lo tengo, expre- 
sión rancia y castiza, como si dijera : 
ya estol/ en ello, asi lo tengo pensado y 
resuelto. — El agradecimiento de D. Qui- 
jote recuerda eí del Principe Rosicler, 
que. habiéndose extraviado, fué á parar 
á una majada de pastores, los cuales 
remediaron su hambre, cenando todos 
juntos, y le explicaron la extraña aven- 
tura del sabio Artidón, muerto de 
amores de Artidea (como Grisóstomo 



de los de Marcela), por cuya narración 
les dio Rosicler muchas gracias (a). 

2. Por los mozos de los frailes, que 
sin dejarle pelasen las barbas. le molie- 
ron á coces y le dejaron tendido en el 
suelo, sin aliento ni sentido, como se 
dijo en la relación de aquella aventura. 



(a) Espejo de Principes y Caballeros, part. I, 
lib. II, caj). IV. 



CAPITULO XIII 

DONDE SE DA FIN AL CUENTO DE LA PASTORA MAUCELA, 
CON OTROS SUCESOS 



Mas apenas comenzó á descubrirse el día por los balcones del 
oriente, cuando los cinco de los seis cabreros ^ se levantaron y 
fueron á despertar á D. Quijote, y á decille si estaba todavía con 
propósito de ir á ver el famoso entierro de Grisóstomo, y que ellos 
le harían compañía. D. Quijote, que otra cosa no deseaba, se le- 
vantó y mandó á Sancho que ensillase y enalbardase al inomento. 
lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la misma se pusieron 
luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de legua, 
cuando al cruzar de una senda vieron venir hacia ellos hasta seis 
pastores vestidos con pellicos negros, y coronadas las cabezas con 
guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso 
bastón de acebo - en la mano ; venían con ellos asimismo dos gen- 



1. Al principio del capitulo XI se 
expresó que erau seis los pastores de 
la majada. Después vino otro con el 
bastiiiiento, se;;ún se refirió en el capí- 
tulo XII : por consiguiente, no eran seis 
sino siete. 

2. Ciprés, árbol funesto que los anti- 
guos consagraron á Pluti'in y calificaron 
de funeral, ó porque cortado no re- 
nace asi como los muertos no resucitan, 
ó porque la incorrupiibiiidad de su 
madei'a denota la inmortalidad de las 
almas. Dura actualmente la misma idea 
y suelen plantarse jimto á los sepulcros 
cipreses, cuya copa piramidal, diri- 
giéndose al cielo, indica el término á 
que deben encaminarse nuestros de- 
seos y esperanzas para después de la 
muerte. 

Adelfa, arbusto con hojas como de 
laurel y flores parecidas á rosas, de 
donde le vino el nombre que tuvo en 
griego de r/ioi/odendron. Se tiene por 
planta venenosa para algunas especies 



de animales. Dificulto que el país de Kx 
presente aventura lleve ad«-llas, las 
cuales aman a lospaises cálidos, y ere 
ciendo espontáneamente en nuestras 
provinci s meridionales, desaparecen 
en las interiores de la península. 

Acebo, árbol de maiUra tan pesada, 
que se hunde en el agua, los bu.stoni ^ 
de acebo, según cu»^nta Plinio. atribuía 
cierto autor antiguo una virtud mun fjut 
liculur, á saber: liarulutrt exea (arbor • 
faclurn, iii <^uodris animal emissuni. 
eliain si citra ceciileril def'eclu mitlen- 
lis, ipsum per sese recuhilu proprius 
adlabi (a). Los pastores de la comitiva 
de .\mbrosio, que no habrían leído á 
Plinio, tendrían, sin duda, sus razones 
para preferir los garrotes de acebo á 
otros menos pesados é incómodos. 

(a) Nat. hisl., lib. XXIV, cap. XIII. 

í'/) .Amnn, — El galicismo corre ii.arejas 
con el apercihirsi' de marras, (M. de T.j 



I 



PRIMERA partí:. — CAlM'rUf.O Xtlí 181 

t.ili'shoinbrcs <Je Ji raballo, muy bien adci-czados úo riimiiio, con 
otros Ices mozos de á pie (|U(' los acoinpíiñabaii. I'^n lK*!L;áiidos(* á 
jimlar se saludaron corLósmente,y pregamlándose los unos á los 
otros dónde iban, supieron que todos se encaminaban al lugar del 
entierro, y así comenzaron á caminar todos juntos. Uno de los de á 
caballo, hablando cojí su compañero, le dijo : Paréceme, señor Vi- 
valdo, (\\ic habemos de dar por bien empleada la tardanza que hi- 
ciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de ser 
famoso según estos pastores nos han contado extrañezas, así del 
muerto pastor como de la pastora homicida. Así me lo parece á mí, 
respondió Vivaldo ; y no digo yo hacer tardanza de un día, pero 
de cuatro la hiciera á trueco de verle. Preguntóles D. Ouijote qué 
era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo. El caminante 
dijo que aquella madrugada habían encontrtdo con aquellos pas- 
tores '. y que por haberles visto en aquel tan triste traje, les habían 
preguntado la ocasión por qué iban de aquella manera ; que 
uno de ellos se la contó, contando la extrañeza - y hermosura 
de una pastora llamada Marcela, y los amores de muchos que la 
recuestaban, con la muerte de aquel Grisóstomo á cuyo entierro 
iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro á D. Quijote había 
contado. Cesó esta plática, y comenzóse otra, preguntando el 
que se llamaba Vivaldo á D. Quijote, qué era la ocasión que le 
movía á andar armado de aquella manera por tierra tanpacídca.Á 
lo cual respondió D. Quijote: La profesión de mi ejercicio^ no con- 
siente ni permite que yo ande de-^otra manera ; el buen paso '', el 
regalo y el reposo allá se inventó para los blandos cortesanos ; mas 
el trabajo, la inquietud y las armas sólo se inventaron é hicieron 
para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los 
cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos '•. Apenas le 

1. Sonaría mejor (a); aquella madru- fesión de mi profesión, ó el ejercicio de 
gada se habían encontrado con aquellos mi ejercicio. Mejor dicho estaría la pi'O- 
pastores, ó aquella míidrugada habían fesión de mi oficio, ó la calidad de mi 
encontrado aquellos pastores. Hubiera /M'o/esío'/i, (3 simplemente mi profesión. 
también convenido para la corrección 4. Paso no es aquí lo que significa 
del lenguaje evitar la repetición de ordinariamente : el buen paso es la 
aquella y aquellos. buena vida, la vida muelle y regalada, 

2. Otra repetición todavía más d^s- el pasarlo bien. 

aliñada que la precedente. Hasta ahora 5. Sobran las palabras de todos : ni 

se leía en todas las ediciones se lo hay en las ideas la oposición que aquí 
contó : en ésta se ha corregido por 

errata clara, poniendo se la contó, , . „, , 

porque se hablalia de la ocasión, con (<') 'Y'^T-.r ^' '"«'J)'''^"^ <'^ I'"^'" T^ I"" 

^ ,;„„ I I • - «. í supuesta fa.ta. Af/usl/os pastores exigen 

quien debio necesariamente concertar la 'preposición á, por ser complemento de 

el pronombre. peisonu. 

3. Viene á ser lo mismo que la pro- (M. de T.) 



182 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



oyeron esLo, (-uando lodos le tuvieron por loco ; y por averiguarlo 
más, y ver qué género de locura era el suyo, le tornó á pregunlai* 
Vivaldo (|ue qué quería decir caballeros andantes '. ¿ No han vues- 
tras mercedes leído, respondió D. Quijote, los anales é histoiias 
de Inglaterra, donde se tratan las lamosas la/.añas del Hey Arturo, 
que comúnmente - en nuestro romance castellano llamamos el Rey 
Artús ^, de quien es tradición antigua y común en todo aquel 
reino de la Gran Bretaña que este Rey no murió, sino que por ai'le 
de encaníamento se convirtió en cuervo, y que andando los tiem- 
pos ha de volver á reinar y á cobrar su reino ' y cetro; á cuya 
causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya ningún 
inglés muerto cuervo alguno''? Pues en tiempo de este buen Rey 



convenía. Estuviern. mejor : de cuyo 
número soi/, aunque indigno. Indigno y 
menor se aproximan en vez fie contra- 
decirse, como debieran, y como indica 
la parí ¡cilla adversiiliva aunque. 

1. YA que triplicado sin interrupción 
ni intermedio produce un mal sonido 
fpie evitan los que hablan y escriben 
con corrcccii'in. El primer que no hace 
falta para el sentido, y el tercero pu- 
diera evitarse muy Diciimente : le lomó 
i¡ pregunltir qué .'iiguificaba, etc. La 
facilidad de la enmienda indica la 
negrligencia del escritor. 

2. Las ediciones anteriores decían 
conlinunmente: pero era co¡>iuiimente, 
y así debió correírirse. El primero que 
lo echii de ver fue D. Juan .\ntonio 
Peilicer, y, sin embargo de t\ue lo 
advirtii'i en una nota, no se atrevió A 
correy;ir el texto. Este respeto excesivo 
y supersticioso á las ediciones primi- 
tivas, que están muy lejos de merecerlo, 
ha perjudicado nríucho á las poste- 
riores. 

3. Aflús fué Príncipe de los Siliires, 
nación que habitaba la parte meri- 
dional del país de Gales, y que T.icito 
se persuadit'i habían p.asado de España 
á poblar en Inglaterra. Su abuelo Vor- 
tigernes, que reinaba en la tiran Bre- 
taña á mediados del siglo v, hostigado 
por los Escoceses, llamó en su soiorro 
;í los Sajones, pueblo del Norte de 
Alemania, los cuales, después de varios 
sucesos, volvieron las armas contra los 
Bretones y se apoderaron de casi toda 
la Isla. La poca harmonía entre los 
vencedores produjo su divisi(')n en 
siete estados ó reino*. Los Bretones se 
retiraron á los montes de Gales, y 



guiados por Artús. á quien proclama- 
ron por Rey, obtuvieron varias venta- 
jas, y mantuvieron su independencia. 
Allí reinaron los descendientes de 
Artús, y de ellos procedió, según dicen, 
la familia de los Estuardos, que an- 
dando el tiempo llegó á sentarse en 
el trono. 

Artús fué el Relavo de los Bretones, 
y desde sus montañas mantuvo, como 
el otro desde Covadonga, la indepen- 
dencia de su nación contra los inva- 
sores. Los libros caballerescos dicen 
que Artús extendió su dominación á la 
grande y á la pequeña Bretaña. Fué 
valentísimo de su persona, y se asegura 
que en diferentes batallas mató por 
su mano cuatrocientos sesenta ene- 
migos. No ha faltado quien sueñe (jue 
el Rey Artús fué suegro de nuestro Rey 
visigodo Recaredo !a). En la (Mida de 
Principes {b). escrita por Boccaccio, y 
traducida por el Canciller de Castilla 
D. Pedro López de Ayala y D. Alonso 
de Cartagena, se había deí Rey Artús 
y de su hijo Morderete. Fernán Pérez 
de (íu/.mán, señor de Batres. en su Mar . 
de historias, trata también de este fun- 
dador de orden caballeresca. 

4. Las palabras este Re;/ descompo- 
nen la oración, y debieran haberse 
suprimido. Ha de volver á reinar y 
á cobrar su reino : se dice una misma 
cosa dos veces. 

ó. De la creencia común del vulgo 
inglés acerca de haber sido convertido 
en cuervo el Rey Artús. y que por 
esto se abstenían de matar cuervos los 



(n) Rodrigo Méndez de Silva, Catálogo 
real, fol. 20. — (6) Lib. VIII. 



i'i(iMi;n\ i'AHii;. 



cAi-nt i.o XIII 



183 



Cin' iiisliliiída aíjiK'lla famosa orden de caballei-ía de; los caballeros 
de la Tabla Redonda ', ,v pasaron sin fallar un punió los amores 



Ingleses, liiihl.i Corv.itites on Ins Traba- 
jos de Prr.siles // Siiiistminda (o), diíüon- 
<lo que no se s;il)e de dónde loma prin- 
cipio esa ftíhula tan creída como mal 
imaginada Quien encíintii .i Artiis fué 
su hcruiana la Fada Morüaina, la eual 
conlalia ;i Floranibcl de l.ucea en el 

Salario adonde se entraha por el hueco 
el Arhol saludable, que lialiiendo sido 
su lieriiiano Artiis niurtalmente herido 
en la cruda batulla en /«v campos ile 
Salubre con los fijos del traidor de Mor- 
derelesu fijo, ella lo salvó en un batel, 
lo encantó, y se iba con él de unas 
partes ;i otras, hasta que Dios permita 
que salga otra vez día luz del vn/ndo (6). 
Consiguiente á esto, Urganda la Desco- 
nocida decía al autor de las Sergas de 
Esplandidn, en un sueño que se refiere 
en el capitulo XCIX, que la Fada Mor- 
gaina tiene encantado al Rey Artús, su 
hermano, y de fuerza conviene que ha 
de salir á reinar otra vez en la Gran 
Bretaña. De aquí hubo de nacer la 
expresirm de esperanza tirctona. «¡ue 
según refiere Millot (c), era común eu 
tiempo de los trovadores para burlarse 
de los Ingleses, por alusií'm á la vana 
esperanza de volver á ver al Rey Artús. 
Pellicer copií'i de un manuscrito de 
la Biblioteca Real este epitafio, que se 
supone haberse grabado en el sepulcro 
de Artús : 

Hic iacel Arhirus. Bex quondam, Tlexquc fn- 

[turiis. 

El Doctor Bowle cita un pasaje de las 
antiguas leyes de Gales, código formado 
por un Principe de aquel país en el 
siglo X. que indica cuál pudo ser el 
origen de esta hablilla y preocupación 
del vulgo inglés. Dichas leyes prohibían 
matar tres clases de aves : águilas, 
grullas y cuervos, é imponían al mata- 
dor una multa á favor del dueño de la 
tierra donde se cometiese el avicidio. 
Esta ley se fundaría en que son ani- 
males inútiles para el sustento del 
hombre, y que limpian los campos de 
reptiles y carnes infectas, ó en otras 
razones que el legislador no ha tenido 



(a) Lib. I, cap. XVIII. 
Lucna. lib. III, cap. X. - 
núm. 2. 



(¿) Florambel de 
(c) Hist. tomo I, 



á bien comunicar al autor de estas 
notas. 

1. «Según escribe Sigisberlo Gálico 
y Guillelmo de Nangis, como el Rey 
Artús era valentísimo, así deseaba 
(jiie los suyos lo fuesen; y cuando 
|)odia haber alguno que fuese tal. 
leiiíale consigo en la corte, y á él y á 
los otros de su manera asentábalos á 
conun' en su tabla y mesa redonda, 
porque cada uno fuese primero y pos- 
trero, no habiendo en la mesa principio 
ni fin. Cuando el líey andaba en las 
guerras, con él se ejercitaban sus caba- 
lleros; y cuando guei-ras no había por 
hacelles excusar toda ociosidad) ha- 
cíales experimentar en diversos ejer- 
cii'ios, por donde les dieron el nombre 
de caballeros errantes. Fueron princi- 
pales entre éstos Tristán de Leonis, 
Lanzarole, Galbán. Troyano y Galerzo : 
los cuales, como fueron excelentes en 
las armas, así fueron amados de diver- 
sas señoras. Lanzarote ami'> á la Reina 
Ginebra, mujer de Artús, Rey de Ingla- 
terra, y Tristán fué amado de Iseo, 
mujer del Rey Mares de Cornualla, 
siquier Cornovia: por las cuales, el 
uno y el otro hicieron maravillosas 
pruebas y hechos de armas.» Esto dice 
Antonio de Obregón en su comentario 
al capítulo III del Triunfo de Amor áe\ 
Petrarca, donde el poeta dice : 

Ecco qvei rlii; le cnrte empion di soifni 
Lancilotto, Trisíano é yli altri erraníi. 
Onde convien clie'l rolqo errare a(/0(/ni. 
Vedi Gineura, Isolla e V altre amanti... 

El constructor de la tabla ú mesa 
redonda, según se cuenta en la ííisforia 
de Tristón, fué el sabio Meriín. En cada 
asiento aparecía escrito el nombre del 
caballero para quien era, sin cuya cir- 
cunstancia nadie podía sentarse ; el 
sucesor debía aventajarse en valentía 
al que le había precedido. Entre los 
asientos señaló Meriín uno en signifi- 
cación del que ocupó Judas entre los 
Apóstoles,y dejó dispuesto que nadie lo 
ocupase. Ün caballero quiso hacerlo, 
y se abrió y lo tragó la tierra : dábanle 
el nombre de Asiento peligroso. Per- 
ceval, otro caballero que posterior- 
mente quiso repetir la experiencia, á 
pesar de los consejos del Rey Artús, 



184 



DON QUIJOTE DK LA MANCHA 



que allí se cuenlande D. Lanzarole del Lago * con la Reina Ginebra, 
siendo medianera dcllos y sabidora ^ aquella tan honrada dueña 
Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan de- 
cantado ei^ nuestra España de 

Nunca fuera caballero ^ 
de damas tan bien servido, 
como fuera Lanzarote 
cuando de Bretaña vino, 

con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes 
fechos. Pues desde entonces' de mano en mano fué aquella orden 



llegó á sentarse, et tanlost la pierre 
fendit, el la Ierre bruyt si quil sembla 
a tous quils fondissent en abisme, el eul 
si grand fuinée, quils ne senlrevirent 
de graiit piece \a¡. Ya vimos en otra 
nota que los romances antiguos cas- 
tellanos hicieron mención de la Tabla 
redonda, aplicándola á los doces Pares 
de Francia. La historia de la Caballería 
inglesa de la Tabla redonda era también 
conocida en Castilla á mediados del 
siglo xm; pues en la Gran Conquista 
de Ultramar {b), se describe icn juego 
que usai'on los Franceses antiguamente, 
que llamaban Tabla redonda... E porque 
aquellas 7nesas son así puestas en derre- 
dor. Human le el juego de la Tabla re- 
donda, qite no por la otra que fué en 
tiempo aelRey Artüs. Esto debió sugerir 
al cronista de ü. Belianis de Grecia 
la idea de otra Tabla redonda de mayor 
tamaño y riqueza que refiere se vio en 
los torneos de Londres que celebró el 
Rey de Inglaterra Sabiano, y á que 
asistió D. Belianis. Estaba destinada 
para los caballeros de mayor nom- 
bradla que concurriesen á las fiestas, y 
era en torno de quinientos pies, toda 
de muy finísima plata. Tenia asimismo 
ciento cincuenta fuentes de la tnisma 
plata, todas con muy riquísimos caños 
de oro... sirviendo cada una para la 
silla de un caballero. El agua salla por 
bocas de pequeños leones ú otros ani- 
males, ó picos de aves ; salía la que se 
quería por medio de ciertas clavijas, 
y al salir hacia un sonido suavísimo. 
El agua venía por debajo de la mesa y se 



repartía convenientemente. Las ciento 
y cincuenta sillas eran de marfil con 
perlas y follajes de oro; y en el res- 
paldo, que era de oro de martillo con 
perlas pendientes de valor inestimable, 
tenia cada una el nombre del caballero 
para quien estaba destinada {a). 

1. Arnaldo Daniel, poeta provenzal, 
fué el autor del libro de Lanzarole, 
libro de que j'a había noticia en Casti- 
lla en el siglo xv, puesto que lo nomljra 
en su Corbacho el Bachiller Alfonso 
Martínez de Toledo, Arcipreste de Tala- 
vera, escritor de aquel tiempo ib). 

2. Comúnmente decimos sabedora. 
En sabidora se conservó mayor seme- 
janza con sapiena, raíz latina de esta 
palabra, y así la usó Cervantes fre- 
cuentemente en el (jcijote. 

La lengua castellana, como otras, 
tiene en este punto raros caprichos, 
sujetándose unas veces á la etimología, 
y abandonándola otras sin razón 
aparente ; punto de que habló con eru- 
diciíjn y acierto el Canónico Bernardo 
Alderete en su libro del Origen de la 
lengua castellana, donde puede verse 
con más extensión. 

3. Nuestro hidalgo había alegado ya, 
y aplicado ;i sí el mismo romance, en 
el capítulo 11 de esta primera parle. 

4. D. Quijote procedió con equivo- 
cación en suponer á Amadís de Caula 

Sostcrior á Artús. Lo contrario dice la 
istoria del primero, expresando en su 
mismo principio que los sucesos que 
refiere pasaron no muchos años después 
de la pasión de nuestro Redentor y 



(o) Tristdn. lib. II, cap. XLV. 
cap. XLllI. 



(6) Lib. II, 



{a) Belianis, lib. III, cap. IV. — (6) V, IV, 
cap. VI. 



IMUMEHA PAUTK. — CAVÍTV\.0 Xlll 18í) 

de caballería extiMidióndosi! y dilaLáiidoso poi- muchas y diversas 
parles (I el inundo ¡yeuellaíucrourauíüsosy (conocidos |)(>r sus Icr líos 
el valiente Aniadís Ao Gaula con lodos sus jiijos y nietos' hasta 



Salvador Jesucriifo ;y Iucyo,enel capi- 
tulo IV, hahhmdo del íley Lisuarle, padre 
de la sin par Uriana, y do los apuros 
con que reinó en la. Gran Rrelaña, dice 
asi : Fué el mejor liey que ende ovo ni 
que mejor mantuoiese lo caballería eii 
au derecho hasta que el tiei/ Arlús 
reinó, que pasó á todos ¿os Heijes en 
bondad que anle del fueron, aunque 
muchos reinaron entre el uno ¡j el otro. 
Lo propio se deduce también de la 
crónica de Lisuarte de Grecia, nieto de 
Amadís, la cual, después de escrita, 
hubo de estar oculta, según en ella se 
asejínra (a), por más de uiü trescien- 
tos años; y Artús vivió en el sjcrlo vi de 
la era cristiana. 

1. Amadís de Gaula fué el patriarca 
de una dilatada i'amilia de caballeros 
andantes, cuyas historias l'onuan la 
continuación de la suya basta comple- 
tar el número de veinticuatro partes ó 
libros. Amadís vivió, según dichas 
historias, más de doscientos años (6), y 
representaba mucha menos edad ep 
virtud de una confección que le dio la 
sabia Urganda, protei-tora suya y de 
su familia; á la rnanera que en otro 
tiempo, según la fábula, Medea había 
rejuvenecido con hierbas al padre de 
Jasón. Ya tenía Amadís más de 
ochenta años cuando venció al traidor 
Mauden, y sólo mostraba tener cua- 
renta (c). Así que el Rey Amadís con- 
tinúa haciendo figura por largos 
tiempos entre los sucesos de sus des- 
cendientes. Refiere D. Nicolás Antonio 
que, al fin de un libro caballeresco por- 
tugués, intitulado Peualva, se contaba 
la muerte de Amadís, y que con este 
motivo decían burlando los castellanos, 
que sólo á manos portuguesas pudiera 
morir un héroe como Amadís. Pero lo 
que se refiere en la historia de Esf'era- 
mundi de Grecia (d) es que Amadís, 
siendo ya viejo decrépito, murió a 
manos de dos gigantes en una cruda y 
sangrienta batalla, en que murieron 
tres Emperadores, varios Reyes, Prín- 



(«) Cap. LXXXVI. —(Ij) Amndis de Grecia, 
parte II, cap. CXXIX. — (c) Ib., p.arte I, cap, 
Li: — (rf) Parte VI, capítulo CXXVI. 



cipes y gigantes, y cincuenta y cinco 
mil caballeros cristianos. 

Después de largos y penosos amores, 
Amadis casii con la sin par Oriana, 
Princesa de Inglaterra, (le quien le 
nacieron Esplandián y Perión. Esplan- 
diíiiituvo por señora ;i Leonorina, hija 
del Emperador de Grecia, el cual, re- 
tirándose con la Emperatriz su mujer 
á un monasterio que habían fundado, 
dejó á Esplandián el imperio («). 

D. G.ilaor, hermano de -Vmadis de 
Gaula, fué marido de la, luida Brio- 
lanja. De ella tuvo dos hijos, Perión y 
Garinter, que fueron armados catjalle- 
ros por el Emperador Esplandián (A). 
D. Florestíín, tercer hermano de 
Amadis, y D. Galaor, tuvo también 
hijos, de cuyos hechos y aventuras se 
hace riiención en los libros caballe- 
rescos; de uno de ellos, llamado Flo- 
risando, se hizo libro aparte. 

Sucedió á Esplandián su hijo Li- 
suarte; hijo de éste fué D. Flores de 
Grecia, de quien se escribió en francés 
una historia que su autor, Nicolás de 
Herberai, dedicó á Enrique II, Rey de 
Francia. Lisuarte fué también padre de 
Amadís de Grecia, el Caballero de la 
Ardiente Espada, y éste de D. Florisel 
de Niquea y de U. Silvis de la Selva. 
Nieto de Amadís fué el Príncipe Esfe- 
ramundi de Grecia (c), y de la misma 
casa y familia imperial fueron D. Rogel 
y D. Belianís de Grecia, con otros ca- 
balleros que dieron largo y copioso 
asunto á los escritores caballerescos. 
Véase aquí la razón de decir D. Qui- 
jote que fueron famosos y conocidos 
por sus fechos el valiente Amadis de 
Gaula con todos sus hijos y nietos, 
hasta la. quinta generación. 

Otra familia de caballeros andantes 
principió en Palmerin de Oliva, Empe- 
rador de Constantinopla. Polendos, 
Primaleón y la Infanta Flérida fueron 
hijos suyos (rf) : Primaleón engendró á 
Platir, y éste á Flotir. Flérida casó con 



(a) Esplandián, capítulo GLXXVII. — (A) 
Ib., capítulo CLXXXII. — (c) ¿"s/'emm., parte 
YJ, cap. últiiuo. — {d) Primaleón, üb. 1, cap. 
CXCIV V CCIV. 



\Hi) 



DON QLíJtíTK DK LA MANCHA 



l¡i quinta g^eiicraciíjn, y el valeroso Fclixmarlf; «le Hircania, y el 
nunca como se dehe alabado Tii-ante el Blanco, y casi que en nues- 
tros (lías vimos ^ v comunicamos v oímos al invencible v valeroso 



D. Duardos, hijo mayor de Fadrique, 
Rey de Inglaterra í/?); y por este enlace 
la casa injperial de Grecia, que se 
había uniíjo con la Ileal de Inglaterra 
en Esplandián y Leonorina, volvió á 
enlazarse con la misma en I). Duardos 
y Flérida. Inglaterra y Grecia sun los 
estados que más papel hacen en las 
liistorias de que tratamos, y como los 
dos polos del mundo caballeresco : Ale- 
mania, Francia, Italia y España sue- 
nan menos. Pero basta de genealogías 
andan tescas. 

1. Dos capítulos antes, en el ro- 
mance de Olalla, se había nímibrado la 
orden de capuchinos, fundada en el 
año de l.'i26. Antes todavía había citado 
Cervantes en el escrutinio varios libros 
modernos impresos durante su vida ; y 
aun en los primeros renglones de su 
obra e.xpresú que no había mucho 
tiempo que vivía su D. Quijote. Todo el 
resto de la fábula es consiguiente á 
esto, y apenas hay en ella página que 
no ponga á la %ista las costumbres de 
la era en que viviii Cervantes, sin con- 
tar los infinitos pasajes en que se men- 
cionan personas y sucesos coetáneos ó 
no muy anteriores, y aun personas que 
sobrevivieron á Cervantes, como Cris- 
tóbal Suárez de Figueroa. que murió 
en el año de 1022, Lope de Vega 
en 1635. y D. Juan deJáuregui en 1640. 
Á pesar de ello, D. Quijote, inflamado 
del estro caballeresco, y excitado por 
la pregunta de Vivaldo. dice que casi 
ha conocido y tratado á D. Belianís de 
Grecia, romo si sólo hubiera mediado 
nn c«rto intervalo entre ambos, siendo 
así que D. Helianís, y en general los 
caballeros andantes, tiubieron de flore- 
cer en la Edad Media, y aun muchí)S 
de ellos anteriormente, si se ha de dar 
crédito ii sus historias. 

D. Gregorio Mayáns, literato muy 
benemérito de Cervantes, <uya vida 
escribió para la magnífica edición del 
Quijote que se hizo en Londres el año 
de 1738. se valiti de In presenta expre- 
sión del texto para probar que la fábula 
está llena de anacronismos; y lo está 
con efecto, si todos los sucesos y cir- 
io) Ib., lil). I, cap. LXX. 



cunstancias del Quijote se comparan 
con la que se supone edad de D. belia- 
nis. Pero todos sus arguujentos y prue- j 
bas desaparecen sólo con observar que 
la expresión de nuestro hidalgo era de j 
un loco, que arrastrado de su extrava- \ 
gante manía creía buenamente ver por 1 
sus ojos y tocar con sus manos lo que ; 
no existía más que en los vacíos apo- 
sentos de su cerebro. Üescartailo este 
reparo, y uno ú otro relativo al orden 
de las estaciones del año, en que S' 
descuidó Cervantes, los principa',! 
anacronismos del Quijote se reducen i 
los dos pasajes del hallazgo de la his- 
toria deCide líamete en los cartapacios 
viejos del Alcaná de Toledo (a), y del 
otro hallazgo de la caja de plomo en 
las ruinas do una antigua ermita con 
los pergaminos y versos burlescos con 
que concluye la primera parte ''6). Est(«s 
dos pasajes, en que evidentemente se 
supone ya muy pasada la época del 
hidalgo manchego, son los que verda- 
deramente están en contrailicción con 
el tenor general de la fábula, que es 
moderno. 

Por lo demás, el libro mismo di' 
Belianís ofrece pruebas de que no es 
tan antiguo el héroe como se supone. 
Su ignorante autor, á pesar de que por 
un lado introduce á la linda Infanta 
Policena. hija de Priamo, líey de 
Troya y hermaní de Héctor, contando 
sus desgracias á D. [..ucidaner, uno de 
los amigos de Belianís Ce), en otra parte 
supone invfntada la artillería moderna, 
hablando de lúa f/ruesos y pujantes 
tiros de pólvora que echaban á pique 
las naos y galeras en la batalla de 
Babilonia ((/) ; y en otra menciona l.i- 
conquistas de los reinos de Granada y 
.Navarra, hechas por el Rey Católico 
D. Fernando, como sucesos no muy 
recientes ''e). 

El lector no habrá sin duda reparado 
en la mención de la batalla naval de 
Babilonia, que es uno de los innume- 
rables disparales del libro de Belianís. 
Pero D. Quijote, que no reparaba en 



(a) Cap. IX. — {h) Cap. Lir. — (<•) fí»liauís, 
lib. I, cap. LXIir. — (d) Ib., Ub. II. cap. 
XLV. — (e) Ib., lib. IV, capítulo XVIII. 



PKIMKnA l'AIilK. 



CAIMTLI.O XIII 



187 



("aballcro I), [{clianis de (irocia. Kslo, ¡xies, sííñoros, <!s ser caba- 
llero andaiilc, y la (|iie Ikí diclio es la orden de; su caballoría, en la 
cual, como otra vez he diclio, yo aunque pecador he iiecho profe- 
sión, y lo mismo que profesaron los caballeros referidos profeso 
yo, y así me voy por eslas soledades y despoblados buscando las 
aventuras con ánimo delilx'rado de ofrecer mi brazo y mi persona 
á la más pelif^rosa ({ue la suerte me de|)arare en ayuda de los flacos 
y menesterosos ^ Por estas razones que dijo, acabaron de ente- 
rarse los caminantes que era D. Quijote falto de juicio, y del género 
d(^ locura que lo señoreaba, de lo cual recibieron la misma admi- 
ración que recebínn todos a({uellos que de nuevo venían en cono- 
cimiento della. Y \'¡valdo, que era persona muy discreta y de alegre 
condición, poi- pasar sin pesadumbre el poco camino que decían 
que les faltaba á llegar á la sierra - del entierro, quiso darle oca- 
sión á que pasase más adelante con sus disparates. Y así le dijo : 
Parécemc, señor caballero andante, que vuestra merced ha profe- 
sado una de las más estreclias profesiones que hay en la tierra, y 
tengo para mí (}ue aun la de los frailes cartujos "' no es tan estre- 
cha. Tan estrecha bien podía ser, respondió nuestro D. Quijote, 
pero tan necesaria en el mundo, no estoy en dos dedos de ponello 
en duda^. Porque si va á decir verdad, no hace menos el soldado 



tanto, tenia de él un alio concepto, se- 
gún se lee en la continuación del Qui- 
jote, escrita por el licenciado Alonso 
Fernández de Avellaneda. Contando el 
paje del caballero que alojó á D. Qui- 
jote en la corte que tenia en su apo- 
sento el menliruíio Hbn) de D. Belianis 
de Grecia. / Oh poje vil ij de infame 
ralea! dijo D. Quijolc; ;;/ me7ifiroso 
llamas a uno de los mejores libros que 
los famosos (j riegos escribieron Ui-)'.' 

1. Una de las cosas á que según el 
Doctrinal de Caballeros, ya citado 
otras veces, estaban obligados los que 
recibían Orden de Caballería, era que 
al caballero ó dueña que viesen cuita- 
dos de pobreza ó por tuerto que ttohie- 
sen recebido, de que non pudiesen haber 
derecho, que puj/nasen con todo su po- 
der en ayudarlos (b). Los libros caba- 
llerescos representan los usos, máximas 
y costumbres de la Caballería, que re- 
fieren las historias veraces de la Edad 
Media; pero exagerándolo todo sin tino 
ni concierto. 



(a) Avellaneda, cap. XXX. — (6) Lib. I, 

tít. ni. 



2. Que les faltaba para llegar, es 
coujo ordinariamente se dice. 

S. Los fundó San Bruno á fines del 
siglo XI, y el siguiente se erigió el pri- 
mer monasterio que tuvieron en Es- 
paña. Por algunos siglos se citnron 
como los más austeros y mortificados 
entre los monjes ; hoy se citarían los 
de la Trapa. 

4. Sobra la partícula en que des- 
compone el sentido, y se introdujo por 
algún descuido en el texto. Por lo que 
toca á la estrechez de la profesión de 
la Caballería, el ermitaño, que explicaba 
su origen, naturaleza y obligaciones á 
Tirante el Blanco ia), onde figiiuolo, 
concluía, puoi veder quanto é dura 
cosa a ricevere l'ordine di cavalleria. 
Ancora sel tenuto a fare forti cose, che 
per quato ordine sei tenuto di manle- 
nere pupilli, vedove, orfani el donne 
maritate, se alcuno le vuol sforzare, 
molestare o torgli i loro beni, che i 
cavallieri sonó obligati diporre le per- 
sone a ciascun pericolo di morle, se 
sonó riclñesti in ajuto o defensione da 

{") Parte I, cap. XV. 



488 DON QUIJOTE DE LA MAXCH\ 

que pone en ejecución lo que su capÜíín lo maniJa, que el mismo 
capitíin que se lo orrlcna. Quiero decir, ({ue los relif^iosos con toda 
paz y sosiego piden al cielo el bien de la tierra ; pero los soldados 
y caballeros ponemos en ejecución loque ellos piden, defendiéndola 
con el valor de nuestros brazos y fdos de nuestras espadas ; no 
debajo de; cubierta, sino al cielo abierto, puestos' por blanco de 
los insul'ribles rayos del sol en el verano, y de los erizados hielos 
del invierno. Así ([ue somos ministros de Dios en la tierra, y brazos 
por quien se ejecuta en ella su justicia. Y comí) las cosas de la 
guerra y las á ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en 
ejecución sino sudando, afanando y trabajando excesivamente'', 
sigúese que a([ueIlos que la profesan tienen sin duda mayor tra- 
bajo que a([uellos que en sosegada paz y reposo estm rogando á 
Dios favorezca á los que poco pueden. Ño quiero yo decir, ni rae 
pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero an- 
danlp como el del encerrado redigioso ; sólo qu:ero inferir por lo 
que yo padezco, que sin duda es rais trabajoso y más aporreado y 
m^s hambriento y sediento, miser<ible, roto y piojoso^, porque no 
hay, sin duda, sino que los cabilleros andantes pasado ? pasaron 
mucha mala ventura en el discurso de su vida. Y si algunos subie- 
ron H ser emperadores ' por el valor de su brazo, á fe que les costó 
buen por qué de su sangre ■' y de su sudor ; y que si á los que á 



alcuna donna di lionore; el ogni cava- debilita las que preceden, sudando, a fa- 
lliere il (jiurno cfii ricere iordine di nundo. 

cavalleria, oiura di inantenir con tullo 'i. Lo último hubiera podido oiiii- 

il poter suo lutlo guello c/ie' é detto di tirse por bajo y disonante «leí louo 

sppra. El per guesto li dico, figliuol noble y decente que reina en lo demás 

mió, che gran lavaglio el falica é a del discurso ue D Quijote. 

esser cavalüere, perche a molle cose 4. Como D. Rogel á ser Emperador 

é oblígalo, el il cavalliere che non de Persia, Florisel, de Grecia, Esfera- 

osserua tullo quello che dee osservare, uiundi de Trapisonda ya). Á est'- últi- 

l'aniíiiasuaall' inferno condunna. Tanto mo imperio ascendió también por el 

Vivaldo como D. Quijote eran de la valor de su brazo U. Reinaldos, como se 

ipi^ma opinión que el ermitaño. cuenta en el romance de su prisión y 

1. No sin alguna dilicultad se en- destierro, que se insertó en el Cando- 
tiende que lo que se defiende es la ñero de Amberes del año i.isr. (6j. 
tierra. — Antes de filos falta el articulo o. Buen por qué es gran cantidad, 
los. — La analogía y el equilibrio del gran porción, y en este sentido se en- 
periodo pedía que se dijese : de los cuentra ya en el Centón Epistolario AaX 
rayos del sol en el verano y de los eri- Bachiller Fernán Gi'unez de Cibdad Heal. 
zados hielos del \orle en el inciern'i. fisico del Key de Castilla tí. Juan el II: 
— Ser blanco de los hielos, tampoco el cual, en la epístola 7'J á D. Pedro de 
me suena bien. Stúüiga, Conde de Ledesma, dice asi : 

2. Cervantes añadió en la edición (irán loa seguiría desto ; é en el pecho 
de 1608 el adverbio excesiva:nente. que del Hey. que piadoi^o é amoroso es, me- 
no está en las primitivas de Itiüo; y lo teruules un buen por qué de amor é de 
añadió con ra/ón, porque sin él la pa- 
labra trabajando, lejos de añadir nada, [a) L'-iferanundi, parta VL — (6) Fol. Hi. 



IMilMEIlA PAini:. 



CAPÍTULO ?ÍIII 



189 



tal {>;ra(lo siibiíTon les rallíii;iii oncnnladores y sabios que los ayu- 
daran ', (jiic ellos (|iie(laraii bien delraudadiís de sus deseos y bien 
engañados de sus esperanzas. De ese parecer estoy yo, replicó el 
caminante ; pero una cosa entro otras muchas me parece muy mal 
de los caballeros andantes, y es que cuando se ven en ocasión de 
acometer una grande y peligrosa aventura, en que se ve manifiesto 
peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometclla s(; 
acuerdan de encomendarse á Dios, como cada cristiano está obli- 



obligaciiin para itiás ensalzamienlo 
vuestro é de vuestros hijos. El mismo 
Bachiller, en la epístola 68 al señor de 
Valdecorneja, (■ontiíiulole que Micer 
Lando trajo al Rey D. Juan la rosa de 
oro de parte del Papa, escribía : El Rey 
le mandó dar una ínula fermosa con 
todos sus (juarninúetitos de helarte bru- 
ñiio é una caja de piala de yantar, é 
un. buen por t\ué pai-a tornarse á Roma. 
— Valióme el buen suceso un buen por 
qué. decía un .tlcaliuele en el Pasajero 
de Crislóbal Suárez de Fifíneroa, autor 
contemporáneo de Cervantes (a). 

1. Llenos están los anales de la Ca 
baileria andante de ejemplos de la pro- 
tección que encantadores y encanta- 
doras, sabios y sabias dispensaban á 
los caballeros sus ahijados. Urgandi la 
Desconocida y su marido Alquile fue- 
ron patronos y favorecedores de Ama- 
dis de Gaula y de su familia, en cuyo 
beneficio hicieron las estupendas mara- 
villas que se refieren en sus historias. 
Esplandián, hijo de Aiuadís, empezó á 
experimentarlo desde el punto que fué 
armado caballero, en el que se halló 
encima de las alas de la Gran Ser- 
piente al pie de una altísima peña : la 
serpiente era la fusta de la sabia Ur- 
f:and . El sabio Fristón proteoria al 
Príncipe Perianeo de Persia, llamado 
el Caballero de la Fortuna, y para él 
hizo unas armas á las cuales ningún 
encantamento bastaha -b). La sabia Be- 
lonia favorecía á D. Belianís (c), y 
el sabio Silfeno, que en las artes mági- 
cas no tenía otro superior más que á 
Fristón, favorecía á Aiidbárzano {d). La 
maga Ipermea patrociiiaba á D. Oli- 
vante de Laurd; Lirgr;ndeo al GahaUero 

{n) Alivio VII. — {!,) Beliavis, lib. I, cap. 
XXXIII. — (c) Ib., cap. VI y XXXVÍI. — 
[d) Ib„ hb. 11, cap. XXXV. 



del Febo ; Artemidoro aí Príncipe Rosi- 
cler ; Artidoro al Principe Lepolemo y 
á su hijo. Ariosto en su Orlando furioso 
pinti al mágico Atlante como amigo y 
protector de Kugero, y á la sabia Me- 
lisa como patrona de Bradamante. El 
sabio Xartón, amigo y cronista del Ca- 
ballero de la Cruz, vino á la corte de 
Alemania cuando ya su ahijado era 
Emperador, y se hizo cristiano (a). El 
sabio Daliarle del Valle Obscuro, señor 
de la ínsula del Sepulcro, por otro 
nombi'e Deleitosa, fué favorecedor de 
su hermano Palmerin de Inglaterra; 
el mago Arcaón lo era de Florando de 
Castilla Ib) ; el Principe Lindadelo llegó 
por sus hazañas, y con la ayuda del sa- 
bio Doroteo, á ser Emperador de Trapi- 
sonda (C). 

No siempre hacían los encantadores 
el papel de amigos ; alguna vez eran 
enemigos, como Arcálaus lo era de 
Amadís de Gaula y su parentela. Solían 
serlo también de los Competidores de 
sus clientes, y alguna vez venían á 
reñir unos magos con otros en formas 
y figuras extrañas; de lo que quizá É'é 
alegará algún ejemplo en el discurso 
de estas notas, donde no dejará de pre- 
sentarse ocasión de ello. Hubo encan- 
tadores y nigromantes de todas clases : 
moros, como iMarpín en Carlomagno((/jy 
Xartón en Lepolemu : cristianos, coitió 
Merlin ; hembras, como ürgahdá y Bo- 
lonia; Reyes, comu Aldeno en Gerardo 
de Eufrates; Reinas, cómo Girfefi ; 
viejos, como .\tlante y Alquile ; gigáii- 
tes, como Arcálaus; enanos, como él 
de la corte del Rey de Gornualla en 
Tristán ;^e). 

(ít) Caballero de la Cruz, lib. II, cap. IX. 

— (6) Florando, cantos V y XIII. — íc-) Cris- 
talián, lib. 1, cap. X. — (d) (San. XXXIII; 

- (e) Lib. I, cap. XXIV. 



190 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



gado á hacer en peligros semejantes ; antes se encomiendan á sus 
damas con tanta gana y devoción como si ellas lucran su Dios ; 
cosa que me paiece que huele algo ó gentilidad'. Señor, respon- 



1. Vivaldo, para decir esto, pudo 
tener presente el valor que, según la 
historia, tornaron los diablos que ani- 
maban al monstruoso Endriago, cuando 
iba á acometerle Aniadis de Gaula, 
como viesen que ente caballero ponía 
más esperanza en su arnic/a Oriana que 
en Dios (a). Y después de la Ijataíla, 
estando Amadis moribundo de las 
heridas, decía á su escudero : Yo le 
ruego... que me seas bueno en la muerte, 
como en In vida lo fias sido; é como yo 
fuere muerto, tomes mi corazón, y lo 
lleves á mi señora Oriana, é ¡lile que 
pues siempre fué suyo... que consiyo lo 
tenga en rememb¡-unza de aquel cuyo 
fué, aunaue como ajeno lo poseía. ..E no 
piído liaolar más. Aun fué peor lo de 
Tirante el Blanco, que al entrar en 
combate no invocaba á Santo alguno, 
sino el nombre de Carmesina ; y 
preguntándosele por qué no invocaba 
juntamente el de otro Santo, respondía 
que el que sirve á muchos, no sirve á 
ninguno (¿>). 

Pero no siempre sucedía lo que aquí 
supone y desaprueba Vivaldo. El mismo 
Amadis empezó alguna vez, según 
cuenta su historia, por invocar ;í Üius 
antes que á Oriana (c). D. Olivante de 
Laura, al ir á embestir á los jayanes 
que guardaban la entrada de la casa de 
la Fortuna, después que muy de corazón 
se hubo encomendado d Dios nuestro 
Señor, volviendo los pensainientos á la 
divina Princesa Lucencia, comenzó á 
decir : ¡ Ay soberana señora!... dame 
favor en esta batalla... porque si el 
esfuerzo de tu soberana virtud no me 
viene en mi ayuda, yo no basto para 
ninguna pequeña cosa (d). D. Roserín, 
al combartirse, se encomendaba á Dios, 
y llamaba á su señora Florismena, 
como se refiere en la historia del Caba- 
llero del Febo (e). Cuando Hosicler, 
llevado por engaño á la ínsula de Can- 
dramarte, conoció que allí había ar- 
mada traición y que iba á ser acome- 
tido por los gigantes, levantó los ojos 

(a) Amadis de Gaula, cap. LXXIII. — 
(¿) tirante, parte III, cap. XXVIII. — (c) 
Gap. XLIV. - (d) Olivante, lih. TI, cap. III. 
(«) Parte II, cap. XXVII. 



al cielo, diciendo : Tú, Señor, perdona 
al ánima y ave piedad della, pues fué 
redimida con tan caro precio ; que del 
cuerpo no tengo por qué dolerme, pues 
le viene la muerte en tan buen tiempo ; 
y esto último lo decía por el estallo de 
desesperación en que lo tenían los des- 
denes de su señora la Infanta Olivia (a). 

La conducta de D. Quijote era con- 
forme al ejemplo de los mejores, según 
el cual debía contarse con Üios antes 
que con la dama; así. refiriendo en el 
capitulo XXXV ;i la Princesa Micomi- 
cona su victoria sobre los cueros de 
vino, le decía que la había conseguido 
C071 ayuda del alto Dios y con el favor 
de aquella por quien vivía y respiraba. 
V al acometer la aventura de la Cueva 
de iMuntesinos, empezó por encomen- 
darse á Dios y luegu á Dulcinea. Y con- 
siguiente á esta doctrina, al describir 
en el capítulo L. la aventura del Lago 
ferviente, cuenta que el caballero se 
arroja al lago, encomendándose á Dios 
y á su señora. Verdad es que en lle- 
gando la ocasiiHi solía distraerse, y 
sólo se acordaba de su señora, como 
en la batalla con el vizcaíno, y en las 
que tuvo con los arrieros en el corral 
de la venta la noche de la vela de las 
armas. 

En esta parte, el libro que da mues- 
tras mayores de piedad caballeresca es 
el de Florindo de la Extraña aventura. 
Su autor, que debía ser devoto de la 
Virgen nuestra Señora y de San Ber- 
nardo, comunicó esta calidad á sus hé- 
roes. Florindo, el principal de ellos, al 
acercarse al castillo de las Siete ventu- 
ras, halló un antiguo oratorio ú ermita 
con la imagen de San Bernardo : ?/ he- 
cha eu él su oración, y quitándose las 
armas y arrendado á un árbol su pre- 
ciado jayán (este era el nombre de su 
caballo), tomó fresco en una fresca ar- 
boleda que la devota ermita cercaba. 
Encomendóse á San Bernardo y á la 
Virgen, se durmió y soñó que se le 
había aparecido el diablo, á quien el 
Santo asió de la melena, y yendo Flo- 
rindo á herirle con el estoque, desapa- 



ia) Ib., parte I, lib. I, cap. XLIII. 



PniMEnA PAOTE. 



CAPITII.O XIIl 



\m 



dio D. (Juijolc, (íso no puede ser menos en ninguna muiieiJi, y 
caería en mal caso' el caballeroandante que otra cosa hiciese; que 
ya esU'i en uso y costumbre en la caballería andanlesca que el 
caballero andante que, al acometer ali^ún gran loí^ho de armas 



recio (íí). Al acoiiiefer la temerosa 
empresa de penetrar en el castillo men- 
cionado, hizu la señal de la Crnz, y 
paso ei bra/.o de rio que rodeaba el 
castillo (b). Salióle al encuentro Lucifer 
con muy espantable figura echando 
llamas; Florindo hizo el sí(/no de la 
Cruz, diciendo aquellas terribles pala- 
bras : Verbuní caro l'actum est, con las 
cuales desapareció el diablo, ;/ fué des- 
encantada la ventura (c). El mismo 
Florindo concurrió ¡i unas justas que 
se celebraron en Ñapóles en el día y en 
honor de la Virgen nuestra Señora, y 
sacó por divisa un cielo puesto sobre 
la tierra con una letra que decía : 

En él ni en ella 

Tal Virgen ni tal doncella (d) 

El Duque Floriseo, otro de los prin- 
cipales personajes del citado libro, al 
emprender la aventura de la Rica selva 
encantada, se encomendó muchas reces 
(i nuestro SeHor, >/ rezando los versos 
de San Bernardo, llegó á la puerta. Alli 

fieleó con un gigante, y en lo fuerte de 
a batalla oraba á nuestro Señor di- 
ciendo : Domine, fili David., miserere 
mei iíí). El mismo Duque, acercándose 
á la espantosa torre de la Isla encan- 
tada, .ve encomendó á nuestra Señora >/ 
á su Santo deroto (San Bernardo), y no 
cesando siis devotas oraciones... entró 
por la puerta, siempre con reclama- 
ción al Verbo divino, suplicándole le 
ayxidase contra toda cosa adversa. Pa- 
sada la primera puerta guardada por 
dos perros, encontró en la segunda un 
canoso animal de nef/ras piinlas pin- 
tado... El Duque, haciendo el signo de 
la Ci'uz. entró á la sala, segunda, en la 
cual cosa ninguna vio, excepto otra 
puerta, donde estaban atadas dos espan- 
tables serpientes. Volvi(') á encomen- 
darse (i Dios y al glorioso San Bernardo, 
y entró en la tercera sala, donde vio á 
un Rey coronado, y atado junto á un 

(a) Florindo. pa.Ttem, cap. XXVI. — (é) Ib. 
— (c) Ib. — {(?; Ib., parte II, cap. XVIII. 
~ (di Ib., parte III, cap. I. 



Tuego que lo estaba abrasando. Al acer- 
carse Floriseo le embistieron las lla- 
mas, y queriendo vídverse atrils, le 
acometieron las serpientes. Cuando en 
tal trance se vida, comenzó a gran 
priesa ú rezar los versos que en los pe- 
ligros acoslumhraha, é cuando llegó al 
que dice In manus lúas. Domine, fué 
deshecho en aquel instante todo el en- 
cantamiento de la torre, muriendo las 
serpientes, apagándose el fuego, reven- 
tando el animal, matándose los canes, 
abriéndose las puertas, rompida la 
prisión, siendo fuera el prisionero. Este 
era el Rey Morfante de Persia, á quien 
las sabias dueñas llerculana y Trotea 
habían tenido encantado diez años, 
diez meses, diez días y diez horas («). 
Según declaró .Moríante á Floriseo, las 
dos serpientes descendían de las dos 
que ahogí» Hércules estando en la 
cuna. 

Nótese que este Duque aventurero 
sabía latín, cosa rara atjuel tiempo en 
su profesión y estado ; y mírese como 
muy verosímil que el autor del Florindo 
de la E.riraTia ventura, luese algún 
monje Bernardo, ó blanco, como anti- 
guamente decían, ;í distinción de los 
negros, que eran los Benedictinos. 

1. Poniéndose incurriría en mal 
caso, se evitara el pleona.smo de caer 
en caso. Mal caso era el que producía 
infamia ; y solía también llamarse 
caso de menor valer, porque, como se 
dice en la partida tercera (6), los que 
incurren en él, non pueden dende ade- 
lante seer pares de otro en lid, nin en 
facer acusamiento, nin en testimonio, 
nin en las otras lionras. Incurría en 
caso de menos valer, y. por consi- 
guiente, eninramia,el fidalgo que faltaba 
al pleito homenaje, y el que se desde- 
cía en Juicio ó por corte de la cosa que 
dijo, según se expresa en la misma par- 
tida (c) y se repite en el Doctrinal de 
Caballeros (d). 



(a) Florindo, parte III. capítulo V. — 
(b) Tit. V. l,.v I. — fe) Ib., lev II. — 
>/ I.üi. IV, ¡;t, VIH. ialiri(«'¡,-i 2. 



492 



DON QUIJOTE UL LA MANCHA 



tuviese su señora delante, vuelva á ella los ojos blanda y amorosa- 
mente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en el 
dudoso trance que acomete ; y aún si nadie le oye, está oblig^ado á 
decir algunas palahi'as entre dientes, en que de lodo corazón se le 
encomiende ', y desto tenemos innumerables ejemplosenlas histo- 
rias. Y no se ha de entender por esto, que han de dejar de enco- 
mendarse á Dios '^ que tiempo y lugar les queda para hacello en 



1. Sobre esta costumbre lie nom- 
brar los caballeros á sus damas en 
ocasiones de peligro, dice la segunda 
partida del Key Ü. Alonso [a,, ha- 
blando de lo que deben guardar los 
caballeros en dicho el en fecho, y de 
lo que sobre esto pensaban los anti- 
guos : E aun porque se esforzasen mih, 
tenían por cosa ayuisada que los que 
toviesen ainiyas, que las inentusen en 
las lides, porque les cresciesen más los 
corazones, é oviesen rnaijor reryüenza 
de errar. Y si sólo la mención de la 
dama era conveniente para producir 
este efecto, todavía debía producirlo 
más cumplido su presencia l'or lo cual 
la doncella Floreta, confidenl i de la 
Princesa Cupidea en sus amores con 
Leandro, aconsejaba h su señora que 
asistiese al duelo eutre él y el gigante 
Fornafeo. porque con su hermosura da- 
ría mucho esfuerzo á su caballero en 
la batalla (6). Y desto, como dice poco 
después D. Quijote, hay innumerables 
ejemplos en las historias. D. Hogel de 
Grecia quiso pelear con tres caballeros, 
;i pesar de que se hallaba desarmado, 
y sin m.ís que escudo y espada. La 
Inl'arita Persea, que iba en su com- 
pañía, trató de disuadirle de su propó- 
sito, diciéndole : ;Ay de mí: que estáis 
sin armas y ellos son tres. Bóslamne, 
dijo él, las de estar vos preséntele). 
Habiendo ido muchos Principes, caba- 
lleros y damas ;i ver las grandes cosas 
que, según decían, encerraba la Torre 
de las Maravillas, hallaron que las 
puertas eran todas de hierro, y l-'Q 
grandes y pesadas, y guarnecidas de 
tantos candados y cerraduras, que no 
fué posible forzarlas, iin esto vieron 
asomarse d una alta finiestra que en 
la torre estaba, un hombre muy grande 



(a) Tit. XXI, ley XXII. 

(¿i) Caballero dé la Cru:, lib 
fulo, XXIV. — (c) Ftorisel 
part. IV, cap. VII. 



II. capí- 
de Niquea, 



y feo con una yran llave en la mano, el 
cual con una voz muy espantable y 
medrosa, dijo : quien tuviere poder de 
abrir la gran puerta con esta llave, 
con f/ran razón podrá ser loado en el 
mundo. Dicho esto, dejó caer la llave, 
con la cual algunos probaron á abrir y 
no pudieron; y Florambel, viendo que 
ninguno había fecho nada, mirando 
primero á su señora, con cuya fermo- 
sura. tomaba muclio favor y esfuerzo, 
lomó la llave, y yéndose piara la 
puerta, la abrió tan ligeramente como 
.si fuera otra cualquiera, de lo cual 
lodos fueron muy maravillados y ale- 
gres, en especial la su fermosa se- 
ñora (a). 

2. Esta mezcla de piedad, dureza y 
galantería fué realmente uno de los 
caracteres de la caballería de la Edad 
Media, pero se exageró en los caba- 
lleros andantes. Añadiré algunos ejem- 
plos á otros alegados anteriornieute. 
Yendo Florambel de Lucea en demanda 
de la aventura del Árbol saludable, 
hizo noche en una pobre ermita, en la 
cual falló un ermitaño de santa vida, 
el cual le dio de cenar lo que tenía, 
que era pan é agua, é fruta. Y aca- 
oada la cena, Florambel acordó que 
seria bien confesarse y comulgarse, 
pues se había de ver en tan grand pe- 
ligro, y ansí lo dijo al ermitaño. Hl le 
oyó esa noche de penitencia, y le dijo 
muchas cosas por apartarle de aquel 
tan peligroso camino que llevaba ilicién- 
dole cómo aquella aventura del Árbol 
era cosa de encantamento, adonde el 
diablo tenía siempre mucha parte... mas 
nada de todo cuanto le dijo aproveclió 
para quitar á Florambel de su firme 
propósito... E viendo el ermitaño que no 
aprovechaba nada, después que lo oro 
usuelto, le echó su bendición y lo enco- 
tnendó á Dios muy de corazón. Esto he- 
cho, los dos estuvieron en oración muy 

(a) Floramhel de Lucea. lib.V, cap. XXXVI: 



PRIMEn\ PARTE. — CAPÍTULO XIII 193 

ol discurso do la obi'a. Con lodo eso, replicó el caminante, me 
fiucda un escrúpulo, y es (pu^ muchas veces he leído que se traban 
palabras eidrc dos andanics caballeros, y de una en otra se les 
viene j\ encender la cólera, y á volver los caballos', y ;'i lomar una 
buena pieza del campo ; y luego, sin más ni más, á lodo el correr 
dellos se vuelven á encontrar, y en mitad de la corrida se enco- 
miendan á sus damas; y lo cpie suele suceder del encuentro, es 
qu(^ el uno cae por las ancas del caballo pasado con la lanza del 
contrario de parle á parte, y al otro le aviene también, que á no 
tenerse á las crines del suyo no pudiera dejar de venir al suelo *. 



rjmn parte de la noche ; y después se acos- 
taron sobre /eno, que era el lecho quel 
ermitaño tenia y dormieron fusta elalba, 
que lue¡/o que fué de día, fueron en pie : 
y el ermitaño se vistió para decir misa, 
y la dijo muy devotamente ; y Floram- 
bel la oyó con mucha devoción, y reci- 
bió el cuerpo de Nuestro Señor Jesu- 
cristo con amichas lagrimas, rogándole 
que le diese Vitoria en aquel peligro 
que presente esperaba (a). D. Florisel 
de Niquea confesó y comulgó para 
entrar en el desafio con Drucerbo, Rey 
de Gaza, sobre vengar el agravio de la 
Reina Sidonia (b). Tristán de Leonís, 
yendo á precipitarse de una alta torre 
al mar, lo hace se recommandant á 
l'amie Iseull et a son doux Hédempteur. 
Pero donde se leen incidentes muy sin- 
gulares en esta materia, es en la his- 
toria de Tirante el Blanco. Estando 
para pelear en duelo este caballero y 
Tomás de Montalbán, vinieron á con- 
fesarlos dos frailes de San Francisco, 
y no pudiendo comulgarlos con ¡lau 
consagrado, lo hicieron con pan ben- 
dito. Diofebo, primo de Tirante y 
amante de Estefanía, después de 
grandes dificultades obtuvo permiso 
para besarla, y acercándose á ella la 
besó en la boca tres veces á honra de 
la Santísima Trinidad ; tales se pintan 
las costumbres é ideas de aquellos 
siglos. La Princesa Garmesina se en- 
comendaba á la Virgen al mismo 
tiempo que escondía en los pliegues de 
su ropa un cuchillo para quitarse la 
vida, si la cautivaban los tui'cos. La 
dueña Reposada, enamorada de Ti- 
rante, le solicitaba del modo más 

(a) Floramhid de Lacea, lib. III, cap. VII. 
— (6) Parí. III de su Crónica, cap. VI. 



impudente, y pnra obtener sus últi- 
mos favores le alegaba las oraciones, 
limosnas, maceraciones y ayunos que 
liabía practicado para conseguir de 
Dios su salud durante una enfermedad 
que había padecido. 

Los libros, aun fingidos, llevan de 
ordinario la marca del siglo á que 
pertenecen y tan lo los de invención 
como los históricos vienen á expresar 
con más ó menos expresión los mismos 
usos, ideas y costumbres. Beltrán de 
Guesclín ó Claquín, como le llaman 
nuestras cnmicas, se desafió con Tomás 
de Gantorberi, un caballero inglés, á 
presencia del Duque de Alencastre, 
durante el asedio de Dinán. Tomás 
arroj(') el guante, y Beltrán lo recogió 
y dijo : que hasta desempeñarlo no 
comeri.i más que tres sopas en vino á 
honra y en nombre de la Santísima 
Trinidau(«). En la relación del Paso hon- 
roso ((ue mantuvo Suero de Quiñones, 
se lee que los justadores antes de 
entrar en la liza, oían misa diariamente, 
á pesar de que los religiosos que la 
decían, y entre ellos el Maestro Fray 
Antón confesor de Suero de Quiñones, 
declararon que tales ejercicios non se 
pueden facer sin pecado mortal, y que 
la Iglesia, conforme á lo dispuesto por 
el derecho canónico, no rogaba por los 
que morían en ellos, ni les concedía 
sepultura en sagrado : disposición que 
se observó y cumplió con un caballero 
ar.agonés que murió en la justa. 

1. Falta el verbo que debe antece- 
der ií determinar, como dicen, estos 
infinitivos, y está manco el régimen. 

2. Pudieran citarse casos innume- 

[a] Colección de ninmorias pura la historia 
de Francia, tomo III, pag. 40í. 

13 



194 



DON QUIJOTE IJIí: LA MANCHA 



Y no í^é yo cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse á Dios 
en el discurso de esta tan acelerada obra ; mejor fuera que las pa- 
labras que en la carrei-a ^astó encomendándose á su dama, las gas- 
tara en lo que debía y estaba obligado como cristiano ; cuanto más 
que yo tengo para mí, que no todos los caballeros andantes tienen 
damas á <iuicn encomendarse, porque no todos son enamorados. 
Eso no puede ser, respondió D. Quijote : digo que no puede ser 
que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y tan na- 
tural les es á los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, 
y á buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caba- 
llero andante sin amores ', y por el mismo caso que estuviese sin 



rabies de los que aquí dice Vivaldo, y 
casi tantos como cómbales se cuentan y 
describen en los libros caballerescos. 

Desafiados Florainbel de Luceay For- 
tidel de Mircaiidoya, se arredraron el 
uno del otro cuanto un tiro de arco, y 
volviendo los caballos contra si, sin 
hablar palabra, bajando sus lanzas y 
cubriéndose de sus escudos, firierun los 
caballos de las espuelas tan fuerte- 
mente, que á todo correr los ficieron ir 
muy ligeros el uno contra el otro... El 
valiente Fortidel vino ñ tierra muy 
quebrantado (a). En las fiestas que se 
celebraron en la corte de Lucea para 
solemnizar las bodas del Rey Florineo 
y la Infanta Beladina, justando el Rey 
Leónidas, uno de los mantenedores, 
con un caballero novel, cayó en el en- 
cuentro por sobre las ancas del caba- 
llo (b). Galercia, Reina de Gocia, íjran 
justadora, concurriendo con Alderino 
del Lago, lo encontró tan poderosa- 
mente, que lo tumbó por las ancas del 
caballo (c). El animoso Tarso, viendo 
que aquella era la primera lanza qtie 
corría en su vida, y ser delante de su 
bella señora (la Infanta Flora de Argen- 
taría), encomendándose á Mahoma que 
le ayudare, encontró al fiero pagano 
de lal golpe, que con un trozo de lanza 
en los pechos le hizo venir al suelo, sin 
menear pie 7Ú mano; con tanto espanto 
de los presentes que se olvidaban del 
que había dado el belígero griego (el 
Principií Rosicler), que como .si estuviera 
presente .su hermosa OUcia, encontró el 
gigante de tan poderoso esfuerzo., que le 



[a) Florambfil, lib. IV, cap. IX. — (6) Ib., 
lib. V, ca)). X. — (c) Polictsne de tíoccia, 
cap. LXVII. 



hizo venir por las ancas del caballo 
atravesado de vanda á vanda (aj. El 
Caballero de las armas jaldes justaba 
con el Principe Florandino de Mace- 
donia, el cual lo encontró de tal ma- 
nera, que mal que le pesó dio con él en 
el suelo por las ancas del caballo Ib). — 
Como se han contado cinco casos, pu- 
dieran contarse cincuenta, (a) 

1. En algunos ejemplares de los 
estatutos de la orden de la Banda, se 
lee al artículo 31 : Que ningún caballero 
de la Banda estuviese en la corte sin 
servir á alguna dama : no para deshon- 
rarla, sino para la festejar ó casarse 
con ella, y cuando ella saliese fuera, lo 
acompañase á pie ó á caballo, llevandn 
quitada la gorra y haciendo su mesura 
con la rodilla. Y conforme á esto, aun 
mucho tiempo después, en la corte de 
los Reyes Católicos D. P'ernando y Doña 
Isabel, testifica en sus cartas Andrés 
Navagero, Embajador de la Señoría de 
Venecia, en Castilla, que no había 
caballero (pie no sirviese á alguna 
dama; y ciertamente las costumbres 
de aquella corte no eran estragadas ni 
corrompidas. 

Si en el mundo real y efectivo estaba 
la galantería tan autorizada, ¿. c<ímo 
podría menos de estarlo en el imagi- 
nario de la caballería ? El caballero 



{a) Caballero del Febo, parte III, lib. I, 
caj). V. — (h) Caballero de la Cruz, lib. II, 
cap. XXXVI. 



('/.) Valera y otros críticos han censurado 
con mticha i-nzón la manía {ílosadora de Cle- 
iiiencin que, con el menor pretexto, acumula 
tan inútiles como pesados comentarios. 

(M. de T.) 



IMtIMKHA I'ARTK. — CAPITULO XIII 195 

ellos, no sería tenido por le^íliino caballero, sino por bastardo, y 
(jiic entró' en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, 
sino j)or las bardas, como salteador y ladrón. Con to(lo eso, dijo el 
camin;mtt>, me parece, si mal no me acuerdo, haber leído (|ue 
D. Galaor, luM-maiio del valeroso Amadís d<í Gaula, nunca tuvo 
dama señalada '-' á <[uien pudiese; encomendarse, y con todo estOi 



andante sin dama, dice D. Quijote en 
el capitulo XXXI 1 cíe la sef^unda parte, 
es como el árbol ain hojati, el edificio 
sin cimiento y la sombra sin cuerpo de 
quieti se cause. Y según otra sentencia 
del Rey Ajíricán, en Boyardo, que antes 
se alcfíii en su idioma original, y ahora 
se pone según la traducción de Garrido : 

El caballero que anda sin amores 
Si vive, está sin alma y sin valores (a). 

Asi que la lista de los caballeros 
andantes es lista de caballeros enamo- 
rados. Amadis, de Oriana, hija del Rey 
de Inglaterra ; Lisuarte, de Onoloria, 
Princesa de Trapisonda ; Belianis, de 
Florisbella, hija de Marceliano, Soldán 
de Babilonia ; Esl'eramundi, de la Prin- 
cesa Ricarda; Platir, de Florinda, hija 
del Rey de Lacedemonia; Olivante, de 
Lucenda; Lepolemo, por otro nombre 
el Caballero de la Cruz, de Andriana ; 
su hijo Floramor, conocido por el Caba- 
llero de las Doncellas, de la Princesa de 
Constantinopla Cupidea; Celidón de 
Iberia, de Poisena, hija del Sultán del 
Cairo ; Florando de Castilla, de la Infanta 
Safirina de Uacin ; Florambel, de Grase- 
linda; su padre Florineo, de Beladina ; 
Primaleón, de Gridonia; D. Duardos, 
de Flérida; Palmerin de Inglaterra, de 
Polinarda. Basta y sobra de ejemplos. 

1. Falta un verbo para la buena gra- 
mática (a) : // se juzgaría que entró... no 
por la puerta, sino por las bardas. 

2. D. Galaor, á diferencia de su her- 
mano Amadis, que fué modelo del amor 
constante, y como tal dio felice cima 
á la aventura del Arco de los leales 
amadores, según se cuenta en su his- 
toria (a) ; D. Galaor, digo, obsequió á 
A'arias damas, de lo que en dicha 
historia hay suficiente noticia, así 
como de que prefirió sobre todas á la 

o) Orlanrio enamorado, lib. I. canto 18. — 
(a) (Cap. XLIV. 

('/.) Gramáticn. —Véanse las notas pag. 94 
y loG. 

(M. de T.) 



hermosa Briolanja, hija y heredera de 
Tagailán, Rey de Sobradisa. Paf/óse 
tanto della (Galaor de Briolanja), y tan 
bien le paresciú, que aunque muchas 
mujeres había visto y traclado, como 
esta, historia lo cuenta, nunca su cora- 
zón fué otorgado en amor verdadero 
de ninguna sino desta muy hermosa 
Reina (a). 

Bowle sobre este pasaje del Quijote 
quiso probar que estaba trascordado Vi- 
valdo, y para ello alegó uno de la 
historia de Amadís de Gaula, donde se 
mencionan los amores de D. Galaor 
con Briolanja y la doncella Aldeva, y 
aun otro de Amadís de Grecia, donde se 
habla del Rey Galaor y su amada mujer. 
Pero esto no destruye lo que dijo Vi- 
valdo, y antes bien la mención de 
Aldeva lo confirma. De la inconstancia 
de D. Galaor da testimonio la misma 
historia de su hermano en el lugar que 
se ha copiado, y lo comprueba la de 
D. Florisel de Niquea, refiriendo que dos 
damas hermanas burladas por un caba- 
llero desleal, habiendo conseguido 
adormecerlo, lo habían atado y lo esta- 
ban azotando cruelmente, y que el 
paciente les decía : Mejor caballero que 
yo era Amadis de Grecia y D. Florisel, 
su hijo; m.as por eso no dejaron de ser 
desleales, y D. Galaor, su tío, no les 
fué en zaga... A lo cual contestó una 
de ellas : Si como á vos os teneinos los 
tuviéramos aquí, nosotras dejáramos 
satisfechas á Lúcela del uno y á Elena 
del otro : y á esotro Rey D. Galaor no 
le diéramos pena ninguna, porque la 
culpa tenían las que lo querían, porque 
él no engañaba á níjiguna, pues nunca 
se preció de ser leal (b). 

Tal era la pública voz y fama acerca 
de la inconstancia y condición natu- 
ralmente fácil de D. Galaor, que en vano 
quiso combatir Bowle. Pellicer le siguió 
en la equivocación y en la mala defensa 
de D. Galaor. 

(a) Ib., cap. CXXI.— (i) Florisel, part. III, 
cap. LXIX. 



l96 bON QUIJOTE DE LA MANCHA 

no fué tenido en miónos, y fu(^ un muy valiente y famoso caballero. 
Á lo cual re.spon<li() nuestro D. Quijote : S(!ñor, una golondrina 
sola no hace verano, cuanto más (|ue yo sé ({ue de secreto estaba 
ese caballero muy bien enamorado, fuera que aquello de querer á 
todas bien cuantas bien le parecían < era condición natural, á 
quien no podía ir á la mano. Pero en resolución, averiguado está 
muy bien que él tenía una solaá quien él había hecho señora de su 
voluntad, á la cual se encomendaba muy á menudo y muy secreta- 
meuíe, porque se preció de secreto caballero-. Luego si es de 
esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado, dijo el 
caminante, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es 
de la profesión ; y si es que vuestra merced no se precia de ser tan 
secreto como D. Galaor, con las veras que puedo le suplico en 
nombre de toda esta compañía y en el mío nos diga el nombre, 
patria, calidad y hermosura de su dama, que ella .se tendría por 
dichosa de que lodo el mundo sepa que es querida y servida de un 
tal caballero como vuestra merced parece. Aquí dio un gran .sus- 
piro D. Quijote, y dijo : Yo no podré afirmar si la dulce mi ene- 
miga •' gusta ó no de que el mundo sepa que yo la sirvo ; sólo sé 



1. Son dos versos octosílabos, cosa 
que suele ocurrir Irecuenteujeute en la 
prosa castellan;i, pero que evitan los 
que escriben coa corrección y delica- 
deza. Mejor : de querer bien d todas 
cuantas bien le parecían. 

2. Un cierto Andrés, Capellán de la 
corte de Francia, contemporáneo del 
Rey San Luis, escribió una obra inti- 
tulada : De arle amundí et de repro- 
batione anioris. En ella insertó un 
estatuto de amor, que da idea de las 
reglas y espíritu de la galantería en 
aquella época. Uno de los treinta y un 
artículos de que consta, es : Qui non 
celat, amare non polest, y conforme á 
esta regia, en los Arrestos de A)nor, 
libro escrito en francés por Marcial de 
Auvernia en el siglo xv, y traducido el 
siguiente al castellano por el Secretario 
Diego Gracián, se refiere la sentencia 
del consejo de Cupido contra un amante 
indiscreto y parlero, á quien se impone, 
linlre otras penas, que vuija en romería 
descalzo ú la ermita del Amor {a). 
Además de la regla que prescribía él 
secreto, babia otra que prohibía la 
inconstancia : nenio duplici potesf amore 
lifjari ; y en cuanto a esta última, ya 

{a) Arreslo 1. 



se ha visto, por lo que acaba de notarse, 
que D. Galaor no la observó muy escru- 
pulosamente, ü. Quijote, no pudiendo 
defenderlo de la nota de inconstante, 
quiso defenderlo de la de hablador, 
diciendo que se precii) de secreto caba- 
llero; pero no se baila rastro de cosa 
semejante en la historia de Amadís, y 
no fué más que una salida que ocurrió 
en el momento á nuestro hidalgo, tan 
propia de su desvariada fantasía como 
de la agudeza y humor festivo de Cer- 
vantes. Tachóla con discreción y deli- 
cadeza Viv, Ido cuando suplicó á D. Qui- 
jote dijese el nombre de su señora, si 
no se preciaba de ser tan secreto como 
D. Galaor. 

3 iN'o puede menos de ocurrirle al 
lector de este paso '.quella redondilla 
traducida del ilnliano,que después sal- 
drá á colación en la segunda parte del 
Quijote. 

De la dulce mi enemiga 
Nace un mal que el alma hiere, 
Y por mas lorinenlo quiere 
Que se sienta y iio se diga. 

Pero esta expresión de la dulce mi 
ene>nÍQa es mucho más antigua ; hállase 
ya en la primitiva historia francesa de 
Tristón de Leoni.i. quien la usó en 
aquella tierna canción, cuando celoso de 



PniMERA PARTH. — CAPlTUrO XIII 107 

decir, rospondiciulo á lo ([ue con tanto comedimiento se me pide, 
(jue su nc)nd)i(' os Dulcinea, su patria el Toboso, un lu^ar de la 
Mancha, su calidad ¡)or lo menos ha ser (Je Princesa, pues se reina 
y señora mía, su hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen á 
hacer verdaderos lodos los imposibles y quiméricos atributos de 
belleza (|ue los poetas (Jan á sus damas ; que sus cabellos son oro, 
su írente campos elíseos, sus c(\jas arcos del cielo, sus ojos soles, 
sus mi\j illas rosas, sus labios corahís, perlas sus dientes, alabastro 
su cuello, mármol su pecho, maríil sus manos, su blancura nieve, 
y las parles que á la vista humana encubrió la honestidad son 
tales <, según yo pienso y entiendo, que sola la discreta conside- 
ración puede encarecerlas y no compararlas. El linaje, prosapia y 
alcui'nia querríamos saber, replic(') Vivaldo. Á lo cual respondió 
D. Quijote : No es de los antiguos Curcios, Cayos '^ y Cipiones 
romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos ', ni de los Mon- 



Iseo, huyendo de su presencia y priva- 
do de esperanza y de juicio, decía entre 
otras cosas : 

En ma derniére accramie 
Vous priant ma líouce enneniic, 
Jseult, qui ia me fut atnie, 
Qic'apres ma niort ne m'oublie. 

Probemos á decirlo en castellano : 

A la dulce mi enemiga 
Pido en mi angustia postrera. 
Que pues me fué un tiempo amiga. 
No me olvide cuando muera. 

1. Estas expresiones me recuerdan 
las del libro de Tirante el Blanco, donde 
se dice de la Reina de Inglaterra : 
La faccia et le mani se dimoslravaiio 
de inestimabile candare et hellezza; 
egli si dee contemplare nello aggrafiato 
gesto feminile che mostrava, che tutte 
le partí aseóse non poleano esser se ?ion 
di maggior estima (a). 

2. Gayo se cuenta mal entre los 
apellidos de familias ilustres romanas, 
pues no era apellido, sino prenombre 
vulgar y común á todas, esclarecidas y 
obscuras, nobles y plebeyas. 

3. Familias nobilísimas de la Roma 
moderna. Olón Colona fué elecLo Papa 
el año de 1417 con el nombre de Mar- 
tino V. Su familia era ya ilustre á prin- 
cipios del siglo XIII, y dio origen á va- 
rias casas de magnates de Italia. Hubo 
de ella muchos Cardenales y personas 



notables de uno y otro sexo. Próspero 
Colona fué discípulo del Gran Capitán 
(Jonzalo de Córdoba, y después General 
de las tropas de Carlos V en las guerras 
de Italia. Victoria Colona, mujer del 
célebre Marqués de Pescnra, el vence- 
dor de la jornada de Pavía, se distin- 
guió por su instrucción en las letras y 
por sus virtudes, señaladamente por el 
amor á su marido, después de cuya 
muerte se retiró á un monasterio de 
Milán, donde murió el año de 1541. 
Marco Antonio Colona, Duque de Pa- 
liano. mandaba lo escuadra de galeras 
pontificias en la batalla de Lepanto, y 
falleció en Medinaceli el año de 1384, 
viniendo á la corle llamado por el Rey 
D. Felipe II. Cervantes le llamó Sol de 
la milicia, preciándose de haber se- 
guido algunos años sus vencedoras ban- 
deras, en la dedicatoria de su novela 
pastoril la Calatea, dirigida á Ascanio 
Colona, hijo de Marco Antonio y Doña 
.luana de Aragón, que estudió en la 
universidad de Alcalá, como se lee en 
la Dorotea de Lope de Vega (a). 

Los Colonas y Ursinos fueron fami- 
lias rivales. Los primeros se distin- 
guieron por su aóción al partido de 
España en los disturbios de Italia du- 
rante el reinado de Carlos V. Los Ursi- 
nos no cedían ;í los Colonas en lo anti- 
guo é ilustre de su prosapia : dieron á 
la Iglesia más de treinta Cardenales y 



(o) Part. I, cap. XVII. 



(a) Acto V, escena IV. 



198 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



cadas y Requescnes de Cataluña ; ni menos do los Rebellas y Villa- 
novas de Valencia ; Palafojes, Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, 
Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón; Cerdas, Manriques, 
Mendozas y Guzmanes de Castilla ; Alencastres, Pallas y Meneses 
de Porlug-al ; poro os de los del Toboso de la Mancha, linaje aunque 
moderno tal, que puede dar generoso principio á las más ilustres 
familias de los venideros siglos ; y no se me replique en esto, si no 
fuere con las condiciones que puso Cervino ' al pie del trofeo de 
las armas de Orlando, que decía : 

Nadie las mueva 
Que estar no pueda con Roldan á prueba. 

Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo -, respondió el 
caminante, no le osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, 
puesto que para decir verdad, semejante apellido hasta ahora no ha 



cinco Papas, desde Nicolao III, que fué 
electo el año de 1217, hasta Bene- 
dicto XIII, que murió en el de 1730. De 
los Ursinos procedieron grandes se- 
ñores y estados en el reino de Ñapóles, 
y personas que hicieron papel impor- 
tante en el mundo. Es notorio el que 
hizo en España la Princesa de los Ur- 
sinos durante el reinado de Felipe V. 

Después de las familias extranjeras, 
nombra D. Quijote varias de las más 
ilustres españolas; asunto demasiado 
conocido para que nos detengamos en 
ello. 

1. Hijo del Rey de Escocia, Capitán 
de la gente de guerra que su padre en- 
viaba al socorro de París, cerrado por 
el Rey Agramante. Orlando lo puso en 
libertad cuando le llevaba preso An- 
selmo de Altarriba; y Cerbino. agrade- 
cido á su libertador, habiendo encon- 
trado las armas de éste, las recogió, 
hizo de ellas un trofeo, y escribió al 
pie : 

Armatura d'Orlando Paladino, 

y sigue Ariosto : 

Come volesse dir, nessun la mitova. 

Che star non possa con Orlando d prova. 

Sobreviniendo,en esto, Mandricardo qui- 
so llevarse la espada, y sobre ello se 
combatió con Cerbino. el cual, mal heri- 
do, expiró en bra/os de su amante Isabe- 
la, que había presenciado el combate (a) . 



2. Nómbranse en el libro II de la 
Diana de Jorge Montemayor, donde 
Fabio, paje de D. Fulix, dice á Felis- 
mena, que á la sazón se hallaba disfra- 
zada de hombre : Y os prometo á fe de 
hijodalgo, por'que lo soy, gue mi padre 
es de los Cachopines de Laredo, etc. 
Y en la comedia de Cervantes La 
Entretenida , una fregona linajuda 
decía : 

¿.No soy yo de los Capoches 

De Oviedo? ¿Hay más que mostrar? 

Cervantes se burlaba tanto de los Capo- 
ches como de los Cachopines, y siem- 
pre de los abolengos y alcurnias de los 
asturianos y montañeses. En las pro- 
vincias del Norte de la península ha 
sido nmy frecuente que personas que 
han pasado á las Indias, y adquirido 
allá cuantiosos bienes, hayan vuelto y 
fundado en su país casas acomodadas. 
En Nueva España se daba el uombre de 
Gachupines ó Cachupines á los Espa- 
ñoles que pasaban de Europa ; y este 
puede creerse que es el origen de los 
Cachopines de Laredo. especie de ape- 
llido proverbial con que se tildaba á 
las personas nuevas que, habiendo ad- 
quirido riquezas, se entonaban y pre- 
ciaban de ilustre prosapia. 

(o) Ariosto, Orlando furioso, canto 24. 



pitiMr.iiA i'Autí:. — CAPÍTíir.o \mi 1í)9 

ll(>jj!;^a(lo ;'i mis oídos. ¡(l('mio oso no lioI)r.''t IIcíí'íkIo! roplicó D. Ou¡- 
jolc CiOii gran aleiición iban escuchando todos los demás la plálica 
de los dos, y aun hasta los mismos cabreros y paslores conocieron 
la demasiada falta de juicio de nuestro D. Quijote. Sólo Sancho 
Panza pensaba (|ue cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él 
quión era, y habiéndole conocido desde su nacimiento ; y en lo que 
(ludaba ali^o, era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, 
porque nunca tal nombre ni tal Princesa había llegado jamás ' á 
su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso. En estas pláticas 
iban, cuando vieron que por la quiebra que dos altas montañas 
hacían, bajaban hasta veinte pastores, lodos con pellicos de negra 
lana vestidos y coronados con guirnaldas, que á lo que después 
pareció, eran, cuál de tejo y cuál de ciprés ^. Entre seis dellos 
traían unas andas cubiertas de mucha diversidad de flores y de ra- 
mos. Lo cual, visto por uno de los cabreros, dijo : Aquellos que 
allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de 
aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen. Por 
esto se dieron priesa á llegar, y l'ué á tiempo que ya los que venían 
habían puesto las andas en el suelo, y cuatro dellos con agudos 
picos estaban cavando la sepultura á un lado de una dura peña. 
Recibiéronse los unos y los otros cortésm.ente, y luego D. Quijote 
y los que con el venían se pusieron á mirar las andas, y en ellas 
vieron cubierto de flores un cuerpo muerto y vestido como pastor, 
de edad al parecer de treinta años; y aunque muerto, mostraba que 
vivo había sido de rostro hermoso y de disposición gallarda. Alre- 
dedor del tenía en las mismas andas algunos libros ^ y muchos 
papeles abiertos y cerrados ; y así los que esto miraban como los 
que abrían la sepultura, y todos los demás que allí había, guarda- 
ban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al muerto 
trujeron, dijo á otro: Mira bien, Ambrosio, si es este el lugar que 
Grisóstomo dijo, ya que queréis ' que tan puntualmente se cum- 

1. Está recibido el juntar los dos y según Plinio (6) fué opinión de algu- 
adverbios nunca v jamás, que valen nos que de laxos se dijo tóxicum, de 
lo mismo, para esíorzar así su signiü- donde el castellano tósigo. Del ciprés 
cación, y se dice nunca jamás haré se habló en otra nota de este capitulo. 
esto ó lo otro; pero no se usan separa- 3. Debió ponerse : alrededor del ha- 
dos por otras palabras dentro de la bia, ó alrededor de sí tenía. Y de esta 
misma expresión, como aqui sucede. suerte diría probablemente el original 

2. Tejo, árbol silvestre, á cuyas de Cervantes. 

-exhalaciones y ambiente se atribuyen 4. Muchas ediciones han puesto 

propiedades malignas. mira bien, Ambrosio; lo cual eviden- 

, . . , teraente es error, porque el número 

Sic tua Cyrneas fucjiunl examina laxos, 
le decía un pastor á otro en Virgilio (a); (a) Égloga IX. — (6) Lib. XVI, cap. X. 



200 nON QUIJOTE DE LA MANCHA 

pía lo que dejo mandado en su lestamenlo. Esle es, respondió 
Andjrosio, que muchas veces en 61 me conlo mi desdichado amigo 
la historia de su dcsveulura. Allí me dijo ('-1 que vio la vez priuifua 
á aquella enemiga niorlal del linaje humano, y allí fué tamhit'n 
donde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como 
enamorado, y allí fué la última vez donde Marcela le acabó de 
desengañar y desdeñar, de suei-te que puso fin á la tragedia de su 
miserable vida ; y ix(\\i\, en memoria de tantas desdichas, quiso él 
que le depositasen en las entrañas del eterno olvido K Y volvién- 
dose á D. Quijote y á los caminantes, prosiguió diciendo : Ese 
cuerpo, señores -, que con piadosos ojos estáis mirando, fué depo- 
sitario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus 
riquezas. Ese es el cuerpo de Grisóstomo, que fué único en el 
ingenio, solo en la cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la 
amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegresin bajeza, 
y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo 
en todo lo que fué ser desdichado. Quiso bien, fué aborrecido ; 
adoró, fué desdeñado ; rogó á una fiera, importunó á un mármol, 
corrió tras el viento, dio voces á la soledad, sirvió á la ingratitud, 
de quien alcanzó por premio ^ ser desj)ojo de la muerte en la 
mitad de la carrera de su vida, á la cual dio fin una pastora á quien 
él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las 
gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles que estáis mi- 
debe ser igual al del otro verbo queréis, petable, todavía pueden hacerse algu- 
que es plural. Y así- debe escribirse ñas ligeras observaciones. Ambrosio 
miró, que es lo mismo que mirad, sólo llama á Grisóslomo Fénix en la amis- 
que se suaviza y elide la d, como suele iad, y no es muy acertada la compara- 
hacerse en el estilo familiar. Son fre- ción, porque siendo el Fénix único y 
cuentes los ejemplos de esto en núes- singular, no puede ser tipo de la amis- 
tros libros antiguos, como se notó ya tad, que necesariamente ha de ser 
en el capítulo V. " entre dos : Ambrosio, con esta califi- 

1. El pensamiento es hermoso y caciún, se excluía á si mismo del titulo 
dulcemente melancólico; sino que en de amigo de Grisóstomo. — Lo de pri- 
esto de la memoria y del olvido hay una mero en ser bueno y sin segundo en ser 
cierta afectación de ingenio, y aun desdichado, parece expresión dema- 
cierta contradicción de ideas que per- siado sutil y no de buen gusto : Ger- 
judica al efecto. vantes incurrió alguna vez en defectos 

2. El elogio fúnebre pronunciado de esta ciase, que empezaban á hacerse 
por Ambrosio á presencia del cadáver comunes entre los escritores de su 
de su amigo mientras abren la sepul- tiempo, y al cabo llegaron á ser la 
tura, delante de espectadores descono- peste del lenguaje castellano, tanto 
cidos de varias clases, reunidos allí m(''trico como prosaico, de aquel siglo, 
casualmente, tiene mucho de drama- 3. De quien alcanzó... á lo cual dio 
tico, y está bien ideado y hablado. fin... ó quien él procuraba... cual lo 
D. Antonio de Capmani lo copió con pudieran mostrar... La repetición exce- 
elogio entre otros del Qlijotk en su siva del relativo dentro de un mismo 
Teatro de la elocuencia española. Sin periodo, hace lánguido y arrastrado el 
perjuicio de aprobación y voto tan res- lenguaje. 



PniMERA PARTE. — CAPITULO XIIT 201 

ramio, si ('I no nic hubiera maiiíJado quo los eiilicgara ai (iief^o en 
habiojulo (Miliri^ado su cuerpo ;'i la Liei'i'a. De mayor ri^or y eruel- 
díxd usairis vos eon ellos, dijo Vivaldo, (jue su uiisino dueño, pues 
no es justo \ñ acertado que se cumpla la voluntad de (¡uien lo que 
ordena ' va fuera de todo razonable discurso; y no lo tuviera bueno 
Augusto César -, si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el 
divino Mantuano dejó en su leslamcnto mandado. Así que, señor 
Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro amigo á la tierra, no 
queráis dar sus escritos al olvido, que si él ordenó como agraviado, 
no es bien que vos cumpláis (;omo indiscreto, antes haced, dando 
la vida á estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Mar- 
cela, para que sirva de ejemplo en los tiempos que están por venir 
á los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes 
despeñaderos; que ya sé yo y los que aquí venimos la historia 
deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amis- 
tad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al 
acabar de la vida ; de la cual lamentable historia se puede sacar 
cuánta haya sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, 
la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que á 
rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante 
de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte de Grisóstomo, y 
que en este lugar había de ser enterrado, y así de curiosidad y de 
lástima dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de venir á ver 
con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo ; y en pago 
desta lástima, y del deseo que en nosostros nació de remedialla si 
pudiéramos, te rogamos, ¡ oh discreto Ambrosio ! á lo menos yo te 
lo suplico de mi parte, que dejando de abrasar estos papeles, me 
dejes llevar algunos dellos. Y sin aguardar que el pastor respon- 
diese, alargó la mano y lomó algunos de los que más cerca esta- 
ban; viendo lo cual Ambrosio, dijo : Por cortesía consentn"é que os 

1. Falta la gramática y se remediara sus testamentarios y amigos Tuca y 

sólo con añadir dos letras : No es justo Vario no lo consintieron, apoyados en 

?ue se cumpla la voluntad de quien en la voluntad de Augusto, que tampoco 

o que ordena va fuera de todo razo- quiso se cumpliese una disposición 

nable discurso. Fué tanto más fácil la que tan funesta y lamentable hubiera 

omisión de la partícula en, cuanto la sido para las letras. A lo que aluden 

palabra anterior quien acaba con las los versos siguientes, que se leen en 

mismas letras. La fiierza.de esto la todos los sumarios déla vida de Vir- 

comprenderán los que tienen práctica gilio : 
en la materia, y conocen por experien- 
cia lo que es pelear con descuidos de , , , ,,.,,. . „ 

cajistas de las imprentas. ./«^.f '^^ ''f<^ '•«'^"^^ «^o^e" carmina flammis 

\ o ,-. ^ ,7. ... , ^ •„ \ irijilius, phrygiwn qua' cecmere ducem. 

■i. Sabido es que Virgilio, al morir, ^ucca vetat Variusqae simul ; tu, máxime 
manuu que se quemase su Eneida, por- [Ca'sar 

que no había acabado de limarla ; pero Ison sini» et Latia- consulis historix. 



20!2 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

quedéis, señor, con los que ya habéis tomado ; pero pensar que 
dejaré de quemar los que quedan, es pensamiento vano. Vivaldo, 
que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el uno 
dellos, y vio que tenía por título : Canción desesperada. Oyólo 
Ambrosio, y dijo: Ese es el último papel queescribióel desdichado ; 
y porque veáis, señor, en el término que le tenían sus desventuras, 
leelde de modo que seáis oído, que bien os dará lugar á ello el que 
se tardare < en abrir la sepultura. Eso haré yo de muy buena 
gana, dijo Vivaldo; y como todos los circunstantes tenían el mismo 
deseo, se le pusieron á la redonda, y él, leyendo en voz clara, vio 
que asi decía. 

1. Se da lugar, pero no se tarda ello el que se tardare en abrir la sepul- 
lugar, sino tiempo. No habría reparo tU7'a. 
si dijera : bien os dará tiempo para 



CAPITULO XIV 



DONDE SR PONEN LOS VERSOS DESESPEHADOS DEL DIFUNTO PASTOR 
CON OTROS NO ESPERADOS SUCESOS ^ 



CANCIÓN DE GRISÓSTOMO = 

Ya que quieres, cruel, que se publique 
De lengua en lengua y de una en otra gente 
Del áspero rigor tuyo la fuerza, 
Haré que el mismo infierno comunique 
Al triste pecho mío un son doliente, 
Con que el uso común de mi voz tuerza. 
Y al par de mi deseo, que se esfuerza 
Á decir mi dolor y tus hazañas. 
De la espantable voz irá el acento, 



1. Desesperados y no esperados : ju- 
guete de palabras, ú acaso mera inad- 
vertencia de Cervantes. 

2. Esta canción se había impreso 
siempre mal, sin hacer la conveniente 
división de las estancias. Pellicer ad- 
virtió y corrigió en su edición este de- 
fecto. 

El artificio de esta canción admirable 
y sincjular, dice Pellicer, consiste en 
componerse cada estancia de diez y 
seis versos, todos endecasílabos, que, ri- 
mando entre sí de un modo nuevo, el 
penúltimo consuena co?i el hemistiquio 
del liltimo. Nótase en ella alguna er- 
presión humilde y algún verso des- 
mayado; pero puede, sin embargo, com- 
petir con lo mejor de nuestros mejores 
poetas... La misma uniformidad de 
versificación, sin alternar los versos 
cortos, manifiesta con más viveza la 
pasión de este pastor furioso. Puede 
reputarse Cervantes por inventor de 
este género de canciones. 

Ni en lo uno ni en lo otro soy del 
dictamen de Pellicer. En las canciones 
castellanas el poeta es arbitro de fijar 
según le acomode la forma de las es- 



tancias ó estrofas, y el orden y com- 
binación de los consonantes. Asi se ve 
en nuestras canciones antiguas y mo- 
dernas, inclusa la presente, cuya mayor 
novedad es que el penúltimo verso de 
la estrofa no rima como los demás, 
sino que tiene su consonancia en la 
cuarta y quinta silaba del último. El 
estrambote, en que el poeta habla con 
su canción, segím se usa en semejantes 
composiciones, es una quintilla de la 
misma hechura que las últimas de las 
estancias. En suma, no hay aquí inven- 
ción de género nuevo ; y por lo demás, 
los versos me parecen, como general- 
mente los de Cervantes, mnl(a). 

(a) Mal. — Clemencín, al juzgar á Cer- 
vantes como poeta, lo hace, como vulgar- 
mente se dice, por boca de (/ansa. En su lar- 
guísimo, erudito, á veces inútil, y á veces 
soporífero comentario, no se echa de ver una 
sola prueba de refinado gusto literario 
en materia de poesía. No se olvide que el 
artista siempre marca su sello en cuanto 
escribe. El señorCortejón. que hace mención, 
en este pasaje del texto, del curioso hallazgo, 
por el señor Asensio, del original de esta 
canción, defiende muy discretamente á Cer- 
vantes como poeta. " (M. de T.) 



204 DON QUIJOTE DE I,A MANCHA 

Y en él mezclados por mayor tormento 
Pedazos de las míseras entrañas. 
Escucha, pues, y presta atento oído, 
No al concertado son, sino al ruido 
Que de lo hondo de mi amargo pecho, 
Llevado de un forzoso desvarío, 
Por gusto mío sale y tu despecho. 
El rugir del león, del lobo fiero 
El temeroso aullido, el silbo horrendo 
De escamosa serpiente, el espantable 
Baladro de algún monstruo, el agorero * 



i. Las dos ediciones primitivas del 
año 1605 desfiguraron este nombre, en 
lugar del cu.il pusieron halando : error 
que corrigió la del año 1608, donde se 
restituyó la verdadera lección baladro, 
que significa alarido ó grito desento- 
nado y espantoso. Esta palabra se halla 
usada en la sesunda parte del Quijote, 
donde, hablando Sancho con su mujer 
Teresa, le encargaba que cuidase del 
rucio los días anteriores á la tercera 
salida de su amo, porque no se iba á 
bodas, sino á rodear el mundo y á oir 
silbos, rugidos, bramidos y baladros. 
Es palabra común en los libros caba- 
llerescos, como en la Historia de D. Be- 
liaiiis, donde al capítulo XXIV del li- 
bro IV, se habla de ios baladros de un 
vestiglo ó fiera monstruosa que se ha- 
llaba herida. No es menos frecuente en 
la Historia de D. Florisel de Niquea, 
en cuya tercera parte se dice del gi- 
gante Brosdolfo : dando un fuerte bala- 
dro con la rabia de la muerte, sobre él 
cae, tomándole debajo (a). La jaya7ia 
Baralacta, que esto oyó, cuenta en 
otro lugar, dando un gran baladro, 
dijo : mataldo (A). Y en otro : El jayán, 
dando un fuerte baladro quel castillo 
hizo tremer, dijo: ¡Oh vil y cosa as- 
trosa! aguarda la respuesta de tu 
sandez (c). En la Historia del Caballero 
del Febo se refiere que andando su 
hermano Rosicler por las montañas de 
Fenicia con el Rey Sacridoro, topó con 
dos grandes salvajes que venían caba- 
lleros sobre sendos leones. >' dando 
(los salvajes) U7ios grandes baladros 
que se oían muy lejos, en poco rato se 
juntaron más de veinte salvajes como 



aquellos, unos caballeros en lobos y 
otros en otras fieras bestias (a). Final- 
mente, El Baladro del sabio Merlín 
con sus profecías es el titulo de un 
libro que se imprimió en Burgos el 
año de 1498. — De la palabra baladro 
se derivó probablemente baladran, que 
es el que blasona de valiente con TOces 
descompuestas y amenazadoras. 

Agorero : los antiguos tuvieron á la 
corneja (a) por pájaro de mal agüero, 
como lo indica aquel verso de las Bu- 
cólicas de Virgilio : 

S.rpe sinistra cavnpriedixil ab Hice cornix. 

Y como dijo, tomándolo de Virgilio, 
el dulcísimo üarcilaso : 

Bien claro con su voz me lo decía 
La siniestra corneja, prediciendo 
La desventura mía ib). 



(a) Parte I, Hb. II, cap. XIX. — 
gal. 



(6) É^ 



(n) Cap. XXIX. 
Cap. LXXI. 



(b) Cap. LXIl. — (c) 



(«) Corneja. — En el poema El Mío Cid, 
versos 11 y \l (edición del señor Menéndez 
Pidal), se lee : 

.\ la exida de vivar, ovieron la comeia diestra, 
E enlraudo á Burgos ovieron la sioieslra. 

En un libro publicado hace poco en Sala- 
manca con el titulo de Selecta literaria 
(que está muy lejos de valer lo que cuesta), 
el autor demuestra tal ignorancia en cues- 
tiones de literatura, que en el rudimentario 
é incompletísimo vocabulario que hav al fin 
explica la ¡¡alabra comeia en esta forma : 
comeia : cuerno, lado. Por eso no tiene nada 
lie extraño que en las clases de literatura 
española, en París, se recomienden, para el 
estudio de ni^stra literatura anticua, libros 
extranjeros como el del italiano Gorra : Lin- 
gua e Letleratura 3/>ag¡tuola delLe oriyini. 
Milano, 1898. (M. de T.) 



l'niMEIlA l'AIlTE. — CAPITULO XIV 



20t 



Graznar de la corneja, y el estruendo 
Del viento contraslado en mar instable 
Del ya vencido loro el implacalde 
Hraiiiido, y de la viuda lortolilla 
El sensible arrullar-, el triste canto 
Del invidiado buho ', con el llanto 
De toda la infernal negra cuadrilla, 
Suíiían con la dolieate ánima fuera -, 
Mezclados en un son de tal manera. 
Que se confundan los sentidos todos, 
Pues la pena cruel que en mí se halla, 
Para contalla pide nuevos modos 3. 



1. El invidiado alude sin duda al uso 
que se hace del buho en la (.'etrcría ó 
caza de aves, donde se observa que 
los pájaros bajan al buho colocado en 
el señuelo, creyendo el vulgo que la 
envidia los mueve ¡i querer sacarle los 
ojos, y que esto es ;i lo que bajan. En 
la edición de Londres de 1738 se corrigió 
enviudado, y adoptaron la corrección 
otras ediciones posteriores, hasta que 
la Academia Española restableció la 
lección verdadera. 

El buho era también mirado como 
pájaro funesto y aciago ; de donde 
aquello de Ovidio en el V de las Meta- 
morfosis : 

Jgnavus buho, dirum mortalibus ornen. 

La misma opinión tenia entre los 
antiguos castellanos. Xuño Salido, ayo 
de los Siete Infantes de J^ara, les decía 
cuando, engañados por Rui Velázquez, 
caminaban hacia el campo de Arabiana, 
donde perecieron : 

No pasemos adelante . 
Malos agüeros había. 
Un buho da grandes gritos, 
Un águila .se carpia. 
Cuervos muy mal la aquejaban 
Yo de aquí iio pasaría. 

2. El pastor Mireno, en el libro III de 
la Calatea de Cervantes, afligido de la 
ingratitud de Silveria, que le dejaba 
por Daranio, se lamentaba en una can- 
ción, cuya primera estancia concluye 
así : 

Que mi voz lastimera 

Saldrá con la doliente ánima fuera. 

En los Trabajos de Pérsiles y Sigis- 
munda (a), Policarpa, hija del Rey 



Policarpo, exhortando á sii hermana 
Sinforosa á que declarase su afición a 
Periandro, cantaba al son del arpa : 

Salga con la doliente ánima fuera 

La enferma voz, que es fuerza y es cordura 

Decir la lengua lo que el alma "toca. 

En uno y otro lugar, como asimismo 
en la canción de Grisóstomo, parece 
que Cervantes tuvo presente aquel pa- 
saje de la Égloga II de Garcilaso, en que 
el desesperado pastor Albanio, lamen- 
tándose de los desdenes de Camila, 
exclamaba : 

i Oh dioses ! Si allá juntos de consuno 
De los amantes el cuifiado os toca... 
Recibid las palabras que la boca 
Echa con la doliente anima fuera. 

Las situaciones de Mireno, Grisósto- 
mo y Sinforosa eran parecidas entre 
sí, y lo eran también á la de Albanio. 
Cervantes, tan amante de Garcilaso que 
alguna vez le indica llamándole nuestro 
poeta sin otras señas, en las tres oca- 
siones hubo de copiar esta reminiscen- 
cia. Realmente el asunto de Albanio 
desdeñado por Camila era el misrno 
que el de Grisóstomo desdeñado por 
Marcela; y la canción del pastor de 
Garcilaso no merecía menos el nombre 
de desesperada que la del pastor de 
Cervantes. 

3. El régimen está defectuoso : se 
debiera decir pura contarse ; mas la 
necesidad de rimar con el final halla 
del verso que precede, según el arti- 
ficio observado en la presente <'anción, 
exige que se lea para contalla. Este 
pasaje está mal en las ediciones primi- 

{n) Lib. II. 



20G DON QUIJOTE ÜE LA MANCHA 

De tanta confusión, no las arenas 
Del padre Tajo oirán los tristes ecos, 
Ni del famoso IJelis las olivas: 
(Jue allí se esf)arcirún mis duras penas 
En altos riscos y en profundos huecos, 
Con muerta lengua y con palabras vivas ' ; 
O ya en oscuros valles, ó en esquivas 
Playas desnudas de contrato humano, 
O adonde el sol jamás mostró su lumbre, 
Ó entre la venenosa muchedumbre 
De fieras que alimenta el Libio llano - : 
Que puesto que en los páramos desiertos 
Los ecos roncos de mi mal inciertos 
Suenen con tu rigor tan sin segundo, 
Por privilegio de mis cortos hados 
Serán llevados por el ancho mundo. 

Mata un desdén, atierra la paciencia ^ 
Ó verdadera ó falsa una sospecha ; 
Matan los celos con rigor más fuerte ; 
Desconcierta la vida larga ausencia ; 



tivas del Quijote : la Academia Espa- 
ñola, que lo había corregido en otras 
ediciones anteriores, conservó el error 
en la de 1819. 

1. Jerigonza embrollada que no se 
entiende. En un romance de la novena 
parte del Romancero general de Flores 
se lee : 

Si quieres amar de burlas 
y ser de veras querida, 
vayan tus palabras muertas 
donde van mis obras vivas. 

Pero esto, aunque no muj* claro, no 
es tan obscuro como lo de Cervantes. 
No lo es menos el verso que se ice más 
abajo : 

Los ecos roncos de mi mal inciertos. 

Y no le va en zaga el otro que viene 
después : 

Y en el olvido en quien mi fuego avivo. 

En éste concurre también el defecto 
de la asonancia entre olvido y avivo, 
que lo hace todavía más desagradable. 

2. Pasaje viciado en todas las edi- 
ciones, desde las primeras de 1605, que 
leyeron el libre L'atio, y la de 1608, que 
han seguido las jiosteriores poniendo 
el Silo llano. Pero ni el Nilo es llano 



más que los otros rios, ni se sabe lo 
que significa la venosa muchedumbre 
de fieras que alimenta el Nilo : las fieras 
viven en los desiertos y en los montes, 
no en los ríos. Por esta razón, y 
siguiendo lo que la primera lección 
indica, se ha adoptado como más vero- 
símil la enmienda el Libio llano. De la 
Libia dijo Horacio que era 

... leonum árida matrix. 

Y Altisidora. en la segunda parte, 
quejándose de la esquivez de D. Qui- 
jote : 

Dime, valeroso joven, 
que Dios prospere tus ansias, 
site criaste en la Libia... 
Si sierpes te dieron leche, 
si acaso fueron tus amas, etc. 

3. Atierra es del verbo aten-ar, echar 
á tierra, derribar. En esta acepciim 
admiten algunos de sus tiempos una 
i que no tiene en el infinitivo, y lo 
mismo sucede en otros muchos verbos 
de todas las conjugaciones, como 
alienta, que viene de alentar; cierne, 
de cerner ; pervierte , de pervertir. 
Cuando aterrar significa infundir 
terror, entonces no experimenta esta 
irregularidad, y forma aterra. 



PIUMKHA PAHlIi. 



CAPÍTULO XIV 207 



Contra un temor do olvido no aprovecha 
Firme osperunzci' d(; dichosa suerte. 
En todo hay cierta inevitahle muerte; 
Mas yo ¡ milagro nunca visto ! vivo 
Celoso, ausente, desdeñado, y cierto 
De las sospechas que me tienen muerto, 

Y en el olvido eu quien mi fuego avivo. 

Y entre tantos tormentos, nunca alcanza 
Mi vista áver en sombra la esperanza, 

Ni yo desesperado la procuro ; 

Antes por extremarme en mi querella '^, 

Estar sin ella eternamente juro. 

¿ Puédese por venlui'a en un instante 
Esperar y temer, ó es bien hacello. 
Siendo las causas del temor más ciertas ? 
¿ Tengo, si el duro celo está delante 2, 
De cerrar estos ojos, si he de vello 
Por mil heridas en el alma abiertas ? 
¿ Quién no abrirá de par en par las puertas 
Á la desconfianza, cuando mira ^ 
Descubierto el desdén, y las sospechas, 
¡ Oh amarga conversión ! verdades hechas, 

Y la limpia verdad vuelta en mentira ? 

¡ Oh, en el i-eino de amor fieros tiranos 
Celos ! Ponedme un hierro en estas manos ; 
Dame, desdén, una torcida soga : 
¡ Mas ay de mí ! que con cruel victoria 
Vuesti'a memoria el sufrimiento ahoga. 

Yo muero en fin ; y porque nunca espere 
Buen suceso en la muerte ni en la vida, 
Pertinaz estaré en mi fantasía. 
Diré que va acertado el que bien quiere. 

Y que es más libre el alma más rendida 

i. Antes se tildaron algunos versos signiGcación en singular y otra en 

de la presente canciún por obscuros : plural. Aquí está mal usado, 

éstos contienen un desatino, porque 4. Este verso es malo del todo : los 

lo es decir que la esperanza no es el tres siguientes son fluidos y hermosos, 

remedio del temor. pero enteramente inoportunos : Mar- 

2. Extremarse es lo mismo que cela, según lo que se habia referido 
llegar al extremo, al cabo, al último a.nterioraiente, no había dado ocasión 
punto : verbo de poco uso, pero bien para que se la motejase de falsa ni em- 
formado y expresivo. bustera. Lo mismo digo de los celos de 

3. El nombre celo ofrece una parti- que se habla después sin motivo ni 
cularidad notable. Cuando significa la fundamento dado por parte de la 
pasión amorosa desconfiada, como suce- pastora. Cervantes conoció y quiso 
de en el pasaje presente, no tiene sin- excusar estos defectos de su canción 
guiar, decimos velos : cuando significa por boca de Ambrosio, como se verá 
cuidado, solicitud, no tiene plural. De poco más adelante. 

otro modo : el nombre celo tiene una 



1 



208 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

Á la de amor antigua tiranía. 
D¡r('í que la cnfimi^a siempre mía 
Hermosa el alma como el cuer¡)0 tiene, 

Y que su olvido de mi culpa nace, 

Y que en fe de los males que nos hace, 
Amor su imperio en justa paz mantiene : 

Y con esta opinión y un duro lazo \ 
Acelerando el miserable plazo 

Á que me han conducido sus desdenes, 
Ofreceré á los vientos cuerpo y alma 
Sin lauro ó palma de futuros bienes. 

Tú, que con tantas sinrazones '•^ muestras 
La razini que me fuerza á que la haga 
A la cansada vida que aborrezco ; 
Pues ya ves que te da notorias muestras 
Esta del corazón profunda llaga ^, 
De cómo alegre á tu rigor me ofrezco. 
Si por dicha conoces que merezco. 
Que el cielo claro de tus bellos ojos 
En mi muerte se turbe, no lo hagas. 
Que no quiero que en nada satisfagas 
Al darte de mi alma los despojos. 
Antes con risa en la ocasión funesta 
Descubre que el fin mío fué tu fiesta. 
Mas gran simpleza es avisarte desto. 
Pues sé que esta tu gloria conocida 
En que mi vida llegue al fin tan presto. 

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo 
Tántalo con su sed, Sísifo venga 
Con el peso terrible de su canto, 
Ticio '' traiga su buitre, y ansimismo 

i. La idea de ahorcarse, indicada 3. Transposición muy parecida á la 

ya antes por la soga torcida, y ahora que ridiculiza Lope en la Gatomaquia : 
por el duro lazo, es fea y baja, y no 

corresponde ciertamente en un género En una de fregar cayó caldera 

de composición donde todo debe ser (Transposic.on se llama esla f.gura). 

terrible y lúgubre, pero al mismo . , , . 

tiempo noble v sublime. 'i- Reunense aqm los malvados mis 

2. Olvidi.seléá Cervantes la burla que famosos que, según los poetas, eran 

él mismo habia hecho en el principio atormentados en los müernos. 
de su Quijote de aquellas expresiones 

de Feliciano de Silva : La razón de la Tántalo, Rey de Frigia, teniendo 
sinrazón que á mi razón se hace. etc. hospedados en su casa á los Dioses, 
Las presentes son del mismo gusto que dudó de su divinidad, y queriendo expe- 
las de Feliciano, (a) rimentar si era cierta. les dió á comer a 

su hijo Pélope hecho pedazos. En pena 

(a; Feliciano. — En la presente nota y la ,]^ (an horrible delito fué arrojado al 

siguiente no mueslra Clemencin ni benevo- tártaro, donde, atormentado de con- 

lencia ni justicia. Í51 ap loásemos este carta- ,. , ' , . „ j „ ,• „„„ „i „,„,o 

bón tan riguroso a nuestros clasicos. ; bue- VV"'', hamhre y sed, esta con el agua 

nos quedarían I (M. de T.) a la barba sui poder beber üe ella, ni 



PRIMERA PAUTE, — CAPITULO XIV 



2ü'J 



Con su rueda Egiún no se detenga, 
Ni las hermanas que trabajan tanto. 

Y todos juntos su mortal (luebranlo 
Trasladen en mi pecho y en voz baja 
(Si ya á un desesperado son debidas) 
Canten obsequias tristes \ doloridas 

Al cuerpo, íi quien se niegue aun la mortaja. 

Y el portero infernal de los tres rostros 
Con otras mil quimeras y mil monstros ^ 
Lleven el doloroso contrapunto, 



comer de la fruta de un árbol que tiene 
delante. 

Sisifo, ladnm á quien mató Teseo, 
estaba condenado á subir con gran tra- 
bajo hasta la cumbre de un monte un 
enorme peñasco, el cual, luego que 
llegaba arriba, volvía á caerse, teniendo 
que repetir Sisifo su tarea eternamente. 

Ticio, gigante de tan demesurada 
grandeza que su cadáver ocupaba nueve 
yugadas de tierra, yacía en el infierno 
por haber querido forzar á Latona, y 
un buitre le estaba royendo sin cesar 
las entrañas. 

Egiún ó Ixión, admitido á la mesa de 
los Dioses, tuvo la osadía de recuestar 
á Juno; en castigo de lo cual fué atado 
en los infiernos á una rueda que siempre 
está dando vueltas. 

Las herynanas que trabajan tanto son 
las cincuenta hijas de Danao, que 
habiendo casado con otros tanto hijos 
de su tío Egipto, mataron á instigación 
de su padre, todas menos una, á sus 
maridos la misma noche de las bodas. 
En pena de ello están condenadas en 
los infiernos á henchir de agua perpe- 
tuamente y sin descanso una cuba 
agujereada. 

Grisóstomo hace aquí uso de la mito- 
logía pagana, como si la creyese; y en 
verdad que la situación en que se le 
supone no era para creer ni para fingir 
que se creen cuentos ni patrañas. Si su 
canción fuese toda de fuego, esta fría 
é inoportuna erudición bastara para 
apagarlo. 

En el conjuro que pronuncia furiosa 
Medea en el acto IV de la tragedia que 
lleva su nombre entre las de Séneca, 
invoca para el nuevo suegro de su ma- 
rido las penas infernales, y dice : 

Rota retistat membra lorquens^ tangat Jxion 

[)¡ur>ium, 



Tantalus securus undas hauriat Pyrp.nidas... 
Lubricus per saxa retro Sist/phum volvat lapsi. 
Vos quoque urnis quas foratis irritas ludit 

[labor, 
Danaides, coi te. 

Véanse aquí los mismos cuatro ejem- 
plos mencionados por Grisóstomo : 
sólo que para alegarlos seriamente era 
menester creerlos, y esto era tan pro- 
pio en Medea como impropio en el es- 
colar de Salamanca. 

1. Obsequias significa lo mismo que 
exequias, y una y otra palabra son de 
origen latino. En el día no se dice ya 
obsequias: pero se dijo muy desde anti- 
guo, como se ve en el Centón epistolar 
del Bachiller Fernán Gómez de Cibdad 
Real (a), y en el acto XX de la Celes- 
tina. Encuéntrase frecuentemente en 
los libros caballerescos, como en Flo- 
risei [b], en Belianís de Grecia le) y en 
todos nuestros antiguos escritores. En 
el Cancionero de romances, impreso en 
Amberes el año 1355, hay uno de las 
Obsequias de Héctor. En tiempo de 
Cervantes fué palabra de uso común, y 
el mismo Cervantes la empleó en otros 
parajes del Quijote y de sus demás 
obras. 

2. Vuelve Grisóstomo á las fábulas- 
mitológicas. El portero de los tres ros- 
tros es el Cerbero, perro enorme de 
tres cabezas que suponían guardaba la 
puerta del reino de Pintón. 

La ley de la rima pide que se escriba 
monstros en lugar demonslruos. Aun sin 
esta precisión, dijo Garcilaso en el último 
verso del soneto 31 : 

Se espanta en ver 
el monstrü que ha parido. 



(a) Epíst. XLV. — (b) Parte III, cap. CLX. 
— (c) Lib. II, cap.XLVII. 

14 



210 DON QUIJOTK DE LA MANCHA 

Que otra pompa mejor no me parece 
Que la merece un amador difunto. 

Canción desesperada, no te quejes ; 
Cuando mi triste compañía dejes : 
Antes, pues, que la causa do naciste ^ 
Con mi desdicha aumenta su ventura, 
Aun en la sepultura no estés triste. 

Bien les pareció á los que escuchado habían la canción ^ de 
Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que 
conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad 
de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, .sospe- 
chas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena 
fama de Marcela. Á lo cual respondió Ambrosio, como aquel que 
sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo : Para 
que, señor, os satisfagáis ^ desa duda, es bien que sepáis que 
cuando este desdichado escribió esta canción, estaba ausente de 
Marcela, de quien se había ausentado por su voluntad, por ver si 
usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros ; y como al ena- 
morado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le 
dé alcance, así le fatigaban á Grisóstomo los celos imaginados y 
las sospechas temidas como si fueran verdaderas; y con esto queda 
en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Mar- 
cela ; la cual, fuera de ser cruel ^ y un poco arrogante y un mucho 
desdeñosa, la misma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna. 
Así es la verdad, respondió Vivaldo ; y queriendo leer otro papel 
de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa 

1. Hablase de la pastora Marcela, que se lee al principio de su Viaje al 
causa de las penas de Grisóstomo ; pero Parnaso : 

no se dice que el efecto nace en la 

causa, sino de la causa. El lenguaje de ^ Yo, que siempre trabajo y me desvelo 

esta apostrofe ó despedida del poeta á Ea"gS"qTnV5roía?r el cielo, 

su canción no esta muy claro. El in- o ^ h 

tentó del lastimado pastor es sieniflcar c- i „ „ xi « > • i 

que, supuesto que Marcela se goza en • Sm embargo Navarrete elogia la can- 
so ¿uerte, él, satisfecho con esto, no ''''"'Jl, Grisóstomo y defiende como 

quiere que su canción se queje ni esté P^v^fii^ h" L^u^^'^k t "v" 1"^'- 
/ -gi ^ ^ ■" U. Vicente de los Ríos había hecho lo 

2. Acaso no les parecerá ahora lo mismo. v „ - *- 

mismo á los lectores. Navarrete, en , •^- ^a palabra señor no est^ en su 

sus eruditas Ilustraciones d la vida de ^""S^^i, ^'^. Í'T'^*"; '' ^/^^'' empeaado 

Cervantes (a), habla de su escaso ta- P'"',^ H*'. " ^.^^"^* '^^J^'^^ P^* ^^«P"*^^ 

lento poético, y cita pasajes en que así ae bansfaf/ais. 

lo reconoce v confiesa el misnio Cer- *• Deb'o decirse a la cual, fuera de 

vantes. Ninguno más expreso que aquel '^'^ ^'■"«^' '«, ^«.«'«« ^'f^'^^^ «« ''eóe m 

° i' H H puede ponerle falla alguna. Acaso fue 

omisión y descuido del impresor, 
(a) Núii;. 1).' y tj'¿. 



pniMi:nA partí:. — capitulo xiv 



2H 



visión (([ue lal parecía ella) que improvisamente se les ofreció á los 
ojos, y fué que por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, 
pareció la ])asl,ora Marcela ', lau hermosa, que pasaba á su lama 
su hermosura. Los {\\ut hasta entonces ñola habían visto la miraban 
con admiración y sihMicio, y los que ya estaban acostumbrados á 
verla no (¡ucidaron menos suspensos que los que nunca la habían 
visto. Mas apenas la hubo visto Ambrosio, cuando con muestras de 
ánimo indií^nado le dijo : ¿Vienes á ver por ventura, ¡oh fiero 
basilisco destas montañas ! si con tu presencia vierten sangre las 
heridas (lesl,(í misei'able á (|uicn tu crueldad quitó la vida, ó vienes 
á ul'anarte en las crueles ha/.añas de tu condición, ó á ver desde 
esa altura, como otro desapiadado Ñero el incendio^ de su abrasada 
Roma, ó á pisar arrogante este desdichado cadáver como la ingrata 
hija el de su paíh'e Tarquino ? Dinos presto á lo que vienes, ó qué 
es aquello de que más gustas, que por saber yo que los pensa- 
mientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré 
que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llama- 
ron sus amigos. No vengo, ¡ oh Ambrosio ^ ! á ninguna cosa de 



1. En el libro VI de la Calatea se 

firesenta también sobre una peña Ge- 
asia, pastora desaiu orada, cruel y des- 
deñosa que desde allí trata de justificar, 
como Marcela, su condición ante los 
pastores que la escuchan, y que, final- 
mente, se retira y desaparece, dejando 
admirados á todos, lo mismo que hizo 
Marcela. 

2. Al verbo vei' le falta objeto. ¿ Qué 
venía á ver Marcela? iNo se expresa. .1 
ver desde esa altura, pudiera haberse 
dicho, Los estragos de tu crueldad, 
como otro desapiadado Ñero el incen- 
dio, etc. 

Bien sabido es que Nerrjn hizo poner 
fuego á Roma, y que mientras miraba 
las llamas desde la torre llamada de 
Mecenas, se entretenía en cantar á la 
manera de los histriones el incendio 
de Troya ; tomándose de esta ruina 
pretexto para perseguir cruelmente á los 
cristianos, á quienes se dio por autores 
del daño. Á este asunto se hizo el ro- 
mance que empieza : 

Mira Ñero de Tarpeya 
a Roma cómo se ardía, 

y se encuentra en nuestras antiguas 
colecciones de romances. A él se aludió 
aquí y en otros lugares del Quijote. 
Lo que se añade de la hija de Tar- 



quino está equivocado : el padre no 
fué Tarquino, sino Servio TuUo. Según 
la relación de Tito Livio en el libro I 
de sus historias, Tulia, hija de Servio 
Tulio, Rey de Roma, y mujer de Tar- 
quino el Soberbio, hizo que su coche 
ó carrocín pasase por encima del cadá- 
ver de su padre, que á instigación suya 
había sido asesinado para que su ma- 
rido reinase. Valerio Máximo lo pone 
en primer lugar entre los delitos atro- 
ces de que trata en el titulo XI del 
libro IX. D. Juan Bowle, en sus Anota- 
ciones sobre el presente capítulo, ad- 
virtió ya esta equivocación de Cer- 
vantes. 

Por lo demás, la reconvención de 
Ambrosio hecha á una pastora, y 
fundada en ejemplos tomados de la 
historia romana, es una pedantería in- 
soportable. 

3. El sermón ''a) de Marcela es imperti- 
nente, afectado, ridículo y todo lo que 
se quiera. La aparición de la pastora 
homicida en este trance, su diserta- 
ción metafisico-polémico-crítico-apolo- 



(a) El sermón. — El señor Gortejón, en su 
ya citada edición crítica del Quijote (t. I, 
pág. 291) defiende con excelentes razones 
este pasaje contra el atrabiliario ataque de 
Clemencin. (M. de T.) 



212 DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 

las que has dicho, respondió Marcela, sino á volver por mí misma, 
y á dar á entender cuan fuera de razón van todos aquellos que de 
sus penas y de la muerte de Grisóslomo me culpan ; y asi, ruego á 
todos los que aquí estáis, estéis atentos, que no será menester mu- 
cho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad á 
los discretos'. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y 
de tal manera, que sin ser poderosos á otra cosa, á que me améis 
os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís y 
aun queréis que esté yo obligada á amaros. Yo conozco con el na- 
tural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es 
amable ; mas no alcanzo que por razón de ser amado esté obligado 
lo que es amado por hermoso, á amar á quien le ama ; y más que 
podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo 
lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir : Quiérote por 
hermosa, hasme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que 
corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr 
iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que 
algunas alegran la vista y no rinden la voluntad ; que si todas las 
bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades con- 
fusas y descaminadas, sin saber en cuál habrían de parar ; porque 
siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los 
deseos ; y según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide 
y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo 
que lo es, ¿ por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, 
obligada no más de que decís que me queréis bien ? Si no, de- 
cidme : ¿ Si como el cielo me hizo hermosa, me hiciera fea, fuera 
justo que me quejara de vosotros porque no me amábades ? 
Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermo- 
sura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo 
pedilla ni escogella ; y así como la víbora no merece ser culpada 
por la ponzoña que tiene, puestoque con ella mata por habérsela dado 
naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida porser hermosa ; que 
la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado ó como 
la espada aguda, que ni él quema ni ella corta á quien á ellos no se 
acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin los cuales 
el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso : pues si la 



gética, su descoco y desembarazo y en morirse por una hembra tan ladina 

sus bachillerías y silogismos quitan á y habladora. ■ 

este episodio el interés que pudieran 1. Parece que falta aquí algo, y que | 

darle el car.ícter y muerte del malo- debió decirse : Para fc.-. /adir una ter' 

g:'.'.:!o Grisóstomo, á quien no ¡.tiede dad l^aolaxa á loa di$creiot. 
menos de mirarse como un majadero 



PIIIMF.RA PARTE. — CAPÍTULO XIV 213 

honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más ador- 
nan y luTmoscan, ¿ por qnó la lia de perder la que es amada por 
hermosa, por corresponder á la intención de aquél (jue por sólo su 
gusto, con todas sus Tuerzas t'; industrias procura que la pierda? 
Yo nací libre, y para poder vivir libre, escogí la soledad de los 
campos ; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras 
aguas destos arroyos mis espejos, con los árboles y con las aguas 
comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y 
espada puesta lejos. Álos que he enamorado con la vista, he desen- 
gañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con espe- 
ranzas, no habiendo yo dado alguna á Grisóstomo, ni á otro alguno 
en lin de ninguno dcllos, bien se puede < decir que antes le mató 
su porfía que mi crueldad ; y si se me hace cargo que eran hones- 
tos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada á correspon- 
der á ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se 
cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije 
yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra 
gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermo- 
sura ; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la espe- 
ranza y navegar contra el viento, ¿ qué mucho que se anegase en 
la mitad del golfo de su desatino ? Si yo le entretuviera, fuera 
falsa ; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosu- 
puesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido ; mirad 
ahora si será razón que de su pena se me dé á mí la culpa ^. Qué- 
jese el engañado ^, desespérese aquel á quien le faltaron las pro- 
metidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo 
admitiere ; pero no me llame cruel ni homicida aquel á quien yo no 
prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha 
querido que yo ame por destino ; y el pensar que tengo de amar 



1. El presente pasaje, que en las 3. Todo este período, y aun los si- 
más de las ediciones es ininteligible, guientes, son de un artificio tan exage- 
queda claro con esta puntuación, que rado, que parecen parte de una com- 
es la que le dio D. Juan Antonio Pelli- posición retórica sumamente estudiada 
cer, y casi la misma que tiene la edi- y relamida. ¿Qué cosa puede haber 
ción de Madrid del año 1608, la única más impropia en boca de una pastora 
que se hizo á vista de Cervantes. criada con el recato y recogimiento 

2. Pudiera decirse también al revés, que se ponderó en el capítulo XII? Lo 
que de su culpa se me dé á mi la pena : mismo digo de la metáfora de que usó 
y aun así estaría más natural y co- poco antes Marcela : quiso porfiar con- 
rriente la relación entre culpa y pena, Ira la esperanza y navegar contra el 
porque entonces significarían delito y viento; ¿que mucho que se anegase en 
castigo; pero en el texto, según se el golfo de su desatino? No parece 
halla, pena no significa castigo, sino sino que habla un orador ó un 
aflicción 6 pesadumbre, que es la otra poeta. 

acepción q«e tieae- 



214 DON QUIJOTE DE LA MANCHA 

por elección, es excusado. Este general desenjíaño sirva á cada 
uno de los que me solicitan de su particular provecho * ; y entién- 
dase de aquí adelante, que si alf^uno por mí muriere, no muere de 
celoso ni desdichado, poríjue quien á nadie quiere á ninguno debe 
dar celos, que los descnganos no se han de tomar en cuenta de 
desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa per- 
judicial y mala ; el que me llama ingrata, no me sirva ; el que des- 
conocida, no me conozca ; quien cruel, no me siga ; que esta 
fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni 
los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que 
si á Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿ por qué se 
ha (le culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi lim- 
pieza con la compañía de los árboles, ¿ por qué ha de querer que la 
pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, 
tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas ; tengo libre condi- 
ción, y no gusto de sujetarme ; ni quiero ni aborrezco á nadie ; no 
engaño á éste, ni solicito á aquél, ni burlo con uno, ni me entre- 
tengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas 
aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos 
por término estas montañas, y si de aquí salen, es á contemplar la 
hermosura del cielo, pasos con que camina el alma á su morada 
primera. Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió 
las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí 
cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de 
su hermosura 2, á todos los que allí estaban. Y algunos dieron 
muestras (de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus 
bellos ojos estaban heridos) de quererla seguir, sin aprovecharse 
del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por 
D. Quijote ^, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería 
socorriendo á las doncellas menestero.sas, puesta la mano en el 



1. De en vez de po7\ usado á mi ver Marcela más bien parece una mujer de 
con elegancia en este verbo, con cierto mundo, docta en materias de amor y 
sabor agradable de antigüedad. D. Va- en la metafísica de las pasiones, que 
lentin Foronda, autor de las Observa- una joven tímida, cantlorosa y sen- 
ciones sobre el Quijote, impresas en sibie. ¿Cómo puede ser que interese? 
Londres el año de 1807. dice que no 3. Esta salida de nuestro caballero, 
comprende lo que significa esta frase ; tan natural y tan propia de su profe- 
más esto sólo prueba que el autor, aun- siún y de su humor, y la babilidad 
que español, no poseía grandes cono- con que Cervantes supo enlazar con el 
cimientos en materias de la lengua fondo de la acción el episodio de Gri- 
castellana. do lo que dio hartas pruebas sóstomo, hacen olvidar los defectos de 
en el citado opíisculo. éste, que quizá han sido examinados 

2. Esta clase de discreción escolas- con sobrada severidad en las notas 
tica sienta muy mal á una doncellita. precedentes. 



PniMKHA PAUTK. — f:Al'ÍTL'I.(J XIV 21f) 

pufto de su espada, en alias é iiilelei,'¡bles < voees dijo : Ninguna 
|)ers()na de cualíiuiei'a eslado y coiulicitin (|U(ísea sealceva á sep^uir 
á la hermosa Maniela, sopiMia de caer en la furiosa iudit^naeión 
mía. billa lia mostrado con claras ra/.ones la poca ó ninguna culpa 
tpie ha tenido en la nuierLe de (jrisóstorao, y cuan ajena vive de 
condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, ú cuya 
cansa es justo que en lugar de ser seguida y perseguida, sea hon- 
rada y estimada de todos los buenos del inundo, pues muestra que 
en él ella (vs sola la que con tan honesta intención vive -. Ó ya que 
fuese por las amenazas de D. Ouijote, ó porque Ambrosio les dijo 
que concluyesen con lo que á su buen amigo debían, ninguno de 
los pastores se movió ni apartó de allí, hasta que acabada la sepul- 
tura, y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en 
ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la se- 
pultura con una gruesa peña en tanto que se acababa una losa que, 
según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer con un epitafio que 
había de decir desta manera : 



Yace aquí de un amador ^ 
el mísero cuerpo helado, 
que fué pastor de ganado, 
perdido por desamor. 

Murió á manos del rigor 
de una esquiva hermosa ingrata, 
con quien su imperio dilata 
la tiranía de amor. 



Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y 
ramos, y dando todos el pésame á su amigo Ambrosio, se despi- 
dieron del. Lo mismo hicieron Vivaldo y su compañero, y D. Qui- 
jote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le 
rogaron se viniese con ellos á Sevilla, por ser lugar tan acomodado 



1. Por inteligibles, como prescriben 3. El epitafio de Grisóstomo es de 
á una el uso actual y el origen de esta lo más malo que se ha escrito en ma- 
voz. Puede notarse que en las varié- teria de epitafios. En él se amontonan 
dades del lenguaje introducidas por el los adjetivos : el chiste de ganado y 
uso, el actual es generalmente más perdido es insulso, y el final se forma 
conforme á la etimología. de un pegote desmayado y ñ'ío. Cer- 

2. Dice demasiado D. Quijote. Nora- vantes no supo dónde estaba su verda- 
buena, Marcela había mostrado que dero mérito ; y desconociendo el de su 
vivía con buena intención; más no prosa, aspiró con frecuencia, y casi 
que era la única que vivía con ella en siempre infructuosamente, á la gloria 
el mundo, como aquí se afirma. de poeta. 



216 



DON QUIJOTE DH I-A MANCHA 



á hallar aventuras <, que en cada calle y tras cada esquina se ofre- 
cen más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció el aviso y 
el ánimo que mostraban de hacerlo merced, y dijo que por entonces 
no quería ni debía ir á Sevilla, hasta que hubiese despojado todas 
aquellas sierras de ladrones ^ malandrines, de quien era lama que 
todas estaban llenas. Viendo su buena determinación, no quisieron 
los caminantes importunarle más, sino tornándose á despedir de 
nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino, en el cual no les 
falló de qué tratar, así de la historia de Marcela y Grisóstomo, 
como de las locuras de D. Quijote, el cual determinó de ir á buscar 
á la pastora Marcela y ofrecerle todo loque él podía en su servicio. 
Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta en el discurso 
desta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte '. 



i. Hubo de decirse irónicamente y 
por burlarse de D. Quijote, porque no 
había lugar menos acomodado que 
Sevilla para hallar las aventuras caba- 
llerescas que buscaba el paladín man- 
chego. Los despoblados, las florestas, 
las cavernas de los montes, las desier- 
tas y solitarias playas del mar, eran 
los lugares propios para encontrarse 
con vestiglos, endriagos, jayanes, don- 
cellas errantes ó robadas, barcas o cas- 
tillos encantados, cosas que no es fácil 
se presenten en ciudades populosas 
como Sevilla, á la que la concurrencia 
y tráfago de gentes y negocios en 
tiempo de Cervantes habían adquirido 
el nombre de Babilonia, que se le da 
en los romances y vocabulario de la 
gemianía. Pero los caminantes, uno 
de los cuales era Vivaldo, persona dis- 
creta y de alegre condición, habían 
determinado, según se dijo en el capí- 
tulo anterior, divertirse á costa del 
pobre caballero. 

2. Despojar se toma siempre en 
mala parte : lleva consigo la idea de 
violencia é injusticia; limpiar hubiera 



sido más oportuno. — Sobra el último 
todas que se había expresado antes. 

Esta mala fama de Sierramorena, que 
según aquí se indica, era ya antigua, 
se ha perpetuado hasta nuestros días, 
y aun se ha hecho proverbial. Las 
nuevas poblaciones construidas en el 
reinado y de orden de Garlos 111, han 
disminuido la soledad, y con ella la 
frecuencia é impunidad de los latroci- 
nios. 

3. Se dijo con relación ai pensa- 
miento que tuvo nuestro autor de 
dividir en cuatro la primera parte del 
Quijote, como ya se notó al fin del 
capítulo VIII, donde acabó la primera 
sección. La segunda sólo contiene seis 
capítulos, y en ellos el fin de la aven- 
tura del Vizcaíno, la llegada de nuestro 
andante á las chozas de los pastores, y 
el episodio de Grisóstomo. La tercera 
consta de trece capítulos, y acaba en 
el XXVII. Finalmente, la cuarta abraza 
veinticinco capítulos : y esta desigual- 
dad de tamaño y repartición es otra 
prueba de la falta de plan en Cer- 
vantes. 



CAPITULO XV 

DONDE SE CUENTA LA. DESGRACIADA AVENTUfiA QUE SE TOPO 
D. QUIJOTE EN TOPAR CON UNOS DESALMADOS YANGÜESES 



Cuenta el sabio Cide Hamcte Benengeli que así como D. Qui- 
jote se despidió de sus huéspedes y de iodos los que se hallaron al 
entierro del pastor Grisóslomo, él y su escudero se entraron por el 
mismo bosque donde vieron que se había entrado la pastora Mar- 
cela, y habiendo andado más de dos horas por él, buscándola por 
todas partes sin poder hallarla, vinieron á parar á un prado lleno 
de fresca hierba, junto del cual corría un arroyo apacible y fresco, 
tanto que convidó y forzó á pasar allí las horas de la siesta \ que 
rigurosamente comenzaba ya á entrar. Apeáronse D. Quijote y 
Sancho -, y dejando al jumento y á Rocinante á sus anchuras pacer 



1. La expresión convidó y forzó en- 
vuelve cierta contradicción (a), que se 
evitarla diciendo convidó y aun forzó 
La expresión de convidó y forzó 
quiere reunir las ideas inconciliables de 
libertad y fuerza; este inconveniente 
desaparece con la adición de la partí- 
cula aun, que indica la diversidad de 
significación de ambos verbos, y esta- 
blece un como puente para pasar de 
uno á otro. 

2. L'une eV altro smontá del suo cavallo, 
E pascer lo lasció per la foresta (a). 

Son muchos los pasajes de los libros 
de caballería en que se cuentaquelos ca- 
ía) Ariosto, canto XLII, est. 63. 



(«) Forzó. — No hay contradicción, como 
pretende Clemencin, sino más bien una 
gradación. Primero, le convidó, y luego le 
forzó ú obligó. (M. de T.) 



balleros(p) desmontaban y dejaban pa- 
cer á sus caballos : al paso suele alguna 
vez referirse que comían los caballeros. 
Galercia, Reina de Gocia, caminaba en 
busca de sus aventuras por una flo- 
resta lejos de poblado. Obligada del 
cansancio y de la obscuridad de la noche 
se apeó, y una doncella y los enanos 
que la acompañaban, quitando los 
frenos á sus caballos y palafrenes, los 
dejaron pacer las hierbas (a). Habiendo 

(a) Policisne de Boecia, cap. LXXXVI. 

(?) Caballeros. — El Sr. CortejÓQ censura 
con justicia el afán erudito del comentador 
para ilustrar este y otros pasajes, que no lo 
necesitan. Desde que existe el mundo y 
desde que hay hombres que viajan en ca- 
balgadura, es natural que, al apearse para 
descansar, piensen en restaurar las fuerzas 
si tienen con qué. Pues ¿ qué decir de la 
nota sobre la dehesa de Córdoba? Sin em- 
bargo se olvida de mencionar el nombre de 
fiemonta, con que era conocido dicho esta- 
blecimiento. (M. de T.) 



248 DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 

de la mucha hierba que allí había, dieron saco á las alforjas, y sin 
ceremonia alguna en buena paz y compañía, amo y mozo comieron 
lo que en ellas hallaron. No se había curado Sancho de echar suel- 
tas á Rocinante, seguro de que le conocía por tan manso y tan poco 
rijoso \ que todas las yeguas de la dehesa de Córdoba'"^ no le hicie- 
ran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte y el diablo, que no 
todas veces duerme, que andaban por aquel valle ^ paciendo una 



aportado Olivante y Darisio, su escu- 
dero, á una isla, no hallaron poblado, 
y apeándose en un verde prado junloá 
una fuente, Darisio quitó los Tronos á 
los caballos para que paciesen de la 
hierba, y ellos comieron de lo que Da- 
risio del barco liabia sacado (a). Bowle 
en sus Anotaciones pone otros ejemplos, 
y pudieran aüadirse otros muchos, 
tanto prosaicos como métricos. 

Ya se dijo en otro lugar que los lec- 
tores de libros caballerescos pueden 
hacer fácilmente la observación de que 
en ellos es más frecuente hablar de la 
comida de los caballos que de los ca- 
balleros. 

1. Mejor : serjuro de que era tan 
manso y tan poco rijoso : ó conocién- 
dole por tan manso y tan poco rijoso. 

2. Hubo en Córdoba desde antiguo 
un establecimiento para cría de caba- 
llos, que en su origen fué de la casa de 
los Duques de Alba, y pasó ala Corona 
en tiempo de Felipe II. De él habló 
Ambrosio de Morales en las Antigüe- 
dades de España, y ha continuado 
hasta pocos años ha. Constaba de un 
magnífico edificio provisto de todas las 
oficinas y dependencias necesarias, 
con varias dehesas, de las cuales la 

Erincipal (que será de la que aquí se 
abla) está á dos leguas al Oriente de 
Córdoba, entre los ríos Guadalquivir y 
Gualbarbo, y tiene más de dos mil 
fanegas de tierra. En ellas se mante- 
nían quinientas yeguas con veinte y 
cuatro caballos padres y los potros co- 
rrespondientes, que solían ser ciento 
cincuenta; también se mantenía algún 
ganado vacuno. En el día no pertenece 
ya al Rey el establecimiento ; pero 
continúa en él la cría de caballos con 

f'eguas normandas, y la de muletas 
echares que se llevan de Castilla y se 
mantienen en sus dehesas. 



(a) Olivante, lib. I, cap. XVIII. 



Los caballos cordobeses eran los 
más célebres y estimados de España, 
y de Córdoba hablaba sin duda Cárde- 
nlo cuando decía (\ue sti ciudad era 
madre de los mejores caballos del mun- 
do (a). Los naturales eran nombrados 
por su afición á los caballos y su peri- 
cia en manejarlos: por eso Sancho, en 
la segunda parte del Quijote (6), 
(lueriendo ponderar la agilidad con que 
Dulcinea montó en su hacanea, aijo 
que podía enseñar ú subir d la jineta 
al más diestro cordobés 6 mejicano (a). 

3. Según la recta construcción gra- 
matical correspondía decir ; ordenó, 
pues, la suerte que anduviesen por 
aquel valle, etc. — Hacas galicianas es 
lo mismo que jacas gallegas : las 
cuales suelen ser de poca alzada, pero 
de muchas fuerzas, y, por consiguiente, 
muy á propósito para el servicio de la 
arriería, jirofesión á que eran dados 
los naturales del pueblo de Yanguas, 
en la provincia de Segovia, cuando 
vivía Cervantes, y que aún ejercitan 
en nuestro tiempo. Todavía llevan 
también el sayo de cuero, (pie lleva- 
ba el arriero á quien se lo abrió D. Qui- 
jote de una cuchillada, como después se 
cuenta. 



(n) Cap. XXIV de esla primera parte. — 
(¿i) Cap. X. 



(a) Mejicano. — Como se ve, en tiempo de 
Cervantes era ya proverbial la destreza de 
los mexicanos t'n lo relativoála equitación. 
No tiene esto nada df extraño, pues en el 
hermoso poema de Balbuena, La grandeza 
mexicana, publicado en México en 1604, esto 
es un año antes que el Quijote, abundan las 
descripciones brillantes de caballos, jinetes 
y jaeces. Según hace notar un eminente 
critico, Balbuena debió ser muy aficionado á 
caballos, á juzgar por • el alarde de precisión 
con que los describe, distinguiendo sus cas- 
tas y cualidades >. 

(M. de T.) 



i 



PIIIMERA PAnTK. — CAPITULO XV 



219 



manada i\o hacas galicianas de unos arriorros yangüeses, do los 
(Míales es costuinbro sestear con su rc(;ua en liif^ares y sitios de 
hierba yai;;ua, y aciuel donde acertó á hallarse Ü. Ouijote era muy 
á |)n)¡>(')siio de los yanfji'üeses *. Sucedió, pues, que á Rocinante le 
vino en deseo de refocilarse con las señoras lacas, y saliendo así 
como las olió de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia á 
su dueño, tomó un trotillo ali^o picadillo 2, y se i'ué á comunicar su 
necesidad con ellas; maseUas, cpie á lo que pareció debían de tener 
más ji^anade pacer qu(; de al (a), recibiéronle con las herraduras y con 
los dientes, de tal manera, que á poco espacio se le rompieron las 
cinchas, y quedó sin silla en pelota ; pero lo que él debió más de 
sentir iué, que viendo los arrieros la fuerza que á sus yeguas se les 
hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron, que le derri- 
baron malparado en el suelo. Ya en esto I). Ouijote y Sancho, que 
la paliza de Rocinante habían visto, llegaban jadeando, y dijo 
D. Ouijote á Sancho : Á lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son 
caballeros, sino gente soez y de bajaralca : dígolo, porque bien me 
puedes ayudar á tomar la debida venganza del agravio que delante 



1. Mejor : muy al propósito de los 
yangüeses ; ó muy á propósito para los 
yangüeses. Excusado es dar Jas razones 
de esto ; cualquiera las percibe. En lo 
primero, propósito es nombre, como lo 
indica el artículo; en lo segundo, es 
parte de un modo adverbial. 

2. Suena mal la consonancia de tro- 
tillo y picadillo. El primero de estos 
dos diminutivos está mal formado (p); 
de trote debió salir trotecillo, como de 
hombre hombrecillo, de paje pajecillo. 
Tai es la regla para los sustantivos 

(a) Al. — En la edición madrileña de 1894 
se lee él en vez de al. Sin embargo ai es 
palabra de muy antit.'uo abolengo en nuestra 
lengua, como lo prueban los siguientes 
refranes que figuran en el Diccionario de la 
Academia : Al, madrina, que eso ya me lo 
sabia ; bueno es pan con miyas de al ; en al 
está el engaño ; debajo del sayal hay al. etc. 
(M.'de T.) 

(2) Trotillo. — Hace notar muy cuerda- 
mente Cortejón que en la época de Cervantes 
no estaba aún fijada la regla para los 
diminutiüos. Aduce ejemplos de Mendoza y 
Moratin, y compara trotillo con la forma 
trotico, de la que tantos ejemplos se en- 
cuentran en Cervantes y que tan común es 
entre los aragoneses. (V'éase, acerca de esta 
terminación, el curioso estudio de Borao, 
en su Diccionario de voces aragonesas, pági- 
nas 126 y siguientes.) Sin ir tan lejos tenemos 



acabados en e : formar el diminutivo 
mudando la vocal última en illo es 
propio de los nombres que acaban en o 
precedida de consonante, y así de libro 
se forma Utyrillo, de cepo cepillo, de 
asno asnillo. Para otras terminaciones 
hay otras reglas. 

entre los académicos al ilustre autor de 
Episodios Nacionales, que emplea en sus no- 
volas la forma padrito y alguna otra aná- 
loga, corrientes en su país natal, Canarias. 
Kn Bolivia, El Salvador y otros puntos de 
América se emplean pueb'lito, cieguito y otros 
diminutivos de idéntica forma. En el ilus- 
tre ecuatoriano Montalvo encuentro también 
el diminutivo ruidecillos ; en un escritor 
colombiano contemporáneo, rnbiecita ; en 
Bolivia y en la región del Plata, pancito, 
Juancito,' cic, sin contar mamncita y papa- 
cito, comunes en América. Es casi indudable 
que estas forma